Avanzaba por los corredores y las escaleras de Palacio como si mis piernas pesaran doce quilos cada una. A cada paso me costaba más levantarlas, como si fueran una especie de cúmulos rocosos, y se necesitara una fuerza sobrehumana para caminar con ellos.
Me crucé con pocos cortesanos de camino a la sala del trono. La duquesa de Aijin me saludó guiñándome un ojo, y yo aparté la vista bruscamente, muy turbado. La duquesa de Aijin era una pícara viuda en boca de toda la corte, porque los rumores decían que pasaba todas las noches con fogosos y ardientes jovencitos, algunos de ellos que alcanzaban mi edad, decían.
Cada vez me arrepentía más de haber solicitado una audiencia con el Señor del Fuego. Era muy fácil decirlo en el acogedor y cálido salón de Madre para hacerla ver que ya era capaz de desenvolverme por el mundo como un adulto. Mi encuentro con el amigable rector había sido un éxito, y había servido para que ganara un poco de confianza en mí mismo, pero no tanta como para que no sintiera un terror absoluto ante la perspectiva de enfrentarme al Señor del Fuego completamente solo.
Tío Iroh me ha confesado que me proponía esas misiones y búsquedas para forzarme a hablar con desconocidos, para que ganara confianza en mí mismo y disminuir así, aunque solo fuera un poco, mi paralizante timidez. Según él, aquellas misiones evitarían que me convirtiera en un torpe adolescente temeroso de no saber cumplir las expectativas de los demás. Que eso fue exactamente en lo que me convertí, aunque reconozco que, sin su intervención en ese aspecto, el resultado podría haber sido muchísimo peor.
Un ujier de aspecto solemne guardaba las inmensas puertas dobles que daban acceso a la sala del trono. Las puertas, de gruesa y pesada madera de arce, estaban pintadas de un rojo rampante, y decoradas con filas de picaportes de bronce dorado. El ujier me reconoció al instante, y tras comprobar mi nombre en un rollo, que encabezaba una lista muy corta, picó cuatro veces a la puerta, como una especie de contraseña. Instantáneamente, éstas se abrieron con majestuosidad, mostrándome la penumbra de la sala del trono de Palacio.
- ¡Su Alteza Ígnea Zuko, hijo del príncipe del Fuego Ozai y de la princesa del Fuego Ursa! -vociferó el ujier. Oírlo pronunciar mi nombre de forma tan rimbombante me hizo sentir terriblemente inseguro de mí mismo.
Nada más pisar el suelo, que brillaba tenuemente, hice cinco kowtows y me dirigí presuroso hacia una esquina de la sala. El sonido de mis pasos rebotaban contra las paredes de la magna sala, intimidándome.
El pasillo central, que discurría entre columnas desde la entrada hasta el trono, formaba parte de la Vía Imperial, un camino empedrado que iba en línea recta desde el Puerto hasta terminar a los pies del trono, dividiendo Ciudad Ígnea en dos mitades, y sólo podía ser utilizado por el Señor del Fuego, por la Dama del Fuego el día de su boda, y por los funcionarios imperiales que lograban superar los exámenes de ingreso.
Avancé pegado a la pared (decorada con dragones de nácar entrelazándose) maldiciéndome a mí mismo por mi insensatez. ¿Cómo había llegado hasta este punto?, me preguntaba alarmado. Notaba mi cabeza insoportablemente llena de nada, sintiendo con una claridad casi física como se iba disipando todo el discurso que llevaba horas preparando.
La sala estaba completamente a oscuras, iluminada solamente por la gran hoguera que crepitaba amenazadoramente detrás del trono. Tras éste, había un relieve enorme que cubría todo el muro y representaba un dragón abriendo sus fauces. Los destellos de la luz del fuego hacían que el relieve pareciera asombrosamente real. Por entre las columnas, alcanzaba a atisbar, sentado bajo su baldaquino, a la imponente figura de mi abuelo, Su Serenísima e Imperial Majestad Ígnea el Señor del Fuego Azulon, Autócrata de las Islas, Ojos y Espada de Agni, Capitán General del Alto Mando Militar, Jefe de Estado Mayor del Ejército de Tierra, etc.
