Disclaimer: los personajes de PJ son propiedad de Rick Riordan.
Capítulo № 5: Me asignan un nuevo compañero de cabaña.
Una vez que los calmaron Hestia dijo que era mejor ir a dormir y al otro día seguir más tranquilos.
Todos estuvieron de acuerdo. No se habían dado cuenta de lo cansados que estaban, aunque en realidad no habían hecho más que estar sentados leyendo o escuchando una lectura. En resumen, todos (excepto Frank y Malcolm) estaban cansados de no hacer nada.
Durante la comida Hazel le había a Ariadna que le deje dormir solo por esa noche en su templo. Y como ella se alojaba en un templo distinto al dedicado a su esposo y no en el templo de Dionisio, ya que este lo consideraba (como todos los dioses) simplemente como de homenaje, la dejo. Aunque al principio el dios del vino se mostró reacio a hacerlo porque no quería dormir en su templo junto con el sátiro y Quirón porque el centauro seguramente le iba a pedir que jueguen a las cartas y no tenía ánimos para perder. Al final acepto con la condición de que Hazel le dijeron porque quería pasar la noche allí. Hazel le confeso que quería hablar con Frank para saber si seguían sintiendo lo mismo uno por el otro ya que Frank venia de un futuro más lejano que el de ella. Lo exagero un poco pero funciono.
Estuvieron hablando hasta altas horas de la noche. Frank no le podía contar cosas del futuro, pero le explico porque ella ya no llevaba su trozo de leñada quemada, cosa que la había mantenido triste y preocupada pensando que Frank ya no confiaba en ella.
Terminaron hablando de cualquier tontería hasta que por fin Frank entro en el cuarto de baño con algunas ropas y un cepillo de dientes, y salió unos minutos después con un pijama de algodón azul que combinaba perfectamente con su piel.
Algo de esta imagen, y su fracaso a la hora de fingir indiferencia, la hizo reír con todas sus fuerzas, aunque le ardían las mejillas, y después él también se puso a reír. Ambos rieron hasta que lágrimas rodaron por sus rostros. Poco a poco la risa fue menguando hasta que los dos quedaron serios mirándose a los ojos. Ella con una propuesta silenciosa brillando en la mirada, esperando la reacción de él, la reacción que sería definitiva para la decisión de ella.
Frank comprendió al instante lo que quería su novia y en sus ojos se reflejaron la sorpresa, la duda y el miedo. Y Hazel sonrió. Era eso lo que necesitaba. Si los ojos de Frank hubieran mostrado lujuria, ansias o deseo ella hubiera desechado la idea al instante. Pero no, hay estaba su Frank tal y como ella lo quería, el Frank del que se enamoró. Vio que seguía siendo el mismo, un poco cambiado sí, pero el mismo.
-Te quiero-. Le dijo Frank.
-Y yo a ti-. Le contesto Hazel con una sonrisa.
Ambos están temblando. Frank se mira la mano derecha, la extiende. Un leve temblor. Pero, ¿qué más da, no? Siempre y cuando seda ante los nervios. ¡Menuda noche! Una noche exuda feromonas igual que una nebulosa escupe estrellas.
En la cama, bajo una luz muy tenue, Frank y Hazel interrumpen una tentativa de beso. Abren los ojos. Separados por unos pocos centímetros, sus labios aspiran la misma mescla de aire. Hazel lleva los auriculares del Mp5 de Frank (no quiere tener un iPod ¿Por qué? No lo sabe) y ahora se los saca.
-Muy bueno
-¿Te gusta?-. Pregunta Frank ansioso.
-Sí.
Qué maravilla que no esté claro si habla de la canción, del beso, o de las dos cosas.
-¿Quieres desabrocharme la blusa?-. Le pregunta Hazel antes de que la vergüenza la haga arrepentirse.
-Vaya. Uf. Sí. Claro. Es sólo que…
-Bueno, adelante.
-¿Estas segura?
-Sí, te quiero y quiero hacerlo.
-Yo también te quiero.
Frank tomo su cuello. Su beso fue de una dulzura angelical que la dejo sin aliento.
Cuando se encontraron tendidos en la pulcra cama, Hazel sabía muy poco sobre los tejemanejes entre los amantes y sus ropas. En los brazos de su amado sintió que nada malo le podía pasar, supo que iba a estar bien y segura, que no la iba a lastimar.
Cada prenda se le antojo una decisión trascendental, empezando por la chaqueta del pijama de Frank. Cuando se la quitó, apareció un torso de alabastro, de hombros increíblemente musculosos. Despojarse de su blusa y del corpiño negro fue tanto decisión de ella como de él. Frank le dijo que le encantaba el color de su piel, porque era tan diferente del suyo, y era verdad que su brazo nunca había parecido tan oliváceo en comparación con la nieve de Frank. Él, sin vacilar, paso su mano fuerte sobre ella, y sobre sus ropas restantes, y por primera vez ella hizo lo mismo, y así descubrió los contornos extraños del cuerpo masculino. Tuvo la sensación, mientras tocaba su abdomen, de estar recorriendo con timidez los cráteres de la luna, una luna hirviendo, una luna en estado de ebullición, una luna expectante y mortalmente atractiva y seductora a la que nadie se puede resistir. Su corazón martilleaba con tal violencia que por un momento temió que fuera a golpearle en el pecho. Con lentitud pero también con decisión se quitaron las pocas ropas que quedaban y dos cuerpos que se deseaban como nunca se vieron y tocaron desnudos por primera vez.
Un poco después Frank saca un cedé y lo pone en un reproductor. Pero no es rock, pop o rap. Es ópera. Lo pone en marcha.
-«Mi corazón tiembla ante el sonido de tu voz». Lo sé, es un poco anticuado.
-Yo soy anticuada- sonríe-. Cuando el amor es verdadero todo es anticuado.
Entonces Frank camina desnudo hacia su Hazel, que está sentada en la cama, cubierta por una sábana. Él se mete en la cama. El cuerpo de Hazel está más caliente de lo que esperaba. Tumbados de lado, sus manos comienzan a explorar. Se tocan. Las manos trazan las formas vivas. Las formas antes desconocidas. Las formas de la respiración. Las formas del jadeo y de la falta de aliento. Lo duro y lo blando. Las entradas y salidas. Lo seco y lo húmedo y lo más húmedo además de lo fresco y lo cálido y lo más cálido. Tantos lugares. Tantísimas sensaciones. Él está dentro de ella. Ella lo rodea. Él, ella, él, ella. Así que es esto: esto es lo que llaman hacer el amor. Esto se sale de la escala de Richter. Es como… es como el Aleluya y el Hosanna y el Altísimo y el Gloria in excelsis Deo y el Cielo en la Tierra y un ¡Shhh! Todo dentro de un gran Big Bang. Ninguno de los dos nunca había probado nada parecido. Y con desesperación querían más.
-Es como una lucha. En la que los dos bandos intentan que gane el otro-. Dijo Frank como un auténtico hijo de la guerra.
-Eso ha sido bonito.
Y siguieron haciendo el amor. Lenta, nerviosa, tímidamente, donde todo error es un recuerdo perfecto, un recuerdo que durará más que los no errores.
Más tarde, tras el coito, mientras ella duerme, él se levanta de la cama y se acerca a la ventana.
