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Tutte le strade conducono a Roma
Maye Malfter
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Terzo
Desde ese día en adelante, el hombre misterioso se convirtió en cliente habitual de la librería… y John se convirtió en su silencioso admirador.
Cada tarde sin falta, el desconocido llegaba a Tesoro; escogía uno de los altos estantes, lo recorría de cabo a rabo, tomaba un libro, pagaba en efectivo y dejaba el lugar. Muy pocas eran las veces en las que pedía asistencia en su búsqueda y casi nulas las veces en las que John tenía la oportunidad de escuchar su aterciopelado barítono, que de no ser porque la señorita García también lo había mencionado en alguna ocasión —comparándolo con el tono seductor de alguno de sus vampiros ficticios—, diría que se lo había imaginado.
Vampiro de novela gótica o no, el caso era que incluso sus otros clientes notaban lo raro del comportamiento del "innominato", como todos habían comenzado a decirle a sus espaldas. Varios de ellos trataron de entablar alguna conversación con el hombre, siendo olímpicamente ignorados en el mejor de los casos o tajantemente despreciados en el peor.
Así que ya nadie se le acercaba al innominato más que para tomar un libro de la misma estantería que él estuviese escudriñando, haciendo que John se preguntara cómo era que un sujeto como aquel decidía pasarse cada día por su librería con el simple objetivo de comprar algún libro al azar.
—Recoge las babas, John. Vas a estropear la madera —le reprendió la señorita García una tarde, casi dos meses después de la primera visita del hombre de rizos perfectos y pómulos afilados—. Si sigues así, el innominato se va a dar cuenta de que te gusta.
John se aclaró la garganta, intentando disimular el hecho de que se había quedado embelesado mirando el punto por el cual el cliente misterioso acababa de dejar la tienda. Giró el rostro hacia la señorita García, que le veía con una sonrisilla burlona en los labios.
—No me gusta el innominato —replicó John, girándose hacia el computador y pretendiendo hacer algo en él—. Y tampoco se me caen las babas —agregó.
—Ajá —dijo la muchacha, todavía sonriendo—. Y Anne Rice es la peor escritora de su generación, ¿no? —preguntó con sarcasmo.
—Deberías invitarlo a cenar —intervino una voz proveniente de un librero cercano—. O al menos a tomar un café.
—¿Usted también, señora Bonatti? —se quejó John, girándose para mirar cómo la mujer se acercaba al mostrador. La señorita García contuvo una risa.
—Escucha mis ancianas palabras, John —comenzó, colocando una revista de entremeses sobre el tablero—. Ese hombre viene aquí todos los días y ni siquiera se digna a hablar con el resto de tus clientes. No hay que ser adivino para saber que algo se trae entre manos. Y tal vez ese algo sea una cotta per te.
John enrojeció hasta las orejas. La señorita García soltó una carcajada y la señora Bonatti le sonrió maternalmente.
—Ahora, qué tal si me cobras por esta revista y después decides quando fare la tua mossa ¿eh?
John tomó la revista y la embolsó para la señora Bonatti, pasando su tarjeta por el aparato y dando gracias por tener algo que hacer además de sonrojarse como un idiota.
...
La terrible tormenta repiqueteaba contra los vidrios de Piccolo Tesoro, desde donde la calle de en frente parecía un oscuro borrón.
John estaba sentado en una silla alta detrás del mostrador, con un té de menta a un lado y un libro a medio reseñar al otro. La librería estaba desierta, lo cual era de esperarse siendo que ya iban doce horas de lluvia sin tregua. Sin embargo, y considerando lo muy ruidoso que era el techo de su departamento al ser azotado por el temporal, John decidió seguir con su rutina habitual y aprovechar la falta de clientes para ponerse al día con ciertas reseñas que había estado posponiendo.
En eso andaba cuando un ruido muy distinto de todos los que había escuchado ese día le sacó de concentración y le hizo levantar la mirada, comprobando con bastante sorpresa que alguien enfundado en un largo y oscuro sobretodo estaba golpeando la puerta de la tienda.
John se apresuró a abrir para dejarle pasar, preguntándose cómo era que alguien podía aventurarse a salir a la calle con el clima como estaba. Cuando su imprevisto visitante pasó el umbral, John se sorprendió al notar que se trataba nada más y nada menos que del innominato.
Estaba completamente empapado, con los rizos oscuros pegados a la frente y la bufanda de seda goteando a más no poder. John ofreció tomar su abrigo y éste aceptó sin decir palabra, quitándoselo junto con la bufanda para revelar un cuerpo deliciosamente estilizado enfundado en un traje negro de corte perfecto. Sus ropas no parecían estar demasiado mojadas, pero el tono transparente de la camisa blanca debajo de la chaqueta evidenciaba lo mucho que la tormenta le había calado. John no supo si mencionarlo o no, así que mejor dejó el abrigo en el perchero junto a la puerta y fue a sentarse de nuevo detrás del mostrador.
