Capítulo 1: Gray
Kyaaaa . muchas gracias por los rev! son mi energía para seguir con la adaptación :3 Espero que este capi les guste tanto como el primero!
fairymoon-san: Muchas gracias por ser el primer comentario . espero que me sigas apoyando en lo va del fic ya que sus rew son mi fuerza :3
LFBC-san: Muchas gracias por tu apoyo :3 y respondiendo a tu pregunta tengo la intencion de hacer que salga en el fic pero por deberemos esperar un poco mas ya que quiere emparejarlo con Levi y aun no aparece ptra pareja u.u espero que me sigas apoyando en los siguientes capitulos!
Guest-san: Entonces sabras que se viene muy bueno wuajajaaja (risa malvada) ejem u.u gracias por dejar un comentario ! me dan muchos animos para continuar con la adaptacion!
Lymar-san: Kyaaa a mi tambein me encantan las historias de genero sobre natural, me alegra saber que te agrada la historia y esperocontar con tu apoyo en los siguientes capitulos!
Bueno sin hacerl s esperar mas aca les dejo la conti! espero que la disfurten! matte ne~~
Gray odiaba volar. Especialmente cuando era otro el que pilotaba. Había pilotado el pequeño jet hasta Salt Lake City, ya que, de haber aterrizado en Chicago, habría alertado a su presa, y prefería coger a Lyon desprevenido.
Odiaba las grandes ciudades. Había demasiados olores que obstruían su olfato, demasiados ruidos. Captaba fragmentos de cientos de conversaciones diferentes sin pretenderlo, lo que podía impedirle percibir el sonido de alguien acercándose sigilosamente.
Alguien chocó con él cuando bajaba del avión y tuvo que contenerse para no devolverle el golpe. Aunque volar a O'Hare por la noche evitaba las aglomeraciones, había demasiada gente para su gusto. También odiaba los móviles. Cuando encendió el suyo después de que el avión aterrizara, tenía un mensaje de su padre. Ahora, en lugar de dirigirse hacia el mostrador de alquiler de coches y después a su hotel, debía encontrar a una mujer y quedarse con ella para evitar que Lyon o los otros lobos la mataran.
Todo lo que tenía era un nombre de pila. Zeref no había creído necesario darle una descripción. Se detuvo tras la puerta de seguridad y dejó que su mirada fuera a la deriva, esperando que su instinto diera con la mujer. Podía oler la presencia de otro lobo, pero la ventilación del aeropuerto bloqueaba su habilidad de localizar el rastro. Su mirada se posó primero en una joven con aspecto de japonesa, pelo rizado color azulado y aspecto de alguien que es golpeado con regularidad. Parecía cansada, fría y demasiado delgada. No le gustó lo que vio. Demasiado enfadado para estar seguro, se obligó a mirar a otro lado. Había una mujer enfundada en un traje que armonizaba perfectamente con su piel color chocolate.
Aunque no tenía aspecto de llamarse Juvia, parecía ser el tipo de persona que desafiaría a su Alfa y telefonearía al Okashira. Era evidente que estaba buscando a alguien. Hizo ademán de dirigirse hacia ella, pero su rostro se transformó al no reconocer en ella a la persona a la que había estado esperando. Inició un segundo barrido de la terminal cuando, desde su izquierda, una voz delicada e insegura dijo:
—Señor, ¿acaba de llegar de Montana?
Era la chica de pelo color azulado. Debió de acercarse a él mientras miraba hacia otro lado, algo que no hubiera podido hacer de no estar en medio del maldito aeropuerto. Al menos no tenía que buscar más al contacto de su padre. Con ella tan cerca, ni las corrientes de ventilación podían ocultar que era una mujer lobo. Pero no fue solo su olfato el que le dijo que era algo más que aquello. Al principio pensó que era sumisa. Muchos hombres lobo eran más o menos dominantes.
