La Historia no me pertenece así como los personajes que aquí se presentan

Disfruten!


Santiago miró la forma de escapar de Brittany con su sueño borroso y su mente sexualmente hambrienta para tratar de asimilar lo que acaba de suceder. Se había despertado, sobre Brittany con la polla entre sus piernas. Gimió y cerró los ojos. El calor de su coño todavía se aferraba a su verga. La esencia femenina de su cabello, el sabor de su piel, el tacto de sus uñas sujetando su espalda; se cernía a su alrededor como una nube de sensaciones.

¿Qué demonios había pasado? Lo último que recordaba era que tenía la intención de salir de la cama una vez que estuviera seguro de que ella estaba dormida. Lo siguiente que supo era que iba a penetrarla.

Joder. No había querido gritarle. No era culpa de ella que sus sueños se hubiesen cumplido al hacer precisamente lo que había estado a punto de hacer. Las imágenes eran vagas, pero todas ellas incluían a Brittany y a él, unidos en una especie de abrazo; él encima, ella encima, de adelante hacia atrás. Lo que fuera. No importaba.

Joder. Eso es lo que necesitaba. Sólo necesitaba follar a alguien. Entonces podría concentrarse. De esa manera, esta noche cuando fueran a la cama…

Se sentó. No, esto no iba a ocurrir de nuevo. Brittany tenía una cama bastante buena abajo. Y dormiría en ella esta noche.

Las palabras sonaron muy firme en su cabeza, pero también lo hizo su resolución de anoche y mira cómo había terminado; entre sus muslos, a dos capas delgadas del paraíso.

Gimiendo salió de la cama y fue al cuarto de baño. El espejo no era amable con él esta mañana. Se le veía cansado. Demonios, estaba cansado. Había estado tan ocupado en sueños que no sentía que hubiese conseguido conciliar el sueño.

Se desnudó y se metió en la ducha, dejando correr el agua caliente sobre él. La idea de poner el agua fría fue considerada y rechazada. Podría funcionar, pero por los sueños calientes como los que había tenido anoche, seguidos de una breve muestra de realidad, necesitaría más que una simple ducha fría. Apoyando una mano en la pared, alcanzó y tomó su polla en la palma. Unos movimientos rápidos era todo lo que necesitaba, pero no podría hacerlo él mismo sin más. Quería sentirlo, imaginar otro toque. Brittany.

Cerró los ojos y dejó que la fantasía se formara en su cabeza. Brittany estaba de pie a su lado, esos rosados pezones desnudos rozaban su pecho mientras ella lo observaba. Sus ojos brillaban con una promesa sensual mientras su mano se enroscada alrededor de su verga. Suave y delicada; ella deslizó los dedos sobre su piel, del mismo modo en que había acariciado su coche, explorando su polla antes de tomarla con ambas manos. Su casi delicada caricia se tensó mientras se movía en lentos golpes, hacia arriba y hacia abajo. Calientes y generosos besos susurraban a través de su pecho enviando más calor a su polla.

—Santiago, se siente tan bien, — susurró ella, esa voz sexy añadiendo potencia a su contacto.

—Eso es, nena. Presiona un poco más fuerte. —El agarre se intensificó y él empujó, duro, un poco más profundo.

—Sí, córrete para mí. Déjame sentirlo.

El ritmo aumentó y se movió acompasado, embistiendo con sus caderas, empujando el prieto agarre, deseando que fuera su coño lo que estaba llenando. Podría encajar perfectamente en ese culo prieto que había enseñado la noche anterior mientras se inclinaba sobre el borde de su cama. Él la habría llenado y la habría montado salvaje y rápidamente. Toda esa energía vibrante dirigida hacia él.

Golpeó las caderas hacia delante y reprimió el grito cuando se corrió, la imagen ante él se hizo pedazos. Se apoyó contra la pared de la ducha; su corazón latía en sus oídos, sus pulmones a punto de estallar. Necesitó respirar calmadamente antes de que pudiera funcionar, esperó hasta que su pulso se ralentizó y, después, terminó su ducha. Con eso fuera de la ecuación, no debería tener ningún problema para llegar al final del día.

