Disclaimer: Blood: The Last Vampire no me pertenece, es propiedad de Production I.G., SPE Visual Works y Hiroyuki Kitakubo.


"I may cry, ruining my makeup
Wash away all the things you've taken
And I don't care if I don't look pretty
Big girls cry when their hearts are breaking"

Big girls cry —Sia


Crybaby Girl

—No pienso suturar la herida. No creo que lo necesites —dijo David en voz baja. No quería hacer pasar a la muchacha por más dolor, y aunque ella jamás lo diría, el agente sabía que ella deseaba lo mismo cuando la vio asentir—. Lo limpiaré y pondré algunas vendas, ¿estás de acuerdo?

La joven volvió a asentir, y mientras le limpiaba los restos de sangre y la herida, cada vez que se acercaba a ella, la escuchaba sisear quedamente. Su gesto hosco estaba acompañado del tacto frío de las palmas de sus manos y el tono rojizo de sus orejas, producto no del intenso, pero constante dolor. Lo estaba poniendo algo nervioso.

—¿Te duele?

La miró de reojo. La chica le rehuía la mirada.

—Lo normal.

—Insisto, te arriesgas demasiado —reflexionó David—. No… —Hizo una pausa, resoplando, como si estuviese buscando las palabras exactas para la frase que intentaba expresar. No intentaba no hacer enojar a Saya, sino no sonar como un loco que ha perdido su visión—. No deberías estar haciendo esto.

—¿Qué cosa? —Finalmente, la joven se volvió a mirarlo, extrañada.

Era la primera vez que alguien le decía que no debía estar peleando.

—¿Jugando a ser la heroína? —dijo David con cierto sarcasmo, logrando sacarle a Saya una mueca de molestia, aunque la pregunta claramente fue soltada al aire—. No, claro que no. Nunca te ha gustado ser la heroína, ni siquiera que te den las gracias. Hablo de estar peleando esta guerra.

—Soy la única que puede hacerlo —aseveró, alzando una ceja. El hecho de hablar sobre quién debía y quién no debía pelear esa guerra no estaba a discusión y ni siquiera era un tema que tuviera caso tocar. En cuanto a ello, todo estaba escrito. Cuando decidió tomar las armas nadie tuvo el valor de detenerla porque todos sabían que nada ni nadie podría hacerlo. Era necesario que ella peleara, y su cara de adolescente hostil, acompañada de la extendida idea de indefensión propia de la ingenuidad de la misma juventud, no era más que una engañosa máscara.

—Eso lo sabemos todos. Pero eso no significa que sea… no sé. Justo.

—¿A qué te refieres?

Mientras enrollaba la venda alrededor del brazo, cubriendo la herida, la joven fijo su penetrante mirada en el rostro del rubio. Pocas veces se interesaba por lo que otra persona tenían para decirle, sobre todo si el tema era ella misma. Prefería simplemente mandar al diablo las opiniones y juicios ajenos, pero cuando se trataba de David era capaz de escuchar con cierta atención. Aunque era bien sabido que a Saya no le agradaban los humanos, o al menos, no la mayoría, con David tenía un trato de mutuo respeto que nadie más en la organización podía igualar.

—Simplemente digo que esta no es vida para una chica.

—¿Dices que por ser una chica no debería estar peleando? —masculló, ofendida. Incluso parecía no creer lo que escuchaba, sobretodo viniendo de él—. No me vengas con esa mierda, David. No tú.

—Hey, no estoy diciendo que una chica no pueda pelear —aclaró, deteniéndose en su tarea de vendarla por un instante, pero no le sorprendía que estuviese ofendida. Los demás miembros del Escudo Rojo, en su mayoría hombres, estaban aún renuentes a aceptar mujeres en la organización. Apenas en la Segunda Guerra Mundial comenzaron a aceptar agentes entrenadas para estar directamente en la batalla, aparte de espías y personal médico y administrativo. Contaban con pocos activos femeninos, pero aunque la imagen de Saya causaba cierta conmoción entre los miembros masculinos por su aparente juventud, por lo delgada y pequeña que era, siquiera parecida a una soldado curtida en la batalla, incluso encontrándola demasiado bonita para ello, David sabía que las mujeres podían ser incluso más mortíferas y feroces que los hombres. Daba igual si eran guapas o no, delgadas o musculosas. Había visto incontables veces que todos eran fuertes cuando debían luchar por su vida—. Sólo digo que… deberías tener otra vida.

—¿Ah, sí? —espetó con cierta ironía—. ¿Qué clase de vida, según tú?

—Hay más cosas allá afuera que solamente disfrazarse de colegiala y matar quirópteros.

—¿Cómo qué?

—Sólo digo que… te ves muy joven. Me resulta algo chocante.

—Sabes que no soy joven.

—No, no lo eres. Tienes más años que todos nosotros. Por eso verte a la cara resulta chocante, al menos para mí. Te veo y pienso que deberías estar viviendo otra vida: una más relajada. Vivir con una familia, por ejemplo. Con unos padres a quienes poder desobedecer de vez en cuando. Después de todo, lo haces a menudo sin ellos, ¿no es así? —Saya guardó silencio. Había sido una mala broma—. Asistir a la preparatoria, como una estudiante de verdad, no como una infiltrada. Tener amigas con quien hablar de chicos… o bueno…

—Eso no me interesa, David. A veces dices puras tonterías.

—Bueno, eso es lo que dicen.

—¿Qué cosa? —Frunciendo el ceño, Saya ladeó la cabeza. De pronto David parecía arrepentido de todo lo que acababa de decir, y no era común que él mostrase esa clase de indecisión. Además, le dio la impresión de que en algún momento dejaron de hablar del mismo tema.

—Nada. Que no te interesa.

—¿Quién dice que no me interesa qué?

Hubo un silencio entre ellos, mientras David miraba al techo como tratando de pensar en qué decir y de qué manera hacerlo. Ya había picado la necia curiosidad de Saya, no había marcha atrás, pero en parte aquello lo aliviaba. La charla comenzaba a distraerla y, una vez logrado eso, era mucho más sencillo tratar con ella y curarla. Aunque no descartaba la muy posible opción de que se enfureciera por los chismes que corrían en la organización sobre ella y sus gustos.

