La Historia no me pertenece así como los personajes que aquí se presentan

Disfruten!


Brittany recogió el plato de delante de Santiago. Es un hombre más valiente de lo que pensaba, decidió con asombro. El emparedado que ella había comido era comestible, pero no había manera de que realmente fuera a probar su propia cocina. Él se las había arreglado para comer un poco de la carne, dejando sólo la parte todavía congelada del centro y los quemados bordes negros. El arroz principalmente había desaparecido por completo, a pesar de que se había vuelto un poco más moreno de lo que se suponía. ¿Quién sabía que el arroz se quema tan rápido?

Santiago se quedó mirando el mantel despejado, sus ojos se centraron en el diseño. El hombre necesita un poco de risa en su vida.

—Entonces, ¿dejo los platos?, — preguntó ella, parpadeando sus ojos inocentemente. — ¿Alguien se encargará de ellos?

—Brittany. — Su nombre salió de su boca como un suspiro.

Ella chasqueó los dedos.

—Eso es. Yo lo hago. Olvídalo.

Cuando él levantó la vista, ella le guiñó un ojo y abrió la puerta de la cocina. La sorpresa en sus ojos no era exactamente humor, pero estuvo cerca. Tenía la extraña sensación de que muy poca gente bromeaba con Santiago López.

A medida que el fregadero se llenaba de agua, Brittany revisó los progresos que había hecho durante su primer día.

Uh, ninguno. Tenía que empezar a ponerse en marcha con esta cosa de espíritu navideño. ¿Cuánto tiempo se tarda en recuperar un espíritu deteriorado?

Ella sumergió sus manos en el agua jabonosa. La espuma resbaladiza se burlaba de su piel entre los dedos mientras fregaba los platos y las pocas sartenes que había usado para crear la incomible cena que Santiago había consumido.

Céntrate. Debería centrarse en un aspecto del espíritu navideño a la vez. Si trabajaba desde muchos lados, él se sentiría abrumado y se replegaría en el fondo de su caparazón.

Los regalos no funcionarían. Por el aspecto de su casa, podía comprar lo que quisiera. Las decoraciones a veces alentaban a la gente a conectarse con el espíritu, pero había escuchado su opinión sobre la decoración.

Suspiró. A lo lejos escuchó el tintineo de las campanas recordándole los arneses del trineo de Santa Claus.

Tal vez sólo debería decirle que era un elfo y que podían trabajar juntos para engañar a Santa. Buena idea. Intenta engañar al hombre con las listas de los traviesos y la lista de los buenos.

Mientras raspaba el arroz quemado de la cacerola repasó rápidamente las cualidades del espíritu navideño. Alegría, paz, compartir... compartir. Levantó los ojos y miró por la ventana.

—Es perfecto. Es algo activo, —dijo en voz alta. Por su contacto limitado con él, Santiago parecía el tipo de persona que necesita una tarea, algo físico. — Puedo enseñarle a compartir.

Ella sumergió un plato en el agua caliente para enjuagar. Pero ¿compartir qué? No el dinero. Había visto por sí misma con qué indiferencia daba el dinero. Eso no era compartir. Eso era comprar a alguien.

La puerta de la cocina se abrió. Santiago entró en la habitación, llenándola con su presencia. Su nuca hormigueaba como si pudiera sentir su mirada. Lo saludó con una sonrisa.

—¿Viene a ayudar?, —preguntó. Eso es, pensó ella con una risa silenciosa.

Yo podría enseñarle a compartir mis tareas.

—El teléfono es para usted.

—¿Para mí?

Él sostenía un teléfono inalámbrico.

Brittany miró hacia abajo. Sus brazos estaban cubiertos de espuma de jabón hasta los codos.

—¿Podría usted... tal vez... — Ella inclinó la cabeza para mostrarle dónde depositar el teléfono.

—¿Qué? Oh. Sí.

Él puso el auricular contra su mejilla y lo mantuvo allí con la mano.

—¿H… Hola?, —preguntó Brittany.

—¿Brittany? ¿Eres tú? —La voz retumbó desde la distancia. Desde el Polo Norte en verdad.

