CAPITULO 3

Etto...lamento la tardanzaa a todos mis queridos y hermosos lectores de verdad que lo siento! u.u la verdad me uni a un fansub y me ocupa bastante tiempo pero ya me pude organizar xd espero que Disfruten el capitulo como siempre y muchas gracias por sus hermosos reviews que me dan la energia y la fuerza para continua *O* sin mucho mas tardanza los dejo con el capitulo 3 :3 esperoo que lo disfruten y como siempre espero sus hermosos reviews para ver si les gusto el capi ^^


Un par de días más tarde, mientras estaba sentada ante su ordenador, sonó el teléfono. Le cogió, pero antes de poder preguntar nada, dijeron:

—¿Estas preparada para divertirte?

Se rio al escuchar la voz de su hermana.

—Aries, ya sabes que en estos momentos no estoy interesada en los tríos — bromeó.

—No tienes tanta suerte, querida hermana —contestó Aries con un resoplido—. Loke nos invita a salir. Si te interesa, podemos encontrarnos con él en Blue pegasus. Es una de las tabernas de la localidad, un lugar verdaderamente tranquilo. El dueño no permite ningún tipo de altercado. ¿Qué te parece?

—Parece divertido. Me puedo permitir una noche libre.

—Me lo imaginé. Te has empleado a fondo, ¿verdad?

—Tengo que conseguir cierta estabilidad, Aries. Estoy totalmente decidida a tener éxito en esto.

—Ya sabes que me alegra verte tan profundamente interesada en algo. Siempre he tenido la impresión de que no llegabas a ser totalmente feliz con ninguno de los trabajos que realizabas.

—Tienes razón. La mayoría de las veces, la única razón para aceptar un trabajo era por el dinero que conseguiría. Esa no es una motivación suficiente como para que el trabajo me satisfaga. ¿Pero escribir? Es divertido, Aries. Me satisface de una manera que no sabía que necesitara.

—Me alegro profundamente por ti, Luce. Ahora dejemos este tema tan serio a un lado, te recogeré a las seis cuarenta y cinco. Loke nos esperara allí a la siete.

—Estaré lista. ¿En cuanto al vestuario?

—Estrictamente informal. Con un par de vaqueros es suficiente.

—Eso es fácil. Te veo en un momento.

—Adiós.

Lucy colgó el teléfono y se dirigió al dormitorio para desenterrar sus vaqueros favoritos, que conjuntaría con un top de algodón rojo. Después de tomar una ducha rápida y secarse el pelo, se puso un sujetador de encaje rojo y unas bragas a juego. Se aplicó el maquillaje con mano experta, una ligera base con un poco de rimel. Una vez vestida, se guardó en los bolsillos su permiso de conducir, algo de efectivo, un peine, las llaves de su casa y un lápiz de labios. Se calzó un par de sandalias, y para acabar cogió una cazadora de ante color rojo intenso, por si llegaba a refrescar, cuando escuchó el claxon de Aries en el camino de entrada.

—Justo a tiempo —comentó con una sonrisa y se dirigió a la puerta de la calle. Salió, se aseguró de cerrar bien con llave y se unió a su hermana en el coche.

El viaje fue corto y llegaron a los diez minutos. Blue Pegasus estaba situada a las afueras de la ciudad. Estaba flanqueada a un lado por una gasolinera, reconvertida en una tienda de veinticuatro horas, y al otro por una bolera. Al ser temprano, el aparcamiento estaba medianamente libre. Blue Pegasus era un lugar muy frecuentado, sobre todo, y con el desconocimiento de Lucy, por las dos manadas de hombres lobos de la localidad. Hibiki Lates, el dueño, miembro de Fairy Tail, manejaba y controlaba el lugar de manera muy diplomática. No se permitía ningún tipo de disputa; si alguien rompía las normas, quedaba expulsado sin ningún tipo de rodeo y no se le volvía a permitir la entrada. Como no querían perder sus privilegios, la mayoría de los clientes encontraban la manera de mantener la paz.

Las dos hermanas atrajeron muchas miradas de admiración cuando atravesaron la puerta. La gente del lugar conocía a Aries y sabían que era la compañera de Loke, además de ser la copropietaria de la Librería Whispering Springs. Y los chismes de la pequeña ciudad ya habían dado la noticia de la llegada de su hermana Lucy.

Hibiki captó su llegada desde detrás de la barra y la rodeó para acercarse y saludarlas con una sonrisa de bienvenida.

—Aries, me alegro mucho de verte. ¿Va a venir Loke?

—Sí, debería llegar de un momento a otro. Hibiki, me gustaría presentarte a mi hermana, Lucy. Lucy, este es Hibiki Lates. Es el dueño de este estupendo local.

Hibiki amplió su sonrisa.

—Encantado de conocerte, Lucy.

—Lo mismo digo —contestó devolviéndole la sonrisa.

—Síganme señoras. Tengo un reservado vacío esperando por vosotras.

Hibiki les mostró el camino hasta uno de los reservados más grandes, y después de que se sentaran tomó nota de lo que querían beber.

—Para mí solamente coca cola —dijo Aries, después de que Lucy pidiera una cerveza suave.

Lucy observó el lugar, mientras movía el pie al ritmo que marcaba la alta música ambiental. Era bastante espacioso, con reservados y mesas grandes a una distancia prudente, para que los clientes no se sintieran hacinados. Incluso había una pequeña pista de baile delante de la máquina de discos, para aquellos inclinados a realizar un poco de ejercicio. El lugar, en su conjunto, era todo un recordatorio de las cabañas rústicas. Al fondo se divisaba un desván al que se llegaba mediante unas escaleras laterales. Habían colocado unas mesas para quien quisiera una vista panorámica de la planta baja o un poco más de privacidad.

En su imaginación, Lucy pudo imaginarse este lugar como una típica escena de Alaska durante la fiebre del oro. Estaría lleno de chicas de salón y rudos mineros gastándose el oro en busca de un buen revolcón. Sonrió y tomó un sorbo de su cerveza.

—¿Te gusta? —preguntó Aries.

—Es precioso —contestó—. Estaba pensando en lo bien que quedaría como escenario en un libro.

—Yo también lo veo —aceptó Aries.

Siguieron charlando y tomando sus bebidas mientras los minutos pasaban. Aries miró su reloj.

—Llega tarde, espero que todo esté bien.

—Estoy segura de que lo está. No te preocupes, hermanita, vendrá.