Desafortunadamente, a pesar de que su polla estaba relajada, el dolor permanecía. Despertarse en brazos de una ardiente mujer no era como quería comenzar el día; al menos no hasta que pudiera hacer algo al respecto. Mañana por la mañana se despertaría solo y eso significaba irse a la cama solo.

Independientemente de lo que ocurriera, Brittany no compartiría su cama otra vez.

Brittany escuchó las pisadas de Santiago en las escaleras y enroscó la prieta toalla alrededor de sus pechos. Ató el extremo final y corrió hacia la puerta de entrada para encontrarse con él. Sus cuerpos chocaron con un fuerte golpe. Santiago reaccionó primero, agarrándola y logrando que ambos se mantuvieran en posición vertical. Tan pronto como los dos se estabilizaron sobre sus pies, la soltó y se apartó. Ella abrió la boca para hablar, pero el extraño brillo en sus ojos se lo impidió. Su escrutinio comenzó en sus pies y subió, deteniéndose en el borde inferior de la toalla y continuó subiendo hasta que finalmente su mirada se encontró con la de ella. La luz de sus ojos ardía con un sentimiento que ella no acababa de reconocer. Alargó la mano para ver si tal vez Santiago tenía fiebre, pero cuando se acercó, él retrocedió; como si le hubiese lanzado una serpiente.

Lo he asustado. Caramba. No tenía la intención de abordarlo en la parte baja de la escalera, pero necesitaba disculparse antes de que se fuera al trabajo. El día sería una auténtica tortura con esto en su conciencia. —Santiago, yo…

Él levantó la mano para detenerla.

—Brittany, tengo que disculparme.

Ella parpadeó y alzó la cabeza.

—¿Usted?

—No quise gritarte esta mañana. Sin duda, no fue culpa tuya que termináramos... bueno, que termináramos en la posición en la que lo hicimos. No estaba enfadado contigo. Simplemente estaba sorprendido. Por lo tanto, me disculpo por gritarte.

¿Él estaba disculpándose? Pero fue su culpa.

—Pero Santiago…

—Y por supuesto, por ponerte en esa posición.

Brittany quería corregirlo. A ella realmente no le importaba la posición. Había sido muy interesante, pero parecía que a él le angustiaba terriblemente.

—Te aseguro que no volverá a suceder. —Caramba. — Tengo que ir a trabajar. Las llaves de la Señora Pierce de la casa y el coche deben estar en el gancho de la cocina. Llama a mi secretaria si necesita cualquier cosa.

—Pero… — Antes de que pudiera empezar de nuevo, él se había ido. La puerta se cerró detrás de él y Brittany se quedó sola.

Ves, esto demuestra que Santiago es un hombre bueno. Asumió la responsabilidad a pesar de que era culpa mía.

Negó con la cabeza y volvió a su habitación. Debería explicárselo esta noche. No era justo que él debiera pensar que fue culpa suya. Cualquier elfo con el que ella alguna hubiese dormido le diría lo mismo. Ella se acurrucaba junto al cuerpo caliente más cercano. Sintió el claro impulso de abanicar su rostro. Santiago había estado sin duda muy caliente. Le llevó un rato barrer a un lado ese recuerdo pero finalmente fue capaz de terminar de arreglarse.

Después de desayunar, vagó por la casa, sin saber qué hacer. Oficialmente era el ama de llaves, pero ¿cómo de sucia iba a estar una casa tras un día?

Tenía que trabajar en su próximo plan de ataque. Santiago había compartido su cama a regañadientes anoche. Debía seguir trabajando en eso. Seguramente estaría dispuesto si ella prometía no terminar encima de él otra vez. No estaba muy segura de cómo iba a cumplir esa promesa, pero se juró intentarlo.

Pero tenía que haber algo más, otro aspecto de la Navidad sobre el que trabajar.

Miró las paredes desnudas.

