Perdóoooon, perdóooon. La vida, que me entretiene.

By the way, gracias por las reviews. Sobretodo la última, que me ha recordado que escribo y que me prometí que terminaría este fic. Allá que vamos.


John le miró, sin llegar a verle. Seguidamente, comprendió.

–¡Sherlock! –Llamó, en un tono, que indudablemente, había sido exclamativo, aunque hubiese sido tan audible como un susurro. Había aprendido a convivir con ese cuchicheo molesto, tanto, que lo había asimilado.– ¿Qué haces aquí?

–Vaya, John. Tres semanas de paternidad y ya reniegas de tu vida pasada. –Comentó Sherlock, sonriendo con una ceja alzada. No necesitaba esforzarse demasiado para deducir que, ojeras, enrojecimiento, y expresión aparte, John estaba cansado.

–¡No, no! –Se apresuró a corregirse.–No me refería a eso. –Se frotó las sienes.– Eres inesperado. Como siempre. –No supo distinguir si las connotaciones eran positivas. John se apartó, dejándole espacio para pasar a su casa. Sherlock le miró la espalda durante un segundo y concluyó en que aquel día habría dormido dos horas y media en total. –Es que la niña ha dado una noche complicada –Explicó, sin ahondar en detalles. Le condujo por un silencioso hall hasta una cocina aún más callada. Se sentaron en la mesa de la cocina y le miró con la expresión usual que precedía al– ¿Un poco de té?

Hacía dos semanas y cinco días desde que le había acompañado a recoger a su mujer e hija del hospital. Mary le había dado de nuevo su bebé a Sherlock, para que la sujetara mientras metía un par de bolsas en el asiento trasero del taxi. Lily estaba hundida, casi desaparecida entre las sábanas que la envolvían, profundamente dormida. Desde luego, con la práctica no estaba mejorando en aquel sentimiento de torpeza completamente inusual que le embriagaba. Pero su técnica, para ser la segunda vez que mantenía en brazos a un infante de ser vivo, comenzaba ya a depurarse.

–Sí, por favor. –Afirmó mientras se quitaba la bufanda y soltaba el abrigo en una silla cercana. Todo tenía un aire caótico que no encajaba para nada con el ex-militar. No era un desastre, pero las tazas y los platos estaban apilados sucios en la pila y había polvo blanco, de lo que, evidentemente, se deducía leche en polvo, en diversos puntos de la cocina. No era propio de él. Quizá de Sherlock sí, pero no de John. Él sería el que estaría regañando, arreglando y recogiendo. Tan solo lo mínimo para que pudiera vivir en lo que se empeñaba en llamar "condiciones salubres", pero al fin y al cabo, cuidándole. Y no había pisado Baker Street en aquellas larguísimas tres semanas.

Y había dejado de responder sus mensajes de texto hacía una semana.

Al principio había dudado en qué hacer. Había dudado en "si hacer", sobre todo, pero al final, y por culpa de la maldita señora Hudson y aquella publicidad subliminal que había estado haciendo de ir a visitar a la niña, una vez decidido ni siquiera había sido capaz de esperarla. Y allí estaba. John acababa de colocarle una obligatoria taza de té frente sus narices.

–Earl Grey. –Aclaró.– No voy a poder ofrecerte azúcar. Debí haber ido ayer a hacer la compra, pero me quedé dormido.

Ahora que tenía un segundo para reflexionar, se percató de lo poco que había estado en la casa de John, comparando todo el tiempo que en cambio él pasaba en Baker Street. Se preguntó si los roles se irían a cambiar. Si le encontrarían a él tirado en el sofá de John, hasta la hora de la cena.

Evidentemente, no.

No funcionaba así con Sherlock.

Tomó el té, en un sorbo tentativo, para descubrir que estaba frío. Lo que no parecía importarle a John, que lo bebía sin hacerle ascos. Le dirigió una larga mirada evaluativa, para concluir pensando que la cosa tenía que estar francamente mal.

