Discleimer: los personajes de PJ pertenecen a Rick Riordan.
Capítulo № 2: Partido de balón prisionero con unos caníbales
-¡Por supuesto que se!-. dijo el aludido con un puchero ante la gracia de todos.
Alguien sin darse cuenta se mordió el labio inferior pensando en lo atractivo que se veía Connor cuando hacía puchero. El hijo de Hermes notó la mirada y sonrió en su interior, quizá tenía una oportunidad para conquistar su corazón.
Una vez que todos se alimentaron, probaron y saborearon distintos tipos de comidas italianas, Connor se dispuso a leer. La zona en donde estaban acomodados los semidioses (incluyendo Quirón, Grover, Enebro, Rachel y los héroes momentáneamente resucitados) era de lo mas variada. Había sillas, alfombras, pufs, butacas, sofás, taburetes, almohadones, sillones y todo tipo de objetos que sirvan para sentarse cómodamente.
Cuando llegaron Hefesto hizo aparecer centenares de banquitos. Los semidioses lo miraron enfadados y confundidos y los dioses divertidos. Ante las miradas que estaba recibiendo explicó que cada banco se convertía en lo que cada uno quisiera. En un primer momento muchos banquitos se convirtieron en Sommiers (la mayoría perteneciente a hijos de Hypnos), pero se tuvieron que conformar con asientos reclinables.
Leo se acomodó en su asiento de cuero blando. Apoyó la espalda contra el respaldo, relajó el cuello, la espalda y los hombros, colocó una almohadilla en la parte baja de su espalda, saco de quien sabe donde una mesa alta en donde colocó el libro y finalizó su ritual aclarándose la garganta. El resto de los presentes rodaron los ojos. Cuando estuvo listo comenzó:
Partido de balón prisionero con unos caníbales
Hazel y Frank se miraron y sintieron. Percy le había contado a grandes rasgos su primer enfrentamiento con los lestrigones.
El día empezó de un modo normal, o por lo menos tan normal como puede serlo en la Escuela Preparatoria Meriwether.
-¡A esa escuela voy yo!-. gritó conmocionado un niño de Hebe, fascinado ante el hecho de que iba al mismo colegio que su ídolo.
Ya sabes, esa escuela «progresista» del centro de Manhattan, lo que significa que nos sentamos en grande pufs, no en pupitres, que no nos ponen notas y que los profesores llevan tejanos y camisetas de rock, lo cual me parece genial.
-Guau eso es fantástico. ¡Yo también quiero profesores así!-. dijo un hijo de Ares. Los de Atenea fruncieron el ceño.
-La mayoría de las mías son unas viejecitas medio sordas que tienen a mano una regla-. comento Will Solace con amargura.
-Si ¡y pegan fuerte es malditas viejas! jajajjaa-.
-ehh ¡mas respeto a los mayores!-. les reprendió Quirón.
-¡Y a los maestros!-. agrego enojada Atenea.
-Sí señora-.
Yo padezco THDA, Trastorno Hiperactivo por Déficit de Atención, y además soy disléxico, como la mayoría de los mestizos.
-No, ¿enserio?-. ironizó Grover.
-Gracias por avisarme-. dijo sarcástico Travis ante la risa divertida de muchos.
Por eso nunca me ha ido demasiado bien en los colegios normales, incluso antes de que acabara expulsado. Lo único que Meriwether tenía de malo era que los profesores siempre se concentraban en el lado más brillante y positivo de las cosas. Mientras que los alumnos. . .bueno, no siempre resultaban tan brillantes.
-Jum seguro que ahí no hay hijos míos-. afirmó Atenea.
-Deja de presumir, la sabiduría no siempre es útil-. suspiró exasperado Poseidón.
-Eso no es verdad-.
-Te lo puedo demostrar-. contraatacó el dios del mar.
-Perfecto. Una competencia. Cada uno elige un héroe para competir-. sentenció Atenea.
-Muy bien. Otro dios deberá elegir el reto-.
-Que se Artemisa-. pidió la diosa de la sabiduría.
-¿Aceptas?-. le preguntó Poseidón a la doncella.
-Por supuesto-. respondió con una sonrisa. Tenía una idea fabulosa en mente.
-No empiecen, después lo arreglan-. ordenó con cansancio Zeus.
Atenea sonrió pensando que Poseidón había caído en la trampa. Sabía lo que Artemisa iba a elegir y también sabía a quien iba a designar el dios del mar a falta de su hijo, estaba perdido.
Poseidón estaba feliz. Entendió bien la intención de Atenea al pensar en Artemisa. Y su campeón era perfecto, y más si Atenea lo subestimaba.
Pongamos por caso la primera clase de aquel día, la de Inglés.
-La más fácil-. dijo Annabeth.
Todo el colegio había leído ese libro titulado El señor de las moscas, en el que un grupo de chicos quedan atrapados en una isla y acaban chalados.
-Me sigue sorprendiendo su capacidad para resumir las cosas-. comentó Apolo mientras saltaba en su asiento.
-Hubiera jurado que no estabas escuchando-. le respondió Artemisa.
-Por supuesto que si. Eso me duele, pensé que me conocías hermanita-. dijo Apolo mientras se quitaba los auriculares y recibía varias flechas de plata en su mano derecha.
Así pues, como examen vieron allí una hora sin la supervisión de ningún adulto para ver qué pasaba.
-Un buen método-. murmuró Dionisio.
Y lo que pasó fue que se armó un concurso de collejas entre los alumnos de séptimo y octavo curso, además de dos peleas a pedradas y un partido de baloncesto con placajes de rugby. El matón del colegio, Matt Sloan, dirigió la mayor parte de las actividades bélicas.
-Ya me cae bien-. declaró Ares.
Todos lo miraron.
-Solo decía-. murmuró encogiéndose en su asiento.
Sloan no era grandullón ni muy fuerte, pero actuaba como si lo fuera. Tenía los ojos de perro rabioso y un pelo oscuro y desgreñado; siempre llevaba ropa cara, aunque muy descuidada, como si quisiera demostrar a todo el mundo que el dinero de su familia le traía sin cuidado. Tenía mellado uno de sus incisivos desde el día que condujo sin permiso el Porshe de su padre para dar una vuelta y chocó con una señal de «ATENCIÓN: NIÑOS-REDUZCA LA VELOCIDAD».
-No es mi hijo-. declaró Ares.
El caso es que Sloan estaba repartiendo tortas a diestro y siniestro cuando cometió el error de intentar darle a mi amigo Tyson.
Todos sonrieron. En especial Grover, le recordó cuando Percy lo defendió de la pecosa colorada esa.
Tyson era el único chaval sin techo de la Escuela Preparatoria Meriwether.
-¿Vivía en la calle?-. preguntó preocupado Frank.
-Sí-. contestó Annabeth. Al parecer habían hecho más amistad de la que creía pensó celosa.