Adornos. Perfecto. Decoraría y llevaría el espíritu de la Navidad a la casa de Santiago. La imagen de Santiago mirando la bola de nieve de Terry la desalentó por un momento. No le gustaban los adornos. Pero seguro que no le importaría si ella comprara algunos sencillos adornos.

López tenía una maravillosa exposición de Navidad. Iría allí, compraría lo que necesitaba y, tal vez, tendría la oportunidad de disculparse por lo de esta mañana.

Brittany zapateó y miró la olla burbujeante de la salsa de espaguetis; su atención repartida desigualmente entre la cena y Santiago. No le había visto en todo el día. Había estado demasiado ocupado para verla hoy cuando se había detenido en la tienda; por lo menos ese es el mensaje que, con compasión, le había dado Terry.

¿Cómo se suponía que iba a inspirar el sentimiento de la Navidad en él si nunca le veía?

Cuando había llegado a casa hacía media hora, había intentado disculparse una vez más por su comportamiento de esta mañana, por despertarse encima de él, pero él sólo había hecho caso omiso, preguntando bruscamente cuándo estaría lista la cena antes de atrincherarse en su habitación.

Había oído el agua de la ducha correr, pero hacía un rato que estaba en silencio. Iba a bajar en apenas unos segundo esperando la cena y sin duda una explicación.

Removió la salsa con aire ausente. No quería echar a perder su cena... no más de lo que su comida ya lo haría. Disculparse ahora era probablemente lo mejor. Solo le llevaría un segundo y, después, podrían sentarse y disfrutar de una buena comida.

Grandes burbujas estallaron del interior de la salsa. Bueno, con suerte una comida comestible. Es difícil equivocarse con la salsa en el mentón.

Encendió la placa bajo el agua y bajó el fuego de la salsa.

La salsa de espaguetis cubría su delantal así que se lo quito antes de dirigirse escaleras arriba.

No es que estuviera ocultándose exactamente; aunque tuvo cuidado de no hacer ruido en la escalera. Era que si la escuchaba, podría encontrar otra excusa para evitarla y realmente necesita desahogarse. Había estado confusa todo el día.

En silencio, abrió la puerta de su habitación. El aliento se le quedó en la garganta. Estaba de espaldas a ella, mientras tomaba el reloj y lo colocaba alrededor de su muñeca.

Estaba desnudo. Con su metro ochenta y dos centímetros. Desnudo, excepto por ese reloj.

Su espalda desnuda, los esculpidos músculos de sus hombros, las curvilíneas y firmes nalgas... sus manos se acaloraron. Nunca había visto nada más hermoso. Pero quería hacer algo más que mirar. Quería tocar, sentir esos músculos firmes moverse bajo sus manos.

Había visto a elfos desnudos antes, naturalmente, pero no se parecía en nada a él; todas las prietas líneas y los ángulos interesantes. El traje que había usado ayer había hecho un trabajo mejor de lo que ella había pensado ocultando sus formas. Era hermoso. Una obra de arte. Como un tren de hierro fundido bien hecho.

Sus pechos se sentían pesados mientras se imaginaba jugando con Santiago en la mañana de Navidad bajo el árbol. Podía pasar horas con él. El calor entre sus piernas regresó de prisa, más de la deliciosa calidez de esta mañana. El único problema fue que dejaba detrás un doloroso anhelo que había sido extremadamente molesto durante gran parte del día.

Perdida en los extraños funcionamientos de su cuerpo y su fascinación con el de él, caminó por la habitación. Las líneas de su espalda eran demasiado intrigantes para ser ignoradas. Extendió la mano y deslizó dos dedos a lo largo de la curva de su hombro, siguiendo al músculo hacia su brazo, pasando por alto y casi rozando su parte baja de la espalda. Él se enderezó, pero no se apartó. El calor de su cuerpo se transmitió al de ella y pensó que iba a derretirse por dentro. El fuego bailaba a través de su centro y se extendió hacia su tórax, haciendo que sus pechos se tensaran y hormiguearan.

