La Historia no me pertenece así como los personajes que aquí se presentan
Disfruten!
Santiago entró en la sala de estar, el árbol recién encendido brillaba con cientos de luces. De detrás del árbol, Brittany apareció, vistiendo nada más que luces de Navidad. Las tiras blancas rodeaban su cuerpo, acunando sus pechos y entrecruzándose por encima de su estómago. Ella centelleaba mientras caminaba hacia él.
—Feliz Navidad, Santiago, —susurró mientras arrastraba los dedos por su pecho.
Era como un camino de fuego sobre su piel mientras ella le tocaba, pasando por los músculos del estómago y yendo más abajo. Ella parpadeó esos ojos color azul del mar; la mirada de pura lujuria se incrementaba en sus ojos. Esa delicada lengua asomó mientras ella miraba su cuerpo desnudo. Era la misma mirada fascinada que ella le había echado antes, como si quisiera tocarlo, saborearlo.
—Sí, quiero probarte, —susurró, sus dedos se cerraron alrededor de su polla.
Santiago apretó los dientes y aguantó, soportando el delicado contacto. Tan dulce. ¿Acaso sabía ella lo mucho que la deseaba? Ella abrió la boca y lamió con la lengua su pecho, casi rozando su pezón.
—Delicioso, —susurró. — ¿Puedo tener más?
Su mano vagó a lo largo de su polla, acariciando su verga arriba y abajo.
Parte de su mente sabía que algo no estaba bien, que esto no podía estar pasando, pero no había manera de resistir su voz de sirena. O el hambre que vibraba a través de cuerpo. Ella quería esto. Quería su polla, en su boca, en su coño, en su culo. Quería que él la llenara.
Lentamente, con una sonrisa seductora, se dejó caer de rodillas. Santiago contuvo el aliento mientras su boca se abría y ella se acercaba a su polla. Su lengua oscilo, probando el glande con incursiones rápidas mientras empujaba sus manos hasta sus muslos, rozando los dedos entre sus piernas.
—No me provoques, pequeña, —ordenó, deslizando los dedos entre su cabello. Sus ojos brillaban por el poder y el placer mientras inclinaba la cabeza de ella hacia arriba. — Tómalo en tu boca, Brittany.
Sus palabras eran firmes y pudo ver, casi sentir el pequeño escalofrío de placer que resbalaba por su espalda. Ella inclinó la cabeza hacia abajo y lamió de un sólo lametazo toda la longitud de su polla. Cuando llegó a la punta, vaciló; sus ojos desafiándole para que se lo ordenara.
—Serás castigada, —le advirtió, y sus ojos brillaron ante las posibilidades.
Ella hizo girar su lengua una vez alrededor de la gruesa cabeza gruesa antes de abrir la boca completamente y aceptarlo en su interior. El calor y la humedad rodeado su polla, poniéndola incluso aún más dura a medida que ella la comía. El grave zumbido de su gemido vibró a través de su polla mientras ella empezaba a moverse, con lentos y lánguidos lametazos, moviendo la cabeza una y otra vez, dejando que le llenara la boca y retirándose.
Necesitando más, necesitando moverse, mantuvo su cabeza inmóvil y empujó su polla profundamente en su boca, con golpes superficiales. Sus labios se apretaron alrededor de su eje creando una succión ligera cuando ella se apartó.
—Nena, estoy a punto de correrme, —le advirtió. Ella no retrocedió. Gimió como si quisiera que él se corriera en su boca. — Brittany, yo…
Estalló, derramando su semen dentro de ella. Su lengua nunca se detuvo, trabajándolo, lamiéndolo mientras su polla languidecía.
Lentamente, con una intención perversa llenando sus ojos, se puso en pie y se apretó contra él con sus iluminados senos hundiéndose en su pecho.
—Tan delicioso. ¿Te gustaría saborearme?
Brittany se despertó, jadeando en busca de aliento, su corazón latía con fuerza. Parpadeó en la oscuridad, dejando que sus ojos se acostumbraran mientras miraba fijamente a Santiago. Él yacía a su lado, con los ojos cerrados, los labios ligeramente abiertos, como si él también estuviera teniendo dificultad para respirar.
Su sueño. Había sido extraño y maravilloso. Se lamió los labios con ganas de sentir lo que la Brittany del sueño había sentido, con ganas de darle ese placer increíble. Junto a ella, el gimió y se movió rodando hacia ella. Brittany se mordió el labio inferior y trató de ver si ese músculo extraño entre sus piernas era duro como lo había sido en su sueño, pero estaba demasiado oscuro.
Aún encerrado en sus sueños, Santiago gimió. Brittany se dejó caer en la cama y se obligó a dormir. No sabía qué era lo siguiente que iba a pasar, pero ella no quería perderse ni un momento.