Por lo que mi madre y yo habíamos deducido, sus padres lo habían abandonado cuando era muy pequeño, seguramente por ser… tan diferente. Medía uno noventa y tenía la complexión del Abominable Hombre de las Nieves, pero lloraba continuamente y casi todo le daba miedo, incluso su propio reflejo. Tenía la cara como deformada y con un aspecto brutal. No sabría decir de que color eran sus ojos, porque nunca me animé a mirarlo más arriba de sus dientes torcidos.
-Tardó bastante en darse cuenta-. susurro Grover divertido.
Aunque su voz era grave, hablaba de un modo más bien raro, como un chaval mucho más pequeño, supongo que porque nunca había ido al colegio antes de entrar en el Mariwether. Llevaba unos tejanos andrajosos, unas mugrientas zapatillas del número 50 y una camisa a cuadros escoceses con varios agujeros. Olía como huelen los callejones de Nueva York. Porque vivía en uno de ellos, junto a la calle Setenta y dos, en la caja de cartón de un frigorífico.
Casi todos lo hijo de Afrodita y Venos vomitaron o tuvieron arcadas.
Sin previo aviso hubo un destello azul, se escuchó unas caracolas y aparecieron en medio de la sala un perro del infierno, una arpía y un cíclope. idéntico al de la descripción. Después de mirar a todo el mundo el cíclope miró a Zeus izo una reverencia y los presentó.
-Esta es la Señorita O'Leray, mascota de Percy Jackson-. dijo señalando a la perra del infierno-. y ella es Ella una de las arpías de Fineas-. dijo mostrando a la arpía- y yo soy Tyson hijo de Poseidón y general de los cíclopes. Las Parcas nos explicaron y mostraron todo.
Cuando Zeus iba a hablar se escucho una sonora risa. Era Ares muriéndose de risa. Atenea se contenía.
-¡Así que tenes a un monstruo por hijo!-. gritó Ares en su trono doblado por la risa.
Entonces todos sintieron como el aire se contenía, el suelo comenzó a temblar, el cielo se oscureció, el viento comenzó a soplar como un huracán ya que en el aire había agua. Era como si un gran temporal marino hubiera nacido en el Olimpo. La luz abandonó la sala dejando iluminado a Poseidón con una terrible aura color verde oscuro y negro a su alrededor. En sus ojos brillaba la ira. Parecía un demonio. Su tridente creció de tamaño junto con el dios. Todo su ser brillaba, a punto de adoptar su verdadera forma divina. Ares fue arrastrado fuera de su trono al centro de la sala por los vientos y el agua salada. Era como si hubieran despertado a una llamada de Poseidón y estuvieran furiosos con ansias de destrozar todo con lo que se topen.
El dios de las tempestades desapareció de la vista en medio de un huracán que lo rodeaba para reaparecer al lado de Ares en forma de un tritón (joven, fuerte y furioso); y su tridente (que lucía terrible, espantosamente aterrador por todo el poder que estaba conteniendo) en el cuello desnudo del dios de la guerra cortándolo y haciendo que hilos de icor dorado resbalaran por su piel.
-No vuelvas a insultar o burlarte de ninguno de mis hijos Ares-. dijo escupiendo su nombre- o desearás estar en el Tártaro a que me encargue de ti y ni tu padre podrá detenerme-. su vos calma, fría y mortal-. Lo juro por el río Estigio-. un trueno retumbo junto con los otros.
Y así como empezó, el temporal desapareció de pronto como si nunca hubiera existido, pero dejando estupefactos y aterrorizados a todos.
Poseidón volvió a su trono con su forma humana visiblemente enojado.
Ares se arrastró a su trono y se quedó ahí sumiso y calladito.
-Lo mismo va para todos inmortal o mortal-. agregó el dios de los mares desde su trono. Aunque no era necesario. El mensaje fue claro.
-Continuemos-. dijo Poseidón.
La Escuela Meriwether lo había adoptado a resultas de un proyecto de servicios comunitarios para que los alumnos pudieran sentirse satisfechos de sí mismos. Por desgracia, la mayoría no soportaba a Tyson.
El dios del mar frunció el seño, al igual que la mayoría de la sala. Tyson bajó la cabeza. Lo único bueno de ese lugar había sido su hermano.
En cuanto descubrían que era un blandengue, un blandengue enorme, pese a su fuerza descomunal y su mirada espeluznante, se divertían metiéndose con él.
-No soy blandengue- se defendió Tyson ante las sonrisas de algunos hijos del dios de la guerra-. soy bueno, es diferente-. agregó.
-Muy bien hijo-. Poseidón le sonrió a su hijo que hacía poco que había nacido.
Yo era prácticamente su único amigo, lo cual significaba que él era mi único amigo.
Tyson enrojeció de vergüenza, mientras que Grover, Annabeth y otros amigos sonrieron con ternura.
Mi madre había protestado un millón de veces en el colegio y los había acusado de no estar haciendo lo bastante para ayudarlo. También había llamado a los servicios sociales, pero al final nunca pasaba nada. los asistentes sociales alegaban que Tyson no existía.
«La Niebla». Único pensamiento.
Juraban y perjuraban que habían ido al callejón que les habíamos indicado y que nunca lo encontraban allí. Como puede ser posible no encontrar a un chaval gigante que vive en la caja de un frigorífico, eso no lo entiendo.
-¡La niebla sesos de algas!-. dijo Nico divertido recibiendo dos miradas; la de Jason que lo miró preocupado y entristecido, y otra también preocupada pero por otros motivos.
El caso es que Matt Sloan se deslizó por detrás de él y trató de darle una colleja. A Tyson le entró pánico y lo apartó con un empujón más fuerte de la cuenta. Sloan salió volando y acabó enredado en el columpio que había cinco metros más allá.
La sala entera estalló en carcajadas, muchos lloraban en el piso agarrándose el estómago. Hasta Hércules y Octavio reían, les gustaban las escenas de humillación siempre y cuando no sean los protagonistas de dicha escena.
-¡Maldito monstruo! -gritó-. -¿Por qué no vuelves a tu caja de cartón? Tyson empezó a sollozar. Se sentó al pie de las barras para trepar (con tanta fuerza que dobló una) y ocultó la cara entre las manos.
Esta ves no solo Poseidón estaba enojado. Todos los que conocían y querían a Tyson hervían en furia. Los que no lo conocían estaban molestos, tuvieron una buena primera impresión de él. Octavio y Hércules escondían una sonrisa y para su suerte el dios del mar no los vio.
Lo único que impedía que todos se derrumbara era el poder propio de la sala.
-¡Retira eso, Sloan! - le espeté. Él me miró con desdén.
-¿Por qué me das la lata, Jackson? Quizá tendrías amigos si no te pasaras la vida defendiendo a ese monstruo.
Apreté los puños. Esperaba no tener la cara tan roja como la sentía.
-Seguramente si, como siempre-. bromeó Grover aligerando el ambiente.
-No es un monstruo. Sólo es...
