Disclaimer: los personajes de PJ son propiedad de Rick Riordan.

No puedo más de la vergüenza y no sé cómo pedirles perdón. Les aseguro que actualizo recién ahora, porque recién hoy pude escribir este capítulo. Los dejo que lo lean, y les ruego que vean lo que tengo para decirles al final.


Anteriormente...

Nico apartó la mirada y cuando vio que Connor se acercaba a él huyo para hablar con Hazel y Frank que conversaban esperando a que termine la discusión. Todavía no podía creer lo que dijo. No pudo volver a mirarlo a la cara sin que su rostro se sonrojara. Después de semejante confesión salió corriendo y no permitió que se quedaran a solas para hablar sobre ello.

Nico en el fondo sabía lo que sentía y lo que quería pero aún no estaba listo.


Perseo se encontraba mirando el atardecer, la luz anaranjada del sol iluminaba su rostro, y una suave briza alborotaba sus cabellos. Desde su lugar en los tejados observaba el bosque por el que días atrás Quentin había partido. Se fue en busca del Ciervo Blanco también conocido en este mundo como La Bestia Buscada, nombre ridículo si le preguntan a él, pero bueno allá ellos es su mundo después de todo.

La leyenda cuenta que aquel que caza al Ciervo y no lo mata, este le concede tres deseos; y Percy sabía el deseo que Quentin iba a pedir, volver a casa. Por un segundo estuvo tentado a hacer lo mismo, pero luego se dijo que no, que las Parcas así como lo trajeron lo iban a llevar de vuelta con los suyos.

Con un suspiro lleno de nostalgia recoge sus dibujos y se dispone a bajar del techo, cuando nota detrás suyo una repentina fuente de poder. Se da vuelta y allí están como invocadas con el pensamiento Las Moiras.

-Ya es la hora-. Anuncian las tres al mismo tiempo.


Mientras Nico se escondía de Connor con el recuerdo de su casto beso fresco en su memoria; Paul junto con Edmund, su hermoso bebé, dormido en sus brazos se dirigía al templo de Hestia para ver a su esposa. Hay que decir que el pequeño Ed iba a ser igual de tenaz, perseverante y testarudo que su padre; ya que no se cansó de hostigar a los dioses para que le infirmen del paradero de su mujer y lo dejen verla.

No estaba seguro del porque se negaban a que él y su hijo la visiten (aunque tenía sus sospechas, bastante acertadas), sin embargo esto no le importaba, no iba a parar hasta que logre su deseo: ver a su amada a quien tanto había extrañado. Para ser honestos pensó que iba a ser más difícil, pero luego de intentar con los tres grandes y no lograr nada se dirigió a Dionisio y afortunadamente para Paul, Ed comenzó a llorar y eso fue algo que el dios del vino no soportó; así que quejándose de sus pobres oídos le grito el lugar el donde estaba Sally y su permiso para poder entrar al templo. Tiempo después se enteró por la propia Hestia que ella le hubiera dado con gusto el permiso para ingresar a su templo, pero que no había querido perderse del espectáculo que montó Dionisio gritando con la cara colorada que quitaran a ese monstruo llorón de su vista y, más importante aún, de sus oídos.

Cuando ingresó al cuarto se quedó congelado, inmóvil, sin poder moverse u omitir sonido alguno. Esto siempre le ocurría cuando miraba a Sally dormir. Su belleza lo ahogaba, muchas veces pensaba que él no era merecedor de algo tan hermoso.

Sally Jackson reposaba en una enorme cama matrimonial destilando perfección y hermosura.

Con un suspiro romántico Paul se acercó al lecho, se sentó en un costado de la cama y se dedicó a observarla por varios minutos. Sally ya no era joven; a pesar de no tener ningún pelo blanco, las arrugas en sus ojos y en las comisuras de su boca delataban su edad. Aun así era la mujer más bella que había conocido, y eso que venía de ver a diosas hermosas, incluida la mismísima Afrodita. Al parecer de Paul ninguna tenía comparación con su Sally.