—San… — Ella vio a Santiago por el rabillo del ojo. — Oye, ¿es usted, señor?

—Sí, lo siento, la línea es muy mala. No tienes mucha necesidad de un teléfono. Sólo quería asegurarme de que llegaste bien y pudiste ubicarte en su casa.

—Sí, sí, lo hice.

El indescriptible aroma que asociaba con Santiago le hizo cosquillas en la nariz y respiró profundamente, llenando sus pulmones. Parecía llenarla e inundar su cuerpo con comodidad. El calor que había experimentado anteriormente regresó como un latido lento en su núcleo. Incapaz de contenerse, se acercó más. El calor irradiaba del cuerpo de Santiago, superando el frío que parecía acechar siempre dentro de ella.

—¿Cómo te va?, —preguntó Santa.

¿Está pidiendo un informe de que todo va bien?

—Bien. Estamos avanzando. —Santiago suspiró y se movió, colocándose en una posición de impaciencia. — Pero, señor, estoy un poco ocupada ahora.

—Oh, no quiero obstaculizar tu progreso. Buena suerte, Brittany. Supongo que nos veremos la víspera de Navidad.

—Espero que sí, señor. Adiós. —Ella se retiró del camino del teléfono y sonrió agradecida. — Un viejo amigo, —dijo a modo de explicación.

Él se aclaró la garganta.

—¿Casi ha terminado? Puedo mostrarle su habitación.

Ella enjuagó el último plato y lo puso en el seca platos.

—Todo listo.

—Hay un lavavajillas, ¿sabes?, —dijo. Indicó el aparato bajo la encimera, junto al fregadero.

Ella se encogió de hombros.

—Me gusta lavar los platos. Es relajante.

Conforme dijo las palabras, se dio cuenta de que eran ciertas. Ella sonrió a sus ojos, compartiendo con él su placer con el simple toque de sus manos con agua jabonosa. Era el primer paso. Tenía que enseñarle a compartir. Incluso a compartir algo tan básico como la felicidad, era un riesgo. Te hacía vulnerable. Abría la posibilidad de rechazo ante el regalo. Ella esperó.

Casi visiblemente, pudo ver su respuesta. Una leve sonrisa se inició en sus ojos. Ella se estremeció, esperando por la luz para afianzarse. Las etapas infantiles de la sonrisa la atrajeron más cerca y el impulso de tocarlo regreso. Sin pensar, ella puso su mano sobre el esternón... y, al instante, dejó cinco marcas del jabón de sus dedos.

La sonrisa desapareció de sus ojos, y nunca hizo el viaje hacia su boca.

—Oops.

—Le mostraré dónde va a dormir, —anunció. Se dio la vuelta y salió de la habitación, esperando claramente a que Brittany lo siguiera.

Ella dejó caer el trapo sobre la mesa y suspiró mientras lo seguía. Es un comienzo. Él está ahí. Sólo tenía que encontrar una manera de romper las barreras de hielo alrededor de su corazón.

La guio por el pasillo hasta una pequeña habitación en la parte trasera de la casa. Las flores de un pálido color lavanda decoraban la colcha a juego con las cortinas que cubrían la ventana y la tupida alfombra le hizo cosquillas en las plantas de los pies descalzos. Brittany entró en la habitación y se dejó caer sobre la cama. Los resortes la hicieron rebotar hacia arriba un par de veces. El colchón era suave y la habitación bien decorada pero, como la cocina, había una frialdad impersonal con la que Brittany se encontró incómoda.

—¿Dónde duerme usted?, —preguntó, balanceando los pies al final de la cama.

Los ojos de Santiago se abrieron. Vio los músculos de su cuello al tragar convulsivamente. ¿Qué he hecho ahora?

—Arriba.

— Puedo verlo?

—¿Por qué?

—¿No debería saber dónde duerme?, —preguntó.

Brittany no podía culparlo por su indecisión. Ella no se había comportado de la manera más normal para la forma humana hoy. Estaba un poco sorprendida de que la hubiese siquiera dejado entrar en la casa.

—Si voy a limpiar ahí, debo saber dónde está.