Arrastró un dedo por el centro de su columna vertebral, dándose cuenta que sus manos no eran lo suficientemente sensibles. Si trazaba esas mismas líneas con la lengua...

Saboréalo. La idea era más tentadora que cualquier dulce de Navidad.

Lentamente él se dio la vuelta y las elegantes líneas de su espalda fueron sustituidas por las marcadas curvas de su pecho. Su lengua se asomó y rozó por encima su labio superior, imaginando el sabor y la textura. Descendió su dedo por el centro de su pecho, después por los deliciosos músculos hasta la tableta de chocolate a lo largo de su estómago.

—Brittany, ¿estas…?

Brittany no oyó la pregunta. Ella estaba demasiado fascinada, extasiada. Tocarle era mejor de lo que había imaginado. Y creó los más agradables centelleos en su interior. Extendió los dedos completamente sobre su estómago, sintiendo los músculos tensarse bajo su contacto.

Se lamió los labios imaginando la sensación de su lengua explorando las marcas y curvas, conociendo sus músculos centímetro a centímetro. Él se quedó inmóvil aun cuando ella lo acariciaba, dejando que sus ojos bajaran hacia su...

Ella saltó hacia atrás. ¿Qué era eso? Esa cosa extraña entre sus piernas. Retiró la mano. Se había movido; como si estuviera vivo. ¿Qué era eso? Ella no tenía uno. Trató de recordar si los elfos varones tenían uno pero no lo recordaba. ¿Cuál podría ser la utilidad de eso? Era de aspecto extraño pero raramente intrigante. La palma contra su estómago, sus dedos se crisparon con el anhelo de tocarlo. Acariciarlo y comprobar su peso. Su calor.

Santiago observó a Brittany y no podía decidir si estaba impresionada o decepcionada por su polla. Lo que le faltaba de longitud extra, lo compensaba con su anchura. Bueno, él no iba a estar allí y ser juzgado como el último pedazo de carne. Agarró el borde de la manta, tiró de ella y la colocó alrededor de sus caderas.

—Tal vez deberías esperar abajo, —dijo. Maldita sea, sonó puritano.

Brittany parpadeó y miró hacia arriba, retirando finalmente la mirada de su entrepierna.

—¿Qué?

—Te veré abajo.

Sentimientos básicos pasaron por su rostro; decepción, confusión, interés. Él no pudo decir cual ganó, pero observó cómo descendían sus ojos, como si quisiera echar otro vistazo. Si no se marchaba pronto, lo iba a conseguir. Entre su inspección descarada, la suave caricia de sus dedos, y sus pechos presionando contra la camiseta de esa noche, su polla iba en aumento.

Si se quedaba por ahí, ella conseguiría más de lo que esperaba... no es que supiera lo que ella esperaba.

—Oh, de acuerdo.

Ella se marchó dando media vuelta, alcanzando la puerta antes de mirar hacia atrás. Una vez más su mirada cayó por debajo de la cintura. Sus labios se apretaron como si estuviera considerando una cuestión importante. Después de una mirada persistente, suspiró y se alejó.

Santiago soltó el aire que comprendió había estado conteniendo. Ella lo estaba volviendo loco. Menos de treinta y seis horas después de su llegada y ya no era el hombre cuerdo y racional que siempre había sido.

No era como ninguna mujer que hubiese conocido. Cualquier otra mujer habría o salido de la habitación cuando lo había visto desnudo o, quizá, tratado de seducirlo, haciendo algún comentario jocoso sobre su culo desnudo. En cambio, lo miró como si nunca hubiese visto un pene antes.

Y luego estaba su boca. La forma en que ella se lamió los labios como si fuera un bocadillo de medianoche. Le había costado un esfuerzo considerable resistirse a agarrarla y enseñarle a esa boca a hacer algún daño real.

Se obligó a respirar y envió pensamientos tranquilos a su ingle. La Señora Pierce estaría fuera al menos durante tres semanas. Nunca lo lograría. Sería una masa temblorosa de hormonas para entonces; y masturbase cada mañana no iba a arreglarlo.