Llegué al final del camino sin casi saber ni cómo me llamaba. Pero había llegado hasta allí, y huir sin mirar atrás (lo que más deseaba en aquel momento) no era una opción, porque corroboraría la impresión que tenía Padre de que era un cobarde acabado.
Insuflándome valor, crucé el salón hasta acabar ante el trono. Me giré, hice tres kowtows más, y me quedé sentado sobre el frío suelo de mármol negro, mirándome las manos entrelazadas.
- Vuestra Majestad -dije con voz temblorosa, esforzándome por hacerme oír sobre el chisporroteo de la hoguera-. Es todo un honor p-para mí que me hayáis recibido.
- Siempre es un placer hablar con alguno de mis nietos -el Señor del Fuego se irguió para verme mejor. No sonrió, y sus ojos se mantuvieron fríos y calculadores-. Aunque creo que es la primera vez que solicitas real audiencia conmigo.
- Así es, señor abuelo.
El Señor del Fuego era un anciano de cara larga y estrecha. Tenía el nacimiento del cabello casi en el centro de la cabeza, porque el de la parte frontal se le había caído hacía mucho tiempo, lo que dejaba ver una calva arrugada y reseca, llena de manchas rosadas y arrugas. El cabello y la barba, de un blanco sucio, le caía en forma de mechones finos y quebradizos, y los ojos los tenía un poco rasgados, y eran muy pequeños y estaban muy juntos en su cara. Todo aquello podía sugerir una errónea apariencia de fragilidad, pero su rostro, iluminado fantasmagóricamente por las llamas, y su postura, tan amenazante y segura, sentado bajo el baldaquino, dejaban esa hipótesis por los suelos.
- ¿Y bien? -preguntó el Señor del Fuego sin mucha paciencia-. ¿Qué es lo que deseas?
De repente, me sentí ridículo allí plantado, intentando aparentar una seguridad que desde luego no tenía conmigo. Lo mejor que podía hacer era disculparme y volver por donde había venido cuanto antes mejor.
Pero no. Tío Iroh confiaba en mí.
- Me gustaría que rehabilitaseis una obra del Códice Infame.
Como no podía de otra manera, el Señor del Fuego abrió mucho sus ojillos. Parecía impresionado.
- ¡Qué insolencia, joven Zuko! -exclamó desde su elevado trono-. Tendrás que explicarte mejor si quieres que acceda a tu petición.
Yo tragué saliva. Había llegado la hora.
Le expliqué mi interés en Genealogía del Dominio (dije que era un simple librito de técnicas de Dominio), y que había sido incluido en el Códice Infame porque su autor había cometido herejía al intentar crear un nuevo Avatar.
- Pero, ahora que la Nación ha descubierto que el Avatar es su enemigo -dije entrecortadamente-, no tiene sentido censurar al profesor Kokishin por herejía, porque la única herejía que se puede cometer es contra Agni, ¿no? Condenándolo, estaríamos admitiendo el carácter sagrado del Avatar. Y además -añadí con tono inteligente-, sabéis tan bien como yo que necesito aumentar mis habilidades respecto al Dominio. ¿Qué mejor manera que ampliando mis conocimientos?
El Señor del Fuego alzó una mano y yo me callé al instante. Se acariciaba lentamente la barba, mirándome con un gesto de suspicacia.
- Hay muchos libros que los Sabios del Fuego te pueden proporcionar -dijo con cautela-. ¿Por qué escoger uno que, precisamente, se encuentra en el Códice Infame?
- Bueno... -vacilé-. Ya que mis lecciones no son suficientes, he pensado que tal vez necesite algo más especializado, no sé. Mi señor tío, el príncipe Iroh, me recomendó ese libro antes de partir a Ba Sing Se.
Como siempre, pronunciar el nombre de mi tío me abrió las puertas. El Señor del Fuego relajó los hombros, aunque aún conservaba el gesto severo.
- Veré lo que puedo hacer -aquello no tenía sentido, pero no osé señalárselo. Si alguien «podía» hacer algo en aquel país, ése era él-. De todas formas, sacar una obra de la lista de libros prohibidos no es algo que deba tomarse a la ligera. Deberé consultar a los Sabios del Fuego y a mis cancilleres antes de tomar cualquier decisión, y estoy seguro de que tu señor padre también tendrá algo que decir. Pero si como tú dices, el autor cometió una herejía ficticia, y el manuscrito en cuestión es un sencillo tratado de Dominio del fuego... no veo porqué tu petición no podría tener éxito. Sí, una revisión del Códice Infame sería propicia actualmente...
