La Historia no me pertenece así como los personajes que aquí se presentan

Disfruten!


Santiago se quedó mirando la pantalla del ordenador, viendo rebotar el parpadeante cursor ante sus ojos. Tenía que concentrarse. Este informe tenía que entregarse a la Junta Directiva esta noche. Entonces tendría dos días para pensar en su propuesta antes de la cena de esta semana.

Proporcionar la información a la Junta era casi una formalidad. Entre sus padres y Santiago eran dueños de la mayoría de las acciones y sabía que sus padres estaban a favor de la adquisición. El consejo tenía su funcionamiento y Santiago no tenía ninguna intención de ofenderlos diciéndoles a bocajarro que no tenían muchas opciones al respecto. El correo electrónico tenía que poseer un buen equilibrio entre la información y la coacción para que entendieran lo que estaba pasando, pero que no tuvieran la impresión de que podían detenerlo.

Pero las palabras simplemente no salían.

Era el miedo lo que lo detenía. No por la Junta o su reacción. Sino por ella. Brittany. En cualquier momento iba a presentarse en su oficina y lo interrumpiría. Habían pasado; miró su reloj, cuarenta y cinco minutos desde su última aparición por lo que su próxima visita no podía estar muy lejos. Y sabía que, tan pronto como se pusiera a elaborar el correo, ella aparecería, inclinando la cabeza y preguntando con esa voz de ven a follarme si estaba listo para irse a casa.

Era la voz lo que le llegaba a él; bueno, junto con el cuerpo. Físicamente le recordaba a una animadora; energética, alegre, culo firme, fuertes piernas. Pero la voz era puro calor y sexo. Una combinación malvada. Una sonrisa dulce se mostró en su rostro por los roncos sonidos sensuales que salían de su boca. Eso le hizo preguntarse cómo sería ella en la cama, cómo se traduciría esa energía y lo que sería escucharla suplicar que la follara con tanta dulzura en esa voz; rogándole que la penetrara más profundamente.

Se movió en la silla, tratando de aliviar la creciente erección. Había estado luchando contra ello toda la tarde. Acababa de conseguir que la condenada cosa se calmara y ella entraría de nuevo.

Apártalo. Concéntrate. Ignorar el sexo era una sensación nueva para él. A pesar de lo que decían los medios, no pasaba gran parte de su jornada de trabajo fantaseando con sus compañeros de trabajo. El trabajo era el trabajo. El sexo era algo completamente ajeno al edificio.

Las palabras de la pantalla entraron en su campo de visión y se dio cuenta de que había escrito la palabra "sexo" en el correo electrónico a la Junta. Se rió sin humor y trasladó su ratón para hacer clic en Deshacer. Después de sólo cinco horas, estaba arruinando su…

—¿Listo para irnos?

Con el sonido de la alegre voz femenina, el dedo tembló y se fue la imagen. Él levantó la vista. Su ratón había estado sobre el botón enviar.

Acababa de enviar un correo sin terminar a la Junta de Administración que terminaba con la palabra aleatoria "sexo". ¿Cómo demonios iba a explicar eso?

Mordiéndose para mantener el control, se retiró del ordenador y buscó el origen de la voz.

Estaba inclinada hacia su oficina.

Brittany. Como era de esperar.

Él se giró en su silla y apoyó los codos en la superficie de su escritorio. Con los dedos entrelazados, miró por encima de sus manos. Había tenido años de práctica intimidando a las personas; empleados, competidores, repartidores. Era una habilidad que había aprendido de su padre y la usaba bien en su negocio.

—Brittany, se considera de buena educación llamar a la puerta antes de entrar en la oficina de alguien, —dijo, complacido al notar que sonaba severo y desaprobador. Era un tono que aplastaba al intruso más ansioso.

Brittany miró hacia la puerta como si esta hubiese cometido el delito, después, terminó de empujarla para abrirla. Entró en la oficina como si tuviera todo el derecho a hacerlo.