La gente dulce por naturaleza no estaba suficientemente preparada para sobrevivir al brutal cambio de humano a licántropo. Por eso existían tan pocos hombres lobos sumisos. Entonces comprendió que el repentino cambio de humor y su deseo irracional de protegerla de la multitud que les rodeaba eran indicios de algo más. Aunque muchos se equivocaban con ella, no era una loba sumisa: era una Omega. Justo entonces supo que, aparte de la misión que le había llevado a Chicago, iba a matar al responsable de aquellos moretones.
De cerca era aún más impresionante. Podía sentir su energía recorriéndole el cuerpo suavemente como una serpiente degustando su presa. Juvia mantuvo la mirada baja mientras esperaba su respuesta.
—Soy Gray Fullbuster —dijo él—. El hijo del Okashira. Tú debes de ser Juvia.
Ella asintió.
—¿Has venido en coche o has cogido un taxi?
—No tengo coche —dijo ella.
Él gruñó algo que ella no llegó a entender.
—¿Sabes conducir? —Juvia asintió.
—Bien.
Juvia conducía bien, aunque era demasiado prudente. Aunque no le importaba, se agarró con fuerza a la guantera del coche alquilado. No dijo nada cuando le pidió que fueran a su apartamento, pero había percibido su consternación. Le podría haber dicho que su padre le había dado instrucciones de mantenerla viva, si podía, y para hacer eso debía permanecer a su lado. No quería asustarla más de lo que ya estaba. También le podría haber dicho que no tenía intención alguna de acostarse con ella, pero no quería mentirle. Y, sobre todo, no quería mentirse a sí mismo. Por eso se mantuvo en silencio.
Cuando se incorporaron a la autopista en el todoterreno alquilado, el Hermano Lobo pasó de sentir una furia asesina, causada por el bullicio del vuelo, a dejarse llevar por una satisfacción y una calma completamente nuevas para Gray. Los dos lobos Omega que había conocido a lo largo de su vida habían hecho algo similar en él, pero no con semejante intensidad. Esto debe de ser lo más parecido a sentirse totalmente humano. La furia y cautela de cazador que su lobo siempre demostraba eran apenas un recuerdo, dejando solo la determinación de acercarse a ella para aparearse.
Aquello también era nuevo para él. Aunque era muy guapa, lo que deseaba realmente era alimentarla y suavizar la rigidez de sus hombros. El lobo quería llevársela a la cama y reclamarla como suya. Pero, al ser más cauteloso que su lobo, esperaría a conocerla un poco mejor antes de cortejarla.
—Mi piso no es gran cosa —dijo ella con un esfuerzo evidente por romper el silencio.
La aspereza de su voz le indicó que su garganta estaba seca. Tenía miedo de él. Aunque nunca le había gustado, era el matón de su padre, por lo que estaba habituado a despertar aquel tipo de sentimiento en la gente. Se apoyó en la puerta del coche y contempló las luces de la ciudad. Quería darle espacio para que se sintiera más cómoda cuando decidiera mirarlo. Había guardado silencio para que ella se acostumbrara a su presencia, aunque ahora empezaba a pensar que podría haber sido un error.
—No te preocupes —dijo él—. No soy maniático. Da igual como sea tu piso porque sin duda será más civilizado que el poblado indígena donde crecí.
—¿Un poblado indígena?
—Soy más viejo de lo que parece —dijo él sonriendo ligeramente—.
Hace doscientos años un poblado indígena era algo bastante extravagante en Montana. Como a muchos otros lobos viejos, no le gustaba hablar del pasado, pero sabía que aquello ayudaría a Juvia a tranquilizarse.
—Había olvidado que podías ser más viejo de lo que aparentas —dijo ella excusándose. Había captado su sonrisa, pensó él, porque el nivel de su miedo se redujo considerablemente. —En la manada de Chicago no hay lobos tan viejos. —
—Hay algunos —discrepó él, dándose cuenta de que ella había dicho «la manada» y no «mi manada».