-El mejor hermano del mundo, como siempre dice Percy-. dijo Annabeth con una sonrisa dulce a Tyson. Él la abrasó y ella se lo devolvió.
Traté de dar con la réplica adecuada, pero Sloan no me escuchaba. Él y sus horribles amigotes estaban muy ocupados riéndose a carcajadas. Me pregunté si sería cosa de mi imaginación o si realmente Sloan tenía a su alrededor más gloria de lo normal. Me había acostumbrado a verlo rodeado de dos o tres, pero aquel día había más de media docena y estaba seguro de que no lo conocía de nada.
Los que conocían la historia suspiraron. Poseidón frunció el ceño por millonésima vez.
-¡Espera a la clase de Deportes y verás, Jackson! -gritó Sloan-. ―Considérate hombre muerto.
-Uy si, que miedo-. dijo Jake Mason.
-Mira como tiemblo-. continuo canturreando Calíope hija de Apolo y vaya que hacía honor a su padre.
Cuando terminó la hora, nuestro profesor de Inglés, el señor De Milo, salió a inspeccionar los resultados de la carnicería. Sentenció que habíamos entendido El señor de las moscas a la perfección.
-Realmente si-. dijo Atenea- ¿Que? Si es verdad-. se defendió cuando la miraron raro, excepto sus hijos, por supuesto, ellos estaban de acuerdo.
Estábamos todos aprobados. Y nunca, dijo, nunca debíamos convertirnos en personas violentas.
-Exactamente-. afirmó la diosa de la sabiduría y no pudo evitar agregar- ¿Ven?-.
Si es así, usted ha dicho con razón Hera ante un debate filosófico súper aburrido.
Matt Sloan asintió con seriedad y luego me lanzó una sonrisa burlona con su diente mellado.
-Podría ser tu hijo-. le dijo Apolo a Hermes.
-Mmm no- contestó sin ganas- ese chico es demaciado obvio-.
El dios seguía triste por su hijo y los dioses estaban preocupados, no había dicho una palabra en toda la lectura, casi no reaccionó con la escena de tío quien lo había hecho en parte por él, para si demostraba alguna otra emoción ademas de tristeza.
Para que dejara de sollozar, tuve que prometerle a Tyson que a la hora del almuerzo le compraría un sándwich extra de mantequilla de cacahuete.
Soy. . .un monstruo? , preguntó.
-¡No lo eres!-. gritaron todos sus amigos.
-Bueno...-. murmuro sonrojado pero con una sonrisa.
-No -lo tranquilicé, apretando los dientes-. El único monstruo que hay aquí es Matt Sloan.
Tyson sorbió los mocos.
-¡Exactamente!-. dijo Travis - lo de que no es un mostruo, no lo de los mocos- aclaró pero ya estaban todos riendo.
-Eres un buen amigo. Te echaré de menos el año que viene... si es que puedo...
Le tembló la voz. Me di cuenta de que no estaba seguro de que volvieran a admitirlo en el proyecto de servicios comunitarios. Me pregunté si el director se habría molestado en hablar con él del asunto.
-No, No lo izo-. dijo Tyson.
-No te preocupes, grandullón -acerté a decir-. Todo irá bien. Tyson me miró con una expresión tan agradecida que me sentí como un tremendo mentiroso. ¿Cómo podía prometerle a un chaval como él que todo iría bien?
-Si sos bestia Percy-. exclamó Annabeth enojada.
-Si no se lo dijo-. le reprochó Grover.
-Pero lo pensó-. explicó Annabeth.
-No importa en serio-. intervino Tyson- igual gracias.
-¿Que dibujaste?-. pregunto de pronto Apolo a Rachel. Todos miraron a la pelirroja.
Ella levantó su block de hojas. El dibujo era la copia en dibujo de una fotografía en la que salían Sally, Paul Blofis, su hijo de casi un año y Percy. Parecían una familia normal y corriente, una familia feliz, padre y madre con sus hijos. Poseidón se puso celoso. Algunos semidioses también. Percy, a pesar de su infancia y de todo lo que a pasado por su vida, tenía una familia que lo quería.
-Una hermosa familia si señor-. dijo Hera.
-Bueno si si la diosa de la familia la aprueba, debe ser así-. comentó Quirón.
-Por supuesto, son unja familia perfecta. Todos son hermosos y combinan bien entre sí.
Todos la miraron sorprendidos, Varios con una ceja levantada. ¿Por eso eran una buena familia? Muchos miraron de reojo a Hefesto que misteriosamente tenia una sonrisa confiada y hasta divertida. Esto los sorprendió mas.
El siguiente examen era de Ciencias.
-Ja seguro que no aprueba-. dijo Annabeth.
-¿Apostamos?-. le preguntó Grover.
-Bien, diez dracmas y el que pierde limpia el cuarto del otro por una semana.
-Perfecto-. dijo Grover con una sonrisa.
La señora Tesla nos dijo que teníamos que ir combinando productos químicos hasta que consiguiéramos que explotase algo. Tyson era mi compañero de laboratorio. Sus manos eran demasiado grandes para los diminutos frascos que se suponía debíamos usar y, de modo accidental, derribó una bandeja entera de productos químicos sobre la mesa y desencadenó en la papelera de un gran hongo de gases anaranjados.
-Te lo dije, paga-. le exigió Annabeth a Grover.
-Pero si izo que explotara-. protestó el sátiro.
-Si, pero la profesora no lo va a aprobar porque fue un accidente.
-Mejor sigo leyendo-. dijo Connor.
En cuanto la señora Tesla hubo evacuado el laboratorio y avisado a la brigada de residuos peligroso, nos elogió a Tyson y a mí por nuestras dotes innatas para la química. Habíamos sido los primeros en superar su examen en menos de treinta segundos.
-Jajajaja págame!-. le gritó Grover feliz a Annabeth.
-Maldita sea!-. maldijo Annabeth mientras le pagaba.
Me alegraba que aquella mañana estuviese resultando tan ajetreada, porque eso me impedía pensar en mis propios problemas. No soportaba la idea de que se hubieran complicado las cosas en el campamento, ni mucho menos deseaba recordar siquiera la pesadilla de aquella noche. Tenía la horrible sensación de que Grover corría un serio peligro.
-Exactamente-. comentó el aludido ,mientras todos rodaban los ojos.
En Sociales, mientras dibujábamos mapas de latitud-longitud, abrí mi cuaderno de anillas y miré que foto guardada dentro: mi amiga Annabeth, de vacaciones en Washington D.C.
Sonrisas traviesas adornaran la sala.
Iba con vaqueros y una cazadora tejana sobre una camiseta naranja del Campamento Mestizo, llevaba su pelo rubio recogido con un pañuelo y posaba de pie frente al Lincoln Memorial, con los brazos cruzados y el aire de estar muy satisfecha consigo misma, como si ella en persona hubiera diseñado el monumento.
-Siempre pone la misma actitud cunado esta en un monumento a algo que tenga que ver con la arquitectura-. dijo Clarisse.
