Disclaimer: los personajes de PJ son propiedad de Rick Riordan.


¡Hola…..! ¡Tanto tiempo…! Ya he vuelto Espero que no me odien mucho por haberme tardado tanto tiempo. Sé que les prometí actualizar antes, pero las cosas no salieron como las planee y todo se atrasó. Pero por fin aquí está el capítulo.

Por los comentarios y sugerencias que me dieron por privado, he llegado a la conclusión de piensan que el capítulo que sigue de Percy transcurre en el Tártaro y por lo tanto a muchos les pareció bien que no lo escriba como un capitulo. Pero tengo que aclararles que no es así, el capítulo que sigue antes de Percy vaya a la lectura no es del Tártaro. Así que decidí escribirlo.

Es más corto de lo que tenía pensado, algunas las pondré como me recomendaron durante la lectura. Bueno mis queridos lectores no los molesto más y los dejos leer.


Perseo

Percy despertó en una encantadora habitación blanca. Por un segundo (¿O fue un minuto? ¿Una hora?) creyó que estaba en el Olimpo, en algún cuarto de algún templo. Pero entonces vio la ventana abierta y las pesadas cortinas verdes agitadas por un cálido viento veraniego. El paisaje que la ventana ofrecía no se parecía al Olimpo, no sentía el poder característico que siempre había en el ambiente de la morada de los dioses.

Permaneció tumbado mirando al techo, dejándose mecer por las narcóticas corrientes mentales. No sentía ni la más remota curiosidad por saber dónde estaba o como había llegado allí. Disfrutaba de los detalles insignificantes: el sol, el olor a sábanas limpias, el trozo de cielo azul veteado con nubes rosas que veía por la ventana, las retorcidas espirales de las vigas color marrón chocolate que cruzaban el techo encalado.

Estaba vivo. ¿O esta habitación estaba en los Campos Elíseos? De nuevo un viento cálido con olor a verano inundó la habitación. No, no estaba en el Inframundo. Podía sentir latir su corazón, podía sentir el pulso en su muñeca, podía notar el aliento de su respiración. Por otra parte, realmente, en ese momento, no le importaba saber en dónde estaba. Estaba vivo, punto.

Desvió su atención a otro lado. Miró esas bonitas cortinas de color verde plata y con un sorprendente trazado. «A Grover seguramente le encantarían» pensó con una sonrisa. Se perdió por unos instantes en el recuerdo del que fuera su mejor amigo. Su mente volvió a las cortinas. Estaban tejidas toscamente, pero no con la familiar y deprimente tosquedad artificial de las telas que él conocía, que solo imitaban la auténtica, la tejida a mano por necesidad. Allí Percy sólo podía pensar que eran auténticas cortinas tejidas a mano por personas que no conocían otro sistema, que ni siquiera sabían que su estilo era especial, que no se había despreciado y desprovisto de significado.

Se dio cuenta que no fueron hechas por manos humanas. Esto lo hizo volver a su primera teoría. Estaba en el Olimpo. Pero su instinto le decía que no, que estaba en otro lado. Un lugar desconocido, distinto. Y a pesar de la que pueda dictar el sentido común, este descubrimiento no lo aterró, ni le molestó. De hecho eso le hizo muy feliz, y no sabía porque. Era como si llevara toda su vida esperando despertarse una mañana (¿Tarde? No estaba seguro y tampoco importaba), en un cuarto como aquel, con grandes ventanales vestidas por unas cortinas verde plata tejidas a mano.

El dormitorio era grande. En el lado izquierdo había dos ventanas enormes, una al lado de la otra, que casi llegaban hasta el techo y juntas ocupaban todo el lado de la pared. En realidad parecía el cuarto de un príncipe o un rey. Se imaginó que así serían las suites en los hoteles de cinco estrellas. Solo que este tenía un aspecto antiguo; no, la moda parecía anticuada, rústica, medio salvaje, como de otro mundo.


De vez en cuando oía proveniente del pasillo, el retumbar de unos cascos de caballo. Y, a menos que los caballos anden libremente dentro del edificio (¿Casa? ¿Mansión? ¿Castillo?), ese sonido quería decir que eran centauros. Y se le ocurrió que tal vez estaba con la familia de Quirón. Pero de ser así ¿Cómo estaba con ellos si estaba en el Tártaro? ¿Lo habrían sacado? Quizá no, en todo caso no tenía fuerzas para levantarse y averiguarlo.

El misterio se resolvió cuando (después de lo parecieron horas, tal vez lo fueron) una mujer con cuerpo de caballo se asomó a la habitación. Era una mujer robusta, de piel curtida por el sol y largos cabellos castaños, unida al cuerpo de una esbelta yegua negra.

-¿Estas consiente?- preguntó.

Percy intentó aclararse la garganta, pero no pudo del todo. La tenía espantosamente seca, demasiado para hablar, así que se limitó a asentir.

-Tu recuperación casi se ha completado- dijo la centauro indiferente, como si fuera un médico haciendo la ronda, sin tiempo para alegrarse de los milagros curativos. Dio inicio al lento movimiento de dar media vuelta con elegancia e intención, y volver al pasillo- llevas dormido diez meses y tres semanas-. Añadió como quien no quiere la cosa, como si fuera un detalle menor, sin relevancia alguna; antes de retirarse.

