Capítulo 2

Etto...lamento la tardanzaa a todos mis queridos y hermosos lectores de verdad que lo siento! u.u la verdad me uni a un fansub y me ocupa bastante tiempo pero ya me pude organizar xd espero que Disfruten el capitulo como siempre y muchas gracias por sus hermosos reviews que me dan la energia y la fuerza para continua *O* sin mucho mas tardanza los dejo con el capitulo 2 :3 esperoo que lo disfruten y como siempre espero sus hermosos reviews para ver si les gusto el capi ^^ woaahhh de verdad muchas gracias por agregarlo como favoritooooo 3


El lobo que tanto había intimidado a Juvia no deseaba marcharse, pero no era suficientemente dominante para hacer algo con Gray en el apartamento. Por eso, Gray esperó algunos segundos y después lo siguió silenciosamente por las escaleras. En el piso inferior encontró a Rogue a punto de llamar a una puerta.

Gray estaba bastante seguro de que era la de Lucy. No le sorprendió que Rogue buscara otra manera de castigar a Juvia por su forzada retirada. Gray golpeó el suelo con su bota y vio cómo el otro lobo se quedaba completamente rígido y bajaba el brazo.

—Lucy no está en casa —dijo Gray—, y no sería aconsejable hacerle daño.

Gray se preguntó si debía matarlo allí mismo... Pero tenía una reputación que su padre no podía permitirse que perdiera. Solo podía matar a aquellos que infringían las reglas del Okashira, y solo después de que quedara demostrada su culpabilidad. Juvia le había dicho a su padre que Rogue era el lobo que había transformado a Alzack Connell en contra de su voluntad, pero, como en aquella manada se producían tantas irregularidades, podrían considerarse circunstancias atenuantes. Juvia era una mujer lobo desde hacía tres años y nadie le había dicho que no podría tener hijos. Si Juvia sabía tan poco, era probable que aquel lobo tampoco conociera las reglas. Ignorara o no sus crímenes, Gray deseaba matarlo.

Cuando Rogue se dio la vuelta, Gray lo fulminó con la mirada y vio cómo el otro lobo palidecía de repente y empezaba a bajar las escaleras.

—Ve a darle el mensaje a Lyon —dijo Gray.

Le hizo saber a Rogue que lo estaba siguiendo, para que supiera qué se sentía al ser la presa de un depredador más violento que él. Rogue era un tipo duro. Mientras bajaba la escalera, se iba girando para enfrentarse a Gray, aunque solo con la mirada, viéndose forzado a continuar adelante. La persecución despertó al lobo de Gray, quien, aún molesto por el modo en que Rogue había tratado a Juvia, permitió que saliera a la superficie un poco más de lo estrictamente necesario. La lucha se detuvo en la puerta principal, donde dejó que Rogue se marchara libremente. La cacería había sido demasiado corta.

Al lobo de Gray tampoco le había gustado ver a Juvia asustada. Reclamaba sangre, y Gray tuvo que poner en práctica todo su autocontrol para no matar a Rogue en el apartamento. Solo la firme sospecha de que Juvia podría volver a tenerle miedo le ayudó a permanecer sentado hasta estar seguro de que podía controlarse. Subir los cuatro pisos debería darle tiempo para tranquilizar a su lobo.

Podría haberlo hecho, pero Juvia le esperaba en el tercer piso con el rodillo en la mano. Se detuvo a medio camino y Juvia se dio la vuelta y empezó a subir sin decir una palabra. La siguió hasta la cocina de su apartamento, donde dejó el rodillo junto al pote de los cuchillos.

—¿Por qué el rodillo y no un cuchillo? —preguntó él con la voz áspera por la necesidad de acción. Le dirigió la primera mirada tras el encuentro en las escaleras.

—Un cuchillo no lo detendría, pero los huesos necesitan tiempo para curarse.

Aquello le gustó. ¿Quién hubiera pensado que le excitaría una mujer con un rodillo?

—Muy bien —dijo él—. Muy bien.

Se dio la vuelta súbitamente y dejó a Juvia en la cocina, porque si permanecía allí tendría que cogerla y seducirla. El apartamento no era suficientemente grande para andar de un lado a otro o para poner distancia entre ellos. Su olor, una mezcla de miedo y excitación, era peligroso. Necesitaba una distracción. Se sentó en una silla y se reclinó sobre las patas traseras de la misma. Cruzó sus manos detrás de la nuca adoptando una postura relajada, entrecerró los ojos y dijo:

—Quiero que me hables de tu transformación.

No le pasó desapercibido que la pregunta hizo estremecer a Juvia. Algo malo había ocurrido durante su transformación. Se concentró en eso.

—¿Por qué? —preguntó ella desafiante.

Imaginó que todavía estaba alterada por la visita de Rogue. Juvia se dio la vuelta y se encogió pensando que la ira le haría explotar. Gray cerró los ojos. No podía más. Estaba a punto de dejar a un lado toda la caballerosidad que su padre le había enseñado y tomarla allí mismo, estuviera dispuesta o no. Pensó que eso le enseñaría a no tenerle miedo.

—Necesito saber cómo funciona la manada de Lyon —dijo él pacientemente, aunque en aquel momento le importaba poco—. Prefiero que me des tu opinión primero y luego ya haré preguntas. Me dará una idea más clara de lo que está haciendo y por qué.

Juvia lo miró cautelosa pero Gray ni se inmutó. Todavía podía oler la rabia en el ambiente, aunque podía ser una reminiscencia de la presencia de Rogue. Gray también estaba excitado; Juvia se encontró respondiendo a su pregunta aunque sabía que era el habitual resultado de la victoriosa confrontación entre machos. Como Gray lo estaba ignorando, ella también podía hacerlo. Respiró profundamente y el olor de Gray llenó sus pulmones. Tras aclararse la garganta, se esforzó por encontrar el principio de su historia.