La luz de la luna entra a raudales. Una hermosa noche para estar vivo. Él cierra los ojos más feliz de lo que nunca ha estado. De pronto siente un cuerpo desnudo sobre su cuerpo desnudo. Es Hazel que se pone delante de él y toma sus brazos desnudos y él los pasa por debajo de los jóvenes pechos al descubierto.
Hazel recuerda todas las emociones y hechos de esa noche. Recuerda también que ya no es una niña. Y una sonrisa le viene a la cara. Ha perdido la virginidad. Está exultante. Ahora ya forma parte del mundo. Para lo bueno y para lo malo.
Frank le da una sola flor, una rosa. Una rosa hermosa. La huele, el perfume es exquisito al igual que él. La acerca a su corazón palpitante. En el reproductor vuelve a sonar «Mi corazón tiembla ante el sonido de tu voz». Ambos sonríen, felices.
-El sol está saliendo. Va a volver a ser un día hermoso.
(línea divisora)
Mientras desayunaban, todos notaron que el sol volvió a salir. Y de eso hablaron todos durante el desayuno. ¿Las Parcas habían dejado que el tiempo siga su curso con normalidad? ¿El tiempo volvió a correr entre los mortales? ¿O solo en el Olimpo para que ellos tengan una guía sobre las noches, los días, los horarios de la comida y el descanso? ¿Qué había cambiado? ¿Algo había cambiado? Nadie sabía la respuesta. Y en el fondo a nadie le interesaba saberla. A Atenea y a sus hijos dejo de importarles porque sabían que nunca había que cuestionar a las Moiras aunque estaban un poco molestos por no conocer la respuesta. Al resto no le interesaba, pasó y eso es lo importante ¿Para qué complicarse?
Cuando terminaron de desayunar fueron a la sala de tronos y se ubicaron en sus asientos. Apolo se ofreció para leer ante la mirada sorprendida de su gemela y de sus cazadoras.
-¿Sabes leer?- preguntó Artemisa con fingida sorpresa.
-¡Por supuesto que sí! ¡Soy el dios de la poesía!-. Le contesto un indignado y avergonzado Apolo.
-Bueno ya basta no empiecen-. Los retó Zeus que sabía que Apolo iba a terminar con una flecha clavada en quién sabe dónde.
Apolo tomó el libro y se aclaró la garganta:
Me asignan un nuevo compañero de cabaña.
Apolo se detuvo pensativo. Todo el mundo rodo los ojos. Algunos exasperados, otros divertidos.
¿Alguna vez has llegado a casa y te has encontrado tu habitación hecha un lío?
-Sí, me pasa siempre-. Dijo Travis frunciendo el ceño.
-Sera porque así la dejaste-. Le contestó burlona Kate mientras Travis enrojecía por la risa de los demás.
¿Acaso algún alma caritativa (hola, mamá) ha intentado «limpiarla» y, de repente, ya no logras encontrar nada?
Esta vez todos los semidioses gritaron «SIII» a coro, tanto mujeres como varones sin distinción. Incluso algunos dioses asintieron comprendiendo, como si les hubiera pasado a ellos también mientras miraban de reojo a Hera, para diversión de los semidioses.
-¿Qué?-. Pregunto Hera al notar las miradas- Hay que tener a los hijos controlados y vigilados. Sin contar con que tienen todo desordenado y tirado por ahí-. Afirmo la diosa seria y con convicción.
Sus hijos se quejaron, hicieron puchero y bufaron como niños chiquitos para la gracia y diversión del resto de la Sala.
E incluso si no falta nada, ¿no has tenido la inquietante sensación de que alguien había estado husmeando entre tus pertenencias y sacándole el polvo a todo con cera abrillantadora de limón?
-Sí, y se creen que dejan todo como estaba-. Se quejó Piper mirando a Drew.
Sus hermanos asintieron mientras Drew se ponía roja por la ira y la vergüenza ante la risa y las burlas de los demás.
Así es como me sentí al ver el Campamento Mestizo de nuevo.
La mayoría de los semidioses griegos que estuvieron ese año hicieron una mueca de disgusto. Ellos sintieron lo mismo.
A primera vista, las cosas no parecían tan diferentes. La Casa Grande seguía en su sitio, con su tejado azul a dos aguas y su galería cubierta alrededor; los campos de fresas seguían tostándose al sol. Los mismos edificios griegos con sus blancas columnas continuaban diseminados por el valle: el anfiteatro, el ruedo de arena y el pabellón del comedor, desde donde se denominaba el estuario de Long Island Sound. Y acurrucadas entre los bosques y el arroyo, las cabañas de siempre: un estrafalario conjunto de doce edificios, cada uno de los cuales representaba un dios del Olimpo.
Los griegos suspiraron con añoranza, ya extrañaban su campamento. Los romanos tuvieron, de nuevo, ganas de conocerlo.
Pero ahora el peligro estaba en el aire y podías percibir que algo iba mal; en vez de jugar al voleibol en la arena, los consejeros y los sátiros estaban almacenando armas en el cobertizo de las herramientas. En el lindero del bosque había ninfas armadas con arcos y flechas charlando inquietas, y el bosque mismo tenía un aspecto enfermizo, la hierba del prado se había vuelto de un pálido amarillo y las marcas de fuego en la ladera de la colina resaltaban como feas cicatrices.
-Parecía un campamento de guerra-. Recordó un hijo de Ares
Alguien había desbaratando mi lugar preferido de este mundo, y no me sentía…bueno, ni medianamente contento.
-Traducción: estaba enojado-. Comento Annabeth.
Los semidioses (incluidos Quirón, Rachel, Tyson y Ella) que lo conocían enojado se estremecieron, un escalofrío de miedo les recorrió la espalda.
-Solo mirarlo daba miedo- dijo Will.
-Si mataba con la mirada- continuó Jake mientras se encogían en sus lugares al recordarlo.
Entonces los griegos nuevos (que llegaron cuando Percy estaba desaparecido y que ni siquiera lo habían visto de lejos) y los romanos que no lo habían visto realmente enojado los miraron sorprendidos y medio incrédulos. En especial Octavio que trato de aparentar que el hijo de Poseidón no le daba miedo, pero estaba temblando porque Percy le había dirigido miradas cargadas de furia y casi se hacía encima del susto, pero por supuesto nunca lo iba a admitir.
Mientras nos encaminábamos a la Casa Grande, reconocí a un montón de chavales del verano pasado, pero nadie se detuvo para charlar. Nadie me dio la bienvenida.
-Estábamos ocupados reparando los daños y preparándonos para un nuevo ataque-. Se apresuró a aclarar un hijo de Demeter ante la mirada interrogante de los romanos y los dioses.
Algunos reaccionaron al ver a Tyson, pero la mayoría pasó de largo con aire sombrío y continuó con sus tareas, como llevar mensajes o acarrear espadas para que las afilasen en las piedras de amolar. El campamento parecía una escuela militar, y sé de lo que hablo, créeme, a mí me habían expulsado de un par.
Nadie pudo evitar reírse estrepitosamente, en especial los griegos que estaban un poco mal por los recuerdos. Pero al poco tiempo se pusieron tristes de nuevos, porque todos pensaron que en esos momentos Percy era el único que les podía levantar el ánimo con solo un comentario y eso les recordó que no estaba ahí con ellos.