—Que no te interesan los chicos —se animó a decir finalmente. Saya se mostró ligeramente extrañada. De verdad no entendía a qué rayos se referían.

—¿Qué? ¿Chicos? —masculló—. Mierda. Todos ustedes dicen puras tonterías.

—Son sólo chismes, Saya.

La joven frunció el ceño, ahora más intrigada.

—¿Estamos hablando de la misma cosa? —David se encogió de hombros—. ¿De qué chismes hablan?

—De eso, de que no te interesan los chicos.

La joven puso los ojos en blanco cuando al fin comprendió a qué se referían. Ella también lo había escuchado, y ya desde hace tiempo esperaba que en algún momento David se lo preguntase. Era el único que se podría atrever a hacerlo.

—Ah, joder… —masculló, mirando al techo unos instantes—. ¿Tú también crees que soy lesbiana?

David se mostró algo sorprendido por la naturalidad con la cual lo dijo, aunque no entendió por qué. La muchacha no era el tipo de persona que se fuera por las ramas.

—No es como que importe —aclaró el agente encogiéndose de hombros y escuchando a Saya resoplar. Por lo visto, ya antes había escuchado sobre aquellos chismes sobre ella.

—¿Por qué todos asumen que soy lesbiana? —Su reclamo fue más dirigido al aire que a él, más cansada de las suposiciones soltadas así como así que enojada. El hombre se volvió a encoger de hombros.

—Bueno, Saya, son tonterías, pero las personas pueden ser muy tontas y asumen eso de todas las chicas que no son femeninas o delicadas.

—Estoy peleando una guerra, no hay tiempo para ser delicada, o maquillarme, o cuidarme de no romperme las uñas, maldita sea —argumentó, señalando su espada recargada contra la pared.

—También piensan eso porque tiendes a encariñarte con las chicas.

—¿De qué hablas? —Esta vez Saya parecía realmente extrañada.

—Las estás salvando todo el tiempo —aclaró el rubio—. A la enfermera de la Base, a aquella chica llamada Alice, en la Base de Kanto. A la muchacha que murió en Yokohama, Akiko…

—¿Pero qué mierda? ¡Eso no tiene sentido! —exclamó—. ¿Las debí dejar morir entonces? ¿Dejarlas a merced de los quirópteros?

—No, claro que no.

—No soy lesbiana. Fin de la discusión.

Hubo un largo silencio, un tanto incómodo, aunque con el paso de los segundos David no pudo evitar soltar una risa.

—Entonces te interesan los chicos —dijo con cierta picardía, de la misma manera que haría un padre con un hijo al hablar del sexo contrario.

—No tengo tiempo para eso —Saya rodó los ojos mientras gruñía sus palabras.

—Es estúpido, sí, pero muchos asumen que lo eres, entre que no te interesan los chicos y que nunca has tenido novio.

—¿Y de dónde asumen con tanta facilidad que nunca he tenido novio? —Decidió no decir mucho más al respecto. La realidad es que, efectivamente, nunca había tenido uno. Nunca había tenido tiempo para eso—. Y dime tú, ¿de dónde carajos me voy a conseguir un estúpido novio? —masculló mientras David le terminaba de vendar el brazo—. No sé si te habrás dado cuenta, David, pero no soy humana. Voy por la vida con una espada y me dedico a cazar monstruos chupa sangre. Los chicos no quieren lidiar siquiera con muchachas gordas o con dientes chuecos… así que mucho menos con una chica que pueda patearles el trasero.

David no pudo evitar reír. De hecho, tenía mucha razón. La realidad es que la masculinidad era una cosa muy frágil para la mayoría de los integrantes del género, podía ser reventada con un simple pinchazo de aguja. Un hombre debía tener muchas agallas para aceptar estar con una chica más fuerte que él.

—No tengo idea, Saya, pero es seguro que a la primera discusión lo partirías en dos con tu katana —A la muchacha la idea pareció gustarle, porque vio una de las comisuras de sus labios curvarse con cierta malicia—. Como aquel chico, el nuevo agente.

—¿Cuál?

—Ishida.

Saya resopló, fastidiada, sólo de escuchar el nombre. Hablaban del nuevo agente, un muchacho originario de Tokio que desde los dieciocho años se entrenaba con el Escudo Rojo luego de que su padre cayera víctima de los experimentos de Immortal Project, el proyecto para crear quirópteros a partir de humanos contra el cual llevaban tantas décadas peleando.

Para desgracia del padre de Ishida, que había sido un respetado reportero, la historia de un proyecto extraño y secreto lo atrajo como las abejas a la miel. Como cualquier reportero haría, intentó llegar al fondo del asunto sólo para terminar siendo parte de la misma historia que se afanó por investigar y que, por supuesto, nunca salió a la luz.

Ahora Ishida tenía veinticinco años, era mayor de edad en Japón y Estados Unidos, y finalmente había sido introducido a la organización como agente activo para la nueva célula asiática. La muerte de su padre y las truculentas condiciones en las cuales se marchó impidieron que su hijo se quedase simplemente de brazos cruzados lamentando la muerte de su progenitor.

Saya lo conocía bien. En Tokio, cuando lo de su padre, le salvó el trasero un par de veces después de que se involucrara con una atractiva chica infectada llamada Tohko. Gracias a Saya y al misterio que la envolvía, y con el fin de encontrar la verdad sobre el por qué su padre tuvo que morir defendiéndolo, ya convertido en un monstruo, Ishida la siguió hasta dar con el Escudo Rojo. Había estado muy entusiasmado cuando la volvió a ver meses atrás, luego de años, pero por lo visto, se dio cuenta Saya, y también David, estaba enamorado de ella desde que intentase separar su camino del de él en Tokio.

Era un buen chico. No era muy alto, le sacaba a Saya apenas unos pocos centímetros. También era delgado, pero había desarrollado algo de musculatura y resistencia con el paso de los años y el duro entrenamiento que requería ser un activo del Escudo Rojo. Tenía el cabello castaño, siempre despeinado por más que intentara acomodárselo, y sus ojos marrones eran gentiles y generosos; no había en ellos pizca alguna de ambición, solamente determinación, pero seguía siendo un muchacho tímido y aquello lo hacía ver un par de años más joven de lo que realmente era, y seguía sufriendo las novatadas por parte de los miembros más antiguos.