–¿Qué tal, John? –Preguntó, probablemente, por tercera o cuarta vez en su vida Sherlock Holmes. Era genuina preocupación, pero él no pareció reconocer el gesto, porque asintió con rapidez y dijo:

–Oh. Bien. Algo cansado, ya te digo.

Y la conversación murió allí. Sherlock comenzó a reflexionar, mirándose las manos, incómodo. Esta había sido una de las posibilidades que había rondado su mente los últimos días. El evidente distanciamiento que iba a conllevar este bebé. Le notaba la irritabilidad despidiéndose por cada poro de su cuerpo. Inquieto, el gran genio de la deducción, repasó una lista inexistente de todos los temas de conversación posibles. Ah, claro.

–Lestrade me ha enviado las fotos del caso que acepté la semana pasada. Por lo visto, el psicópata ha matado a dos adolescentes, entre doce y quince años. Primero comenzó captando su atención haciéndose pasar por turista, de manera que les inculcaba una falsa sensación de seguridad, de una ventaja que verdaderamente no tenían. –Se detuvo a mirarle. John, seguía sin verle. –¿John?

–Sí, sí. –Murmuró distraído mirando el reloj.– Mary tendría que haber vuelto para darme el relevo hace veinte minutos. –Rumió.

–¿Dónde está?

–¿Perdona?

–Mary, John, ¿dónde ha ido?

John se rascó la cabeza.

–A hacer la compra que necesitábamos. Pero debe haber ido a recoger el azúcar en mano a Cuba.

Sherlock entreabrió los labios, con la sombra de una sonrisa. Bueno, quizá se había precipitado. No estaba todo perdido si todavía mantenía el humor. Aunque estuviese más agrio que el té.

–¿Y para qué quieres el relevo si no estás haciendo nada con la niña? –Tanteó. Él también sabía suavizar una frase cuando hacía falta, aunque lo hiciese en contadas ocasiones, motu proprio. John de todos modos había estado demasiado gastado como para hacerse el ofendido, por muy seca que fuese la respuesta.

–Simplemente no puedes quedarte dormido a solas con un bebé.

–¿Qué te puede hacer?

–No, Sherlock. Definitivamente ese no es el problema.

Entonces, como si les hubiese oído, se escucharon las llaves en la puerta, seguidas por un cuidadoso portazo. John dejó en el aire su explicación y se giró hacia el recibidor, por donde Mary se dejó ver. Él, lejos de sonreírle como hacía a menudo, inquirió, con un ligerísimo deje de reproche.

–¿Qué has hecho que has tardado tanto?

–Pues la compra. –Contestó, con, había notado Sherlock, nivel de estrés semejante al que denotaba su pareja.– He tardado un poco más porque me he parado a saludar a una amiga.

–Conocida –Corrigió Sherlock. Incapaz de controlarse cuando erraban (conscientemente o no) sobre un tema que él había deducido a la primera. Se enorgullecía de poder decir que la Mary que le había pegado un tiro, detalle que prefería no recordar la mitad de las veces que lo hacía, y la Mary que había representado antes, tenían al fin y al cabo el mismo carácter y patrón. Al menos en cuanto nimiedades. No le volvería a pillar confiando. Pensó en la cicatriz que le había dejado cuando la bala le atravesó. Nadie le volvería a pillar confiado. Ay, aquel desagradable recuerdo de nuevo.– Te la has encontrado al principio. Iba con sus dos niñas. No, niños. ¿Gemelos? Mellizos, ella y él. Y a juzgar por el tono que has usado, te hecho mantener una animosa charla sobre la maternidad que me parece que era de lo último que querías hablar. Probablemente diez… no, considerando la lejanía... Veinte minutos hablando de patucos y pediatras, grosso modo.

Sabía que la elección de palabras causaría algún efecto según saliesen de su boca. Pero es que estas se estaban escapando. Siempre pasaba lo mismo cuando comenzaba a deducir.

–Guau. –Se escuchó de fondo a John. Eso le animó. Jamás le fallaría en ese plano. Le dio una palmadita mental en la espalda, como siempre. –¿Algo que alegar en tu defensa, Mary?