Ella era la única mujer que había logrado hacerlo sonrojar con un alago suyo. A veces su esposa se deprimía pensando que ya no era bonita y entonces él le aseguraba lo contrario, le hacía notar lo maravillosa que es. Era siempre la misma rutina: Sally se veía vieja y fea, Paul la retractaba alagándola y diciéndole que la sigue amando como el primer día y luego Sally lo hacía sonrojar diciéndole el hombre atractivo y buen mozo que es.

Con una sonrisa recordó cuando Percy le dijo que parecía un actor de cine, pero que iba a negar a muerte haberlo dicho si se lo mencionaba a alguien. Paul nunca había sido una persona insegura con respecto a nada. Siempre tuvo en claro que amaba la literatura y que quería ser profesor, en la mejor escuela de ser posible. Tampoco era ignorante de su físico, sabía que era guapo, motivo por el cual en su juventud nunca tuvo problemas con las chicas, no es que fuera un Casanova y anduviera saltando de flor en flor en sus años mozos, pero no le faltaban chicas dispuestas a salir con él. Incluso, actualmente, sabía que varias alumnas y alguna que otra profesora estaban "enamoradas" de él ya que sabía que la mayoría solo quería una noche (o varias) en su cama, otras platónicamente hablando suspiraban por él.

Sin embargo, no había encontrado esa persona especial que le cortara la respiración y le generara mariposas en el estómago con la que quisiera entablar una relación seria hasta que conoció a su mujer. Ella cambió todo su mundo, hasta estaba dispuesto a enfrentarse a un dios por ella.

Trato de despertar a Sally, primero moviendo suavemente su hombro, luego la beso en la frente, como no de despertaba le fue dando besos en toda la cara pero nada. Entonces recordó el cuento de Blancanieves y se dijo que no perdía con intentarlo sin contar con que es su esposa. Así que acerco sus labios a los de Sally sellándolos en un beso suave, pronto su mujer comenzó a despertar y lo primero que vio fueron los hermosos de su marido y sonrió. Lo había extrañado, a él y a su bebé.


Nico no podía creer lo que escuchaba, ahí estaba Hestia diciéndoles que por el momento no iban a seguir con la lectura hasta que el reto de los dioses terminaran de discutir si dejaban o no las carreras de carros en el Campamento Mestizo. Así que la diosa pidió a Apolo que comenzara a oscurecer todo el Olimpo para que los semidioses se fueran a dormir, quizás era demasiado pronto, pero así evitarían ver el espectáculo que estaba segura estaban por montar los dioses, y no se iba a arriesgar a que en su pelea tomen su forma divina delante de cientos de desprevenidos semidioses.

Reina por otro lado estaba considerando incluirla en las actividades de entrenamiento de los romanos. Por lo tanto iban a tener a tener un buen tiempo libre y ya veía como Connor se acercaba a su persona y no tenía a donde escapar.

Aunque, ¿Por qué escapaba realmente? Por vergüenza. La verdad era que no se animaba a avanzar de forma física con Connor. Pero tampoco se podía decir que estuvieran en una relación.

Habían hablado, sí. Bueno más bien el hijo de Hermes se dedicó a dejarle claro sus sentimientos románticos por él, tarea que fue titánica ya que Nico se negaba a creer que Connor o alguien tenga un interés de ese tipo por él. Es decir, sabía que Hércules estaba "interesado" en su persona o sea que lo quería en su cama; pero el hijo de Hades sabía que hasta ahí llegaba. Así que le costó aceptar el amor de Connor.

Y aunque no se lo haya dicho con palabras, el hijo de Hermes era consciente de que aunque sea le gustaba a a Di Angelo; así que si bien todavía no eran oficial eran una especie de pareja. No lo manifestaban en público, no se besaban ni se tomaban de las manos, pero estaban seguros de que eso iba a pasar pronto. Y ahí residía por qué Nico escapaba de Connor desde su último encuentro en el que se besaron por varios minutos.

Nico suspiro al recordarlo. Al principio fue un beso lento y suave como una caricia, un beso que inevitablemente se hizo fogoso, pasional; lo que llevo al hijo de Hermes a pasar su mano por debajo de la camisa de Nico y tocar su fría piel que en esos momentos estaba tomando calor. Fue entonces que Nico reaccionó y fue consciente de lo que podía pasar.

Como se estaba haciendo costumbre con él, huyó.

