Todos lo errores son míos!
Las historia no me pertenece así como los personajes de glee
Bueno aqui esta el ultimo capitulo de esta historia solo falta de subir el epilogo
Gracias a todos por sus comentarios!
Difruten!
Santiago se detuvo en la puerta del dormitorio y escuchó su corazón latir. La anticipación le instó a seguir, pero se contuvo. Tenía que mantener el control. Las dos últimas noches habían sido calientes y sexuales y más que suficientemente exóticas. Finalmente parecía posible que pudiera vivir una vida con un poco de sexo vainilla1; si el sexo era con Brittany.
Brittany. Se concentró en ella y legó el control a sus venas.
Llamó suavemente y abrió la puerta. Lo primero que le llegó fue la visión del pequeño árbol de Navidad en la esquina y el fresco aroma a pino. Así que esto era lo que Brittany y su madre había hecho después de la cena. Santiago sonrió suavemente. Brittany tenía la intención de llevar la Navidad a cada parte de su vida.
Entró más en la habitación, sonriendo mientras las luces brillaban en la casi oscuridad.
Miró a los pies de la cama y vio a Brittany; desnuda y de rodillas, con las manos entrelazadas detrás de la espalda y los ojos hacia abajo en la clásica postura de sumisión2. Sus muslos estaban abiertos lo suficiente para insinuar, provocándole con las sombras de su coño.
Él poder se apoderó de su cuerpo poniendo su polla dura como una roca.
—¿Brittany?
Ella levantó la cabeza, sus ojos brillaban con el deseo.
—Feliz Navidad... Señor. —Bajó la mirada. — Espero me encuentre agradable.
No sabía qué pensar. Allí estaba ella, ofreciéndose a sí misma.
Él se agachó frente a ella y puso dos dedos debajo de su barbilla, elevando sus ojos hacia él. El cálido aroma de su piel, su sexo y el árbol lo rodeaban.
—Brittany, ¿sabes lo que estás haciendo?
Ella asintió con la cabeza.
—Conceder tu deseo de Navidad.
¿Cómo lo sabía?
—¿Sabes lo que voy a hacer contigo?
Una vez más ella asintió.
—Yo voy a hacer lo que me diga.
—¿Y tú quieres esto?
—Oh, sí. — Su jadeante consentimiento era como una ardiente mano alrededor de su polla. Ella estaba aquí, ofreciéndole lo que él quería. Lo que él mismo se había negado durante tanto tiempo.
—Si hago algo que te asuste o que no te guste, tienes que decírmelo.
—Está bien, pero no creo que eso ocurra. —Miró directamente a sus ojos y no había ningún indicio de sumisión en su mirada fija; sólo calor. — He disfrutado todo lo que me ha hecho hasta ahora.
Él asintió y retrocedió, poniéndose de pie y echándole un buen vistazo. Él la miró fijamente durante un largo momento antes de que ella pareciera oír su silenciosa orden y bajó la mirada.
—¿Te gusta esto, Brittany? Estar desnuda y delante de mí.
— Sí... Señor —vaciló en el "Señor", pero no la castigaría por eso. Todavía no. Nunca había sido aficionado a eso de "Amo", pero "Señor" era suficiente.
—¿Te gusta saber que estoy mirando tus bonitas tetas?
—Sí, Señor.
—¿Te hace estar húmeda?
Respiró hondo antes de contestar.
—Sí.
—Debes dirigirte adecuadamente. O me llamas Santiago o Señor. ¿Entiendes? —Su voz era firme pero cariñosa y Brittany se estremeció cuando las palabras se apoderaron de ella.
—Sí, Señor, —respondió, con la esperanza de que sonara lo suficientemente sumisa, adorando el juego que jugaban.
Su cuerpo estaba hormigueando por el placer y se estaba haciendo difícil respirar. Le había tomado un poco de tiempo encontrar un libro que contuviera imágenes como las de los deseos de Santiago, pero una vez lo hubo encontrado, ella había estado bastante fascinada y esta noche era la noche perfecta para concederle su deseo.
—Muéstramelo, —ordenó. — Pon tus dedos entre tus piernas y muéstrame cómo de mojada te pone exhibirte así.
Ella soltó el agarre que tenía en una de sus muñecas y tiró sus brazos hacia delante. Una repentina timidez se apoderó de ella, pero sabía que no estaba preparada para parar. Deslizó una mano entre sus piernas. El calor húmedo de su coño cubrió inmediatamente sus dedos, pero no pudo resistirse a deslizar su mano más lejos, sumergiéndose en su coño el cuál esperaba que Santiago llenara pronto.
Hizo cosquillas en la misma entrada y sintió un aleteo caliente de los destellos que Santiago tan a menudo creaba.
—Brittany, detente. —Se paró ante el sonido de su áspera orden. —Retira tú mano.
Se detuvo. Ella nunca había sido buena en recibir órdenes, sino pregúntele a Santa, pero le había dicho que iba a hacer lo que le dijera que hiciera. Perdiendo el calor de su propio sexo, retiró la mano hacia fuera. Santiago se agachó frente a ella. No la tocó, pero podía sentir rodeándole.
—No se te dio permiso para darte placer. Este coño. —Ahuecó su mano sobre su sexo. — Este pequeño y dulce coño es mío para darle placer esta noche. ¿Entiendes?
Su espalda se arqueó, instintivamente moviéndose hacia la caricia. Sus dedos revolotearon a lo largo de su vagina.
—Sí, Santiago.
—Bien. — Él sacó su mano. Estaba cubierto de su humedad. Le ofreció la mano a su boca. — Pruébate a ti misma. Saborea lo que es el deseo puro.
Con los ojos perforándola y calentando su cuerpo con una mirada simple, no había nada que pudiera hacer más que abrir la boca y pasar su lengua por la punta de su dedo. El caliente sabor almizclado era extraño, pero no desagradable. El calor explotó en la mirada de Santiago mientras la observaba. Queriendo más de eso, repitió el movimiento, arrastrando la lengua por la palma de su dedo.
— Ahora, déjame saborear. —Cerró sus labios en el lento y narcotizado beso que envió una inundación a su coño. — Delicioso, —susurró. Santiago retiró la mano y se llevó el dedo a los labios. — La otra noche, cuando puse mi boca en tu coño y te lamí, te gustó ¿verdad?