Si hubiera sido sólo un tranquilo y normal deseo de sexo, podría haberlo manejado, pero esto era algo completamente diferente. Algo de su pasado lejano que le recordaba el placer que había en tener una mujer de rodillas, con las manos atadas a la espalda mientras le chupaba la polla. Había dejado esa parte de su vida atrás pero algo en Brittany trajo de vuelta esos deseos.

Se vistió con unos vaqueros y una camisa, dejando la parte delantera fuera del pantalón para ocultar su erección; no es que ella pudiese haber pasado eso por alto.

Durante el viaje a casa y la ducha, había planeado lo que le diría. Era hora de que entendiera las expectativas del trabajo. Era una conversación que tenía con todos los nuevos empleados. Debería haberlo hecho cuando había llegado, pero las fantasías de verla desnuda había tomado prioridad. Ahora, tenía que hacerlo. Decirle lo que tenía que suceder para que él pudiera vivir las próximas tres semanas tranquilo, en una apacible cordura.

No tenía los detalles específicos, pero los puntos principales eran que tenía que cocinar comidas decentes y dormir en su propia cama. Y tenía que usar sujetador. Eso se está convirtiendo rápidamente en una condición para su puesto de trabajo.

Si no se hacía estas cosas, no tendría más remedio que despedirla.

La idea hizo su estómago se revolviera más que con la cena de anoche. Despedir a Brittany sería como patear al Conejo de Pascua.

Su reticencia era una revelación igualmente. Se miró en el espejo. Despedía gente todo el tiempo. Era su obligación. No había espacio en el negocio para el sentimiento personal. Así que si Brittany no se podía comportar, tendría que irse.

Asintió con la cabeza en el espejo y... se dio cuenta de que se había dado a sí mismo palabras de ánimo.

Me está volviendo loco.

Aferrándose a la última esperanza de cordura, bajó las escaleras, diciéndole a Brittany que quería hablar con ella.

— ¡Salgo en un momento!

No. Tenía que hablar con ella antes de que algo más lo distrajera; como tal vez que él tropezara con ella desnuda. Desnuda y abierta de piernas y brazos como un águila en su cama, con corbatas de seda manteniéndola atada.

Se detuvo al pie de la escalera y casi se atragantó. La fantasía erótica se evaporó, sustituida por el árbol de Navidad más grande que jamás había visto; situado en su sala de estar. Sin decorar pero enorme y real si el olor a pino era alguna indicación. Cuando había entrado en la casa, no había mirado alrededor, demasiado asustado de que pudiese ver otra vez a Brittany medio desnuda. Ese recuerdo de ella con una toalla le había perseguido todo el día.

Y ahora esto.

Había traído un árbol a su casa. Entró en la sala de estar y vio bolsas y cajas apiladas en cada superficie disponible. Purpurina de plata y bolas rojas surgían de cada hueco. Al menos dos docenas de cajas de luces de Navidad estaban colocadas en la mesa de café.

Algunos adornos simples de buen gusto. Eso es todo lo que estaba dispuesto a aceptar y sólo porque la tradición así lo exigían. No iba a tener su casa iluminada como... como... como el Taller de Santa.

—¡Brittany!

No esperó a ver si lo había oído o si estaba corriendo para responder a su llamada. Se dio la vuelta y se dirigió hacia la cocina, golpeando la puerta con la palma de la mano.

—¿Qué es toda esa basura en mi sala de estar? Pensé que… — La visión ante él acabó con las palabras en su garganta.

Parecía que su cocina estaba sangrando. El rojo goteaba por todas partes.

Las encimeras, la estufa, el alféizar. Brittany.

—Dije que saldría en un momento. —Agitó su mano. — Retrocede, está…

La olla en la estufa estalló y salpicó salsa roja en el poco espacio que quedaba limpio

—Ahh. Caramba. —Brittany retiró la mano, sosteniéndola contra su brazo.

Santiago se movió hacia delante, agarrando la olla y quitándola de la placa antes de apagarla.

—¿Qué ocurrió?

—Explotó.