-Si y empieza a tirar datos de números y medidas que no entiendo para nada-. agregó Travis.
-¡Ya dejen de hablar de mi como si no estuviera presente!-. les grito Annabeth.
-Ok ok no es para tanto.
Ya sabes, Annabeth quiere ser arquitecto cuando sea mayor y por eso se pasa la vida visitando monumentos famosos y cosas por el estilo. Es un poquito rara en ese sentido.
-Auch eso también debió doler-. dijo Grover. Annabeth lo golpeo en la nuca.
Me había enviado la fotografía por e-mail después de las vacaciones de Pascua, y yo la miraba de vez en cuando para recordarme que Annabeth era real y que el Campamento Mestizo no era un producto de mi imaginación.
-Si seguro que era por eso-. dijo Jason con una sonrisa ladeada.
-¿Y porque le mandaste la foto? ¿Tenias miedo de que conociera a alguien y te olvide?-. pregunto Piper.
-Ya cállense-.
Ojala hubiese estado conmigo en aquel momento; ella habría sabido qué significaba mi sueño. Nunca lo reconocería en su presencia, pero, a decir verdad, ella era más lista que yo, por muy irritante que resultara a veces.
-Ops no solo que esta Annie,¡si no que estamos todos!-. se burlo Will.
Todo el mundo se rio.
Estaba a punto de cerrar el cuaderno, cuando Matt Sloan alargó el brazo y arrancó la foto de las anillas.
-¡Eh! -protesté.
Sloan le echó un vistazo a la foto y abrió los ojos como platos.
-Ni hablar, Jackson. ¿Quién es? ¿No será tu. . .?
-Dámela. -Las orejas me ardían.
-¿Era tan obvio?-. pregunto Frank.
-Para todos si, menos para ellos-. contesto Connor.
Sloan pasó la foto a sus espantosos compinches, que empezaron a soltar risitas y romperla en pedacitos para convertirlos en proyectiles. Debían de ser alumnos nuevos que estaban de visita, porque todos llevaban aquellas estúpidas placas de identificación («Hola, me llamo...») que daban en la oficina de inscripción. Y debían de tener también un extraño sentido del humor, porque habían escrito en ellas nombres extrañísimos como «Chupatuétanos» «Devoracráneos» y «Quebrantahuesos». Ningún ser humano tiene nombres así.
Los dioses contuvieron el aliento. Poseidón se mareó.
-Estos colegas se trasladan aquí el año que viene -dijo Sloan con aire fanfarrón, como si saberlo hubiese de aterrorizarme-. Apostaría a que ellos sí pueden pagarse la matrícula, a diferencia del tarado de tu amigo.
Todos bufaron. Enojados.
-No es ningún tarado. -Tuve que hacer un esfuerzo para no darle un puñetazo en la cara.
-Mal hecho-. dijo un hijo de Ares.
-Eres un auténtico pringado, Jackson. Por suerte para ti, en la próxima clase voy a acabar con todos tus sufrimientos.
Sus enormes compinches masticaron mi foto. Yo deseaba pulverizarlos, pero tenía órdenes estrictas de Quirón de no desahogar mi cólera ante simples mortales, por detestables que me resultasen.
Tenía que reservar mis fuerzas para los monstruos. Aun así, no pude dejar de pensar: «Si supiera Sloan quién soy realmente...»
Sonó el timbre.
-Salvados por la campana.
Mientras Tyson y yo salíamos de la clase, una voz femenina me llamó en un susurro: ¡Percy!
Annabeth se sonrojó.
Miré alrededor y escudriñé la zona de las taquillas pero no había nadie que me prestara atención. Por lo visto las chicas del Meriwether no se habrían dejado pillar ni muertas pronunciando mi nombre.
-Pfff en el campamento pasa todo el tiempo-. dijo una hija de Afrodita con un suspiro. Annabeth frunció el ceño.
Antes de que pudiera considerar si no habrían sido imaginaciones mías, un montón de chicos cruzaron el pasillo y nos arrastraron Tyson y a mí hacia el gimnasio. Era la hora de Deportes. Nuestro entrenador nos había prometido un partido de balón prisionero, en plan batalla campal. Y Matt Sloan había prometido matarme.
-Que dramático-. dijo Reyna.
-¿Que les parece si tomamos un descanso?-. dijo Ariadna.
La verdad es que era bastante obvio que todavía estaban un poco afectados por el enojo de Poseidón.
Después de unos minutos de silencio los semidioses empezaron a moverse, pero en ves de juntarse en grupos de amigos como los dioses esperaban; se sentaron en círculo, como si estuvieran alrededor de una fogata para escuchar a los recién llegados, ya que ni siquiera habían hablado con Jason ni Frank.
Jason y Frank contaron que venían de un futuro posterior al de ellos. También les contaron que ellos junto con Annabeth, Hazel, Piper, Leo y Percy eran los siete semidioses de la profecía. Sin embargo no contaron nada de la misión como se lo pidieron las Moiras. Annaberth quiso saber como estaba su novio. Ellos simplemente dijeron que estaban separados cunado las Moiras los trajeron, que se habían dividido para unas especies de misiones dentro de la misión. Ninguno de los dos tuvo el valor de decir la verdad.
Nico miraba todo el tiempo a Frank y todos se dieron cuenta. Dos personas en particular que se pusieron muy celosos. Jason recordó que Nico es gay y pensó que Frank le gustaba al igual que lo pensaron todos, hasta que Nico dijo:
-Oye Fran ¿de donde sacaste eso?-. pregunto señalando el báculo. Se vieran expresiones de entendimiento así como Ahhhhh...
-Lo necesitamos para la misión. Lo use para convocar un ejército de soldados muertos.
-¿Vos los llamaste?-. pregunto sorprendido.
-No, lo hiciste vos pero eran soldados romanos y no te obedecían-. contestó el hijo de Marte.
-Ahh claro, entiendo.
Los celos se apaciguaron un poco. Solo un poco.
Continuaron hablando un poco más hasta que los dioses pidieron que se vuelvan a sentar para seguir leyendo.
El uniforme de gimnasia del Meriwether consiste en unos pantalones cortos azul celeste y unas camisetas desteñidas de colores variopintos.
-Seguro que se veía sexy-. dijo una hija de Apolo. Todas las mujeres asintieron. Incluso Annabeth, se estaba acostumbrando, a su pesar, a escuchar y ver los babeos de las mujeres por su novio. No importaba Percy era suyo.
Por suerte, la mayor parte de los ejercicios atléticos los hacíamos de puertas adentro, de manera que no teníamos que trotar por el barrio de Tribeca con el aspecto de una manada de niños hippies.
Mas risas.
Me cambié en los vestuarios lo más deprisa que pude porque no quería tropezarme con Sloan. Estaba a punto de salir cuando me llamó Tyson: -¿Percy? -Todavía no se había cambiado. Estaba junto a la puerta de la sala de pesas con el uniforme en la mano-. ¿Te importaría?