Eso pareció ayudar a Santiago tomar una decisión. En silencio, la llevó arriba. Golpeó una puerta.

—Dormitorio. —Golpeó la puerta al otro lado del pasillo. — Dormitorio. — Señaló la puerta al final del pasillo. — Dormitorio principal.

Brittany pasó junto a él y abrió la puerta indicada. Su pecho se expandió mientras sus hombros se echaban atrás, como un gato que protege su territorio. Ella se detuvo en la puerta, pero se asomó dentro.

La cama más grande que Brittany jamás había visto dominaba la habitación. Las colchas negras y marrones estaban perfectamente decoradas en las esquinas.

Tres o cuatro elfos podían dormir en esta cama.

—¿Duerme usted aquí solo?

Una tos ahogada escapó de la garganta de Santiago. Brittany le miró para asegurarse de que la comida que había cocinado no estaba envenenando su organismo, pero se detuvo con un único jadeo.

Su frente se arrugó en una serie de apretadas líneas mientras las cejas se tensaron.

—La mayoría del tiempo, sí.

La bombilla se iluminó encima de la cabeza de Brittany. Por supuesto. Esto era. Esta era la oportunidad perfecta para enseñarle a compartir.

No pasó mucho tiempo para que Brittany decidiera con quién iba a compartir la cama.

—No se preocupe. Yo dormiré con usted.

—¿Perdón? — Las palabras brotaron desde el profundo interior de Santiago.

—Yo dormiré con usted. Quiero decir, con una cama tan grande, podríamos hacer una fiesta e invitar a los vecinos. Además, a nadie le gusta hacerlo solo. Es mucho mejor con alguien más. Voy a buscar mis cosas.

Ella había llegado a la parte superior de las escaleras antes de que su voz la detuviera.

—Está asumiendo demasiado. ¿Qué pasa si yo no quiero dormir contigo

—¿No quiere?

—Bueno, eso no viene al caso.

Ella sonrió con simpatía.

—No se preocupe. Le va a encantar para cuando haya terminado. Volveré en un minuto, —prometió ella y corrió escaleras abajo.

Santiago farfulló algunas incoherentes protestas, pero Brittany siguió caminando. Aprender a compartir no era una cosa fácil de hacer; no para un adulto, pero después de unas cuantas noches durmiendo juntos, él se acostumbraría a ella.

La idea de dormir al lado de Santiago envió una ráfaga de cálido hormigueo por todo su cuerpo. Nunca le había gustado el frío. Había sido el único elfo en el Polo Norte que había conseguido una manta eléctrica por Navidad. E, incluso sin abrazarse a él, estaba segura de que el calor natural de su cuerpo calentaría la cama.

En la habitación que Santiago le había mostrado en el piso de abajo, la maleta que había hecho en el Polo Norte había aparecido misteriosamente a los pies de la cama.

Ella sacó su camisón mientras pensaba en Santiago.

Él no estaba contento con la idea de compartir su cama, pero eso sólo era miedo, estaba segura. Tenía que demostrarle que no estaba mal, que el compartir no lo hacía débil, pero si la echaba, nunca tendría la oportunidad. Bueno, sólo tendría que darle un pequeño empujón.

Cerró los ojos, apretándolos con fuerza y reuniendo el poder mágico en su corazón.

—Desearía que Santiago compartiera su cama conmigo.

Las espirales de magia se deslizaron desde su interior y salieron flotando en el cosmos. Lo había hecho. Probablemente no era el mejor uso de su poder, pero tenía que comenzar en alguna parte.

Cuando Santa volviera a llamar, por lo menos tendría progresos de los que informar. Con un poco de suerte, para entonces, le habría enseñado a Santiago a compartir. Otro delicado arrebato de calor brotó de su interior mientras se ponía el camisón por la cabeza y sonrió mientras recordaba la calidez de la mano de Santiago entre las suyas. De alguna manera, sabía que sus dedos del pie no estarían fríos esta noche.

Santiago vio a su ama de llaves temporal apresurarse por el pasillo. Iba a subir al piso de arriba y dormir con él. Sabiendo que no había nadie más en la casa, por lo que nadie lo vería, se pellizcó en el brazo. Le dolió y no se sobresaltó como si saliera de un sueño profundo. Eso significaba que no era un sueño.