—Sí, Señor.
—Bien. —Se levantó y ella dejó que sus ojos vagaran hacia arriba, cuan alto era, deteniéndose en su entrepierna. El signo revelador de su erección le tentó a sonreír, pero se resistió.
Acarició con los dedos a lo largo del lateral de su mandíbula y por el labio inferior.
—¿Has tomado alguna vez la polla de un hombre en tu boca?
Lentamente ella negó con la cabeza.
—No, Señor. —Miró hacia el bulto bien definido en sus pantalones y no pudo resistir el lamerse los labios.
Todo su cuerpo estaba prácticamente vibrando. Cuando hubo decidido conceder su deseo de esta manera, había esperado que él estuviera encantado pero nunca había esperado que el deseo en su interior creciera tan rápidamente. Había algo tan delicioso acerca de estar de rodillas delante de él, tomando sus órdenes. Sus pechos estaban prietos y pesados y quería tocarlos pero no creía que eso estuviese permitido.
El roce casi silencioso de su cremallera siendo bajada hizo latir su corazón.
—Ahora, Brittany. —Los dedos de Santiago levantaron su barbilla de nuevo. La gruesa y dura erección estaba elevada entre sus piernas. — Puedes darme placer con tú boca. —Sus palabras enviaron otro delicioso escalofrío por su columna vertebral. Luchando por mantener sus manos detrás de su espalda, se inclinó hacia delante y su lengua lamió la curva de su verga. Él se tensó bajo la pequeña caricia y Brittany sabía que podía volverlo loco, volverlo hambriento de la manera en que ella lo estaba…
Recordó la forma en que había lamido su coño y trató de imitar los movimientos, caliente y pequeños aleteos de su lengua contrarrestados por movimientos largos y deliciosos por la enorme y maciza longitud. Pero su boca no fue suficiente. Había demasiado de él. Quería abrazarlo y acariciarlo.
Apenas retiró su boca de la polla, susurró.
—¿Puedo usar mis manos... Señor?
Él oyó el retraso deliberado en su voz y prometió que iba a recibir un castigo muy sensual por eso, pero ahora, necesitaba esto demasiado.
—Sí, —gruñó. Sus ojos brillaban por el poder y Santiago pensó que se correría justo en ese momento. Su pequeño elfo estaba disfrutando esto, de hecho le encantaba. La forma dulce en que movía su cuerpo mientras lamía su polla, sus provocativos toques; ella sabía lo lejos que lo estaba empujando. Al principio, su caricia había sido tímida, explorando, pero rápidamente había aprendido qué y dónde tocarlo para hacerlo gemir.
Se apoyó cuando ella bajó sus dedos entre sus piernas y ahuecó sus bolas. Las calientes y embriagadoras caricias de su lengua no se detuvieron.
—Tómala en tu boca, Brittany, —ordenó, satisfecho de que su voz no temblara. — Toda. —Esta vez sus ojos se abrieron y él casi se rió. — Tanto como puedas, cariño.
Ella abrió los labios y lamió la gruesa cabeza antes de llevarlo dentro. El calor era increíble, llenando su verga, hundiéndose hasta sus bolas. Ella gimió cuando él se deslizó más profundamente en el calor de su boca y el sonido envió docenas de ondas de choque a través de su polla. No podía detener el lento giro de sus caderas, que necesitaban moverse. Su lengua se frotó contra la base de su polla mientras lentamente se retiraba. La succión ligera y delicada mientras retrocedía hizo que sus ojos ardieran y apretó los dientes para no gritar. Ella alcanzo la punta y regresó, aceptándolo hasta que tocó el fondo de su garganta.
La dulce tortura creció cien veces más mientras lentamente empujaba su boca sobre él, trabajando en el final de su polla con movimientos palpitantes y poco profundos.
—Chúpame, —gruñó. — Has que me corra.
Su mirada se encontró con la de él y pudo ver la sonrisa tortuosa en sus ojos. Con la promesa de castigarla, después, deslizo los dedos por su cabello, agarró su cabeza y la instó a moverse, más rápido, un poco más profundo.
Luchando contra el impulso de empujar, se mantuvo inmóvil, sintiendo el aumento de la presión dentro de él hasta que fue demasiado. Su grito llenó la habitación mientras su semen salía de su cuerpo, llenando la boca de Brittany.
Le tomó un buen rato antes de sentir que su control regresaba. Miró hacia abajo, Brittany todavía estaba arrodillada a sus pies. Una satisfecha sonrisa de el gato se acababa de comer la crema curvó sus labios y supo que no podía dejar que se escapara.
—La arrogancia no está permitida en una esclava sexual. —Le tendió la mano y la ayudó a ponerse en pie. — Debes ser castigada.
Ella se quedó sin aliento y abrió mucho los ojos.
—¿Castigada? — Si hubiese visto un atisbo de miedo, se hubiese detenido, pero sólo había curiosidad e insaciable calor en su mirada.
—Para enseñarte el debido respeto. —Señaló con la cabeza hacia el final de la cama. — Agáchate, Brittany. Descansa los codos y las caderas sobre la cama. — Lentamente se dio la vuelta, mirando por encima de su hombro para ver como ella colocaba su cuerpo en la cama. — Los ojos hacia adelante, Brittany. Tienes que confiar en mí.
—Lo hago, —susurró.
Él dio un paso atrás y miró la imagen perfecta presentada ante él; Brittany inclinada sobre la cama, con su caliente y curvilíneo culo. Su polla se retorció. No llevaría mucho tiempo recuperarse, no con semejante estímulo agradable delante de él.
—Abre las piernas. Déjame ver tu coño mientras aceptas tu castigo.
Mientras seguía sus órdenes, él deslizó su mano por la parte trasera en el espacio entre sus muslos. El resbaladizo y caliente fluido recubrió sus dedos.
—Estás chorreando, cariño. Chupármela te puso caliente, ¿verdad?
—Sí, Santiago. — La anticipación jadeante de su voz alcanzó su pecho y tiró de su corazón. Esta era una mujer que podría tomar todo de él y amaría todo lo que tenía para dar.
