Capítulo II : El protegido del dragón


—¿Por qué no puedes aparecerte cuando estoy despierto? Puedo abrazarte aquí y sentir que pasó un día entero pero…. Despierto y me siento solo.

No apartó la vista del suelo, le había costado demasiado decir eso, el rostro del chico estaba totalmente enrojecido, apretaba sus puños, tenía 13 años y aunque él decía no saber nada, sus conocidos siempre le recordaban que tenía una gran mente ¿De qué servía esa mente cuando en verdad no podía hacer mucho y lo que hacía se salía de control?

Alabaster abrió los ojos pero no levantó la cabeza, de todas formas seguía viendo la sombra de su madre, estática, frente a él y se preguntó si en su rostro se había dibujado furia, tristeza, alegría o si estaba sorprendida. Cubrió su rostro con las palmas de sus manos, esperando así despertar pero contrario a todas las posibilidades sintió una mano tibia acariciando las suyas, tensó los hombros, cerró sus ojos pero no pudo forcejear ya que cuando esa mano tan suave bajó con extrema delicadeza sus manos, éstas cedieron pero de todas maneras el muchacho se negaba a abrir los ojos.

Alabaster

Ese tono tan suave, era como el terciopelo, nada con el tono sereno pero amenazante que usaba siempre, una voz que lo hacía simplemente quedarse quieto, tal vez entrar a un sueño dentro de éste sueño; Alabaster abrió los ojos y se encontró con los ojos de su madre que cambiaban de color constantemente pero esta vez estaban de diversas tonalidades de violeta, su cabello rubio lacio y largo caía sobre sus hombros y cubriendo su espalda, su tez blanca de la cual nadie pensaría que ella era su madre, parpadeó y la mujer tenía los mismos ojos que él y su cabello ahora de un color castaño, corto y ondulado, seguía cerca y el muchacho podía notar las pecas que ahora había en ese afilado rostro bronceado.

Ma… mamá.

La Diosa de la magia le sonreía o al menos eso creía Alabaster al observar las comisuras de los labios de su madre ligeramente alzadas.

Ya tendremos nuestro momento y no debes sentirte mal, tienes 13 años, estás vivo, mantienes una conversación conmigo la mayoría de tus sueños y puedes manejar la niebla de una manera magistral.

Pero no es suficiente.

Sentía como si algo dentro de él le pinchara, no era un comentario agradable pero… era cierto, era hijo de la magia, debía hacer más que eso, había visto películas de brujas, eran películas sí, pero debían tener algo real "No hay límites en la magia, el único límite eres tú" Su hermano inmortal se lo había dicho, hace meses que no sabía nada de él y eso que él si se aparecía cuando estaba despierto y en cualquier momento, había dejado de hacerlo.

Tus hermanos al igual que yo tenemos deberes que van más allá de cualquier cosa, tú eres uno de mis hijos más poderosos y al que más afecto he llegado a tener Alabaster, la perseverancia es una de las llaves para el entendimiento, pronto llegará el momento, nada de lo que ha pasado anteriormente fue totalmente tu culpa.

Allí estaba, ese recordatorio, ese horrible recordatorio de su incompetencia, el día que conoció a una chica maravillosa, inteligente, vivaz y solitaria, a leguas podría notar que era nada menos y nada más que su hermana y entonces fueron atacados.

No es malo recordar, tú lo sabes y tu hermano siempre te lo ha recalcado pero no está bien que los recuerdos y las suposiciones te devoren, los mortales suelen decir que no hay que voltear atrás ya que así estaremos perdidos, nunca han entendido que cuando no observas lo que han recorrido, cuando no miras tus pasos, no podrás entender hacia dónde vas realmente, y sigues perdiéndote, debes volver al inicio Alabaster, de esa manera seguirás perdido.

El muchacho abrió los ojos, ya estaba amaneciendo, suspiró con pesadez.

El semidiós realizó la rutina de todos los días, colocando hechizos protectores a la casa, el collar le aseguraba protección a él pero no a la casa cuando el salía, Alabaster suspiró.

Eran vacaciones de invierno, se negaba ir al campamento como los últimos años, había un solo lugar al cual acudir o al menos en una mañana nublada y fresca como esa.


{2 años antes}

Caminó hasta el centro, compró algo de comida, al menos no se preocupaba por el dinero y era algo que debía agradecer no solamente a su abuelo sino también a su medio hermano, el pensar en él le hacía tener un ligero escalofrío, era tan distinto a él y a su madre y dudaba que fuera parecido al Dios del Inframundo, compró un pequeño ramo de flores, tomó un autobús y se sentó junto a la ventana, perdiéndose entre pensamientos.

