Notas del autor: Por fin terminé este capítulo, lamento si es que alguien perdió la paciencia durante todo este tiempo sin actualizar. Han pasado más de 2 años desde que publiqué el primer capítulo de este fic y me alegro de ver que, lo que comenzó como una incursión en el género, haya sido del agrado de más de uno. Como ya anuncié, este capítulo marca el fin del ciclo de momentos en la vida de mi OC, Taiyo, quien se ha vuelto parte importante de mis head canon para esta pareja y por consiguiente uno de mis personajes preferidos. Bien, sin más demoras, espero que lo disfruten.
Disclaimer: Digimon no me pertenece, sólo mis OCs.
Hiroaki
El alegre sonido de las risas logró sacarla de sus pensamientos. Dejó el pequeño cuadro sobre la repisa en la que estaba originalmente, dedicándole una última mirada antes de comenzar a caminar hacia el origen de dichas risas y, mientras lo hacía, su mente volvió a centrarse en aquella fotografía. Recordaba con mucho cariño el día en que se tomó, especialmente los rostros de Taiyo y Midori, mientras esta última sostenía al pequeño Hiroaki.
Si bien todos sus hijos ya eran adultos, en su corazón seguirían siendo sus niños. Yuuko y Narumi estaban a punto de terminar sus estudios universitarios; Hayato se mudó a Kyoto junto a Kaede, la hija de Koushiro, y ambos dividían su tiempo en administrar una librería y criar a la pequeña Fumiko.
—Hay que visitarlos el próximo fin de semana —dijo para sí mientras avanzaba.
Finalmente, Taiyo ahora vivía en las afueras de Tokyo, junto a Midori y Hiroaki.
Siempre se esforzaron por darle a cada uno la misma atención y cariño, en educarlos para que crecieran íntegramente. Se sintió terrible la noche en que Taichi le relató la situación en la que encontró a Taiyo y Midori, la decepción e indignación se apoderaron de ella. Desde hacía un tiempo notaba algo extraño en su primogénito, sin embargo, cada vez que intentaba acercarse y hablar sobre ello, terminaban discutiendo.
Recordaba todas la veces en que Taichi molestó a Yamato, insinuando que algún día podrían estar emparentados, cosa que comenzó desde que supieron los sexos de sus bebés, y a lo cual el rubio ponía los ojos en blanco y le contestaba con que su hija jamás se fijaría en un Yagami, en especial si se parecía al moreno. Ellas, por su parte, se divertían emparejándolos en una que otra fotografía, o bromeando al respecto para molestar a Yamato. Nunca pensó que, de llegar a existir algo entre ellos, fuese de esa forma.
No podía imaginar a su niño haciendo esas cosas. Claro, era aún un adolescente, las hormonas llevaban haciendo lo suyo un buen tiempo y, hasta cierto punto, era normal que quisiese ahondar en todo ese nuevo mundo que se abría ante él, que empezara a ver las cosas de forma diferente, e incluso daba por sentado que tuviese sueños subidos de tono, después de todo, en más de una ocasión lo sorprendió lavando sus sábanas. Esa vez, después de escuchar a su esposo sobre como terminaron las cosas, estuvo a punto de levantarse e ir directo a la habitación de su hijo para confrontarlo, averiguar cómo pudo ser tan estúpido como para mandar al demonio toda la confianza que tenía en él, pero finalmente desistió de ello.
—Pensé que irías a hablar con él —dijo Taichi.
—Voy a esperar a que él se decida a hablar de ello —respondió con su voz teñida por el enfado— ¿En qué fallamos? —soltó luego de un largo silencio, con la voz afectada por la rabia... y la tristeza.
Taichi se acomodó para mirarla mejor. La luz de la luna, que se colaba por la ventana, iluminaba ligeramente la habitación, aunque sólo pudiese distinguirla como una sombra.
—No tienes culpa en esto —dijo él, intentado sonar conciliador.
La pelirroja en primera instancia le respondió con una mueca que resultó indescifrable para él, e incluso preocupante, hasta que escuchó el primer hipido.
—Sora... —intentó rodearla con un brazo, acercarla a él.
Ella lo apartó suavemente, limpió sus lagrimas e intentó respirar con mayor profundidad, recuperando en cierta medida la calma.
—Taichi... —sentía como si su corazón estuviese trisado, sin llegar a entenderlo del todo.
Se abrazaron con fuerza, ambos estaban, aunque de forma diferente, afectados por el tema.