—Trabajaba en una tienda de música en el Loop cuando conocí a Rogue. Me dijo que era guitarrista, como yo, y empezó a venir varias veces por semana a comprar cuerdas, CD's... pequeñas cosas. Flirteaba conmigo y hacía bromas. — Se dio cuenta de lo insensata que había sido. —Pensaba que era buen chico, de modo que, cuando me invitó a comer, acepté. — Juvia miró a Gray; parecía estar a punto de dormirse. Los músculos de sus hombros estaban relajados y su respiración era lenta y calmada. —Tuvimos un par de citas. Me llevó a un pequeño restaurante cerca de un parque, una de las reservas forestales. Cuando terminamos, fuimos a dar una vuelta por el bosque «para contemplar la luna», según me dijo—. Incluso ahora, después de tanto tiempo, era consciente de la tensión en su voz. —Me pidió que esperara un momento, que volvería enseguida. — Recordó que Rogue se había excitado, que estaba casi frenético con las emociones contenidas. Se había palpado los bolsillos y le había dicho que había olvidado algo en el coche. Juvia se temía que fuera a buscar un anillo de compromiso. Mientras esperaba, ensayó diversas formas amables de rechazar su propuesta. Tenían muy poco en común, y casi ninguna química. Aunque parecía agradable, había algo en él que no le cuadraba, y su instinto le decía que tenía que romper con él. —Como tardaba mucho, decidí ir al coche cuando, de repente, oí algo entre los arbustos—. Sintió un cosquilleo en la cara, igual que aquella noche.

—¿No sabías que era un hombre lobo?

La voz de Gray le recordó que se encontraba a salvo, en su apartamento.

—No, pensaba que era solo una leyenda.

—Cuéntame qué ocurrió después del ataque.

No tenía que explicarle cómo Rogue la había acechado durante una hora, mareándola de un lado a otro y evitando que se acercara a la salida del bosque. Solo quería saber cosas sobre la manada de Lyon. Juvia disimuló el alivio que le produjo aquello.

—Me desperté en casa de Lyon. Al principio estaba muy excitado; su manada solo tiene otra mujer. Entonces descubrieron lo que era.

—¿Y qué eres, Juvia?

Pensó que su voz era como el humo, suave y ligera.

—Sumisa —dijo ella—, la categoría más baja. —Y entonces, con los ojos cerrados, añadió—: Inútil.

—¿Eso es lo que te dijeron? —preguntó él pensativo.

—Es la verdad.

Debería estar más disgustada por eso; los lobos que no la odiaban la trataban con lástima. Pero no quería ser dominante y tener que luchar y hacer daño a la gente. Como Gray no dijo nada, continuó con su historia, esforzándose por recordar todos los detalles. Él hizo algunas preguntas:

—¿Quién te ayudó a controlar a tu lobo? (Nadie, lo hizo por su cuenta. Le dijeron que era otra prueba que demostraba que no era dominante). —¿Quién te dio el teléfono del Okashira? (El tercero de Lyon, Jura Neekis). —¿Cuándo y por qué? (Justo antes de que la pareja de Lyon intercediera por ella y evitara que la hiciera circular entre los machos que merecían una recompensa. Intentó evitar a los lobos de más categoría. No tenía ni idea de por qué le habían dado ese número ni quería preguntar).

—¿Cuántos miembros nuevos se han unido a la manada desde que lo hiciste tú? (Tres, todos machos, pero dos de ellos no podían controlarse y fueron eliminados).

—¿Cuántos miembros hay en la manada? (Veintiséis).

Cuando terminó, se sorprendió de estar sentada en el suelo, al otro lado de la habitación, con la espalda pegada a la pared. Gray apoyó la silla sobre las cuatro patas y se llevó una mano a la frente. Suspiró profundamente y la miró por primera vez desde que empezara el interrogatorio. Juvia se sobresaltó al descubrir el brillo dorado de sus ojos. Gray estaba a punto de transformarse, forzado por una intensa emoción y, aunque lo veía en sus ojos, no lo podía leer ni en su cuerpo ni en su olor; conseguía ocultarlo de algún modo.

—Hay reglas. La primera es que ninguna persona puede ser transformada contra su voluntad. La segunda es que ninguna persona puede ser transformada hasta que ha sido aconsejada y ha pasado una sencilla prueba que demuestre que comprende las consecuencias de la transformación. —.Juvia no sabía qué decir, pero finalmente recordó que debía apartar sus ojos de su intensa mirada. —Por lo que me has dicho, Lyon está creando nuevos lobos y perdiendo a otros, y no ha informado de esto al Okashira. El año pasado vino a nuestro encuentro anual con su pareja y su cuarto, ese tal Jura Neekis. Nos dijo que su segundo y tercero estaban ocupados.

Juvia frunció el ceño. —Jura ha sido su tercero desde que estoy en la manada, y Rogue es su segundo.

—Has dicho que solo hay otra hembra en la manada aparte de ti.

—Sí.

—Deberían haber cuatro.

—Nadie ha mencionado a otras —dijo ella.

Gray miró el cheque que estaba sujeto en la puerta de la nevera. —Se quedan tu sueldo. ¿Cuánto te devuelven?

El esfuerzo por controlar a su lobo hacía que su voz sonara muy profunda.

—El sesenta por ciento.

—Ah.

Cerró sus ojos de nuevo y respiró profundamente. Ahora, Juvia podía oler su ira, aunque sus hombros continuaban relajados. Cuando terminó de hablar, Juvia dijo en voz baja:

—¿Puedo hacer algo para ayudarte? ¿Quieres que me vaya? ¿O que te cuente algo o ponga música?

No tenía televisión, pero sí un viejo aparato de música. Aunque Gray continuó con los ojos cerrados, se permitió una leve sonrisa.

—Normalmente, mi control es mejor.

