Azula
Nací neonato, tres semanas antes de lo esperado. Estuve tres días separado de Madre, en una sala llena de Sabios del Fuego que lanzaban chorros de llamas a mi cuna para intentar calentarme, y otros tantos que rezaban y quemaban incienso. La Nación entera gemía de angustia ante la posibilidad de perder a un miembro de la familia real. Se hacían misas en los pueblos, recibía amuletos, regalos y visitas de curanderos a Palacio que aseguraban encontrar la cura. Todos los miembros de la corte visitaron mi lecho en algún momento. Mis padres se trasladaron de sus soleadas dependencias a una salita lúgubre y oscura al lado de donde yo luchaba por sobrevivir, conteniendo el aliento, mordiéndose las raíces de las uñas y pidiendo a Agni que me diera fuerzas (me gusta pensar que Padre también estaba preocupado).
Al final, luché y sobreviví. Conseguí que se me formara del todo el cráneo, el estómago y el hígado. Fui capaz de respirar con normalidad, llorar y, por primera vez, alimentarme de la sanadora leche de Madre. Sin embargo, fui un niño enfermizo, débil, fino y frío. Tuve dos neumonías, problemas en los bronquios todos los inviernos y contraje tos ferina a los dos años. Los Sabios decían que había nacido faltándome un trocito de vida . Pero, contra todo pronóstico, sobreviví. Y, encima, era maestro del fuego y todo. Pero era muy pálido... Madre decía que parecía el reflejo de un rayo de sol invernal en el cristal de una ventana.
Sólo diecisiete meses después nació mi hermana. Ella, por otra parte, vino al mundo en la cuadragésima semana de gestación. Nació gordísima (pesó casi cinco quilos), y tuvo un parto sencillo y perfecto de menos de dos horas, que contrastaba con el suplicio que había tenido que pasar Madre (once horas y media, más o menos) para traerme al mundo. Los Sabios del Fuego dicen que incluso se aferró con sus manitas a los muslos de mi madre y ella misma se dio impulso para salir disparada hacia el mundo, lista para conquistarlo, que es básicamente la actitud de Azula ante cualquier situación.
Ella fue un bebé escandaloso y berreón que lloraba a pleno pulmón durante horas seguidas. Chillaba, saludaba a todo el mundo, mordía las cosas, las rompía, las perdía, las escondía, era un auténtico maremoto dificilísimo de controlar. Eso contrastaba con Zuko, el esmirriado, escuchimizado y enfermizo niñito que se pasaba los días sorbiéndose los mocos, estornudando y tiritando, víctima de los frágiles huesos que aún no se habían desarrollado del todo. (Mi delgadez también era motivo de irritación para Padre. Él, con su musculatura abultada y prominente, como tío Iroh, como el Señor del Fuego, como todos los Señores del Fuego antes que él. Solía repetir las mismas bromas al respecto. «Podrías colarte por detrás de un cartel sin despegarlo». Durante un tiempo fue divertido.) Yo era un niño obediente, dócil y callado que le gustaba que lo abrazasen y le hicieran cosquillas en la barriga. Un poco atolondrado, supongo.
Azula era mi pesadilla diurna. Me tiraba del pelo, me hacía la zancadilla cuando paseábamos, y me escondía bichos debajo de mi almohada. Y también nos pegábamos unas palizas tremendas, en las que yo terminaba llorando normalmente. Nos mordíamos los ojos, nos arañábamos la cara, los brazos y las piernas, y nos empujábamos tirándonos por las escaleras como un par de bestias. Pronto, la convivencia entre ambos se volvió insostenible, e incluso Padre tuvo que llamarle la atención. Sin embargo, pronto aprendió que había otras formas más sofisticadas y elegantes para mortificarme.
Y ahora la necesitaba.
La encontré cómodamente apoyada contra la pared, en el corredor que llevaba a la capilla del ala oeste. Al verme se rió por lo bajó.
- Qué -le espeté sin mucha delicadeza. Ella se rió con más fuerza.
- No te me sulfures, Zuzu, que ni siquiera te había visto -se incorporó y se desperezó lentamente. Luego bostezó-. Veo que fuiste a ver al Señor del Fuego. Me sorprende que un mancha-bragas como tú haya acumulado tanta valentía.
Lo primero, la sorpresa. No importa lo que digan, nadie se acostumbra a que le insulten.
- Azula, necesito tu ayuda -le dije con voz serena, esforzándome por ignorar su comentario.