Nada de todo eso le importaba a Tyson, pues estaba absolutamente fascinado por lo que veía.
-¿Qués-eso? -preguntó asombrado.
-Los establos de los pegasos -le dije-. Los caballos voladores.
-¿Qués-eso?
-Ah…los baños.
-¿Qués-eso?
-Las cabañas de los campistas; si no saben quién es tu progenitor olímpico, te asignan la cabaña de Hermes (esa marrón de allí), hasta que determinan tu procedencia. Una vez que lo saben, te ponen en el grupo de tu padre o tu madre.
Me miró maravillado.
Todos los campistas miraron a Tyson con una sonrisa agradecida.
-¿Tú…tienes cabaña?
-La número tres.-Señalé un edificio bajo de color verde, construido con piedras marinas.
-¿Tienes amigos en la cabaña?
-No. Sólo yo.-En realidad no me apetecía explicárselo, contarle la verdad embarazosa:
-¿Embarazosa?- pregunto Poseidón dolido pensando que a Percy le daba vergüenza ser su hijo.
yo era el único que ocupaba aquella cabaña porque se suponía que no debía estar vivo.
-Ah…- susurró el dios del mar agachando la cabeza. Eso no lo hacía sentirse mejor.
Los Tres Grandes (Zeus, Poseidón y Hades) habían hecho un pacto después de la Segunda Guerra Mundial para no tener más hijos con los mortales. Nosotros éramos más poderosos que los mestizos corrientes. Éramos demasiado impredecibles. Cuando nos enfurecíamos teníamos tendencia a crear problemas…
-En especial Percy, ¿No Thalia?- pregunto burlonamente Connor- Si no hubiera aparecido la momia esa te habría ahogado-. Terminó con una sonrisa que se borró cuando se dio cuenta que lo dijo muy fuerte.
Ante las preguntas que siguieron ninguno quiso contestar diciendo que seguramente aparecía en algún libro. Refunfuñando Apolo continúo leyendo.
como la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo. El pacto de los Tres Grandes se había roto sólo dos veces: una, cuando Zeus engendró a Thalia; otra, cuando Poseidón me engendró a mí.
-¡Por fin!-. grito Thalia con una alegría teatral.
-¿Qué mosca te pico?-. le pregunto extrañado Nico mientras se rascaba la nuca confundido y provocando algunos suspiros.
-¡Dijo solamente mi nombre sin decir que soy hija de Zeus!
Casi todos rieron menos Zeus que entrecerró los ojos, y Hércules que no podía creer que dijera eso.
Ninguno de los dos tendríamos que haber nacido.
Hera asintió ante lo dicho. En realidad no tenía nada contra el hijo de Poseidón, era buen hijo y sería un buen esposo, sin contar con que tampoco no le caía especialmente mal el dios del mar. Pero estaba haciendo todo el esfuerzo del mundo para no acabar con los hermanos Grace.
Thalia había acabado convirtiéndose en un pino a los doce años.
Thalia sonrió satisfecha y deseando que el sesos de alga no lo arruine diciendo de quien era hija.
Yo… bueno, estaba haciendo todo lo posible para no seguir su ejemplo; tenía pesadillas sobre aquello en lo que podría convertirme Poseidón si alguna vez me encontraba al borde de la muerte. Quizá un plancton, o en una alga flotante.
Y nadie pudo, o nadie quiso, contener la risa por las ocurrencias de Percy, que duro varios minutos y causo varias lágrimas ¡Como lo extrañaban! ¡Como hacía falta su humor y su sarcasmo tan particulares y tan propios de él!
-¡¿No lo estarás pensando!?- grito Démeter al ver a Poseidón pensativo.
-¿Quee..? ah.. ¡No! ¡Cómo se te ocurre!-. le contesto el dios del mar todo colorado porque ciertamente había pensado en que lo convertiría en un caso así, pero no que lo pensaba hacer porque sí.
Por esto las risas continuaron un rato más hasta que Zeus carraspeo amenazante y todos se callaron y Apolo siguió leyendo. Zeus sonrió arrogante porque acataron su orden/amenaza. El resto de los dioses rodó los ojos.
Cuando llegamos a la Casa Grande, encontramos a Quirón en su apartamento, escuchando su música favorita de los años sesenta mientras preparaba el equipaje en sus alforjas. Supongo que debería mencionarlo: Quirón es un centauro. De cintura para arriba parece un tipo normal de mediana edad, con un pelo castaño rizado y una barba desaliñada; de cintura para abajo es un caballo blanco. Para pasar por humano, comprime la mitad inferior de su cuerpo en una silla de ruedas mágica.
Apolo y Hermes miraron del libro al centauro, del centauro al libro, comparando y asentían con seriedad fingida causando nuevas risas a costa del pobre Quirón que no sabía dónde meterse.
De hecho, se hizo pasar por mi profesor de latín cuando yo estaba en sexto, pero la mayor parte del tiempo (siempre que el techo sea lo bastante alto) prefiere pasearse con su apariencia de centauro.
Quirón sonrió por lo bien que Percy lo conocía, porque la mayoría pensaba que el centauro prefería andar en su silla de ruedas y él no entendía cómo podían pensar eso, para él era bastante obvio que prefería poder caminar, pero bueno allá ellos. Los semidioses griegos se mostraron sorprendidos.
Nada más verlo. Tyson se detuvo en seco.
-¡Poni! -exclamó en una especie de arrebato.
Quirón se volvió con aire ofendido.
Esta vez le sonrió cariñosamente frenando las disculpas del cíclope y sacándole una sonrisa de vuelta.
-¿Cómo dices?
Annabeth corrió a abrazarlo.
-Quirón, ¿qué está pasando? No irás a marcharte, ¿verdad? -le dijo con voz temblorosa. Quirón era como un segundo padre para ella.
Esta vez fue el turno de Annabeth de sonreírle agradecida a Quirón. Atenea también le sonrió al centauro por cuidar de su hija.
Él le alborotó el pelo y la miró con una sonrisa bondadosa.
-Hola, niña. Y Percy, cielos. Has crecido mucho este año.
Todas las chicas de la cabaña de Afrodita y muchas de otras, suspiraron pensando que Percy cada año estaba más bueno. Annabeth gruño por lo bajo, Percy era de ella y de nadie más.
Tragué saliva.
Nuevos suspiros acompañados de mordidas de labio al imaginarse la garganta y la nuez de Adán del hijo del mar al tragar saliva o lo que sea.
-Clarisse ha dicho que tú… que te han…
-¡Despedido!-Había una chispa de humor negro en su mirada-. Bueno, alguien debía cargar con la culpa porque el señor Zeus estaba sumamente disgustado. ¡El árbol que creó con el espíritu de su hija ha sido envenenado! El señor D tenía que castigar a alguien.
Dionisio se encogió en su trono ante las miradas que todos le dirigían.
- A alguien que no fuera él-refunfuñé. Sólo pensar en el director, el señor D; ya me enfurecía.
Los semidioses y el propio Quirón se estremecieron, los semidioses imaginando a Percy en ese momento enojado, y Quirón al recordarlo.