Ella quería dormir con él. Pura fuerza de voluntad había impedido que ella se inmiscuyera en sus pensamientos mientras había trabajado antes de la cena. Le había dado tiempo para controlar las respuestas físicas a su mera presencia. Ahora, la idea de Brittany en su cama reavivó el fuego que había pasado las noches extinguiendo. Gimió y dejó caer su frente contra el marco de la puerta.

No necesito esto ahora mismo. Es Navidad, la adquisición de Henderson es inminente y ahora Brittany.

No, no es Brittany, se corrigió. Enderezó los hombros y entró en la habitación. Es el sexo en general. Es que ha sido demasiado tiempo desde que te has calentado. Los procesos y las tradiciones que rodean los verdaderos hechos parecían merecer cada vez menos el esfuerzo conforme envejecía.

Tal vez debería casarme. La idea merecía alguna consideración. Luego, cuando él quisiera sexo sólo tendría que darse la vuelta y tocar a alguien en el hombro. Elaine estaba ciertamente apoyando la idea. Es decir, el matrimonio. No necesariamente sexo. Había empezado a lanzar indirectas hace unos meses sobre que le gustaría llevar su relación a un ambiente más permanente. Santiago hizo una mueca. Simplemente no le pareció una buena idea.

Ella era la esposa corporativa perfecta; elegante y fuerte en la sala de juntas, pero fría y contenida en el dormitorio. A su alrededor era fácil reprimir las ansias de tener sexo un poco más interesante.

Santiago se sentó en el borde de la cama. La imagen de Brittany tendida sobre el colchón de la señora Pierce y la forma en que sus pechos apretados se balancearon suavemente debajo de su camiseta; joder, él estaba poniéndose duro. Otra vez. En las ocho horas aproximadamente desde que Brittany había entrado en su despacho, de alguna manera había perdido el control; de su cuerpo, de su casa, de su vida.

Se recostó contra el colchón. Había algo en ella que no estaba del todo bien, no era normal. Tal vez fuese la inocencia de sus abiertos ojos que parecía tan real, pero nadie llegaba a su edad sin alguna experiencia. Sin la destrucción de algunos de sus sueños. Santiago pasó el antebrazo por los ojos. Inocente pero seductora. Era una combinación perversa a la cual hombres más fuertes que él habían sucumbido.

No sería desleal para Elaine dormir con Brittany. No tenemos ningún tipo de acuerdo formal. Santiago se quedó mirando el blanco techo. ¿De dónde había salido eso? ¿En que estaba pensando? ¿Estaba realmente considerándolo? Demonios, era difícil no considerarlo. Ella era preciosa y sexy y, maldita sea, quería follar con él.

Examinó las almohadas. Ella tenía razón. Era una cama grande. Más que suficiente espacio para los dos; no importa cuánto se movieran. Sonrió pensando en las mantas de arriba deshechas por la mañana. No podía recordar la última vez que había calentado las sábanas con una mujer.

Gimió y cerró los ojos. No importa si lo quería o no, no podía suceder. Era demasiado arriesgado. No sólo era una empleada, sino que estaba el factor añadido de que una vez que la tuviera en cama él no estaba completamente seguro de poder resistir atarla y follarla duro y durante mucho tiempo, haciendo que suplicara por su orgasmo. Ese prieto y ágil cuerpo extendido, los grandes y tersos pezones hinchados por su boca, el coño húmedo que le apretaba mientras él se sumergía en ella.

Él gimió y trató de apartar las imágenes a un lado. Demasiada tentación. Cuando Brittany subiera, simplemente la enviaría de vuelta a su propia habitación. Recuperando su vida. Si ella quería seducir a alguien, podía encontrar a alguien además de él.

Pero tú lo sabes... Santiago trató de detener la pequeña voz dentro de su cabeza. Era la voz que siempre lo metía en problemas. La que le había convencido cuando tenía doce años de que pegar al profesor con cola a la silla sería divertido. La que le dijo en el instituto que era lo bastante zalamero para tener una cita con la Reina del Baile. Trató de bloquearla en su mente.