—Eso puedo verlo.

—Entonces, ¿por qué lo pregunta? —Le espetó.

Un grumo de salsa cayó de su pelo y aterrizó con un plaf en el suelo. Sus dedos se curvaron lentamente en prietos puños a los lados.

—No se preocupe, —dijo, aunque sus dientes estaban apretados. — Lo limpiaré.

—Te ayudaré.

—¡No! Yo lo haré. Sólo quiero estar sola por un momento.

—Pero…

—Por favor. Vaya a sentarse en el comedor, le llevaré la cena en unos minutos.

Abrió la boca, dispuesto a protestar, o consolar o algo, pero la firme línea de su mandíbula le advirtió que se marchara. Salió de la cocina y entró en el comedor, sentándose a la mesa como le había ordenado.

Las cacerolas resonaban y se estrellaron seguidas por gruñidos en voz baja, lo que supuso que era Brittany maldiciendo. Al escuchar el estruendo alrededor, prestó su atención hacia los montones de adornos de Navidad que esperaban a ser colgados; incluso ese pensamiento doloroso era mejor que pensar en la salsa roja goteando del techo de la cocina. Destruiría su casa; si no lo hacía con la salsa de espagueti entonces lo haría con esos adornos. No podía dejarla poner toda esa basura en sus paredes. Y en base a su actuación de esta noche con la cena, no podía dejar que diera de comer a sus invitados mañana por la noche. Envenenar a la Junta de Administración no le parecía una buena idea justo antes de Navidad. Y no justo antes de que él quisiera su apoyo para la adquisición de las tiendas Henderson.

—Aquí. — Él saltó. Perdido en sus pensamientos, no la había oído entrar.

Sus ojos rastrearon el rostro de Brittany; todavía salpicada de salsa, antes de darse cuenta que ella le tendía un plato, repleto de bocadillos. Emparedados de aspecto comestibles. Dejó la bandeja sobre la mesa.

—Algo salió mal con la salsa, —dijo encogiendo los hombros de forma cansada. Depositó el plato delante de él antes de dejar caer una bolsa de patatas fritas en la mesa. — Un desastre en la cocina al día es suficiente.

Ella tomó uno de los bocadillos y se lo puso en el plato.

—Brittany, tenemos que hablar.

Asintió forzadamente, como si supiera lo que iba a venir.

—Déjeme ir a cambiarme. Volveré. —Ella tomó un sándwich y desapareció en su habitación.

Santiago mordió el emparedado y gimió. El pan fresco rodeaba un montón de pavo y, si acertaba, queso provolone, borrando cualquier idea de negocios de su mente. Suspiró y se deleitó con el sabor de la sencilla comida. Decidiendo que podía vivir de emparedados para el resto de su vida, mordió otro gran bocado.

Casi había terminado cuando ella regresó con aspecto húmedo y enrojecida. El cabello caía sobre sus hombros en tirabuzones desiguales. La humedad se aferró a su cuello y mirar era lo único que podía hacer para no tirar de ella hacia sus brazos y lamerla. Lo único que lo detuvo fue el recuerdo de su sala de estar.

Con un suspiro, se sentó a su lado.

Retorció sus dedos viéndose notablemente humilde para una mujer que se había metido de forma intimidante en su cama la noche anterior.

—Me gustaría disculparme.

—Si me hubieras preguntado primero, no tendrías que disculparte.

Ella se enderezó y una extraña luz brilló en sus ojos.

—¿Quiere decir que si hubiera pedido permiso antes, no se habría molestado?

—Por supuesto que no, —dijo sintiéndose muy generoso. Todas las cosas con moderación, incluyendo los adornos de Navidad. — Entiendo que hay un lugar para esas... cosas, pero tenemos que mantenerlo sutil.

Sus labios se apretaron

—No estoy segura de poder hacerlo. Quiero decir que está bien en teoría, pero es un problema que he tenido durante años.

—¿Como una compulsión? — ¿Un decorador Navideño compulsivo?