El tic-tac del reloj repentinamente se había vuelto más ruidoso de lo que ella recordaba. Estaban sentados en su sala de estar, con el vapor proveniente de sus tazas siendo intensificado por el frío del exterior. A su lado estaba lo que otros podrían haber considerado una aparición del pasado, pero ella conocía muy bien sus diferencias, como ese pequeño lunar en su mano izquierda, o esa especie de aura que proyectaba, ese brillo en sus ojos.
Finalmente se había animado a hablarle de de lo ocurrido alrededor de dos meses antes, y ella escuchó atentamente, en especial por ya conocer todo sobre lo cual su primogénito hablaría; Taiyo describió toda su relación con Midori, tratando infructuosamente de suavizar los aspectos que más incomodidad le causaban. Para cuando terminó, el carmín se había adueñado de su rostro, a la vez que una sensación de amargura teñía su voz.
—Taiyo... ¿por qué esperaste tanto para hablarme sobre esto? —preguntó Sora, dejando su taza de café a medio terminar sobre una mesa ratona.
El castaño rehuyó su mirada por un instante, suspirando para luego volver a mirarla.
—Madre... —había comenzado a llamarla así desde hacía un tiempo y ninguno de los dos se acostumbraba del todo— yo necesitaba tiempo para ordenar mis pensamientos y... y tenía miedo de como lo fueses a tomar, miedo y vergüenza —sinceró finalmente.
Ambos habían cambiado su trato hacia el otro, de forma gradual pero sostenida se fueron alejando, construyendo una barda entre ellos. Ella también había usado ese tiempo para reflexionar, cosas como la sangre cálida que le heredaron o su propia conducta a su edad, pasaron por su mente; resultaba difícil el no compararlo con sus propias experiencias o con su hermano, pero todo ese mar de pensamientos realmente la ayudaron para afrontar este momento. Suavizó su mirada.
—¿Qué es lo que te avergüenza? —preguntó sin dejar que su rostro delatase sus emociones.
Él la miró incrédulo.
—Yo... El haber hecho todo eso, aprovechándome de las circunstancias —respondió vacilante, mordiéndose ligeramente el interior de su mejilla derecha.
La Yagami alzó una ceja con suspicacia y aclaró su garganta. Él podía ocultarle muchas cosas, pero jamás podría disimular una mentira ante ella.
—Hijo, te creo, pero te agradecería que fueses completamente sinceró conmigo, por favor —sentenció mientras se acomodaba en su asiento.
—No he mentido, sólo... —suspiró—, sólo he sido demasiado general. En verdad siento el haber aprovechado la confianza que me tuviesen, tanto ustedes como los señores Ishida, pero es el cómo dejé que pasaran las cosas con Midori, como llegue a tratarla y como quise hacerlo, lo que... lo que me hace sentir más mierda.
Ambos se habían alejado completamente tras el incidente con Taichi. Simplemente creían que era lo mejor que podían hacer.
Sora había conversado con Midori unos días antes, tenía presente que en algún momento que debía hacer aquello tarde o temprano, y que conocer el punto de vista de la joven rubia era importantísimo para ver todo de forma más amplia. Existía cierta reticencia ante ello, como si una especie de instinto ciego de madre la hiciese desconfiar de ella.
Se reunieron en la azotea del complejo de departamentos en el que vivía la familia Ishida, unos edificios de diez pisos de alto, pintados de color beige con decoraciones de ladrillo. Mientras subía las escaleras, una parte de ella se preguntaba cómo reaccionarían Yamato y Mimi con todo este asunto. Cuando llegó a su destino, se encontró con que Midori ya estaba allí, observando los edificios en la lejanía, apoyándose contra la malla de seguridad. El otoño ya estaba dando paso al invierno, por lo que ambas usaban ropa de abrigo ligero.
La muchacha, apenas notó su presencia, giró su mirada hacia ella y mordió ligeramente su labio inferior. La pelirroja recordó a la inquieta niña de cabello corto que fue Midori, y que siempre hacía ese gesto cuando estaba nerviosa. Además de una chaqueta marrón, la joven calzaba unas botas y vestía una falda grisácea que llegaba casi hasta sus rodillas.
Sora reconocía que Midori era bastante linda, habiendo heredado el color de ojos y cabello de Yamato y la figura de Mimi, caderas anchas, cintura fina y busto generoso mas no exagerado, aunque a causa del voleibol sus piernas estaban más tonificadas que las de su madre. Su rostro recordaba en muchos aspectos a la señora Takaishi.