Al momento, una sombra cayó sobre la mesa. Ambas levantaron la vista esperando ver a Loke, pero en cambio encontraron a un extraño de pie ante ellas. El hombre era alto y de constitución fuerte, con unos toscos rasgos bajo una abundante barba. Lucy estaba segura de que probablemente el hombre se creía atractivo. Sus ojos desprendían una expectante arrogancia, por lo que se sintió instantáneamente molesta. Por esto y por el hecho de que su ropa descuidada y el olor que desprendía indicaban una carencia total de higiene personal.

Él dirigió su atención hacia Aries.

—Hey, pequeña, ¿te hace un baile?

—No, gracias —contestó Aries fríamente—. Estoy esperando a mi pareja.

—Oooh, tu pareja, está bien que le esperes. Pero estoy seguro de que no le importará que bailes mientras lo haces. Vamos, te gustará estar con un hombre de verdad.

Extendió la mano con la intención de coger el brazo de Aries. Lucy le golpeó como un relámpago, sujetó su muñeca mientras se alzaba, levantándose del reservado y obligándole a dar un paso atrás.

—No toques a mi hermana —le ordenó aparentemente tranquila, con una mirada dura y directa. Le liberó y a escondidas se limpió la mano en el pantalón—. Te ha dicho que está esperando a alguien. ¿Por qué no vuelves a tú mesa?

—Bueno, no hay ninguna necesidad de que estés celosa. Tengo en abundancia para las dos —la miró con lascivia y se agarró de la entrepierna, frotándose obscenamente—. ¿Quién quiere ser la primera en probarla?

De nuevo extendió la mano, esta vez dirigiéndola hacia el pecho de Lucy. Sin ningún tipo de vacilación, ella le sujetó el brazo, dio un paso al lado y con un movimiento totalmente inesperado y armonioso, barrió los pies del camorrista, enviándole estruendosamente al suelo. Mientras caía, se escuchó un ruidoso rasgón; debido a que todavía estaba sujeto a su cazadora, le había roto la costura del hombro, dejándolo suelto.

Lucy se mantuvo de pie sobre el hombre. Incluso despeinada, con la cara ruborizada y la mitad de su sujetador visible a través de su cazadora rasgada, era la mismísima imagen de una vengativa Amazona. Lo que no sabía era que en el mismo momento que lanzaba al hombre al suelo, la puerta de la calle se había abierto y Loke, acompañado de Natsu, entraban justo a tiempo de verla en acción.

Durante una fracción de segundo, la sala entera se congeló. El único sonido era el continuo rum-rum del tocadiscos. Tan rápidamente como se había congelado, la sala se descongeló y un zumbido de conversaciones barrió la muchedumbre. Hibiki Lates apareció, en el mismo momento que Loke y Natsu, empujando, se abrían camino entre la gente.

—¿Qué demonios pasa aquí? —exigió Natsu.

—Este imbécil intentó propasarse con Aries. Cuando le pedí educadamente que se marchase, intentó agarrarme —explicó Lucy.

Hibiki pasó la mirada de Loke a Natsu y vio como surgían gemelas tormentas.

—Me ocuparé de esto —les dijo, mientras se formaban en sus bocas coléricas protestas dirigidas hacia él. No les dio ni una sola posibilidad para oponerse—. Ahí fuera, vuestra palabra es la ley y la respeto. Pero esta es mi casa, son mis reglas y no hay ninguna excepción. Esta mierda no merece los problemas que una lección privada de modales podría traer. Sentaos. Cuidad de vuestras señoras. Todas las bebidas que toméis esta tarde van a cuenta de la casa.

Hizo una seña a dos de sus camareros. Ellos sujetaron al hombre, cada uno de un brazo, y marcharon hacia la puerta. Otros dos hombres se levantaron de su mesa y siguieron a su desafortunado amigo hacia el exterior. Unos minutos más tarde se escuchó el sonido de tres motos alejándose del aparcamiento.

—Aries, Lucy, siento lo sucedido, esto no es algo que ocurra a menudo. Es obvio que esos tres no conocían las reglas —se disculpó Hibiki.

—Está bien, Hibiki, no ha sido culpa tuya. Todo ocurrió demasiado deprisa. Por suerte, mi hermana es algo así como una maestra ninja —les comunicó Aries con una amplia sonrisa.

—Tonterías —se ruborizó Lucy. Se deslizó en el reservado y se sentó con un suspiro, pero al instante se tensó ligeramente cuando Natsu se situó a su lado. Loke y Aries tomaron sus sitios frente a ellos.

—Estás sangrando —comentó Natsu quedamente, con la voz vibrante por la cólera suprimida y la frustración.

Estirando el cuello, Lucy intentó ver de qué hablaba.

—No puedo verlo —se quejó.

—Aquí, gírate un poco.

Natsu tomó una servilleta y la mojó en una de las copas de agua que les habían llevado a la mesa, junto con los refrescos que habían pedido Aries y Lucy, y las cervezas para Loke y él mismo. Su mano cubrió el hombro de Lucy y limpió suavemente el enrojecido arañazo que estropeaba la cremosa piel de su garganta.

Lucy siseó ante el gentil contacto de su toque, mientras le limpiaban el rasguñó y lo secaban con suaves golpecitos. Amablemente, metió su hombrera rota bajo la tira de su sujetador, con un movimiento que la hizo temblar.

—Ya está, no sangrará más, pero más vale que te pongas alguna pomada antibacteriana cuando llegues a casa. Si no tienes una, te compraré una en la tienda que hay al lado, de hecho, tal vez debería hacerlo ahora —se ofreció, e hizo el gesto de levantarse.

—Natsu, siéntate. No vas a ir a buscar a ese tipo —le ordenó Loke.

Natsu se calló; sus ojos color turquesa estaban tempestuosos mostrando su protesta, mientras luchaba por controlarse.

—La tocó. Le hizo daño. —Natsu habló con frases entrecortadas y roncas por la emoción.

—Lo sé, pero está bien. Luce, dile a Natsu que estás bien. —La voz de Loke era apaciguadora y la orden fue pronunciada suavemente.

Lucy frunció el ceño y miró de Natsu a Loke y de nuevo a Natsu. Estaba ocurriendo algo, pero no tenía ni la menor idea de qué podía ser. La mirada de Loke estaba llena de preocupación, claramente dirigida hacia Natsu. Su expresión declaraba evidentemente que ella tenía que hacer algo al respecto.

Giró su mirada hacia Aries, que hizo un gesto afirmativo como estímulo. Encogiéndose de hombros, se volvió en su asiento para encararle.

—Natsu, estoy bien. De veras que lo estoy.