El innominato caminó con paso firme hasta una de las estanterías cercanas al mostrador, recorriéndola como siempre lo hacía; como si el cielo no se estuviera cayendo ni nada por el estilo. John simplemente lo miraba, recordando las palabras de la señora Bonatti y su recomendación. Quizás ésta era la oportunidad que había estado esperando; después de todo, no tenía nada que perder aparte de su dignidad.
—Ejem… disculpe —le llamó, logrando que el innominato se girase para verle—. Yo… Ehhmm… ¿Le gustaría una taza de té?
¿"Una taza de té"? ¿De verdad esa sería su frase de ligue? No había dudas de que lo que su amiga Irene le decía era totalmente cierto: debía comenzar a tener citas otra vez, al menos para dejar de decir tonterías a la primera oportunidad.
Sin embargo, y a pesar de la patética excusa de John para romper el hielo, el innominato le dedicó una enigmática sonrisa que le hizo olvidar la razón de su mortificación. El hombre se acercó al mostrador, todo líneas y elegancia, y John no pudo hacer otra cosa que quedarse mirando otra vez.
—De hecho, me encantaría —declaró el innominato, y John tardó un par de segundos en procesar que su invitación había sido aceptada.
—O-ok —balbuceó, saliendo del mostrador—. Yo… debo subir a poner la tetera. ¿Quiere subir conmigo? —preguntó antes de pensar realmente en lo que decía—. Tengo toallas limpias, por si se quiere secar.
El innominato volvió a sonreír y a John se le erizaron los vellos de la nuca. Este hombre definitivamente ejercía un extraño poder sobre él, como si fuera capaz de leerle cual libro abierto.
—Una toalla estaría bien, gracias. —John asintió y subió las escaleras de caracol, con el otro pisándole los talones.
El ruido de la tormenta era mucho más notorio en el pequeño departamento que en Tesoro, y los nubarrones que cubrían el cielo lo oscurecían como si fuese de noche. Tras encender un par de luces, John enrumbó hacia la cocina, puso la tetera bajo el fregadero para que se llenara y fue en busca de una toalla. Cuando regresó, el hombre había puesto la tetera sobre la estufa y le esperaba de pie cerca del desayunador que dividía la cocina del salón.
John le tendió la toalla y fue a preparar un par de tazas con bolsas de té, pero cuando se dio la vuelta de nuevo, la visión frente a él lo dejó paralizado: el innominato se había pasado la toalla por el cabello y lo tenía completamente revuelto, suavizando sus facciones y dándole un aire de sexy desaliño que hizo que las mariposas dentro de su estómago cobraran vida otra vez.
El silbido de la tetera le sacó del trance y John se obligó a espabilar. Sirvió el té y le tendió una taza a su invitado, que éste agradeció, y se quedaron en silencio por un par de incómodos minutos. El innominato no le quitaba la mirada de encima y John se sentía cada vez más azorado.
—¿Cómo es que un escritor recién divorciado termina comprando una librería en medio de Roma durante un viaje de placer? —le preguntó de repente, poniendo la taza sobre el desayunador. John casi se atraganta con su té.
—¿Perdón? —preguntó de vuelta. Ninguna persona de su entorno sabía los detalles de la compra de Tesoro, entonces ¿cómo era que el innominato lo sabía? —. ¿Cómo es que-?
—No dudo que escapar a otro país sea un pensamiento recurrente en muchas personas —continuó el otro hombre, como si no lo hubiera escuchado—, pero son muy pocos los que se atreven a llevarlo a cabo. ¿Por qué dejaste Snaresbrook, John?
John se quedó pasmado por un momento. Ese extraño sabía cosas que él nunca le había dicho a nadie de ese lado del continente; sí, probablemente sus clientes supieran que venía de Londres y que era escritor, y obviamente muchos de ellos sabían su nombre de pila, pero nadie jamás podría saber que compró la librería durante unas vacaciones sin que él se lo hubiera contado, mucho menos conocer el nombre de su antigua zona de residencia.
—¿Eres un acosador? —dejó escapar John sin pensar. Una soberana tontería, a su parecer; si su vida fuera un relato criminal, ya estaría muerto de seguro.
El innominato se rió en su cara; no era una sonrisa irónica, a decir verdad, era la expresión más sincera que John hubiera visto de él.
—No te estoy acosando —aseguró—. Sólo soy… bastante observador.