- ¡Oh, vaya! ¿Y qué puede necesitar el angelito de Madre de mí? -preguntó fingiendo sorpresa.
Yo contuve las ganas de gritarle.
- ¿Cuando vas a volver a la Academia Femenina? -pregunté con frustración-. ¿Por qué no vas a... a pudrirte con los participios y los problemas de una vez por todas? -me sentí mejor después de decirle aquello.
El mejor regalo de Año Nuevo que nuestros padres me dieron jamás fue cuando me anunciaron que Azula pasaría un año en la Academia Femenina. Un año entero alejado de ella era tan maravilloso que estuve a punto de besarlos a los dos, incluso a Padre (no lo hice, por supuesto, él desaprobaba las muestras de cariño, que consideraba débiles).
- Padre y Madre consideran que ya he aprendido todo lo que me podían enseñar allí -dijo con prepotencia-. A diferencia de otras, por supuesto. Y tú te pudres con la gramática y el álgebra tanto como yo en la Academia.
- Pero a mí se me dan bien -contraataqué, rencoroso.
Era verdad. A Azula, una niña inquieta y prácticamente hiperactiva, le costaba atender a ese tipo de clases, mientras que yo no tenía ningún inconveniente en atender a lo que los maestros nos explicaban.
- Como si todo eso fuera necesario -Azula hizo una mueca de desprecio (Azula nunca suspendía, por cierto. A ella «la» suspendían)-. Yo sé hacer Dominio y tú no, y eso es lo verdaderamente importante.
Abrí la boca para replicar, pero me di cuenta que estábamos volviendo a discutir, y que con eso no llegaría a nada. Azula me dedicó una sonrisa triunfal, creyendo que había ganado la reyerta. A mí me invadieron unas ganas horribles de estamparle la cara contra la pared, mezcladas con un miedo indefinible a hacerlo.
- ¿Me vas a ayudar o no? -Azula bufó, pero me miró expectante-. Quiero leer un libro prohibido.
Azula abrió los ojos con interés. Tenía una fascinación insana por todo lo prohibido. Nuevamente, le expliqué todo lo relacionado con Genealogía del Dominio que había logrado averiguar.
- No me extraña que necesites información extra para alcanzar mi nivel... -dijo con un insufrible aire de superioridad.
- ¿Me ayudarás o no? -la interrumpí, a pesar de que ambos sabíamos era bastante humillante que mi hermana pequeña me superara en Dominio.
- ¿A cambio de qué?
-¡Por Agni, somos hermanos! -exclamé perdiendo la paciencia-. ¿No podríamos comportarnos como tal por una vez?
- No -dijo ella con una amplia sonrisa.
Yo gemí de exasperación.
- Me darás tu postre hasta los festivales de otoño -continuó ella sin perder la sonrisa.
- ¡Eso no es hasta dentro de tres meses! -protesté, airado.
- Entonces no hay trato con Azula -se rió de su propio chiste.
Me quedé mirándola unos segundos, preguntándome por enésima vez cómo alguien podía ser tan pedante y tan odioso. Al final, cedí.
Tengo que reconocerlo, Azula tenía un talento innato para las travesuras. Preguntó a un par de criados y abordó a un temeroso canciller, e incluso se atrevió a visitar los aposentos del Lord Confesor, el torturador imperial. Así, descubrió que el Códice Infame se guardaba en el Registro de Detenciones, situado al otro lado de los jardines.
Nos colamos sin dificultad durante la ceremonia de la Súplica Ardiente. Los Sabios del Fuego encendían hogueras todas las noches dando las gracias a Agni por el día y pidiéndole que el sol volviera a salir, pero una vez cada quince días toda la corte se reunía en el santuario imperial para unírseles a sus súplicas.
- Aléjanos de la oscuridad, oh, Señor. Inflama nuestros corazones para que podamos recorrer tu camino de luz -entonaba el Gran Sabio desde su púlpito-. Agni -invocó con voz alta y clara-, tú eres la luz de nuestros ojos, el fuego de nuestros corazones, el calor de nuestras entrañas. Tuyo es el sol que caliente nuestros días; tuyas, las estrellas que nos guardan en la noche oscura...
- Señor de la Luz, defiéndenos -respondimos a coro Padre, Madre, Azula y yo, los cuatro arrodillados frente a la gloriosa hoguera del altar mayor-. Señor de la Luz, protégenos.