Juvia esperó, pero las cosas parecían empeorar cada vez más. Los ojos de Gray se abrieron de repente, y su mirada fría y amarilla la inmovilizó contra la pared en la que estaba apoyada, mientras él se desentumecía y merodeaba por la habitación. El pulso de Juvia se aceleró y bajó la cabeza para encogerse. Notó que Gray se arrodillaba frente a ella. Cuando le acarició el rostro con sus cálidas manos, se sobresaltó, y lamentó haberlo hecho en cuanto le oyó gruñir. Gray, aún de rodillas, enterró el rostro en su cuello y descansó su tenso cuerpo de hierro sobre el de ella, atrapándola contra la pared. Apoyó las manos en esta, rodeándola, y Juvia dejó de moverse. Sentía su cálida respiración en el cuello.

Juvia se sentó con un movimiento cauto, aterrorizada por hacer cualquier cosa que pudiera dificultar su control. Pero había algo en él que le impedía estar completamente aterrorizada, algo que insistía en que no le haría daño. Que nunca le haría daño. Lo cual era estúpido. Todos los dominantes hacen daño a los que están por debajo de ellos. Lo había aprendido a golpes. Aunque las heridas se curaban rápidamente, no era menos desagradable.

Aunque era inútil las veces que se repitiera a sí misma que debía estar asustada de él, un dominante entre dominantes, un extraño al que no había visto nunca hasta el día anterior, o para ser más precisa, desde aquella mañana. No podía tenerle miedo. Olía a ira, pero también a lluvia de primavera, a lobo y a hombre. Cerró los ojos y dejó de luchar contra sí misma, permitiendo que su agradable olor se llevara todo el miedo y la rabia que sentía tras explicarle lo peor que le había pasado en la vida. En cuanto ella se relajó, Gray también lo hizo. Sus rígidos músculos se aflojaron y sus brazos se deslizaron por la pared para descansar suavemente sobre sus hombros.

Poco después, se echó para atrás, pero, como todavía estaba en cuclillas, sus cabezas quedaron casi a la misma altura. Puso delicadamente su mano en la barbilla de Juvia y le levantó suavemente la cabeza hasta que su mirada se posó en sus ojos oscuros. Juvia tuvo la súbita sensación de que si miraba aquellos ojos durante el resto de su vida, podría llegar a ser feliz. Aquella revelación la asustó más que el pánico anterior.

—¿Estás haciendo algo para que me sienta así? —preguntó ella sin pensar.

Gray no le preguntó qué sentía. En lugar de eso, inclinó su cabeza en un gesto lobuno, pero manteniendo el contacto visual. Juvia tuvo la impresión de que estaba tan desconcertado como ella.

—No creo. No intencionadamente.

Gray le sujetaba la cara con ambas manos. Eran manos grandes y robustas, y temblaban ligeramente. Se agachó hasta que su barbilla descansó sobre su cabeza. —Yo tampoco me había sentido nunca así.

Gray podría haberse quedado así para siempre, a pesar de la incomodidad de estar de rodillas sobre el duro parquet. Nunca había sentido nada igual, y mucho menos con una mujer a la que solo conocía desde hacía menos de veinticuatro horas. No sabía cómo enfrentarse a aquello; de hecho, aunque poco habitual en él, no quería hacerlo. Estaba dispuesto a aplazarlo indefinidamente mientras pudiera estar junto a ella. Evidentemente, prefería hacer otra cosa, pero, si sus sentidos no le engañaban, alguien estaba subiendo por las escaleras. Cuatro pisos no eran suficientes para mantener alejados a los intrusos. Cerró los ojos y dejó que su lobo analizara el rastro e identificara al nuevo visitante. Alguien llamó a la puerta. Juvia se sobresaltó. Una parte de él estaba satisfecha por cómo había conseguido distraerla. No había captado nada hasta entonces. A la otra parte le preocupaba su vulnerabilidad. A regañadientes, se levantó y se separó ligeramente de Juvia.

—Adelante, Chelia.

La puerta se abrió y la pareja de Lyon asomó la cabeza. Echó una mirada a Juvia y sonrió con picardía.

—¿Interrumpo algo interesante?

A Gray siempre le había gustado Chelia, aunque intentó no demostrarlo. En tanto ejecutor de su padre, hacía tiempo que había aprendido a no encariñarse de nadie que tal vez tuviera que matar algún día. Por tanto, su círculo de amistades era muy reducido y se limitaba a su padre y a su hermano. Juvia se levantó y le devolvió una tímida sonrisa, aunque Gray percibió que aún estaba asustada. Para su sorpresa, dijo:

—Sí, estaba a punto de pasar algo interesante, pero no importa, adelante.

Chelia entró de golpe, cerró la puerta y le tendió la mano a Gray.

—Gray, me alegro de verte.

Gray tomó su mano y la besó suavemente. Olía a canela y a clavo. Había olvidado que usaba perfume para entorpecer los afilados sentidos de los hombres lobo. Suficientemente intenso para ocultarse y protegerse del agudo olfato de estos. A no ser que estuviera muy inquieta, nadie podía percibir lo que sentía.

—Estás muy guapa —dijo él consciente de que aquello es lo que esperaba. Era verdad.

—Debería parecer que tengo los nervios destrozados —dijo ella, atusándose el pelo, el cual, combinado con sus bellos rasgos, la hacía parecer una princesa de cuento. Era más bajita y menuda que Juvia, pero Gray nunca cometería el error de considerarla frágil. —Rogue llego a casa enfurecido diciendo algo sobre un encuentro con cierto lobo que conozco esta noche. Era de todo menos coherente y le dije a Lyon que me pasaría por aquí a ver qué estaba sucediendo. Por cierto, ¿qué hiciste para enfurecerlo de esa forma?

Aquella era una de las razones por las que no tenía amigos.