Lyon tenía setenta u ochenta años y su mujer muchos más. Edad suficiente para apreciar el regalo que significaba poseer a una Omega. Por el contrario, habían permitido que la convirtieran en aquella chica degradada que se encogía cuando la mirabas demasiado tiempo.
—Puede ser complicado saber la edad exacta de un lobo. A la mayoría no nos gusta hablar del tema. Ya es bastante duro adaptarse sin tener que hablar constantemente sobre tiempos pasados.
Juvia no dijo nada, por lo que pensó en otro tema del que pudieran hablar. Las conversaciones no eran su fuerte; las dejaba para su padre y su hermano, ambos muy buenos conversadores.
—¿De qué tribu eres? —preguntó ella antes de que él encontrara un nuevo tema—. No sé mucho sobre las tribus de Montana.
—Mi madre era Salish —dijo él—. De la tribu Cabeza-Plana. —Juvia le dirigió una rápida mirada a su frente con total naturalidad. Ah, pensó él aliviado, una buena historia que contarle. —¿Sabes por qué los Cabezas-Planas se llaman así? —
Ella negó con la cabeza. Su expresión era tan solemne que se sintió tentado de burlarse de ella. Pero no se conocían lo suficiente, de modo que le contó la verdad. —Muchas de las tribus indígenas de la Cuenca del Columbia, la mayoría de ellos Salish, solían aplanar las frentes de los recién nacidos; los Cabezas-Planas eran una de las pocas que no lo hacían.
—Entonces, ¿por qué son ellos los que se llaman Cabezas-Planas? — preguntó ella.
—Porque las otras tribus en realidad no pretendían aplanar la frente sino crear un pico en la parte superior de la cabeza. Como los Cabezas Planas no lo hacían, las otras tribus empezaron a llamarlos de ese modo. No era un cumplido. — El olor de su miedo iba disminuyendo mientras él hablaba. —Nosotros éramos los feos, los primos bárbaros, ¿sabes? —Se echó a reír— Irónicamente, los esclavistas blancos malinterpretaron el nombre. Fuimos difamados durante mucho tiempo por una práctica que no realizábamos. Así que los hombres blancos, como nuestros primos, nos consideraban unos bárbaros.
—Has dicho que tu madre era Salish —dijo ella—. ¿El Okashira también es nativo americano?
Él negó con la cabeza. —Mi padre es japonés. Vino a cazar pieles en la época de los tramperos y se quedó porque se enamoró del olor de los pinos y de la nieve.
Su padre se lo había dicho con esas mismas palabras. Gray descubrió que volvía a sonreír sin que le doliera la cara, esta vez una sonrisa de verdad, y notó cómo ella se relajaba aún más. Tendría que llamar a su hermano, Natsu, para decirle que finalmente había aprendido a sonreír sin que el rostro se le cuarteara. Solo había necesitado a una loba Omega para conseguirlo. Juvia doblo en un callejón y se introdujo en un pequeño aparcamiento tras uno de los omnipresentes edificios de ladrillo de cuatro plantas que inundaban los viejos suburbios de aquella parte de la ciudad.
—¿En qué barrio estamos? —preguntó él.
—En Oak Park —dijo ella—. El hogar de Frank Lloyd Wright, Edgar Rice Burroughs y Phantom's.
—¿Phantom´s? —
Ella asintió y salió del coche. —El mejor restaurante italiano de Chicago y mi actual lugar de trabajo.
—¿De modo que tu opinión es imparcial? — Gray salió del coche aliviado. Su hermano se burlaba de él porque no le gustaban los coches, pese a saber que existían pocas probabilidades de morir si tenía un accidente grave.
Gray no tenía miedo de morir, simplemente le parecía que los coches corrían demasiado. Le impedía reconocer el terreno por el que circulaba. Y si le apetecía echar una cabezadita mientras viajaba, los coches no podían hacer solos el camino. Por eso prefería los caballos. Después de que él sacara su equipaje del maletero, Juvia cerró el coche con llave. El coche emitió un pitido, y Gray se sobresaltó y no ocultó su aspecto irritado. Cuando se dio la vuelta, Juvia tenía la vista clavada en el suelo. La ira, que en su presencia había desaparecido, reapareció en cuanto sintió la fuerza de su miedo. Alguien la había traumatizado.