La imagen se transformó delante de él, cambiando hasta que él estuvo de rodillas, con Brittany encima de él. Las luces habían desaparecido, dejándola vestida con cuero negro, un corsé elevando sus senos altos y firmes. Un liguero negro sostenía medias transparentes, pero dejaba al descubierto su coño. Su pie estaba apoyado en la cama dejando su coño delicioso abierto para él.
Santiago deslizó sus manos por sus elegantes muslos, abriéndolos más, dándole acceso completo a su sexo. Él la observó mientras la tocaba. Como cualquier otra emoción, Brittany llevaba el placer abiertamente. Él le dio un beso en la parte interior de su muslo, sacando la lengua para saborearla. El aroma de su coño, la embriagadora excitación femenina saturaba sus sentidos y presionó hacia arriba, necesitando ese sabor en su lengua. Deslizó su lengua en la parte superior de sus labios, jugando en ellos con caricias delicadas.
—¿Quieres mi boca sobre ti?, — susurró, con su aliento caliente en su coño. — ¿Es eso lo que quieres, cariño?
—Sí. — Sus palabras estuvieron acompañadas por un lento giro de sus caderas, como si ella estuviera hambrienta por más.
Pasó la lengua por los labios de su coño, capturando una pizca de su humedad.
—Este dulce coño está húmedo y ansioso de mí. —Le dio un beso en su montículo justo por encima de su clítoris. — Sólo de mí.
—Sí, Santiago.
Sus dedos se apretaron sobre su culo mientras la atrajo hacia su boca, abriendo sus piernas por completo. Mantuvo los suaves roces, burlándose de ella con movimientos tiernos, con palpitantes golpes con su lengua, las caricias esparcidas por todas partes. Su sabor se filtró en él mientras se movía y lamía, chupando los labios de su coño, rodeando el prieto bulbo de su clítoris.
Todos sus sentidos se unieron a la maldita lengua embriagadora. Él escuchó sus gemidos, saboreando cada sonido de placer, cada jadeo de sorpresa. Los dedos de ella agarraron la cabeza de él manteniéndolo allí mientras se retorcía, tratando de acercarle.
Sabía lo que ella necesitaba, pero se contuvo, adorando el hábil deslizamiento de su lengua a través de su piel.
—Santiago, por favor. —Sus gemidos de súplica se unieron a la multitud de sonidos que resonaban en su cabeza. — Por favor, Santiago, te necesito.
Él sostuvo sus caderas firmes mientras empujaba su lengua en su coño, frotando la punta contra la pared superior. Brittany dejó caer la cabeza hacia atrás y gimió cuando él se adentró más profundamente, saboreando su dulce coño, disfrutando cada centímetro que pudiera alcanzar con la lengua antes de sacarla y subirla, girando alrededor de su clítoris. Ella gritó mientras el chupaba su clítoris entre sus labios, trabajando suavemente hasta que la oyó jadear y sintió la malvada tensión cerrarse a través de su cuerpo. Continuó, saboreándola y provocándola hasta que gimió su nombre, pidiendo más, pidiéndole a él. Levantó la cabeza; sus ojos azules brillaban con el placer y el hambre. Más. Él quería más. Hundió el rostro entre sus piernas y una vez más la empujó hacia…
Los ojos de Brittany se abrieron de golpe. Yacía perfectamente quieta, manteniendo su cuerpo en el sitio mientras examinaba las extrañas sensaciones que surgieron a través de ella. El espacio entre las piernas; el lugar que Santiago había lamido en su sueño, le ardía. Apretó las rodillas. El cosquilleo se desplazó rápidamente a través de ella. Wow. ¿Qué es eso? Miró a Santiago. Todavía estaba profundamente dormido. Todavía profundo en sus sueños.
Es extraño cómo los humanos interactúan entre sí. No había visto a nadie comportarse de esa manera. No podía exactamente preguntarle a Santiago. ¿Cómo iba a explicar lo que había visto en sus sueños y cómo lo había visto? Era un momento privado, pensamientos privados y nunca debería haberlos invadido. Santa iba a estar enojado sin duda por ese deseo. Caramba. Y los sueños de Santiago no habían ayudado. Sólo la había confundido más y habían provocado que le doliera. Cerró los ojos e invirtió el deseo, enviándole una disculpa mental a Santa.
Un poco más lento esta vez, se acurrucó bajo las mantas cuando el calor dentro de su cuerpo parecía más que suficiente para mantenerla caliente. Y el dolor extraño entre sus piernas no parecía estar desapareciendo. Lo que fuera que Santiago había hecho en sus sueños, parecía que tenía algún tipo de conclusión. Algo que hizo que los destellos brillaran con fuerza.