—¿Lyon recibió mi mensaje? —preguntó Gray.

Chelia asintió. —Y parecía bastante asustado, algo que no le sienta muy bien. — Se inclinó hacia Gray y posó una mano sobre su brazo con demasiada familiaridad. —¿Qué te trae por nuestro territorio, Gray?

Gray dio un paso atrás. Aunque parecía haberlo olvidado mientras estaba con Juvia, no le gustaba tocar ni que le tocasen. Se esforzó por retomar la atención en los negocios.

—He venido para encontrarme con Lyon esta noche.

El habitual semblante alegre de Chelia se endureció y Gray esperó a que explotara. Chelia era tan famosa por su carácter como por su carisma. Era una de las pocas personas que había estallado frente al Okashira y había salido indemne; al padre de Gray también le caía bien Chelia. Sin embargo, Chelia no contestó. En lugar de eso, giró la cabeza para mirar a Juvia, y Gray se dio cuenta de que la había estado ignorando hasta entonces. Cuando volvió a mirar a Gray, empezó a hablar de nuevo, pero no se dirigía a él.

—¿Qué historias has ido contando por ahí, querida Juvia? ¿Te has estado quejando del lugar que ocupas en la manada? Escoge una pareja si no te gusta. Ya te lo he dicho otras veces. Estoy segura de que Rogue te aceptaría.

No había veneno en su voz. Probablemente si Gray no hubiera conocido a Rogue, no se habría fijado en la reacción de Juvia. Tal vez ni siquiera hubiera captado la amenaza. Juvia no dijo nada. Chelia continuó observando a Gray pero evitando mirarle directamente a los ojos. Supo que estaba estudiando sus reacciones, pero sabía que estas no transmitían nada. En aquella ocasión estaba preparado para la reacción de su lobo, el cual podía estallar en cualquier momento para defender a Juvia.

—¿Te has acostado con Gray? —preguntó Chelia—. Es un buen amante, ¿verdad?

Aunque Chelia tenía pareja, le gustaba coquetear con otros, y Lyon le dejaba hacer lo que quisiera, algo casi inaudito entre los hombres lobo. Esto no quería decir que ella no fuese celosa; Lyon no podía ni mirar a otra mujer. Gray siempre pensó que era una relación rara, pero les funcionaba desde hacía mucho tiempo.

Cuando, hace años, Chelia lo intentó con él, se dejó seducir sabiendo que no era nada más que una aventura. No se sorprendió cuando le pidió que hablara con su padre para que Lyon pudiera ampliar su territorio. Aunque Gray rechazó la petición, se lo tomó con buen humor. El sexo no había significado nada para ninguno de los dos, aunque, al enterarse, a Juvia sí parecía haberle afectado. Tendría que haber sido humano para no reconocer el dolor y la desconfianza en sus ojos ante las palabras de Chelia.

—Sé amable, Chelia —dijo él bruscamente. Su voz sonó más seca cuando añadió—Vete a casa y dile a Lyon que hablaré con él esta noche.

Los ojos de Chelia se encendieron de ira y se puso en pie.

—No soy como mi padre —dijo él suavemente—. No intentes ese tipo de rabieta conmigo. — El miedo calmó su temperamento, y de paso, Gray también se calmó. Puede que su perfume encubriera su olor, pero no podía ocultar la mirada fija en sus puños apretados. No disfrutaba asustando a la gente; casi nunca. —Vete a casa, Chelia. Tendrás que guardarte la curiosidad hasta entonces.

Gray cerró la puerta suavemente tras ella y se quedó un instante de pie junto a esta, reacio a enfrentarse a Juvia. Aunque no tenía ni idea de por qué se sentía culpable por algo que había pasado mucho antes de conocerla.

—¿Vas a matarla?

La miró, pero no supo qué pensaba realmente.

—No lo sé.

Juvia se mordió el labio. —Ha sido amable conmigo.

¿Amable? Chelia sabía las reglas, todo lo que le había pasado a Juvia desde su transformación tenía poco que ver con la amabilidad. Pero la preocupación que leía en su rostro le obligó a guardarse el comentario.

—Pasa algo extraño en la manada de Lyon —se limitó a decirle—. Lo descubriré esta noche.

—¿Cómo?

—Se lo preguntaré —dijo él—. Saben muy bien que no pueden mentirme. Y si se niegan a responder a mis preguntas o a recibirme significará que son culpables.

Juvia parecía desconcertada. —¿Por qué no pueden mentirte?

Gray le tocó la nariz. —Oler una mentira es bastante fácil, a no ser que estés tratando con alguien que no sepa la diferencia entre la verdad y la mentira, aunque hay otras maneras de detectarlas.

El estómago de Juvia rugió.

—Ya es suficiente —dijo él. Había llegado el momento de comer algo. Un panecillo no era suficiente. —Coge el abrigo.


Gray no quiso coger el coche para ir al centro de la ciudad, donde sería difícil encontrar aparcamiento, porque su temperamento era demasiado imprevisible cuando estaba con Juvia. No podía decirle que cogieran un taxi, lo cual era una experiencia nueva para él; no había mucha gente dispuesta a desobedecer sus órdenes. Pero Juvia era una Omega y estaba obligada, por una necesidad instintiva, a obedecer a los lobos dominantes. Con un suspiro, la siguió hasta la estación más próxima. Nunca había viajado en el metro elevado de Chicago y, si no fuera por cierta mujer testaruda, seguiría sin haberlo hecho. Tuvo que admitir, aunque solo para sí mismo, que disfrutó cuando un escandaloso grupo de pandilleros disfrazados de adolescentes decidieron molestarle.

—Eh, tú, Indio Joe —dijo un chico con ropa holgada—. No eres de aquí, ¿verdad?

La señorita está muy buena. Si le gusta la carne oscura, hay mucha por aquí.