Un leve jadeo escapó de sus labios cuando él trasladó su atención hacia ella. Los ojos de Natsu estaban iluminados. No había ninguna duda. No había ningún rayo de sol o luz de una vela o de una lámpara que pudiera causar aquel fuego interior. Fascinada, se inclinó hacia delante, acercando la mano a la mejilla de él.

Inmediatamente Natsu capturó su mano y giró la palma para acercarla a su nariz, inhalando profundamente su olor. Cerró los ojos en lo que pareció un complacido éxtasis y su lengua se deslizó sensualmente hasta tocar la palma de su mano.

Lucy tembló mientras su aliento se aceleraba. Cuando Natsu abrió los ojos, el brillo había desaparecido.

—¿Estás segura de que te encuentras bien, cariño? —preguntó suavemente, con su acariciante voz envolviéndola con calor.

Como se había quedado sin habla, solo pudo afirmar con la cabeza, aturdida por la intensa preocupación de Natsu por ella.

La tensión desapareció en él. Pudo ver cómo su cuerpo tomaba una postura más relajada.

—Bien. —Liberó su mano, cogió una de las cervezas y tomó varios tragos—. Ahora es cuando me cuentas donde aprendiste ese pequeño truco que usaste con aquel tipo.

Ella parpadeó. De repente todo había vuelto a la normalidad. Era casi como si hubiera hecho un mini-viaje a otra dimensión y de repente estuviera de vuelta a la realidad. Nadie comentó el extraño comportamiento de Natsu o el increíble hecho de que sus ojos se habían iluminado como linternas chinas. Loke y Aries les miraban con complaciente aprobación, sin el menor desconcierto por lo que había sucedido momentos antes.

—Lo hago si me cuentas por qué te brillaban los ojos hace un momento.

—Ah, eso —rio Natsu—. Eso es algo que solamente me pasa cuando estoy alterado. Eso es una… bueno… es algo que forma parte de mí. Te lo explicaré más detalladamente un día, pero no ahora, ¿de acuerdo?

Motivada por una inesperada súplica en su voz, hizo un gesto afirmativo.

—Tu turno.

—Um, me apunté a algunas clases de defensa personal. Pensé que podría serme útil, ya sabes.

—Ciertamente ha sido útil esta noche —comentó Loke—. Gracias por cuidar de Aries.

Lucy rio avergonzada y se encogió de hombros.

—Es mi hermana, siempre nos cuidamos la una a la otra.

—Sí, es cierto —dijo Aries con una sonrisa—. ¿Te acuerdas de cuando éramos pequeñas y Gajeel Redox intento robarnos el dinero del bocadillo? Era un matón de primaria, estudiaba en un curso por delante de mí y dos cursos por delante de Luce —les dijo a los chicos—. Pensó que iba a ser fácil aterrorizar a un par de muchachas. —Se rio con ganas—. Lucy y yo brincamos sobre él. ¡No nos volvió a molestar!

—Loke, creo que nos hemos sentado con un par de atrevidas y espabiladas mujeres. Deberías tener cuidado, compañero.

—Oh, yo no lo necesito. Aries ya me tiene donde quiere. Creo que eres tú el que debería tener cuidado. Luce nos acaba de mostrar cómo maneja a los hombres que no saben comportarse.

Natsu hizo una pausa, con una mirada pensativa y especulativa en su cara.

—Es cierto, pero a mí me gusta luchar con mis compañeras.

—Yo no lucho, y en las clases nos enseñaron que el mejor método para someter a un macho preponderante era ir directamente a sus testículos.

—Ouch. —Natsu se retorció en su asiento—. Creo que te concederé este asalto. —Levantó su copa en un brindis, mientras Loke y Aries se reían entre dientes y Lucy le dirigía una sonrisa satisfecha.

Pasaron el resto de la tarde disfrutando de la agradable atmósfera, las bebidas y la conversación. Cuando no jugaba a «ser todo un hombre», Lucy encontraba que Natsu era bastante inteligente. Estaba muy bien informado sobre las últimas noticias y daba sus opiniones con una meticulosidad que daba muestras de que había algo más en su cabeza aparte de las medidas corporales de las mujeres. A pesar de que las bebidas eran gratis, se limitó a dos cervezas, igual que Loke. Tenía que admirarles por eso. La mayor parte de los hombres se hubieran aprovechado de esa oportunidad.

—¿Te apetece un baile?

—¿Hmm? —contestó Lucy, comprendiendo que se había perdido en sus pensamientos, sin prestar atención a la conversación que seguía a su alrededor.

—¿Bailar? —repitió Natsu.

—Oh, bueno…

—Ve, Luce. A ti te gusta bailar —la animó Aries con una pícara sonrisa.

Lucy entrecerró los ojos y lanzó una mueca en su dirección. Pensar en bailar con Natsu, o tener cualquier tipo de contacto físico con él, hizo que sintiera las rodillas débiles.

Natsu se deslizó fuera del reservado y extendió la mano.

—Vamos, cariño. Sé que no eres ninguna cobarde.

Incapaz de pensar en una excusa viable, tomó su mano, se deslizó a través del asiento y le dejó conducirla hasta la pequeña pista de baile, delante del tocadiscos. Varias parejas ocupaban ya parte del espacio, cosa que agradeció. Al menos no se sentiría observada por ser la única pareja de baile. La selección del tocadiscos eligió aquel momento para, con un chasquido, cambiar a una canción lenta y de ritmo sensual. Natsu la tomó expertamente en sus brazos y comenzó a moverse.

Lucy siguió automáticamente sus movimientos, su cuerpo captó su ritmo, acomodándose a él. Le miró fascinada, observando como el vibrante turquesa se transformaba en resplandeciente fuego. Sus ojos reflejaban sus emociones con absoluta claridad. Además de su inequívoco deseo, se veía florecer algo más, algo que provocó que una descontrolada esperanza creciera en ella, de la misma manera que lo hizo el temor. Incapaz de mantener el contacto visual, Lucy giró la cabeza y la apoyó en su hombro. Natsu suspiró y la acercó un poco más, hasta que no hubo ningún espacio entre ellos.

Enterró la cara en su pelo y Lucy pudo sentir el movimiento de su pecho cuando inhaló profundamente.

—Hueles endiabladamente bien —gruñó—. Me haces sentir cosas. Nunca me había pasado antes. —Su voz estaba cargada de asombro.

Lucy tembló ante el tono ronco y se acercó más, sintiendo la inequívoca dureza de su erección sobre el vientre. Lejos de ofenderse, se deleitó ante su propio poder como mujer. Sus mismos deseos aumentaron en la misma proporción y Lucy les dio la bienvenida, reconociéndolos como verdaderos, apropiados y naturales —como una respuesta a ese hombre que le hacía un lugar en su vida.