El corazón me dio un vuelco de alegría. ¡Tenía posibilidades de encontrar un ejemplar de Genealogía del Dominio! Y lo había conseguido por mí mismo, yo, el esmirriado, el mediocre y casi tartamudo príncipe Zuko, deshonor y vergüenza de la estirpe, siempre con demasiado miedo para hacer cualquier cosa, para hacer valer su voluntad, para enfrentarse cara a cara a los problemas. ¡Pues chúpate esa, Padre! En ese momento deseé que me viera allí, conversando con el Señor del Fuego como un adulto, de igual a igual.
- Tenéis mi agradecimiento, vuestra Majestad -dije mientras me levantaba, tambaleando. Se me habían quedado las piernas dormidas de estar sentado de rodillas.
- Que los fuegos de Agni te guíen durante el día y te protejan durante la noche, pues el Imperio prevalecerá.
- El Imperio prevalecerá -repetí con voz mustia, sin fuerzas. Estaba agotado.
Empecé a alejarme del trono caminando hacia atrás. Estaba prohibido dar la espalda al Señor del Fuego. Él se mantenía inmóvil, mirando hacia el fondo de la sala.
- Por cierto, Zuko -comentó con esa voz cavernosa, sin mirarme, mientras yo me alejaba-. Me alegra que te tomes tan en serio el aprendizaje del Dominio. Espero que, si finalmente rehabilito ese libro, progreses mucho más de lo que lo has hecho hasta ahora.
- G-Gracias, mi señor.
Continué andando de espaldas, a grandes zancadas. Fue un milagro que no me cayera. Salir de esa sofocante e intimidante sala y correr por los soleados y frescos pasillos me producía un alivio descomunal. Dijera lo que dijera, había sido una experiencia aterradora.
Aquella noche, mientras explicaba ufano mi encuentro con el soberano de la Nación, Padre desdeñó el asunto, y me reprendió haber molestado al Señor del Fuego con mis «pequeñeces intelectualoides».
- Eso ni siquiera es una palabra, Ozai -terció Madre mordazmente.
Más tarde, repasé todas las veces que Azula había solicitado audiencia con el Señor del Fuego. Una de ellas fue para explicarle a la emperatriz, la Dama del Fuego Ilah (nuestra señora abuela) que ella sola había conseguido sostener cinco rollos de pergamino sobre su cabeza. Padre alabó su presteza y equilibrio, lo mismo que la pareja de emperadores. Nadie le dijo que no debería molestar a los Señores del Fuego con sus «pequeñeces».
Naturalmente, pasados unos cuantos días recibí un sobre lacado salido de la mano del mismísimo Señor del Fuego. En la carta, que abrí con manos temblorosas, mi abuelo me comunicaba que la obra del profesor Kokishin seguía terminantemente prohibida. Es más, había ratificado la proclama imperial de su antecesor, y, aprovechando, había incluido en el Códice Infame treinta y cinco libros más. Seguidamente, me prohibía intentar cualquier tipo de averiguación respecto a Genealogía del Dominio y me recomendaba encarecidamente que me olvidara el asunto, y que si quería libros sobre Dominio del fuego, el rector Jiǎngxuéjīn se había ofrecido amablemente a proporcionarme toda la información que necesitara. La carta acababa dando saludos a Madre, a Padre y a Azula.
Aquello me desinfló por completo, aunque provocó aún más curiosidad en aquel extraño personaje, el misterioso profesor Kokishin. Ya había demostrado que no había cometido herejía, entonces ¿por qué seguía su obra en el Códice Infame? ¿Sería por sus investigaciones sobre nuestra familia? ¿Había descubierto algo? ¿Algo relacionado con los... no-maestros, tal vez?
Yo ya estaba casi convencido que Padre me odiaba, por mucho que Madre dijese lo contrario. Aún así, quería hallar ese libro, me daba la sensación de que me ayudaría a entender algo. Pero estaba prohibido.
Por lo tanto, sólo había una persona a la que podía recurrir.