—Me acaba de gruñir para que me quede fuera, como lo hizo antes, —dijo ella, dejándose caer en la silla frente a su escritorio.

Puso una bolsa de compras a sus pies antes de estirar los brazos por encima de su cabeza y bostezar ampliamente. Los ojos de Santiago bajaron a su pecho cuando ella arqueó la espalda, empujando sus pechos hacia adelante, contra la suave tela de su camiseta. Una voz en la parte posterior de su cabeza le advirtió que era susceptible a una demanda, pero Santiago no podía apartar la mirada. Se movía con tal sensualidad inconsciente. Sin elegancia, pero con placer; como si cada movimiento de sus músculos fuera una invitación.

Ella cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás. Sus pechos se contonearon debajo de la camisa, suaves y redondos, y claramente libres de sostén. No eran grandes, así que suponía que podía salir sin sujetador. Los tensos pezones empujaron contra la fina tela. Su bajo gruñido se burlaba de él con la idea de los sonidos que haría si él chupara esos pequeños y bonitos pezones. Preferiblemente, mientras su polla estaba dentro de ella.

La tensión en los pantalones le recordó a Santiago donde estaba. Quitó los ojos, regresando a donde debían estar. Su mirada inocente se encontró con la de él. Ella sonrió sin conciencia de sus pensamientos lujuriosos. Por un momento, consideró la idea de que ella quería que él la mirase; que ella estuviese dispuesta a seducirlo. Esa idea se desvaneció tan rápido como había aparecido. Si ella estaba empeñada en seducirle, no era muy buena en eso.

—¿Qué quiere?, —preguntó él, con la esperanza de que el profesionalismo y la irritación vinieran a su rescate. Brittany no parecía notar el tono áspero de su voz.

—Ya es tarde. ¿Está listo para ir a casa? — Se echó su cabello rubio hasta los hombros hacia atrás. — Realmente es necesario mantener la perspectiva sobre el trabajo.

Deliberadamente, miró bajo la línea de su nariz, observando su intrusión.

Brittany no se dio cuenta. Diablos, ni siquiera estaba mirándolo. Había centrado la atención en su oficina. Él sabía lo que vería. Muebles de madera oscura proyectando una sombría atmósfera necesaria para un CEO1. El mostrador de madera pesada había estado en su familia durante años, amorosamente pulido cada semana por el equipo de limpieza. Sin un rasguño. Todo en la habitación había sido seleccionado o diseñado para encajar con su personalidad y el efecto global era el de una fuerza poderosa y silenciosa. Los mismos aspectos que mostraba durante los negocios.

—Tiene que redecorar esta oficina. Iluminarla un poco, —dijo finalmente. — Es un poco oscuro y en realidad no se parece a usted, —concluyó con un movimiento de cabeza.

Santiago abrió la boca para protestar; esta oficina era perfecta para él; después, sonrió.

El calor le inundó como las olas en una playa bañadas por el sol. La sonrisa iluminó todo su rostro. Sus ojos brillaban con risa y sabiduría. Incapaz de contenerse a sí mismo, comenzó a inclinarse hacia adelante, cautivado por sus ojos, la profundidad azul arrastrándolo más cerca. Ella le observaba con una intensidad y una sinceridad que le advertía que ella podría ver dentro de su alma si no se protegía.

Pero no podía apartar la mirada. La sangre corría por su cuerpo, abandonando rápidamente sus extremidades y hundiéndose en su ingle. Los ojos se dirigieron hacia sus labios, imaginando la sensación de su boca bajo la suya. Deslizó la lengua por el labio inferior. Quería saborearla; su boca, sus pechos, ese lugar dulce y caliente entre sus piernas.

La fantasía cambió rápidamente a ella retorciéndose debajo de él mientras con su polla penetraba su coño; sus gritos llenando sus oídos mientras ella suplicaba por más.