Bailaron juntos en un mundo propio, lleno de calor y necesidad, atemperado por la paciencia, el anhelo y la esperanza, junto con la comprensión del camino que emprendían. Cuando la música terminó, se hicieron a un lado y se sonrieron el uno al otro. Cada uno de ellos sabía, sin necesidad de preguntas, que el otro comprendía exactamente lo que sucedería. Natsu posó un suave beso sobre su mejilla y empujó su trasero en dirección a la mesa.

Lucy tomó asiento y se giró hacia Natsu mientras este se deslizaba a su lado.

—A propósito, ¿qué haces aquí? Nadie me dijo que vendrías.

Natsu se rio.

—Más o menos me invité cuando Loke me dijo que había quedado con Aries y contigo.

—Ya veo —contestó—. ¿Por alguna razón en particular?

—¿Preguntas con alguna intención, cariño?

—Solamente por curiosidad.

—Uh-huh. ¿Necesitas que te explique detalladamente por qué estoy aquí? —Natsu le dirigió una mirada que derritió sus entrañas hasta dejarlas como la mantequilla.

Lucy tragó con fuerza.

—Creo que tu mirada me dice todo lo que tengo que saber.

Al otro lado del reservado Loke resopló con una sonrisa y le lanzó un guiño a Lucy, con una expresión que le decía claramente «Ya te lo dije». Lucy se encogió de hombros tímidamente, pero estaba satisfecha.

Cuando la tarde llegaba a su fin, Aries comenzó a bostezar y Loke declaró que era hora de irse. Era muy atento con ella, la ayudó a levantarse, colocó un brazo por encima de sus hombros y la acercó a su lado. Lucy vio la líquida calidez que iluminaba los ojos de Aries cuando alzó la vista hacia él, y suspiró cuando Loke se inclinó para posar un suave beso sobre sus labios.

Natsu ya se había levantado y ella se deslizó fuera del reservado para encontrarse con su mirada y una solemne expresión en sus ojos. Él se giró hacia Loke.

—¿Por qué no llevas a Aries a casa en su coche? Yo podría llevar a Luce. Si estás de acuerdo —le preguntó.

Lucy hizo un gesto afirmativo, sintiendo como una única mariposa provocaba una leve agitación en su estómago. No estaba segura de lo que sucedería, pero al mismo tiempo se sentía inexplicablemente segura a su lado.

Como todos estuvieron de acuerdo con la distribución, se despidieron en el aparcamiento. Natsu condujo a Lucy hacia su camioneta y abrió la puerta del pasajero para que entrara. Se instaló y sujetó su cinturón de seguridad mientras él daba la vuelta por la parte delantera de la camioneta y se situaba a su lado.

Natsu sintonizó la radio en una emisora de música suave y, a pesar del hecho de que no hablaron durante el viaje, Lucy pudo relajarse. Recostó la cabeza en el asiento de cuero y cerró brevemente los ojos.

—¿Estás cansada? —preguntó Natsu suavemente cuando dirigió la camioneta hacia la entrada de su casa.

—Un poco. Ha sido una tarde muy interesante.

—Es cierto —concordó y apagó el motor, dejando encendida la radio—. ¿Cómo está el rasguño?

—Escuece un poco.

—Déjame ver.

Se inclinó sobre ella, girándose para poder verlo. Las yemas de sus dedos pasaron suavemente por la zona exterior del rasguño.

—Ha sangrado otra vez. Déjame que te cure —suspiró.

Sin comprender lo que pretendía, Lucy se quedó sin aliento cuando él acercó su boca a su piel y su lengua se deslizó húmeda y lentamente a lo largo de todo el arañazo. Expulsó el aliento con leves jadeos y gimió suavemente cuando repitió el gesto una y otra vez.

Natsu se retiró ligeramente, sus ojos relucían con la brillante luz, ahora tan familiar.

—¿Te sientes mejor?

Ella hizo un gesto afirmativo, incapaz de hablar.

—Me sentí verdaderamente alterado cuando te vi lanzar al suelo a aquel tipo. Me pareció que te había fallado, que debería haber estado allí para protegerte. Odio el hecho de que te hiciera daño. No volverá a pasar, Luce. Te prometo que nadie volverá a hacerte daño.

Lucy se estremeció ante la profunda emoción que mostraban sus ojos.

—Natsu… yo

—Shh, no digas nada por ahora. Limítate a sentir, cariño.

La tomó en sus brazos y buscó su boca. Sin ningún tipo de pensamiento o vacilación, Lucy abrió la boca cuando la pasión explotó entre ellos. La lengua de Natsu se adentró en ella y la recibió con atrevidas e insistentes caricias, que extrajeron un gemido desde lo más profundo de su garganta.

Sus brazos le rodearon los hombros, mientras que él estrechaba fuertemente su espalda. Sus manos se deslizaron lentamente arriba y abajo, acercándola más, hasta que sus senos quedaron presionados contra su pecho. Natsu se recostó, en ningún momento interrumpió el contacto con su boca mientras arrastraba a Lucy con él. Ella terminó medio sentada en su regazo, con las piernas estiradas sobre el asiento del pasajero.

Siguieron explorando las cálidas y húmedas bocas del otro. Natsu retiró uno de los brazos de su espalda y se movió hacia el frente de su blusa, tirando de la tela rota que había metido bajo la tira de su sostén. Lo suficientemente consciente como para comprender hacia donde se dirigía él, hizo una profunda inspiración, descubriendo su mirada interrogativa.

La mirada de sus ojos transmitía un increíble calor, pasión y necesidad, todo ello unido a una voluntad de hierro. Su mano trazó ligeramente, hacia abajo, la roja tira de su sujetador.

—No puedes imaginarte lo intrigado que estoy por esta pequeña y delicada cosa que llevas. ¿Tus bragas también son de encaje rojo?

Lucy se sonrojó.

—La verdad es que me gusta bastante ese color… y sí, lo son.

—Oh, cariño, a mí también me gustan esas cosas tan bonitas. Sobre todo me gusta quien las lleva puestas. —Su mano continuó el recorrido hasta que se detuvo sobre un seno, amoldando la mano a él. Lucy gimió y se acercó más para aumentar la presión de su tacto—. Tranquila, cariño, déjate llevar por las sensaciones.

Natsu se inclinó sobre ella para apoderarse con la boca, de la pequeña rigidez de su pezón que se apretaba contra el sostén. Con la lengua moviéndose sobre el suave sujetador comenzó a succionar. Lucy se tensó, empujándose contra él, ofreciéndole aun más. Su respiración jadeante, junto con sus desesperados gemidos, llenaron el habitáculo, y sus caderas comenzaron a moverse con un ritmo que mostró su creciente necesidad, haciendo que él deslizara la mano por su torso hasta llegar a sus muslos ligeramente abiertos.