-Yo daría por finalizada la jornada-comentó una voz detrás suyo asustándolo. Se había distraído tanto en sus pensamientos que no notó cuando Connor llegó hasta él.

Nico se sonrojó y lo miró confundido.

-Yo diría que es mejor que nos vayamos a dormir- dijo Connor con una tierna sonrisa. Nico asintió y cuando se estaba por ir el hijo de Hermes lo detuvo por un brazo.

-Ven conmigo, te quiero mostrar algo que arme para nosotros- suplicó Connor con una carita de perrito abandonado esperando convencerlo- es una sorpresa-. Trató de engatusarlo.

Para su suerte funcionó. Nico no fue capaz de resistirse a ese rostro suplicante y a la vez lleno de ternura y amor ni a su voz cargada de promesas maravillosas. Y en una nube se dejó guiar hasta una zona del Olimpo que no había visto nunca.

Los últimos y tenues rayos del sol se asomaban por detrás de una aglomeración de nubes violáceas en medio de un cielo por lo demás despejado. Sobre sus cabezas, la luna menguante daba la sensación de estar muy cerca y los árboles que los rodeaban estaban tranquilos y el terreno desierto, todo envuelto en un desconcertante silencio al que ninguno estaba acostumbrado.

Se encontraban en un hermoso jardín apartado de todo lo demás; grande pero pequeño a comparación de los otros, que no estaba en honor a ningún templo y por eso mismo se encontraba puro e inmaculado, sin templos ni edificaciones pero arruinen el paisaje natural. Era un espacio irregular plano, con un césped corto, verde, brillante espeso y delicado que se esparcía por todo el jardín.

Casi todo el lugar estaba rodeado por árboles altos y anchos, con flores rosas y blancas y con un aroma dulce, fresco y relajante que si bien no eran muchos pero si los suficientes como para que de afuera no se vea el interior. Por el único costado que no había árboles, cruzaba un pequeño arroyo con agua transparente y fría con un susurrar melodioso y armonioso que invitaba a un descanso largo descansado al más ferviente trasnochador.

A unos pocos metros del arroyo había una tienda de campaña con una pequeña hoguera. Los ojos de Nico se llenaron de lágrimas. Nunca nadie había hecho algo así para él.

Era… era hermoso. El jardín, el arroyo, la tienda, la fogata; todo el paisaje en general era precioso. Luego miro el rostro ilusionado de Connor iluminado por la luz del fuego. Lo más hermoso de todo era él.

Connor vio la cara de placer de Nico cuando tomó un pequeño malvavisco entre sus labios mordiéndolo suavemente, disfrutando de su sabor.

-Este malvavisco es un regalo del cielo- comentó antes de meterse otro en la boca-. Pruébalos, están deliciosos.

Con una sonrisa el hijo de Hermes toma uno y se sienta al lado del morocho.

-Tenemos que hablar Nico- le dijo con voz suave, casi como un susurro. Nico se sonrojo profusamente y separó sus labios para decir algo pero Connor lo detuvo-. Dejame hablar, por favor.

-Mira Nico yo… te quería decir… que yo bueno… agh no soy bueno para esto- gruñe con frustraccion, quien hubiera dicho que declararse era algo tan complicado-. No, déjame terminar, necesito decirte esto – interrumpe Connor una posible réplica de Nico- y que aclaremos las cosas.

Connor inspira profundo dándose valor al tiempo que mira a Nico a los ojos. Y así, mirándose, conectados, cada uno entró en el alma del otro y ambos se dieron cuenta que no necesitaban palabras. Connor en las profundidades negras y Nico en las inmensidades castañas, vieron lo que en el fondo de su corazón sentían por el otro. Ambos lo sabían, desde hace mucho.