Cuando Saya lo conoció era asustadizo, lloraba con facilidad y detestaba las confrontaciones. De adolescente no tuvo mucha suerte con sus congéneres, además tenía una facilidad ridícula para meterse en problemas, razón por la cual Saya había tenido que salvarlo varias veces en el pasado, pero después del entrenamiento había tomado confianza y seguridad en sí mismo, y se le veía mucho más audaz. Sin embargo seguía siendo un niño, y también algo torpe, especialmente con las chicas, y especialmente con Saya. Siempre que la veía intentaba hablarle, acercarse a ella, coquetearle, tal vez, pero el arte de la seducción no se le daba y de por si Saya estaba negada a todo lo que tuviera que ver con el tema. Era un caso perdido.

No es que fuese un chico feo, de hecho era atractivo, no gallardo ni viril, pero su rostro era fresco y juvenil, pero si Saya tenía que elegir a un hombre, Ishida definitivamente no era su tipo. Que intentase fracturarle la mano la última vez había sido solamente un arranque: la había agarrado de muy mal humor, en el momento menos oportuno para intentar invitarla a salir.

—¿Sabes? No era necesario que casi le rompieras la mano cuando te habló.

—No hice eso porque me hablara, lo hice porque se estaba acercando demasiado. Y estaba de malas —De haber podido hacerlo, se habría cruzado de brazos, pero la herida todavía le dolía.

David soltó algo similar a una risa. Era como estar hablando con una hija adolescente que se queja de los chicos idiotas que la rodean.

—¿Alguna idea del por qué tuvo las agallas de enamorarse de ti? —inquirió, sorprendido de sí mismo. Hablar de chicos no era algo que estuviera en sus temas usuales de conversación. Las relaciones amorosas y sexuales entre miembros de la organización estaban estrictamente prohibidas, y aunque había mujeres en su equipo, cuando hombres y mujeres se involucraban lo mantenían todo en secreto, aunque sus relaciones siempre terminasen siendo un secreto a voces que en muchas ocasiones terminaban en finales desastrosos, muchas veces en aborto y divorcio.

Supuso que el tema de los chicos, como padre, era un tópico que debía hablarse tarde o temprano cuando se tiene una hija. Y en muchos sentidos Saya era eso para él.

—Yo qué sé —masculló la muchacha de mala gana—. Le salvé el trasero muchas veces, como he hecho con muchos otros antes, y no se enamoran. Solamente pasé un par de días en su casa luego de la muerte de su padre y dormí en su cama. Supongo que no pudo creer que una chica durmiera en su propia cama.

—¡¿Cómo?! —exclamó David, atónito—. ¿Qué dormiste en su cama?

Por unos instantes le pasó por la cabeza ir directamente a partirle la cara al muchacho.

—¿Qué? ¡Hey, no es lo que piensas! —exclamó Saya negando con la cabeza. Sólo hasta ese momento se dio cuenta de lo mal que se escuchó lo que recién había dicho—. No me mires así. Estaba cansada y me cedió su cama, es todo. No pienses idioteces.

—Vaya, Saya. Eso espero —bromeó—. No me hagas partirle la cara al pobre chico.

—Como si necesitara que me defendieras —acotó la joven alzando una ceja—. De todas formas no es como si fuera a hacerle caso.

—¿Y cuándo todo esto termine, Saya? ¿Qué harás cuando esta guerra acabe? ¿Te conseguirás un novio? —bromeó.

—No.

—Pero seguro quieres hacer otras cosas.

—David… ¿siquiera esta guerra acabará…? —El tono de Saya de pronto adquirió un matiz triste—. No acabará mientras los humanos sigan queriéndonos usar como armas.

—Haremos todo lo posible porque acabe —aseguró él, levantando la mirada para verla a los ojos.

—¿Por qué me preguntas estas cosas?

—Ya te lo dije, Saya —Guardó silencio unos instantes—. Para el Escudo Rojo eres un arma, una máquina de matar. Para David eres como una hija que se hereda generación tras generación desde que se fundó esta organización. Ese es nuestro trabajo. Seguirte, cuidar de ti y protegerte —La chica guardó silencio, pero le rehuyó la mirada—. No puedes reprochármelo. Aunque seas mayor y mucho más fuerte, para nuestros ojos humanos lo que vemos es siempre engañoso.

—Pierdes tu tiempo —espetó, todavía sin mirarlo—. ¿No sé supone que tienes un hijo?

—Sí, tiene menos de un año —David sonrió—. El próximo David.

—Así que… envías a tus hijos a la guerra.

La frase hizo mella en el agente, cuya sonrisa se desvaneció al instante.

No era algo que no pensara con frecuencia, aunque a la única persona a la cual llegó a confesárselo fue a su propio padre, al David anterior. Tenía catorce años cuando le dijo a su padre que no le parecía justo que todos los hijos de su generación se viesen condenados a luchar por una guerra tan antigua que no les correspondía, que ya estaba ahí mucho antes de siquiera ser concebidos. Había exagerado un poco, porque no era ninguna obligación en realidad. A los hombres de su familia se les nombraba David esperando que cumpliesen su papel en la organización cuando el momento llegase, pero al llegar la mayoría de edad podían desistir de esa responsabilidad simplemente cambiándose el nombre, quedando exentos de toda responsabilidad.

Desde principios del siglo pasado ningún David de su familia había tomado tal opción. Todos asumían el nombre cuando el momento llegaba, y aquello podía ser asumido incluso si se trataba de una chica. El hecho de que todos hubiesen nacido varones se debía sólo a una rara coincidencia.

Pero no podía dejar de pensar que, en cierta forma, aquel destino escrito en su vida familia era tan injusto como el destino que Saya eligió para sí misma, porque veía a su pequeño hijo en pañales y no podía imaginárselo de adulto disparando un arma y quitándose quirópteros de encima, así como le resultaba siempre chocante la idea de esa eternamente joven chica luchando contra monstruos.

Y de alguna manera le resultó tremendamente chocante que la misma Saya se lo dijera sin reparos en la cara.

—De verdad quisiera que fuera diferente para ambos —confesó, bajando la mirada unos instantes. Por un momento su expresión se compungió entre la angustia, la resignación y la decepción. Pero sobre todo la culpa—. Quisiera… ser un mejor padre.