—Lo siento —susurró ella. Si en aquel momento hubiera estado en forma de lobo, tendría la cola entre las piernas.
—¿Por qué? —preguntó él, incapaz de ocultar su enfado— ¿Porque me asustan los coches? No es culpa tuya.
Se vio obligado a controlar a su lobo, y entonces comprendió que en aquella ocasión tendría que ser más prudente. Normalmente, cuando su padre lo enviaba a resolver algún problema, no tenía demasiadas dificultades. Sin embargo, con una loba Omega herida tan cerca, tendría que hacer un mayor esfuerzo por controlar su temperamento.
—Juvia —dijo él en cuanto volvió a tener todo bajo control—, soy el sicario de mi padre. Es mi trabajo como su segundo. Pero eso no significa que me guste. No te haré daño, te doy mi palabra.
—Sí, señor —dijo ella sin creerle.
Gray recordó que en aquellos tiempos la palabra de un hombre no tenía mucho valor. Le ayudó a controlarse el hecho de percibir en ella la misma cantidad de ira que de miedo; aún no estaba anulada del todo. Decidió no insistir al comprender que acabaría provocando el efecto contrario, Ella debería aceptar que él era un hombre de palabra. Mientras tanto, le daría algo en lo que pensar.
—Además —dijo él suavemente—, mi lobo está más interesado en cortejarte que en imponer su dominio.
Gray sonrió cuando percibió que tanto su miedo como su enfado habían desaparecido, siendo sustituidos por la sorpresa... y por algo que podría ser un principio de interés. Juvia abrió la puerta principal del edificio, entró antes que él y subió las escaleras sin dirigirle la mirada. Al llegar a la segunda planta, su olor no desprendía ninguna emoción, aparte del cansancio. Se dio cuenta de que a Juvia le costó un gran esfuerzo subir las escaleras hasta el ático. Su mano temblaba al intentar meter la llave en el cerrojo de una de las dos puertas del rellano. Debería alimentarse mejor. Los hombres lobo no deberían estar tan delgados; podría ser peligroso para los que le rodeaban.
Era un ejecutor, se dijo Juvia, enviado por su padre para resolver los problemas que surgían en la comunidad de hombres lobo. Para sobrevivir en aquel trabajo, debía de ser incluso más peligroso que Lyon. Juvia podía sentir cuan dominante era, y sabía cómo eran los dominantes. Tenía que estar alerta, preparada para el más mínimo movimiento agresivo, dispuesta a soportar el dolor y el pánico, porque huir sería aún peor. Entonces, ¿por qué se sentía más segura cuanto más tiempo pasaba con él? Gray la siguió escaleras arriba sin decir una palabra, y Juvia decidió no disculparse más por su apartamento.
Al fin y al cabo, había sido idea suya pasar allí la noche y acabar durmiendo en un futon doble en lugar de en una agradable cama de hotel. No sabía qué ofrecerle para comer; esperaba que hubiera comido algo durante el vuelo. Al día siguiente iría a comprar algunas cosas, después de cobrar el cheque de Phantom's que había dejado en la puerta de la nevera. Tiempo atrás, el ático estaba dividido en dos pisos de dos habitaciones, pero, en los setenta, alguien había hecho reformas y los había convertido en un piso de tres habitaciones y un estudio.
Su apartamento parecía usado y vacío, sin más muebles que un futon, una mesita y un par de sillas plegables. El suelo de parquet era lo único que lo hacía un poco acogedor. Juvia miró a Gray detenidamente cuando entró en el apartamento tras ella, pero comprendió que sabía controlar muy bien sus emociones. Aunque no pudo adivinar lo que pensaba, no le costó mucho imaginárselo al ver cómo miraba fijamente el futon, que era perfecto para ella pero demasiado pequeño para él.