En los últimos años, sus amantes habían sido indudablemente discretas. Fue una decisión tomada conscientemente cuando se había hecho cargo de la dirección de la empresa. Sobrias, el sexo vainilla encajaba en su imagen de ejecutivo empresarial; aunque, a veces, ansiaba un poco... más. Elaine, su actual pareja ocasional, era un complemento perfecto para su estilo de vida. A ella le gustaba follar y luego hablar de negocios. Dado que esas eran las dos únicas cosas que tenían en común, la relación funcionaba para ellos.

Había experimentado con el BDSM2 en su juventud, pero encontró que ese estilo de vida no se correspondía a sus metas profesionales. Había finalizado esa parte de su vida y tuvo la voluntad para dominar los impulsos de su psique. Al menos los tenía hasta que Brittany había aparecido. Ella sería un reto. Un interesante y sumiso juguete sexual. Mientras disfrutaba dominando a una mujer en la cama; le gustaba que el espíritu y las agallas fueran junto con él. No había nada más aburrido que una sumisa demasiado sumisa. Brittany no tendría ese problema. Él sería capaz de atarla, azotar su culo y follar toda la noche y por la mañana ella todavía lo miraría con esos ojos riendo, casi burlándose.

Se reclinó hacia atrás, sacudiendo físicamente los pensamientos de su mente. ¿En qué demonios estaba pensando? Ella era su empleada. No podía tener pensamientos sexuales sobre ella.

No importa cuán deseosos parecieran sus pezones. Se quedó mirando los montones de papeles sobre su escritorio poco dispuesto a encontrarse con sus ojos, obligando a su mente a centrarse exclusivamente en la tarea mundana de preparar su portafolio para la tarde.

El molesto peso en su entrepierna le advirtió que su erección no había disminuido. Si seguía teniendo fantasías acerca de su ama de llaves, iba a estar erecto toda la noche. Episodios prolongados de celibato seguidos por sexo mediocre, obviamente, le habían llevado al límite.

—¿Está bien?

Su cabeza se giró ante su pregunta.

—¿Qué? Oh, sí. Bien. Sólo estoy, uh, bueno…—luchando contra una furiosa erección, terminó en silencio. — ¿Está lista para salir?

—Por fin. Sí. —Ella se puso en pie y se giró, inclinándose y dándole una vista perfecta de su exquisito culo. Los pantalones se estiraron, abrazando cada curva. Habían pasado años desde que había calentado un culo como ese con su palma. Su mente simplemente se había sumergido en la fantasía de flexionar a Brittany sobre el escritorio y castigarla por interrumpirle, cuando se enderezó y exhibió una monstruosidad verde limón y magenta. — ¿Le gusta mi abrigo nuevo?

Las rayas multicolores fluorescentes se grabaron en la parte posterior de sus ojos y temió se quedaran incrustadas de forma permanente. No sólo el abrigo parecía tres tallas demasiado grande para ella, además era feo.

—Así que, ¿le gusta?

—Es simpático. —Las palabras salieron de su boca por la fuerza de la costumbre. — ¿Compraste eso aquí en López?, —preguntó. Y que Dios ayude al comprador que lo ordenó, añadió en silencio.

Ella negó con la cabeza.

—Terry me envió calle abajo a un lugar de descuento. —Brittany alisó con la mano la manga de color rosa brillante. — Personalmente, creo que es un poco feo pero es bastante cálido. —Ella se encogió de hombros. — Era todo lo que podía permitirme.

Él no sabía lo que le estaba pagando pero inmediatamente decidió que un nuevo abrigo sería parte de su uniforme. Eso es todo. Voy a exigir que use uniforme. Uno que incluya sujetador. Antes que pudiera imaginársela en un desaliñado traje "tipo enfermera Ratched3", un traje de doncella francesa le vino a la cabeza. Completado con volantes en el culo y un sujetador push-up que creara un escote lo suficientemente profundo como para que un hombre pudiera perderse en él.

Esto es ridículo. Empujó la silla hacia atrás y se levantó.