—Suena como acoso para mí —declaró John, que ya no estaba tan asustado pero seguía con los sentidos alerta.
—Sé que eres divorciado por la marca en tu dedo anular, visible incluso a pesar de que la piel de alrededor se ha oscurecido por el sol de Roma, así que el divorcio es relativamente reciente. Tu acento es obviamente londinense, pero Snaresbrook aparecía como lugar de origen de una caja que estaba cerca del mostrador el primer día que vine a curiosear en tu librería, por lo que supuse que era donde solías vivir. Lo de la compra de la tienda en medio de un viaje fue más un bastonazo en la oscuridad, considerando que Tesoro tenía bastante tiempo en venta sin que ningún ciudadano local se interesara por adquirirla… Dicho en voz alta, sí sueno como un acosador —concedió al final.
John quedó perplejo ante tal demostración de ingenio. Perplejo y asustado de estar bebiendo el té con alguna especie de criminal, pero más que nada perplejo.
—Eso fue asombroso —dijo honestamente—. Un poco aterrador —admitió—, pero asombroso.
La expresión del innominato cambió a una de desconcierto. Obviamente esa no era la respuesta que esperaba.
—¿Te lo parece? —preguntó.
—Por supuesto que sí —respondió John sin dudar—. Si resultas ser un asesino en serie al que acabo de invitar al té, al menos sé que no eres un asesino cualquiera.
Se quedaron mirando por un par de segundos antes de prorrumpir en carcajadas. Toda la situación era una completa locura, con una fuerte lluvia azotando el techo y las ventanas sin contemplaciones, un par de tés a medio enfriar y dos desconocidos teniendo una conversación decente por primera vez en la vida. Decir que era insólito era quedarse corto.
Cuando por fin dejaron de reír, John tomó las tazas de ambos y las colocó en el fregadero, debatiéndose entre invitar al innominato a almorzar o bajar de nuevo a la librería. Antes de que pudiera decidir, sintió que el otro hombre se acercaba más a él. Se giró para encararle.
—¿Sabes por qué vengo todos los días? —le preguntó, y John sólo alcanzó a negar con la cabeza—. Porque buscaba una oportunidad para hacerte esas preguntas sin que mi interés se notara demasiado.
—¿In-interés? —tartamudeó John sin poder dejar de ver esos ojos verdiazules que a la tenue luz del departamento emulaban galaxias enteras.
—En ti, John —aclaró el innominato, cada vez más cerca de él—. Obviamente.
Todo ocurrió tan rápido que John no tuvo tiempo de racionalizar la situación, y para cuando pudo reaccionar, el innominato le estaba besando. ¡A él! Y lo peor era que John estaba correspondiendo.
El beso era suave pero apasionado, una exploración de labios y lenguas que más que reclamar o poseer, buscaban tantear y conocer. Pequeñas gotas provenientes del cabello del innominato empapaban la frente de John y sus párpados cerrados, enviando hacia su cerebro chispazos de frescor que contrastaban con el delicioso calor proveniente del beso.
Después de lo que parecieron ser horas, ambos hombres se separaron para respirar, y John se dio cuenta en ese momento de que el desconocido le tenía tomado por la cintura y de que sus propias manos aferraban con fuerza las solapas de la chaqueta del otro.
—Eso fue ridículo —musitó John, sin aliento—. Lo más ridículo que he hecho en mi vida.
—Eso y comprar una librería en ruinas —se mofó el otro hombre. John no pudo contener una risita.
—Tienes razón —concedió, incapaz de contener el impulso que lo llevó a besar de nuevo los tibios labios que acababa de probar.
Varios minutos de besuqueos pasaron, en los que de una manera desconocida ambos hombres terminaron uno encima del otro en el sofá del salón. Ninguno intentaba quitar la ropa del otro, pero los manoseos, jadeos y gemidos no se hacían de rogar. Al final, cuando la fogosidad inicial pareció haber remitido, John se encontró a sí mismo debajo del cuerpo del innominato, siendo meticulosamente besado en cada parte expuesta de su cuello.
—Entonces —comenzó John, notando cómo la adrenalina dejaba su cuerpo mientras el sonido de la lluvia y las caricias sobre su piel lo relajaban de una manera indescriptible—, sólo para aclarar, no eres ningún asesino serial ¿cierto?
—No que yo sepa —respondió el innominato sin dejar de besarle la piel—. De hecho, trabajo con la Polizia di Stato… Más o menos.
—¿Ah, sí? —preguntó John, curioso—. ¿Acaso eres detective?
—Podría decirse —confirmó el otro—. Pero no soy de los de ellos. Mi rama de trabajo es mucho más… especializada.