Corría tan rápido como sus piernas se lo permitían "Esto no pasaría si hubiera aprendido a levitar o más bien si supiera" estaba por lamentarse de nuevo cuando sintió que alguien tiraba de él con tal fuerza que cayó al suelo.

—Detrás de mí, enano.

Alabaster se levantó, limpiándose la sangre de su mejilla, esa chica era tan distinta a él y eso hacía que la quisiera al instante, era la primera hermana semidiosa que veía después de dos años cuando conoció a Anneliese y a Mina, chicas verdaderamente dulces y poderosas, ellas le habían enseñado a cómo mover objetos sin que estos cayeran cada dos segundos, como recitar hechizos de protección, de invisibilidad y el de invocación, Anneliese decía que su guardiana era Lissana y Mina era la protegida de Ophilia, ambas Diosas menores e hijas de su madre.

—¿Quién es tu protector?

La chica lanzó una daga a la furia y esta estalló, si es que había otra forma de decirle a eso, ella se dejó caer en medio de la calle, ya era medianoche y los gritos del "enano" y de ella bien podrían ser interpretados por gritos de adolescentes ebrios o simples adolescentes por los mortales que vivían cerca.

— ¿En verdad quieres que te diga? Siéndote sincera no lo sé —no le importó tener las manos sucias de un polvo dorado, la chica se talló la frente y miró al niño que la miraba totalmente sonrojado.

— ¿Qué edad tienes y quién es tu protector?

Alabaster bajó la vista y suspiró.

—Me llamo Alabaster, tampoco lo sé y tengo 11 años.

— ¿Eres de aquí o andas vagando? — el muchacho frunció el ceño, ella no había dicho su nombre, ni su edad, simplemente le gritó cuando estaba en esa cafetería, quiso ir hasta él pero en ese instante Alabaster fue lanzado por una furia, entonces ambos habían comenzado a correr.

—Estaba… vagando pero vivo a tres horas de aquí

— ¿Familiares?

El muchacho negó, su abuelo falleció hace año y medio y se podría decir que estaba solo, la chica se levantó y puso las manos sobre su cintura, el muchacho pudo observarla con detenimiento, era mayor que ella pero no sabría con exactitud por cuantos años, no podría decir pocos pero tampoco demasiados, era alta, delgada, tenía el cabello largo, ondulado, era un color cálido, de eso no había duda pero sus ojos mostraban algo diferente, entre cortesía y fiereza, como si pudieras morir si la mirabas demasiado o simplemente quedar inmovilizado, era la mirada de su madre.

— ¿Mamá?

La chica lanzó una carcajada y negó con la cabeza, se sacudió su larga falda y le tendió una mano al niño

—Eso quisiera, aunque las locas de sus seguidoras no dejan de acosarme diciendo que en verdad soy ella, levántate enano.

— ¿Seguidoras?

—Tu sabes que no sólo los semidioses creen en Hécate, creo que es la única Diosa que los mortales en verdad temen y respetan, tiene seguidores que no son para nada semidiosas o semidioses y aun así poseen magia

Alabaster resopló, por supuesto que lo sabía, podría tener sólo 11 años pero ya había visto películas sobre brujas y esa misma noche soñó con su madre y ella le confirmó eso.

—Bien, necesitas algo de comida, una cama tibia, una charla y un buen sueño reparador.

La muchacha le jaló del brazo y el chico se puso de pie más no se movió, al parecer ella entendió la razón al instante pero le parecía increíble que desconfiara de ella.

—Si fuera un monstruo te hubiera atacado sin más, si fuera un mortal loco, ya hubieras muerto, supe que eras mi hermano al instante, no es tan difícil, entre nosotros tenemos cierto radar a diferencia de otros hermanos semidioses que si bien pueden tener mucho en común y se seguirán preguntando quién es el padre de cada quien ¿o me equivoco? Así conociste a Mina

Alabaster se sorprendió de que ella la conociera, de que supiera que ambos se conocieron.

— ¿Cómo…?

—Hace demasiado tiempo, simplemente entró a una tienda e intercambiamos palabras, tu sabes que es peligroso estar con un hermano de sangre divina a menos que sea de naturaleza complementaria o ambas puedan mezclarse ¿entiendes? Se hace tarde, enano enserio debemos movernos.

Él la siguió a regañadientes, pero al dar un paso más sintió que caía a un vacío y un segundo después un olor a incienso impregnaba sus fosas nasales, dejaba de tener frio y alguien le colocaba una manta en los hombros, se alejó pero de igual forma quedó abrigado.