—Más bien como un acto inconsciente, por lo que aunque no puedo garantizar que funcione, haré todo lo posible por quedarme en mi lado.

—¿Tu lado? —Se preguntó si se había perdido algo y había dividido su casa.

—De la cama. Como he dicho, es algo inconsciente. Me duermo donde estoy pero todas las mañanas me despierto abrazada al cuerpo más caliente cerca de mí. — Se encogió de hombros. — Y esta mañana era usted.

Finalmente se dio cuenta de lo que estaba hablando. Espera. ¿A cuántos hombres desconocidos había abrazado ella? Sabía que no podía hacer esa pregunta; que no era de su incumbencia, pero sentía curiosidad. En cambio, dijo:

—¿Está planeando dormir de nuevo conmigo esta noche?

Se echó a reír.

—Bueno, por supuesto. De eso trata lo de compartir. Estoy tan contenta de que no esté molesto por lo de esta mañana. — Ella colocó los dedos sobre su muñeca y lo acarició suavemente. Fue una caricia inconsciente que le hizo pensar en el mismo toque delicado sobre su polla. — Tengo que decir, que estaba muy cómoda cuando me desperté. Usted es agradable y caliente.

Él se había sentido caliente cuando se había despertado. Demonios, había estado ardiendo. Santiago miró a Brittany mientras mordisqueaba otro emparedado.

Parecía ajena al trasfondo sexual que había entre ellos.

—Así que, después de cenar, ¿empiezo a decorar?

Decoración. Eso es, él iba a hablar con ella acerca de la decoración.

—Sí, Brittany sobre esos adornos… —¿No son maravillosos?

—…Y ese árbol.

—Me llevó una eternidad traerlo a casa pero lo logré. Ahora entre los dos, podemos colocarlo todo arriba.

—No, Brittany no pondremos nada arriba.

—Pero pensé que podríamos…

—No tendré todos esos adornos en mi casa.

Los bordes de los ojos se tensaron y lo dulce e inocente que había parecido ser la mitad del tiempo había desaparecido. Fijando su mirada en la de él, se inclinó hacia delante.

—Vamos a tener invitados aquí mañana por la noche, para una cena tradicional de Navidad, ¿verdad? —Santiago obligó a sus ojos a permanecer en su rostro, y que no vagaran hacia sus pechos, elevados junto con los codos. Él asintió con la cabeza. — No podemos tener una casa desnuda.

Desnuda. Una mala palabra que utilizar. Su cuerpo se tensó en respuesta. Brittany continuó, ciega a la tortura en que Santiago se encontraba. Respiró unas pocas veces de forma superficial y trató de seguir su conversación.

—¿No cree que nuestros huéspedes pensarán que es raro si no tenemos algunos adornos?

—Sí, —accedió finalmente a regañadientes.

Brittany se esforzó por ocultar su sonrisa. Debería haber escondido los adornos. Se veían un poco abrumadores apilados todos juntos. Y tenía que admitir que se había pasado. Su idea de comprar unos pocos adornos sencillos se había ido a la porra cuando había visto todas las opciones hermosas y, luego, cuando el asistente de tienda le había dicho a Brittany que podría cargar sus compras a la cuenta de Santiago... bueno, se había pasado un poco.

—No se preocupe. Se verá precioso, —le aseguró. — Soy una experta en adornos de Navidad.

Bueno, eso no era del todo cierto, pero había visto a suficientes elfos hacerlo para saber cómo funcionaba.

Él levantó la mano y sacudió la cabeza, claramente lavándose las manos ante la situación.

—Está bien. Haz lo que quiera.

Comió el último bocado de su emparedado y lo masticó hoscamente.

Su mirada casi la hizo reír. Era una mirada que sin duda había transmitido a Teresa en más de una ocasión. Pero extrañamente desde que llegó aquí, había estado más alegre. La idea de la decoración e incluso las temidas canciones de Navidad ya no le provocaban una mueca de dolor. Realmente estaba ansiosa por decorar. Sería especialmente divertido si Santiago se uniera a ella pero, de alguna manera, no creía que suplicar por su gozo de Navidad fuera a influir en él.