Perdida en el sensual fuego y buscando el orgasmo que rápidamente se formaba en su interior, Lucy se abrió a él. Un gemido animal reverberó en ella cuando la mano de Natsu comenzó una firme y acariciante fricción, que provocó una creciente oleada de calor. Se arqueó contra él, jadeando, cuando liberó su pezón con un punzante pellizco. Una vez más colocó la boca contra su garganta, utilizando los labios y la lengua de tal manera que la hicieron temblar. Natsu ascendió un poco más. Con un movimiento que hizo que su estómago se tensase y vibrara de necesidad, lamió el sensible hueco bajo su oído antes de ejercer una suave succión.

Su espalda se arqueó.

—Mmm, Natsu, por favor.

—Eso es, dulzura. Tan buena y tan salvaje, para mí. —El enronquecido tono de su voz, envió vibraciones a través de sus terminaciones nerviosas—. Un día, muy pronto, voy a tenerte en mi cama. Voy a extender estos deliciosos muslos y hundir mi miembro profundamente en tu interior. Directamente aquí. —Natsu acentuó sus palabras aumentando la presión entre los muslos de Lucy—. Directamente aquí, cariño. Jodiéndote hasta que grites.

Lucy se sintió ascender con una intensidad insoportable de placer. Con un gemido se corrió; sus caderas se movieron con una serie de movimientos entre lentos y rápidos, que extrajeron cada gramo de placer, gracias al seguro toque de Natsu. Toda la tensión que se había acumulado en su cuerpo durante la tarde desapareció mientras se recostaba sobre él, descendiendo lentamente del nirvana al que la había subido. Exhaló profundas y estremecidas inspiraciones que, tras unos minutos, volvieron a la normalidad. Cuando esto ocurrió, la realidad se abrió paso de golpe y se tensó en sus brazos.

—Esto ha estado bien —murmuró él—. Ha sido hermoso mirarte, Luce, simplemente hermoso.

Ella se relajó ligeramente, pero no pudo detener la ola de turbación y la multitud de emociones que la recorrieron.

—Natsu, lo siento. No debería haberlo hecho. Sé que querrías que yo… te lo devolviera, pero…

Natsu la hizo callar con un suave beso.

—Lo puedo querer, pero no lo espero. Todavía no estás lista y, por mucho que lamente admitirlo, tampoco yo estoy listo. Al menos no para algo más allá de lo físico. Solo estoy listo para esto. —Se rio entre dientes—. Estoy tan listo que me duele, pero hay algo más entre nosotros, y tú y yo necesitamos tiempo. —La ayudó a sentarse en su sitio y a arreglarse la ropa—. Hay algunas cosas que deberías saber sobre mí, cosas que son… complicadas. Pero ahora mismo voy a acompañarte hasta la puerta de tu casa y darte un beso de buenas noches, ¿vale?

Lucy hizo un gesto afirmativo, afectada por su sensibilidad. Esperó mientras él salía de la camioneta, observándole dar la vuelta para abrir su puerta. Cuando salió, le pasó un brazo por su cintura y ella le dio la bienvenida al calor y la seguridad que la transmitió. Anduvieron hasta el porche y Natsu esperó pacientemente a que buscara en el bolsillo las llaves de su casa.

Al abrir la puerta, la débil luz de la lámpara que descansaba sobre la mesa del pasillo se derramó hacia el exterior. Iluminó una zona del porche y lanzó su suave brillo sobre ellos. La expresión en las facciones de Natsu era grave.

Él extendió la mano y acarició su mejilla.

—¿Eres una mujer de mentalidad abierta, Luce?

—Me gusta pensar que lo soy —contestó suavemente, perpleja ante la pregunta.

—Es bueno saberlo —reconoció Natsu y se inclinó para besarla. Fue un beso suave y dulce, cargado con un amortiguado fuego y promesas—. Buenas noches, amor.

—Buenas noches —murmuró y le observó dirigirse a la camioneta.

No pudo evitar la sonrisa que curvó sus labios cuando le escuchó refunfuñar y reajustarse disimuladamente los pantalones. Cuando brincó en su camioneta, ella se despidió agitando las manos y cerró la puerta, echando la llave desde el interior.

Más tarde, aquella noche, Lucy se despertó debido a diversos dolores musculares. Gimió y se giró saliendo de la cama. Se puso de pie balanceándose ligeramente y su mente, aún enmarañada por el sueño, le advirtió que debería haber estirado sus músculos después de tumbar a aquel bastardo prepotente en Blue Pegasus. Con una murmurada maldición y medio atontada arrastró los pies hasta el baño, llenó un vaso de agua y engulló un par de las pastillas más fuertes que tenía para el dolor.

Todavía medio dormida, se lanzó de nuevo a la cama, deslizándose bajo las mantas e inmediatamente se quedó dormida. En ningún momento se preguntó sobre el hecho de ser capaz de ver con perfecta claridad en la total oscuridad de su dormitorio.


Al día siguiente, Lucy se sintió extrañamente molesta, como si no estuviera a gusto con su propia piel. De vez en cuando inquietantes sensaciones parecían recorrer su cuerpo, poniéndola intranquila e incómoda. Extraños pero convincentes sueños habían poblado su mente durante la noche. Uno particularmente vívido se sobreponía al resto y se quedó pensativa mientras bebía relajadamente una taza de café en la mesa de la cocina. Natsu había llamado a primera hora para decirle que tenía una reunión con un cliente. No había nada que distrajera su atención del recuerdo.

En el sueño estaba oscuro y se hallaba fuera, caminando por el bosque. Cuando levantó la vista, observó el cielo claro y la luna brillante a través de un espacio que dejaban las ramas de los árboles. La opalescente luz, combinada con la suave brisa, dejaban ver unas extrañas y amenazantes sombras bailando entre la maleza. Debería haber resultado atemorizante, pero Maite sintió una extraña mezcla de paz y alegría. Una parte de ella sabía con firme certeza que en aquellas sombras no había nada que pudiera dañarla. Pertenecía a aquel lugar, hasta podría convertirse ella misma en una sombra si lo quisiera.

Frunciendo el ceño, Maite depositó la taza de café y cerró los ojos. En el sueño aparecían más cosas de las que había pensado y lentamente estaban regresando.

Recordó que había andado buscando algo o a alguien. No tenía miedo de estar sola, pero sentía que algo no estaba bien. La estaban esperando y su sitio estaba con ellos.