Santiago dio un paso hacia el lateral de la cama. Brittany yacía ante él, con las rodillas flexionadas y su coño abierto y mojado. Él se acostó a su lado.
—Eso es, nena. Eso es lo que quiero, —susurró.
Deslizó su dedo dentro de su coño y sintió el calor húmedo cernirse alrededor de él. Se echó hacia atrás y añadió un segundo dedo. Ella estaba estrecha, tan estrecha, tan lista para su polla.
—Siempre tan húmeda y caliente para mí. —Ella gimió y él empujó más profundo, sabiendo lo que ella necesitaba. Su lengua y sus dedos. Nada de eso era suficiente, necesitaba su polla, gruesa y dura, penetrándola profundamente. Él arañó con sus dientes a lo largo de su cuello. — ¿Es eso lo que quieres, cariño? ¿Quieres que te folle? ¿Que penetre este dulce coño hasta que todo lo que sientas sea yo?
—Sí, Santiago por favor.
La suplica en su voz tiraba de él, pero se contuvo. No iba a romper su control. No esta vez. Quería sentirla, provocarla hasta que estuviera rogando.
—Pronto, cariño, pronto. Entraré en ti. Te follare hasta que lo único que sientas sea yo.
—Ahora, Santiago.
Su coño se estremeció alrededor de sus dedos, pero él mantuvo sus ligeros golpes, reservando una caricia que sabía que la haría correrse. Quería que ella se corriera mientras estaba dentro de ella, su polla reclamando ese coño que le pertenecía solo a él.
Le dio un beso en el cuello, moviendo la boca hacia su oreja.
— ¿Estás lista? ¿Puedo follar este coño dulce? ¿Es eso lo que quieres?
—Oh sí, Santiago. ¡Santiago!
Él abrió sus muslos y se situó sobre ella. El calor de su sexo fluía entre ellos poniéndole más duro.
No hubo preliminares. Ninguno de los dos los quería y él necesitaba esto demasiado. Colocó su polla en su entrada y empujó dentro. Su grito, de puro placer, reverberó a través de su cuerpo y lo condujo más profundo, más fuerte.
Envolvió las manos en su cabello y la mantuvo inmóvil mientras él la montaba; fuertes y sólidos golpes, llenándola una y otra vez. Abierta y húmeda, ella susurró su nombre, suplicando por más. Sus calientes manos estaban por todas partes, acariciando y tocando, rompiendo su control mucho antes de lo que él quería.
—Santiago.
La penetró otra vez. Sólo un golpe más, eso era todo lo que necesitaba.
—¡Santiago! — Su nombre fue seguido por una tempestuosa sacudida en su hombro sacándolo del sueño.
Se quedó quieto; su mente inmediatamente analizó dónde estaba y lo que había estado haciendo. ¿Había sido un sueño? ¿O había estado realmente follando a Brittany? Abrió los ojos y se encontró a si mismo encima de ella con las caderas entre sus piernas, su tobillo enroscado alrededor de la pantorrilla. Se preparó para aguantar su furia y la miró a los ojos. Su polla se movió. No parecía enfadada; parecía curiosa y ansiosa.
Él se retiró, relajando sus caderas, y miró hacia abajo. Ambos estaban todavía vestidos. Su erección estaba poniendo a prueba los límites de sus pantalones cortos, pero él aún estaba cubierto y ella también lo estaba... aunque el trocito de tela que ocultaba su coño no era mucha protección. Eso es bueno. No es que follar a Brittany fuera una mala cosa, se dijo a sí mismo, pero quería recordarlo.
Una marca oscura manchaba sus pantalones cortos y supo que era del coño Brittany. Ella estaba húmeda.
—Uh, Brittany… — ¿Maldición, iba a tener que disculparse de nuevo?
Sólo tenemos que tener relaciones sexuales. Entonces, si nos despertamos en esta posición no necesito disculparme, puedo tenerla de nuevo.
O podría dormir en una cama diferente. Le pareció tan extraño que esta fuera la segunda opción que le venía a la mente y lo desagradable que le parecía.
Brittany frotó la mano sobre su hombro.
—Lamento despertarle, pero su reloj no para de sonar y no sé cómo hacer que se detenga.
Él se dio cuenta que la alarma de su radio despertador estaba sonando.
Ella deslizó los dedos por su pelo.
—Es un sonido muy molesto, —dijo, con la voz perezosa y suave.
—Se supone que debe serlo. —Gimiendo, porque una vez más iba a comenzar el día con una erección que no sería ignorada fácilmente, se movió de encima de Brittany y dio una palmada en la alarma. Le llevó unos minutos y una media docena de respiraciones profundas antes de que pudiera considerar levantarse sin avergonzarse a sí mismo. Había estado encima de ella, casi dentro de ella y ¿por qué ella no estaba gritando al respecto? Nada de esto tenía sentido. Los sueños, su respuesta, el hecho de que ella estuviera en su cama en primer lugar. Inhaló y un extraño aroma femenino nubló su cerebro.