Se dio un golpecito en el pecho. En Chicago abundaban las bandas de verdad, nacidas en el centro de la ciudad bajo el lema «comer o ser comido». Pero aquellos chicos eran imitadores, probablemente chicos aburridos durante las vacaciones escolares. De modo que habían decidido entretenerse asustando a los adultos que no sabían diferenciar entre los auténticos y los imitadores. Una señora mayor sentada a su lado se encogió y el olor de su miedo le hizo perder la paciencia. Gray se levantó, sonrió y vio cómo la suficiencia del chico se evaporaba por la confianza que desprendía.

—Sí que está buena —dijo él—, pero es mía.

—-Eh, tío —dijo el chico que estaba detrás del que había hablado antes—, de buen rollo, tío.

Su sonrisa se amplió al comprobar cómo retrocedían.

—Hace un buen día. Creo que deberíais sentaros en aquellos sitios vacíos de allí. La vista es mucho más interesante.

Se apresuraron hacia la parte delantera del vagón y, después de que todos se hubieron sentado, Gray regresó junto a Juvia.

Había tanta satisfacción en el rostro de Gray cuando se sentó que Juvia tuvo que controlar una sonrisa por miedo a que alguno de los chicos les mirara y pensara que se estaba riendo de ellos.

—Un excelente ejemplo de demostración de testosterona — observó secamente—.¿Después irás a por el grupo de exploradoras?

Los ojos de Gray brillaron divertidos. —Ahora ya saben que deben elegir a su presa con más cuidado.


Juvia iba pocas veces al centro de la ciudad, ya que todo lo que necesitaba lo podía encontrar cerca de casa. Aunque no vivía allí, Gray lo conocía mejor que ella. Escogió la estación en la que tenían que bajar y se dirigió directamente a un pequeño restaurante griego, en una oscura callejuela bajo las vías del tren, donde lo recibieron por su nombre y los condujeron a una mesa situada en una salita privada. Gray dejó que Juvia pidiera lo que quisiera, entonces dobló el pedido y añadió algunos platos más. Mientras esperaban la comida, extrajo del bolsillo de su chaqueta una pequeña libreta gastada de tres anillas que se cerraba con un cordoncito de piel. La abrió, sacó unas hojas de papel y se las tendió a Juvia con un bolígrafo.

—Me gustaría que escribieras los nombres de los miembros de tu manada. Si puede ser, en orden decreciente, desde el más dominante hasta el menos.

Juvia lo intentó. No sabía los apellidos de todos y, como estaban por encima de ella, no había prestado demasiada atención al rango. Le devolvió el papel y el bolígrafo con el ceño fruncido.

—Me he dejado a mucha gente y, salvo los primeros cuatro o cinco lobos, es probable que me haya equivocado en la categoría de los otros.

Gray puso la hoja sobre la mesa, sacó otra con algo escrito en ella y empezó a comparar las dos listas. Juvia arrastró su silla hasta quedar a su lado para ver qué estaba haciendo. Gray colocó su lista frente a Juvia.

—Esta es la gente que debería estar en tu manada. He marcado los nombres de los que no aparecen en tu lista.

Repasó las dos listas y rectificó algunas de sus marcas. —Este todavía está. Me había olvidado de él. Y este también.

Gray cogió de nuevo la lista. —Todas las mujeres se han ido. La mayoría de los desaparecidos son lobos viejos. No exactamente viejos, pero no queda ningún lobo mayor que Lyon. También faltan algunos lobos jóvenes. —Gray señaló un par de nombres con el dedo. —Estos eran jóvenes. Este, Hibiki Lates, debía de hacer solo cuatro años que era hombre lobo. Freed Justine, no mucho más.

—¿Conoces a todos los hombres lobo?

Gray sonrió. —Conozco a los Alfas. Celebramos reuniones anuales con todos ellos. También a la mayoría de los segundos y terceros. Una cosa que hacemos en las reuniones es actualizar a los miembros de las manadas. Se supone que los Alfas tienen que informar al Okashira de las bajas y de los nuevos miembros. Si mi padre hubiera sabido que se habían ido tantos lobos, lo habría investigado. Lyon ha perdido a una tercera parte de su manada, aunque ha hecho un buen trabajo reponiéndolos.

Le devolvió su lista con los nombres marcados, incluido el de ella.

—Todos estos son nuevos. Por lo que me has dicho, supongo que transformaron a todos por la fuerza. El índice de supervivientes de víctimas atacadas al azar es muy bajo. Lyon ha matado a mucha gente en los últimos años para mantener el número de su manada. Suficientes como para haber atraído la atención de las autoridades. ¿Cuántos de ellos han sido transformados después de ti?

—Ninguno. El único lobo nuevo que he visto era aquel pobre chico.

Juvia daba golpecitos con el bolígrafo sobre el papel.

—Si no dejan cuerpos y amplían la cacería, pueden haber ocultado fácilmente la desaparición de un centenar de personas en la gran área de Chicago durante algunos años. Gray se echó hacia atrás, cerró los ojos y sacudió la cabeza. —Ya recuerdo más datos. No he conocido a muchos de los lobos desaparecidos y no recuerdo la última vez que vi al antiguo segundo de Lyon, solo que fue en los últimos diez años. Así que, pasara lo que pasase, ocurrió después de eso.

—¿Qué ocurrió?

—Algo le ocurrió a Lyon, supongo. Algo le pasó que le hizo matar a todas las mujeres de su manada, exceptuando a Chelia, y a la mayoría de los lobos mayores. Estos debieron de oponerse cuando empezó a matar a gente inocente y cuando dejó de enseñar a los nuevos lobos las reglas y sus derechos. Puedo entender por qué tenía que matarlos a ellos, pero, ¿por qué a las mujeres? Y, ¿por qué el otro Alfa de Chicago no le dijo nada a mi padre?