—Ummm… —profirió John, debatiéndose entre las ganas de saber más cosas acerca del hombre entre sus piernas y lo adormilado que comenzaba a sentirse—. ¿Así que eres un consultor? —insistió.
Sus conocimientos policiacos se limitaban a los libros de detectives, las películas de Bond y las series norteamericanas que tanto le gustaban, por lo que no estaba seguro de haber dicho el nombre correcto. No obstante, el innominato rio por lo bajo, como si aquello que John acababa de preguntar le causara gracia.
—Soy detective consultor —dijo, dejando de besarle pero dedicándose a acariciar con la yema de los dedos la sensible piel que cubría sus clavículas—. El único en el mundo, porque yo inventé el puesto. Así que cuando la polizia está perdida en las profundidades, que es casi siempre, acuden a mí para que les ayude.
Ahora fue John quien contuvo una risa.
—La polizia no consulta amateurs —declaró.
—Y aun así supe todo de ti con tan sólo observar en la dirección correcta —le recordó el innominato, sin detenerse en su labor—. Además, no es la primera vez que lo hago —explicó—. En Londres solía trabajar con el New Scotland Yard en la resolución de misterios aparentemente irresolubles. Cuando me mudé a Roma, fue sólo cuestión de halar los hilos adecuados.
—Y si ya trabajabas en lo que te gusta, ¿por qué dejaste Londres? —quiso saber John. Las caricias cesaron por un breve momento, para luego ser reanudadas con gentileza
—Problemas de adicción —confesó el innominato, y John casi deseó no haber preguntado—. Después de caer lo suficientemente bajo como para ir a rehabilitación, sentí que necesitaba un cambio de aire.
—¿Por qué Italia? —preguntó John sin pensar, pasando una mano por la sedosa mata de rizos oscuros que coronaban la cabeza del otro hombre. Lo sintió relajarse al contacto.
—Porque fue el primer lugar que se me ocurrió —dijo éste con sencillez—. Lo suficientemente lejos como para escapar de mi pasado y lo suficientemente cerca como para volver a Londres si es que algún día lo necesitaba.
—¿Crees regresar alguna vez? —inquirió John, mientras dibujaba patrones circulares sobre el cuello del otro. Su piel era tersa y suave, cubierta por una fina capa de vellos que John utilizaba como línea guía para sus dedicadas caricias.
—Si sigues haciendo eso que haces —respondió el hombre, acomodándose para darle mayor acceso hacia la piel bajo el cuello de su camisa—, lo dudo sobremanera.
John sonrió ante el comentario, disfrutando del momento y de la situación: el sonido de la lluvia colándose por cada rincón del departamento, un delicioso olor a té de menta flotando en el aire y John felizmente aprisionado bajo el cuerpo del hombre hermoso al que había observado ir y venir de su tienda durante los últimos meses, el cual no sólo se sentía tan atraído hacia John como John hacia él, sino que implícitamente acababa de decirle que tenía intención de quedarse en Italia lo suficiente como para darle rienda suelta a lo que fuera que estuviera ocurriendo entre los dos.
Si aquello no era motivo para agradecer a los dioses el haber seguido sus impulsos, que le habían llevado a comprar Piccolo Tesoro aquella tarde durante su último día en Roma, John no sabía cuál otro podía serlo.
—¿Sabes una cosa? —preguntó luego de un buen rato, sintiendo los párpados cada vez más pesados—. Nos acabamos de enrollar y ni siquiera sé tu nombre.
El innominato levantó el rostro para mirarle a los ojos. Le miraba de forma intensa y penetrante, como si quisiera escarbar dentro de su alma para encontrar las respuestas a todas las interrogantes del universo. Un repentino escalofrío le recorrió toda la espalda de abajo arriba, como una premonición; un aviso de que, fuera lo que fuera lo que acababa de pasar entre ellos, aquello no había hecho más que comenzar.
—Sherlock —respondió el hombre por fin—. Mi nombre es Sherlock.
Y sin decir otra cosa, Sherlock se inclinó para reclamar los labios de John otra vez.
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Fin~
Meta notas:
*Innominato: (italiano) persona o cosa de la cual no se conoce su nombre.
*Avere una cotta per te: (italiano) "tener un enamoramiento por tí". Cotta es el equivalente italiano de la palabra inglesa crush.
*Quando fare la tua mossa: (italiano) "cuándo hacer tu movida". Cuándo actuar o hacer algo determinante.
Notas finales:
Como es usual, gracias a la hermosa Mundo Crayzer por betear esta locura, y también gracias infinitas a mis brides por las porras y el confeti. Recuerden que sus opiniones son el combustible que alimenta el motor de mis musas, así que ¡no se los ahorren!
Un abrazo, y nos leemos prontito.
Maye~