—Se llaman viajes sombra, enano, no iba a caminar tres kilómetros contigo exhausto.

La joven encendió la luz y Alabaster vio una habitación, de tamaño considerable, una gran cama, atrapa sueños, móviles con estrellas y planetas, dibujos grandiosos, aparatos de vidrio, espejos y frascos con sustancias de todo tipo de colores, se sobresaltó al sentir algo en su mejilla y descubrió que ella le limpiaba la herida.

—Nada grave, tal vez despiertes y no habrá nada en tu mejilla

El cabello de la chica era de un color canela, demasiado cálido para unos ojos tan oscuros y tan intimidantes, lo llevaba muy largo, un poco enmarañado, trenzas allí y allá, incluso notó algunas plumas rojas y blancas al final de las trenzas.

—Esta casa pertenece a Adelaide, es una vieja… ya casi ciega pero hay muchas chicas y chicos en esta casa que la ayudan todos tenemos en común algo, creen en mamá y unos han llegado a recibir dones, la mayoría sanación, telequinesis, Adelaide es clarividente por lo que sabe que estas aquí pero los demás no y es mejor que no lo sepan, te traeré comida mientras tú te acomodas en la cama, haz caso Alabaster, tenemos poco tiempo.

La mujer se encaminó a la puerta y antes de salir se limitó a voltear.

—Yo hablaré y tú escucharás, tendrás derecho a una pregunta si adivinas mi edad…

El chico se quitó un zapato, aun dudoso, al ver que ella desaparecía, no quería escapar pues en verdad sentía esa habitación tan relajante pero ¿Y si era otra furia? ¿Si era algo peor?, abrió la puerta que había a un lado de la cama y suspiró de alivio al ver que era un baño, se lavó las manos y la cara, notó que había algo de ropa y de su talla por lo que decidió tomar un baño, cuando ya estaba cambiado y en la cama, la mujer llegó con una gran bandeja de comida, había unas rebanadas de pizza, hamburguesas, palomitas de maíz, té y latas de refresco, una cena basta incluso para dos personas, ambos comieron mientras ella miraba de reojo al chico.

—Hay pocos semidioses varones de Hécate por no decir que eres el primero en tal vez 100 años, incluso los acólitos de mamá te harían daño para saber la razón o ver si tienes algo más que yo que soy tu hermana, por lo que me preguntaste es obvio que sabes que mamá hace que uno de nuestros hermanos sea nuestro guardián ¿A quiénes conoces?

—Crisongono, Lissana, Ophilia

La mujer asintió y observó a los ojos al chico, si notó algo diferente en él no lo dijo.

—Es fácil identificarnos en nosotros como lo dije pero no negaré que batallé un poco contigo por si eras hijo o acólito, haz charlado con mamá ¿Desde cuándo?

—Desde que tengo 6 pero sólo en sueños.

—Más seguro— masculló la chica que aún lo miraba con el ceño ligeramente fruncido, el niño no tenía familiares pero no parecía tan descuidado.

—Hay personas que han cuidado de ti, extraños que se van de un día a otro, a veces son nuestros hermanos, a veces acólitos o a veces nuestros hermanos inmortales.

El muchacho sonrió


{Presente}

—Todo fue mi culpa

El castaño bajó del autobús y siguió caminando hasta llegar al cementerio, pasó entre las tumbas tocando levemente las lapidas como si de una manera pudiera transmitir algo de consuelo, al llegar a las lapidas de ónix puro se sentó en el césped y dejó el ramo de flores en medio de ambas lápidas, las miró durante unos minutos y leyó lo que ambas decían

Charlus Deian Torrigton

Gran hombre, esposo y padre.

Reuel Miles Torrigton

Padre, esposo, abuelo y hombre ejemplar

"Sueños, pesadillas y pensamientos, todo termina siendo real"

Su padre y su abuelo respectivamente, se preguntaba si su abuelo y su padre hubieran estado conformes con el hecho de que su descanso eterno fuera en ese país en lugar del que en verdad nacieron, su abuelo siempre insistía con irse cuando pudieran a Europa "Te encantará mi pequeño, montañas hermosas, comida deliciosa, chicos como tú"

Se preguntó si se refería a chicos con sus mismos pasatiempos o iguales en el sentido de tener algo diferente.