Percy la oyó alejarse hasta que todo quedó en silencio. Hizo lo que pudo para aferrarse a esa sensación de bienestar, y volver a centrar su atención en las cortinas, pero no lo consiguió.

Los diez meses de recuperación estaban prácticamente en blanco, solo tenía una vaga impresión (que se desvanecía con rapidez) de profundidades azules y negras, y sueños complejos y encantados.

Pero los recuerdos de lo sucedido en el Tártaro estaban muy claros. Habría sido razonable esperar que aquellos días (¿O fueron semanas? Era frustrante no tener en claro el paso del tiempo) quedaran sumidos en la oscuridad o, al menos, velado por la piadosa y misericordiosa confusión postraumática. Pero no, nada de eso. Podía recordarlo todo con perfecta claridad y definición, y desde todos los ángulos, hasta el instante en que perdió la conciencia pensando que era el final.

El shock estalló en su pecho. Le vació los pulmones tal y como hicieron las fauces del perro del infierno, no solo una vez, sino otra, y otra, y otra más. Como una película de terror, su mente se llenó de imágenes y sonidos del recuerdo. Estaba indefenso contra aquello. Yació en la cama y sollozó; su débil cuerpo sufrió un espasmo, hizo ruidos que no creyó que pertenecieran a un ser humano, enterró el rostro en la plana y áspera almohada de paja hasta sentirla húmeda de lágrimas.

Hasta ese momento no había recordado en donde había estado. Y todo lo vivido, todo lo sufrido, todo el dolor y desesperación le cayeron como una bomba. De repente volvió a sentir, todo junto y de golpe lo que había sentido mientras estuvo en el Tártaro.

No podía reflexionar en lo que había pasado, solo repasarlo una y otra vez, como si hacía pudiera hacer que todo hubiera acabado de otro modo, aunque solo fuera para que doliera menos, pero no lo lograba.

Después de lo que parecieron horas se pudo calmar un poco y dejar de temblar y sollozar.

Recordó a Annabeth y casi se quebró de nuevo. Las dudas lo embargaron ¿habría hecho bien al dejar que vaya sola? ¿Y si no pudo cerrar las puertas? ¿Y si sus amigos no estaban? ¿Y si los monstruos eran demasiados? ¿Cómo mierda dejo que vaya sola? ¿Cómo se le pudo ocurrir que iba a tener las fuerzas, agotada como estaba, de mantener cerradas las puertas por doce minutos? ¿Cómo se le ocurrió quitarle la espada, su única arma?

-Vlacas- susurró deseando tener las fuerzas necesarias para golpearse hasta desquitarse y poder calmar la ira y el enojo contra sí mismo.

Por suerte, su mente se aclaró de pronto, al igual que se prende una luz en un lugar que hace tiempo que permanece sumido en la oscuridad; y como si alguien se hubiera compadecido y hubiera filtrado un poco de aire puro y luz en la negrura que era su cabeza en esos momentos, pudo pensar tranquilamente y con claridad.

No, su Annabeth era fuerte y no iba a romper su promesa, tampoco lo iban a hacer sus amigos; ellos son lo suficientemente poderosos como para hacer frente a lo que aguardaba al otro lado del ascensor. Si era un gigante seguro que los seis incluido Nico iban a poder matarlo. Suspiró. Lo hecho, hecho estaba. Y lo único que le quedaba para no volverse completamente loco o caer en la desesperación, era confiar en sus amigos y, aunque le costara, en los dioses.

Y entonces se dio cuenta. Pero para estar seguro le rezó a los dioses y lo confirmó. ¿Podía ser posible? ¿Acaso estaba en Canadá? ¿En alguna habitación de hielo?

De nuevo el viento y el aroma propios del verano, del calor y del sol inundaron el cuarto.

No, no era Canadá ni una habitación de hielo. Entonces ¿en dónde estaba?

Intentó levantarse. Dolor. Le dolía todo su cuerpo semirecuperado, como si tuviera amoratado hasta el esqueleto. Y decidió que era mejor que no se levantara, al menos por ahora.

Cada vez que se dormía, despertaba intentando avisar a alguien de algo, pero no sabía a quién de qué, y siempre era demasiado tarde.


Los centauros lo veían llorar, cuando tenía algún ataque de culpa, pena o furia, con despreocupación alienígena.

Un día, al despertar lo primero que vio fueron unos ojos observándolo, en un principio se asustó, pero después se dio cuenta de que era el pequeño Bob que lo mira acomodado en su pecho en su forma de lindo gatito, pero él sabía que era como el gato con botas.

El pequeño Bob ronroneó mientras se frotaba por su cuello y cara pidiendo mimos y se sentó mientras lo acariciaba.

-¿Cómo llegaste hasta aquí?-. le pregunto cariñosamente. Era bueno tener compañía amiga. Alguien con quien hablar aunque no le pueda responder.