—Quizá no lo sabía. Lyon y Sting mantienen las distancias, y nuestra manada tiene prohibida la entrada en su territorio. El centro es territorio neutral, pero no podemos ir hacia el norte a no ser que tengamos un permiso especial.

—Oh, interesante. ¿Sabes por qué no se llevan bien?

Juvia se encogió de hombros. Había oído hablar mucho sobre aquello. —Alguien me dijo que Sting no se quiso acostar con Chelia. Otro dijo que habían tenido una aventura, que él la dejó y ella se ofendió. O que no rompió y Lyon tuvo que intervenir. Otra historia cuenta que Lyon y Sting nunca se habían llevado bien. Yo qué sé.

Juvia miró los nombres de la lista que estaban marcados como nuevos lobos de la manada y estalló en una carcajada.

—¿Qué ocurre?

—Es una tontería —dijo Juvia sacudiendo la cabeza.

—Cuéntame.

Sus mejillas se sonrojaron por la vergüenza. —Vale. Buscas algo que todos los nuevos lobos tuvieran en común, ¿no? Pues bien, estaba pensando que si alguien quisiera hacer una lista de los lobos más guapos de la manada, estarían todos estos.

Ambos se sorprendieron por el ataque de celos que Gray no se molestó en ocultar. Probablemente era un buen momento para que el camarero trajera el primer plato. Juvia empezó a mover su silla hacia el lugar donde se había sentado al principio, pero el camarero, al verlo, dejó la bandeja con la comida, se acercó y la ayudó a sentarse educadamente.

—¿Cómo le va, señor? —dijo el camarero— ¿Todavía viviendo lejos de la civilización?

—La civilización está sobrevalorada —contestó Gray mientras ponía las hojas de papel dentro de la libreta y la cerraba—. Con poder venir una o dos veces al año y comer aquí, me doy por satisfecho.

El camarero sacudió la cabeza fingiendo tristeza. —Las montañas son bellas pero no tanto como nuestro horizonte. Un día de estos le llevaré una noche a la ciudad y no querrá irse jamás.

—¡Loke! — Una mujer delgada como un pajarillo entró en la habitación. —Mientras estás aquí charlando con el Sr. Fullbuster los otros clientes están hambrientos.

El camarero sonrió y le guiñó un ojo a Juvia. Besó a la mujer en la mejilla y salió de la habitación. La mujer forzó una sonrisa y sacudió la cabeza.

—Este Loke, siempre hablando. Necesita una buena esposa que lo tenga a raya. Yo soy demasiado vieja —dijo poniendo los ojos en blanco y siguiendo al camarero.

Durante un largo rato, una serie de camareros, que parecían de la misma familia, fueron trayendo comida sin parar. Ninguno de ellos mencionó lo extraño que resultaba que solo dos personas pudieran comer tanto. Gray llenó su plato, miró el de Juvia y dijo:

—Podrías haberme dicho que no te gusta el cordero.

Juvia observó su plato. —Sí que me gusta.

Gray frunció el ceño, cogió la cuchara de servir y puso más comida en el plato de Juvia.

—Deberías comer más, mucho más. La transformación requiere mucha energía. Al ser una mujer lobo, tienes que comer mucho más para mantener tu peso.

Después de eso, Juvia y Gray, por mutuo acuerdo, limitaron su conversación a trivialidades. Hablaron de Chicago y de la vida en la ciudad. Juvia cogió un poco de arroz y Gray la miró hasta que se sirvió una segunda cucharada. Gray le habló de Montana. Se sorprendió al descubrir que era un buen conversador, y comprendió que la única manera de poner fin a aquella conversación era preguntarle algo personal. No es que no quisiera hablar de sí mismo, pero pensó que no era lo suficientemente interesante. La puerta se abrió una vez más y una chica de unos catorce años entró con el postre.

—¿No deberías estar en la escuela? —preguntó Gray.

La joven suspiró. —Vacaciones. Todo el mundo tiene tiempo libre, pero yo... tengo que trabajar en el restaurante. Un fastidio.

—Ya veo —dijo él—. Quizá deberías llamar a una asistente social y decirle que te explotan.

La chica sonrió. —Eso enfadaría a papá. Siento la tentación de hacerlo solo para ver la cara que pone. Si le dijera que me lo has sugerido tú, ¿crees que se enfadaría contigo en vez de conmigo...?

—Probablemente no —añadió arrugando la nariz. —Dile a tu madre que la comida estaba perfecta.

Sujetó la bandeja contra su cadera y caminó de espaldas hacia la puerta. —Se lo diré, pero me ha dicho que te diga que no lo estaba. El cordero estaba algo fibroso, pero es lo único que ha podido conseguir.

—Deduzco que vienes mucho por aquí —dijo Juvia cogiendo un trocito de baklava sin muchas ganas No es que tuviera nada en contra de los baklava, pero había comido para una semana.

—Demasiado a menudo —dijo él. Juvia se dio cuenta de que él no tenía problemas en seguir comiendo. —Tenemos negocios que tratar aquí, así que tengo que venir tres o cuatro veces al año. El dueño del restaurante es un lobo, uno de los de Sting. De vez en cuando me gusta tratar ciertos asuntos aquí.

—Creía que eras el asesino a sueldo de tu padre —dijo ella con interés —. ¿Tienes que cazar a gente en Chicago tres o cuatro veces al año?

Gray rió escandalosamente. Sonaba oxidado, como si no lo hiciera muy a menudo, aunque debería hacerlo porque le sentaba muy bien. Tan bien que, sin darse cuenta, Juvia se metió en la boca el trozo de baklava con el que había estado jugando. Ahora tenía que encontrar la manera de tragárselo cuando ya no le cabía nada más en el estómago.

—No, también tengo otras tareas. Me encargo de los intereses de la manada de mi padre. Soy muy bueno en los dos trabajos —dijo él sin molestarse en ocultar la falsa modestia.