—No sé qué hacer, siento que sé y hago muy poco, he intentado mejorar por mi cuenta pero es difícil, la última vez hice explotar todas las bombillas de la casa, Crisogono sólo me dijo que no me preocupara por los gastos… como siempre, mamá dijo que pronto recibiría ayuda, no he tenido contacto con monstruos y no quisiera pues no sé defenderme de manera decente, sólo me limito a retenerlos unos segundos para después huir

Apretó los puños ¿Era justo tener sólo 13 años y realizar tan poco? ¿Estar tan solo? Cerró los ojos, dejando que el sonido de las hojas moverse lo mecieran, jugaran con su cabello.

¿Qué se hacer? Puedo mover objetos, proteger territorios y protegerme a mí, puedo hacerme invisible aunque sea sólo por 20 minutos, puedo invocar animales consagrados a mamá o llamarlos… sólo algunos, dijo recordando las serpientes, los escorpiones, el gran oso que se le acercó de manera tan dócil en un viaje al zoológico con su clase, los caballos que lo seguían como si éstos fueran perros ¿sólo puedo hacer eso? Estaba por dar por zancado el tema cuando recordó ese día.


{2 años antes}

Ella le había dicho que era normal que los hijos de Hécate fueran huérfanos de padre, pues éstos podrían tanto abandonarlos como morir por accidentes bastante desafortunados.

—Yo no recuerdo de qué manera murió mi padre.

La chica se levantó para retirar la bandeja, extenderle las palomitas al chico, arroparlo y después acostarse junto a él, Alabaster se sonrojó y desvió la mirada.

—Creo que lo único que necesitas es confianza, un… motor porque el poder lo tienes o tal vez madre quiere que seas algo más

— ¿Cómo qué?

Ella se giró para verlo y el entendió que eso podría ser su pregunta, él negó como si así pudiera retirar lo que dijo, su hermana le dio la oportunidad de ignorar ese último comentario.

—A diferencia de los acólitos, nosotros no necesitamos práctica o no demasiada, sólo necesitamos creer.

El muchacho se estaba quedando dormido, cerraba los ojos cada tanto.

—Mañana te llevaré a casa, pero antes debemos ir por un encargo de Adelaide, dice que sólo es para ti y tú sabes dónde está.

La mujer creyó que su hermano se emocionaría pero éste se limitó a asentir, ella se acomodó también, abrazó la almohada y cerró sus ojos.

—Tienes 23 años— susurró Alabaster mientras se acercaba un poco a su hermana, entre miedo y vergüenza pero ninguno de estos sentimientos tenía que ver con su afirmación, ella abrió los ojos totalmente sorprendida, no es que se viera más joven o más grande pero que él acertara a la primera, notó como se acercaba y ella aceptó, lo abrazó suavemente.

—Entonces, ganaste una pregunta.

Alabaster escuchó pero no quiso contestar pues estaba más dormido que despierto.

Era la primera vez que dormía sin soñar, fue tranquilo pero al mismo tiempo triste pues esperaba ver a su madre y decirle que le estaba eternamente agradecido por estar junto a otra hermana y mucho más grande, Anneliese y Mina le enseñaron mucho pero se fueron tan pronto que ni siquiera supo de dónde venían, nunca le explicaron nada, sólo… le mostraron algo.

Despertó de golpe, asustando a la mujer que tenía al lado, ambos se miraron asustados.

— ¿Qué pasa?! ¿Te duele algo? ¿Mamá te dijo algo?

Aabaster negó con la cabeza y cerró sus puños con fuerza, tenía unas inmensas de llorar, sentía que ella le regañaría, le diría una y más cosas.

—Alabaster ¿qué pasa?

—Yo… La furia me quitó algo cuando me atacó.

La mujer se puso de pie con calma, besó la frente de Alabaster y buscó algo de ropa.

—Al menos lo recordaste, tranquilo que yo sé a dónde van las cosas perdidas, abrígate, tengo más ropa de tu talla por allí y ve cómodo.

El castaño se sorprendió de que su hermana no le gritara, lo golpeara o lo mirara con reproche, tocó su frente en dónde ella lo había besado.

—Dije que te vistas, enano.

Obedeció casi corriendo, ella tomó su tiempo, se recogió el cabello, se puso un vestido largo y un poco desgastado, unos tenis y un abrigo café con flores violetas pintadas, Alabaster ya estaba listo y se limitaba a observarla.

—Dime si tienes hambre para bajar por algo.

Él ladeó la cabeza y ella lo tomó como un sí, desayunaron rápido.

—Saldremos por las escaleras de incendios pero quiero que cierres los ojos, el recuerdo es volátil.

Hizo una mueca ante el comentario pero se limitó a asentir, cuando estaba por salir cerró sus ojos y no los abrió cuando sintió como caía, los abrió cuando sintió que alguien tomaba su hombro.