Estuvo a punto de reprocharse por haber dicho aquello, pero no lo hizo. Con pocas personas había llegado a confesar algo con semejante sinceridad y franqueza, con todas las vulnerabilidades y añoranzas expuestas al aire. Solamente con su esposa, y Saya, a la que había terminado considerando como su hija.

Terminó de vendar la herida, pero el paño con el cual la limpió quedó empapado en sangre. Saya se mantuvo en silencio mientras él sacaba del envoltorio un nuevo paño, que también empapó en alcohol. Para cuando se volvió a ella la encontró en la misma posición, pero mucho más cabizbaja. Como si estuviese tensa o luchando por soportar su propio peso en la cama.

Algo le dijo a David que eso era lo que pesaba la sinceridad.

—Levanta la cabeza, Saya —pidió con voz suave. La joven obedeció, aunque sus movimientos eran lentos. Se preguntó si se estaría quedando dormida mientras le apartaba el fleco desordenado una vez que alzó la cabeza. Unos pocos mechones se habían endurecido con la sangre de la herida que tenía en la frente, del lado derecho, justo antes del nacimiento del cabello.

La herida era mucho más grande que la del pómulo, pero también más pequeña que la del brazo. Un humano habría necesitado puntos, pero en ella, aunque seguía abierta, ya no sangraba. La brusca línea de la piel abierta se mostraba enrojecida e hinchada. La sangre había manado hasta empapar el párpado, escurriendo camino abajo por la mejilla, y tenía la mitad de la cara salpicada de la sangre del brazo.

Cuando pasó el paño mojado Saya no siseó. Se mantuvo en completo silencio mientras le limpiaba la sangre. Cerró los ojos cuando quitó los restos de sangre seca del párpado, pero cuando los abrió la joven tenía los ojos brillantes y cristalinos.

Ella frunció el ceño con fuerza y apretó la mandíbula cuando una lágrima rodó desde su ojo, abriéndose camino por la mejilla hasta la curva de la tensa mandíbula. La escuchó gruñir frustrada mientras intentaba no parpadear, consciente de que aquello sólo desbordaría las lágrimas que se habían acumulado. Por unos instantes David pensó que había empapado con demasiado alcohol el paño, pero enseguida se dio cuenta de lo que pasaba. Saya estaba llorando.

Nunca la había visto llorar. Incluso en el Escudo Rojo se decía que Saya no lloraba, que era una guerrera tan perfecta, una máquina de matar tan precisa, ni siquiera humana, que era incapaz de sentir tristeza o piedad por sus víctimas ni enemigos, solamente ira y fastidio. Su cara de perra enojada y mala actitud, su aislamiento y constante hastío hacia todo y todos ayudaban a avivar aquellos rumores. Algunos agentes la admiraban por eso: sentían fascinación por ello, por su capacidad para suprimir el miedo en la batalla y las tristezas de la muerte y la derrota que siempre venían de la mano con la guerra. Otros la catalogaban de sociópata, preguntándose cómo una tipa así podía trabajar con ellos y encima ser su as bajo la manga. Otros le temían por ello, porque aquello sólo podía indicar que no solamente no era humana, sino que ni siquiera intentaba serlo, y si ese era el caso, ¿qué la detenía entonces para ir en contra de los mismos humanos para los cuales trabajaba?

Pero aunque nunca la había visto llorar antes, David sabía cuán equivocados estaban. Que no fuera de la especie humana no significaba que fuera de acero al igual que la espada con la que peleaba. Había visto perros y gatos llorar la muerte de sus compañeros humanos, seguirlos entre lastimeros gemidos hasta el hospital y dormir sobre sus tumbas, esperando solamente morir de tristeza para reunirse con sus fallecidos compañeros en el más allá. Había visto cabras asustadas siguiendo a un batallón de soldados a lo largo de su camino, balando aterradas, temerosas de quedarse solas. Un ser vivo asustado, ni más ni menos.

Nunca sabría si un quiróptero, con su forma monstruosa y sus rugidos, podía llorar o vivir un duelo, pero la madre de todos ellos podía hacerlo aunque no fuera humana, aunque su rostro de muchacha fuese un hábil engaño, un disfraz natural desarrollado por una evolución que ni siquiera ella comprendía.

Él también era un militar. Dejarse llevar por las emociones en el campo de batalla era un suicidio; para sobrevivir a la guerra una parte del ser humano debía volverse animal, primitiva y bestial, pero en esa ocasión, verla llorar a ella, a ella precisamente, le partió el corazón tal y como le partía el corazón ver llorar al pequeño David. Sólo Dios sabía cuántas otras veces Saya había llorado en el pasado, en solitario y en silencio.

—No estoy llorando —Se apresuró a decir, pero debajo del duro tono de su voz las palabras le salieron irremediablemente cortadas y ahogadas, signo inequívoco de que tenía el nudo del llanto atorado en la garganta—. Ha sido el alcohol —agregó luego de, convenientemente, tomar aire.

—Llora, si quieres —insistió David, encogiéndose de hombros—. A las chicas se les permite llorar más fácilmente.

—No soy una chica —respondió entre dientes—. Soy una guerrera. Una asesina.

—Estamos en el siglo XX, Saya, puedes ser lo que quieras. Ahora las mujeres pueden hacer lo que quieran; incluso llorar —Hizo una pausa—. ¿Estás llorando por ese quiróptero?

Saya abrió sus acuosos ojos. Cuando fue por ella en medio de la pista de despegue, el quiróptero ya había muerto. Estaba inmóvil, retorcido en un ángulo grotesco sobre sí mismo, con las alas destruidas, cortadas, y el torso divido casi a la mitad. La espada de Saya lo había llevado a la muerte de un golpe, en pleno vuelo… y en plena huída.

Pero encontró a la joven parada delante de él, con la mano ensangrentada y extendida hacia el monstruo. Cuando vio las gotas de sangre manchando el hocico del quiróptero se dio cuenta de que le había brindado unas cuantas gotas en su último respiro. Un último acto de piedad hacia un ser moribundo, nada más.