—Seguro que sí —dijo ella. Era el tipo de persona al que se le daba bien todo lo que se propusiera. —Te dejaría invertir mis ahorros. Creo que tengo veintidós dólares y noventa y siete centavos ahora mismo —añadió Juvia. Gray frunció el ceño y toda la diversión desapareció. —Era una broma —aclaró ella. Pero Gray la ignoró.

—La mayoría de los Alfa se quedan con el diez por ciento de las ganancias de sus lobos por el bien de la manada, sobre todo cuando es nueva. El dinero se invierte en comprar una casa franca, por ejemplo. Una vez que la manada ya está instalada, no se necesita tanto dinero. La manada de mi padre se estableció hace tiempo y no tenemos necesidad de cobrar el diezmo, ya que la tierra donde vivimos es nuestra y tenemos suficientes inversiones para el futuro. Lyon lleva aquí treinta años, tiempo suficiente para estar bien instalado. Nunca había oído hablar de una manada que exigiera el cuarenta por ciento a sus miembros, lo que me lleva a creer que la manada de Lyon tiene problemas financieros. Vendió al chico que salió en el periódico, entre otros, a alguien que los utiliza como conejillos de indias para desarrollar una droga que funcione para los lobos igual de bien que para los humanos. Ha debido de matar a muchos humanos para conseguir a un único hombre lobo que sobreviviera.

Juvia pensó en las implicaciones de todo aquello. —¿Quién quería las drogas?

—Lo sabré en cuanto Lyon me diga a quién vendió al chico —contestó Gray

—Entonces, ¿por qué no me vendió a mí?

Ella no tenía mucho valor para la manada.

Gray se recostó sobre la silla. —Si un Alfa vendiese a un hombre lobo de su manada, se produciría una rebelión. Además, Lyon tuvo muchos problemas para conseguirte. Desde que te hiciste miembro de la manada, no ha habido más asesinatos ni desapariciones.

No era una pregunta, pero la contestó igualmente. —No.

—Creo que puedes ser la llave del misterio de Lyon.

Juvia no pudo reprimir un gesto de confusión. —¿Yo? ¿Lyon necesitaba un nuevo felpudo?

Gray se puso en pie tan bruscamente que la silla cayó al suelo, y, al mismo tiempo, levantó a Juvia de su silla. Había creído que estaba acostumbrada a la rapidez y fuerza de los lobos, pero aquello la dejó sin palabras. Mientras seguía paralizada por la sorpresa, Gray merodeó a su alrededor, hasta que se detuvo frente a ella y le dio un beso largo, oscuro e intenso que la dejó de nuevo sin respiración.

—Lyon te encontró y decidió que te necesitaba —dijo Gray—. Envió a Rogue porque los otros lobos se hubieran dado cuenta de lo que eras. Lo hubieran sabido incluso antes de la transformación. Así que envió a un lobo medio loco, porque ningún otro hubiera sido capaz de atacarte.

Juvia se apartó ofendida. Aunque la hizo sentirse especial, Juvia sabía que estaba mintiendo. Parecía que estuviera diciendo la verdad, pero no era tonta. No lo era en absoluto. Durante tres años había sido menos que nada. Hoy la había hecho sentir alguien especial, pero ella sabía la verdad. Cuando sus manos se posaron en sus hombros, notó que eran firmes y que no admitían resistencia.

—Déjame decirte algo sobre los lobos Omega, Juvia. Mírame. — Juvia reprimió las lágrimas e, incapaz de desobedecer su orden, le miró. —Es prácticamente imposible —dijo él y la sacudió suavemente—. Trabajo con números y porcentajes constantemente, Juvia. Tal vez no pueda calcular la cifra exacta, pero te diré que las posibilidades de que Rogue te escogiera para transformarte por mera casualidad son casi nulas. Ningún hombre lobo atacaría a un Omega solo por instinto. Y Rogue me parece un lobo que solo actúa por instinto.

—¿Por qué no? ¿Por qué no me hubiera atacado? ¿Qué es un Omega?

Evidentemente era la pregunta correcta, porque Gray se calmó. —Eres una Omega, Juvia. Apuesto a que cuando entras en una habitación, la gente se acerca a ti. Apuesto también a que los desconocidos te confiesan cosas que nunca les dirían ni a sus propias madres.

Juvia le miró incrédula. —Tú mismo viste a Rogue esta mañana. ¿Te pareció que estaba calmado?

—Vi a Rogue —añadió Gray con calma—, y creo que en cualquiera otra manada habría sido eliminado poco después de su transformación. Su control no es lo suficientemente bueno. No sé por qué no lo han hecho, pero creo que tú le ayudas a controlar a su lobo, y que por eso te odia. — Tras un instante, añadió: —No deberías tener el rango más bajo de la manada. — Sus manos se deslizaron desde sus hombros hasta sus manos. Por alguna razón, aquel gesto fue más íntimo que el beso. —Un lobo Omega es como un chamán para los indígenas, está fuera de las jerarquías normales de la manada. Tuvieron que enseñarte a bajar la mirada, ¿no? Estas cosas son instintivas para los lobos sumisos. Tú lo has aprendido a la fuerza. —Gray continuó con sus ojos clavados en los de ella—Traes paz a todos los que te rodean, Juvia. Un hombre lobo, especialmente uno dominante, está siempre al borde de la violencia. Tras haberme pasado varias horas en el avión con toda aquella gente, llegué al aeropuerto deseando una masacre como un drogadicto desea su próxima dosis. Pero cuando te acercaste a mí, la ira y el deseo desaparecieron. —Gray apretó sus manos. —Eres un regalo, Juvia. Un lobo Omega en la manada significa que más lobos sobreviven a la transformación porque pueden controlar a su lobo más fácilmente contigo a su lado. Eso significa que perdemos menos machos por las estúpidas luchas de dominantes, porque un Omega trae la calma a todos los que le rodean. O la rodean.