Debo llamar a Elaine y pasar la noche con ella. Sería la solución perfecta. Una noche de sexo comedido para sacar a Brittany de su mente. Su polla se sacudió, pero tenía poco que ver con la perspectiva de follar a Elaine y todo que ver con la vista de los pezones de Brittany presionando contra su camisa.

—¿Qué es eso?

Santiago siguió el camino de Brittany apuntando con los dedos; directamente a su erección. Era el momento de tirarse un farol para salir de esto.

—¿A qué te refieres?, —preguntó, satisfecho con el tono frío que logró.

Completamente opuesto al fuego que corría por sus venas.

—Eso. —señaló enfáticamente. — ¿Qué pasa con todos los papeles? — preguntó.

¿Los papeles? Bajó la mirada hacia el escritorio. Ella no estaba apuntándole a él. Un inconsciente suspiro de alivio escapó de sus labios.

—Es trabajo. —Terminó de recoger el último montón y lo deslizó en su maletín.

—Pensé que había terminado de trabajar.

—Hay más que hacer, —dijo con calma. Cerró el maletín y se dirigió hacia el pequeño armario en la esquina de su oficina, tratando de ignorar la presencia de Brittany.

—Parecía que estaba trabajando cada vez que entré.

En silencio, ella esperaba una respuesta. Santiago dejó la respuesta en suspenso. Demasiados secretos se desvelaban cuando alguien trataba de llenar el silencio. No necesitaba compartir sus secretos. Todo lo que necesitaba era un ama de llaves que pudiera cocinar y a pesar de las valientes palabras de antes, Santiago estaba seguro de que estaría alimentándose de carne en lata y de beanie-weenies hasta que la señora Pierce regresara.

Echó un vistazo a Brittany. Ahora sería un buen momento para preguntarle acerca de sus credenciales culinarias.

—Brittany... — empezó a decir.

—¿En cambio estuvo jugando en el ordenador?

Se dio la vuelta para mirarla.

— Qué?

—Bueno, si usted estuvo en el trabajo todo el día y no termino su trabajo, pensé que, en su lugar, podría haber estado ocupado con juegos de ordenador. — Ella tomó su maletín y se dirigió al otro lado de la habitación hasta que quedó de pie al lado de su hombro. — Tuvimos un elf... un compañero que hizo eso una vez, pero no duro mucho tiempo. —Se mordió su labio inferior mientras miraba al vacío. Finalmente, negó con la cabeza y volvió a mirar a Santiago con los ojos muy abiertos. — Nadie sabe lo que le pasó. Él simplemente... desapareció.

No preguntes.

No preguntes, no cuentes. Se había convertido en el lema de Santiago. Si él no preguntaba acerca de la vida personal de nadie, no tenías que compartir la tuya. Siempre había algo sobre lo que se sentían obligados a reparar o, al menos, a proporcionar asesoramiento.

Santiago buscó en el armario. Brittany se quedó en silencio de nuevo. Santiago repasó la conversación y se dio cuenta que ella estaba esperando una respuesta.

Maldita sea, si tan sólo pudiera recordar la pregunta.

Los juegos de ordenador. Correcto.

—No, Brittany, no estaba jugando a juegos de ordenador. Estuve trabajando. Todo el día. —Eso debería haberlo terminado. Con cualquiera de sus otros empleados, lo habría hecho. No con Brittany. Se puso su largo abrigo de lana negra.

—Entonces, necesitas contratar a más personas.

Su tono indicaba que Santiago debería haber resuelto eso hace mucho tiempo. Fue sólo su puro y concentrado autocontrol lo que le impidió quedarse con la boca abierta mientras ella se alejaba, dejándolo atrás.

¿Ese pequeño pedazo de mujer lo asesoraba sobre su negocio? El clic de la puerta de la oficina le liberó de su inmovilidad. Él la siguió, deteniéndose el tiempo suficiente para realizar un análisis rápido de la zona de recepción. La bola de nieve había desaparecido. Bien.

