He estado de exámenes, perdón. Peeeeeerdón.
¿Por dónde íbamos?
–No, Sherlock. Mi hija aún no ha nacido, ¿cómo voy a decidir ya en qué universidad ingresará?
–Todos los libros sobre paternidad coinciden en la importancia de la planificación de una estructura educativa desde el principio, John. –Este mordió sus patatas mientras le miraba, sin extrañeza ninguna respecto a que el hombre que diferenciaba 243 tipos de ceniza, se hubiera documentado. No conocía los detalles, porque había sido muy cuidadoso a la hora de esconder los libros de educación en el caos del salón. Además del historial de youtube que había borrado recientemente, que delataba que había intentado aprender a tejer, para escándalo absoluto de la señora Hudson. Por suerte, incapaz de mantener la paciencia de enhebrar una aguja, no tardó mucho en devolverle su cesta de costura.
–Ya hemos decidido su guardería, Sherlock. –Explicó una vez había tragado.– Para dentro de tres años.
–¿Y mientras que educación tendrá?
–Pues toda la que se aleje de los conceptos de asesinato, crimen o anatomía profunda.
–¿No vas a enseñarle las partes de la cara y del cuerpo a tu primogénita?
–Señalando en mi cuerpo, no colocándoselos en la mano. –Murmuró, receloso– Además, contamos con que su tío Sherlock siempre podría enseñarle los principios de la deducción y lógica. –Concedió, asintiendo con la cabeza. Sherlock levantó las cejas, en un asombro finjido.
–Eso es, ciertamente, una deducción bastante lógica, Watson. Esperemos que haya heredado los genes de Mary –Bromeó, con ese sentido del humor que oscilaba entre la ironía cínica y la simpática agudeza. Pero John, indulgente y acostumbrado, rió con él la broma entre un "Eso espero yo también".
Ya estaban terminando de cenar. John sabía que si por Sherlock hubiese sido, no hubiera comido hasta que la señora Hudson le hubiera servido el té con pastas a la mañana siguiente. Sherlock no tenía horarios. Sherlock satisfacía sus necesidades cuando recordaba que debía hacerlo. Y aquello no sucedía muy a menudo. Pero se alegraba de que su presencia, innegablemente, sirviera para normalizar la vida de Sherlock. Al fin y al cabo, él también le necesitaba. Si hubiera pasado aquellas últimas semanas con Mary, le hubiera dado un infarto. Estaba tranquilo con todo respecto al bebé. Por supuesto que tenía ciertas dudas y temores, pero no creía que aquella tarea fuese a ser peor que Afganistán. Ocurría que Mary, el lado afable de su vida, el carisma de su matrimonio, estaba lidiando con todo el panorama social que repercutía por estar gestando un bebé. Las fiestas y las reuniones, que no eran para él, se habían amontonado en aquellas últimas semanas como los globos rosas se apilaban en el sofá de su casa.
Y John, literalmente, había huido a encontrarse con el lado confortablemente huraño de su mundo. A esconderse en el refugio de Baker Street.
Le miró un segundo en silencio, meditando sobre si sacar el tema que tenía en la cabeza enrarecería la solitaria cena de dos hombres adultos, un jueves-noche, en aquel barato fish and chips.
Fue a decir su nombre, pero en ese momento sonó el tono de llamada de su móvil. Sherlock, que casi había saltado, dirigió su mirada al teléfono, para luego centrarse atentamente en la expresión de John, que le mantuvo la mirada.
–¿Sí? Sí, soy yo. –Hubo un segundo muy pequeño de pausa tras la que John abrió los ojos desorbitadamente.– Dios mío… –"Oh"– Enseguida estoy allí. ¡Gracias, muchas gracias! –Colgó, sin dejar de mirarle, esperando transmitirle el mensaje sin pronunciar palabra.
Por suerte para él, se trataba de Sherlock Holmes. Antes de darse cuenta, y sin conciencia o consideración de haber pagado, se encontraban en la acera.
–¡Taxi! –Llamó con voz firme y el brazo estirado. John se lo agradeció enormemente, porque de repente sentía que había perdido la voz.
Claro que a Sherlock le había maravillado que la suya no hubiese temblado. "Mary ha roto aguas." Había pensado cuando el teléfono había sonado. "Ya viene el bebé" Se había repetido mientras arrastraba a John fuera del local. "Dios mío" se le había escapado a su mente mientras llamaba al taxi. .
"No estoy preparado" Habían gritado en sus cabezas ambos hombres a la vez.
El mundo se había paralizado un segundo para Sherlock, mientras que para John acababa de quedar suspendido en el aire. Entraron en un silencio tenso, dieron la dirección y, cada uno en un extremo del coche, se concentraron abstraidamente en la visión del Londres nublado y frío al que estaba punto de ser traída una criatura. Iba a romper a llover de un segundo a otro. Parecía un mal día para nacer. O eso había pensado Sherlock.
Se giró, con la intención de analizar el estado de John. Él, ya se había adelantado y le miraba a los ojos con un ápice de lo que identificó como necesidad.
