Disclaimer: los personajes de PJ son propiedad de Rick Riordan.
Héroe
Parte: 2
Perseo no quería mentir
-¡Adiós!- dijo solamente.
Las puertas se cerraron al mismo tiempo que su corazón se rompía. Ese «Te amo» y esa promesa que ella le hizo fue lo que le dio fuerzas para terminar.
Con su mano libre tomo su "cantimplora" y vertió en el aire su poco contenido. Sintió un tirón en el estómago y el agua quedó florando, otro tirón y el agua aumento y dejo de ser dulce para ser agua salada; agua salada, agua de mar, allí en el corazón del Tártaro. La colocó alrededor de su mano derecha que esta sobre el botón. Retiró la mano y el agua quedó haciendo presión sobre el botón.
El agua va a hacer presión mientras él viva. Y se iba a encargar de vivir lo suficiente para que Annabeth cierre las puertas y llegue al otro lado.
Tomó su espada y la de Annabeth. Por un segundo dudó; quizá no le tendría que haber quitado su espada, pero rápidamente desechó la idea. Confiaba en sus amigos. Confiaba en Nico, en su promesa de llevarlos hasta las puertas. Confiaba en que ellos estarían al otro lado para ayudarla, que estarían distrayendo o encargándose del gigante, monstruo o de lo que fuera que este custodiando las puertas.
Murmuró una oración y después les dio la espalda y se enfrentó a sus enemigos.
Pero algo pasó.
Bob, el gato y el gigante estaban a su lado. El ejército de monstruos estaba esperando órdenes y unos diez metros los separaban.
Tártaro, Hiperión y Críos se habían retirado dejando a Campe al mando de las tropas. Nix los había llamado y acudieron a la llamada. Obviamente estaban molestos, realmente tenían ganas de encargarse de los traidores y del diosecillo personalmente; pero sabían que no era buena idea hacerla esperar y tuvieron que escuchar a la cordura en vez de atender sus ansias de pelea y venganza. Quizás se hubieran arriesgado a pedirle a Nix que los esperara un momento pero decidieron que al volver de su audiencia con ella verían a través de las memorias del Tártaro el enfrentamiento.
Curiosas son las vueltas del destino. Un solo hilo de la trama infinita que es el telar del destino, puede cambiarlo todo. Porque si hubieran elegido pelear o si Nix no los hubiera llamado el telar sería otro y el destino hubiera sido otro del que fue.
¿Es vasto el espacio que separa la tierra del cielo? ¿O es minúsculo? ¿Diez metros? ¿Quince? Es igual al que separa a dos enemigos en el campo de batalla; es mentira.
El gato saltó del hombro de Bob y cayó al piso transformado, listo para pelear.
Los cuatro se miraron a los ojos y se entendieron como uno solo. Las palabras no eran necesarias; las palabras sobraban.
Percy miro a sus enemigos y estos se estremecieron. Habían allí monstruos a los que ya se había enfrentado y vencido. Y en el fondo le tenían miedo, incluso le temían los monstruos que nunca se habían topado con su espada; porque todos escucharon los rumores, las historias del que se contaban entre los suyos sobre el hijo de Poseidón, y tenían miedo. Por eso no atacaban.
No había tiempo ni modo de reunir más fuerzas. Era poco lo que tenían para enfrentar a los monstruos, de modo que resultaba indispensable conjugar fuerzas con astucia porque si bien sabían que no había escapatoria, vivirían lo más que puedan para matar lo más que puedan.
Percy recordó el rostro iluminado y lleno de felicidad de su amada cuando le dijo por primera vez que la amaba. Y fue en esa sonrisa donde encontró su mayor fuerza y su mayor coraje. Y en ese momento decidió cantar. Iban a la batalla sabiendo que no había atrás, ni regreso, ni rendición. Por eso cantaba. Cantaba porque se preparaba para una batalla feroz y definitiva.
De pronto, como si fuera de otro planeta de lo irreal que parecía, se escuchó una especie de bocina, y sonrió. El ascensor ya había llegado. Ya no era necesario mantener el botón presionado.
Es en esos momentos cuando uno se da cuenta que el tiempo, al igual que el espacio no existe cuando dos fuerzas están a punto de colisionar.
Perseo pronunció el nombre más amado.
-Annabeth ...
A partir de ese momento no volvió a decir una palabra, resuelto a que ninguna otra sea la última.
Respiraron profundo y saltaron hacia el destino. Y antes de avanzar oyó un pájaro cantar.
Fue una batalla que mereció canciones, que mereció himnos. Porque pelaban con tanta bravura y destreza que parecían invencibles. Porque en ese momento lo eran.
Cosas inexplicables suceden en el entendimiento del que mata. Percy recordó la sonrisa clara de su madre y decidió matar decapitando. El aroma dulce del campo de fresas del Campamento Mestizo saturó el aire. Oyó el canto de los hijos de Apolo en la hoguera y hundió las espadas en el pecho de una empusa.