—Bien, ya estamos algo lejos, debemos ir a un lugar para recuperar tu collar.

— ¿Y el encargo de Adelaide?

—Tal vez ese sea el encargo, ella sólo previene, no le gusta contar lo que ve.

Caminaron un tramo hasta llegar a un parque que estaba frente a unos edificios, Alabaster los observó tratando de encontrarles algún significado oculto pero no veía nada.

—No veas, percibe.

Alabaster asintió, comenzó a caminar pero sin dejar de ver los edificios, dio una vuelta alrededor del parque y se detuvo cerca de una banca, miró a su hermana y señaló ese lugar.

—¿Es enserio? ¿No es muy cliché? — más que reclamo era una especie de broma, Alabaster comenzó a andar y ella lo siguió a esa antigua y pequeña penitenciaria hecha museo.

No había gente en la entrada que les hiciera preguntas, Alabaster creía sentir como si hubiera personas pero no veía nada, no tenía miedo pero sentía pena de no poder ayudar a todos, miró todos los objetos que había allí, eran de la ciudad, objetos médicos del siglo pasado, vestidos, fotografías de la penitenciaria, del alcalde, de algunos reos famosos, veía todos y cada uno de los objetos a través del vidrio, las fotos las observaba a detalle, sintió como si de la nada el día dejara de ser nublado y húmedo, como si fuera ahora un día de verano.

—Enano.

Alabaster se giró y miró a su hermana, estaba pálida y le tendía un brazalete delgado, por un momento creyó que ella lo había robado pero recordó que ella se lo había puesto al salir.

—No me enojaré por lo que sea que hagas con esto.

Siguieron viendo las fotos y objetos, ella miraba de vez en cuando la entrada pero no había nadie hasta que escucharon murmullos.

—Si ya no sientes nada, vámonos.

Alabaster no dijo ni hizo nada más que seguir caminando hasta que se detuvo en una foto, había un hombre alto y delgado, el cabello castaño lo llevaba hasta los hombros pero estaba peinado de una manera muy pulcra al igual que su vestimenta, la fotografía no estaba a color pero sentía la mirada clara y penetrante del hombre, podría jurar que sus ojos eran de un verde brillante, aun cuando su ropa era casi negra en su totalidad pudo ver a la perfección lo que colgaba de su cuello y el muchacho dio un paso hacia atrás, negó con la cabeza acercándose de nuevo, parecía una garra y lo era, una garra tomando con fuerza una esfera hecha de granate, el collar que tenía de toda la vida, leyó el pie de la foto.

Rainer Durkheim, abogado dueño del buffet de abogados más conocido en Manhattan, impulsó la creación de esta penitenciaría. Agosto de 1840

La pregunta que tenía pensado para ella tal vez debería cambiar, ahora deseaba saber quién era él y porque sentía que lo conocía y porqué, se giró hacia ella pero esta sólo atinó a tomarlo de su brazo y lanzarlo al suelo, no entendió hasta que supo que el calor que sentía provenía de las esquinas del lugar en las que brotaban llamas pero no quemaban nada, sabía que si él se acercaba se quemaría, ahora notó unas sombras, alzó la vista y notó a cuatro arpías volando en círculos como si fueran buitres

—Aprieta el brazalete, Al.

Apenas lo tomó entre sus manos y éste se expandió convirtiéndose en una espada, él no sabía pelear.

—Quiero… QUIERO MI COLLAR DE VUELTA.

Las arpías se precipitaron en picada, el hijo de la magia alzó su mano y una arpía se estrelló contra una pared invisible pero apenas una se daba cuenta del error otra se dirigiría en dónde no había ninguna barrera, Alabaster temblaba ¿Qué tenía de especial el collar?

—Es nuestro, lo necesitamos— chilló la arpía, el chico no podía moverse pero justo cuando sentía que estaba por recibir el golpe, dio una estocada con la espada, no le dio a la arpía pero le dio tiempo a su hermana para reaccionar, quien con un suave movimiento hizo que la arpía fuera "lanzada" hacia la pared.

Alabaster se sintió tonto en ese momento, él pudo haber hecho lo mismo de nuevo, su hermana estaba tan pálida pero en su rostro había una calma alarmante.

—El amo Dareios debe de aparecer, debe castigar a esta mortal por matar a muchas de nuestras hermanas, debe pagar por sus pecados, no debe meterse con el orden.

"Dareios", pensó Alabaster y al instante tradujo ese nombre, llamas, había fuego, temía que se refirieran a un hechizo o algo peor, un Dios.