Dio un paso atrás y se detuvo un momento, necesitando todo su control para no lastimarla. Quería que disfrutara de esto, una pequeña explosión de dolor con todo el placer que pensaba darle. Levantando la mano, la dejó caer en un golpe rápido y corto en su culo. Su cuerpo se sacudió como si hubiese sido sorprendida.
—¡Santiago! — Él empujó sus dedos entre sus piernas, metiendo dos dedos en su coño.
—Oooh, Santiago.
—Esa es una buena chica. Quédate quieta y toma tu castigo.
Brittany asintió con la cabeza y se quedó mirando la ropa de cama, preparándose para el siguiente golpe. Llegó segundos más tarde, un rápido y pequeño golpe de dolor seguido de una cálida inundación de calor en su coño. Era extraño y sorprendente. Nunca le habían dado una paliza en su vida, y era extrañamente placentero. Los deseos de moverse era demasiados para resistirse y apretó sus caderas contra la cama, buscando algo con que rozarse.
—Ahora, Brittany, tú lo sabes bien. Este coño es mío para darle placer esta noche.
Ella se estremeció ante sus palabras y trató de mantenerse quieta, pero era muy duro. Él golpeó la mano sobre su culo otra vez, un poco más duro y ella gimió, dejando caer la cabeza hacia delante y luchando contra todos los instintos de su cuerpo por moverse.
—Eso es bueno. Estás aprendiendo, tratando de complacerme.
—Sí, Santiago, pero por favor, te necesito.
—Pronto. —Pasó su mano entre sus piernas, provocando su apertura y su clítoris.— La primera noche cuando te metiste en mi cama, casi me corrí en los pantalones al ver este culo prieto. —Sus dientes mordieron el lateral de su garganta sumándolo a las capas de sensaciones que ya la abrumaban. — Y todas las noches desde entonces, he soñado con follarte así, sintiendo tu culo prieto contra mí mientras estoy dentro de ti.
Brittany gimió, amando sus suaves y sexys palabras; palabras que eran sólo para ella.
—¿Es eso lo que quieres?
—Sí, Santiago, por favor.
—Me sentiré enorme dentro de ti cuando te folle de esta manera. Tocaré cada parte de ti, —prometió. — Llenare tu dulce coño, disfrutando cada centímetro.
Él acarició sus labios vaginales, provocando su carne mientras conducía su polla entre sus piernas, sin entrar en ella, pero deslizándose contra su carne húmeda. Su humedad se derramaba sobre su verga, cubriéndolo.
—¿Es eso lo que quieres, cariño?
—Sí, Santiago. Por favor, mételo dentro de mí.
La necesidad evidente en su voz desgarró su control y supo que no iba a durar mucho más tiempo. El líquido caliente que brotaba de su coño y había empapado su mano combinado con el ardiente color rosa de su culo era demasiado para que se pudiera resistir.
Él levantó las caderas y tiró de ella hacia el borde de la cama, tendiéndola sobre la esquina para que se sentara a horcajadas. Ella gritó y él supo que ella estaba sintiendo la suave y gruesa superficie presionando contra su clítoris.
Colocó la gruesa cabeza de su polla en su coño y empujó de forma lenta, constante y dura; no se detuvo, sólo siguió adelante hasta que sus bolas estaban casi en su interior, su coño agarrando su miembro, apretándolo.
Ella bajó la cabeza contra el colchón y gimió incluso mientras empujaba contra él.
Él la agarró por las caderas y la mantuvo inmóvil mientras comenzaba a moverse dentro de ella, con largos y profundos golpes; lentos al principio, permitiéndole construirse, sabiendo que el colchón estaba presionando contra su clítoris, provocándola desde ese lado. Él trabajó su polla dentro de ella, disfrutando cada golpe y cada retirada. Era como si cada centímetro de su polla estuviese sumergido en oro fundido. Brittany rápidamente aprendió a moverse contra él hasta que sus cuerpos se estuvieron meciendo y él estaba haciendo justo lo que había prometido; follarla duro y profundo, reclamando su coño como suyo.
Y ella lo tomó, aceptando cada centímetro que puso en ella. Más que eso, ella lo quería, le dio la bienvenida, empujando de nuevo para llevarlo más profundo. Sus bolas se tensaron y supo que no iba a durar mucho más tiempo. Él curvó su mano alrededor de sus caderas y encontró su clítoris, acariciándola como había aprendido anoche, sabiendo dónde tocar para enviarla sobre el borde.
—¡Santiago! —Su coño palpitó a lo largo de su polla mientras se corría. Hundió los dedos en las caderas y empujó en ella una y otra vez hasta que no pudo soportarlo más y se derramó; inundándola con su semen.
—Vamos, cariño. No puedes dormir aquí. —Palmeó su culo y luego deslizó sus manos entre sus piernas, dejando que una capa de humedad recubriera sus dedos. Con un gemido, ella levantó la cabeza y lo miró, con los ojos brillando por una sexy saciedad.
—Eso me hizo sentir muy bien, —dijo, aunque sus palabras eran confusas y lentas. — ¿Podemos hacerlo otra vez?
Su pene estaba flojo y ella estaba agotada.
—Ahora no, cariño, pero dentro de poco, sin duda. —Y un montón de otras cosas. — Ahora vamos a llevarte a la cama.
Vio cómo ella se arrastraba hasta el colchón, su semen goteaba de entre sus muslos. Debería haberle preocupado. No había follado a nadie sin un condón desde; bueno, nunca. El riesgo nunca había valido la pena solo por el placer, pero ninguna otra mujer lo había conducido hasta ese punto de distracción con sólo entrar en una habitación.
La imagen de Brittany embarazada de un hijo suyo era extrañamente satisfactoria y se aferró a ello mientras se metía en la cama junto a ella.
—¿Santiago? — Murmuró ella mientras la apoyaba contra su pecho.
—¿Hmm?
—Este es un deseo que no tenemos que contarle a Santa.
Sonrió en la oscuridad.
—No. No le diremos a nadie.
Como si eso la satisficiese, se acurrucó cerca y dejo que sus ojos se cerraran. Enterró la cara en su cuello y aspiró el aroma embriagador de su champú.
Te amo. Oyó las palabras en su cabeza, pero no sabía de dónde venían; de su interior o de la memoria de Brittany ayer.