–Ha sido agradable encontrarme a una vieja conocida –Explicó mirando a Sherlock con una expresión que decía "Y eso no me lo vas a poder contradecir". Luego se giró hacia John– Pero cansa mucho que lo único que te digan, una y otra vez, la manera perfecta de cuidar un bebé cuando los suyos han salido endemoniados.–Se acercó a John, dándole un beso en la frente. Sherlock buscó el motivo por el que le incomodaba la diminuta y a la vez reveladora muestra de cariño, pero no encontró una causa evidente.– Pero lamento muchísimo haber tardado de más ¿Qué tal está la niña?

La expresión de John se suavizó un segundo.

–No ha dado guerra en toda la tarde.

Mary sonrió.

–Pues descanse, soldado.

John asintió.

–He hecho té, si quieres un poco hay en la tetera.

–¡Oh! –Exclamó Mary en un susurro, rememorando.– Sabía que me dejaba algo, ¡el azúcar!

Y ahí llegó el bufido de John, que sin decir ni una palabra, acabó el té, ya helado, de un trago. Se levantó y le dedicó una mirada a Sherlock, que ahora observaba la escena atento. Captada al instante, también se levantó y le acompañó.

–¿Qué decías de un psicópata? –Le preguntó, en una voz aún más baja, mientras se movían hasta el salón. Sherlock sonrió. Todo bien, entonces.

–Pues que es un psicópata bastante imprudente, la verdad. Huellas, restos corporales…

–Vaya. Le ha faltado dejar tarjeta de visita. –Tomó asiento en su sofá, que no tenía nada que ver con aquel en el que estaba acostumbrado a verle, hasta el punto de resultarle molesto. Se sentó en el sillón que tenía delante. También incómodo. Juntó las manos, a su extraño modo de defensa.

–Pues eso es lo que estoy diciendo. –Afirmó como si fuera obvio. ¿Y no lo era? – Total, que tengo un par de asuntos pendientes aún, pero el caso ya está prácticamente finiquitado. –Cruzó las piernas.– El martes iremos a su apartamento en Redbridge y si utilizas tus dotes…

–Eh, eh. –Le detuvo John.– Espera. ¿Iremos? –Sherlock le miró sin comprender. "Como siempre, ¿no?" Habría querido decir.– No, Sherlock. –Tomó un segundo para mirarle, debatiéndose entre la exasperación y su deje natural de comprensión, que parecía no estar del todo por la labor.– No puedes seguir haciendo planes conmigo como si el mundo siguiera girando a tu alrededor. Ahora tengo una cierta responsabilidad, por si no lo has notado.

Confundido, alegó.

–¿Es por cuidar del bebé?

John tomó aire por la nariz, ruidosamente.

–Sí.

–Pero ahora es Mary la que está cuidando del bebé. –Comenzó.

–Buena deducción. –Comentó. No tendría que haber sonado tan amargo. Pero ni lo intentó.

–¿Entonces por qué no?

–Porque necesito despejarme y descansar. –Razonó. "Insuficiente".

–Pensé que esta era tu forma de "descansar".

–Sherlock… –Avisó.

–No digas tonterías de despejarte, esto siempre ha sido tu estimulante. Por el amor de Dios, te ayudó a solventar la cojera.

–Sherlock –Repitió.

–No voy a permitir que utilices un par de noches sin sueño como excusa. ¿Cuántas noches hemos estado en vela siguiendo al psicópata del reloj, eh?

Sherlock.

–No es como si tuvieses que renunciar a tener hijos por resolver crímenes conmigo, John.

–¡Simplemente no puedo dejar de cuidar de un bebé para tener que cuidar de otro! –Gritó.

Lily empezó a llorar en la otra habitación.

–Oh, genial. –Se escuchó a Mary.