En los días siguientes descubrió que se hallaba en un monasterio o algo así, fue todo lo que le pudo sacar a los centauros que dirigían el establecimiento. Al parecer no era un lugar de culto, sino una comunidad dedicada a la expresión, encarnación o realización más absoluta de los valores agrestes, incomprensiblemente complejos pero infinitamente puros, de la centauría, algo que el fallido cerebro humano de Percy no podía similar. Lo dijeron con evidente desprecio hacia su persona como hacia los humanos en general. En estos centauros había algo claramente germánico narcisista según como se mire.

Dieron a entender, no de forma sutil, que consideraban a los humanos, simples seres tullidos, separados de la mitad equina que les correspondía por un desgraciado accidente de nacimiento.

Algunos lo miraban con una compasión agradablemente a temporada por una completa falta de interés. Y parecían constantemente temerosos de que pudiera caerse de lado.

Esto no hiso más que reafirmar que no estaba con los ponis juerguistas. Ellos querían y respetaban a los humanos, sin contar con que físicamente eran diferentes. Estos eran serios mientras que los ponis son divertidos. Además estos centauros tenían un aspecto salvaje y en su parte humana no llevaban ropa, como ellos decían iban "al natural".

Ninguno de ellos tenía un recuerdo preciso de cómo llegó hasta allí; al menos eso le dijeron. Percy no les creyó, se dio cuenta que en realidad no le querían contar nada, como si fuera un secreto o tuvieran prohibido hablar de ello. Percy presionó a su enfermera, una hembra tan seria que parecía que su rostro estaba hecho de cemento, se llamaba Alder Acorn etc, etc, etc. Solo le dijo que recordaba algo vagamente. Percy la presionó más. Cuando no funciono, le rogo, suplicó y exigió que le contara. Al final le ganó por cansancio y le contó que lo habían traído en una especie de plataforma hecha de humo que flotaba; cuando pregunto quiénes eran la centauro negó con la cabeza alegando que no se acordaba, el semidiós decepcionado dejó que continuara. Percy estaba inconsciente y en estado de shock, con la caja torácica aplastada y una de las «patas anteriores» dislocada, prácticamente separada del cuerpo. Le explicó que además, la extremidad estaba destrozada: le faltaban la piel, casi todos los músculos habían sido desgarrados y quitados, no había venas ya que estaba desangrado, tenía múltiples quebraduras tanto en el brazo como en la mano, la clavícula y algunas costillas faltaban. Le contó que incluso tuvieron que quitar trozos de hueso que quedaron inservibles ya que si se reparaban no iban a quedar sólidos y se iban a volver a romper fácilmente. Semejante trastorno anatómico era muy desagradable para los centauros y al mismo tiempo representaba un gran reto médico poder repararlo. Básicamente lo usaron como experimento al ser atendido por sanadores que estaban aprendiendo el arte de la curación. Percy fue, a grandes rasgos, su examen final para los jóvenes aprendices.


Pasaron algunos días y todavía se sentía débil y pasaba mucho tiempo en cama, descansando los músculos atrofiados. Era como una cáscara vacía, torpemente agujereado por alguna herramienta primitiva, destripado y abandonado como una piel flácida, sin huesos pero aún viva.

Si lo intentaba podía invocar recuerdos antiguos. Nada del campamento o de dioses, solo cosas antiguas de verdad, las más fáciles, las más seguras. El olor de la comida de su madre, el sabor de los dulces que le traía del trabajo, los atardeceres que habían visto juntos, los dos solos, en la playa de Montauck al lado de una fogata o el huracán que paso cerca de la costa durante unas vacaciones, cuando debía tener nueve años y salieron a la arena y tiraron las bufandas al aire, y las vieron alejarse arrastradas por el viento, y luego se tiraron al suelo muertos de risa.

Frente a su ventana, un hermoso cerezo florecía a la cálida luz del atardecer. Todas sus ramas se movían a un ritmo ligeramente diferente. Lo contemplo durante un largo rato.

Estando así se dio cuenta que sentía un alivio profundo y cobarde. No tendría que enfrentarse a sus amigos y conocidos, solo mirarlos habría hecho que la vergüenza le consumiera la piel de la cara. Sí, tenía vergüenza, porque unos de los motivos por los que dejó que Annabeth fuera sola es que no quería volver y tener que combatir con Gaia, porque si lograban ganar la guerra y la Madre Tierra volvía a dormir, podría haber una nueva profecía y él podría estar en una nuevamente. Y eso era algo que no quería. Estaba cansado, ni siquiera tenía dieciocho años y ya estaba cansado de la vida que le toco. Estaba harto de las profecías, cansado de salvar el mundo, de las misiones, agotado de arriesgar su vida. Ya no quería que su vida este regida por las profecías y por los favores y mandados de los dioses. Se quedó en el Tártaro porque no quería volver, tener algunos días de paz y que lo volvieran a mandar a una misión. Prefería enfrentarse de una vez con cientos de monstruos y morir, a salir y vivir una vida eternamente perseguido como un animal. Lo único que deseaba era tener una vida normal como cualquier mortal.

Deseo haber muerto. Pero al menos tenía lo más parecido a la muerte: el aislamiento total, perdido en aquel lugar para siempre y agradeció al que se haya compadecido de él al mandarlo allí; ya que como supo desde que cayó al Tártaro, estaba roto de un modo que no podía curar magia alguna.