-Ah, sí. -Procuré reprimir el tono de fastidio-. Claro, hombre.
Tyson se metió en la sala de pesas y yo monté guardia en la puerta mientras se cambiaba. Me sentía algo extraño haciendo aquello, pero Tyson me lo pedía casi todos los días. Imagino que era porque tiene el cuerpo totalmente lampiño, así como unas extrañas cicatrices en la espalda sobre las cuales nunca me había atrevido a preguntarle.
Se escucharon jadeos de sorpresa. Nadie sabia de eso, ni siquiera Annabeth o Grover. Todos miraron a Tyson que por suerte estaba jugando, alejado, con Ella y la Señorita O'Leray.
-¿Que le pasó?-. susurró Travis.
-Ni idea-. dijo Grover- Ni Percy ni Tyson han dicho nada.
En todo caso, yo ya había aprendido que si se burlaban de él cuando se estaba cambiando, podía disgustarse mucho y empezar a arrancar las puertas de las taquillas.
-Entonces no le preguntamos-. dijo Leo. Todos asintieron.
Cuando entramos en el gimnasio, el entrenador Nunley estaba sentado ante su escritorio leyendo la revista Sports Illustrated. Nunley debía de tener un millón de años. Era un tipo con gafas bifocales, sin dientes y con un grasiento mechón de pelo gris. Me recordaba al Oráculo del Campamento Mestizo (una momia apergaminada), sólo que el entrenador Nunley se movía mucho menos y no despedía oleadas de humo verde. Bueno, al menos yo no lo había visto.
-Quien sabe-. comentó Will con una sonrisa.
Matt Sloan se acercó y le dijo: -Entrenador, ¿puedo ser yo el capitán?
-¿Cómo? -Nunley levantó la vista y musitó-: Hum, está bien.
Sloan miró satisfecho y se encargó de formar los equipos. A mí me nombró capitán del equipo contrario, pero no tenía ninguna importancia a quienes eligiese yo, porque todos los tipos cachas y los chicos más populares se pasaron al bando de Sloan. Y lo mismo hizo el grupo de visitantes.
-Jum ellos son mas, no es justo-. dijo Rachel.
-El profesor no es muy avispado-. contestó Hazel.
En mi equipo estaban Tyson, Corey Bailer (el flipado de la informática), Raj Mandali (un verdadero prodigio del cálculo) y media docena de chavales a los que Sloan y su banda se dedicaban a hostigar habitualmente. En condiciones normales, habría tenido suficiente con la ayuda de Tyson, pues él solo ya valía por medio equipo, pero los visitantes eran casi tan altos y fuertes como él, al menos en apariencia, y había seis de ellos en el otro bando.
-¿Los seis?-. murmuro preocupado Poseidón.
Sloan volcó una cesta llena de pelotas en medio del gimnasio.
-Miedo -susurró Tyson-. Huelen raro.
-¿Quién huele raro?
-Ellos. -Tyson señaló a los nuevos amigos de Sloan-. Huelen raro.
«Monstruos» fue el pensamiento general.
Los visitantes hacían crujir los nudillos y nos miraban como si hubiera llegado la hora de la masacre. Volví a preguntarme de dónde habrían salido aquellos tipos. Tenía que ser de algún sitio donde alimentaran a sus alumnos con carne cruda y los apalearan con bates de béisbol.
-Increíble que no se de cuenta-. dijo Malcom.
Entonces Sloan tocó el silbato del entrenador y empezó el partido. Su equipo se abalanzó hacia la línea central. En el mío, en cambio, Raj Mandali gritó algo en urdu (seguramente: ¡Necesito mi orinal!) y echó a correr hacia la salida. Corey Bailer se alejó a rastras y trató de esconderse detrás de las colchonetas apoyadas contra la pared. Los demás hacían lo posible para no encogerse de miedo y convertirse en blancos seguros.
-Ejemplos de valentía y coraje-. bromeo Travis coreado por las risas que inundaron la sala.
-Tyson -dije-. Vamos a…
Recibí un pelotazo en la barriga y caí sentado en medio del gimnasio.
Poseidó empeso a hiperventilar.
Nuestros oponentes estallaron en carcajadas. Veía borroso. Me sentía como si un gorila acabara de darme un masaje en la boca del estómago. No podía creer que alguien fuera capaz de lanzar una pelota con tanta potencia.
-Si que es lento-. murmuro Heracles.
-¡Agáchate, Percy! -gritó Tyson.
Rodé por el suelo justo cuando otra bola pasaba rozándome la oreja a la velocidad del sonido.
¡Buuuuuum!
La pelota rebotó en la colchoneta de la pared y Corey Bailer soltó un aullido.
-¡Eh! -grité a los del equipo contrario-. ¡Por poco matáis a alguien! Uno de los visitantes, el llamado Quebrantahuesos, me dirigió una sonrisa malvada. Lo había visto antes, pero ahora parecía todavía más descomunal, incluso más que Tyson. Los bíceps le abultaban bajo la camiseta.
-¡Ésa es la intención, Perseus Jackson!
Muchos negaron con la cabeza. Percy tenía la peor suerte de todas. Poseidón tomó varios calmantes.
Bastó que dijera mi nombre de aquella manera para que un escalofrío me recorriera de arriba abajo. Nadie me llamaba Perseus, salvo los que conocían mi verdadera identidad. Amigos... o enemigos.
¿Qué había dicho Tyson?: «Huele raro.»
Monstruos.
-Y hasta que se dio cuenta-. se dijo Octavio con desprecio.
-¡Bueno ya me cansaste!-. le gritó Pólux. Octavio estuvo durante toda la lectura, incluyendo el primer libro, burlándose de Percy y ya estaba cansado.
Movió sus manos y Grover sintió lo mismo que había sentido cuando están atrapados por la mantícora y Dionisio los salvo.
Al instante Octavio perdió la cabeza. Comenzó a murmurar cosas. Tenia una mirada desquiciada. Y empezó a llamar a gritos a su supuesto marido. El resto casi se muere de la risa. Luego de un rato de ver a Octavio buscando a su amado y de intentar besar a varios, Dionisio le reparo la mente y la cordura volvió.
Ahora los semidioses miraron de otra forma a los hijos de Dionisio y Baco. Al parecer no eran tan débiles o poco poderosos como creían.
Todos los que rodeaban a Matt Sloan estaban aumentando de tamaño. Ya no eran chavales, se habían convertido en gigantes de dos metros y medio con ojos de locura, dientes afilados y unos brazos peludos tatuados con serpientes, chicas bailando el hula hop y corazones de enamorado.
Matt Sloan soltó la pelota.
-¡Uau! ¡Vosotros no sois de Detroit! ¿Quién...?
-Ya no es tan macho-. dijo Frank con burla.
-Obviamente no es mi hijo-. aseguró Ares.
-No estaría tan segura-. dijo Artemisa con duda.
Ares bufo enojado.