Si te acostaras con Brittany, desahogaría la tensión sexual que estás sintiendo. Estarías más relajado. Lograrías terminar más trabajo.

—Todavía estás vestido, —su voz ligeramente acusadora interrumpió su debate interno.

Santiago respiró hondo y soltó el aire lentamente. Se incorporó hasta quedar sentado, dispuesto a comenzar una explicación lógica de por qué no podían, no debían dormir juntos. Él esperaba que esa explicación lógica se creara por sí misma en breve.

Excavando en lo más profundo de su fortaleza para enviarla lejos, se preparó y la miró. Si estuviera tratando de seducirme, podría haberse puesto algo más apropiado. Ella estaba de pie con un oso de peluche aferrado firmemente en el hueco de su codo y una mirada inquietante en su rostro. La enorme camiseta que llevaba estaba decorada con luces de Navidad y las palabras "Yo amo las Noches de Navidad". Tenía las piernas desnudas; fuertes y elegantes. Sus ojos se perdieron por sus piernas, disfrutando de algunas fantasías acerca de sus muslos; separados, enrollados alrededor de sus caderas. Incluso sus pantorrillas eran atractivas, y sus pies...

¿Sus pies? Sus pies estaban cubiertos por brillantes zapatillas rojas que se curvaban en los dedos de los pies, formando círculos diminutos.

—¿Qué pasa con esos raros zapatos? — Le tomó un momento darse cuenta de que había dicho las palabras en voz alta.

Brittany se estiró cuan alta era. Cuando las comisuras de sus labios se tensaron, Santiago se dio cuenta de que la había ofendido.

—Son muy cómodas y mantienen mis pies calientes.

Caminó hacia el borde de la cama, aparentemente dispuesta a subirse sobre él. Santiago rodó fuera de su camino, y se puso de pie, inmediatamente sus ojos acabaron en su trasero mientras gateaba por encima de las mantas hasta el otro lado.

Su camisón se subió por encima de sus muslos mientras ella se movía, revelando su culo dulce y curvilíneo. Una tira delgada de tela ahuecó los montículos, pero hizo poco por cubrirlos.

Los pensamientos de protesta y esa inteligente respuesta lógica que había estado pensando desaparecieron. Qué había de malo con un poco...

Ella le miró sin pestañear mientras se apoyaba contra el cabecero y levantaba la manta, deslizando sus pies bajo las sábanas.

—¿Tengo que prepararle el desayuno?

—No, —respondió distraídamente, pero el recuerdo de su comida lo trajo de vuelta al presente. — No puedes quedarte aquí.

Déjala quedarse. Se ve bien en tu cama. Se vería aún mejor inclinada sobre el extremo de la misma. Déjala quedarse. Quería que la persistente voz se callara mientras observaba a Brittany acomodarse.

Se detuvo en el proceso de ajustar las mantas y alzo la mirada hacia él con esos ojos. Ojos aparentemente inocentes que mantenían una pizca de acero. Ella estaba en su cama y necesitaría una palanca para sacarla antes de que obtuviera lo que quería. Déjala quedarse.

—¿Por qué no?

—Porque es mi cama y no te puedes quedarte en mi cama. —Tuvo que luchar para pronunciar las palabras, como si alguna fuerza invisible las mantuviera dentro.

—No hay razón para ser egoísta. Hay espacio más que suficiente. Yo no ocupo mucho espacio.

Como si consolidase su posición, Brittany contoneó su trasero, escabulléndose más abajo en el colchón. El camisón demasiado grande sólo insinuaba un poco de un prieto pezón rozando la parte interior. Dejó el oso de peluche a un lado y sonrió a Santiago.

El oso de peluche, el camisón. La realidad de eso finalmente lo golpeó.

—Realmente quieres decir "simplemente dormir", ¿verdad?

—Por supuesto. —La cara de Brittany mostró su confusión. Él sintió cierta satisfacción en ello. Él había estado atormentado por la confusión todo el día. — ¿A qué cree que me refería?