A lo lejos, el reloj de torre del pasillo marcó la medianoche. Era Navidad.
Bajó la vista hacia la hermosa mujer a su lado. En pocos días, ella había cambiado su vida y la Navidad nunca sería la misma.
Brittany se quedó mirando la nota aferrada en la palma de su apretado puño. Había sido más difícil de escribir de lo que podía haber imaginado. Decir adiós al hombre que amaba demostraba el mayor reto de su vida. Las lágrimas habían tapado sus ojos y manchado de tinta la página, pero tenía que hacerse. Santa estaría aquí pronto. Podía oír las campanas del trineo en la distancia. En momentos el repiqueteo de los cascos de los renos señalaría su llegada a la casa de los López, y sería hora de irse. Hora de dejar a Santiago.
Ella lo vio dormir. Yacía boca abajo, su espalda desnuda era un pálido contraste con las sabanas oscuras. Su brazo se estiraba hacia su lado de la cama donde ella había permanecido hasta que él había caído en un sueño profundo.
Sería frío el Polo Norte sin Santiago.
Te amo.
Ella cerró los ojos. Ella quería tanto que él creyera eso. Ese era su deseo de Navidad, que Santiago creyera en su amor.
Ella memorizo su rostro. No se suponía que fuera así. Se suponía que debía enseñar a Santiago el significado de la Navidad; enseñarle que el amor existía, pero este tipo de amor dolía. Sabía lo que era lo mejor para Santiago. Tomaría lo que había aprendido de ella y se reincorporaría a la vida. Pero ella no estaría allí para verlo.
El derrape casi silencioso de los corredores de trineo se arrastró por el techo. Ocho juegos de cascos repiqueteaban en la nieve. Santa estaba aquí y ya era hora de que se fuera.
Ella miró a Santiago por última vez. Había sido guapo cuando lo había conocido. Era hermoso para ella ahora. Una sonrisa agridulce curvó sus labios. Había hecho su trabajo. Le había enseñado a Santiago que el amor existía. Y ella lo había aprendido por sí misma.
Dejó la nota sobre la mesa de noche y pasó los dedos por la suave piel de su mano. Sabía que ya estaba, el Taller era a donde pertenecía, pero oh, ella no quería irse.
Los cascabeles tintinearon. Santa se estaba impacientando. Brittany se acercó a la ventana, abrió las cortinas y desapareció en la noche.
Santiago se dio la vuelta y buscó a Brittany. Su lado de la cama estaba vacío y definitivamente frío. Ella nunca se levantaba antes que él. Durante las dos últimas semanas se había despertado con Brittany encima de él. Ahora que él podía hacer algo acerca de eso, se había ido. Santiago se dejó caer sobre la almohada. Se había acostumbrado a que Brittany fuera la primera cosa que veía todas las mañanas.
Tal vez estaba en el baño.
—¿Brittany? —gritó. La habitación estaba en silencio. Un escalofrío se acomodó en su pecho. La habitación se sentía vacía. Se sentó en la cama y miró hacia donde sus maletas estaban escondidas. Permanecía la suya. La de ella había desaparecido.
Se había ido. Lo había dejado. Ella no puede haberse ido. Ella dijo que lo amaba. ¿Por qué iba a hacer eso y luego irse?
El sobre de color rosa en la mesa cercana a él le llamó la atención. Lo rompió al abrirlo, su corazón ya conocía su contenido.
Querido Santiago,
Es hora de que me vaya. Tengo un trabajo en el Taller que necesita de mi atención. Gracias por la más maravillosa Navidad de todos los tiempos. Te amo y te llevaré en mi corazón siempre.
Cree en el amor,
Brittany.
Arrugó la nota en la mano. Amor, claro. Si ella lo amaba, no se habría ido. ¿La había asustado con sus juegos sexuales anoche? Ella no parecía asustada. Demonios, le había pedido que lo hiciera de nuevo, así que ¿por qué iba a dejarlo en medio de la noche? Sería mejor que Balford comprobara la plata para asegurarse de que no faltaba ninguna cosa. El pensamiento cínico no le cayó bien a Santiago y saltó de la cama, ya no estaba cómodo con su calor, el calor que le recordaba demasiado a Brittany.
Maldita sea, todo le iba a recordar a Brittany, la casa, la oficina, incluso la tienda. Ella había estado allí durante menos de dos semanas y se había infiltrado en cada parte de su vida. Miró la ropa que llevaba puesta, decidiendo que tenía que estar completamente vestido para hacer frente a sus padres. Incluso los había conquistado, ahora tenía que decirles la verdad sobre Brittany.
Si sólo supiera cuál era.
Santiago bajó por las escaleras y encontró a sus padres en la sala de estar. Las brillantes luces del árbol de Navidad centelleaban como la luz en los ojos de Brittany. El dolor alrededor del corazón de Santiago aumentaba. Tenía que irse. Tenía que alejarse de la Navidad. Todo en la Navidad le recordaba a Brittany.
—Buenos días, Santiago, —el saludo alegre de su madre crispó sus ya dañados nervios. — ¿Cómo has dormido?
Ella se apoyó de nuevo en su sillón reclinable, con una taza de té en una mano. Carlos estaba junto a la chimenea, cuidando el diminuto fuego. Saludó a Santiago y tomó su asiento tradicional frente a su esposa.
—Bien, uh,… —empezó a responder. Metió las manos en los bolsillos de sus pantalones, preparándose para lo que estaba por venir.
—¿Dónde está Brittany?
—Se ha marchado.
—¿Marchado a dónde?, —la expresión de sorpresa de su madre era un espejo de sus propios pensamientos ocultos.
—Marchado. Se fue en medio de la noche. —Miró alrededor de la habitación, reticente a ver la compasión en los ojos de sus padres. Él sólo quería acabar con la Navidad y volver a la ciudad. — ¿Podríamos abrir nuestros regalos ahora? —El frío que se había instalado en su corazón salió a través de su voz. — Tengo que volver a la ciudad. Tengo trabajo que hacer.
—Por… por supuesto. —Su padre y su madre intercambiaron miradas curiosas, pero ninguno hizo la pregunta obvia, y él estaba agradecido.