Registró el resto de la habitación. No estaba exactamente buscando adornos, pero la oficina era su bastión de paz contra las fiestas navideñas. Incluso su casa tenía los adornos requeridos, una vez que se decidió por contratar a alguien para colgar las malditas cosas. Si se hubiera salido con la suya, su casa estaría tan vacía como su oficina, pero con la Junta que iría a cenar esta semana, parecería extraño que no lo hiciera por lo menos para pretender tener espíritu navideño.

Un doble repiqueteo al final del pasillo indicaba que el ascensor había llegado y que Brittany se estaba yendo sin él.

Cerró la puerta y fue corriendo por el pasillo, llegando al ascensor justo cuando se estaba cerrando. Las puertas se abrieron de nuevo y él entró, echando una irritada mirada en dirección a Brittany.

—No pude encontrar el botón para mantenerlas abiertas, —se defendió antes de que él hubiese siquiera dicho algo.

—Me gustaría que me lo devolviera. —Él señaló el portafolio que ella llevaba.

Ella se encogió de hombros.

—Sólo estaba tratando de ayudar. —Ella dejó caer el maletín, dejando que golpeara el suelo mientras las puertas del ascensor se cerraban atrapándolos en el interior. — Debe ser un material bastante importante.

—No lo entiende, —dijo él, incluso mientras trataba de averiguar por qué se estaba justificando ante ella. — Este es todo el trabajo que yo tengo que hacer.

—Nadie es más importante. ¿Qué piso?

Santiago se quedó mirando la pantalla iluminada, tratando de recordar dónde había aparcado su coche. Él negó con la cabeza. En el mismo lugar donde estacionaba su coche todos los días.

—Garaje dos. Y esas son todas las decisiones que tengo que tomar. — Señaló el maletín que estaba entre ellos.

La tos burlona le dijo lo que ella pensaba al respecto.

—Necesita aprender a delegar.

Santiago vio los números luminosos cambiar a medida que el ascensor bajaba.

Soy un ejecutivo. Ella el ama de llaves, se recordó. Se frotó la frente con la punta de sus dedos. Otro dolor de cabeza se acercaba. ¿Qué estoy haciendo? Ya lo sé. Ella es la única que ha perdido la perspectiva.

—No se preocupe. —La voz alegre de Brittany penetró el silencio. Se enderezó y le dedicó una sonrisa de alivio. — Sé mucho acerca de la división del trabajo. Puedo ayudarle. Esa no es la ayuda que fui enviada a darle, por supuesto, pero ¿por qué no aprovecharlo?

—Ya veo. Ama de casa durante el día, consultora administrativa de noche. ¿Cuán afortunado puedo ser?

Brittany giró la cabeza otra vez. Su mirada de "no te hagas el listillo conmigo" fue estropeada por la sonrisa que irrumpió en su rostro. Santiago luchó contra el impulso de sonreír de nuevo. Las comisuras de sus labios comenzaron a curvarse, pero las obligó a permanecer en una línea recta, apretando los bordes para mantenerlos bajo control. No podía empezar a sonreírle ahora. Ella era su empleada.

Las puertas del ascensor se abrieron permitiendo a Santiago escapar de su sonrisa.

—¿Es este su coche?, —preguntó ella mientras se acercaban, su voz llena de asombro. Sus hombros se enderezaron con orgullo mientras pasaba la mano por las elegantes líneas negras del BMW Z-4. — Son mucho más grandes que las versiones de juguete, ¿verdad?, —preguntó ella, sus palabras brillaban de admiración y asombro.

Santiago miró su espalda mientras ella miraba por la ventana.

—Sí, mucho. —Abrió la puerta y la ayudó a subir al asiento del copiloto. Santiago respiró hondo varias veces mientras caminaba hacia el otro lado del coche.

El equilibrio entre causa y efecto, acción-reacción, se había perdido. Brittany no se comportaba de la forma en que se suponía. Ante nada.

Agarró el pomo de la puerta y volvió a respirar calmadamente. Había sido uno de esos días.