—¿Ellos? —susurró Lucy temblorosa. Algo en este sueño le hacía parecer casi real. Manteniendo los ojos cerrados, suspiró y se relajó, abriéndose a las imágenes de su mente, que se revelaban ante ella.

Aceleró el paso, buscando continuamente algo que le mostrase el camino. Lo encontró. Un olor que rozó sus fosas nasales. Era extraño, pero de una manera extrañamente familiar. Tiraba de ella, provocándola, hasta que se abrió paso entre la poblada maleza, adentrándose en un espacioso claro. Reunida allí, misteriosamente tranquila y silenciosa, había una manada de lobos. Se percibía en ellos un aire de anticipación y Lucy supo que la estaban esperando. Eran «ellos». Era donde ella pertenecía.

Lucy se percató de que jadeaba ligeramente. Luchó por apartar toda distracción y permanecer en el sueño.

Los lobos eran hermosos, lustrosos y ágiles bajo sus pelajes, que se extendían en diferentes matices, desde el gris al negro, rojizo y marfil. La observaban con ojos de un amarillo pálido, pasando por una variedad de colores que iba de los dorados oscuros a los marrones. Por alguna razón no se sorprendió al ver también diferentes matices de verde y azul, aunque algo le dijera que no era natural en los lobos.

Al otro lado del claro, los lobos se movieron. Lentamente, la manada se dividió para dejar un sendero entre Lucy y el lobo que había entrado en el claro frente a ella. El reconocimiento la traspasó. Ya había visto a ese lobo. Era el lobo rojizo que se le apareció en el lago la primera noche que paso en Whispering Springs. Sus ojos turquesa atrajeron su atención. Sus propios ojos se dilataron cuando los de él cobraron un suave resplandor. Lucy, fascinada, caminó hacia él a través del pasillo dejado por los lobos.

Hasta que no se encontró a solo unos pocos metros de distancia no comprendió algo extraño. No estaba mirando hacia abajo, ni a él ni a cualquiera de los otros lobos. Sus ojos estaban al mismo nivel que los de ellos. Se detuvo y miró hacia abajo. Donde deberían haber estado los pies solo había patas. Patas grandes, cubiertas por pelos y largas uñas, parecidas a unas negras garras. Con el corazón acelerado, Lucy alzó de nuevo la cabeza. Unos ojos color turquesa estaban concentrados en los suyos. La cabeza del lobo comenzó a desdibujarse y los rasgos de un hombre aparecieron sobre aquel hocico cubierto de pelo.

—Natsu.

Con ese suave murmullo, Lucy rompió su aturdimiento. Se sentó tensa en la silla, parpadeando y observando fijamente la mesa. Inspiró profundamente y, con una estremecida exhalación, consiguió trasladar sus ojos hacia la luz del sol que entraba por la ventana de la cocina. Lentamente co menzó a relajarse.

—Demonios, ya sé que tengo una imaginación muy activa, pero vamos. Natsu puede que sea un lobo, pero es uno totalmente humano —murmuró.

Levantándose de la silla, llevó su taza al fregadero y vertió el café frío por el desagüe. Maite abandonó la cocina y se preparó para salir.

Satisfecha ante la idea de que era su subconsciente el que creaba aquellos cuentos dejó la casa, entró en su coche y se dirigió hacia la librería y hacia Aries.

Por alguna razón se encontró impaciente por tener compañía. Estar sola simplemente le parecía… malo.


Los siguientes días pasaron sin ningún problema. Natsu continuó trabajando en el tejado, al mismo tiempo que se adentraban en la fase de agradable compañerismo que incluía hacerse bromas mutuamente y un obvio aumento de su afecto. No se volvió a repetir esa intensa sesión que tuvo lugar en la camioneta. Natsu no ocultó el hecho de que tenía su total y lujuriosa atención puesta en Lucy, pero que ante todo tenía una paciencia llevada hasta límites extremos. Sus ligeras caricias y besos eran, en cierto modo, muestras dulces y apasionadas que solo hacían que su deseo se encendiera y la chamuscara por dentro.

Por los indicios que la daba, Lucy sabía que se estaba abriendo, pero a su manera, para contarle cosas sobre sí mismo. No podía negar que este hecho la intrigada, pero también se encontró que estaba siendo extraordinariamente paciente.

Los dos se habían propuesto de manera muy clara edificar los cimientos para un compromiso, quedando de acuerdo, aunque solo fuera por un corto periodo de tiempo, en controlar el deseo que les consumía, disfrutando de su mutua compañía sin ninguna presión y permitiendo que la relación fuera a su ritmo. En la superficie parecían tranquilos, pero en lo más recóndito de su interior seguían burbujeando sus sentimientos. Sabían que solo era cuestión de tiempo que esta tregua se rompiera y, la verdad, los dos parecían determinados a disfrutar de la tensión que crecía con cada momento.

Una tarde, varios días después del incidente en Blue Pegasus, Lucy estaba en la librería esperando para almorzar con Aries. Sentada en uno de los rincones donde se podían relajar los clientes, empezó a pensar cuánto le encantaría compartir con Aries lo que estaba ocurriendo entre ella y Natsu, y cómo progresaba su relación. Por un lado quería gritarlo a los cuatro vientos, pero por el otro, quería abrazar esta trémula alegría para sí.

No se le ocurrió que la persistente sonrisa que llevaba puesta era de lo más delatora. Aries y Virgo llevaban todo el día dándose codazos e intercambiando sonrisitas ante la muy obvia distracción de Lucy. Aries había pasado toda la mañana contándole a Virgo su aventura en Blue Pegasus y lo que parecía una incipiente relación entre su hermana y Natsu.

El sonido de la campanilla de la puerta anunció la entrada de otro cliente y Lucy salió de su distraído ensueño ante el sonido de la voz de Aries. El habitual tono de bienvenida resultó ser en este caso una fría pregunta.

—¿En qué le puedo ayudar?

—Bueno, pues es maravilloso que me lo pregunte. No fue usted demasiado amistosa la otra noche.

—Señor, le recuerdo que este es un establecimiento comercial. Si no hay ninguna lectura que le atraiga, le sugiero que salga.

—¿Alguna lectura, hmm? ¿Tienes revistas porno?

—No vendemos esa clase de literatura en este establecimiento.

—¿Eres demasiado fina para ese tipo de lectura, eh, perra?

El insulto del hombre atrajo la atención de Lucy y Virgo, que se acercaron para defender a Aries. Cada una le flanqueó un costado, presentando un frente unido contra los tres hombres que enfrentaban a Aries en el mostrador.