Y Saya estaba sonriendo. Pocas veces la había visto sonreír. De pronto alguna broma vulgar de los agentes o los soldados le sacaba una sonrisa insidiosa, aunque por lo general la ponían de mal humor y las tomaba como una guarrería de mal gusto, aunque se atrevía a decir que verla sonreír le resultaba aún más raro que verla llorar. Quizá porque, imaginaba, probablemente lloraba con más frecuencia de la que sonreía, aunque nadie estuviese en el momento justo para observar su lado más vulnerable y miserable.

De alguna forma, a pesar de su mala actitud y de comportarse como una hija de puta, siempre había encontrado en Saya una especie de aura melancólica y triste. Quizá por su palidez, quizá por su soledad. A diferencia del resto de los agentes, y de él mismo, a pesar de su arriesgado trabajo y de estar en él la mayor parte del tiempo, casi todos tenían una esposa, un esposo, una pareja esperando por ellos en casa. Los más grandes tenían hijos pequeños que esperaban ansiosos el regreso de sus madres y padres, los más jóvenes tenían padres esperando pacientes una llamada. Tal vez hermanos, o si no, dentro de la organización tenían a su pareja, igual que los policías, o a sus compañeros de equipo con los que terminaban siendo amigos con el paso de las semanas.

Él mismo tenía una esposa esperando por él en Nueva York, y un hijo pequeño que llevaba su mismo nombre y que en el futuro sería el próximo David, el agente más cercano a Saya, pero ella no tenía a nadie. Absolutamente a nadie.

No tenía familia conocida, ni siquiera existía registro alguno de sus padres. No se sabía aún de dónde rayos había salido Saya. Su nombre apareció en los registros durante la época en la que Napoleón se apoderó de Europa, en 1806, y en ese entonces aseguró tener apenas trece años de edad. Tampoco tenía novio, ¿y con qué tiempo, y qué ganas, precisamente como ella había mencionado, iba a tener un novio? Mucho menos amigos. Los agentes del Escudo Rojo la admiraban, o le temían, pero no sentían por ella ningún tipo de simpatía. No eran de la misma especie, y Saya respondía a esa indiferencia de la misma manera.

Una chica como ella, con su estilo de vida, no podía permitírselo. Viajaba constantemente de un lado a otro, de una ciudad a otra, de país a país, incluso de continente a continente. Pasaba la mitad de la noche cazando monstruos y la otra mitad sacando las manchas de sangre de su ropa. Las mañanas entrenando, y si podía, las tardes durmiendo.

Lo más cercano a ella había sido la familia Goldschmidt, cuya cabeza, más que un protector o un padre, se comportó más como un científico de curiosidad insaciable. Desde entonces cada nuevo Joel que heredaba la organización debía pedirle disculpas a Saya por los actos del primer Joel cometidos contra ella, pero ella nunca las aceptaba, siquiera deseaba escucharlas.

Eso sí, y a pesar de todo, quizá lo más cercano que tuvo a un padre fue el último Goldschmidt, el padre de la actual cabeza familiar. En décadas anteriores, durante los tiempos más tranquilos en su guerra contra los quirópteros, Saya solía vivir en Francia con los descendientes de la misma familia que la crió, y a falta de una madre muerta muchos años antes y un padre que necesitaba estar siempre ausente para mantener en pie la organización clandestina que manejaba y las muchas empresas familiares, la joven terminó siendo especialmente cercana al pequeño Joel de aquel entonces. Por fotografías y registros David supo que cuidó de él cuando niño, a principios de siglo, igual que lo hubiese hecho una madre o una hermana mayor.

En alguna ocasión aquel Joel le dijo que sufrió mucho cuando Saya partió a Rusia en 1914, poco antes de que la revolución se desatara en aquel país. Hubo registros de actividad con los quirópteros, y tanto Joel como Saya no se volvieron a ver hasta que este ya era un adulto.

Pero Joel murió en el sesenta y cuatro, dejando a cargo a su hijo, al nuevo Joel, y Saya no lo apreciaba de la misma manera en que había apreciado a su padre.

Estaba completamente sola, y David, por muy duro que pudiera ser, sabía cuán espantosa podía ser esa sensación. Vio aquello en el frente muchas veces, con los soldados. Siempre se sentían solos, abandonados de la mano de Dios a pesar de luchar hombro con hombro junto a sus compañeros todos los días, pero siempre se encontraban extrañando y añorando a sus madres, a sus padres, hermanos, parejas e hijos.

Lo único que Saya tenía era a aquel ingenuo chico enamorado de ella, y a él mismo. Se preguntó si siquiera los necesitaba. Solamente una persona de férrea fuerza y carácter es capaz de darle la espalda a su propia especie para exterminarlos sabiendo que tarde o temprano no habría más seres como ella y que, tal vez, eventualmente y seguramente, irían también tras ella, cuando ya no la necesitaran y pasara de ser una valiosa aliada a una posible enemiga y peligro para aquellos a quienes les había salvado el maldito trasero.

Lo que más le molestaba a David es que estaba seguro de que cuando ese momento llegara, el ya no estaría en ese mundo. Y los tiempos cambian, los códigos también, pero por sobre todas esas cosas la gente cambia con el tiempo. Se preguntaba, no sin un profundo sentimiento de angustia, si en un futuro los descendientes de la organización sabrían como lidiar con ella. Al tratar con Saya era fundamental hacerlo con respeto. Ella era, en todos los sentidos, superior a los humanos, y si lo deseaba podía encabezar la cadena alimenticia con apenas esfuerzo. Podía crear a todos los hijos que quisiera con sólo unas cuantas gotas de sangre y un golpe en la cabeza a cualquier incauto, y entonces dar a luz a legiones de demonios sedientos de sangre; exigir su corona y un ejército formado de seres de su propio clan. Si eso sucedía, Saya y sus quirópteros serían imparables.

Le debían respeto por el mero hecho de que decidiera no hacerlo. Después de todo, ella era la reina de su propia especie, la última, y la única original de todos ellos.

Pero eso era algo que pocos en la organización comprendían. Era difícil ver a una chica como una reina superior a todos ellos si la veían vestida de colegiala, siempre inexpresiva o, de lo contrario, enfurecida y solitaria, encorvada y sangrando. Luchando ella misma sus batallas sin un ejército que la respaldase, sin un ejército que dirigir, o que la protegiera. Saya se negaba a comportarse como si tuviese una corona adornando su cabeza porque ella se comportaba como lo que era en realidad: una guerrera cuya única y brillante corona se presentaba en forma de espada.