Lo más inadvertidamente posible, pasó sus dedos por debajo de la nariz. El pícaro perfume de la excitación femenina cubría su mano. Miró por encima del hombro. No todo había sido un sueño. Obviamente había tenido su mano entre sus piernas. En el sueño había empujado los dedos dentro de su coño, sus dedos la follaron hasta que suplicó por su polla. Su polla se sacudió hacia arriba.
Un vistazo rápido a la hora añadió más estrés a su mañana. Las ocho y diez. Normalmente llegaba a la oficina a las siete y media. A más tardar a las ocho. —¿Cuánto tiempo ha estado sonando?
Se movió sobre el colchón para verla mejor... entonces casi deseó no haberlo hecho. Había rodado hacia su lado, su camisón se había arrugado alrededor de la cintura, con la pierna doblada añadiendo una definida curva a su culo. Su cabello se veía despeinado y revuelto por el sexo. Era una imagen tentadora, aunque ella parecía no tener idea de su impacto en él.
—Un rato. Como dije, era muy irritante.
—¿Por qué me dejaste dormir?
—Uhm. Bueno, necesitaba dormir y estaba teniendo esos excitantes sueños… —Sus mejillas se pusieron rojas; como si ella realmente supiera el contenido de sus sueños. — Quiero decir, parecía estar teniendo sueños muy buenos y yo no quería molestarle. —Se encogió de hombros. — Pero cuando se puso encima de mí, no pude llegar a apagarlo.
Lo dijo con tanta naturalidad, como si ella estuviera acostumbrada a que los hombres despertaran con sus pollas casi en su interior. Y como si la perspectiva no le interesara en absoluto. El pensamiento era bastante aleccionador. Había estado a dos capas delgadas de tela de estar dentro de ella; y ella no parecía interesada.
—Me tengo que ir. Tengo que ir a trabajar. —El trabajo era algo que podía entender. Algo tangible y concreto.
—Oh, bueno. También iré.
Santiago se levantó.
—No, Brittany, no puedes venir a trabajar conmigo.
Eso sería demasiado. Era su único refugio de la locura en la que se había convertido su vida.
—Además, ¿no tienes que preparar la fiesta? —vaciló, sin saber a donde quería ir, pero dijo: — Ya sabes, ¿un menú para cocinar?
—Oh, no estoy preocupada por eso. Lo tengo cubierto. Y no estaré mucho tiempo en su oficina. Sólo tengo que conseguir un vestido para la fiesta. —Salió de la cama, poniéndose de pie a unos centímetros de él. Tan cerca que sus pechos rozaron el de él. La caricia delicada era como un par de llamas contra su piel, pero ella era completamente inconsciente. — Usted no quiere que le avergüence delante de nuestros invitados.
Pasó por delante de él y se fue, dejándole aturdido de nuevo.
¿Nuestros invitados? ¿Por qué sonaba como si Brittany fuera a asistir a la fiesta... no sólo a cocinar para ellos?
Y sobre la cocina... él necesitaba hablar con ella de nuevo. No había recibido ninguna explicación sobre cómo se iba a preparar una comida cuando era manifiestamente obvio que ella no cocinaba. Sus garantías de que todo iba a salir bien no inspiraban confianza.
Santiago estuvo listo más rápido que nunca; después de hacer una llamada rápida a su secretaria. No le explicó por qué llegaba tarde pero le dijo que iba a llegar pronto. Cuando bajó las escaleras, Brittany lo estaba esperando, con un par de vaqueros que abrazaban su culo y una corta parte de arriba que mostraba una pizca de su estómago desnudo. El balanceo incontrolado de sus pechos le dio a la parte superior una forma perfecta.
El conjunto entero era informal y parecía cómodo y Santiago quería arrancarlo de su cuerpo y…
—¿Listo?
Negó con la cabeza sin confiar en que pudiera hablar. Podría terminar su pensamiento en voz alta. Ella metió la mano en el armario y sacó el horrible abrigo magenta y verde.
—No, —dijo él, encontrando su voz. — Ponte algo más. Cualquier otra cosa.
Ella se echó a reír.
—Es espantoso, ¿verdad? De acuerdo.
Después de unos minutos de escarbar en el armario, lo cuales Santiago pasó mirando su culo, ella encontró un abrigo que, puesto que no se ajustaba a ella, funcionaría. Era una de sus chaquetas viejas y colgaba en ella como un saco. Un saco muy sexy. Fue el mismo principio que ver a una mujer con una camisa de hombre. Parecía pequeña y sexual.
Genial. Empieza otro día con la erección imposible de bajar.