Los griegos recordaron la batalla de Manhattan. Recordaron cuando les agradeció por haber ido y cuando se despidió de Quirón. Lo recordaron durante toda la batalla. Recordaron su mirada, su rostro, su porte, su andar; toda su persona irradiaba poder y decisión, así como su mirada reflejaba todo su enojo e ira; y aunque Percy en esos momentos daba miedo, sabían que ese enojo no estaba dirigido a ellos sino a sus enemigos y ellos lo sabían y por eso los monstruos y semidioses de Cronos tenían el miedo grabado en sus ojos cuando lo miraban. Y por supuesto el hijo de Poseidón era ajeno a esto, ya que estaba preocupado en otras cosas, es decir de protegerlos. Por esto los campistas sabían que Percy no se había hecho invencible por el poder, para parecerse a Aquiles ni nada por el estilo, lo había hecho por ellos. También recordaron como sus hombros se encorvaron bajo el peso de la responsabilidad cuando Quirón lo dejo a cargo del mando del pequeño ejército que formaban y a pesar de que no quería, ocupo su lugar como líder y no los defraudo. Y todo eso eran cosas que los campistas jamás iban a dejar de agradecerle y tampoco iban a tener como compensarle que haya estado allí para ellos, cuando lo necesitan, y sabían que Percy no quería que se lo compensen o lo premien, aunque eso solo hacía que lo admiren más.
-¡Pero es una locura! -exclamó Annabeth-. ¡Tú no puedes haber tenido nada que ver con el envenenamiento del árbol de Thalia!
-Sin embargo -repuso Quirón suspirando-, algunos en el Olimpo ya no confían en mí, dadas las circunstancias.
Los dioses se removieron inquietos. Eso era verdad.
-¿Qué circunstancias? -pregunté.
Su rostro se ensombreció. Metió en las alforjas un diccionario de latín-inglés, mientras la voz de Frank Sinatra seguía sonando en su equipo de música.
Los semidioses griegos y los dioses miraron divertidos al centauro por su gusto musical. Apolo pensaba que al menos tenía uno, no como otros dioses que eran unos amargos/as.
Tyson seguía contemplándolo, totalmente flipado. Gimoteó como si quisiera acariciarle el lomo pero tuviera miedo de acercarse.
Algunos estaban extrañados (romanos) de que un cíclope le tenga miedo a un centauro, mientras que otros comprendían que en ese momento era un niño.
-¿Poni?
Quirón lo miró con desdén.
El mencionado bajo la cabeza, avergonzado.
-Mi estimado cíclope, soy un cen-tau-ro.
-Quirón -le dije-, ¿qué ha pasado con el árbol?
-Eso, ¿Qué paso?- pregunto Octavio demasiado interesado.
Él meneó la cabeza tristemente.
-El veneno utilizado contra el pino de Thalia ha salido del inframundo, Percy. Una sustancia que ni siquiera yo había visto nunca; tiene que proceder de algún monstruo de las profundidades del Tártaro.
Ante la mención de ese nombre todos, sin excepción se estremecieron. Frank y Jason parecían de pronto tristes y los que lo notaron fruncieron el ceño, pensativos.
-Entonces, ya sabemos quién es el responsable. Cro…
-No invoquen el nombre del señor de los titanes, Percy. Especialmente aquí y ahora.
Los dioses asintieron conformes.
-¡Pero el verano pasado intentó provocar una guerra civil en el Olimpo! Esto tiene que ser idea suya; habrá utilizado al traidor de Luke para hacerlo.
Ahora fue el turno de Hermes y sus hijos de bajar la cabeza, pero entristecidos y dolidos.
-Quizá -dijo Quirón-. Pero temo que me consideran responsable a mí porque no lo impedí ni puedo curar al árbol.
Todos los dioses (menos Zeus que se dio cuenta que quizá estuvo mal al culpar a Quirón pero no iba a admitir) le dieron una mirada de disculpa a Quirón.
Sólo le quedan unas semanas de vida. A menos…
-¿A menos que qué? -preguntó Annabeth.
Poseidón frunció el ceño preocupado no quería que fuera lo que estaba pensando. Atenea solo rogo que esta vez su hija no estuviera involucrada.
-Nada -dijo Quirón-. Una idea estúpida. El valle entero sufre la acción del veneno;
Zeus frunció en seño pero nada más. Ya se había exaltado mucho y no se quería exponer más. Toda la noche se había quedado en trono enfurruñado y murmurando acerca de que como podían ultrajar de ese modo a un hijo suyo. Él es el rey de los dioses y lastimar a sus hijos era como tocarlo a él, y eso era algo que no toleraba. Él es el dios mayor y lo tenían que respetar.
las fronteras mágicas se están deteriorando y el campamento mismo agoniza. Sólo hay una fuente mágica con fuerza suficiente para revertir los efectos de ese veneno. Pero se perdió hace siglos.
Esta vez todos los dioses se dieron cuenta y entendieron el título del libro. Dionisio se preguntó si tendría que ver con que Grover sea un señor salvaje, aunque lo creía poco probable, esas tres viejas cabras no salían del campamento.
-¿Qué es? -pregunté-. ¡Iremos a buscarla!
Quirón cerró las alforjas y pulsó el stop de su equipo de música. Luego se volvió, puso la mano en mi hombro y me miró a los ojos.
-Percy, tienes que prometerme que no actuarás de manera irreflexiva. Ya le dije a tu madre que no quería que vinieras este verano, es demasiado peligroso. Pero ya que has venido, quédate, entrénate a fondo y aprende a pelear. Y no salgas de aquí.
-No le hace caso, ¿No?-. pregunto Hermes.
Los griegos negaron con la cabeza. Poseidón gimió.
-¿Por qué? ¡Quiero hacer algo! No puedo dejar que las fronteras acaben fallando. Todo el campamento será…
-Arrasado por los monstruos-terminó Quirón-...
Octavio sonrió ante la imagen de los griegos muertos en el césped. Por su parte Hércules sonrió ante la posibilidad de que el tipejo ese muera allí.
….Sí, eso me temo. ¡Pero no debes dejarte llevar por una decisión precipitada! Podría ser una trampa del señor de los titanes. ¡Acuérdate del verano pasado! Por poco acaba tu vida.
Atenea entendió para que envenenaron el árbol, pero no entendió para que quería el vellocino. Suspiró enojada por no saberlo, y estaba segura que la respuesta era obvia, pero no la veía.
Era cierto, pero aun así me moría por ayudar de alguna manera, y quería hacerle pagar a Cronos su comportamiento. Desde luego, uno tendería a creer que el señor de los titanes ya habría aprendido la lección eones atrás, cuando fue derrocado por los dioses. El hecho de que lo hubiesen despedazado en un millón de trozos y arrojado a las profundidades más oscuras del inframundo tendría que haberle indicado sutilmente que nadie quería ni verle.
Esta vez nadie, absolutamente nadie, pudo evitar reírse locamente. Muchos soltaron lágrimas. Lo extrañaban demasiado. Necesitaban su humor y sus comentarios.
Pues no. Como era inmortal, seguía vivo allá abajo, en el Tártaro, sufriendo dolores eternos y deseando regresar para vengarse del Olimpo. No podía actuar por sí mismo, pero era un auténtico maestro en el arte de manipular la mente de los mortales e incluso de los dioses para que hiciesen el trabajo sucio.