No estaba preparado para responder preguntas. No sabía por qué Brittany lo había dejado o dónde había ido o si había hecho algo malo. Lo único que sabía era que ella se había ido y que su amor no había sido real después de todo.
Con sólo tres personas, tomó poco tiempo repartir los regalos. Santiago se quedó mirando la pequeña pila frente de él. Pensó en el abrigo que había comprado para Brittany; algo para mantenerla caliente cuando él no estuviera. Sería devuelto a López el lunes. Con un suspiro, tomó la primera caja, sintiendo nada de la alegría navideña que se suponía que iba a sentir. La verdad era que no le importaba lo que había en las cajas. Podían ser las joyas de la corona y no le importaba.
No quería regalos. Quería a Brittany. Las lágrimas le hicieron cosquillas en el rabillo de los ojos. Las obligó a retroceder. No había llorado en años, desde luego, no iba a hacerlo ahora.
—¿Por qué cariño?, gracias —dijo efusivamente la madre de Santiago. — Es maravilloso.
Los regalos. Su deseo de Navidad. Contra toda lógica, la esperanza se encendió en su corazón. Tal vez ella tenía razón, tal vez ella era real. Giró la cabeza para ver el regalo de su madre.
Un nuevo brazalete de diamantes diminutos colgaba de su muñeca. Ella sonrió a su marido.
—Es realmente hermoso.
—Me alegro que te guste, —respondió Carlos. Abrió la caja sobre su regazo. Sus ojos se iluminaron. Deslizando dos dedos en la caja, sacó una corbata nueva de color azul y rojo, tan similar a la del regalo del año pasado que Santiago no estaba seguro de poder distinguirlas. — Es una maravilla, querida, gracias.
La madre de Santiago bajó los ojos ante las palabras amables y tomó su siguiente caja.
Santiago suspiró y retiró el papel de alrededor de sus paquetes. Brittany se había ido y por un momento se había dejado llevar por su locura y pensó que podría ser un verdadero elfo. Pero nada cambió y los deseos no se hicieron realidad.
El frío que se había instalado alrededor de su corazón se derrumbó y apagó la última y diminuta llama de esperanza.
—¿Por qué Santiago? —suspiró su madre. — Es adorable. — Él miró hacia arriba ante la llamada de su madre.
Ella abrazaba el perrito de peluche que había comprado para su descaro. Había sido su intento de cumplir su propio deseo de Navidad. Por mucho que lo intentara, no podía negar la chispa de alegría en su corazón. La cara de su madre brillaba con felicidad.
—Simplemente algo que cogí —se encogió de hombros.
—Bueno, voy a tener que sacar a tu padre a patadas de la cama para tener espacio, —dijo con una risa suave.
—Hey, — Carlos advirtió en broma.
Qué extraño que él nunca lo hubiese visto antes; la forma amorosa en que sus padres se trataban el uno al otro. Gran parte de su vida la había pasado delante de los demás cuando habían sido formales y rígidos. Pero anoche y hoy, era obvio que se amaban. Santiago sintió que se estaba entrometiendo en un momento de intimidad entre ellos.
Sería bueno compartir su vida con alguien, como sus padres lo hacían. Santiago miró los envoltorios rotos y cajas vacías frente de él. La Navidad no trata de regalos, se trata de amor. La gente tiene que dar y recibir cosas para hacer visible el amor, pero todo es lo que hay en tu corazón.
Sus palabras volvieron a Santiago. Los regalos eran la manera que tenías los humanos para mostrar amor. Echó un vistazo a la camisa azul pálido que le había dado su padre. ¿Qué clase de amor mostraba eso? Su padre no necesitaba otra camisa azul. Santiago no estaba seguro siquiera de que su padre quisiera otra camisa azul.
—Eso es todo, — dijo Maribel.
Santiago asintió con la cabeza y se quedó mirando el montón de papeles, sin querer moverse, de repente no quería que el momento terminara.
—En realidad, hay un regalo más, —dijo su padre aclarándose de forma vacilante la garganta. Maribel y Santiago miraron alrededor de la habitación. Ningún paquete se había dejado sin abrir. Carlos se acercó a la puerta y la abrió. Salió al pasillo, momentos más tarde regreso sostiene un pequeño y suave cachorro de color marrón.
La mandíbula de Santiago se abrió y por un momento fue incapaz de respirar.
Su padre parecía avergonzado mientras el activo cachorro se retorcía en sus brazos, pero caminó al lado de su madre y coloco al perro en su regazo.
—Sé que nunca has tenido una mascota antes, pero el doctor dice que deberías hacer más ejercicio, tal vez caminar. Pensé que un perro te daría una razón para estar afuera. —La pequeña bola de piel marrón levantó la cabeza y parpadeó hacia la madre de Santiago. Empujando su pequeño cuerpo sobre las cuatro patas, vaciló un momento y luego se extendió sobre sus patas traseras y puso sus patas delanteras sobre su pecho.
—Ahora, si realmente no lo quieres, tengo un buen hogar para él, — continuó Carlos mirando a Santiago. — Dicen que son un problema los cachorros de Navidad.
Santiago asintió apenas comprendiendo las palabras de su padre. Era un cachorro, un perrito de verdad.
Santiago se arrastró por la alfombra sobre sus manos y rodillas al lado de su madre.
Maribel tomó al perro y lo acurrucó debajo de su barbilla. Santiago seguía cada movimiento con los ojos. Él se acercó más, necesitaba ver que era real.
—Santiago, ¿estás bien? — La pregunta preocupada de su padre lo sacudió.
—Es un cachorro, —respondió, con la voz llena de asombro.
—Lo sé.
—Al igual que mi deseo.
—¿Deseabas un perrito?, —preguntó su madre. Sus padres intercambiaron miradas curiosas. Maribel negó con la cabeza. — ¿Fue cuando eras más joven? Lo recuerdo ahora y no puedo pensar en una buena razón por la que no tuvimos un perro.
—No, lo desee la semana pasada, —susurró, su voz aturdida reflejaba su confusión. Santiago siguió mirando al cachorro que se había sentado firmemente en el regazo de Maribel, con la nariz apoyada en su brazo. — A Brittany. — Él miró a su padre, la admiración llenaba sus ojos.