—Largaros ahora mismo —ordenó Virgo fríamente.

—¿Y si no lo hacemos?—desafió el líder.

—Me encargué de ti la otra noche. No me hagas repetirlo —amenazó Lucy.

—No hay necesidad de llegar a ese extremo —dijo Virgo, mientras enseñaba el teléfono en su mano—. Ya he llamado al 911.

El líder se quedó mirando fijamente a Lucy.

—Eso te lo debo, perra, y siempre pago mis deudas. —Maldiciéndolas fervorosamente, el hombre hizo una seña a sus compañeros y salieron.

—¿Qué le pasa a ese tipo? —preguntó Lucy, sacudida por el miedo, pero decidida a poner cara de valiente.

—Su ego salió mal parado la otra noche y ahora está intentando demostrar algo. Está intentando recuperar el terreno perdido —contestó Aries.

—¿Ese fue el tipo que Luce sacó la otra noche de Blue Pegasus? —preguntó Virgo con os ojos desorbitados por la preocupación.

—Sí. ¿Realmente llamaste al 911?—preguntó Lucy.

—No pero, ¿no deberíamos hacerlo? Quizá no sería tan mala idea que lo notificásemos a la policía. Ese tipo y sus compañeros podrían ser peligrosos.

Aries frunció el entrecejo.

—No quiero remover más el problema. Y no quiero que Loke se entere de esto. —Alzó la mano, intentando calmar la protesta de Virgo—. Si pasa algo más, llamaremos a la comisaría y lo informaremos. ¿De acuerdo?

Virgo estuvo de acuerdo de mala gana.

—Ahora, sobre ese almuerzo. Lucy, ¿te parece bien que pidamos algo y lo comamos aquí o lo dejamos para otro día? No creo que regresen, pero no me gustaría dejar sola a Virgo.

—Sabéis, si estos tipos continúan con sus intenciones, no me siento lo suficientemente fuerte como para defendernos —confesó Lucy.

—¿Y eso?

—Debo de tener algún músculo dañado. He intentado ignorarlo, pero este pequeño episodio me ha dejado más tensa. Creo que me dañé algo cuando tiré al tipo la otra noche.

Cuando aparcó en la entrada de su garaje, al lado de la camioneta de Natsu, el coche continuó lentamente su camino. Atraída por el movimiento, le dirigió una mirada distraída, notando que las ventanas estaban oscurecidas, pero descartó cualquier extrañeza mientras se giraba hacia la casa. Lo único que deseaba en ese momento era hacerse un ovillo en la cama, tapada con su manta eléctrica.

Se dirigió hacia la parte de atrás, solo para echar un vistazo rápido hacia el tejado, pero no había señales de Natsu, salvo la escalera de mano que todavía permanecía apoyada contra la casa. Subiendo las escaleras posteriores, abrió la puerta y entró en la cocina para encontrarse a Natsu de pie enfrente del fogón, removiendo algo en una cacerola.

—Eh, cariño, pensé que estabas almorzando con Aries.

El día había amanecido fresco y nublado, por lo que Natsu estaba totalmente vestido. La ropa sucia evidenciaba el duro trabajo que había realizado y una mancha indefinible estropeaba su varonil mandíbula. Aun en su estado actual estaba estupendo, y Lucy fue muy consciente de la cruda masculinidad que proyectaba. Una irracional irritación consigo misma se manifestó al verle.

—Ha habido cambio de planes —contestó brevemente.

—Mejor, así puedes almorzar conmigo.

Mordiéndose la lengua y luchando por permanecer civilizada, Lucy empezó a caminar alejándose de él.

—No tengo hambre.

Natsu extendió la mano, tomó su brazo y la atrajo.

—¿No estarás enfadada porque estoy utilizando la cocina, verdad?

Su réplica mordaz murió al instante. Los ojos de Natsu se ensombrecieron con una expresión que nunca había visto, la de la vulnerabilidad. Supo instintivamente que en este momento, con la guardia baja, podría herirle, y era algo que no quería hacer.

Inspiró profunda y tranquilizadoramente.

—No estoy enfadada contigo. No me importa que utilices la cocina. Puedes hacer lo que quieras.

—¿Cualquier cosa? —preguntó con ojos centelleantes y manteniendo una expresión de broma.

—Casi cualquier cosa —contestó haciendo una mueca, como si un dolor indefinido escogiera ese momento para hacer que se retorcieran sus entrañas.

—¿Estas bien, Lucy?

—No, por eso, si no te importa, me voy a acostar.

—¿Qué es lo que te ocurre? —preguntó Natsu preocupado, mientras la seguía hacia su dormitorio.

Lucy revolvió en el armario hasta que encontró su manta eléctrica. Luego se dirigió a un lado de la cama y se inclinó para desenrollar el cordón y así poder enchufarla en la toma que había en la pared al lado del cabecero.

—Supongo que forcé algunos músculos la otra noche, nada más. Estaré bien. Natsu, por favor, vuelve a la cocina y come o trabaja o haz cualquier cosa, ¿de acuerdo? —Sus últimas palabras fueron una súplica.

La preocupación encendía sus ojos.

—¿Hay algo que pueda hacer? Quizá deberías ver a un médico.

Lucy no pudo evitar que una sonrisa se formara en sus labios. Agachándose un poco más se quitó los zapatos.

—No necesito ningún médico. ¿Te molestaría traerme un vaso de agua?

—Muy bien —dijo y se apresuró a salir de la habitación, sin darse cuenta de que la fuente de agua más cercana estaba en el cuarto de baño.

Lucy aprovechó su ausencia para quitarse rápidamente los pantalones vaqueros y la camisa. Los cambió por una camiseta de color lavanda claro y un pantaloncito a juego. Cuando Natsu volvió con el agua, estaba tapándose con la manta.

—Podrías acercarme un frasco de ibuprofeno del botiquín. ¿Por favor?

Natsu le acercó el frasco, mirando como lo abría y dejaba caer dos pastillas en la palma de la mano. Le dio el vaso de agua y Lucy se las tragó.

—Gracias —dijo con un suspiro, tumbándose de lado y dándole la espalda—. Desearía tener dos como esta —murmuró—. Mi espalda me está matando.

—¿Te ayudaría si te doy un masaje?

Lucy volvió su cabeza y le miro en silencio.

—Quizá, pero sin jugar, Natsu, realmente no me siento muy bien, ¿vale?

—Sin ningún tipo de juego —prometió y se sentó en la cama.

Natsu dobló la manta, exponiendo la larga línea de su espalda.