—Vámonos. — Hizo un gesto hacia la puerta.
Ella cerró el cuello de la chaqueta alrededor de su cuello y sonrió mientras salía digna por la puerta. Se quedó allí mirándola un momento, sintiendo que su propia sonrisa afluía hacia su rostro. La alegría parecía cernirse a su alrededor. De alguna manera despertar encima de ella no le había hecho comenzar mal el día. Desafortunadamente, ella claramente no tenía intenciones de ir más lejos.
Tras lo que parecía ser unos minutos más tarde, entraron en el garaje de López y Brittany saltó del coche.
—Bueno, que tenga un gran día. Me voy a comprar.
Miró el abrigo holgado y se acordó de la monstruosidad que había comprado el primer día. Era muy aterrador imaginar con lo que ella podría conseguir por sí misma.
—Haz que Anne en la planta tres te ayude. Ella es la asistente de compras y te encontrará algo apropiado para esta noche. Dile que lo cargue a mi cuenta.
—Genial. ¿A qué hora debería estar lista la cena?
—Ocho. — Él la agarró del codo, deteniendo su huida. — ¿Cuándo y cómo vas a cocinar la cena de esta noche?
Los bordes de los ojos se tensaron y los labios se apretaron, como si estuviera conteniendo algunas palabras bien escogidas.
—Esta tarde. No se preocupe. Está bajo control.
Sus palabras no le reconfortaron. Trató de presionarla para obtener más información, pero para cuando llegaron al tercer piso y ella se disponía a bajar, había logrado evitar dar una respuesta directa.
Cuando las puertas se abrieron ella se giró y lo miró con esos ojos grandes e inocentes.
—¿Cómo le gusta el pavo? ¿Medio cocido? —La pregunta se hundió en su cerebro mientras ella salía del ascensor.
—No. El pavo se cocina bien hecho. Todas las aves se cocinan bien hechas.
—Oh. —Sus párpados se abrieron y cerraron en rápida sucesión. — Lo tendré en cuenta.
Las puertas comenzaron a cerrarse. Ella iba a envenenar a la Junta de Administración. Y a él.
—Por favor, dime que es una broma, —gritó mientras las puertas se cerraban suavemente. Un segundo más tarde se abrieron de golpe y Brittany estaba allí.
—Estoy bromeando. Ahora, no se preocupe.
El guiño descarado que ella le lanzó hizo grandes cosas en su libido pero poco en su confianza en la cena.
Tan pronto como la puerta se cerró detrás de ella, Brittany se liberó de la fachada alegre que había luchado por mantener durante la última hora. Se obligaba a sí misma a estar alegre y agradable; a pesar de las sensaciones locas corriendo por su cuerpo. Le había llevado mucho tiempo volver a dormirse después de ese sueño extraño de Santiago lamiéndola... sólo para ser despertada un poco más tarde cuando se había puesto encima de ella. Le había gustado. Sobre todo cuando había introducido fácilmente sus dedos dentro de ella. Apretó los muslos mientras el recuerdo encendía el fuego. En realidad la había tocado allí, movió sus dedos dentro y fuera con movimientos lentos. Había sido increíble. Pero no suficiente.
Tenía que haber más. Nada podía ser tan bueno y dejar un sentimiento de insatisfacción.
Pero Santiago no pareció darse cuenta. Él se había alejado como si se hubiese arrepentido de alguna vez haber estado encima de ella. Verdaderamente fue una lástima. Y la forma en que se había movido contra ella, empujando sus caderas. Gimió con el caliente recuerdo. Había sido un ritmo extraño al que no se había acoplado cuando ese maldito zumbido había sonado.
—¿Puedo ayudarle?
La voz remilgada y fresca distrajo a Brittany de sus pensamientos calientes.
—¿Qué? Oh, estoy buscando a Anne. Se supone que debe ayudarme a encontrar un vestido. Santiago me ha enviado.
—¿Santiago?
—Santiago López. Tenemos una cena esta noche y necesito un vestido.
Los ojos de la mujer se abrieron apenas una fracción antes de que ella sonriera.
—Soy Anne, —dijo, con un tono un poco más cálido ahora. — ¿Qué tipo de vestido estás buscando?
El sueño regreso una vez más; el corsé negro ajustado, esas cosas que sostenían sus medias arriba. Brittany se mordió el labio inferior entre los dientes y consideró la idea. A Santiago obviamente le gusta ese estilo... si es lo había soñado en ella.
Tal vez, sólo tal vez, si Santiago la viera con eso realmente, tendría la oportunidad de descubrir lo que sucedería después.
—Bueno, —dijo mirando a Anne. — Estoy buscando algo un poco específico...