—Bueno, como fuera llegó aquí, quien fuera que lo deseó, estoy agradecida, —dijo Maribel con una sonrisa auténtica, alegre. Acarició la parte superior de la cabeza del cachorro. — Y lo llevaré a pasear todos los días, como el médico ordenó, —concluyó con una mirada amable hacia su marido.
El regalo la hizo feliz, pensó Santiago, no por lo que era, sino por el amor que mostró su padre.
Ella lo había hecho. Brittany había hecho realidad su deseo navideño. Ella era real. Un elfo que trabajaba en el Taller de Santa. Su mente lógica luchó contra el concepto mismo. Santa era una creación inventada para comprar el buen comportamiento de los niños, se recordó.
El cachorro saltó del regazo de su madre para investigar la habitación. Sus padres compartieron una sonrisa secreta al ver las travesuras del cachorro.
Santiago sintió un poco de envidia de sus padres. Se tenían el uno al otro. El amor se hinchó en su corazón. Brittany tenía razón.
Brittany. Tenía que encontrar a Brittany.
Él se puso en pie.
—Yo… yo me tengo que ir, —tartamudeó.
—Oh, por supuesto, querido. Hay que volver a trabajar, —su madre estuvo de acuerdo, con un dejo de tristeza en su voz.
—Tengo que encontrar a Brittany. —Miró a sus padres y se encogió de hombros. — ¿Cómo puedo llegar al Polo Norte desde aquí?
Santiago se quedó mirando el pedazo de papel en blanco. No podía creer que estaba pensando escribir esta carta. Era una locura. Él lo sabía, pero no podía pensar en otra cosa. La había buscado, aun sabiendo que ella se había ido realmente de vuelta al Polo Norte. Desaparecido para siempre de su vida.
La había buscado en cada sección de juguetes en todos los grandes almacenes de la ciudad. Todo el mundo recordaba a Brittany pero nadie la había visto desde antes de Navidad.
Ella le había enseñado cómo amar y luego se había ido.
El destello de ira por su desaparición ya no atormentaba su alma. En su lugar había una especie de paz. Se había ido y él continuaría de luto por ella, pero no se habría perdido el conocerla. Es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado. Santiago suspiró. Se estaba convirtiendo en un usado cliché. No pudo resistir una ligera sonrisa. Brittany se habría reído si pudiese oír sus pensamientos.
Ella era la magia. Ella había hecho realidad todos sus deseos navideños. Sonrió ante el recuerdo de la Navidad, la alegría de su madre ante el simple y maravilloso regalo de un cachorro.
Tomó su pluma. Sólo le quedaba una cosa más por hacer. Tenía que dejarla ir. Tenía que pedir un deseo navideño más.
Ella tenía una vida en el Taller, un lugar que ella había anhelado incluso cuando estaba con él. Él iba a desear lo que ella más deseaba. Una sonrisa agridulce volvió a su boca. Pintura roja. Rojo en los camiones de bomberos. Rojo sobre los pequeños vagones rojos.
Apretó los dedos sobre la pluma y comenzó a escribir.
Querido Santa...
—¿Brittany?
Ella levantó la mirada del pequeño camión que estaba construyendo. Santa esperó.
—¿Cómo estás, Brittany? — Podía oír la preocupación en su voz, podía ver la preocupación en sus ojos. Él la había mirado así desde la víspera de Navidad. Sólo tres semanas habían pasado, pero parecía una eternidad.
Forzó una sonrisa y asintió con la cabeza.
—Estoy bien. — No era exactamente una mentira. Se alegraba de estar en casa. Contenta de estar rodeada de los otros elfos y contenta de estar haciendo un nuevo trabajo. Pero echaba de menos a Santiago y ni siquiera tener un nuevo puesto de trabajo en el Taller diseñando pequeños camiones de juguete era suficiente para mantener sus pensamientos alejados de él. Tiró el suéter con fuerza alrededor de ella. El frío siempre presente se filtraba en su piel.
La mirada observadora de Santa se fijó dentro de su alma. Ella apartó el rostro para evitar que sus ojos la vieran demasiado.
—He tenido noticias de tu encargo hoy, —él interrumpió el silencio de la sala de trabajo.
¿Mi encargo? ¿Quién? ¡Santiago!
—¿Santiago? ¿Está todo bien? —Brittany dejo caer su cuchillo y se puso de pie de un salto. — ¿Está herido?
Santa levantó una mano para silenciarla.
—Él está bien. Me acaba de enviar un deseo navideño bastante inusual, y no estoy muy seguro de cómo solucionarlo.
Sacó un sobre arrugado del bolsillo y se lo entregó a Brittany. La dirección era simplemente "Santa Claus, Polo Norte". Ella abrió la solapa trasera y sacó la carta. La escritura garabateada de Santiago abarcaba la página. Las lágrimas se formaron en sus ojos mientras los recuerdos se apresuraban a regresar a ella. El sonido de su voz resonó en sus oídos mientras leía las palabras.
Querido Santa,
Sé que es un poco tarde para este año, pero éste es el tipo de deseo navideño que se puede hacer realidad en cualquier momento. Así que aquí está mi deseo... que Brittany sepa lo mucho que significa para mí y que ella sea feliz dondequiera que esté. Ella me enseñó el verdadero espíritu de la Navidad. Gracias por enviarla a mí. Yo nunca lo hubiese aprendido sin ella.
Atentamente,
Santiago López
Una mancha cubría las últimas letras de la palabra López, como si hubiese caído una lágrima desapercibida. Su corazón mantuvo un ruido constante y fuerte en su pecho. Lo había conseguido. Se merecía regresar al Taller. No había sabido si Santiago había olvidado cómo amar tan pronto como ella se había ido.
Ahora lo sabía. Ella se merecía estar aquí, pero no quería.
—Así pues, Brittany, ¿eres feliz?
Ella levantó la cabeza.
—Por supuesto. —Sus hombros temblaban en un gesto involuntario. ¿Cómo le hacía saber al tipo grande que ella preferiría estar en el Mundo Exterior con todos sus problemas que en su acogedor y cariñoso Taller?
—Ya veo, —dijo Santa con un movimiento. — Yo me encargo entonces.