-Vaya lo explico bien, claro y simple-. Dijo Artemisa asombrada porque pensaba, al igual que Atenea, que el chico no lo tenía claro o no lo consideraba.
El envenenamiento tenía que ser cosa suya. ¿Quién, sino, podría ser tan vil como para atacar el árbol de Thalia, lo único que quedaba de una semidiosa que había entregado su vida heroicamente para salvar a sus amigos?
Thalia enrojeció y sollozó, mientras se lamentaba, otra vez, no haberlo tratado bien desde el principio.
Annabeth hacía esfuerzos para no llorar. Quirón le secó una lágrima de la mejilla.
Thalia le sonrió a la hija de Atenea quien se la devolvió.
-Permanece junto a Percy, niña -le dijo-. Y mantelo a salvo. La profecía… ¡acuérdate!
-S-sí, lo haré.
-Hummm…-murmuré-. ¿Te refieres por casualidad a esa profecía superpeligrosa en la que yo aparezco, pero que los dioses os han prohibido que me contéis?
Nadie respondió.
-Está bien -dije entre dientes-. Sólo era para asegurarme.
-Odia cuando pasa eso-. Comentó Grover nostálgico.
-Quirón…-dijo Annabeth-. Tú me contaste que los dioses te habían hecho inmortal sólo mientras fueses necesario para entrenar a los héroes; si te echan del campamento…
Se escuchó un jadeo general. A nadie se le había ocurrido eso. Ni a los dioses, ni los griegos que recién escuchaban la historia, pero que no habían estado allí. Ni tampoco habían pensado en eso los campistas que si estuvieron ese año, excepto Annabeth, pero gracias a Percy que le había hacho darse cuenta.
-Jura que harás todo lo que puedas para mantener a Percy fuera de peligro -insistió él-. Júralo por el río Estigio.
-Lo juro… por el río Estigio -dijo Annabeth.
Un trueno retumbó.
-Muy bien -dijo Quirón, al parecer más aliviado-. Quizá recobre mi buen nombre y pueda volver. Hasta entonces, iré a visitar a mis parientes salvajes en los Everglades. Tal vez ellos conozcan algún antídoto contra el veneno que a mí se me ha olvidado. En todo caso, permaneceré en el exilio hasta que este asunto quede resuelto…de un modo u otro.
La cabaña de Hermes sonrió pícaramente al recordar a los parientes de Quirón. Les habían dado unas ideas buenísimas para unas bromas espectaculares que fueron el bum del momento en el campamento.
Annabeth ahogó un sollozo. Quirón le dio unas palmaditas en el hombro con cierta torpeza.
-Bueno, bueno, niña, tengo que dejarte en manos del señor D y del nuevo director de actividades. Esperemos…bueno, tal vez no destruyan el campamento tan deprisa como temo.
Octavio gruño deseando lo contrario.
-¿Quién ese Tántalo, por cierto?-pregunté-. ¿Y cómo se atreve a quitarte tu puesto?
Los dioses le lanzaron miradas enojadas al libro preguntándose cómo habían puesto a ese en el lugar del centauro.
Una caracola resonó en todo el valle. No me había dado cuenta de lo tarde que se había hecho. Era la hora de reunirse con todos los campistas para cenar.
Los hombres se relamieron.
-Id ya -dijo Quirón-. Lo conoceréis en el pabellón. Me pondré en contacto con tu madre, Percy, y le contaré que estás a salvo; a estas alturas debe de estar preocupada. ¡Recuerda mi advertencia! Corres un grave peligro. ¡No creas ni por un instante que el señor de los titanes se ha olvidado de ti!
Y dicho esto, salió del apartamento y cruzó el vestíbulo con un redoble de cascos, mientras Tyson le gritaba: -¡Poni, no te vayas!
Muchos sonrieron con ternura.
Me di cuenta entonces que había olvidado contarle mi sueño sobre Grover. Ya era demasiado tarde; el mejor profesor que había tenido nunca se había ido tal vez para siempre.
Tyson empezó a llorar casi tan escandalosamente como Annabeth. Intenté convencerlos de que todo iría bien, pero no me lo creía ni yo.
-En realidad nos reconforto mucho-. Dijo Annabeth.
El sol se estaba poniendo tras el pabellón del comedor cuando los campistas salieron de sus cabañas y se encaminaron hacia allí. Nosotros los miramos desfilar mientras permanecíamos apoyados contra una columna de mármol. Annabeth se hallaba aún muy afectada, pero prometió que más tarde vendría a hablar con nosotros y fue a reunirse con sus hermanos de la cabaña de Atenea: una docena de chicas y chicos de pelo rubio y ojos verdes como ella.
Ares observó a su hijo romano preferido.
Annabeth no era la mayor, pero llevaba en el campamento más veranos que nadie; eso podrías deducirlo mirando su collar: una cuenta por cada verano, y ella tenía seis. Así pues, nadie discutía su derecho de ser la primera en la fila.
Luego pasó Clarisse, encabezando el grupo de la cabaña de Ares. Llevaba un brazo en cabestrillo y se le veía un corte muy feo en la mejilla, pero aparte de eso su enfrentamiento con los toros de bronce no parecía haberla intimidado. Alguien la había pegado en la espalda un trozo de papel que ponía «¡Muuuu! » Pero ninguno de sus compañeros se había molestado en decírselo.
Todos rieron menos los hijos de Ares y Marte.
Después del grupo de Ares venían los de la cabaña de Hefesto: seis seis chavales encabezados por Charles Beckendorf, un enorme afroamericano de quince años que tenía las manos del tamaño de un guante de béisbol y un rostro endurecido, de ojos entornados, sin duda porque se pasaba el día mirando la forja del herrero. Era bastante buen tipo cuando llegabas a conocerlo, pero nadie se había atrevido nunca a llamarle Charlie, Chuck o Charles; la mayoría lo llamaba Beckendorf a secas. Según se decía, era capaz de forjar prácticamente cualquier cosa; le dabas un trozo de metal y él te hacía una afiladísima espada o un robot-guerrero, o un bebedero para pájaros musical para el jardín de tu madre; cualquier cosa que se te ocurriera.
Todo el Campamento Mestizo bajo la cabeza con repentina tristeza y dolor. Y Hefesto apretó la mandíbula para no llorar por su hijo.
Siguieron desfilando las demás cabañas: Deméter, Apolo, Afrodita, Dionisio. Llegaron también las náyades del lago de las canoas; las ninfas del bosque, que iban surgiendo de los árboles; y una docena de sátiros que venían del prado y que me recordaron dolorosamente a Grover.
Definitivamente algo distinto había en su hijo Frank, pero todavía no podía descubrir que era o porque estaba cambiado.
Siempre he sentido debilidad por los sátiros. Cuando estaban en el campamento tenían que realizar toda clase de tareas para el director, el señor D, pero su trabajo más importante lo hacían fuera, en el mundo real. Eran buscadores; se colaban disimuladamente en los colegios de todo el mundo, en busca de posibles mestizos, y los traían al campamento. Así fue como conocí a Grover; él había sido el primero en reconocer que yo era un semidiós.
Los romanos volvían a estar impresionados por los sátiros tan distintos a los faunos, O al menos eso parecía.