Debió imaginárselo sabido cuando tuvo que despedir a Santa Claus por robar ropa interior de mujer. Ahora se daba cuenta que ese había sido el indicio para irse a casa.

Casualmente mirando por la ventana, Santiago observó a su último desafío. Brittany; pasando sus dedos a través de los botones de su reproductor de CD, el salpicadero, el volante, como un ciego aprendiendo del mundo. Santiago apretó los dientes. Era demasiado fácil imaginar que ella lo acariciaba exactamente de la misma manera, aprendiendo de su cuerpo con esa ansiosa y fascinada mirada en su rostro. Ella, de rodillas ante él, con la boca siguiendo el camino errante de sus dedos.

Tragó saliva y miró alrededor del garaje meditando cuánto tiempo podría estar sin entrar en el coche. Parte de la tensión en su ingle se alivió y se dio cuenta que Brittany iba a sentir curiosidad acerca de por qué no subía al coche. No es que ella se hubiese dado cuenta todavía. Estaba demasiado ocupada acariciando su coche.

Él abrió de golpe la puerta y deslizó el maletín en el pequeño espacio detrás de los asientos delanteros.

—Oh, Santiago, —suspiró. — Es hermoso. Y el cuero. —Ella frotó su mano sobre el asiento. Un escalofrío corrió por su delicado cuerpo, como si la sensación hubiese causado un mini orgasmo. — Umm. Es tan suave. ¿No quiere simplemente quitarse la ropa y frotar su cuerpo por todas partes?

Ella siguió a sus palabras con un lento balanceo en su asiento. El feo abrigo ocultaba la mayor parte de sus curvas, pero no importaba. Santiago tenía una buena idea de lo que estaba sucediendo; el balanceo de sus pechos y el endurecimiento de sus pezones.

—Me alegro de que le guste. —Estaba complacido de que su voz fuera tranquila y fresca mientras se calentaba por dentro. — ¿Tiene una maleta?

Santiago miró alrededor del coche, notando que iba con las manos vacías.

Brittany abrió la boca, pero la cerró antes de decir nada. Apretó los labios y miró hacia el rincón más alejado del parabrisas.

Santiago observaba, fascinado por las expresiones cambiantes de su rostro. Nunca antes había visto a nadie idear una mentira de forma tan obvia.

—Está siendo entregada, —dijo al fin. — Creo, — añadió en un murmullo que Santiago casi ni oyó.

¿Qué está ocultando? Santiago se permitió una última mirada antes de arrancar el motor. El centro de su estómago empezó a arder. Tenía un mal presentimiento sobre esto. No era miedo, sino una especie de sensación siniestra de que su mundo estaba a punto de cambiar. Maravillado por este extraño entendimiento, salió de la plaza de aparcamiento y condujo hacia la salida del garaje.

El encargado del aparcamiento se inclinó y les saludó con un gesto alegre.

Santiago bajó la ventanilla para darle las buenas noches.

—Feliz Navidad, Señor López, —dijo el empleado, mientras se detenían. — Conduzca con cuidado. Santa podría estar en la carretera con sus renos.

Santiago sintió que apretaba involuntariamente la mandíbula. Obligó a sus labios a poner una sonrisa poca sincera y asintió con la cabeza mientras pisaba el acelerador y sacaba el coche del garaje.

Santa Claus, Navidad y las fiestas en general. Bah, patrañas.

—Esa fue una especie de advertencia tonta, ¿no?, —la voz de Brittany interrumpió sus pensamientos sombríos.

Él le dirigió una rápida mirada antes de volver a prestar atención a la carretera. ¿Podría ser cierto? ¿Era como él y no le gustaban las fiestas? Una luz de esperanza se encendió en su pecho. Una alma gemela.

—Todo el mundo sabe que Santa es mejor conductor que eso. —Se giró en su asiento para mirarlo. — ¿Puede imaginarse lo que se siente al aterrizar un trineo lleno de juguetes tirado por renos en el tejado de una casa? Si él es así de bueno, sin duda puede evitar un poco de tráfico, —concluyó Brittany con confianza y con más que un poco de irritación.