Fueron muchos días los que paso en ese estado. Se recuperaba rápidamente y se revolvía inquieto, su cerebro despertaba y necesitaba nuevas cosas con que distraerse, pero todavía no estaba en condiciones más que de ir de la cama al baño (comía sentado en la cama, semirecostado en grandes y suaves almohadas). Pero no podría estar en paz en mucho tiempo.

Iba mejorando y progresando, no podía evitar sanar y el THDA cada vez era mayor; así que Percy no tardó en ir de un sitio a otro, explorar la zona como un alga sin vida. Aislado de su pasado, de todo y todos los que conocía. Se sentía tan insustancial como un fantasma. El monasterio, cuyo nombre en centauro era el Retiro, era en su mayor parte columnas de piedra, árboles enormes y caminos amplios y bien atendidos. Muy a su pesar tenía un hambre terrible, y aunque al principio no probó casi nada de lo que le daban pensando que seguramente esa comida vegetariana no le iba a gustar que no le iba a llenar; tuvo que admitir que hacían auténticas maravillas con los vegetales. Si, estos centauros eran vegetarianos muy estrictos, casi parecía una religión, hasta llego a pensar que el monasterio estaba dedicado al culto de las verduras. Disponían de enormes comedores llenos de vegetales, frutas y verduras, todo delicadamente preparado y aderezado. Por fin comprendía lo que Grover tantas veces le había explicado, ciertamente muchas preparaciones se parecían a la carne y eran deliciosas, tanto le gustaron y tanto las acepto (en realidad no tenía otra porque era la única comida que había) que casi olvidó lo que era comer carnes, casi parecía que toda la vida fue vegetariano. Lo que Percy no sabía es que era el efecto de la magia del lugar.

Definitivamente, su curación estuvo completa cuando se topó con los baños de los centauros. Catorce piscinas rectangulares de piedra a varias temperaturas, cada uno lo bastante larga como para recorrerlas de un lado a otro tras lo que serían cuatro largas profundas bocanadas de aire de un nadador profesional. Le recordaron los baños romanos del Campamento Júpiter. Eran muy profundas y amplias todas hechas de cemento y con decoraciones de ramas y hojas talladas.

Esos baños fueron el toque final para su recuperación y así junto con el pequeño Bob pudo salir al exterior y descubrir que el monasterio estaba rodeado por un bosque, un claro de tres o cuatro hectáreas mantenía separados al edificio de dicho bosque.


Sin embargo, y a pesar de su recuperación física, la mente de Percy era como un lago congelado en constante peligro de deshielo. Se atrevía a recorrerla solo por arriba, por la superficie peligrosamente resbaladiza y quien sabe cuan fina. Penetrar en ella significaba sumergirse en lo que había debajo; aguas anaeróbicas, oscuras y heladas, con furiosos peces con colmillos. Esos peces eran recuerdos. Recuerdos del Tártaro. Quería encerrarlos en alguna parte, olvidar que estaban allí. Pero no podía. El hielo cedía en los momentos más extraños: cuando un pájaro le miraba inquisitivamente, cuando una enfermera centauro era amable con él sin darse cuenta, cuando se miraba en el espejo… y entonces algo horrible y escamoso salía a la luz, se le llenaban los ojos de lágrimas y rápidamente intentaba apartar el recuerdo.

Pero a los sueños no podía alejarlos. Todas las noches tenía agonizantes pesadillas en las que moría de distintas formas aterradoras y dolorosas.

Por otra parte la pena que sentía por Annabeth no paraba de abrir nuevas direcciones cuya existencia le eran desconocidas. Se sentía como si sólo la hubiera visto y querido, querido de verdad, con todo su ser, con toda su alma, el instante en que la empujo al ascensor y se cerraban las puertas. Y ahora que se cerraron, que ya no estaba, que la había perdido, ahora que ya no estaba a su lado, esta vez para siempre, el resto de su vida se abría ante él como una posdata árida y sin sentido. Y a pesar de todo, vivía bien.


Una pequeña manada de caballos domados recorría libremente los amplios prados del Retiro. Al principio Percy pensó que eran mascotas; y como quería hablar, tener una conversación larga con alguien que le respondiera, decidió acercarse a los caballos, pero estos se escapaban rápidamente y Percy supo que estaban asustados. Esto lo intrigó y le pregunto sobre aquello a su enfermera, quien lo fulminó con la mirada y le dijo que los caballos (pobres criaturas desprovistas de su mitad humana) eran para uso exclusivo de los centauros, cosa que al comienzo no entendió pero que se aclaró cuando descubrió que el asunto era un poco más complicado unas simples mascotas. Los centauros de ambos sexos copulaban con ellos frecuentemente, de forma pública y ruidosa.

Una mañana decidió pasar todo el día afuera en el campo y en el bosque. Pero estas ganas se desvanecieron rápidamente cunado se topó con una orgía de caballos y centauros relinchando y gritando como si fuera una carnicería. Nunca volvería a ver de la misma forma a su enfermera después de verla siendo montada por un semental blanco.