Después de los sátiros, cerraba la marcha la cabaña de Hermes, siempre la más numerosa. El verano pasado su líder era Luke, el tipo que había luchado con Thalia y Annabeth en la cima de la colina Mestiza. Yo me había alojado en la cabaña de Hermes un tiempo, hasta que Poseidón me reconoció; y Luke se había hecho amigo mío…pero después trató de matarme.
Casi todo el mundo bufo exasperado, mientras que Hermes y sus hijos se mostraron tristes y decepcionados.
Ahora, los líderes de la cabaña de Hermes eran Travis y Connor Stoll.
-¡Los mejores por supuesto!-. gritó Connor para animar el ambiente en especial entre sus hermanos.
Alguien que estaba cerca de él asintió sin darse cuenta llamando la atención de Afrodita quien si lo noto, y sonrió maliciosamente. Eso iba a ser interesante.
No eran gemelos, pero se parecían como si lo fueran. Nunca recordaba cuál era el mayor. Ambos eran altos y flacos, ambos lucían una mata de pelo castaño que casi les cubría los ojos; la camiseta naranja del campamento Mestizo la llevaban por fuera de un short muy holgado, y sus rasgos de elfo eran los típicos de todos los hijos de Hermes: cejas arqueadas, sonrisa sarcástica y un destello muy particular en los ojos, cuando te miraban, como si estuvieran a punto de deslizarte un petardo por la camisa. Siempre me había parecido divertido que el dios de los ladrones hubiera tenido hijos con el apellido Stoll (se pronuncia igual que stole, pretérito del verbo steal, «robar»), pero la única vez que se me ocurrió decírselo a Travis y Connor me miraron de un modo inexpresivo, sin captar el chiste.
-Ahh era eso…-. Dijo Travis mientras todos se reían disimuladamente.
Cuando hubo desfilado todo el mundo, entré con Tyson al pabellón y lo guíe entre las mesas. Las conversaciones se apagaron al instante y todas las cabezas volvieron a nuestro paso.
-¿Quién ha invitado a…eso?-murmuró alguien en la mesa de Apolo.
Apolo miro a sus hijos y el que lo dijo bajo la cabeza, apenado.
Lancé una mirada fulminante en aquella dirección, pero no supe adivinar quién había sido.
Toda la cabaña de Apolo se estremeció.
Desde la mesa principal una voz familiar dijo arrastrando las palabras.
-Vaya, vaya, pero si es Peter Johnson…lo único que me quedaba por ver en este milenio.
Apreté los dientes.
Al igual que Poseidón.
-Mi nombre es Percy Jackson… señor.
El señor D bebió un sorbo de su Coca-Cola Diet.
-Sí, bueno…Lo que sea, como decís ahora los jóvenes.
Varios trataron de contener la carcajada.
Llevaba la camisa hawaiana atigrada de siempre; un short de paseo y unas zapatillas de tenis con calcetines negros. Con una panza rechoncha y su cara enrojecida, parecía el típico turista de Las Vegas que ha ido de casino en casino hasta altas horas de la noche. Detrás de él, un sátiro de mirada nervioso se afanaba en pelar unas uvas y se las ofrecía de una a una.
Dionisio sonrió satisfecho.
El verdadero nombre del señor D es Dionisio. El dios del vino. Zeus lo había nombrado director del Campamento Mestizo para que dejase el alcohol y se desintoxicase durante cien años: un castigo por perseguir a cierta ninfa prohibida del bosque.
Ariadna resopló y Teseo frunció el ceño.
Junto a él, en el sitio donde Quirón solía sentarse(o permanecer de pie, cuando adoptaba su forma de centauro), había alguien que no había visto antes: un hombre pálido y espantosamente delgado con un raído mono naranja de presidiario. El número que figuraba sobre su bolsillo era 0001. Bajo los ojos tenía sombras azuladas, las uñas muy sucias y el pelo gris cortado de cualquier manera, como si se lo hubieran arreglado con una máquina de podar. Me miró fijamente; sus ojos me ponían nervioso. Parecía hecho polvo; enfadado, frustrado, hambriento: todo al mismo tiempo.
-Lo está-. Aseguró Hades y viniendo de él nadie lo dudó.
-A este chaval -le dijo Dionisio- has de vigilarlo. Es el hijo de Poseidón, ya sabes.
-¡Ah! -dijo el presidiario-. Ése.
Era obvio por su tono que ya habían hablado de mí largo y tendido.
Poseión fulminó con la mirada al dios del vino quien comenzó a tiritar. Los semidioses que habían visto ese tipo de mirada en Percy también se estremecieron al notar que era igual a la de su padre. Letal.
-Yo soy Tántalo.-dijo el presidiario con una fría sonrisa-. En misión especial hasta…bueno, hasta que el señor Dionisio decida otra cosa. En cuanto a ti, Perseus Jackson, espero que te abstengas de provocar más problemas.
-¿Problemas? -pregunté.
Dionisio chasqueó los dedos y apareció sobre la mesa un periódico, el New York Post de aquel día. En la portada salía una foto mía, tomada del anuario de la Escuela Meriwether. Me costaba descifrar el titular, pero adiviné bastante bien lo que decía. Algo así como: «Un maniaco de trece años incendia un gimnasio».
Poseidón resopló. Ya iban a ver ese chico y ese profesor idiota.
-Sí, problemas -dijo Tántalo con aire satisfecho-. Causaste un montón el verano pasado, según tengo entendido.
Me sentí demasiado furioso para responder.
Nuevos estremecimientos.
¿Era culpa mía que los dioses hubieran estado a punto de enzarzarse en una guerra civil? Un sátiro se aproximó nervioso a Tántalo y le puso delante un plato de asado. El nuevo director de actividades se relamió los labios, miró su copa vacía y dijo:
-Gaseosa. Una Barq´s especial del setenta y siete.
La copa se llenó sola de una gaseosa espumante. Tántalo alargó vacilante la mano, como si temiera que la copa pudiese quemarlo.
-Vamos, adelante, viejo amigo-le dijo Dionisio con un extraño brillo en los ojos-. Tal vez ahora funcione.
Tántalo fue a agarrar la copa, pero ésta se movió de sitio antes de que la tocara. Se derramaron unas cuantas gotas y Tántalo intentó recogerlas con los dedos, pero las gotas echaron a rodar como si fueran de mercurio. Con un gruñido se centró en el plato de asado.
Tomó un tenedor y quiso pinchar un trozo de lomo, pero el plato se deslizó por la mesa y luego saltó directamente a las ascuas del brasero.
-¡Maldita sea! -refunfuñó.
En la sala se encontraban divididos entre la risa y el miedo de les pase eso.
-Vaya-dijo Dionisio con falsa compasión-. Quizá en unos cuantos días más. Créeme camarada, trabajar en este campamento ya es bastante tortura. Estoy seguro de que tu antigua maldición acabará desvaneciéndose tarde o temprano.
-Tarde o temprano…-repitió Tántalo entre dientes, mirando la Coca-Cola Light de Dionisio-. ¿Te haces una idea de lo seca que se queda la garganta después de tres mil años?
-Usted es ese espíritu de los Campos de Castigo-tercié-. Él que está en el lago con un árbol frutal al alcance de la mano, pero sin poder comer ni beber.