—No dejaré que le hagan algo— masculló su hermana y Alabaster gimió.

La voz de su hermana se escuchaba ronca pero su quejido fue porque frente a él había una mujer con alas inmensas, alas tan negras como las de un cuervo, los ojos de ella habían adquirido un color violáceo, Alabaster temía que ella fuera una arpía pero no, él podía ver bien a través de la niebla.

—Maldita

Bramaban todas las arpías a la vez al ver a su hermana, se fueron en picada hacia el chico y ella las ahuyentó, extendía sus alas y una ventisca las lanzaba cerca de las llamas.

—Trata de quitarles el collar, es tu protección, HAZLO

Alabaster asintió y corrió tras la arpía que tenía el collar, lo sabía ya que pudo ver que lo tenía atado a una pata, el muchacho se concentró y pudo volverse invisible, apretó sus labios pero sintió como alguien le lanzaba un zarpazo en la espalda.

El chico gritó y poco a poco fue haciéndose más visible a los ojos de esos monstruos, cayó de rodillas, sollozando de dolor, escuchó un grito de dolor pero él no podía abrir sus ojos, no podía moverse pues el dolor era intenso, Alabaster Torrigton no veía que cuanto más sentía dolor, miedo y algo de impotencia, las llamas comenzaban a hacerse más y más, devorando lo que hubiera a su paso.

Era fuego común y corriente pero hería en muy pequeña medida a las arpías, las cuales estaban enojadas, podían matar dos pajaros de un tiro, matar a esa maldita nigromante y al único varón de Hécate en siglos, dos de ellas descendieron hasta él, Alabaster pudo verlas pero estaba tan asustado que no podía moverse, estaba por cerrar sus ojos al sentir el golpe final pero éste nunca llegó, en cambio escuchó un desagradable sonido, muy profundo, capaz de hacer que un temblor moviera cada fibra de su ser, abrió los ojos y vio a la chica, a su hermana, siendo atravesada por la garra de bronce de una arpía.

La joven bruja alzó su brazo en dirección a la arpía y cerró los puños, la arpía estalló sin más.

Alabaster la abrazó, su cuerpo temblaba y el de ella era cada segundo más lánguido, ella le sonrió, las alas estaban desvaneciéndose pero los ojos seguían teniendo ese iris violáceo.

—Tengo un protector y él puede traer a las personas de la vida, él me enseñó

—No hables, puedo entenderlo, no hables por favor.

La chica le sonreía, colocó una mano en su vientre, sintiendo la sangre manar.

—Hazme esa pregunta.

Alabaster estaba en shock ¿Cómo es que ella estaba tan calmada?

—Tu nombre— dijo Alabaster sin más, reduciendo palabras, las necesarias.

—Dyra, Dyra Bones—Dyra alzó su mano, aun cuando estuviera manchada de sangre, quería acariciar el rostro de su hermano, su lindo hermano, era tan parecido al padre de éste, el cálculo falló y terminó tocando con la yema de su índice y anular la frente del chico, dejando caer la mano; Dyra cerró los ojos.

—Dyra, DYRA.

Alabaster gritó, gritó totalmente desconsolado, las llamas se avivaron y las arpías comenzaron a temblar pues el fuego adquiría un color verdoso, no podía ser verdad.

Las llamas arrasaron con las arpías, el collar cayó en las manos de Alabaster pero él no lo notaba, estaba sorprendido que el cuerpo de Dyra se consumiera con las llamas con una rapidez espeluznante, reparó en las llamas, sentía el calor y el ardor en la espalda era más intenso.

"Al menos lo recuperaste, sin él no podrás encontrarme y controlar este maravilloso don pero, hazme un favor Alabaster, no lo utilices siempre, sólo tienes tres oportunidades, ésta es una y antes de usar la tercera es probable que vuelvas a perder el collar pero alguien te ayudará a buscarlo"

Alabaster no podía encontrar al dueño de la voz, estaba en… la nada, se giró a todas partes pero sólo veía blanco, un desesperante blanco.

"dónde…"

"Calla y escucha, bobo. Estás bien, me encargué de llevarte a casa apenas te curaron esos mortales, hay ambrosía y néctar en el mueble al lado de tu cama, recupérate y después dependerá de ti si continuar o esperar que te maten, si tu elección es la primera, nos volveremos a ver"

"Tu…"

"Protector, hermano y probablemente tu juez cuando llegue el momento, mantente vivo, Al"

Abrió los ojos y en efecto estaba en casa, su cama, arropado y solo.

Solo.