Los demás chavales de mi equipo empezaron a chillar y retroceder hacia la salida, pero el gigante Chupatuétanos lanzó una pelota con mortífera precisión. Pasó rozando a Raj Mandali, que ya estaba a punto de salir, y dio de lleno en la puerta, cerrándola como por arte de magia. Raj y los otros empezaron a aporrearla desesperados, pero la puerta no se movía.
-Con aliados así no se puede hacer nada-. dijo Clarisse.
-¡Dejadlos marchar! -grité a los gigantes.
El llamado Quebrantahuesos me soltó un gruñido. En el bíceps tenía un tatuaje que rezaba: «Me gustan mis ricuras.»
-¿Quienes serán sus ricuras?-. preguntó Apolo con picardía.
-¿Cómo? ¿Y dejar escapar unos bocados tan sabrosos? ¡No, hijo del dios del mar! Nosotros los lestrigones no solo estamos aquí para dar muerte. ¡Queremos nuestro almuerzo!
-Siempre con lo mismo-. se quejo un hijo de Demeter.
Hizo un gesto con la mano y apareció otro montón de pelotas en el centro del gimnasio. Pero aquéllas no eran de goma. Eran de bronce, del tamaño de una bala de cañón, y tenía agujeros que escupían fuego. Debían de estar al rojo vivo, pero los gigantes las agarraban con las manos como si nada.
El dios del mar tomo otro frasco de tranquilizantes.
-¡Entrenador! -grité. Nunley levantó la vista adormilado, pero si llegó a ver algo fuera de lo normal en aquel partido de balón prisionero, no lo demostró. Ése es el problema de los mortales. Una fuerza mágica, la niebla, difumina ante sus ojos la verdadera apariencia de los monstruos y los dioses, de manera que tienden a ver solamente lo que son capaces de comprender. Quizá el entrenador vio a varios chavales de octavo aporreando, como de costumbre, a los pequeños. Quizá los demás vieron a los gorilas de Sloan a punto de lanzar cócteles Molotov (tampoco habría sido la primera vez). En todo caso, seguro que nadie se había dado cuenta de que nos enfrentábamos con auténticos monstruos devoradores-de-hombres sedientos de sangre.
-Básicamente-. dijo Enebro.
-Hummm... sí -murmuró entre dientes el entrenador-. Jugad limpio.
Y volvió a concentrarse en su revista.
-Inútil-. susurro Poseidón.
El gigante Devoracráneos lanzó una pelota. Yo me eché a un lado para esquivar aquel ardiente cometa, que me pasó junto al hombro a velocidad.
-¡Corey! -chillé.
Tyson lo sacó de detrás de las colchonetas un segundo antes de que la bola estallara en ellas y las convirtiera en un montón de jirones humeantes.
-Muy bien hijo-. Poseidón felicito a Tyson.
-¡Rápido! -dije a mis compañeros-. ¡Por la otra salida! Echaron a correr hacia los vestuarios, pero Quebrantahuesos hizo otro gesto con la mano y también aquella puerta se cerró de golpe.
-Nadie saldrá de aquí hasta que tú quedes eliminado -rugió-. Y no estarás eliminado hasta que te hayamos devorado.
Poseidón gimió al igual que todos.
Me arrojó su bola de fuego. Mis compañeros de equipo se dispersaron segundos antes de que el proyectil abriera un cráter en el suelo.
Iba a echar mano de Contracorriente, que siempre guardaba en el bolsillo, cuando me di cuenta de que llevaba puestos los pantalones de deporte, que no tenían bolsillos. Contracorriente se había quedado en mis tejanos, en la taquilla del vestuario. Y la puerta del vestuario estaba cerrada a cal y canto. Me encontraba completamente indefenso.
-Nunca abandones tu arma-. dijo Ares.
-No padre-. contestaron sus hijos, todos menos Frank que solo rodó los ojos.
Y ahora, otra bola de fuego venía hacia mí a la velocidad del rayo. Tyson me apartó de un empujón, pero la explosión me alcanzó y me lanzó por los aires. De repente, me encontré en el suelo del gimnasio, aturdido por el humo y con la camiseta llena de agujeros chisporroteantes. Al otro lado de la línea central, dos gigantes hambrientos me miraban desde lo alto.
-¡Carne! -bramaron-. ¡Filete de héroe para almorzar! Los dos se dispusieron a rematarme.
-¡Percy necesita ayuda! -gritó Tyson, y se interpuso entre nosotros de un salto, justo cuando me lanzaban sus bolas.
-¡Tyson! -chillé, pero ya era tarde.
Tyson sonrió.
Las bolas se estrellaron contra... No, él las atrapó al vuelo. El torpe Tyson, el que volcaba el material de laboratorio y destrozaba las estructuras del parque infantil todos los días, se las había arreglado para atrapar aquellas dos bolas de metal al rojo vivo que volaban hacia él a un trillón de kilómetros por hora. Y no sólo eso, sino que se las lanzó de vuelta a sus atónitos propietarios.
-¡Nooooo! -chillaron, pero las esferas de bronce les explotaban en el pecho.
Los gigantes se desintegraron en dos columnas de fuego gemelas: un signo inequívoco de que eran monstruos de verdad. Porque los monstruos no mueren, sólo se disipan en humo y polvo, lo cual ahorra un montón de problemas a los héroes, que no tienen que ponerse a limpiar después de una pelea.
Todo el mundo aplaudió a Tyson. Este se sonrojo.
-¡Mis hermanitos! -gimió Quebrantahuesos el Caníbal. Flexionó los músculos y sus tatuajes se contorsionaron-. ¡Pagarás cara su destrucción!
-Me suena a discurso-. dijo Teseo.
-Siempre le debe pasar lo mismo-. contesto Odiseo divertido.
-¡Tyson! -grité-. ¡Cuidado!
Otro cometa se precipitaba ya hacia nosotros y Tyson apenas tuvo tiempo de desviarlo con un golpe. Salió disparado como un cohete, pasó por encima de la cabeza del entrenador y aterrizó en las grandes provocando una tremenda explosión.
¡BUUUUUUM!
-¡Buuuum!-. repitió Travis aligerando el ambiente.
Los chavales corrían en todas direcciones gritando y tratando de esquivar los cráteres, que aún humeaban y echaban chispas; otros aporreaban la puerta y pedían socorro. El propio Sloan estaba petrificado en mitad de la pista, mirando incrédulo aquellas bolas mortíferas que volaban a su alrededor.
El entrenador Nunley seguía sin enterarse de nada. Dio unos golpecitos a sus audífonos, como si las explosiones le hubieran provocado alguna interferencia, pero continuó absorto en la revista.
-Mortales-. murmuro Atenea.
Todo el colegio debía de haber oído aquel estruendo. El director o tal vez la policía vendría en nuestra ayuda.
-¡La victoria será nuestra! -rugió Quebrantahuesos el Caníbal-. ¡Nos vamos a dar un festín con tus huesos!