Atenea asintió. Al parecer no era taaan tonto como parecía.
Tántalo esbozó una sonrisa sarcástica.
-Eres un alumno muy aplicado, ¿eh, chaval?
-Si- afirmaron todos los amigos de Percy.
-En vida debió de hacer algo terrible -dije, impresionado-. ¿Qué exactamente?
Él entornó los ojos. A sus espaldas, los sátiros sacudían la cabeza intentado prevenirme.
-Voy a estar vigilándose, Percy Jackson -dijo Tántalo-. No quiero problemas en mi campamento.
-Su campamento ya tiene problemas… señor.
-Eso- dijo Hermes.
-Venga, ve a sentarte ya, Johnson- suspiró Dionisio-. Creo que esa mesa de allí es tuya: ésa a la que nadie quiere sentarse.
Poseidón le dio una ducha helada y abundante en agua y algas a Dionisio.
La cara me ardía, pero no me convenía replicar. Dionisio siempre había sido un niño malcriado, pero era un niño malcriado inmortal y muy poderoso.
-Exacto- dijo Ares sonriendo.
-Vamos, Tyson -le dije.
-No, no -intervino Tántalo-. El monstruo se queda aquí. Tenemos que decidir qué hacemos con esto.
-Con él -repliqué-. Se llama Tyson.
El nuevo director de actividades alzó una ceja.
-Tyson ha salvado el campamento-insistí-. Machacó a esos toros de bronce. Si no, habrían quemado este lugar entero.
Todos asintieron dándole la razón a Percy mientras Tyson enrojecía y Afrodita pensaba que había hecho bien en darle su bendición porque si iba a tener que ver durante toda la lectura a un cíclope con feo aspecto, no lo iba a soportar, pero hacía estaba mejor y su vista no se dañaba.
-Sí -suspiro Tántalo-, habría sido una verdadera lástima…
Dionisio reprimió una risita.
-Déjanos solos -ordenó Tántalo-para que podamos decidir el destino de esta criatura.
Tyson me miró con una expresión asustada en su ojo enorme, pero yo sabía que no podía desobedecer una orden directa de los directores del campamento. Al menos, abiertamente.
-Volveré luego, grandullón-le prometí-. No te preocupes. Te encontraremos un buen lugar para dormir esta noche.
Tyson asintió.
Como todos en la sala.
-Te creo. Eres mi amigo.
Lo cual me hizo sentir mucho más culpable.
Caminé penosamente hasta la mesa de Poseidón y me desplomé en el banco. Una ninfa del bosque me trajo un plato de pizza olímpica de olivas y pepperoni, pero yo no tenía hambre. Habían estado a punto de matarme dos veces aquel día y me las había arreglado para terminar el curso desastrosamente. El Campamento Mestizo estaba metido en un grave aprieto y, pese a ello. Quirón me aconsejaba que no hiciese nada.
Hazel que estaba sentada entre los brazos de Frank se removió un poco dolorida, cosa que Ares notó y tardo unos minutos en unir los hilos.
No me sentía muy agradecido, pero llevé mi plato, según era costumbre, al brasero de bronce y arrojé una parte a las llamas.
-Poseidón -dije-, acepta mi ofrenda.- «Y de paso mándame ayuda, por favor recé en silencio.»
El humo de la pizza ardiendo adquirió una fragancia muy especial-como el de una brisa marina mezclada con flores silvestres-, pero tampoco sabía si eso significaba que mi padre me estaba escuchando.
-¡Siiii! ¡Así se hace! ¡Dale duro hijo!- gritó exaltado Ares lleno de orgullo, hasta que noto el escándalo que armó.
-¿Qué mosca te pico?- le preguntó Démeter extrañada como casi todos.
-Nada, nada- murmuro sonrojado el dios de la guerra.
Hazel se preocupó por la salud de su suegro, mientas que Frank estaba rojo como un tomate, porque noto que su padre se dio cuenta de lo que hizo esa noche; al igual que Afrodita que también quería probar a Frank y hacerle una invitación a su cuarto.
Volví a mi sitio. No creía que las cosas pudiesen empeorar más, pero entonces Tántalo ordenó a un sátiro que hiciera sonar la caracola para llamar la atención y anunciarnos algo.
-Sí, bueno -dijo cuándo se apagaron las conversaciones-. ¡Otra comida estupenda! O eso me dicen.
Mientras hablaba, aproximó lentamente la mano a su plato, que habían vuelto a llenarle, como si la comida no fuera a darse cuenta. Pero sí: en cuanto estuvo a diez centímetros, salió otra vez disparada por la mesa.
Nuevas risitas.
-En mi primer día de mando-prosiguió-, quiero decir que estar aquí resulta un castigo muy agradable. A lo largo del verano espero torturar, quiero decir, interaccionar con cada uno de vosotros; todos tenéis pinta de ser nutri… eh, buenos chicos.
Los dioses levantaron una ceja.
Dionisio aplaudió educadamente y los sátiros lo imitaron sin entusiasmo. Tyson seguía de pie ante la mesa principal con aire incómodo, pero cada vez que trataba de escabullirse, Tántalo lo obligaba a permanecer allí, a la vista de todos.
Los semidioses resoplaron.
-¡Y ahora, algunos cambios!-Tántalo dirigió una sonrisa torcida a los campistas-. ¡Vamos a instaurar otra vez las carreras de carros!
Un murmullo de excitación, de miedo e incredulidad, recorrió las mesas.
Así estaban los romanos, ellos no tenían carreras de carros.
-Ya sé-prosiguió, alzando la voz-que estas carreras fueron suspendidas hace unos años a causa, eh, de problemas técnicos.
-¡Tres muertes y veintiséis mutilaciones!-gritó alguien desde la mesa de Apolo.
-¡Sí, sí!-dijo Tántalo-. Pero estoy seguro de que todos coincidiréis conmigo en celebrar la vuelta de esta tradición del campamento. Los conductores victoriosos obtendrán laureles dorados cada mes.
-Idiota- se escuchó rumorear en la sala.
¡Mañana por la mañana pueden empezar a inscribirse los equipos! La primera carrera se celebrará dentro de tres días; os liberaremos de vuestras actividades secundarias para que podáis preparar los carros y elegir los caballos. Ah, no sé si he mencionado que la cabaña del equipo ganador se librará de las tareas domésticas durante todo un mes.
Hubo un estallido de conversaciones excitadas. ¿Nada de cocinas durante un mes? ¿Ni limpieza de establos? ¿Hablaba en serio? Hubo una objeción. Y la presentó la última persona que me hubiese imaginado.
Clarisse miro enojada.
-¡Pero señor!-dijo Clarisse. Parecía nerviosa, pero aun así se puso de pie para hablar desde la mesa de Ares. Algunos campistas sofocaron la risa cuando vieron en su espalda el letrero de « ¡Muuuu! »-. ¿Qué pasará con los turnos de la patrulla? Quiero decir, si lo dejamos todo para preparar los carros…
La cabaña de Ares asintió aprobando lo dicho por su hermana.
-Ah, la heroína del día-exclamó Tántalo-. ¡La valerosa Clarisse, que ha vencido a los toros de bronce sin ayuda de nadie! Clarisse parpadeó y luego se ruborizó.