Alabaster lloró en silencio hasta que vio que enfrente de su cama había un ramo con flores de lavanda, dientes de león, eléboros, flores que conocía en sueños, flores de su madre. Desde ese entonces no había vuelto a escuchar a ese hombre, estaba seguro que era uno de sus hermanos Dioses pero, ¿Quién? ¿Cuál?


{Presente}

Se levantó del suelo y emprendió el camino a casa, extrañaba a Dyra, necesitaba escuchar su voz, sus "cariños" diciéndole enano cada momento, diciéndole que sintiera no que observara. Fue entonces cuando se detuvo, respiró hondo y comenzó a caminar hacia dónde su intuición lo llevara y fue así como llegó a unos apartamentos.

Estaban en un barrio al que nunca había visitado, pero sabía al instante quien debía estar allí, apretó el collar en su cuello y caminó hasta la puerta tan negra, tocó un par de veces y ésta se abrió de una manera tan suave. El chico entró, el olor a incienso invadía sus fosas nasales, las miradas sorprendidas y otras desconcertadas, Alabaster no sabía que decir o que hacer, mordió el interior de su mejilla, jamás había tenido tantas miradas en torno a él y eso lo ponía nervioso, se detuvo frente a una mujer menuda, le sonrió débilmente y ella le abrió la puerta que había tras ella, él le asintió a modo de agradecimiento y entró al cuarto, era iluminado, parecía otra estación en ese lugar.

—Muy buenas tardes Alabaster, acércate un poco querido.

La vieja Adelaide tenía cabello plateado pero no estaba llena de arrugas, regordeta o encogida, era una mujer adulta con el cabello lleno de canas, ojos negros, era delgada y de facciones finas, podrías decir que por su forma sencilla pero elegante de vestir no tendría más de 50 pero era su mirada y sus modos los que delataban su edad, la cual podría rondar casi los 80. Alabaster se acercó y la mujer acarició sus mejillas, sus ojos mostraban a una mujer que estaba cansada, cansada de ver las historias repetirse una y otra vez.

—Es duro perder a alguien y es duro verte después de tanto tiempo, creí que te vería pronto pero al menos estás aquí.

— ¿Usted conoce a mi madre?

La mujer sonrió y asintió ante su pregunta, hizo su cabeza hacia atrás.

—Sí, y por lo que ella dice eres igual a tu padre

Alabaster enarcó ambas cejas, ahora eran dos personas que le decían eso pero él no podía pensar en nada más que tristeza, sabía cómo era su padre por fotos pero jamás lo había conocido, al parecer falleció cuando él tenía un año o menos

—Se lo que piensas y precisamente tu madre me ha dado un mensaje para ti, una especie de regalo, pronto es tu cumpleaños o tal vez ya ha pasado, de todas maneras— la mujer se levantó y con un andar tan grácil sacó un anillo de oro.

—Creo que tú lo viste como un brazalete, aunque bien sabes lo que es en realidad— la mujer vio como el niño asentía— tu segundo regalo es una muy pequeña prueba, intuición y confianza, debes ir a ese lugar, no hay nada que temer, no habrá nadie que te quiera hacer daño.

Entendió el pequeño enigma, claro que lo hacía pero le costaría demasiado si quiera acercarse al lugar, miró a la mujer quien le sonrió de nuevo.

—Dyra está bien, tus hermanos intervinieron por su alma, incluso yo lo hice, después de todo los primos mayores tenemos algo de voz con las ligas mayores— Adelaide le guiñó un ojo y Alabaster emprendió el camino a la penitenciaría.

Era tal y como lo recordaba en sus sueños, en sus recuerdos y demás, sabía que no había peligro, no sentía tensión o ansiedad, pero si sentía cierto confort al estar allí, recorrió el lugar, palmo a palmo hasta que llegó a una puerta que estaba cerrada, estaba en el piso inferior, un guardia pasó, un hombre pálido de ojos celestes por no decir que parecían del color del hielo, no supo si era un fantasma o un simple mortal.

—Disculpe, ¿qué hay en ese lugar?

El hombre le frunció el ceño y negó con la cabeza.

—No es lugar para mocosos como tu

Alabaster asintió haciendo una mueca despectiva al tipo, comenzó a caminar en otra dirección pero no había nada fuera de lo normal en otras partes, allí estaba su prueba, se escabulló por uno de los pasillos, cerró sus ojos, tratando de hacerse invisible pero no podía ¿Por qué? Barajó sus posibilidades pero pensó que el hombre ya se había ido, al volver, el hombre seguía allí.

—¿Otra vez aquí mocoso?

Alabaster se encogió de hombros.