Pero algo fallaba en su argumento. —Y, entonces, ¿qué te ha pasado antes? ¿Cuándo estabas tan enfadado que casi te transformas?

Algo cruzó el rostro de Gray, una emoción que no supo reconocer pero que sabía que era intensa. Habló con un gran esfuerzo, como si tuviera la garganta agarrotada.

—La mayoría de los hombres lobo encuentran a alguien a quien aman, se casan y pasan mucho tiempo con el otro antes de que su lobo la acepte como su pareja. — Gray dejó de mirarla y soltándola cruzó la habitación dándole la espalda. Sin el calor de su cuerpo, se sintió fría y sola. Asustada. —Algunas veces no ocurre de esa forma —dijo Gray mirando la pared—. Por ahora dejémoslo así, Juvia. Ya has tenido bastante por hoy.

—Estoy harta de ser una ignorante —soltó Juvia muy molesta—. Has roto todos mis esquemas, así que quiero que me cuentes ahora mismo todas las dichosas reglas.

La ira desapareció con la misma facilidad con la que había apareció, dejándola al borde de las lágrimas. Gray dio media vuelta y sus ojos se tornaron dorados, brillantes pese a la tenue luz de la habitación.

—Bien. Tendrías que haberlo dejado, pero quieres la verdad. —Aunque no subió el tono de voz, esta rugió como un trueno—. Mi lobo te ha escogido como pareja. Si no significaras nada para mí, no me habría afectado el abuso que has sufrido desde tu transformación. Pero eres mía, y la mera idea de que te hieran y no poder hacer nada hace surgir en mí una ira que ni una Omega puede calmar.

Vaya, pensó asombrada. Sabía que estaba interesado en ella pero había pensado que era por casualidad. Lyon era el único lobo que conocía con pareja. No sabía nada de las reglas. ¿Qué quería decir con que su lobo había decidido que era su pareja? ¿Tenía elección en aquel asunto? ¿Era él el responsable de excitarla sin pretenderlo y de hacerla sentir de aquel modo, como si se conocieran de toda la vida?

—Si me hubieras dejado —dijo él—, te habría cortejado dulcemente hasta conquistar tu corazón. — Gray cerró los ojos. —No quería asustarte —añadió.

Tendría que haber estado completamente aterrorizada. En cambio, pese a encontrarse en el ojo de un huracán de emociones, se sintió muy relajada.

—No me gusta el sexo —dijo ella, considerando que era algo que tenía que saber dadas las circunstancias. Gray se atragantó y abrió los ojos, los cuales adquirieron, de nuevo, un aspecto humano. —No es que me atrajera mucho antes de la transformación —dijo ella claramente—. Y después de que me usaran como a una puta durante un año, hasta que intervino Chelia, me gusta aún menos. —

Gray apretó los labios pero no dijo nada, de modo que Juvia prosiguió: —Y nunca más volverán a abusar de mí…

Se subió las mangas de la camisa y le mostró las largas cicatrices en la parte interior del brazo, desde la muñeca hasta el codo. Se las había hecho con un cuchillo de plata y, si Chelia no la hubiera encontrado, habría muerto

—Gracias a esto, Chelia convenció a Lyon para que dejara de usarme como recompensa para sus machos. Me encontró y me salvó la viva. Poco después, me compré un arma y balas de plata. — Gray gruñó suavemente, pero no a ella; lo sabía perfectamente. —No estoy amenazando con suicidarme, pero has de saberlo porque, si quieres ser mi pareja, no seré como Lyon. No dejaré que te acuestes con otras. Pero tampoco permitiré que abusen de mí. Ya he tenido suficiente. Si eso me convierte en el perro en vez de lobo, que así sea. Pero, si soy tuya, entonces tú también serás mío.

—¿Perro en lugar de lobo? —dijo Gray suspirando con una media sonrisa. Volvió a cerrar los ojos y dijo en un tono razonable: —Me sorprendería si Lyon consiguiera llegar vivo hasta mañana. También me sorprendería si logró sobrevivir a ti —Y mirándola fijamente, añadió—: Has de saber que hay muy pocas cosas que me sorprenden.

Recogió la silla del suelo y la puso en su sitio. A continuación, se detuvo frente a Juvia, le acarició la barbilla suavemente y se puso a reír. Aún sonriendo, le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y le musitó:

—Te prometo que conmigo disfrutarás del sexo.

Juvia se esforzó por no caer al suelo. No estaba preparada para caer a sus pies. Todavía no.

—Chelia dijo que eras un buen amante.

Gray volvió a reír. —No hay razones para que estés celosa. El sexo con Chelia no significó nada para mí y creo que menos para ella. No tiene ningún sentido intentarlo de nuevo.

Se oyeron susurros al otro lado del reservado y Gray la cogió de la mano.

—Es el momento de irnos.


Al entregarle la tarjeta de crédito, Gray le regaló unos cuantos cumplidos a un hombre de aspecto joven que le hablaba de usted y que olía a hombre lobo. Juvia supuso que era el dueño del restaurante.

—¿Dónde quieres ir ahora? —preguntó Juvia mientras salían del restaurante a la concurrida calle. Se estaba acabando de poner la chaqueta cuando se apartó de una mujer con tacones que llevaba una maleta de piel.

—A algún sitio con menos gente.

—Podemos ir al zoológico —sugirió ella—. Por estas fechas hay muy poca gente, aunque los niños tienen vacaciones por Acción de Gracias.

Gray empezó a hablar cuándo algo en un escaparate captó su atención. Agarró a Juvia y la tiró al suelo, cubriéndola con su cuerpo. Se oyó una fuerte detonación, como el estallido de un tubo de escape, y Gray se sacudió una sola vez. Después se quedó inmóvil.