—Nada. —Santiago se quedó mirando la pared y esperó que nunca lo averiguara. Al menos no tenía que encontrar una diplomática forma de rechazarla, pensó burlándose de su propia arrogancia.

Pero eso no soluciona el problema. Todavía estaba en su cama.

—Escucha, si quieres dormir aquí tan desesperadamente, está bien. Quédate mi habitación, me iré a dormir al cuarto de invitados. —Problema resuelto. Se dio la vuelta para irse.

—Pero eso no va a funcionar. No quiero que me dé su cama. Quiero que la comparta conmigo. Es en cierto modo el propósito. —La decepción en su rostro desgarró su corazón y podría haber jurado que las lágrimas se formaban en sus ojos.

Santiago se acercó a un lado de la cama y se sentó. Con voz suave, trató de explicárselo.

—Brittany, es que no es adecuado durmamos juntos. — Déjala quedarse. Gatea hasta su lado. La voz apenas si sonaba como la suya.

—Por supuesto que lo es. Sé cómo compartir, —insistió. — Y no voy a ocupar demasiado espacio. ¿Ve?

Mantuvo sus brazos a los lados, como si demostrara la cantidad de espacio que no estaba ocupando. ¿De todos modos, cuál es el gran problema? Los dos somos adultos. Y es sólo por una noche.

Déjala quedarse. Comparte tu cama con ella. Una sensación extraña que no podía explicar se filtró en su pecho.

—De acuerdo, —dijo con un suspiro de resignación, resolvería qué hacer con ella en la mañana.

Los ojos sonrientes de Brittany resplandecían de felicidad y hacia que la zona que rodeaba su corazón doliera. Antes de que pudiera decir nada que reflejara esas sensaciones extrañas, se dirigió hacia el baño principal.

Tío, no te entiendo. ¿En qué te has metido?

Y peor aún, ¿qué voy a llevar puesto en la cama? Él normalmente dormía en calzoncillos o totalmente desnudo. De camino al cuarto de baño, cogió un par de pantalones cortos de deporte y una camiseta de la cómoda.

Tardó sólo unos minutos en estar listo pero se detuvo, porque no quería regresar muy pronto. La sangre caliente corría con fuerza por sus venas, acomodándose en grandes dosis en su polla. Estar lejos de ella no estaba ayudando. Las imágenes eran demasiado nítidas en su mente; sus desnudos cuerpos balanceando el cabecero contra la pared, su culo mientras él se hundía profundamente en su coño.

Los nervios retumbaron a través de su estómago como mariposas rabiosas. Se sentía como una novia virgen en su noche de bodas, escondiéndose hasta que el ansioso novio no pudiera esperar más. Lo único que ella quiere hacer es dormir.

Maldita sea. No podía recordar la última vez que había dormido con una mujer. Había tenido relaciones sexuales con Elaine hacía tres, no, cuatro semanas pero él no se había quedado. Nunca se quedaba. La última vez que había dormido con una mujer fue... probablemente en la universidad antes de haber aprendido los beneficios de una oportuna salida temprana.

Y nunca había dormido con una mujer sin tener relaciones sexuales con ella primero. No le gustaba tener a alguien más en su cama. Era demasiado restrictivo. Tenía que preocuparse de toparse con ellas, o roncar muy fuerte, o Dios no lo quiera, arrojar las mantas al suelo si tenía demasiado calor.

Había otros tres dormitorios en esta casa y un sofá cama en la oficina. Ella bien podía encontrar otro sitio donde dormir.

Con esa determinación en mente, abrió la puerta. Las luces del dormitorio estaban apagadas, pero podía ver su figura acurrucada al otro lado de la cama, con la cabeza ubicada entre la almohada y su oso de peluche. Sus ojos estaban cerrados y respiraba acompasadamente.

Perfecto. Simplemente se deslizaría fuera de la habitación y ella nunca se daría cuenta. Se dirigió hacia la puerta.

—¿A dónde va?, —preguntó ella con una voz somnolienta¸ que encontró el camino alrededor de su polla, acariciándola como dedos diminutos. Ella gimió suavemente y se dio la vuelta, retirando las mantas de su lado. — Ven a la cama, Santiago, —ella dijo. Luchó pero su cuerpo parecía incapaz de resistir sus órdenes.