- Agni, que nos concedes el aliento, te damos las gracias. Agni, que nos concedes los días, te damos las gracias. Pues la noche es oscura, y oscuros son los terrores que la pueblan.
- Te damos las gracias por el sol que nos calienta -respondimos los demás fieles-. Te damos las gracias por el fuego de los hogares y las antorchas que mantienen a raya a la oscuridad.
Llevaba recitando esas oraciones desde que tenía uso de razón, y las palabras casi me salían sin pensar de los labios, pero aquella noche en concreto me atrabancaba cada dos por tres. Padre me lanzó una mirada de severidad. A su izquierda, los rostros de Madre y de mi hermana flotaban pálidos en la penumbra del santuario, iluminados por la gran hoguera. Azula me miró de reojo y me guiñó un ojo.
- Te damos las gracias por el Señor del Fuego Azulon -siguió cantando el Sabio-, nuestro emperador según tu voluntad. Te damos las gracias por el puro fuego blanco de su bondad, por la espada llameante de justicia que esgrime, por el amor que inspira en su leal pueblo. Guíalo y defiéndelo, Agni, y dale fuerzas para aniquilar a sus enemigos.
- Ahora -me susurró Azula al oído.
Durante las bendiciones al Señor del Fuego estaba prohibido moverse, así que ni Padre ni Madre se enteraron. Me escabullí del santuario en silencio, como si estuviera en un sueño, conteniendo el aliento.
«No me lo puedo creer, lo hemos hecho», me dije a mí mismo, atónito.
- Vamos -me apremió Azula mientras cerraba la portezuela lateral con cuidado, ahogando los susurros de los fieles («Señor, dale fuerzas. Dale valor. Dale sabiduría...»)- Las bendiciones duran media hora. Date prisa.
La entrada al Registro estaba sin vigilar (el Archivero Imperial estaba un poco por las nubes por aquella temporada, algo relacionado con una amante muerta o algo así), y así, encontramos el polvoriento volumen en una olvidada estantería.
Mientras Azula buscaba diligentemente el título entre páginas y páginas de libros prohibidos, levanté la vista para observarla mejor. Me fijé en su ceño de concentración, en sus ojos moviéndose con rapidez leyendo los títulos, y me pregunté cómo debía ser vivir su vida, estar tan en sintonía con el mundo, tan adaptada como lo estaba ella. A Azula todos la admiraban por su destreza en el Dominio del fuego, era la favorita de Padre, y hacía lo que quería cuando le venía en gana, además de tener una habilidad pasmosa en convencer a los demás para que hicieran lo que ella deseaba. Todas las cualidades que debía poseer un príncipe del Fuego se daban la mano en su persona. ¿Cómo debía ser vivir en aquella felicidad perpetua, me preguntaba constantemente? Y yo sabía que era genuinamente malvada, y contestona e irrespetuosa, pero nadie parecía culparla por ello. Sus defectos quedaban fácilmente diluidos por sus capacidades.
Uno de los motivos por el que ansiaba encontrar Genealogía del Dominio era para aclarar un extraño sentimiento de injusticia que parecía que se cernía sobre mí desde el mismo instante en que nací. Quiero decir, si yo era el bueno, el que me esforzaba por hacer las cosas correctamente,¿ por qué era Azula la que tenía más facilidad para el Dominio? ¿Por qué sólo Madre, tío Iroh y Lu Ten veían en mí una buena persona, y, en cambio, tenía que aguantar la indiferencia y la burla del resto de la corte por el hecho de ser menos dotado con el Dominio? ¿Por qué? ¿Por qué?
- Oye -la voz de Azula interrumpió mis pensamientos-. A este hombre le ahorcaron por intentar crear un nuevo Avatar, ¿no?
- Así es.
- Bueno, pues, para empezar, el propio contenido de sus estudios ya era una herejía -el tono de Azula era curiosamente reflexivo-. Él investigaba si el Dominio se podía pasar de padres hijos... ¿Recuerdas lo que dicen siempre los Sabios del Fuego? «Agni no contempla sandeces como la ascendencia o el rango a la hora de otorgar Su Gracia suprema». Cuestionar eso ya es en sí mismo una herejía, ¿no te parece?
Yo asentí, muy impresionado por la teológica declaración de mi hermana. No se me había ocurrido pensarlo hasta ahora, pero Azula tenía razón. ¿Por qué no le habían condenado por eso, también?