—Creo que usted me confunde, en verdad necesito entrar. — intentó hacerlo cambiar de parecer pero no podía, el hombre lo miraba con ganas de patearlo y decirle que se esfumara, Alabaster le dio la espalda y suspiró, observó a su alrededor y sus ojos se detuvieron en una estatua de un hombre, al parecer un Alester Durham, un pariente del fundador; Alabaster sabía que estaba mal pero más se había perdido en la guerra, se quedó observando fijamente la estatua y volvió a acercase a esa puerta y vio como el guardia caminaba en dirección a la estatua pues esta parecía tambalearse, no era muy grande pero si parecía vieja, Alabaster no lo dudó ni un segundo abrió la puerta, entró y notó que estaba todo a oscuras, Alabaster creyó que debería retirarse, buscar una luz o algo parecido pero le sorprendió el hecho de que no sentía que eso fuera impedimento, tocó la pared y empezó a caminar lentamente, al cerrar sus ojos era como si pudiera ver todo con una sorprendente claridad, parecía el lugar que sólo había visto en una película, el lugar dónde estaba la silla eléctrica, abrió los ojos al sentir unas marcas en la pared, era griego, él lo sabía por los trazos tan rectos y extraños, el muchacho los leyó mentalmente pero nada pasaba, respiró hondo.

Εκάτη | Ekáti
Παιδί της νύχτας |
Paidí tis nýchtas

Προστατευόμενες Δράκος | Prostatevómenes Drákos

Hécate

Hijo de la noche

Protegido del dragón

El castaño retiró la mano de la pared, entendía lo que quería decir pero, ¿Esto era para él? ¿Qué tenían que ver los dragones? Tembló de sólo pensar que habría un dragón en alguna parte de allí.

Los hijos de la noche, tal vez se refería a él, el protegido del dragón, no había marcha atrás y el tipo de la puerta no tardaría en abrirla o en buscarlo.

—Debo encontrar algo— se dijo en voz baja "Debes de decir algo, eres griego pero la magia tiene una lengua principal y ésta es el latín, la lengua expandida, la lengua de la conquista… la lengua muerta" eso se lo había dicho su madre y Anneliesse, Ann era una biblioteca andante pero él no sabía que decir.

"No pienses, siente"

Sin pensarlo dos veces trató de concentrarse un poco y sus palabras salieron en un suave y melodioso susurro.

draconis protec (protección del dragón)

libertate (Libérate)

Ignis (Fuego)

occulta binnacle (Bitácora oculta)

Unas llamas comenzaron a aparecer, iluminando un camino pero él no se movió al ver lo que estaba enfrente, la luz de las llamas del fuego griego le daba una apariencia aún más siniestra a lo que parecía la cabeza de un dragón, los cuernos eran tan grandes, el vapor que salía de sus fosas nasales hacían que Alabaster quisiera correr despavorido, dio un paso hacia atrás y el dragón abrió los ojos, unos ojos amarillentos con una pupila parecida a las de una serpiente.

—dispersionem— dijo el muchacho y el dragón abrió su boca pero al instante tanto él como el fuego se dispersaron, el fuego desapareció y las luces se encendieron, el lugar era grande y austero, había un cofre enfrente de él, lo abrió y sacó con manos temblorosas un diario, parecía nuevo pero sólo en la portada pues el lomo parecía mostrar la verdadera edad de ese diario, el hijo de la magia lo tomó y salió del lugar no sin antes conjurar un hechizo de invisibilidad, funcionó a diferencia de hacía unos minutos, corrió hasta estar fuera del museo, no se detuvo y se negó a mirar atrás hasta que llegó a su casa.

Apenas cerró su puerta y vio lo que decía en el pie del diario.

C. Deian Torrigton

Alabaster se dejó caer de rodillas y recargó su espalda contra la puerta, su sonrisa era tan grande, sus manos temblaban tanto que soltó el diario y de él salió una fotografía, era un hombre joven, tenía una sonrisa tímida en su rostro, a su lado había una mujer pelirroja, ambas manos, así como las de él descansaban en el abultado vientre de la mujer de penetrantes ojos azules.

—Mamá— susurró el muchacho al ver la foto pero lo que más llamó la atención fue el hombre que estaba al lado de su madre, uno era su padre, su madre y el tercer hombre, era idéntico al hombre que fundó la penitenciaria ¿Cómo lo sabía? Llevaba el collar en su cuello, era lo más probable un hijo de su madre. Giró la foto y encontró algo escrito con letra pequeña y redonda.

Hécate, Dareios y yo, noviembre.

Dareios… él, él era el dragón.