Quería decirle que se estaba tomando demasiado en serio aquel partido de balón prisionero, pero antes de que pudiese hacerlo me disparó otra bola. Los otros tres gigantes siguieron su ejemplo.
«Perfecto» pensó Poseidón.
Sabía que estábamos perdidos. Tyson no podría desviar todas aquellas bolas a la vez. Además, debía de tener graves quemaduras en las manos desde que había detenido aquella primera volea. Y sin la ayuda de mi espada…
Y entonces se me ocurrió una idea desesperada.
-Las odio-. susurro Hazel.
Corrí en dirección a los vestuarios.
-¡Salid de ahí! .alerté a mis compañeros-. ¡Apartaos de la puerta! Las explosiones se sucedían a mi espalda. Tyson había bateado dos bolas, devolviéndose a sus propietarios para convertirlos en cenizas.
Ya sólo quedaban en pie dos gigantes.
-Dos menos-. comento Jake.
Una tercera bola se dirigía a toda velocidad hacia mí. Me obligué a aguardar unos segundos y me eché a un lado. La esfera ardiente derribó la puerta del vestuario.
Ya me imaginaba que los gases acumulados en las taquillas de la mayoría de los alumnos bastaban para provocar una explosión. Así que tampoco me sorprendió que la bola llameante desencadenara un estallido monumental.
¡BRAAAAAAAM!
-Las onomatopeyas de Percy son geniales-. dijo Rachel.
La pared se vino abajo y las puertas de las taquillas (así como los calcetines, los suspensorios y otros adminículos personales igual de chungos) llovieron sobre el gimnasio.
Me volví justo a tiempo para ver cómo Tyson golpeaba en la cara de Devoracráneos. El gigante te desplomó. Pero el único que quedaba, Quebrantahuesos, se había reservado astutamente una bola a la espera de la ocasión propicia. Y la lanzó en el momento preciso que Tyson se volvía hacia él.
-¡No! -chillé.
El corazón de todos se encogió.
La bola le dio de lleno en el pecho. Impulsado por el impacto, Tyson cruzó la pista entera y fue a estrellarse contra la pared trasera, que se agrietó e incluso se desmoronó en parte, abriendo un agujero por el que se veía la calle Church. Yo no entendía cómo aún seguía vivo, pero él sólo parecía aturdido. La bola de bronce humeaba a sus pies.
Tyson trató de recogerla, pero cayó atontado sobre un montón de ladrillos carbonizados.
-¡Bueno! -dijo Quebrantahuesos relamiéndose-. Soy el único en pie.
Voy a tener carne de sobra. Hasta para llevar una bolsita a mis Ricuras…
-Las debe extrañar-. bromeo Malcom.
En ese momento la Señorita O'Leray ladra, salta sobre Nico y le lame la cara como hace siempre que tiene hambre. Nico rie y le pide a Hestia un poco bastante de comida para la perra del infierno. La Srta. O'Leray le da un ultimo lengüetazo y come.
-El pelo mojado te hace ver mas sexy-. dijo Hércules con una sonrisa llena de lujuria.
Todo el mundo se quedo en estado de shock. A Hércules no le importo, ya había decidido actuar y seducirlo.
-¿q...uu...e...? tartamudeo Nico con un hilo de voz.
-Oh vamos, es bastante obvio. Me gustas y quiero que seas mi novio-. declaró Heracles de un golpe- Te prometo que la vas a pasar muuy bien. Dar y recibir. Los dos ganamos.
Después de entender bien lo estaba escuchando, la ira remplazo a la sorpresa. Casi las mismas palabras le había dicho un profesor en su vieja escuela militar.
-Antes muerto-. dijo mordaz.
-Muerto no me sirves. Va a tener que ser a la fuerza.
Hades se levantó furioso.
-Yo me encargo padre-. lo detuvo Nico sacando su espada.
Hércules sonrió y saco la suya.
-¿Estas seguro? Tengo miles de años de práctica-. lo reto.
-No te van a servir de nada.
Nico se abalanzó sobre él con la espada dirigida hacia el pecho, y Hércules se vio obligado a defenderse.
Los semidioses habían formado un amplio círculo, rodeando a los espadachines.
Hércules, tras los primeros golpes, había advertido, con sorpresa, que estaba frente a un adversario formidable, decidido a matarlo, y tubo que recurrir a todos sus conocimientos en el manejo de la espada para detener los mortales golpes que le eran dirigidos.
En realidad no era un espadachín despreciable. Alto, robusto, de pulso firme y brazo vigoroso, conocido por su tremenda fuerza, debía oponer una tremenda resistencia y se advertía que no era fácil que se fatigase.
El hijo de Hades, por su parte, era ágil, delgado y con mano nerviosa no le daba un segundo de respiro, como si temiese que aprovechara el menor descuido para traicionarle.
Su espada estaba siempre al ataque, obligándole a concentrar toda la atención posible para evitar caer atravesado; tras cinco minutos Hércules, pese a su vigor poco común, comenzó a resoplar agitadamente. Ya le costaba trabajo detener todas las estocadas de su contrincante, y había perdido la calma. Y recordó que en eso momento era de nuevo un semidiós. En realidad sentía que su pellejo corría peligro y el atractivo cuerpo que tenia delante todo sudado lo distraía.
En cambio, Nico daba la impresión de que acabara de desenvainar la espada...
Con la agilidad de un jaguar salto hacia adelante, atacando con creciente vigor, y tan solo sus miradas de fuego traicionaban la cólera que lo dominaba.
En verdad que sus ojos no se separaban un instante de los de su adversario, como si quisiera perforarlo antes que la espada. El círculo de espectadores se había separado, para dar mas lugar al hijo de Zeus que retrocedía continuamente hacia la pared opuesta.
Thalia, siempre en primera fila, comenzaba a reír a carcajadas viendo llegar a su fin el terrible encuentro.
De pronto Heracles se detuvo frente al muro. Palideció horrendamente y gruesas gotas de furor perlaron su frente.
-¡Basta!...-gritó con voz ronca, afanosa. Aunque en sus ojos todavía se podían notar restos de lujuria.
-¡No!-repuso con voz siniestra rey de los fantasmas. Y se dispuso a cortan su cabeza.
-¡Esta bien! ¡Note molesto mas!-. suplico aterrado.
-Nico recuerda lo que las Moiras prohibieron que se mate a alguien.
Nico respiro hondo y asintió.
-Esta ves las Parcas te salvaron.
Una ves que el ambiente se calmo, se volvieron a sentar. Todavía no lo podían creer. Si bien era cierto que Nico era muy guapo, nunca se imaginaron aquello.
Recogió otra bola y apuntó a Tyson.
-¡Espera! -grité-. ¡Es a mí a quien buscas!
El gigante sonrió con crueldad.
-¿Quieres morir tú primero, joven héroe? Tenía que hacer algo. Contracorriente debía de estar por allí, en alguna parte...
-En los pantalones sesos de algas-. dijo casi gritando Annabeth.