Santiago comió el guiso que la señora Butterstone había hecho para su cena. Era uno de sus favoritos. Ella había estado cocinando muchas de sus comidas favoritas últimamente. Cualquier cosa para conseguir que comiera. Él apreciaba sus esfuerzos así que intentaba comer pero simplemente no tenía ningún deseo de comer. Ningún deseo de nada, excepto de Brittany. Ese era un deseo que nunca se desvanecía. Se llevó el tenedor a los labios. Todo le recordaba a Brittany, incluso la cena, hubo un tiempo en el que estuvo agradecido de que no estuviera en su cocina. Ella nunca había aprendido a cocinar.
Dejó caer el tenedor de nuevo a su plato. Maldita sea, habría contratado a un millar de cocineros si pudiese tener a una Brittany de regreso.
Y lo peor, eso era su condenada culpa. Había esperado que la carta para Santa sea fuese el fin de todo, pero no había sido capaz de dejarla ir. La Navidad todavía decoraba su casa. La única parte de la decoración que había permitido que se llevaran era el árbol de Navidad, después de que se había convertido en un peligro de incendio. Era una tontería, pero la decoración y los villancicos que tocaban en su equipo estéreo del coche le recordaban a Brittany y él no estaba listo aún para perder su recuerdo.
—¿Señor López? —Santiago levantó lentamente la cabeza ante la llamada de su ama de llaves. — Hay un caballero en la puerta. Yo le dije que no estaba en casa, pero él parece saber que estoy mintiendo. Insiste en que quiere verlo.
—¿Qué es lo que quiere?
—No lo sé. Creo que está un poco loco. —Se llevó un dedo a la sien. — Dice que es Santa Claus.
Santiago saltó de su silla, enviándola al suelo. Agarró los hombros de la señora Butterstone y la mantuvo delante de él.
—¿Dijo que es Santa Claus?
—S… Sí, ¿debo llamar a la policía?
—No. — Pasó junto a ella, ignorando su mirada de asombro.
Santa está aquí. Su corazón se aceleró. La idea de que, un hombre adulto, estuviera emocionado por conocer a Santa Claus por un momento se le antojó extraña, pero sacudió la preocupación a un lado. Él tenía pruebas. Santa existía y realmente tenía elfos. Hermosos, amables y amorosos elfos. Santiago aceleró el ritmo de sus pasos y tiró de la puerta abierta.
No estaba seguro de lo que esperaba, tal vez un traje rojo y un trineo tirado por un reno en la entrada de su casa, pero el hombre que estaba de pie delante de Santiago no se parecía a ninguna imagen de Santa Claus que jamás hubiese visto. Parecía un poco corpulento, de barba blanca, vestido de manera informal como los hombres en la calle. Luego sonrió. Con el brillo clásico en sus ojos y sus mejillas sonrosadas resoplaron.
—Santiago, me alegra verte de nuevo, —saludó Santa, mientras entraba. Se detuvo en el recibidor, mirando las decoraciones que Brittany había puesto y Santiago no había sido capaz de quitar. — Me gusta tu casa. Brittany hizo un buen trabajo.
—Gracias, uh…— Él no podía decirlo. Todo el mundo sabía que Santa Claus era un mito. La lengua de Santiago se quedó en su boca.
—Santa, servirá, —dijo el hombre de la barba mientras entraba en la sala de estar. — No hay necesidad de ser formales después de todos estos años.
—¿Todos estos años?, —Santiago siguió a Santa a la sala de estar, a tiempo para ver al señor mayor hundirse en el sofá.
Santa pasó la mano por la suave tela. Miró al otro lado de la habitación.
—¿Es eso café?, — él preguntó, indicando a la vajilla de plata situada detrás de Santiago. Santiago asintió con la cabeza.
—¿Quiere una taza?
—Me encantaría. — Santiago fue sorprendido por la vehemencia detrás de las palabras del anciano.— No tenemos café en el Polo Norte, —explicó Santa cuando Santiago le dio una taza del líquido negro humeante.— No hay nada con cafeína, — concluyó Santa con un movimiento de cabeza.— ¿Te imaginas un taller lleno de elfos con subidón de cafeína? — Un suave escalofrío le atravesó el cuerpo. — Son bastante alegres sin ninguna ayuda.
Tomó un sorbo de la taza de café y lanzó un suspiro de satisfacción.
—Pero volviendo al asunto que nos ocupa. Te he estado observando durante años, Santiago. —Se tocó la barba. — Estabas arruinando la Navidad para un montón de gente, y para ti mismo, por supuesto. Tenía que hacer algo.
Santiago quería negar las acusaciones, pero no pudo. Santa tenía razón. Su oficina era un lugar diferente ahora. Brittany había estado en lo cierto acerca de que Eric sería un maravilloso Santa. Y ahora Eric se había transformado y guiaba al departamento de contabilidad con renovado rendimiento y espíritu. Ellos eran el departamento más feliz en la tienda. Hacía dos días, Santiago había escuchado villancicos sonando por detrás de la puerta a la Contabilidad. Y Mitch se había convertido en el principal representante de ventas en ropa de hombre. Santiago reprimió una sonrisa. Me vendría bien una Brittany en mi departamento de personal.
—Así que le envié a Brittany. —Las palabras de Santa interrumpieron los pensamientos de Santiago.
Él asintió con la cabeza.
—Hizo un buen trabajo, ¿verdad?
Una vez más Santiago asintió con la cabeza.
—Hizo un gran trabajo. —No hizo nada para ocultar el anhelo nostálgico en su voz. Echaba de menos a Brittany. Amaba a Brittany.
—Sí, pero ahora, tengo que decirte. Ella es bastante inútil como un elfo. Oh, hace un esfuerzo, un gran esfuerzo, pero su corazón no está en ello, ¿sabes lo que quiero decir?
—Sé lo que quieres decir, —coincidió Santiago. Él había estado viviendo la misma existencia.
—Me alegra que me escribieras, hijo, —dijo Santa mientras se levantaba. Dio los pasos necesarios para ponerse en frente de la chimenea y dejó la taza de café en la repisa. — Es un poco tarde para la Navidad, pero el don del amor se puede dar en cualquier momento.