Por esto Percy volvía a su cuarto agarrándose el estómago para no volver a vomitar. Cuando entró encontró sobre su cama una fotografía. En ella se podía ver a Annabeth, Tyson, Grover y a Nico, uno al lado del otro rodeados de otros campistas del Campamento Mestizo, algunos los reconoció y a otros no, supuso que serían nuevos, junto con algunos romanos.

Se dio cuenta al instante de que todos parecían felices. Por un momento pensó que sería de hace algunos años; pero descartó la idea. Todos se veían mayores. Annabeth estaba como la recordaba del día que llegó en el Argo II al Campamento Júpiter, Grover estaba más alto además de tener los cuernos un poquitos más grande; Nico se estaba riendo con ganas, cosa que no ve desde la muerte de Bianca. Y finalmente Tyson estaba casi completamente diferente. Era obvio que recibió la bendición de Afrodita, aunque reconoció al grandullón nada más verlo.

Después de unos cinco minutos de contemplar la fotografía, llegó a la conclusión de que estaban en el Olimpo recibiendo sus "premios" por ganar la guerra. Tenía que ser eso ¿Por qué sino estarían griegos y romanos, todos juntos en el Olimpo contentos y riendo?

Esto le trajo un profundo alivio. Annabeth estaba bien, había sobrevivido y si estaban tan felices era porque nadie murió (al menos nadie allegado a ellos y por lo tanto también a él). Al mismo tiempo sintió enojo de que estuvieran tan bien cuando él había muerto, porque con toda seguridad eso pensaron cuando no regresó del Tártaro. Se le ocurrió que le consideraron un débil por no haber sobrevivido pero si Annabeth lo que acrecentaba su debilidad. Se le ocurrió que Annabeth no contó su sacrificio y que murió a manos de algún monstruo. Muy en el fondo sabía que nada de esto era así y que no tenía sentido, pero era mejor sentir enojo y pena a sentir solo pena. Así era más soportable.

Percy sintió que una nueva actitud distante se apoderaba de él. Su rabia y su pena se enfriaron hasta formar una brillante capa protectora, un barniz de indiferencia, duro y trasparente. Dado que no podía retroceder ni quitarse la angustia o la tristeza, avanzaría; pero haciendo las cosas de otra forma. Si, esa actitud era infinitamente más segura y coherente, que lograba arrinconar y guardar los sentimientos que lo lastimaban. El truco consistía en no querer nada. Ése era el poder: la valentía. La valentía de no querer a nadie ni esperar nada. Lo más curioso era lo fácil que le resultaba todo cuando no te importaba nada. Pero quizás había algo más curioso y era que la locura lo había alcanzado y él la acepto sin vacilar, porque esto era mejor que afrontar la absoluta soledad en la que vivía, como un ermitaño, solo y sin contacto con otras personas, apartado de todo.


Las primeras semanas tras su resurrección, Percy sintió dolores agudos en el hombro, en el pecho y en la pierna derecha; pero fueron apagándose con el transcurso de los días. Al principio le sorprendió y luego le fascinó, descubrir que los centauros habían reemplazado la piel, el tejido muscular y varios trozos de hueso perdidos por culpa del perro del infierno, con algo que parecía una madera oscura de grano fino. Las tres cuartas partes de su clavícula, el hombro, el omóplato y todo el brazo y mano izquierdos, junto con su lado izquierdo del pecho (en donde estaban las costillas que fueron desprendidas junto con un poco de carne), parecía ahora de madera de madera de árbol frutal, lisa y muy pulida, un cerezo, quizás un manzano, o tal vez un árbol propio del lugar era lo más probable.

Todo lo que había perdido a manos del monstruo (piel, carne, músculo, uñas, venas) fueron curados con hechizos tejidos de magia forestal en el cuerpo tan insultantemente herido y destrozado de Percy. Le explicaron que la clorofila (la sangre) fluía a través de pequeños conductos hechos para este propósito, aunque le aseguraron que dichas fisuras no hacían a la madera vulnerable, todo lo contrario, era muy difícil que se rompa e imposible que se desgarre. Y no se raya a menos que lo haga el mismo.

El nuevo tejido era completamente insensible, pero perfectamente capaz de flexionarse y doblarse, donde y cuando lo necesitara, y se fusionaba elegantemente con la carne que lo rodeaba, sin fisuras. Le gustaba.

La pantorrilla de su pierna derecha también era de madera. Sin embargo no lograba recordar cómo se había lesionado esa parte concreta de su anatomía; pero que más daba, igual nunca lo iba a saber.

Y aquel no era el único cambio en su físico: tenía el pelo completamente blanco, hasta las cejas y las pestañas. Parecía que llevaba puesta la típica peluca de Andy Warhol.

En las siguientes semanas, el nuevo Percy, con su pelo blanco a lo Warhol y su brazo de madera a lo Pinocho, reanudó su entrenamiento con espada. Esta vez buscaba control. Quería ser intocable.

Practicó cosas que nunca había tenido tiempo de dominar o no se había atrevido a dominar. Como el manejo de la lanza, el cuchillo y el arco. Luego de dos días decidió que necesitaba un lugar más amplio que su suite.