Se preguntó en qué momento de la historia, y por qué, Saya fue, de alguna forma, exiliada con los humanos. Y si en algún momento él mismo podría verla como la especie superior que era.

Tampoco podía verla así. La veía como si fuese su hija.

Aunque tal vez ella lo prefiriera así, que la mirasen como una igual. A pesar de todas sus peculiaridades y manías, se comportaba como una humana, había sido criada como una humana, y había aprendido de ellos.

—Ya te dije que no estoy llorando —espetó luego de unos segundos, pero sus ojos la traicionaban, le jugaban chueco contra lo que su boca insistía en afirmar. Otra lágrima escapó de sus ojos, resbalando rápidamente por encima de las pestañas—. No soy una niñita.

Contra su afirmación, como si se tratase de una burla, otro par de lágrimas corrieron por su rostro. La escuchó gruñir, frustrada, y estuvo a punto de levantar la mano para limpiárselas, pero en ese momento David se le adelantó. Dejó el paño a un lado y con sus propios dedos limpió suavemente los rastros de lágrimas que quedaron en sus mejillas enrojecidas por el coraje y el llanto.

La muchacha se estremeció ligeramente con el contacto. Nunca nadie le había limpiado las lágrimas, apenas y dejaba que corrieran cuando la frustración era tan abrumadora que se manifestaba en ella de aquella manera. Se encerraba cuando no podía contenerlas, y cuando no tenía tiempo para ello se daba la vuelta y jalaba los párpados inferiores de sus ojos, forzando a tragarse sus propias lágrimas, argumentando que tenía alguna basurilla en el ojo. Por fortuna sus ojos y nariz rara vez se enrojecían o hinchaban, nadie se daba cuenta cuando estaba al borde del llanto, y de esa manera podía seguir con su vida como si nada pasara y la única guerra que tuviese que librar fuera contra los quirópteros y no contra ella misma.

Quiso detenerse de golpe, apenas pudo hacerlo. Una última lágrima resbaló mojando en su camino los dedos del hombre. También lo limpió y sólo después de eso finalmente fue capaz de detenerse.

David, suspirando levemente, se sentó a su lado en el borde de la cama.

No iba a mentir, estaba aturdido por verla llorar. Nunca le había gustado ver llorar a las mujeres, no porque lo considerase un fastidio o una tontería femenina, sino porque le partía el corazón. La mayoría no lo creía, y aunque socialmente tenían más libertad para llorar, sabía que ellas también luchaban por no llorar fácilmente y guardarse las lágrimas igual que los hombres. Las madres evitaban que sus hijos las vieran llorar para no preocuparlos, las esposas trataban de no llorar frente a sus maridos para, según ellas, no echarles encima más cargas, las muchachas intentaban no llorar frente a sus novios para que no las llamasen manipuladoras, y las mujeres del ejército, para que sus compañeros no las tildasen de débiles. Y todo mientras ellos pasaban la vida entera tragándose de igual manera las lágrimas para no ser tildados de lo mismo que ellos condenaban con tanta ligereza. Porque, al final de cuentas, había demasiado sufrimiento en el mundo, y todos siempre tenían ganas de llorar.

—No se lo digas a nadie —pidió Saya en un susurro, todavía cabizbaja. La escuchó tomar aire con fuerza, tratando de deshacer el nudo que todavía tenía atorado en la garganta.

—Seré silencioso como una tumba —aseguró David, y en un gesto que muy pocas veces hacía, rodeó la cabeza de la joven con una de sus manos, acariciándole el cabello con el pulgar. Ella dejó caer la cabeza contra su hombro, cansada, aturdida y adolorida. Pero por sobre todas esas cosas, triste como no lo había estado en mucho tiempo.

Pocas veces se acercaban tanto. David era el único a quien Saya daba permiso de acercarse. Podía tomarla del hombro o del brazo, pero nunca la había abrazado. La única vez que lo hizo fue una ocasión tiempo atrás, durante una lucha contra quirópteros. Dos de ellos los encontraron solos y sin apoyo. El monstruo le había desviado el ataque con la espada, rechazando el filo con un zarpazo mientras él le disparaba, pero en ese pequeño momento de vulnerabilidad el quiróptero le atravesó el abdomen con sus garras. Saya gritó de dolor, pero enseguida, aún con las garras atravesándola, clavó el sable en el cuello del monstruo, atontándolo. Por inercia la soltó, y al momento de sacarle las garras del cuerpo el reguero de sangre de ella se mezcló con el del quiróptero cuando Saya logró colocarse encima de él hasta casi decapitarlo a punta de zarpazos.

Solo cuando estuvo segura de que el quiróptero moriría se dejó caer, sangrando profusamente. Se puso tan pálida y perdía tanta sangre que David pensó que ahí terminaría la vida de Saya y, angustiado, lo único que pudo hacer fue apresurar al equipo de apoyo médico que venía en camino.

Recordó haber corrido hacia Saya para colocarla en su regazo, tratando de detener la hemorragia poniendo una mano sobre la herida. Ella amenazaba con desmayarse, pero David se esmeró en mantenerla despierta como pudo.

El equipo médico llegó en menos de cinco minutos, estaban cerca, pero a David se le antojó una eternidad. A pesar de su capacidad para regenerarse Saya tuvo que ser intervenida para cerrar la herida y detener el sangrado. Era demasiado profunda como para dejarla así nada más a que cerrase sola. La pérdida de sangre era peligrosa incluso para ella porque, después de todo, la única forma de matar a un quiróptero era logrando que perdiera la suficiente sangre de un solo golpe. Estuvo dormida durante dos días, pero la herida tardó una semana en cerrarse por completo. Fue incapaz de separarse de ella en todo ese tiempo.

En aquella ocasión, igual que ahora, pensó que la chica se había excedido y arriesgado demasiado, pero Saya le contestó que antes de darse el lujo de caer a medio morirse tenía que estar completamente segura de que había logrado matar al quiróptero. De lo contrario, si se dejaba caer y el monstruo se recuperaba, este lo mataría tanto a él como a ella.

—¿Tienes sueño? —preguntó David mirándola de reojo. Ella apenas soltó un quejido—. Duerme un poco, Saya. Descansa. Fue una noche difícil.