—El cuarto de baño está ahí —dijo ella innecesariamente porque la puerta estaba abierta y se podía ver con claridad.
Él asintió mientras la observaba con los ojos opacos por la pobre iluminación.
—¿Tienes que trabajar mañana? —preguntó él.
—No. No trabajo hasta el sábado.
—Bien. Entonces podemos hablar por la mañana.
Gray cogió su pequeña maleta y se fue al cuarto de baño. Mientras Juvia buscaba en el armario una manta vieja y volvía a considerar que una alfombra barata sería mucho mejor que el pulido parquet, bonito pero demasiado frío y duro para dormir sobre él, hizo todo lo posible para aislarse de los extraños sonidos que producía otra persona disponiéndose a ir a la cama. La puerta se abrió mientras seguía de rodillas en el suelo intentando extender la manta a modo de colchón lo más lejos posible de la cama.
—Puedes dormir en la cama —empezó a decir y, al darse la vuelta, se encontró cara a cara con un enorme lobo de pelaje negro azulado.
Le meneó la cola y sonrió ante su obvia sorpresa, antes de rozarla al pasar para acostarse en la manta. Se acomodó sobre ella, apoyó la cabeza en sus patas delanteras y cerró los ojos; aparentemente, se quedó dormido al instante. Pese a que Juvia sabía que no era así, no se movió, ni le miró cuando fue al cuarto de baño o cuando salió vestida con un chándal más grueso. No podría dormir con un hombre en su apartamento, pero, de algún modo, el lobo le resultaba menos amenazador. Aquel lobo. Pasó el pestillo de la puerta, cerró la luz y se arrastró hasta la cama sintiéndose más segura de lo que lo había estado desde el día en que descubrió que el mundo estaba lleno de monstruos.
Al principio, los pasos que oyó en la escalera a la mañana siguiente no le preocuparon. La familia que vivía en el apartamento de enfrente se pasaba el día y la noche entrando y saliendo. Se cubrió la cabeza con la almohada para amortiguar el ruido, pero entonces reconoció la manera de caminar de Lucy y recordó que había un hombre lobo en su apartamento. Se incorporó repentinamente y miró a Gray.
El lobo era mucho más hermoso a la luz del día que por la noche; sus negras patas realzaban el azul de su pelaje. Irguió la cabeza cuando Juvia se incorporó y se levantaron al mismo tiempo. Cuando Lucy llamó a la puerta, Juvia le indicó que se mantuviera callado.
—Juvia, ¿estás ahí? ¿Sabes que alguien ha aparcado otra vez en tu plaza de parking? ¿Quieres que llame a la grúa o tienes un hombre ahí dentro?
Lucy estaba esperando al otro lado de la puerta.
—Estoy aquí. Espera un minuto.
Miró a su alrededor frenéticamente buscando un sitio donde esconder al hombre lobo. No cabía en el armario y si cerraba la puerta del cuarto de baño, Lucy querría saber por qué lo había hecho. Además, exigiría saber por qué tenía un perro del tamaño de un labrador, aunque menos amigable, en su sala de estar. Le echó una rápida mirada a Gray y se dirigió hacia la puerta mientras él se encaminaba al cuarto de baño. Cuando oyó que la puerta del baño se cerraba, descorrió el pestillo de la puerta del apartamento.
—He vuelto —dijo Lucy al entrar, dejando un par de bolsas sobre la mesa. Su piel estaba más bronceada de lo habitual por la semana que había pasado bajo el sol tropical. —De camino a casa he comprado algo para desayunar juntas. No comes suficiente. Su mirada se dirigió a la puerta cerrada del cuarto de baño. —Tienes a alguien ahí. —Sonrió, pero sus ojos mostraban preocupación. Lucy nunca le había ocultado que Rogue no le gustaba. Juvia le había dicho que era un antiguo novio–. Mmm...
