Capítulo 2
El sonido de un trueno despertó a Thranduil de su sueño reparador. Se había retirado a su habitación hacía una hora, y sabía que todavía no había amanecido.
Otro rayo cayó causando un ruido espantoso, haciendo temblar el palacio. Las fuertes lluvias chocaban contra el cristal de la ventana, con más fuerza según pasaban los minutos.
Gimiendo, Thranduil se sentó y se frotó la cara con cansancio. Su habitación no había sufrido muchos daños por el terremoto, pero le había llevado bastante tiempo a los sirvientes eliminar el polvo y los escombros. Cuando finalmente terminaron, el rey se había tirado sobre la cama, sin molestarse ni en cambiarse de ropa. Estaba tan exhausto que se durmió en un instante.
Viendo los blancos destellos de los relámpagos a través de su ventana, Thranduil se sorprendió de que se produjera una tormenta justo después de que ocurriera un terremoto. Qué extraño.
Afortunadamente, el terremoto no había causado demasiados estragos. Los daños fueron mínimos y no se perdieron vidas. Hubo personas con heridas graves entre sus súbditos y el personal de palacio, pero Legolas se había encargado de ellos. De hecho, el príncipe manyan se había negado a descansar, diciendo que le quedaban pacientes por atender, pero cuando había palidecido y había empezado a balancearse, sin esperar por Thranduil, el comandante Linden se cargó al príncipe al hombro y se lo llevó a su cama. Legolas protestó enérgicamente, pero nadie le hizo caso.
"Legolas" –jadeó Thranduil, al pensar en su hijo. Legolas no era muy aficionado a las grandes tormentas como esa. Cuando era niño, el príncipe llegaba corriendo y temblando de miedo a la habitación de su padre para que lo abrazara. El rey estaba seguro de que había superado ese miedo tras todos esos años, pero tenía que ir a ver cómo estaba, por si acaso.
Cuando se bajó de la cama, cogió su bata de dormir y salió a toda prisa por la puerta. Reprimiendo un bostezo, avanzó por el pasillo, entró en la habitación de su hijo… y se quedó congelado.
Legolas no estaba en su cama.
Las puertas de la terraza estaban abiertas, y el príncipe estaba de pie bajo la lluvia, empapado. El fuerte viento le sacudía el pelo mojado, pero él no se inmutaba. Sus manos estaban apretadas en puños, haciendo que resaltaran las venas de sus antebrazos. Tenía la ropa de dormir empapada y pegada a la piel. Estaba temblando, con el rostro pálido, pero sus ojos estaban lúcidos y brillantes mientras observaba el horizonte.
Thranduil sintió una punzada de miedo. ¿Qué le pasa?
"¡Legolas! –alarmado, el rey corrió y agarró el brazo de su hijo-. ¿Qué haces aquí? ¡Está cayendo un aguacero! ¡Ven antes de que te resfríes!"
Legolas no se movió ni una pulgada.
"No puedo. Están diciéndome algo."
"¿Qué? –gritó Thranduil-. Deja de decir cosas sin sentido, salgamos de la lluvia. Me lo puedes contar todo cuando te hayas secado."
"Pero yo…"
"¡Maldita sea, Legolas! ¡¿Quieres que te arrastre para que me obedezcas?!"
Legolas lo miró, perdido y un poco asustado. La expresión de Thranduil se suavizó.
"Entra, hijo. Sin quejas, por favor."
Finalmente, el príncipe asintió de mala gana y Thranduil suspiró de alivio. Llevó a su hijo hasta la habitación y cerró bien las puertas. Entonces cayó un rayo, seguido por un fuerte trueno, haciendo que Legolas se sobresaltara. Thranduil se rio suavemente.
"Ya veo que todavía te asustan. ¿Entonces qué diantres hacías ahí afuera, como si te estuvieras preparando para ir a la batalla?"
"No lo entiendes, padre –empezó Legolas, moviendo la cabeza-. Me decían algo."
Thranduil frunció el ceño.
"¿El qué?"
"No estoy… seguro. Todavía no. Pero algo malo pasa. Lo sé."
Su padre suspiró.
"Si te refieres a Kel…"
"No. No es Kel, padre. Es algo completamente distinto. Por favor, créeme."
Thranduil lo observaba con los ojos entrecerrados. Legolas estaba claramente angustiado y confundido, abrazándose a sí mismo y temblando incontrolablemente, aunque Thranduil estaba seguro de que no era solo por el frío.
"Desvístete –ordenó. Entonces rebuscó en un aparador y le dio una manta a su hijo-. Abrígate con esto y siéntate junto al fuego."
Legolas la cogió y empezó a desabrocharse la camisa sin una palabra. Thranduil fue hasta la chimenea y tiró más leña para hacer un fuego más grande. Lo estuvo atendiendo un rato, consciente del sonido que hacía la ropa mojada al caer al suelo mientras Legolas se desvestía. Sin mirar a su hijo, el rey fue hacia la cama para coger la manta y la almohada.
"Ven aquí" –dijo, volviendo a la chimenea para dejar las cosas en el suelo.
Envuelto en la manta, Legolas arrastró los pies hacia él y se sentó con las piernas cruzadas sobre la alfombra, de espaldas al fuego, observando cómo el rey abría un cofre buscando una toalla.