Al igual que un pianista calentando antes de un concierto, hizo rodar sus hombros, chasqueó sus dedos y sus manos se movieron de dentro a afuera. Después de un estiramiento rápido, levantó las manos como un director de orquesta preparando el comienzo de la sinfónica. Santiago se quedó sin aliento. Santa bajó las manos y miró a Santiago.
—¿Te gustan los niños?
—Por supuesto.
—¿Quieres tener varios hijos tuyos?
Una vez más Santiago se encogió de hombros.
—Por supuesto.
—Bien. Los elfos son muy fértiles, —sonrió.
El corazón de Santiago comenzó a latir con fuerza. El aire se alojó en su garganta. Elfos. ¿Significaba eso qué...?
Con un giro final de hombro, Santa alzó los brazos y aplaudió las manos dos veces.
Una pila de cenizas estalló en una nube de polvo que creció en la habitación, bloqueando la visión de Santiago. Santa y Santiago tosieron al unísono. Cuando las cenizas cayeron al suelo, Santiago notó un gran saco de arpillera, de unos cuatro metros de altura, atado en la parte superior y luchando. Bueno, la bolsa no estaba luchando pero lo que había dentro estaba sin duda tratando de salir.
Santa miró a su alrededor a la alfombra cubierta de cenizas.
—Perdón por el desastre. No fue uno de mis mejores aterrizajes. — Estiró el brazo y desató la parte superior de la bolsa en movimiento. Santiago dio un paso adelante. Su corazón dio un vuelco en su pecho. La cadena se deslizó y la bolsa de arpillera cayó al suelo, dejando al descubierto a Brittany. De cuclillas, con las manos atadas en la parte delantera y tela atada alrededor de su boca.
Santa la había traído de vuelta, ¿pero por cuánto tiempo? ¿Iba a desaparecer otra vez? No importaba. Santiago disfrutaría del tiempo que pasaran juntos.
Brittany se puso de pie, con la bolsa alrededor de sus pies. No vio a Santiago.
Ella sólo tenía ojos para Santa. Él la liberó de la mordaza primero. Mal movimiento.
—¿Ha perdido el juicio? — Gritó mientras Santa se inclinaba para desatar sus pies. — Se ha vuelto completamente loco. Espere hasta que los libros de historia escuchen acerca de esto.
—¿Brittany?, —preguntó Santiago, caminando hacia ella. Era realmente ella.
Estaba de vuelta.
Ella giró la cabeza hacia él.
—Sólo un segundo, Santiago. No he terminado con él todavía. —Le devolvió la mirada a Santa. — Me ataste, me secuestraste... — Sus ojos se abrieron. Dejó caer las manos mientras Santa soltaba las ataduras. — ¿Santiago? —su mirada fue de él hacia Santa. — ¿Santa?
Santa sonrió y se encogió de hombros.
—¿Feliz Navidad?
Un chillido alegre surgió de Brittany mientras se lanzaba a los brazos de Santa.
—Oh, gracias, Santa, muchas gracias.
Santiago siguió caminando hacia adelante, tratando de averiguar lo que había sucedido. Sabía lo que había ocurrido físicamente, pero ¿por qué estaba Brittany abrazando a Santa Claus?
Con una palmadita rápida en la espalda, Santa libero a Brittany de su abrazo. Puso una suave mano en el hombro de Santiago y le susurró al oído.
Recuerda, los elfos son fértiles. —Santiago se retiró tratando de mirar la cara de Santa Claus. ¿De qué estaba hablando?— Ya verás, —Santa sonrió mientras respondía a la pregunta silenciosa de Santiago. — Sean felices, —les dijo a los dos, mientras caminaba de regreso a la chimenea. Con una rápida palabra, desapareció, dejando pequeños tornados de polvo girando a su paso.
Brittany y Santiago estaban solos.
Él la miró fijamente, absorbiendo todo de ella, temeroso de que ella pudiese desaparecer.
—No tienes que preocuparse, —comenzó Brittany. Se acercó a Santiago, muriéndose por tocarlo, pero no pudo. Sus manos estaban firmemente sujetas a su lado. Su carta no había dicho nada sobre su deseo de que ella regresara, sólo que él quería que ella fuese feliz. Santa se había encargado de ello, pero y si Santiago no la quería aquí. Sabía que él no la quería de vuelta como ama de llaves. Recorrió la habitación con el rabillo del ojo y podía decir incluso desde esa mirada rápida que la casa estaba otra vez en su estado impecable.
Esto se supone que es la respuesta al deseo navideño de Santiago. ¿Cómo se suponía que iba a ser feliz si Santiago no quería que ella regresara?
—No espero nada, —añadió con valentía y mintiendo a través de sus dientes. Santiago todavía no la tocaba. — Si no quieres que me quede, puedo encontrar otro lugar a donde ir. — Ella lo pensó un segundo. — No sé dónde, pero puedo irme... si quieres.
Ella esperó. Santiago siguió mirándola, pero mantuvo las manos en los laterales y sus labios firmemente cerrados. Miró la chimenea donde Santa había desaparecido.
—¿Va a regresar? — Santiago indicó al lugar donde Santa había estado.
Oh, no. Él no me quiere.
—No lo creo, — dijo Brittany honestamente.
La tensión disminuyó en el cuerpo de Santiago.
—Bien. —dio un único paso hacia ella y la apretó contra su cuerpo.
Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello y abrió la boca.
—Espera, —él la detuvo. — Déjame decir esto primero. — Santiago respiró profundamente. — Te amo y no quiero que te vayas nunca más.
Una sonrisa estalló en el corazón de Brittany. — Te amo, también. Y no voy a ninguna parte.
Santiago la atrajo hacia sí.
—Entonces tengo todo lo que quiero por Navidad.
1 La referencia al sexo vainilla viene del convencimiento de los practicantes del BDSM de que el sexo hay que disfrutarlo en todo su abanico de posibilidades ya que el sexo convencional sería como entrar a una heladería con todos los sabores del mundo disponibles y pedir solo un helado de vainilla. Eso no quita que disfruten del sexo convencional en el momento que les plazca.
2 El BDSM cuenta con muchas figuras de sumisión, dependiendo de la vertiente de este estilo de vida que sigan, pero hay diez posturas básicas en que la sumisa se coloca para los diferentes usos que su Amo quiera darle. La que se menciona aquí, la de inspección, es una de ellas.