Ella le sonrió mientras se deslizaba bajo las mantas y su corazón hizo un giro lento.

—Buenas noches, Santiago. Estoy muy contenta de estar aquí. —Sus palabras se alejaron mientras se hundía en el sueño.

Yo, también. Él mantuvo el sentimiento en silencio, sin saber de dónde había venido. Ella había sido nada más que problemas desde que había llegado. ¿Y cómo diablos había terminado en su cama; y vestidos, él no lo entendía. Brittany era una poderosa y extraña fuerza.

Bueno, mañana, simplemente daría las órdenes. Era su casa y las cosas se harían a su manera.

Las comisuras de la boca de Brittany se curvaron hacia arriba como si todo lo que encontraba en sueños fuese agradable. En la oscuridad se encontró devolviéndole la sonrisa. Levantó la mano y rozó el dorso de sus dedos a través de la seda de su cabello. Hermoso.

Santiago lentamente alejó la mano. Ahora era su oportunidad de escapar. La sensata voz interior era distante, ahogada por el latido regular de su propio corazón. Su respiración se unió al ritmo de ella.

Se iría, se prometió a sí mismo. En tan sólo unos minutos.

Brittany se acurrucó contra el cálido y sólido oso de peluche que la mantenía a salvo. Sonrió y frotó la mejilla contra la suave tela de su camiseta. Los osos de peluche no llevan camisetas. Sus ojos se abrieron de golpe.

Todo lo que podía ver era blanco. Algodón blanco. Bueno, ella sabía dónde estaba. Acurrucada contra el pecho de Santiago. Caramba. Había sido una costumbre que los otros elfos habían encontrado muy molesto; su tendencia a abrazar. Había sido trasladada a una habitación individual a una edad muy temprana, porque no importaba junto a que elfo dormía, terminaba acurrucada fuertemente contra ese elfo por la mañana. Los elfos, por naturaleza, no eran fanáticos del contacto físico.

Habían pasado años desde que había compartido la cama con alguien más y era evidente que no había superado la tendencia.

Levantó la cabeza y miró a su alrededor, tratando de averiguar cómo de cerca estaba y cómo podía salir sin despertarlo. Bueno, no podía acercarse más. Estaba completamente acurrucada sobre su pecho, sus pechos presionando contra el de él. Miró hacia abajo. Una de sus piernas estaba echada entre las de él, un duro bulto presionaba contra su muslo.

Su brazo estaba envuelto alrededor de su espalda, manteniéndola contra su cuerpo, pero ella sabía que no era intencional. Todavía estaba dormido. Si se despertaba, mientras ella estaba tan entrelazada con él, se molestaría.

Tuvo que convencerse a sí misma que moverse era en realidad un reto. Él era cálido y olía delicioso. El calor que manaba de su piel la invadía. Todo su cuerpo vibraba con la poderosa sensación, desde sus orejas hasta los dedos de sus pies; especialmente en ese lugar entre sus piernas. No tenía sentido. Nunca había sentido ningún tipo de calor allí antes, pero ahora... contoneó las caderas un poco. Un destello malvado revoloteo en su interior. Ella se quedó sin aliento.

¿Era esto algún tipo de magia de la que no sabía nada? Se movió de nuevo, presionando hacia abajo la pierna que parecía firmemente afianzada entre las suyas. Una risita tonta amenazó con salir mientras repetía el movimiento. Era simplemente demasiado delicioso.

Santiago gimió desde lo profundo de su sueño. Brittany se detuvo mientras la mano de él se tensaba sobre su trasero. Lo mejor era salir ahora. De alguna manera pensó que él no estaría encantado de encontrarla frotándose contra su cuerpo. Había sido una lucha conseguir que le permitiera quedarse. Casi había logrado deshacerse de su mágico deseo por la noche, así que no podía imaginar su reacción si se despertaba y la encontraba prácticamente encima de él.