Cerró los ojos pesadamente, y se dejó hacer cuando el hombre empujó suavemente su cabeza para recostarla en su regazo. Abrió los ojos unos momentos, todavía recostada, y miró al frente, pero su vista no se enfocó en ningún punto en particular.

David le acarició suavemente la frente y el cabello, sintiendo algunos mechones endurecidos por la sangre. Por ahora dormiría, y si era necesario se quedaría con ella toda la noche, aunque estaba seguro de que despertaría de mal humor, con el olor de la sangre impregnando su nariz y sofocada por el cansancio y el sudor ya seco.

A los pocos minutos la joven volvió a cerrar los ojos, y notó cómo la respiración de esta se volvía cada vez más lenta y profunda con el paso de los segundos. Momentos después finalmente se quedó dormida, pero tampoco pasó mucho tiempo antes de que Ishida entrara a la enfermería. Hizo un poco de escándalo al abrir la puerta. En cuanto vio a Saya se apresuró a caminar a ella a grandes zancadas.

—¿Saya? —Parecía angustiado, pero una ráfaga de alivio atravesó su rostro en cuanto la vio. David se apresuró a callarlo.

Sssh —siseó el militar llevándose un dedo a los labios—. Guarda silencio, Ishida, está dormida.

—Lo siento —se disculpó nerviosamente el muchacho, haciendo una breve reverencia. Después se acercó un poco más, cauteloso, intentando que sus pasos no resonasen en el cuarto. Se sentó en la misma silla que un rato antes ocupase David—. Me dijeron que Saya llegó herida y me preocupé.

—Sólo fue una herida en el brazo y un par de rasguños en la cara —aclaró el hombre. Ishida ya había notado el vendaje alrededor del brazo de la muchacha y las heridas de la cara—. Sobrevivirá —añadió con cierto tono bromista.

—No me gusta que le pasen estas cosas —confesó el joven, pasando a mirar al agente.

—Ha estado en peores situaciones.

David no pudo evitar observar la forma en cómo el muchacho se le quedaba viendo a Saya, profundamente dormida y con la cabeza acomodada sobre su regazo. Tampoco pudo contener su mala cara. Ishida no le quitaba los ojos de encima, como si el rostro de la muchacha tuviese un efecto hipnótico sobre él, inevitable e irresistible, sin embargo no la veía con la lujuria propia de un muchacho de su edad ni con la curiosidad propia de un científico, ni siquiera con el morbo que despertaba ver a alguien tan fuerte en una posición tan vulnerable. No, su mirada sobre ella era de verdadera consternación, como si fuera él mismo quien estuviera herido, con las vendas y las cortadas sobre su piel.

Ishida de verdad estaba preocupado por ella, y la razón por la cual se le quedaba viendo tanto era porque no dejaba de comprobar, una y otra vez, que Saya de verdad estaba bien.

Al parecer el muchacho realmente estaba enamorado de ella, y por lo que le había dicho algunas semanas atrás, incluso había abandonado a su madre y a una novia en Tokio, una pelirroja llamada Ruria, para unirse al Escudo Rojo y seguir a Saya.

Cuando pensó en ello dejó de mirarlo de aquella cortante forma. Le dio algo de pena. Saya jamás se fijaría en él, jamás le daría una oportunidad. Estaba completamente negada al tema romántico y con los hombres, y no porque fuese lesbiana, como se rumoreaba. Estaba solamente centrada en su lucha contra los quirópteros. No tenía, ni quería, tener tiempo para novios y citas.

El muchacho, si quería estar cerca de Saya de alguna forma, no le quedaría otra opción más que ponerla sobre un pedestal como la reina que era y seguirla por el mundo en la guerra. De otra forma, su amor y devoción por ella estaban perdidos. Ella jamás lo querría como él anhelaba.

Aquello le iba a doler, pero él no era quien para explicarle algo que solamente entendería con el tiempo.

—Es muy bonita —dijo de pronto Ishida, logrando que David volviese a mirarlo con frialdad, igual que haría un padre al atrapar a un chico observando a su hija. Pero el chico era tan distraído que ni siquiera se percató de la súbita hostilidad en la mirada del agente—. Incluso así, ¿no le parece?

—¿A qué te refieres? —inquirió David con más frialdad de la que quiso.

—Que es muy bonita, incluso estando tan triste.

—No está triste, está dormida —aclaró con un suspiro—. O, en todo caso, enojada. ¿Alguna vez la has visto realmente enojada? —El muchacho hizo una mueca de resignación y se señaló la mano la cual, días antes, Saya estuvo a punto de fracturarle cuando intentó invitarla a salir. David quiso soltar una carcajada, pero se limitó a negar con la cabeza—. No, muchacho, si hubiera estado realmente enojada, te habría arrancado el brazo.

Ishida se puso lívido, pero guardó silencio, mirándose casi con terror su propia mano. Aún le dolía un poco.

David estuvo a punto de decirle que su error había sido intentar, discretamente, acorralarla e insistir, como probablemente le había aconsejado hacer algún agente chistosito de la organización. Aquellas eran dos cosas que Saya odiaba por igual: sentirse sometida y que la fastidiaran, pero al final no le dijo nada. No le vio el caso, y definitivamente, aunque fuera un buen muchacho, no lo ayudaría a conseguir una cita con Saya. Más para salvaguardar la seguridad de él que la de ella.

—Pero… no creo que ella esté tan enojada como aparenta —agregó Ishida, tímido, aunque no había rastro alguno de duda en su afirmación—. Yo la conozco. No he convivido con ella tanto tiempo como usted, pero la conozco. Saya es de esas personas que no se perdona errores; el tipo de persona que prefieren esconder su tristeza con ira. Usted también lo ha notado, ¿cierto?

No tuvo otra opción más que asentir con la cabeza ligeramente, dándole la razón a algo que ya antes él también había notado, pero de lo cual no tenía planeado hablar con cualquiera. Tal vez, después de todo, el muchacho no era tan distraído como todos creían, ni estaba enamorado de Saya por una cuestión meramente superficial y física como había pensado. No la veía simplemente como a una chica bonita, demasiado ruda para ser tan guapa, dirían algunos idiotas, o como una muchacha envuelta en un aura de irresistible misterio. Ishida, al parecer, también podía notar el lado menos agradable de la joven.