Juvia era consciente de que Lucy no se marcharía hasta saber quién había en el cuarto de baño. Por alguna razón, la había protegido desde el primer día que se mudó allí, poco después de su Transformación. Justo en aquel momento, Gray abrió la puerta del baño y preguntó:
—Juvia, ¿tienes un peine para pelo?
Aunque Juvia sabía que era imposible, estaba totalmente vestido y en forma humana. Habían pasado menos de cinco minutos desde que entró en el baño, y un hombre lobo necesita más tiempo para recuperar su forma humana.
Lanzó una mirada desesperada a Lucy, pero su vecina estaba demasiado ocupada observando al hombre de pie en la puerta del baño para percibir la sorpresa en el rostro de Juvia. El hecho de que Lucy estuviera embobada le permitió observar a Gray con más detenimiento; debía admitir que, con su espesa melena color negruzca suelta, goteando y dando la extraña sensación de estar desnudo pese a llevar una camisa de franela y téjanos, invitaba a que le observaran. Sonrió brevemente a Lucy antes de volver a centrar su atención en Juvia.
—No sé dónde he puesto el mío. ¿Tienes alguno?
Juvia asintió desconcertada y entró en el cuarto de baño. ¿Cómo se había transformado tan rápido? Pero no podía preguntárselo mientras Lucy siguiera en el apartamento. Olía bien. Incluso después de tres años, le resultaba extraño percibir aquellas cosas de la gente. Normalmente intentaba ignorar lo que su olfato le decía, aunque en este caso tuvo que esforzarse para no detenerse a disfrutar de aquel olor tan embriagador.
—¿Y tú quién eres? —oyó preguntar a Lucy con desconfianza.
—Gray Fullbuster. — Por el tono de voz, Juvia no podía saber si le había molestado o no el recelo de Lucy. —¿Y tú eres...?
—Es Lucy, la vecina de abajo —dijo Juvia dándole el peine de pelo y marchándose a la sala de estar. —Lo siento, os tendría que haber presentado.
Lucy, este es Gray Fullbuster. Ha venido a visitarme desde Montana. Gray, Lucy Heartfilia, mi vecina de abajo. Ahora daros la mano y portaros bien.
Había amonestado a Lucy, la cual podía ser muy seca si alguien no le gustaba. Gray levantó una ceja sorprendido y divertido a la vez, antes de darse la vuelta y ofrecerle a Lucy su enorme mano.
—¿Desde Montana? —preguntó Lucy al estrechársela firmemente.
Gray asintió y empezó a hacerse una trenza con rapidez (en la parte posterior de su melena donde estaba más largo) demostrando su práctica.
—Mi padre me envió porque se enteró de que alguien estaba molestando a Juvia.
Con aquello, Juvia supo que se había ganado a Lucy.
—¿Rogue? ¿Te vas a ocupar de esa rata? — Lucy miró a Gray con aprobación—Pareces estar en buena forma, no me malinterpretes, pero Rogue es todo un personaje. Viví en Cabrini Green hasta que mi madre fue lista y se casó con un buen hombre. La gente como Rogue crece como un depredador, es el tipo de persona al que le encanta la violencia. La primera vez que le vi, recordé lo que me había ocurrido veinte años atrás. Ya había hecho daño a otra gente y disfrutaba con ello. No lo vas a asustar solo con un aviso.
Gray puso cara de satisfacción, lo que transformó completamente su apariencia.
—Gracias por el consejo —le dijo. Lucy asintió majestuosamente.
—Como conozco a Juvia, sé que no hay nada de comida en su apartamento. Tienes que alimentarla. Hay panecillos y queso cremoso en las bolsas que he dejado sobre la mesa. Y no, no pretendo quedarme. Tengo una semana de trabajo por delante, pero no me puedo marchar sin saber que Juvia ha comido algo.
—Me ocuparé de que lo haga —dijo Gray con la sonrisa aún en el rostro.