Cuando Thranduil se sentó junto a su hijo se dio cuenta de que Legolas evitaba mirar las llamas y el rey se maldijo en silencio por haberse olvidado de su reciente trauma. Tras la horrible experiencia en la hoguera, Legolas adoptaba una extraña expresión cada vez que veía el fuego, ya fuera en velas o antorchas. Si fuera por él pasarían la noche a oscuras por no encenderlo, pues todavía traumatizado, seguía recordando las crueldades que había sufrido en manos de los hombres.
"Legolas, acércate un poco más al fuego" –le dijo Thranduil, observándolo con atención para ver cómo reaccionaba.
Legolas se sacudió.
"Yo… prefiero no hacerlo. Estoy bien… j… justo aquí" –replicó, balbuceando.
Thranduil tiró suavemente de su barbilla hasta que estaban cara a cara.
"Sé que el fuego te preocupa, hijo, pero no puedes dejar que siga haciéndolo."
Legolas se frotó una pierna inconscientemente, todavía sintiendo algo de dolor en ella.
"Ya lo sé, padre. Es solo que… todavía puedo sentir el dolor cuando pienso en ese día…"
"Entonces no pienses en ello –insistió Thranduil-. Déjalo ir. En su lugar, piensa en el fuego como un amigo, como siempre lo ha sido. Es para entrar en calor, no para producir sufrimiento. No habrá más dolor, te lo prometo."
Legolas se mordió el labio, pensativo, mirando a su padre con unos ojos que parecían los de alguien mayor. Había visto muchas cosas y había sufrido tanto que a veces había pensado en rendirse, pero finalmente cedió y se acercó más al fuego, mirando las llamas con cautela al escuchar la leña ardiendo.
"Entonces encarguémonos de tu cabello –Thranduil se colocó detrás de Legolas y usó la toalla para secarle el pelo húmedo-. Puedes contarme ahora lo que pasaba mientras estabas afuera en el balcón."
Legolas se envolvió mejor con la manta mientras su padre le desenredaba el pelo.
"Me hablaron" –dijo en voz baja.
"¿Quiénes?"
"Los árboles, el viento, la lluvia… Incluso el trueno y el relámpago."
"¿Qué te dijeron?"
"Me dijeron que el peligro se acerca. Un gran peligro para el reino… pero más peligro para mí."
Thranduil se detuvo un momento antes de reanudar su tarea.
"¿Te dijeron de qué tipo de peligro se trataba?"
Legolas se encogió de hombros con cansancio.
"No estoy seguro. No lo entiendo. Pero parecían muy preocupados."
Dejando a un lado la toalla después de terminar, el rey giró a su hijo hacia él.
"¿Qué te dijeron exactamente?"
Intentando contener la ansiedad, Legolas respondió:
"Me dijeron: 'Solo puede haber uno'."
Thranduil frunció el ceño.
"¿Qué significa eso?"
"Ojalá lo supiera."
Observando el fuego, ausente, Thranduil se exprimió el cerebro para buscar el sentido de la frase. La había escuchado antes, ¿pero dónde? Entonces se enfrentó a su hijo y le dijo:
"Basta de charla por esta noche."
"Pero padre…"
"Es evidente que estás cansado después de haber curado a toda esa gente y todavía estás congelado. Necesitas dormir un poco. Hablaremos más por la mañana."
Legolas no protestó, pues su padre tenía razón. Realmente estaba helado y agotado. Haciéndole caso se tumbó en la alfombra, colocando la cabeza sobre la almohada. Thranduil lo tapó con la manta, asegurándose de que Legolas estaba cómodo.
"¿No vas a dormir, padre?"
"Lo haré después de que te duermas tú."
Thranduil lo cuidó hasta que la respiración de Legolas le indicó que estaba dormido y luego se quedó mirando las llamas.
Solo puede haber uno.
¿Dónde había oído esas palabras?
Había dejado de llover y el sol estaba a punto de aparecer sobre el horizonte. La alta y oscura criatura se movía entre los árboles.
En vez de ir directamente al Reino del Bosque, buscó un lugar para descansar. Necesitaba dormir, pues miles de años viviendo en una cueva le habían hecho olvidar el placer de soñar. Miles de años viviendo como un prisionero, atrapado, inmovilizado y frustrado.
Pero ya no más. Ahora era libre. Podía hacer lo que quisiera. Nadie podía detenerlo.
No pudo evitar reírse en voz alta cuando encontró una cueva. Entró rápidamente, sin preocuparse de comprobar si tenía ocupantes. Bueno, ¿por qué debería prestarle atención a eso? Todos los seres vivos le temían. Hasta los árboles y el viento habían dejado de hablarle, asustados por su presencia.
Tras dejarse caer al suelo de la caverna, levantó las manos y se quedó mirándolas. Sus largos dedos antes pálidos y torcidos ahora parecían mucho más saludables. Hasta su cuerpo se sentía más vivo y fuerte, como si acabara de nacer. Su poder se había saciado. La energía de los dos elfos con los que se había cruzado unas horas antes le había alimentado.
Suspiró de alegría mientras cruzaba los brazos sobre su pecho, relajándose.
Me iré a dormir ya. Pero cuando anochezca volveré a cazar.
Después les mostraré por qué soy el único manyan…