-Bueno, yo no…
-Y modesta, además.-Tántalo sonrió de oreja a oreja-. ¡No hay de qué preocuparse, querida! Esto es un campamento de verano. Estamos aquí para divertirnos, ¿verdad?
-Pero el árbol…
-Y ahora-dijo Tántalo, mientras varios compañeros de Clarisse tiraban de ella para que volviera a sentarse-, antes de continuar con la fogata y los cantos a coro, un pequeño asunto doméstico. Percy Jackson y Annabeth Chase han creído conveniente por algún motivo traer esto al campamento-dijo señalando con una mano a Tyson.
Poseidón apenas se controlaba.
Un murmullo de inquietud se difundió entre los campistas y muchos se miraron de reojo. Tuve ganas de matar a Tántalo.
-Ahora bien-dijo-, los cíclopes tienen fama de ser monstruos sedientos de sangre con una capacidad cerebral muy reducida. En circunstancias normales, soltaría a esta bestia para que la cazarais con antorchas y estacas afiladas, pero… ¿quién sabe? Quizá este cíclope no sea tan horrible como la mayoría de sus congéneres; mientras no demuestre que merece ser aniquilado, necesitamos un lugar donde meterlo. He pensado en los establos, pero los caballos se pondrían nerviosos ¿Tal vez la cabaña de Hermes?
Se hizo un silencio en la mesa de Hermes. Travis y Connor Stoll experimentaron un repentino interés en los dibujos del mantel. No podía culparlos. La cabaña Hermes siempre estaba llena hasta los topes. No había modo de que encajase allí dentro un cíclope de casi dos metros.
-Perdón- murmuraron los Stoll avergonzados ante las miradas que recibían.
-Vamos-dijo Tántalo en tono de reproche-. El monstruo quizá pueda hacer tareas menores. ¿Alguna sugerencia sobre dónde podríamos meter a una bestia semejante?
De repente, todo el mundo ahogó un grito.
Tántalo se apartó de Tyson sobresaltado. Lo único que pude hacer fue mirar con incredulidad la brillante luz verde que estaba a punto de cambiar mi vida: una deslumbrante imagen holográfica había aparecido sobre la cabeza de Tyson.
Con un retortijón en el estómago, recordé lo que había dicho Annabeth de los cíclopes: «Son hijos de espíritus de la naturaleza y los dioses… bueno, de un dios en particular, casi siempre…»
Girando sobre la cabeza de Tyson había un tridente verde incandescente: el mismo símbolo que había aparecido sobre la mía el día que Poseidón me reconoció como hijo suyo.
Hubo un momento de maravillado silencio.
Al igual que en la sala, por lo dicho en el libro y por el tridente verde brillando en esos momentos en la cabeza de Tyson que esta vez no trato de aplastar, sino que sonreía orgulloso al igual que su padre. Los que no sabían esto estaban sorprendidos y Atenea estaba enojada por no haberse dado cuenta antes.
Ser reconocido era un acontecimiento poco frecuente y algunos campistas lo aguardaban en vano toda su vida. Cuando Poseidón me reconoció el verano anterior, todo el mundo se arrodilló con reverencia, pero esta vez siguieron el ejemplo de Tántalo, que estalló en una gran carcajada.
En ese momento todos los semidioses, incluidos Rachel, Quiron, Grover y los héroes del pasado se arrodillaron ante Tyson que no podía estar más colorado y apenado.
-¡Bueno! Creo que ahora ya sabemos dónde meter a esta bestia. ¡Por los dioses, yo diría que incluso tiene un aire de familia! Todo el mundo se reía, salvo Annabeth y unos pocos amigos.
Tyson no pareció darse cuenta, estaba demasiado perplejo tratando de aplastar el tridente que ya empezaba a desvanecerse sobre su cabeza. Era demasiado inocente para comprender cómo se reían de él y qué cruel puede llegar a ser la gente.
Yo sí lo capté.
Tenía un nuevo compañero de cabaña. Tenía a un monstruo de hermanastro.
-Fin del capítulo-. Termino Apolo algo incómodo.
-Está bien, no se preocupen-. Dijo Tyson ante la mirada de los demás.
-Jum bueno, ¿qué les parece si nos tomamos un descanso?-. Pregunto Zeus a quien no le gustaba enfrentar ese tipo de situaciones incómodas, además quería ir a descansar porque la noche anterior gasto energía al quedarse maldiciendo y esas cosas.
Con un suspiro uno a uno se fueron levantando. Muchos se estiraron, tenían el cuerpo entumecido por el tiempo que llevaban sentados.
Nico rápidamente se alejó del resto y fue hasta donde estaba Bessie ya que necesitaba estar un poco solo y aclarar sus ideas. Últimamente estaba sintiendo cosas que no entendía. Gracias a los dioses Heracles no hizo nada idiota ni lo molestó, solo se dedicó a mirarlo.
Tan entretenido estaba jugando con Bessie y sumido en sus pensamientos que no se dio cuenta de que alguien lo había seguido.
Hola, tanto tiempo. Mil perdones por haberme tardado tanto en actualizar. En mi defensa voy a decir que he estado rindiendo y no tuve mucho tiempo para escribir porque tenía mucho para estudiar y quería aprobar todo. Igual al final no aprobé matemáticas. Pero bueno algún día espero rendirla bien jajaja ¡No saben lo que me costó escribir este capítulo! Tengo un bloque de escritor gigante, pero bueno exprimí mi cerebro y esto salió. Supongo que debe ser por el estudio y mi cabeza no tiene espacio para mas.
Sé que dije que en este capítulo se iba a saber quién va a ser la pareja de Nico, lo iba a revelar al final de este capítulo pero lo termine así con Nico jugando con Bessie antes de que aparezca dicha pareja, porque estoy corta de imaginación y sinceramente lo ice de varias formas pero queda como quiere que quede, y si espero a que se me pase el bloqueo de escritor voy a tardar más tiempo en actualizar. Así que bueno en el próximo capítulo lo resuelvo.
Antes que nada quiero contarles algo que me olvide de aclarar en el capítulo anterior "Héroe" y es que en él utilice algunas frases de Liliana Bodoc, más específicamente de La Saga de los Confines. Esto no significa que todo el capítulo sea una copia o que los hechos no sean idea mía, simplemente use algunas líneas y las cambie un poco para ajustarlas a mi historia porque sinceramente no me pude resistir. «Los días del venado» fue el primer libro en el que lloré. La verdad me gusta mucho y quería poner algo de él.
Con respecto a la calificación de este capítulo creo que es M aunque puede que se F porque no hay nada muy fuerte y no tiene muchos detalles y bueno espero que haya quedado bien y que les haya gustado.
El próximo capítulo es otro aparte de la lectura y también es de Percy. Es el último antes de que Percy vaya al Olimpo. Aunque como el capítulo es bastante largo estoy pensando en dividirlo en dos partes, pero no se lo estoy pensando. Igual les aviso que seguramente me voy a tardar en actualizar porque en serio es largo y medio difícil de escribir y bueno quiero que quede bien y que no se me escape ningún detalle y sinceramente creo que va a valer la pena la espera.
Mil gracias por los comentarios me animan a seguir escribiendo y en serio cualquier error me lo dicen.
En fin, espero que les haya gustado, hasta la próxima.