El hijo de Hermes lo amó desde el instante en que sus ojos se posaron por primera vez él. Quizás en ese momento no comprendió el verdadero significado de la calidez que sintió en su pecho ante la imagen de ese niño hermoso y tierno. Calidez que con el tiempo solo creció hasta que un día, en la Batalla del Laberinto, lo vio de nuevo después de tanto tiempo, supo que era amor. Y también supo que no había vuelta atrás, que no era un amor pasajero. Era, literalmente, su primer y único amor. Por eso le partió el alma no ser correspondido. Porque así como sabía que amaba al hijo de Hades, también sabía que este amaba a al hijo de Poseidón. Y cuando esta realidad lo golpeó de lleno, cuando la verdad cual estaca de hielo se le incrustó en el corazón y en el alma; lloró, porque dolió y mucho. Dolió tanto que dejó cicatriz, pequeña, imperceptible al buen observador, tan diminuta que solo él la veía. Porque esa estaca trajo consigo una compañera. Compañera que fue a quebrar el lazo de amistad que lo unía con Perseo. Connor lo sabía, oh sí que lo sabía. Sabía que el hecho de que Nico amara a Percy no era culpa de ninguno de los dos. Era de los Dioses, si quería buscar responsables, cosa que no valía la pena. Pero a pesar de saber que el héroe del Olimpo no era el culpable, no pudo evitar mirarlo bajo una nueva luz, no pudo evitar alejarse. Fue un alejamiento que nadie notó pero que estaba, era una estaca que llego para quedarse y que solo el tiempo diría si se iba a derretir. Porque por más que no haya querido Perseo lastimó a Nico y eso era algo que no soportaba.

El hijo de Hades lo comprendió en ese instante, mientras se perdía en esos enormes ojos castaños que se antojaban a chocolate. Quería amarlo. Quería dejar de sufrir. Y no estaba muy lejos de lograrlo, Solo necesitaba que alguien le enseñe. Porque quizás ya no amara con locura a Percy, pero todavía había amor, que aunque ya no fuera tan fuerte y no doliera tanto como una vez dolió, todavía había algo. Y Nico quería amar a Connor, ya sentía un cariño profundo por el hijo de Hermes y le gustaba, vaya que era atractivo. Pero necesitaba que el fantasma de Percy desapareciera para poder querer a alguien completamente de nuevo.

-Enséñame a amarte-. susurró Nico todavía mirándolo a los ojos.

Connor no se hizo rogar.

Y así mientras las ropas caían y quedaban olvidadas, el hijo de Hermes le enseñó al hijo de Hades a amarlo.

Pronto el único sonido era el de gemidos y susurros de llenos de amor y pasión. Entre roces de pieles desnudas y calientes que rogaban atención, ambos semidioses se amaron. Uno más que el otro, pero se amaron al fin y al cabo. Y en el próximo encuentro el más pequeño iba a amar más y en el siguiente aún más. Y quien sabe un día sea el que más ame de los dos.

Porque el destino es caprichoso y decidió darle a Nico Di Angelo otra oportunidad, y cuando este creía que ya no había esperanzas para él; encontró el amor en la persona menos esperada. Encontró un amor que iba a llegar a ser mucho más grande que el que alguna vez sintió por Perseo. Y la pruebo de ello estaba en que el hijo del mar no cruzó por su mente ni un solo segundo, y en que el nombre que salió de sus labios hinchados con un grito ahogado cuando llegó a su máximo placer fue el de que lo esperó y lo amó por años.


No voy a agobiarlos y contarles mis miserias, solo les digo que espero, a partir de ahora, actualizar más rápido y ponerme al día al fin con la historia. Me gustaría comenzar a subir nuevos proyectos que andan por mi cabeza, pero me imagino que les molestaría, así que lo voy a hacer cuando termine con esta historia.

En vista del tiempo que ha pasado y de lo que han esperado he decidido adelantar un poco las cosas y traer a Percy antes de lo planeado. Lo iba a hacer en este capítulo pero como ya no tengo mucho tiempo para seguir escribiendo lo dejo acá y así no los hago esperar más porque probablemente recién la semana que viene voy a poder seguir escribiendo.

De todas formas me gustó dedicarles este capítulo más que nada a nada a Nico y Connor. ¡Les prometo que en el próximo Percy entra en escena! Así que les imploro que me tengan paciencia.

Díganme si quieren que les conteste los comentarios. Si así lo desean me comprometo a contestarlos a todos uno por uno.

Espero no haber perdido la "magia" y que les siga gustando lo que escribo, y ruego a los dioses que no se hayan olvidado de mi fic y lo sigan leyendo.

Besos y abrazos a todos.

HaydeeDantes.