- El autor investigó a nuestra familia, ¿sabes? -le confesé en voz baja. La atmósfera aletargada y silenciosa del archivo, con sus filas de estanterías llenas de polvo, y el carácter encubierto de nuestra misión, creaban un ambiente que invitaba a compartir secretos y confidencias, algo muy inusual entre mi hermana y yo.
Azula asintió sin sorprenderse.
- Seguro que descubrió algo gordo, y por eso se lo cargaron.
Tuve un escalofrío. ¿Era posible que el profesor Kokishin hubiera descubierto que nuestra familia... mataba a sus miembros no-maestros? Aquello era impensable pero...
Azula encontró el libro escrito en pulcra tinta negra minutos después. Según el registro, quedaban dos copias. Y una de ellas estaba ahí, en Palacio.
A partir de ese punto, le tocó a Azula ponerse seria conmigo.
- Zuko, ¿estás seguro de que quieres hacer esto? -su voz no tenía ni rastro de mofa-. No estamos hablando de romper una tonta norma de Madre -ignoró mi expresión avinagrada-, o de escaparnos por la noche. Vamos a leer un libro prohibido, y entonces estaremos desobedeciendo una proclama imperial. Si se enteran, nos meteremos en muchos, muchos, muchos líos. ¿Me has comprendido?
Asentí sintiendo como las fuerzas me abandonaban. Ya no se trataba de ir por ahí preguntando por escritos perdidos, o de hacer un par de emocionantes averiguaciones por mi cuenta, como un ingenioso detective. Si quería seguir adelante, estaríamos desobedeciendo deliberadamente los designios del mismísimo Señor del Fuego, y por ende, los de Agni. La magnitud de la travesura era de proporciones salomónicas, apocalípticas.
Me quedé en silencio, mirando a mi hermana horrorizado.
- No podemos hacer así algo así...
- Bueno, pues a mí me pica la curiosidad -dijo Azula con ligereza, aunque vi que tembló levemente-. Voy a intentar encontrar el libro.
- ¡Azula, estás loca! -exclamé, atónito-. ¡Tú misma lo has dicho! ¡Te matarán si se enteran!
- Prefiero correr el riesgo -la voz de mi hermana indicaba que no iba a ceder ni un ápice.
- Haz lo que quieras, yo...
- Si lo encuentro -me interrumpió sin despegar sus ojos de los míos-, ¿querrás leerlo?
Me quedé paralizado de la impresión, sin saber qué decir. Después de todo lo que había pasado tenía unas ganas locas de leer el libro, pero sabía que estaba a punto de meterme en algo realmente peligroso. Además, tenía la desagradable sensación de que Azula estaba utilizándome, que usaba todo aquello para burlarse de mí, para arrastrarme al camino de la maldad, para tentarme, para corromperme. Sus ojos burlones y su sonrisilla autosuficiente denotaban que ya sabía lo que iba a responder. Asentí como si asintiera ante mi sentencia de muerte. Luego pensé en Madre, pero aparté su recuerdo de mi mente. Me sentía impuro, sucio, desmerecedor siquiera de pensar en ella. Pero, después de todo, inicié esa búsqueda en pos de la verdad, y «¿Qué hay más admirable que obrar para restaurar la Verdad?», repetían constantemente los Sabios del Fuego.
Y por otra parte, ¿qué motivo tenía yo para leer ese libro? Ya sabía que Padre no quería matarme, que simplemente me odiaba, pero aquello de los no-maestros aún me carcomía por dentro... Padre decía a menudo que yo casi no tenía Dominio... Y la cuestión de la herencia, de lo que podía darme Padre y de lo que podía darme Madre, de lo que había de ambos en mí, en Zuko, corriendo por mis venas, me daba vueltas en la cabeza cada día con más asiduidad. Pero esa vaga curiosidad por mi familia, por lo que heredaba de ella (el Dominio, el trono, sus secretos) no era otra cosa que el reflejo de un miedo primigenio, tan profundamente arraigado en mí que apenas era aún consciente de él. La confluencia de dos sendas, irreversibles, irreconciliables, que surgían directamente de mi alma. Seguir una u otra. Padre y yo. Madre y yo.
Eso, por supuesto, llegó más tarde.
- Me darás tus postres hasta el solsticio de invierno.
Ay, Azula, tan adulta para unas cosas, y tan infantil en otras. Sin embargo, a veces me cuesta creer que, en aquella época, ella sólo tuviera nueve años, y yo diez. Definitivamente, vivir en Palacio trastoca la infancia de uno, ya sea para bien o para mal.