Santiago se quedó mirando la calle en frente de él. Sus dedos se tensaron sobre el volante. ¿Por qué suena como si ella creyese en Santa Claus?

—Ooh, sus luces de Navidad se ven tan hermosas, —dijo mientras conducían por Town Square. — ¿Tiene algunas luces en su casa? —Santiago negó con la cabeza lentamente. — No se preocupes. Soy muy buena con las luces. Vamos a hacer que su casa se parezca al Taller de Santa en cuestión de segundos.

El corazón de Santiago cayó a sus pies. Su casa, su refugio, estaba a punto de ser invadido por la Navidad.

Brittany ignoró su nuevo abrigo y lo dejó caer detrás de ella en el brillante suelo de linóleo mientras se dirigía a la enorme cocina abierta. Había estado en las cocinas del Taller un par de veces, por lo que reconoció el equipo, pero no estaba muy segura de todo lo que hacían. Tenían una estricta división del trabajo en el Taller. Los elfos, que hacían o decoraban juguetes, no realizaban otros trabajos.

Había demasiados juguetes que hacer. Clases de entrenamiento a las que asistir. Nuevas técnicas de producción y nuevos productos cada año, como juguetes cada vez más y más sofisticados.

Ella pasó cuidadosamente un dedo sobre la lustrosa superficie pulida de la estufa. El frío metal envió escalofríos por su brazo. El desorden estaba notoriamente ausente de las encimeras de color azul y blanco. Brittany se inclinó en la encimera de la cocina y miró toda la habitación. Todo era perfecto, en su sitio y centelleantemente limpio. ¿Quién vive así?, se preguntó, y luego respondió a su propia pregunta. Santiago.

No sólo la cocina estaba limpia y excesivamente ordenada, sino que carecía de personalidad.

Las cocinas de los elfos siempre tenían cuadros o refranes lindos y alegres pegados en las paredes y en las puertas de los armarios.

Brittany sonrió. Tal vez cuando regresara al Taller, Santa la pondría a trabajar en la cocina. Quién sabe, ¿tal vez tengo aptitud para cocinar?

Dio una vuelta a la habitación y se detuvo delante del frigorífico. El aire frío se arremolinó a su alrededor cuando abrió la puerta y se asomó dentro. Después de unos segundos, se estremeció, cerró la puerta y continuó su recorrido por la cocina. Si, por alguna extraña razón, sentía nostalgia por el Polo Norte, sabía a dónde ir.

No le tomó mucho tiempo ver el resto de la cocina y terminar de nuevo en frente del frigorífico. Tenía que haber algo ahí que pudiera cocinar. Los libros de cocina que había hojeado habían sido interesantes, con un montón de fotos. Pero en lugar de obtener ideas para la cena, le había dado hambre y se había encontrado en la cafetería de la primera planta de López. Después de su abrigo nuevo, los buñuelos y varias tazas de café, no le quedaba mucho del dinero que Santiago le había dado esa mañana.

Una vez más, miró en el interior del frigorífico. Había leche. Probablemente tenía cereales. Brittany negó con la cabeza. No, Santiago querría algo cocinado. Como un trozo de carne casi cruda. Él no había hecho otra cosa más que gruñirle desde que había emprendido el camino a casa. Probablemente estaba hambriento, decidió con forzada jovialidad. Una rápida investigación en el congelador reveló un paquete de filetes. Ellos no comían mucha carne roja en el Taller, pero había visto suficientes filetes para saber que todo lo que tendría que hacer era cocinar la cosa un poco y alguien se lo comería. Un éxito a fin de cuentas.

—¿Pero qué...?

Brittany se giró a tiempo para ver a Santiago enredar sus pies en el abrigo y tropezar, sujetándose contra el mostrador.

—Oh, lo siento, —dijo ella, apoyándose en la puerta abierta del congelador. — ¿Podría colgar eso?