—¿Quiere ayudar?

—No.

—Pero es su casa. Y es Navidad.

—Y si quiero hacer que en mi casa parezca Navidad, contrataría a alguien para hacerlo. —La frialdad en su voz le puso a Brittany los pelos de punta. — Diría que es parte de tu trabajo.

—Y lo haré. Sólo necesito un poco de ayuda. —Parpadeó y trató de parecer indefensa. — Necesito ayuda con las luces. —sonrió. — Esa es la parte tradicional masculina de la decoración, ¿no? Si me ayuda con las luces, entonces puedo hacer el resto mañana.

Puso otro emparedado en su plato; de jamón y queso en esta ocasión, como una ofrenda. Lo miró con recelo, pero finalmente él lo tomó.

Caramba. No había saltado ante la oportunidad de ayudar a la "pequeña mujer". Tenía que intentar otra táctica.

—Si me ayuda con las luces, reduciré los adornos que había planeado.

Esta vez, cuando él la miró, ella podía ver el cerebro del hombre de negocios trabajando.

—Te ayudaré si estás de acuerdo en sólo decorar el árbol y la puerta de entrada, — le ofreció.

Las negociaciones estaban en marcha.

—De ninguna manera. Voy a decorar el árbol y la planta baja, pero no pondré ningún adorno arriba.

—¿Ibas a decorar arriba? —sonó horrorizado.

—Por supuesto.

—Está bien. Te ayudaré con las luces si sólo decoras las escaleras y devuelves la mitad de lo que compraste.

Ella apretó los labios y consideró la idea. Eso no estaría mal. Incluso devolviendo la mitad de ellos, todavía tendría bastante para hacer brillar la casa.

—Es un trato.

Le tendió la mano y él la estrechó de buena gana. Preparada esta vez, suspiró mientras sus fríos dedos eran rodeados por su palma. De alguna manera el calor de sus cuerpos se combinó y multiplicó, hinchando el pecho de ella. Santiago miró las manos durante un largo rato y luego la retiró. Sus hombros se enderezaron y pudo verle recomponerse. Era bueno saber que el contacto tuvo el mismo efecto en él.

—Y el resto de la decoración... no pueden ser llamativo o…

Era evidente que estaba buscando la palabra correcta por lo que Brittany le ayudó.

—U hortera. No se preocupe. Nuestros invitados se lo pasarán de maravilla.

Él transfirió su desconfiada mirada desde el plato hacia ella.

—¿Qué hay de la cena? ¿Voy a servir emparedados a la Junta?

Parpadeó e inclinó la cabeza.

—¿Usted querría? —Era difícil no reírse cuando su boca se abrió y él la miró fijamente. — Sólo estoy bromeando. No, no serviremos emparedados. Conforme a lo solicitado, a través de Terry, serviré una cena tradicional de pavo con todas las guarniciones habituales. Será maravilloso, será delicioso.

No parecía creerle, pero no disuadió a Brittany. Todo sobre la comida era relativamente básico. Había escogido las recetas hoy. Comenzaría temprano y ¡zas!, mañana a las ocho de la tarde, tendría un festín digno del mismo Santa. Estaba decidida a que esta fiesta fuera perfecta. Con todos los amigos de Santiago a su alrededor, seguramente su natural alegría y gozo saldría a la superficie.

Cuando terminó de comer y Brittany hubo limpiado los pocos platos que habían utilizado, tuvo que convencerlo una vez más de entrar en la sala de estar. Un hermoso y enorme árbol dominaba la habitación y lo llenaba con el aroma hogareño a pino. Un escalofrío no muy diferente a los sentimientos intrigantes que había descubierto esta mañana mientras yacía sobre Santiago recorrió su espina dorsal.

Una extraño imagen se deslizó en su cabeza. Ella encima de Santiago; bajo el árbol de Navidad.

El calor brotaba de las profundidades de su cuerpo ante el pensamiento.

Hmm. Sin duda algo que en lo que tenía que pensar.