Brittany dejó escapar un suspiro reprimido y apoyó la espalda contra las oscuras ventanas de la tienda. Santiago no había llegado todavía. Si se daba prisa, podrían llegar a casa a tiempo para que se diera una ducha y descansara antes de que sus invitados llegaran. Necesitaba unos minutos para prepararse antes de intentar servir la cena para veinte. Y el hermoso vestido estaba esperándola en casa. No era exactamente como el del sueño de Santiago, pero estaba cerca. El pensamiento la hizo sonreír. ¿Qué pensaría Santiago cuando la viera con eso? Más importante aún, ¿qué haría?
Suspiró y dejó que su cabeza golpear la ventana detrás de ella. Un suelto y rebelde mechón de pelo cayó delante de sus ojos, pero no tuvo la fortaleza para retirarlo. Había sido un día largo. Las compras habían ido bien, pero había tardado más de lo que había previsto.
Anne seguía tratando de orientarla hacia trajes más conservadores pero Brittany había insistido y finalmente habían encontrado el vestido perfecto.
Después de abandonar López, haciendo un viaje más al departamento de decoración para ver si había algo que olvidara, se había dirigido hacia casa.
Había pasado el resto de la mañana decorando la casa y por la tarde construyendo la cena.
Lo último de su energía se había evaporado cuando por fin había apagado el fuego de la cocina. Había aprendido dos cosas hoy; el caldo de pollo se incendiaba con mucha facilidad y las cosas que salían disparadas del extintor se colaban en todas las grietas y hendiduras, tuvo que estar raspándolo con un cuchillo afilado. Se habría metido ya en la cama, si no hubiese sido por la cena de esta noche.
Si fuera su fiesta la habría cancelado o pedido pizza, pero era la fiesta de Santiago, y esa era la razón por la que aún estaba en pie. No quería arruinarlo, por él. Parecían estar haciendo algunos pequeños progresos y no quería que él retrocediera. Después de todo, había ayudado a poner las luces de Navidad y estaba haciendo un trabajo excelente compartiendo.
Pero tenía esta horrible sensación de que si arruinaba la cena de esta noche, los pocos pasos que Santiago había hecho dado hacia un verdadero espíritu de la Navidad se perderían y nunca regresaría a casa. El centro de su estómago se desplomó ante el pensamiento. Echaba de menos su casa y amigos, pero volver al Taller significaba dejar a Santiago. No estaba preparada para hacerlo. Necesitaba más espíritu. Tenía que sonreír más. Y quería estar allí para ver esas sonrisas.
Esta noche tendría algo para sonreír. La cena sería comestible. Después de haber arruinado la comida, se había puesto en contacto con Terry en la oficina de Santiago, y ella le había sido de gran ayuda. Un viaje rápido a través de los anuncios del periódico le había mostrado un restaurante que podría proporcionar una tradicional cena de Navidad en poco tiempo.
Brittany sacó el recibo de su bolsillo y lo miró. Una cena completa con pavo, relleno, puré de patatas, batatas, judías verdes y pastel de calabaza. Lo suficiente como para servir a veinte. Ideal para los invitados de Santiago. Realmente pareció aliviado cuando le llamó y le dijo que creía que debían comprar una comida pre cocinada. Incluso se había ofrecido a encontrarse con ella para ayudarla a llevarlo a casa.
La anticipación se arremolinaba en su interior. Estaría aquí en unos minutos. Pasó el tiempo observando la multitud de compradores navideños. Un niño pequeño salió de la masa bulliciosa para mirar con los ojos abiertos a la ventana detrás de Brittany. El almacén estaba cerrado por la noche, pero aun así miró, la luz de un deseo brillaba en sus ojos. La curiosidad pudo más que ella y ella se volvió hacia la ventana también.
La brillante ventana pintada de un pequeño supermercado mantenía embelesado al niño con un enorme cartel de una cena de Navidad que adornaba la ventana; una cena como la que ella había pedido. Las ropas raídas pero limpias del niño le contaron más de la historia. Luego lo vio. Su deseo de Navidad. A mi madre le encantaría una cena así. Me gustaría poder conseguirlo para ella.
Una banda se apretó alrededor del pecho de Brittany. En realidad había oído un deseo de Navidad. Era raro que un elfo pudiera tener un deseo directo; la mayoría venía a través de cartas o susurros en las tiendas de los Santas. Pero ella lo había oído, alto y claro.
El recibo se arrugó en su mano. Era un imperativo para un elfo cumplir los deseos de Navidad siempre que fuera posible. A pesar de las tradiciones navideñas, la mayoría de los deseos navideños no se cumplían por arte de magia. Los deseos de Navidad se cumplían a través de la meticulosa ayuda de otras personas, por lo que rara vez parecía un milagro.
—Se ve bien, ¿verdad?, —preguntó Brittany con una voz agradable. El niño asintió, pero no dijo nada. — Apuesto a que tu familia realmente disfrutaría de una cena como esa, ¿eh?