—¿Dónde te duele? ¿Aquí? — Tocó la parte central de su espalda.

—Un poco más arriba.

Hizo que sus dedos se arrastraran hacia arriba.

—Ahí.

—De acuerdo, ahora solo tienes que relajarte. Te voy a levantar la camiseta.

Después de avisarla, alzó la parte de atrás de la camiseta, exponiendo su tersa y pálida piel. Lucy se movió ligeramente, mientras arrugaba la parte delantera para darle mejor acceso. Poniendo las manos en su espalda empezó a darle un suave masaje, sonriendo ante el gemido de placer de Lucy.

—¡Oh sí, esto es tan bueeeeno!

—Me alegro de que te guste —comentó mientras continuaba masajeando su espalda.

Podía sentir como la tensión de sus músculos iba desapareciendo mientras los trabajaba. Con una mano continuaba su masaje en el área maltratada, permitiendo que la otra mano vagara hasta ubicarse en sus hombros y en la nuca. Su contacto era firme, pero sus movimientos resultaban suaves, rítmicos e hipnóticos. Disfrutando de la percepción del cuerpo de Lucy bajo sus manos, tardó un buen rato en percibir que esta había flotado hasta llegar al mundo de los sueños.

Continuó con su ligero masaje, aliviándola con su suave contacto, hasta detenerse por completo. Tiró de su camiseta hacia abajo y con cuidado la cubrió con la manta. Se sentó a su lado silenciosamente, permitiendo que sus ojos vagaran por su durmiente perfil. Su olor había cambiado. Era más fuerte, vibrantemente maduro y apremiante. Pensando en eso, comprendió que sus fuertes reacciones de las noches anteriores no solo se habían debido al hecho de que Lucy fuera su compañera, sino que además estaba ovulando. Si la otra noche hubieran tenido sexo sin algún tipo de protección, ahora mismo estaría llevando a su hijo.

Esa idea agitó algo en su interior, el deseo de tener lo que realmente no había pensado nunca. Hijos. Nunca había tenido mucho contacto con los niños. Su beta, Gray, educaba a los jóvenes de la manada, enseñándoles cierta educación, buenos modales y lo que significaba ser parte de la manada. Siempre les había observado con divertida tolerancia.

Había crecido con dos hermanas y, después de que su padre muriera, pasó años sintiéndose responsable de su comodidad. Quizá fuera por eso que nunca pensó en la paternidad. Cuando su madre volvió a casarse, la responsabilidad familiar cayó sobre otro. Fue libre para comportarse como el resto de los jóvenes, y lo hizo con bastaste intensidad. Durante mucho tiempo no había querido que nadie dependiera de él.

Fue tremendamente cuidadoso con todas las aventuras que había tenido con las mujeres. Aunque le resultaba imposible engendrar un hijo con una mujer que no fuera su verdadera compañera, había tomado precauciones. Siempre usaba condones, diciéndoles de esa manera que solo estaba pasando el tiempo con ellas por pura diversión y entretenimiento. Nada serio, y sin ninguna expectativa.

Por supuesto, había crecido con la comprensión de que tener ciertas responsabilidades traía sus propias recompensas. Era líder por naturaleza. Y nadie podría ostentar este cargo sin asumir un extenso manto de responsabilidades.

Esta situación cerraba el círculo. Había pasado de ser un muchacho demasiado cargado de responsabilidades a ser un hombre joven dedicado a desfogarse todo lo que podía. Ahora, siendo un hombre adulto, lo suficientemente duro y fuerte, buscaba las responsabilidades de las que una vez había escapado. Centró su mirada en Lucy y se la imaginó embarazada, llevando a su hijo. Inesperadamente, su miembro empezó a alzarse. «Abajo, muchacho, todavía no ha llegado tu momento », pensó él.

Comprendió que ese momento llegaría, y cuando ocurriera estaría listo. Estaría listo para Lucy y para todo lo que conllevaría tenerla en su vida.

Una cálida ola de anticipación y satisfacción le atravesó. Se agachó y la besó suavemente en la sien. Ella se revolvió, mascullando.

—Shh, cariño, duerme —la susurró, se irguió y muy silenciosamente salió de la habitación.

Lucy se estiró y bostezó mientras se despertaba lentamente. Inspirando profundamente sonrió. Natsu todavía estaba en la casa. Pudo oler su distintivo y masculino aroma cuando inspiró profundamente de nuevo y mantuvo el aire en su interior durante un momento, antes de permitirse exhalar. Un ligero ceño estropeó su frente. ¿Cómo era posible que pudiera percibir su olor a esta distancia? Dejó esa pregunta a un lado, a pesar de que le creara un pequeño grado de inquietud.

Debía de ser la esencia que permanecía desde que estuvo antes en su dormitorio.

Podía oír el débil murmullo de la televisión, junto con un delicioso olor que llenaba la habitación. Obviamente, Natsu había estado cocinando algo.

Su estómago protestó cuando rodó por la cama y se sentó. Apagó la manta eléctrica y la dejó a un lado. Permaneció de pie un segundo, atenta a cualquier señal que pudieran emitir sus doloridos músculos, pero sus dolores habían desaparecido. Un suspiro de alivio brotó de sus labios; caminó hacia el baño para lavarse las manos, la cara y pasarse un cepillo por el pelo.

Se puso una bata corta, salió al pasillo y entró en la sala al mismo tiempo que Natsu salía de la cocina. Obviamente se había ido a casa para cambiarse. La mancha de suciedad de su cara había desaparecido. Estaba afeitado y llevaba puestos un par de vaqueros limpios, de los que se veía un botón blanco por debajo de su remetida camisa, y unas zapatillas de deporte blancas.

—Oí que te levantabas. La cena está lista. ¿Tienes hambre? —preguntó con una sonrisa curiosa.

—Estoy famélica. ¿De verdad cocinaste?

—Algo.

—¿Algo?

—Es mi cazuela rápida.

Lucy sonrió.

—¿Qué es eso?

—Compro un pollo asado en la tienda de comida preparada, lo troceo y lo pongo en la cazuela, le echo brócoli, queso rallado y caldo de arroz; después lo meto en el horno junto con algunos panecillos, los saco a los veinte minutos, y ¡cha-chan! , cena preparada —explicó orgullosamente.

—Muy diestro —se rio entre dientes—. Huele deliciosamente.

—Y lo está —afirmó resueltamente—. Ya lo verás, cariño.

Natsu la introdujo en la cocina y retiro una silla para ella. Ya había puesto la mesa con los platos, la vajilla de plata y las copas. Inclusive un mantel limpio y una vela encendida colocada en el centro.