Encontró un extenso campo de tiro en desuso (invadido por malas hierbas) y un depósito medio abandonado lleno de herramientas, tanto de jardín como de construcción, y otras cosas que solo podían ser usados por humanos y pensó que por eso estaba tan descuidado.

Percy se dedicó los siguientes días, exclusivamente a desmalezar y acondicionar el área (con el debido permiso de los centauros y dejarla en buen estado para entrenarse.

Con palas y rastrillos saco malas hierbas que habían crecido libremente sin que nadie las controle. Le costó bastante sacarlas porque invadieron todo el lugar y eran grandes y fuertes, con raíces gruesas y profundas.

Con un hacha saco los troncos secos y con un líquido que los centauros le dieron regó todo el lugar para matar y ahuyentar a todos los insectos y plagas.

En el depósito había una pequeña (y casi inservible por la falta de uso) armería en donde afilo la pala, el hacha y (¿Por qué no?) los tres rastrillos que encontró.

Arreglo, pinto y acondiciono el campo de tipo y también armo un círculo de arena para entrenar con espada.

La poca grasa que pudo haber tenido antes desapareció en el Tártaro y como en el monasterio solo comía vegetales, no ingirió grasas que lo pudieran engordar. Por lo tanto no había grasas que quemar y todo este trabajo solo sirvió para tonificar aún más su cuerpo. Sus piernas se volvieron más musculosas y sus muslos y nalgas más firmes. Sus brazos y hombros ganaron más fuerza y sus músculos se marcaron más al igual que su pecho y abdomen, su espalda y hombros se ensancharon y se enderezaron dejando atrás la leve corvadura que antes tenía; incluso su cuello mostraba firmeza y resistencia. Y con el paso del tiempo su mandíbula se hizo más cuadrada y atractiva. Hasta ganó varios centímetros de altura.


Limpiar el campo de tiro le llevó varias semanas ya que se dedicaba a este trabajo por la mañana y el reto del día deba paseos por el Retiro, por los campos, por los jardines y se adentraba unos metros en el bosque y tomaba largos baños.

El trabajo pesado de acondicionar su área de entrenamiento lo dejaba lo suficientemente cansado para que su THDA no lo moleste por el resto del día; y cuando alrededor de las cinco de la tarde volvía, descubrió que le gustaba y tenía facilidad para el dibujo, así que el atardecer lo encontraba sentado sobre algún tejar recto del edificio retratando y observando la puesta de sol; y descubrió que todos los días era distinta; la luz no siempre tenía la misma intensidad por lo que nunca tenía los mismos tonos de naranja, rojo, celeste, blanco o rosa; algunas tardes había nubes, otras no, algunas veces pasaba un grupo de aves volando en el horizonte recortando el paisaje, otras no; también cambiaba según la posición en la que se encontraba.

Una gran ayuda fue sin duda las clases de dibujo y pintura que recibía de los centauros. Resulta que cuando notaron el interés de Percy y su talento para este arte se mostraron entusiasmados por enseñarle. Le mostraron las formas y proporciones para dibujar un cuerpo ya sea humano, centauro o animal. Aprendió todos los métodos y trucos para dibujar cosas reales y abstractas, para dibujar rostros y paisajes. Lo convirtieron en un verdadero dibujante y pintor. Aunque no está demás decir que lo primero y principal (lo más importante) que aprendió a crear sobre papel o lienzo son los centauros.

Retrató a todos los centauros del Retiro, todos sin faltar uno, posaron para Percy, es más le pidieron que los retratara en grandes cuadros que luego colgaron en las paredes de una sala. Su recompensa fue que no tendría que hacer ningún tipo de trabajo u otro favor para que lo dejaran estar allí. Ya que apenas se había recuperado tuvo que cosechar, lavar y cocinar para ellos como pago por su estancia en su casa. Así que al final Percy solo tuvo que pintarlos a todos y podía vivir allí todo el tiempo que quiera y gratis.

Por lo tanto Percy se despertaba, se daba un baño de media hora, se vestía con la ropa que todas las mañanas los centauros le dejaban en el escritorio, desayunaba y jugaba un rato con el pequeño Bob, luego se iba a trabajar en el campo de tiro; al medio día almorzaba y dedicaba el resto del día al dibujo, a explorar el enorme edificio que era el Retiro, el bosque, a darse un largo baño en la bañeras de los centauros y volver a jugar con el pequeño Bob. Cuando el campo de tiro quedo listo, se dedicaba a entrenar con las diferentes armas pero en especial con la espada durante la mañana. Percy se terminó acostumbrando a esta rutina, y aunque esta no era la vida que había imaginado tener, pero no estaba mal.

A veces en los atardeceres en los que no tenía ganas de dibujar, se sentaba en los tejados con el pequeño Bob a su lado, a contemplar el cielo e imaginaba el mar. Los centauros le habían dicho que el mar estaba al este y Percy se pasaba mirando en esa dirección en donde podía sentir el océano a kilómetros de distancia. La verdad era que extrañaba el mar, y mucho.