Entonces, se mantuvieron la mirada durante un segundo, llena de significado. "Ya viene".
Ambos sonrieron.
A John se le había escapado una risa tonta, nerviosa. Sherlock la había seguido y al final rompieron a reír, de plena euforia. Ni siquiera notaron la mirada extrañada que el taxista había puesto por el espejo retrovisor. Sherlock había abierto la ventanilla para que entrara un poco de aire, acalorado.
–Scott. –Fue John el que rompió el posterior silencio, mucho más apacible que el anterior. Aún no había dejado de sonreír, mirando por la ventana de nuevo ensimismado. Si llovía, Londres recibiría a su hija limpio y colorido.
–¿Perdona? –Preguntó Sherlock, también distraído. Según se aproximaban al hospital en aquél trayecto que parecía infinito, su mente había empezado a estipular los procesos que estaría siguiendo Mary. Estaba calculando la cantidad de Lidocaína que le inyectarían a ella y cuánta podría inyectarse él sin llegar a perder el conocimiento.
–Sherlock Scott Holmes, ¿verdad? –No le contestó, afirmando con su expectación. –No te lo había dicho antes, pero le pondremos Scott a la niña. Sherlock se mantuvo un segundo más en silencio. No tuvo tiempo de contestar, pues la realidad les golpeó con fuerza cuando el Taxi se detuvo frente la puerta del hospital.
Es evidente, que una madre y un padre no viven de igual manera el nacimiento de un bebé. Era un hecho, que mientras Mary se retorcía, jurando y maldiciendo, John tan solo podía observarla y rezar para que todo saliera bien. Ella no tenía que hacer nada que estuviese fuera de su naturaleza, aunque estuviera envuelto con uno de los dolores más agudos de la existencia. Pero él… Él solo podía esperar. Por el amor de Dios, había visto toda clase de atrocidades en sus años de medicina en el ejército, y ahora, al ver a su mujer dando a luz, le estaban temblando las piernas, con aquella cojera psicosomática amenazando simpáticamente con tirarle al suelo.
Sherlock no era consciente del drama de guerra que estaba teniendo lugar en la sala de partos, igual que ellos no eran conscientes del drama psicológico que se estaba dando en la mente del hombre, que, incómodo, no podía parar quieto en los bancos de la sala de espera. Unía las manos y levantaba la cabeza. Se erguía y se sentaba. Movía las piernas a un ritmo imaginario y errático. Y no dejaba de pensar. Joder, que bien le habría venido aquella dosis de anestesia. Rumiando reflexiones sobre cuidados, sobre la familia, sobre Moriarty. Su mente rondaba a John. Desde luego, después de Mary, que era la dueña del cuerpo que se estaba convulsionando, expandiendo y contrayendo donde Sherlock prefería no concebir, John era el primer afectado. Casi lo podía vislumbrar, colocando esa mueca que quería decir "seguridad" mientras cada movimiento minúsculo le delataba el nerviosismo. Seguramente, incluso cojearía.
Solía ocurrirle aquellas ocasiones que se enfadaba de verdad con él. Algunas veces afirmaba con la cabeza, repetidamente, mientras le dedicaba una mirada severa y le daba a entender que no aprobaba lo que fuese que hubiese dicho o hecho. Otras veces, en cambio, negaba mientras se mordía la boca, quizá guardándose por todos los medios de soltar todo la blasfemia que él le hiciera que se le pasara por la mente. Y siempre, se marchaba con un ligero temblor, con el fantasma de la cojera. Complicado, este John.
Estaba divagando. Por suerte o por desgracia, sus pensamientos quedaron en vacío cuando la enfermera que había asistido a Mary salió, alegre y despeinada, (con una especie de encanto inocente que le recordó a Molly, y que debía avisar a esta y al resto de la trouppe del feliz desenlace) a comunicarle que la niña, a las tres y veintidós de la madrugada, había nacido sana. Y que en unos minutos podría pasar a visitarlos.
Entonces fue cuando él tembló.
–Y este es el tío Sherlock, Lily. –Susurró flojito al oído de una niña diminuta, revestida con un pijama demasiado grande, que estaba empezando a cerrar los ojos.– Te ha dado tu segundo nombre, y te dará más de un dolor de cabeza. A mí me los da. Pero las cosas que merecen la pena los suelen dar.
John se había acercado a él con más cuidado del que le había puesto a nada en su vida, y, con una expresión demandante, le tendió con sutileza al bebé.
–Oh, no, no sé si debería –Se apresuró a decir, más amedrentado de lo que había estado en toda su vida. Pero no le dio tiempo. Se vio obligado a, en un movimiento rápido e inseguro, tomar aquella cabeza casi calva y aquel diminuto cuerpo en sus manos, que ahora, con aquella fehaciente pequeñez entre ellas, le parecían enormes.
Ahí estaba la pequeña Lily Watson. Lily Scott, concretamente. Con ni siquiera una hora de vida.