De nuevo asintió.
—Marshall. —Un hombre corpulento se acercó al niño. — Vamos, hijo.
Tenemos que llegar a casa.
—Pero, papá, mira. —Marshall señaló a la imagen.
—Lo veo, hijo. Ahora, vamos. Mamá está esperando.
—Hola, soy Brittany. —Ella dio un paso adelante y le tendió la mano. El padre de Marshall puso su mano sobre el hombro de su hijo, acercándole a la protección de su cuerpo. Después de un largo momento de inspección, pareció decidir que Brittany no era una amenaza aceptado la mano con su carnosa mano. — ¿Y usted es?
—Mitch Taylor.
—No soy una loca, pero tengo que pedirte un favor. Tengo esta elegante cena de Navidad que he pedido en el restaurante calle abajo, ya cocinado, ya pagado, a la espera de ser comido y mis invitados acaban de cancelarlo. El restaurante no me va a devolver mi dinero y me preguntaba si le gustaría la cena. Es suficiente para alimentar a un ejército, así que debería tener grandes sobras. — Marshall tomó la mano de su padre y levantó la mirada hacia ella.
Mitch sacudió la cabeza.
—Gracias, pero no necesito caridad.
—Oh, no es caridad. —Brittany sonrió y se encogió de hombros. — Acabaría tirando la comida. Me sentiría mejor sabiendo que no se va a desperdiciar.
Ella le tendió el recibo.
Brittany lo miró a los ojos y dejó que su amor y alegría brillara a través de ellos. Vio desaparecer la tensión de los hombros de Mitch y él asintió. Tomó el recibo y lo miró.
—Si estás segura...
—Lo estoy.
—¿Es un ángel, señora?, —preguntó el niño con su voz llena de asombro.
Ella se agachó a su nivel.
—Nada tan emocionante. Sólo un elfo de la Navidad.
—¿En serio? —Los ojos de Marshall se abrieron aún más. — Mi papá necesita un trabajo. ¿Por qué no se lo dice a Santa? Tal vez podría ayudar.
—Marshall, —la suave voz de advertencia de su padre calmo al sonriente niño.
Brittany guiñó un ojo al pequeño y se levantó.
Mientras se enderezaba, la piel en la parte posterior de su cuello empezó a hormiguear. Santiago.
—Santiago.
Sonrió su nombre conforme se dio la vuelta, y luego lo agarró del brazo y lo arrastró hacia adelante.
—Éste es Mitch Taylor y éste es Marshall. —Indicó a Santiago. — Este es mi amigo, Santiago López. —Levantó un dedo. — Esperen aquí.
Tirando del brazo de Santiago, ella lo atrajo a unos pasos de Mitch y Marshall.
—Mitch necesita un trabajo, —susurró.
Santiago se quedó en silencio durante un momento antes de que sus labios se tensaran y contestó con voz fría,
—Lamento escuchar eso.
—¿No podrías ayudarle? ¿No tienes un trabajo en la tienda?
—Brittany, no puedo simplemente contratar a alguien de la calle.
—¿Por qué no? Estaría muy bien. Lo sé. —Miró al padre e hijo. — Mitch, ¿en qué trabajabas?
—Era estibador, antes de resultar herido.
Brittany sonrió y miró a Santiago.
—¿Ves?, —dijeron al mismo tiempo.
—Brittany, —exclamó Santiago. — El único puesto disponible es en Ropa de Hombre. Nuestros clientes están acostumbrados a tratar con los diseñadores, vendedores exclusivos. Él sería horrible.
—Puede hacerlo. Era estibador. Ha tratado con clientes difíciles antes. Por favor. — Brittany odiaba suplicar, pero sería bueno para López, simplemente podía sentirlo. Y sería bueno para Santiago. — Sólo dale una oportunidad por Navidad. Eso es justo.
Santiago miró a su alrededor, tratando de evitar mirar a Brittany. Si él la miraba a los ojos ella lo convencería. En cambio, su mirada se posó en Mitch y su hijo. De pie, juntos. Y por mucho que odiara admitirlo, ella había acertado respecto a Eric. Según todos los informes, había hecho un gran trabajo como Santa hoy. El mejor que la tienda hubiese tenido. Con un suspiro, tomó la mano de Brittany en la suya y regresó donde estaban el padre e hijo.
—Brittany dice que estás buscando trabajo. Puede que tenga un trabajo temporal en un Departamento del Centro Comercial López, —empezó a decir un poco de mala gana. — Es un puesto de ventas en ropa de hombre. ¿Tiene alguna experiencia en ventas?
Mitch se enderezó. Sus dedos apretaron su control sobre la pequeña mano de Marshall y su mentón se elevó unos centímetros más.