Santiago recogió la chaqueta y se la quedó mirando un momento; luego pasó la mirada hacia Brittany. Ella esperó. Santa a menudo le echaba la misma mirada no sé qué hacer contigo.

Santiago suspiró y puso el cuello de su abrigo en un gancho detrás de la puerta de la cocina. Genial, un fanático de la pulcritud, pensó Brittany con una mueca mental.

Si él es un obseso de la pulcritud, debería contratar a alguien para que limpiara detrás de él.

Se abofeteó mentalmente en la frente. Correcto. Es por eso que estoy aquí.

—Voy a estar en mi oficina trabajando. Llámeme cuando la cena esté lista, —anunció, pero no se fue. En cambio, entró por la cocina y pasó por su lado. El más leve indicio de su loción permaneció en el aire y Brittany respiró hondo. — ¿Hay alguna razón por la que tenemos la puerta permanentemente abierta, o es que simplemente quiere enfriar la habitación un poco?, —preguntó mirando deliberadamente la nevera abierta.

Sus labios se apretaron.

—Es todo este metal en la cocina, —respondió ella, golpeando ligeramente la puerta cerrada. — Detiene mi visión de rayos X.

Los ojos de Santiago se endurecieron.

Brittany hizo una mueca. Ese gen de sarcasmo que había heredado de algún padre desconocido tendía a revelarse en momentos como este.

Santiago parpadeó, pero siguió mirando.

—Era una broma, —dijo Brittany finalmente. — En realidad no tengo visión de rayos X.

Santiago apretó los labios.

Este hombre no tiene sentido del humor.

Otro elemento que agregar a la lista. Tener sentido del humor no era un requisito para el espíritu navideño, pero era sin duda un beneficio. Trató de imaginar el Taller sin la risa y se estremeció. Sería como... bueno, como el Mundo Exterior. De repente, echó de menos el Taller. A Casa por Navidad. A Casa por Navidad. Tengo que llegar a casa por Navidad.

Tomo el paquete de filetes y se dirigió a la cocina. Santiago la siguió, deteniéndose justo a su derecha, controlando cada movimiento mientras ella colocaba la carne en el mostrador. Sus ojos siguieron su mano; como si tuviera miedo de que ella fuera a agarrar uno de los cuchillos y, de repente, se volviera contra él. Si seguía cerniéndose sobre ella, podría tomar en cuenta la sugerencia.

Se dirigió a la despensa. Santiago la siguió.

—¿Le gusta el arroz?, —preguntó. Era riquísimo y abundante, y estaba bastante segura de que había instrucciones en la caja.

—Sí.

Se inclinó para conseguir una caja de arroz. Santiago se inclinó con ella. Ella dio un paso atrás. Santiago también lo hizo. Cuando él la siguió de regreso a la cocina, ella paró en seco y se giró para mirarlo.

—¿Quiere algo? —dijo bruscamente.

Tenía que preparar la cena y no necesitaba la presión añadida de Santiago observando todos sus movimientos. Mejor si no veía el producto antes de que estuviera cocinado.

Un toque de rojo se trepó por su cuello y él retrocedió.

—Uh, no. Estaré en mi oficina.

La puerta se cerró detrás de él y Brittany dejó caer su frente contra el microondas. Santa había enviado al elfo equivocado.

Santiago no necesitaba a alguien como ella. Necesitaba un elfo alegre y agradable, que nunca se enfadara. Alguien como Teresa.

Brittany inmediatamente desechó la idea. Santiago parecía a punto de estrangular al encargado del aparcamiento. Y sus propios intentos de alegría navideña habían provocado que sus dedos se volvieran blancos al volante. No, Teresa era un poco demasiado alegre para Santiago.

El estómago de Brittany retumbó recordándole que si tenía hambre, Santiago tenía que estar famélico. Miró el trozo de carne congelada.

Santa debería haber enviado a un elfo que pudiera cocinar.

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