Lucy alargó el brazo para darle una palmadita de agradecimiento en la mejilla. —Gracias. Lucy le dio un rápido abrazo a Juvia y sacó un sobre de su bolsillo que dejó sobre la mesa, junto a las bolsas.
—Esto es por cuidar del gato. Así no tengo que dejarlo en la residencia de animales, con todos esos perros a los que odia, y pagando cuatro veces más. Si no lo aceptas, la próxima vez lo llevaré a la residencia solo para que te sientas culpable.
Tras aquello, se marchó. Juvia esperó hasta oír los pasos en la planta de abajo y entonces dijo:
—¿Cómo te has transformado tan rápido?
—¿Quieres ajo o arándanos? —preguntó Gray abriendo una bolsa. Cuando vio que no iba a responder, apoyó las manos sobre la mesa y suspiró. —¿Quieres decir que no has oído la historia del Okashira y su dama indígena?
Juvia no pudo entender el tono de su voz ni descifrar la expresión de su rostro. —No —respondió ella.
Gray soltó una breve carcajada aunque Juvia no encontró la gracia por ningún lado.
—La belleza de mi madre le salvó la vida. Estaba recogiendo hierbas cuando sorprendió a un alce. Este la atacó violentamente. Mi padre, atraído por el ruido, fue hasta allí y le salvó la vida convirtiéndola en una mujer lobo.
Gray cogió los panecillos y los puso en la mesa usando las servilletas como platos. Se sentó y le indicó que hiciera lo mismo.
—Empieza a comer y te contaré el resto de la historia.
Le ofreció el de arándanos. Juvia se sentó frente a él y le dio un bocado. Gray asintió con satisfacción y continuó.
—Aparentemente era uno de esos amores a primera vista por ambas partes. Ninguno de los dos hablaba el idioma del otro, por lo que el amor que sentían se basaba en su belleza. Todo fue bien hasta que se quedó embarazada. El padre de mi madre era un chamán y le ayudó a conservar su humanidad hasta que yo nací. Entonces, cada mes, cuando mi padre y mi hermano cazaban bajo la luna, mi madre permanecía en su forma humana. Y con cada luna se hacía más y más débil. Mi padre discutió con ella y con su padre, preocupado porque se estaba matando.
—¿Por qué lo hacía? —preguntó Juvia.
Gray frunció el ceño. —¿Cuánto tiempo hace que eres una mujer lobo?
—Tres años se cumplieron el pasado agosto.
—Las mujeres lobo no pueden tener hijos —dijo él—. El cambio es demasiado duro para el feto. Mueren al tercer o cuarto mes.
Juvia le miró fijamente. Nadie le había contado aquello.
—¿Estás bien?
No sabía qué contestarle. No es que estuviera planeando tener hijos, especialmente con lo extraña que había sido su vida en los últimos tres años. Pero tampoco había planeado no tenerlos.
—Deberían habértelo explicado antes de decidir que querías transformarte —dijo él. Ahora fue Juvia la que soltó una carcajada.
—Aquí nadie explica nada. Por favor, continúa con la historia.
Gray la contempló un buen rato y luego asintió con solemnidad. —A pesar de las protestas de mi padre, ella esperó hasta mi nacimiento. Debilitada por la magia durante la lucha contra la llamada de la luna, no logró sobrevivir. Nací siendo un hombre lobo, no me transformaron como al resto, lo que me dotó de ciertas habilidades, como transformarme rápidamente.
—Eso estaría bien —dijo ella con convencimiento.
—Sigue siendo doloroso —añadió él.
Juvia jugaba con un trozo de panecillo.
—¿Buscarás al chico desaparecido?
Su rostro se endureció.
—No. Sabemos dónde está Alzack Connell.
Algo en su voz se lo dijo.
—¿Está muerto?
Gray asintió. —Hay gente muy buena investigando su muerte. Encontrarán a los responsables. Fue transformado sin su consentimiento y la chica que iba con él fue asesinada. Después lo vendieron como conejillo de indias. La persona responsable pagará por sus crímenes.