Hoy me pregunto si Azula realmente era consciente de lo que decía, si no fue el irrefrenable deseo de hacerse la valiente delante de mí lo que la metió en la que seguramente era la mayor travesura de todo su historial, pues implicaba no sólo el incumplimiento de la ley, sino dar la espalda a todo el sistema de valores con el que nos habían criado.
Pero había accedido, y Azula cumplía sus promesas. Siempre.
Varias semanas después, cuando ya casi me había olvidado del siniestro profesor, me encontré una noche a Padre de pie en medio de mi habitación, mirando por la ventana hacia la lejanía.
Inmediatamente pensé que había hecho algo malo. Sospesé dar media vuelta y alejarme de él sin hacer ruido, cosa que me daba bastante rabia, porque tendría que esperar a que Padre le apeteciera salir de mi habitación, y podía estar horas allí, y yo tenía mucho sueño.
Pero tal brillante plan nunca llegó a desarrollarse, porque Padre giró su cabeza en seco hacia mí.
- Hijo. Ven -me ordenó haciendo un ademán para que entrara.
Me encaminé despacio hacia él, retrasando al máximo el momento en que él me hablara. Pero al parecer, aquella noche Padre no tenía prisa. Acabé delante de él, sintiendo que podría desintegrarme en cualquier momento del miedo que me aprisionaba la tráquea.
Padre respiró hondo.
- Mira Zuko... Hace ya algún tiempo, tuve una conversación con tu madre... -Padre nunca llamaba a Madre por su nombre. Era una especie de manía suya-. Creo que últimamente he sido demasiado duro contigo.
Aquello fue como si me echaran un jarro de agua helada encima. Me quedé anonadado. ¿Padre se estaba... disculpando?
- Sólo quiero que sepas que no ha sido mi intención hacerte daño -la voz de Padre era serena, casual incluso, como si estuviera hablando de cualquier tontería-. Lo único que pasa es que me preocupas. Pero reconozco que a veces pierdo los estribos. Te pido perdón.
Padre se empezó a acercar hacia mí. Yo me sorprendí suplicando «que no me abrace, que no me abrace, que no me abrace». El mero hecho de Padre tocándome me parecía antinatural, repugnante, incestuoso. Pero no hizo nada de eso. Pasó por mi lado sin mirarme, y luego abandonó la habitación, sin pronunciar una sola palabra más.
Bien, Padre no me odiaba... ¿Cómo me sentía? ¿Extrañado? ¿Confuso? ¿Aliviado? Sorprendido sería la palabra adecuada. Sin embargo, sonreía. No podía parar de sonreír, y no sabía por qué. Tenía ganas incluso de bailar, y eso sí que era raro. Yo odiaba bailar.
Por paradójico que parezca, aquella conversación me causó más mal que bien. Padre me había demostrado que era un ser capaz de sentir arrepentimiento y compasión, y eso no me permitía deshumanizarlo, convertirlo en un monstruo lleno de maldad cuyo único cometido era hacerme daño. Padre me quitó el único mecanismo de defensa que disponía para protegerme de él, es decir, culparle a él de su comportamiento hacia mí, convertirlo en el gran pérfido y en el gran maldito para que sus pullas no me hiriesen. Porque siguió despreciándome y diciéndome cosas horribles sin reparo, pero a partir de entonces me hicieron aún más daño, porque no provenían de un monstruo sin sentimientos, que, después de todo, no podía hacer nada positivo por nadie, sino de un hombre al que había decepcionado, de un hombre que, si me esforzaba un poco más, podía llegar a ser el gran padre que soñaba, y que no lo era únicamente por MÍ culpa.
Aquella fue la última vez que Padre me llamó la atención de ese modo tan comedido y civilizado. La siguiente vez que creyó que le había traicionado, me quemó la cara. La siguiente, intentó matarme. Y la siguiente, le quité el trono. Así de fácil.
Así de fácil...
Al acostarme, noté algo duro entre las sábanas. Era un libro muy bello, encuadernado con tapas de piel de serpiente. En la cubierta se leía, con grandes caracteres negros:
GENEALOGÍA DEL DOMINIO
Pr. Ryu Kokishin
Copiado y encuadernado del original por la Imprenta Tsumi (Calle Shiroi 19, Asama, Corregimiento de Juéwàng)