—Será mejor que la dejemos descansar —sugirió David después de unos instantes, en voz baja. Apartó a Saya de su regazo suavemente, intentando no despertarla. La chica ni siquiera se movió cuando finalmente quedó recostada de lado sobre el colchón, dándole la espalda a David e Ishida.

Los hombres salieron de la enfermería en silencio, aunque David se detuvo un instante en la puerta, echándole un último vistazo a Saya. Por unos segundos notó cómo la chica movió ligeramente el brazo lastimado, y se preguntó si de verdad se había quedado dormida o sólo fingía.

Una vez sola, Saya abrió los ojos lentamente, sin cambiar de posición. Se llevó una mano a la cara, y para cuando acordó estaba llorando de nuevo. Esta vez a lágrima viva, cubriéndose la boca con una mano. Lloró hasta que se quedó dormida.

FIN


"Dejamos de llorar porque para llorar hacen falta fuerzas. Lo único que queríamos era dormir. Dormir y dormir"

La guerra no tiene rostro de mujer —Svetlana Alexiévich


¡Hola a todos! Aquí el último capítulo de este fanfic que me encantó escribir y cuyo resultado me ha dejado muy satisfecha. Espero para ustedes haya sido igual. Por otro lado, tengo que aclarar algunas cosas que incluí en este fic relacionado con nuevos personajes y eventos. Me iré en orden, y una disculpa por la nota tan larga, pero es necesaria.

En primer lugar, el supuesto lesbianismo de Saya. Exceptuando a la Saya de Plus, he leído teorías sobre la Saya de C y TLV que dicen que el personaje (que en ambas obras tienen muchas similitudes), podría ser lesbiana porque se la vive salvando mujeres y porque es una chica hostil. Personalmente no creo que esa sea suficiente razón para sacar una suposición de su orientación sexual, de hecho a Saya la veo más asexual que otra cosa, y la única versión de la Saya de The Last Vampire que toca el tema es en la película de live action del 2009, donde se muestra que Saya tuvo un novio que murió.

Pienso que tal vez también se supone eso por el manga, un tanto hentai, de Blood: The Last Vampire 2000, donde hace aparición Maya, una especie de hermana/clon de Saya que sí es lesbiana y cuyo personaje está basado en Carmilla, del cuento de Sheridan Le Fanu. Pero pienso que sí pudieron haber existido los rumores de un supuesto lesbianismo de Saya en la organización dada la época, lo poco femenina que es y su desinterés por los chicos. Vamos, si todavía hay mucha gente que cree esas cosas. Fue precisamente uno de los temas que quise tocar en este fic.

La mención del personaje de Alice es por el live action, en donde Saya salva a esta chica americana a lo largo de la película, sólo que los hechos de esta adaptación suceden en 1970 en la Base Aérea de Kanto. En cuanto a Akiko, es uno de los personajes que aparecen en el manga TLV 2000. Akiko era la amiga de Maya (gemela de Saya), posteriormente su amante y usada por Maya como carnada para atraer a Saya. Los hechos del manga suceden en Yokohama en el año 2002, pero en este fic me tomé la libertad de tratarlos como si hubiesen sucedido en los años sesenta.

En cuanto a Ishida, es el protagonista del videojuego Blood: The Last Vampire para Playstation 2, un muchacho de dieciocho años que se involucra con personas infectadas por el virus quiróptero, o como quieran llamarle, que dentro del juego se le llama Immortal Project. Durante todo el juego Saya parece ir detrás de él y en muchas ocasiones lo salva. En otros finales del mismo, el padre de Ishida termina infectado. En este final es donde se menciona que luego de la muerte de este Saya pasa un par de días en casa de Ishida y duerme en su cama. Cabe destacar que el chico no tiene nombre oficial en el juego, yo he decidido llamarle Ishida porque era una palabra que Saya decía constantemente cuando hablaba con él, pero quién sabe si sea nombre o no. No puedo saberlo con seguridad porque tuve que buscar vídeos del juego en YouTube y el equivalente a este en Japón y ninguno tiene subtítulos en inglés.

Los hechos del juego suceden en el 2000, pero también me tomé la libertad de cambiar las fechas. Si buscan imágenes del juego y ven al chico verán que luce muy indefenso, pero tiene más pegue de lo que parece xD a lo largo del juego hay dos chicas que van detrás de él (Tohko y Ruria), y la misma Saya, y por momentos pareciera que Saya está enamorada de él o algo así, o bien puede que lo vea como a un hijo. En parte de la historia del juego, Ishida es salvado por Saya cuando niño dándole un poco de su sangre, y desde ese entonces Saya lo sigue como una sombra.

Los antecedentes de Saya mencionados en este capítulo no me los he sacado de la manga. Hay una cronología oficial de eventos que vienen con el videojuego (el cual compré pero hasta ahora no he agarrado la onda de cómo jugarlo), sin embargo encontré una guía en inglés en internet donde está dicha cronología, y se menciona que el primer registro de Saya fue en 1806.

Ahora, el hombre llamado Joel Goldschmidt que menciono en el fic es una suposición. En el opening del videojuego se puede ver a un anciano de rasgos occidentales abrazando a Saya en la apertura de los Juegos Olímpicos de Japón de 1964, y posteriormente la fotografía de un niño rubio junto a Saya tomada en 1914 delante de una mansión muy similar al Zoológico de Plus. Yo supongo que el niño era este hombre. Por la afectuosidad con que la mira y abraza en el opening, me imagino que tenían una relación cercana similar a la de padre e hija, que es la misma que traté a lo largo del fic con David y Saya. A decir verdad todo el universo de The Last Vampire es algo complicado y misterioso. Tiene muchísimas obras, desde novelas, juegos y mangas que por desgracia no salieron de Japón, así que me las he tenido que apañar busque y busque en internet y tratando de conectar las cosas.

Una enorme disculpa por la nota tan larga, pero era necesaria ya que tocó varios temas de TLV que apenas y se conocen fuera de Japón. Muchas de las cosas que menciono yo no las conocía hasta hace algunos meses.

Ahora sí, muchísimas gracias a los que se tomaron el tiempo de leer este fanfic y dejar algún comentario. Espero estar pronto de vuelta con más fanfics del universo de Blood.

[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido,

Agatha Romaniev.