Entonces divisé mis tejanos en un montón humeante de ropa, justo a los pies del gigante. Si conseguía llegar hasta ellos… Sabía que era inútil, pero decidí ir a la carga.
Todos gimieron. Otra brillante idea.
El gigante te echó a reír.
-Se acerca mi almuerzo. -Levantó el brazo para lanzarme un proyectil, y yo me preparé para morir.
-¡NOOOO!-. bramó Poseidón.
Annabeth enrojeció.
De repente, el cuerpo del gigante te puso todo rígido, y su expresión pasó del regodeo al asombro. En el punto exacto donde debía de tener el ombligo se le desgarró la camiseta y apareció algo parecido a un cuerno. No, un cuerno no, era la punta reluciente de una hoja de metal.
La bola se le cayó de la mano. El monstruo bajó la mirada y observó el cuchillo que le había traspasado desde la espalda.
-Uf -murmuró, y estalló en una llameante nube verde. Un gran disgusto, supongo, para sus Ricuras...
Poseidón volvió a tener pulso. El corazón de muchos volvió a su lugar.
De pie, entre el humo que se iba disipando, vi a mi amiga Annabeth.
Tenía la cara mugrienta y arañada; llevaba el hombro una mochila andrajosa y la gorra de béisbol metida en un bolsillo. En la mano sostenía un cuchillo de bronce. Aún brillaba en sus ojos grises una mirada enloquecida, como si hubiera recorrido mil kilómetros perseguida por una manada de fantasmas.
-Solo fueron varios monstruos-. dijo la hija de Atenea como si nada.
-¿Que hacías ahí?-. le pregunto con una sonrisa ladeada Connor.
Annabeth lo fulminó con la mirada.
Matt Sloan, que había permanecido mudo de asombro todo el tiempo, pareció recobrar por fin el juicio. Miró parpadeando a Annabeth, como si la recordase vagamente por la fotografía de mi cuaderno.
-Ésta es la chica… La chica…
Annabeth lo tumbó de un puñetazo en la nariz.
-Déjame en paz, amigo.
-Muy bien querida-. la aprobó Artemisa.
El gimnasio estaba en llamas mientras los chavales seguían gritando y corriendo en todas direcciones. Oí el aullido de las sirenas y una voz confusa por megafonía. Por las ventanillas de las puertas de emergencia divisé al director, el señor Bonsái, que luchaba furiosamente con la cerradura rodeado por un montón de profesores agolpados a su espalda.
-Inútil-. dijeron todos.
-Annabeth… -balbuceé-. ¿Cuánto tiempo llevas...?
-Prácticamente toda la mañana -respondió mientras envainaba su cuchillo de bronce-. He intentado encontrar una ocasión para hablar contigo, pero nunca estabas solo.
-La sombra que he visto esta mañana… -La cara me ardía-. Ay, dioses. ¿Estabas mirando por la ventana de mi habitación?
La mente de todos se aclaro y la sal estallo en carcajadas.
-¡No digan ni una sola palabra!-. grito Annabeth.
Nadie dijo nada, pero muchas mujeres suspiraron recordando las veces que habían espiado a Percy mientras se cambiaba. Tendrían que llevar varios baldes para la baba, claro esta, pero valía la pena. Sin embargo, para su profunda pena, ninguna lo había visto desnudo. Todavía.
-¡No hay tiempo para explicaciones! -me espetó, aunque también ella parecía algo ruborizada-. Simplemente no quería…
-¡Allí! -gritó una mujer.
Las puertas se abrieron con un estallido y todos los adultos entraron de golpe.
-Te espero fuera -dijo Annabeth-. Y a él también. -Señaló a Tyson, que seguía sentado con aire aturdido junto a la pared, y le lanzó una mirada de repugnancia que no acabé de entender-. Será mejor que lo traigas.
Annabeth le pidió nuevamente disculpas y Tyson volvió a decir que no tenia importancia.
-¡Qué dices! -me asombré.
-¡No hay tiempo! -dijo-. ¡Date prisa!
Se puso su gorra de béisbol de los Yankees, un regalo mágico de su madre, y se desvaneció en el acto.
Con lo cual me quedé solo en medio del gimnasio en llamas, justamente cuando el director aparecía, escoltado por la mitad del profesorado y un par de policías.
-¿Percy Jackson? -dijo el señor Bonsái-. ¿Qué…? ¿Cómo…?
-En serio algunos son mas idiotas que otros-. dijo Atenea.
Junto a la pared agujereada, Tyson soltó un quejido y se incorporó entre un montón de ladrillos carbonizados.
-La cabeza duele.
Sonrisas dulces. Tyson se parecía a su hermano. Percy hubiera dicho lo mismo.
Matt Sloan se acercó también. Me miró con una expresión de terror.
-¡Ha sido Percy, señor Bonsái! Ha incendiado el edificio entero. El entrenador Nunley lo contará. Él lo ha visto todo.
-Buchon-. murmuro Hermes volviendo a hablar para la alegría general.
El entrenador había seguido leyendo su revista todo el tiempo, pero - menuda suerte la mía- eligió aquel momento para levantar la vista, al oír que Sloan pronunciaba su nombre.
-¿Eh? Hummm...sí.
Imbécil pensó el dios de los mares.
Los demás adultos se volvieron hacia mí. Sabía que nunca me creerían, incluso en caso de que pudiera contarles la verdad. Entonces saqué a Contracorriente de mis tejanos destrozados.
-Vamos -le dije a Tyson. Y salté a la calle por el agujero de la pared.
-Como todo un profesional-. dijo Jason con una sonrisa.
-Fin del capítulo-. terminó Connor.
-Bueno es hora de arreglar los términos de la competencia-. exigió Atenea- yo elijo a mi hijo Malcom.
-Y yo elijo a mi descendiente Frank Zhang-. dijo Poseidón con orgullo una alegría apenas contenida.
Los dos aceptaron orgullosos y esperaron sus ordenes.
-Muy bien. Cuando sea el momento oportuno se iniciara la competencia y solo en ese momento diré de que se trata-. anuncio Artemisa.
Bueno por fin aquí esta el segundo capítulo. Se que me tarde mucho tiempo y espero que no me odien. Solo diré que he tenido varios exámenes y tenia que estudiar. También tenía problemas con la conexión de internet. Además este capitulo es largo y tarde en escribirlo.
Mil gracias a los que comentaron :)
Ahh myra: antes que nada te informo que no voy a emparejar a Poseidón y Atenea, la verdad ni se me había ocurrido; volví a leer pensando en lo que me dijiste y si, da la impresión de que los voy a juntar, pero no. Va a haber algo con parejas de dioses pero no precisamente eso. Y con respecto a Artemisa, Annabeth y Percy no se, si quieres explícame bien por mensaje privado y veo si lo agrego.
En fin espero que hayan disfrutado del capítulo y si me pueden decir que les pareció… mejor!
Saludos,
ΨΨ HaydeeDantes ΨΨ