—No, pero aprendo rápido, —contestó, la confianza era evidente en su voz. Santiago le miró fijamente durante unos segundos antes de asentir.
—Está bien, póngase en contacto Tyler Nichols en el centro López mañana a las ocho. Le diré que le espere. El puesto es sólo por Navidad. Después de eso, vamos a hablar de nuevo. Si usted responde, nosotros responderemos, hay una posibilidad de que pueda convertirse en permanente.
Mitch le tendió la mano. Santiago la tomó y los hombres dieron dos rápidos apretones de manos antes de soltar la otra.
—Gracias. Estaré allí mañana. —Una sonrisa luchaba por formarse en los labios de Mitch pero la contuvo.
—Gracias de nuevo. Uh, buenas noches. —Comenzaron a alejarse. — Gracias Brittany. Por todo.
Sostuvo en alto el recibo y, tirando de Marshall detrás de él, camino por la calle en dirección a la tienda.
Brittany suspiró y sintió una risa alegre burbujear en su garganta. No había nada más maravilloso para un elfo que ver un deseo hecho realidad. Girándose hacia Santiago, echó los brazos alrededor de su cuello y su cuerpo contra el suyo en un fuerte abrazo. El calor explotó cuando sus cuerpos se conectaron y Brittany soltó la risa que le había hecho cosquillas por dentro.
—Gracias, Santiago. Eso fue tan maravilloso. —Las manos de Santiago se cerraron ligeramente alrededor de su espalda, pero ella se dio cuenta de que él no se acercó hacia ella.
—Maravilloso, —admitió él con voz jadeante. Debería estar abrumado por la emoción, pensó. La emoción de ayudar a los demás era verdaderamente una experiencia embriagadora.
Ella dio un paso atrás y le sonrió, su energía regresó en oleadas.
—Ahora que he hecho mi buena acción del día, ¿podemos irnos? — Ella notó que pretendía ser sarcástico, pero había demasiada risa en su voz para que funcionara. — ¿Dónde está este restaurante?
—¿El restaurante?, —preguntó Brittany, el rubor del éxito la distrajo.
—¿Dónde vamos a recoger la cena? —Santiago la alentó con exagerada paciencia.
—Oh, la cena. —exclamó Brittany. Miró a su alrededor, como si hubiera perdido algo. — La cena. Oh, no.
La luz que había parpadeado brevemente en sus ojos, desapareció.
—¿Qué pasa con la cena? —dijo Santiago entre dientes.
Brittany hizo una mueca.
— La regale.
— ¿Tú qué?
Su grito resonó en la calle, pero Brittany no dio marcha atrás.
—La regale. A Mitch y Marshall. Tuve que hacerlo. Era el deseo de Navidad de Marshall. No podía dejarlo pasar.
—Tenemos a veinte personas que vienen a nuestra casa, mi casa, —se corrigió. — ¿Tengo a veinte personas importantes que vienen a mi casa en menos de dos horas y no tenemos nada para darles de comer? ¿Y por un deseo de Navidad? ¿Quién te crees que eres? ¿Santa Claus?
—No, sólo uno de los elfos, —murmuró. — Al menos solía serlo.
No estaba segura de sí Santa iba a dejarla volver después de esto.
—Brittany, ¿cómo pudiste hacer algo tan estúpido?
Eso fue demasiado. Ella se alzó cuán alta era y le miró a la cara.
—No fue estúpido. Fue generoso. Algo que un Scrooge como usted no entendería.
—Entiendo la generosidad, pero hay un momento y un lugar para eso. — Santiago echó hacia atrás los pliegues de su abrigo y puso los puños sobre sus caderas. Se inclinó hacia delante, mirando hacia Brittany. — Y el momento no es cuando tengo veinte invitados que llegarán a mi casa en dos horas para una cena tradicional de Navidad, que pareces incapaz de cocinar.
Brittany se reconoció a sí misma que probablemente había una mejor manera de haber cumplido el deseo de Navidad de Marshall, pero no estaba dispuesta a admitirlo ante Santiago.
—No hay razón para ponerse irritable, — dijo ella remilgadamente.
—Hemos dejado atrás el ser irritable. Estoy completamente cabreado.
Ella levantó la mano para protegerse de cualquier otro comentario.
—No haga un castillo de un grano de arena. Vamos a ir a la tienda y ver si tienen otro menú que podamos comprar, —sugirió.
—Bien, esa es una buena idea, —dijo con sarcasmo, siguiendo a Brittany por la abarrotada calle. — Y no estoy haciendo un castillo de un grano de arena, — gritó tras ella.
— Me alegra escuchar eso, —se rió un transeúnte.
Brittany se mordió los labios.
—Ríe, y estarás muerta, —susurró Santiago con los dientes apretados cuando la alcanzó.