En sus horas de entrenamiento practicó una y otra vez, corrigiendo cada mínima duda, cada torpeza para que incluso en la batalla su brazo no fallara ni vacilara en ningún momento. Con el nuevo brazo podía hacer lo mismo que con el anterior, solo había una diferencia en como sentía los brazos, ya que el brazo de madera al principio era un poco más pesado que el de carne y hueso, pero solo fue cuestión de que se acostumbrara. Ahora lo movía como si lo hubiera tenido toda la vida, movía los dos brazos como si estuvieran hechos con lo mismo.

Practicó con todas las armas. Inventó formas nuevas de manejo, nuevas formas de usarlas, formas más crueles, y también las dominó.

Entrenaba descalzo y sus pies y manos sangraban, pero no usaba ni guantes ni calzado, sus músculos gritaban de dolor y cansancio, pero no paró. Disfrutaba con el dolor de sus manos y pies, vivía por él.

Sus movimientos adquirieron una potencia, una precisión y una fluidez que nunca habían tenido. Su espada dejaba rastros de fuego y chispas. Su cerebro brillaba con un triunfo tan frío como quebradizo. El aislamiento y la tenacidad lo estaban consiguiendo.

Sus poderes sobre la tierra y el clima se hicieron más seguros y sólidos, se perfeccionaron; ya no necesitaba caparazones para crear agua salada. Solo ahora podía manejar de verdad un poder sobrehumano, ahora que había matado sus emociones humanas, ahora que ya no le importaba.

Sus poderes eran una extensión de su cuerpo y usarlos era igual que levantar un brazo para tomar algo, era igual que mover una pierna para caminar. Por ejemplo alinear los desniveles mientras caminaba por el prado o por el linde del bosque, era algo inconsciente, la tierra se amoldaba a su deseo en el suelo recto; o el viento aumentaba o disminuía con solo pensar que este soplaba muy fuerte o por el contrario que le faltaba fuerza.

Solo sentía que le faltaba algo por aprender o quizás varias cosas.


Una tarde Percy se encontraba dibujando en tejado más alto del Retiro cuando con las últimas luces del atardecer, vio aparecer en el linde del bosque a cinco jóvenes sucios y desalineados que traían con ellos una camilla improvisada. Esto le llamó la atención, eran los primeros humanos que veía en aquel lugar, y al fijarse bien en la camilla vio que en ella había un hombre joven sangrando. Al cabo de dos minutos se acercaron trotando tres centauros, entre ellos su enfermera; hablaron brevemente con los humanos y se llevaron con rapidez al muchacho ensangrentado. Los jóvenes gritaron algo que no entendió y su enfermera volvió hasta ellos quienes señalaron con avidez a uno de los chicos mientras gesticulaban y hablaban todos juntos , recién entonces Percy se dio cuenta de que el hombre con aspecto de punk no tenía manos, solo había dos muñones y un poco de sangre cayendo por sus brazos. También fue llevado por su enfermera, lo que provoco un algo de celos en Percy.

El hijo de Poseidón decidió no mostrarse ante ellos. No tenía un motivo claro y real para no querer que supieran de él, pero todos sus instintos le decían que no, que no era buena idea, gritaban peligro y el frustraba no saber porque eran peligrosos ya que no lo parecían, es más se notaba que no hacían ejercicio físico, en especial el gordo que se vivía quejando de que no había comida grasosa. Aunque cuando lo pensaba bien se daba cuenta de que ellos no eran peligrosos, lo peligroso era lo que pudiera resultar de ese encuentro.

Sin embargo, rondaba cerca de ellos para oírlos hablar e interactuar, después de todo hacía tiempo que no estaba entre humanos.

Al parecer el manco llamado Penny (Percy se rió la primera vez que escucho su nombre que pegaba con su aspecto) estaba vivo, pero los centauros fueron incapaces de reconstruirle las manos, y el que estaba en la camilla se encontraba en coma. Más tarde descubrió que le ocurrió algo parecido a lo que le paso a él.

En el grupo había una sola mujer que a todas luces gritaba puta, y por la forma en que sus compañeros la miraban era obvio (hasta para Percy que no era muy despierto en esos temas) que se acostó con todos ellos.

Los chicos esperaron casi un mes a que su amigo despertara, pero como los centauros le dijeron que lo probable es que nunca lo haga se terminaron yendo. Percy sintió pena por el que estaba en coma. Sus amigos no tenían mucho aguante; no había pasado ni un mes y ya se habían rendido, ya lo habían abandonado.

En el día en que partieron Percy estaba listo para seguirlos y averiguar de donde venían. Pero cuando se disponía a cruzar el linde del bosque tres voces heladas que le dieron escalofríos lo detuvieron. Cuando se dio la vuelta sintió temor y alivio al mismo tiempo. Alivio porque reconoció a las dueñas de las voces que frenaron su avance, fue gratificante mirar rostros conocidos de su antigua vida. Tuvo miedo porque esos rostros pertenecían a las Parcas.