Juvia iba a preguntarle algo más cuando la puerta del apartamento se abrió violentamente y golpeó contra la pared. Rogue apareció en el umbral de la puerta. Había estado escuchando a Gray tan atentamente que no había oído a Rogue subir las escaleras. Había olvidado cerrar la puerta con el pestillo después de que se marchara Lucy. Tampoco hubiera servido de mucho, ya que Rogue tenía la llave. Juvia no pudo evitar sobresaltarse cuando Rogue entró en el apartamento como si fuera el propietario.
—Día de pago —dijo él—. Me debes un cheque. —Miró a Gray. —Lárgate, la señora y yo tenemos negocios que tratar.
Juvia no podía creer que Rogue hubiera empleado aquel tono con Gray. Lo observó para ver su reacción y comprendió que Rogue había metido la pata. Gray estaba entretenido con su plato, con la vista fija en la mesa. Ocultaba la fuerza de su asombrosa personalidad.
—No voy a largarme —murmuró sin levantar la mirada—. Tal vez necesite mi ayuda.
Rogue hizo una mueca.
—¿Dónde le has encontrado, zorra? Ya verás cuando le diga a Lyon que has encontrado a un perro callejero y no se lo has dicho. —Se aproximó a Juvia y la agarró del pelo. La levantó de la silla y la empotró contra la pared, arrinconándola con un desagradable gesto sexual y violento mientras acercaba su cara a la de ella. —Puede que decida volver a castigarte. Me encantaría.
Juvia recordó la última vez que le castigaron y no pudo ocultar su miedo. Juvia percibió cómo Rogue disfrutaba con su pánico.
—Me parece que esta vez no va a ser ella quien reciba el castigo — dijo Gray en voz baja.
Juvia se tranquilizó, porque sabía que Gray no permitiría que Rogue le hiciera daño. No podía explicar cómo lo sabía. Había descubierto que, aunque un lobo no le hiciera daño, no significaba que fuera a protegerla.
—No te he dado permiso para hablar —gruñó Rogue, volviendo la cabeza hacia el otro hombre—. Me ocuparé de ti en cuanto acabe con ella.
Gray se levantó con calma. Juvia pudo oír cómo se limpiaba las manos con la servilleta.
—Creo que ya has terminado aquí —dijo Gray con una voz complemente diferente—. Suéltala.
Juvia notó en los huesos el poder de sus palabras, calentando su estómago que se había helado del miedo. Rogue disfrutaba más haciéndole daño que forzándola. Juvia había luchado hasta que comprendió que aquello le satisfacía incluso más. No había tardado mucho en aprender que no tenía ninguna posibilidad de ganarle. Rogue era más fuerte y más rápido, y la única vez que consiguió soltarse, el resto de la manada la sujetó para él.
Tras las palabras de Gray, Rogue la soltó tan rápido que Juvia se tambaleó, aunque aquello no impidió que se alejara todo lo que pudo hasta llegar a la cocina. Cogió el rodillo de mármol, que había sido de su abuela, y lo agarró con recelo. Rogue estaba de espaldas, pero Gray vio su arma y le dedicó una breve sonrisa antes de centrar su atención en Rogue.
—¿Quién diablos eres? —escupió Rogue. Juvia percibió el miedo que se ocultaba tras su ira.
—Podría hacerte la misma pregunta —dijo Gray—. Tengo una lista con todos los hombres lobo de las manadas de Chicago y tu nombre no está en ella. Pero eso es solo una parte de los asuntos que me han traído aquí. Vuelve a casa y dile a Lyon que Gray Fullbuster quiere hablar con él. Me encontraré con él esta tarde, en su casa, a las siete. Puede traer a sus seis primeros y a su pareja, pero no al resto de la manada.
Para sorpresa de Juvia, Rogue emitió un gruñido y se marchó sin más protestas.