Peleando con una bravura que lo hacía parecer diez veces lo que era, el hijo de Poseidón derramó muerte entre los monstruos. Todo el que se acercaba para darle muerte terminaba convertido en polvo. Mataba con la espada y con la sombra de la espada.
Perseo pelaba sin miedo a la muerte, sin apego a la vida. Perseo fue a la batalla como si la muerte no existiera, como si ya estuviese muerto. Y no tenía piedad porque no podía tenerla.
Peleo como diez, como cien, como mil. Había dejado de ser un hombre para ser una furia.
El tiempo en una batalla transcurre de un modo extraño: se demora, se precipita. Se demora hasta casi detenerse; se precipita. Se demora otra vez, se torna pesado. Y de nuevo regresa al vértigo.
Percy pudo ponerse frente a un enemigo, determinar el tipo de alimaña, renovar la furia… La dracanea pudo empuñar su arma, el semidiós pudo alzar la espada. Todo tan lentamente como imágenes de un sueño.
Pero antes del golpe, el tiempo volvió a precipitarse: la batalla se hizo griterío y chorros de sangre y polvo. Cayó la espada de Percy sobre el hombro de la dracanea. El puño del Titán estalló en la espalda de un enemigo. El gato hundió sus garras y colmillos.
En las batallas el tiempo transcurre de un modo extraño. Por eso en medio de gritos, acribillando y descuajando, un hombre puede escuchar un pájaro que canta.
Matar al hijo del mar era la orden que los mandos repetían. Un grupo de monstruos se reunió para cargar sobre el semidiós.
Y allí, otra vez, la guerra se hizo lenta.
Un monstruo recorrió con sus ojos el sudor que descendía por el brazo levantado de Percy y llegaba hasta su hombro. Otro vio el golpe de su corazón en el pecho de Perseo.
El descendiente del océano enfrentó a un monstruo y vio que era uno de rango. Pudo mirarlo a los ojos mientras blandía la espada.
El tiempo en una batalla transcurre de un modo extraño.
Primero la leyenda; después, el guerrero. Perseo entró al campo de batalla precedido por el renombre de su brazo. Erguido y feroz, cubierto de sudor y polvo, el sudor propio, el polvo de los que había matado; más que nunca semejante a una leyenda, el espanto se derramó sobre los monstruos. Porque Perseo era uno que había nacido donde debieron nacer diez.
Por el recuerdo de los que amaba Percy se hizo invencible. Con el rostro por momentos inexpresivo, por momentos lleno de ira y odio; matando con la mirada sembró muerte y destrucción entre el bando enemigo. Con cada movimiento, con cada mirada, con cada exhalación producía cientos de bajas.
Pero no todo dura para siempre.
No vio una sombra que se agazapaba a su espalda esperando el momento preciso para dar muerte. Y cuando la muerte le entró en el cuerpo, el grito de Percy golpeó contra el cielo. Sintió entrarle un dolor por el brazo izquierdo, sintió un dolor en el hombro, sintió un dolor en el pecho y supo que ya estaba en territorio de la muerte. La figura del perro del infierno oscilaba y se oscurecía frente a sus ojos ¿Era Annabeth la que escribía inclinada sobre la mesa? Sí, era Annabeth que danzaba con su pelo de oro brillando el día de la celebración en el Olimpo cuando rechazó la divinidad; el día que comenzó el amor. Todavía, antes de que la muerte acabara de cerrar la puerta, tuvo tiempo el más grande guerrero de todos los tiempos de mirar lo que lo rodeaba y creer que era el mar tranquilo bañado por la luz de un cálido atardecer en su playa de Montauk. Tuvo tiempo de mirar hacia arriba y ver el cielo del Campamento con su bosque en invierno. En el último instante que le correspondía derramó una lágrima y se puso a soñar.
¡No me odien! Todo está fríamente calculado y ya falta menos para que Percy vaya al Olimpo.
Bueno tengo que aclarar algunas cosas.
La Annabeth que está en el Olimpo viene del Héroe perdido antes de zarpar en el Argo II para ir al Campamento Júpiter, así que no ve a Percy desde que desapareció.
Por otra parte el que está en el Olimpo es Heracles (griego). Solo utilizo el nombre Hércules como sinónimo para no repetir Heracles muchas veces seguidas; al igual que utilice selva y bosque como sinónimo en la cacería de Frank y Malcolm. Y sí, le gusta Nico, pero es en esta historia, no digo que pueda ser de verdad o algo asa. Uno puede jugar un poco con las personalidades y eso, bueno me parece a mí. Y si Heracles es un dios, pero las Parcas lo trajeron como humano, perdón si eso no quedó claro. Más adelante me voy a explayar más en ese punto.
Mil gracias a los que comentaron, siguen, pusieron como favorito o simplemente leen la historia. Las críticas son necesarias al igual que la corrección de errores y no puedo mas que agradecer.
En fin espero que les haya gustado y que lo hayan disfrutado.
Saludos, HaydeeDantes.