—T-tí... Señora Yaga —comenzó la rubia mientras se acomodaba un mechón de cabello tras la oreja. La pelirroja la interrumpió con un gesto de su mano.
—Dime Sora —dijo, tratando se sonar lo más tranquilizadora posible.
Charlaron largo y tendido esa tarde. Sora conoció a una chiquilla perdida en sí misma, ansiosa por experimentar cosas nuevas, por sentirse deseada y que a la vez se detestaba por muchas razones.
—Ya no era lo mismo, lo noté en la forma en que me abrazaba... —parecía dubitativa— en sus ojos después de que rompí la regla de no besarnos... Yo, yo lo siento, Sora —hizo una mueca y un intento se risa irónica—. Ya no sé ni qué siento...
Ambas se sintieron más ligeras tras esa conversación.
Chasqueó su lengua y sonrió de medio lado, al tener a Taiyo frente a ella, recordó uno de sus tantos momentos junto a Taichi.
—Madre... estoy confundido —dijo con evidente congoja.
—Taiyo, hijo, hace mucho tuve un distanciamiento con tu padre, ustedes ni siquiera estaban en nuestro horizonte de proyecciones hacia el futuro, y en ese momento llegué a una conclusión que hasta el día de hoy mantengo: Pasamos más tiempo preocupados de ser felices que en dedicarnos a lo que realmente queremos —sonrió al verlo parpadear rápidamente un par de veces—. Por esa época intentábamos llevar un relación a distancia, Tai fue aceptado en la universidad de Tokyo, mientras que yo fui a la universidad de Kyoto, amos intentamos mantener las cosas como si no hubiese ocurrido un cambio, y al final nos perdimos en... No fue ni por asomo parecido a lo de ustedes, pero la sensación que quedó en ambos sí lo fue —envolvió la mano derecha de su hijo con las suyas— Me di cuenta que la felicidad llega sola cuando alcanzamos eso que queremos, lo que nos proponemos en la vida, ¿qué es lo que realmente te gustaría lograr?
—Quiero... quiero arreglar las cosas con Midori, yo... yo la quiero mucho.
Él y Taichi tenía la costumbre de abrazarla de improviso. Sonrió recordando lo que tardó en acostumbrarse a esa costumbre de su esposo, le daba unas palmaditas en la espalda a su hijo.
Se sintió orgullosa al ver como ellos sanaron sus heridas.
Estaba apoyada en el marco de la puerta que daba hacia el jardín, conteniendo su risa, frente a ella tenía una imagen completamente irrisoria: Yamato y Taichi echados sobre el césped, agotados de tanto jugar con su nieto.
—Pobrecitos, parece que la edad les está pasando factura —dijo entre risas Mimi.
La castaña estaba agachada, limpiando el barro del rostro del castaño de cinco años. El pequeño retrasa bodas, como lo llamaba Tai, tenía muchas de las características predominantes de los Yagami, salvo por sus ojos color miel, los cuales eran una de las tantas causas por las que Mimi se derritiese por él.
—Gracias, Mamá Mimi —dijo el joven Yagami, dándole un beso rápido en la mejilla y un abrazo.
Mamá Mimi, Mamá Sora y Abueichi, esos eran los nombres que se había inventado, siendo Yamato al único que llamaba abuelo de manera formal, lo cual le valió muchas bromas al respecto. Al verla en el marco de la puerta, sonrió, revelando el espacio que dejó libre la caída de su primer diente de leche, un incisivo.
—¡Hey! —protestaron al unísono, levantándose del suelo y sacudiéndose los restos de césped.
El sonido de un automóvil deteniéndose capturó la atención de todos.
—Ya llegaron —dijo Taichi, sonriendo mientras cruzaba miradas con su esposa.
Taiyo y Midori llegaban del hospital con la nueva integrante de la familia, Saori.
Fue todo un agrado escribir este fic y espero que les haya gustado. La razón de que el hijo de Taiyo se llamé así es porque imaginé que la hija mayor del Mimato sería muy cercana a su abuelo paterno. Como ya es costumbre, me gustaría señalar el significado de algunos de los nombres que utilicé:
Fumiko (niña de letras)
Hiroaki (abundante luz)
Saori (florecer)
También me gustaría felicitar a Genee por los premios obtenidos en la gala del foro Proyecto 1-8, el título de embajadora Taiora lo tienes más que merecido.
Nos leemos luego.