Tenía los ojos cerrados, estaba roja por haber estado llorando con inusitada fuerza tan solo minutos antes y era el ser más pellejoso y feo en el que había posado la vista. Y eso que había visto fotos de Mycroft en la universidad.
No obstante, apenas había mantenido esa minúscula calidez contra su pecho, y aquella niña estaba despertando los mismos instintos de protección que John le producían. Sentía la impetuosa necesidad de abrazarla y alejarla de todo mal que tuviera un objetivo cercano a aquella criatura, toda vulnerable e... inocencia. "¿Fuimos todos una vez así?" se preguntó, sin querer, filosofando. "¿Hubo un momento en el que, ajenos a todo el dolor del mundo, lo abrazamos, inconscientes?" Todos, desde Molly hasta Moriarty habían estado en aquel limbo existencial.
Y fue consciente, por primera vez, del material que tenía delante. De que implicaba perpetuación, de que significaba futuro. Levantó la vista del cuerpo de la recién nacida hasta la pareja de progenitores.
Ella estaba exhausta, con los ojos medio cerrados, perdida en una sonrisa lejana. Él, de nuevo, le estaba mirando. Miraba a su bebé con una intensidad que cambiaba de tono, drástica, a cuando le miraba a él. Jamás hubo más orgullo, más esperanza, más confianza, que cuando John miró a Sherlock a los ojos mientras llevaba su hija. Ambos hombres se permitieron compartir una sonrisa profunda, sentida y grave.
–Bueno, chicos –Habló otra voz delicada. Aquello parecía una competición por ver quién tenía el tono de voz más dulce.– Creo que hoy me he ganado merecidamente un descanso.
–Bien puede ser el último que tomes antes de llegar a casa. –Bromeó John. Mary, sin dejar de sonreír, le dió un codazo, sin fuerza alguna. Se acercó a recoger al bebé, que Sherlock le devolvió en un movimiento torpe. John la aupó, evitando con un par de meceduras que rompiera a llorar. Besó en la frente a Mary antes de hacer lo mismo con el bebé, que colocó cuidadosamente en la cuna, junto la cama de la madre.
Sherlock contempló la escena desde el quicio de la puerta.
–Hala, la misma facilidad para dormirse que la madre –Apuntó John, intercambiando una mirada cómplice con ella.
Y entonces se sintió dolorosamente ajeno. Un extraño en aquel cuadro cálido. Casi le pareció un error estar irrumpiendo en aquél momento de paz, que no le pertenecía. Sin querer, apartó la mirada, dirigiéndola al suelo, extrañamente azorado.
Y de nuevo un Watson le devolvió a la tierra. Ni siquiera había notado que se había puesto a su lado.
–Salgamos –Sugirió en un susurro, mientras le agarraba el hombro con firmeza, manteniendo el mismo cariño que acababa de denotar en aquél núcleo personal. Sherlock asintió sin hacer ruido y cerró la puerta tras sí con cuidado. No se alejaron apenas dos pasos de la puerta, en aquel pasillo desierto, cuando John se detuvo y se giró, como dispuesto a hablar.
El silencio se propagó entre ambos, durante un segundo eterno. Al final, no dijo nada. Tan solo tiró del cuerpo de Sherlock hacia sí, envolviéndolo en un abrazo. Él tampoco tenía nada que decir, y de manera dudosa, rodeó el cuerpo de John. Podía escuchar el corazón de su amigo latiendo deprisa. Casi podía sentir el torrente de endorfinas que fluían por el cuerpo cálido que tenía entre los brazos.
Pasados unos segundos, sintió que le palmeaban la espalda y que John se retraía, llevándose su calor consigo. No le importaba, la sensación todavía duraría unos instantes más, letárgica.
–¿Avisaste a Gregory y los chicos?
–Y mira que fue la primera persona que me vino a la cabeza cuando me dijeron que la primogénita de John Watson acababa de nacer. –Ironizó. Le hizo reír, muy fuerte. Eso provocó que sonriera.
–¿Vamos a por un café?
–Claro, ve delante, tengo un par de mensajes que enviar.
–¿Vas a dar la buena nueva firmándola con "SH"?
–Voy a resolver un crimen y a dar la buena nueva firmando con SH–enfatizó.– Ahora te veo.
John asintió, conforme, y despidiéndole con la mano, se marchó a por el merecido café.
Una vez solo, Sherlock abrió la salida a la pequeña terraza que tenía la sala de espera, y se encendió un cigarrillo. El frío aquellas horas de la madrugada azotaba fuerte, pero, acostumbrado a temporales peores, solo se ajustó la bufanda. Miró a la negrura sin estrellas que era el cielo nocturno de aquella zona de Londres. Soltó una bocanada de humo. Miró su móvil, y tecleó lo que parecían cifras aleatorias, un ocho, una e, dos cincos.
Bien sabía, que al otro lado, el psicópata había recibido el mensaje del sociópata.
"Sobre mi cadáver y el tuyo.
De nuevo."
En mis pequeñas vacaciones prevuelta al semestre me estoy viendo de nuevo Sherlock. ¿Soy yo o en la primera temporada está infinitamente más joven?