Esa noche Percy no pudo dormir. Daba vueltas en su cama, se tapaba y se destapaba, caminaba de un lado a otro de su habitación, miraba por la ventana o jugaba con el pequeño Bob. Estaba más inquieto de lo normal. Lo que las Moiras le contaron rondaba sin cesar por su mente. Ahora muchas preguntas tenían respuestas. Ahora tenía sentido el hecho de que cuando rezo a los dioses no sintió nada, no sintió su poder.

Al parecer las Parcas lo sacaron del Tártaro y lo llevaron al Retiro. No le dieron muchos detalles al respecto pero le dijeron que estaba en otro mundo llamado Fillory y que los chicos que vio eran del mismo mundo de Percy, pero que fueron allí conociendo la existencia de Fillory; las Moiras le dijeron que eran magos y que se ocultaban del mismo modo que los dioses se ocultan de los mortales. Según entendió había un mal terrible en Fillory que solo podía ser detenido por humanos de la Tierra. Todo le sonó mucho a Narnia pero no discutió. Por lo menos tenía sentido el hecho que fueran magos ya que había visto muchas cosas raras en ellos. Y también tenía sentido que estos centauros fueran tan distintos de los que conocía.

Sin embargo, lo que lo tenía inquieto era que las Parcas le habían prometido que iba a volver a la Tierra, que iba a volver a su mundo, a su vida. Por último sabía lo que estaba pasando en el Olimpo y el significado de la foto, y en el fondo eso era por lo que no podía dormir. La daba vergüenza que lean esos libros, porque había muchas cosas que se había guardado para sí y no le apetecía que todos conozcan.

Gracias a su nueva forma de pensar y sentir, la inquietud se fue tan rápido como apareció. Al principio confió en que las Parcas omitieran ciertas cosas, pero termino por no darle importancia. Él era quien era y vivó lo que vivó, y punto. Al que le gustaba bien y al que no también. Lo que no iba a admitir era que le reconfortaba saber que no iba a pasar el resto de sus días solo con centauros que no lo comprendían.

El hombre en coma despertó cuatro meses después, y como Percy, se quedó en el Retiro. Conversaron muchas veces y se puede decir que llegaron a ser amigos, aunque en ningún momento hablaron de amistad.

Se llamaba Quentin, pero sus amigos le decían simplemente Q. Para Percy era obvio que Quentin estaba celoso de él (después descubrió que Q sabia cosas y hacia cosas que fácilmente eran envidiables, aunque él no se sienta así). Y esos celos aparecieron cuando vio la sala de cuadros. En un lugar privilegiado, en toda una pared dedicada a él; había un enorme cuadro en el que estaba retratado Percy. Era un cuadro de medio cuerpo en donde se veía el pecho y el rostro de Percy. Estaba vestido de blanco y negro con ropas únicas hechas por los centauros. Su cabello blanco alborotado y sus intensos ojos verdes mar era lo primero que uno veía al mirar el cuadro. Su expresión era seria y noble. Parecía un hombre adulto, no un adolescente. Parecía un príncipe o un rey.

El centauro que lo pinto capto su belleza de forma increíble. El hombre del cuadro era hermoso tan hermoso que parecía irreal y lejano, inalcanzable. El joven del cuadro era Perseo. No había rastros de niñez o adolescencia en su rostro. El hombre del cuadro no era Percy el adolescente feliz y confiado; era Perseo un adulto maduro y sabio.

Con esa pintura, su nombre y su rostro quedarían para siempre guardados en la memoria de los centauros y de Fillory, porque con el tiempo se hizo conocido en todo ese mundo. Llego a ser una leyenda; no solo por su belleza, sino también por su poder, porque años más tarde los centauros contaron de su poder y fortaleza.

El cuadro quedo en la sala por un largo tiempo, hasta que fue trasladado a un museo en donde quedaría expuesto mucho tiempo más, y en donde los habitantes lo admirarían y recordarían (en especial un rey que lo conoció y lo recordaba con cariño) durante toda la existencia de este mundo. Porque todo tiene un principio y un fin. Y la memoria de Percy perduro hasta el final de los días que le estaban destinados a Fillory.


Espero que les haya gustado. El próximo capítulo ya casi lo tengo terminado y es de la lectura y en el que le sigue traigo a Percy a la sala de tronos.

Sé que están impacientes y que quieren que lo traiga ya, pero como voy a hacer el tercer libro va a haber mucho de Percy, no se preocupen. Además no se van a aburrir con su entrada.

Cualquier duda o cosas que me haya olvidado de decir las comento en el próximo capítulo porque ahora estoy muy cansada.

Mil gracias por los comentarios y gestos de aliento, no saben cómo ayudan a un escritor las críticas.

Seguro hay algún error de gramática o de ortografía así que espero que me tengan clemencia. No sé si este capítulo está escrito como los otros, no sé si es lo mismo o si les gusto como a los otros; todavía no estoy del todo bien emocionalmente y es probable que afecte la lectura; espero que lo entiendan si este no tiene la misma calidad que el resto. No saben lo que me costó escribirlo, el bloqueo era enorme y no me salían las palabras. Estoy falta de adjetivos y sinónimos.

Espero no decepcionarlos.

Los quiero y los extrañe mucho así como también extrañe escribir, pero…

¡Ya estoy de vuelta!

Besos y saludos,

HaydeeDantes