Con esa resolución, hizo caso omiso de las interesantes palpitaciones entre sus piernas y movió la punta de los dedos con cautela, tratando de averiguar dónde tenía las manos sin llegar a moverlas. Una mano le hizo cosquillas en su estómago. Eso estuvo bien. La otra descansaba horizontal contra una amplia extensión de piel. Movió los dedos. No sintió nada.

De acuerdo, eso significaba que no era su piel. Se asomó por el lateral y vio su mano debajo de la camiseta de Santiago, envuelta alrededor de su cintura. Respiró profundamente, preparándose para moverse. Las puntas de sus pechos se frotaron contra él enviando nuevos y diferentes escalofríos por su cuerpo. Más parecido al que sintió entre sus piernas, pero más liviano. Esto era, sin duda, algo que tenía que investigar.

Más tarde. Ahora tenía que escapar. Retiró la mano, incapaz de resistir arrastrar los dedos sobre su piel. La firmeza de sus músculos la tentaban a seguir explorando, pero se abstuvo.

Pero cuando trató de moverse, la mano de Santiago la sujetó, manteniéndola presionada contra su costado. Utilizando la mano sobre su estómago, empujó hacia atrás, tratando de liberarse haciendo palanca. Cinco centímetros separaban sus cuerpos cuando el brazo de Santiago se cernió con fuerza alrededor de ella, atrayéndola contra su pecho. El progresivo aumento del latido de su corazón estaba justo debajo de su oreja. Su nariz le acarició el cabello y Brittany pensó que iba a morir de placer; pero no había tiempo para disfrutarlo.

Un gemido en voz baja escapó de sus labios mientras se giraba hacia ella, atrapando a Brittany debajo de él, presionando los labios contra su garganta. Sus piernas se deslizaron entre las de ella y una ardiente y dura cresta se emparejó con la V entre sus muslos. Brittany contuvo el aliento esperando mientras él comenzaba a moverse contra ella, a un ritmo lento y con calma. Oooh, ahí estaba otra vez. La sensación era demasiado deliciosa para resistirse, abrió las piernas y empujó sus caderas contra él, tratando de encontrar ese mismo lugar. Jadeó mientras sus cuerpos encajaban a la perfección. Santiago agarró su trasero y la mantuvo en posición mientras se movía sobre ella. Con cada empuje, masajeaba firmemente el sensible lugar, enviando oleadas de deliciosos escalofríos a través de su núcleo.

Brittany gimió, gustándole el sonido, su peso y la creciente presión. Quería más. Él rozó los dientes a lo largo de su garganta, más un cosquilleo que un mordisco y Brittany no pudo evitar reírse. Se sentía tan bien. Santiago levantó la cabeza, sus ojos soñolientos se abrieron lentamente. Una perezosa sonrisa curvó sus labios. Ella le devolvió la sonrisa.

La mano sobre su culo se apretó y él la acunó contra el creciente bulto, guiando sus movimientos como si supiera lo que ella estaba sintiendo.

—Oooh, Santiago, justo ahí. Eso es.

Primero, su sonrisa se ensanchó. Luego, sus ojos se abrieron de golpe y miró hacia ella.

—¿Qué demonios?, —preguntó. — ¿Qué estás haciendo?

Todo el placer salió de su cuerpo. Sabía que no le gustaría tenerla acurrucada a su alrededor cuando se despertara, pero no había esperado la ira. Abrió la boca para disculparse pero sus labios estaban secos y las palabras no salían.

Las lágrimas ardían en la parte posterior de sus ojos. Empujó su hombro y él se apartó de ella con facilidad; liberándola como si estuviera hecha de fuego.

Brittany se lanzó sobre sus pies y dio un salto hacia el suelo y la puerta.

—Lo siento, —acertó a murmurar mientras escapaba.

Corrió escaleras abajo, sin detenerse hasta que estuvo encerrada en el frío y pulcro cuarto que le había asignado la noche anterior.

Esto no estaba saliendo como había planeado. Se sentó en el borde de la cama.

Caramba. Todo lo que quería era animarlo a compartir.

Ella probablemente lo había desalentado de compartir para siempre. ¿Qué hombre querría compartir su cama con una mujer que se frota contra él?