John se había cruzado de brazos y se estaba mordiendo el labio. "Claramente enfadado" había deducido Sherlock, el mayor detective de todos los tiempos. Asintió con la cabeza, dando a entender que había comprendido. Se levantó, con la vista perdida. Pensando, pensando. Pensó que pensaba demasiado. Pasó por el lado de John, en silencio.

–Joder. Es muy estresante. –Murmuró John. Y no dijo nada más.

Mary, cruzándoselo en su camino al dormitorio, le preguntó si se iba a ir sin cenar nada.

Sherlock contestó que necesitaba azúcar.

En el 221B de Baker Street sus quejidos sonaban sin que él se diera cuenta. Y no debían, se recordaba, molesto consigo mismo. Eran susurros dolientes, estupidamente incontrolables.

Tenía el labio enrojecido. El té pasaba por sus labios quemándole, pero era un mal necesario. Necesario y confortante.

Se acomodó en su sillón negro, colocando los pies sobre la mesa. Cada movimiento resultaba tan incómodo que había tardado veinte minutos en encontrar una postura que no le estuviese destrozando la espalda. Por lo que puso una mueca de absoluto desagrado cuando llamaron a la puerta. No, no, no. De eso nada. Gritó que adelante, fuera Lestrade con su enhorabuena (en vendas envuelto, pero caso resuelto), la bendita señora Hudson con más té, o Moriarty con una AK-47. Del sillón no se movía. Y aunque no veía bien con el ojo derecho, hinchado y amoratado, si escuchó el inconfudible balbuceo del padre.

Le miró con meditada desconfianza mientras, haciendo malabares, cerraba la puerta sosteniendo una mochila enorme, un par de bolsas de la compra y un bebé.

–No se te puede dejar solo, ¿eh? –Bromeó, empujando el carrito hacia el interior del salón.

–Un poco tarde. –Aquello tenía más de un sentido, y John Watson lo sabía. Había ofendido a una persona orgullosa. Lo cual, verdaderamente le importaba más bien poco, en comparación con el motivo de su visita. Dejó las bolsas que casi le cercenaban las muñecas en la mesa de la entrada y colocó la mochila en el suelo. Comprobó a su bebé durmiente y luego lanzó una larga mirada evaluativa a Sherlock.

Por fin, se sentó, en su butaca de siempre.

–¿Cómo se te ocurrió?

–¿Desmantelar una red de tráfico de drogas?

–Buscarte que un psicópata te diera una paliza.

Casi le ofendió. Frunció el ceño dolorosamente.

–No fue aquél mindundi. Ese ya estaba en el suelo cuando llegó el resto de la organización. ¿Quién es tan estúpido como para no darse cuenta de que está llevando a su futura víctima a la sede central del laboratorio de anfeta más grande de Redbridge? No merece el término de psicópata. Esos son inteligentes y cuidadosos.

–Tú eres otro psicópata poco cuidadoso –Señaló John, por lo bajini. No quería discutir con él sus imprudencias, porque no había venido a regañarle. Se miró las manos, inseguro de cómo empezar–Escucha Sherlock…

–John…

–Déjame hablar. –Le detuvo.– Quiero que sepas que he estado bajo cierto nivel de estrés últimamente. No, no se te ocurra interrumpirme porque solo lo voy a decir una vez. –Tomó aire y estiró los labios, buscando las palabras, bajo la atenta mirada de Sherlock.– No es excusa de todos modos para lo que te dije aquel día. –Provocó que arqueara la ceja. Ay.– Pero, lo que quise decir, de la peor manera que parece que me esforcé por encontrar, es que no puedes pretender que no haya pasado nada. Ya no voy a tener tanto tiempo para resolver crímenes, no lo voy a tener en dieciocho años. –Sonrió con su reflexión. Levantó la vista hacia él, ya que las orbes azules siempre le provocaban cierta serenidad.– Pero, aunque sea mientras estoy cambiando los pañales, quiero seguir en… –¿Cómo definirlo?– esto.

Sherlock asintió. "Esto". Sonrió. Se quejó de dolor.

–¿No llevas morfina en el bolso de los biberones, verdad?

–No estás tan mal si aún puedes bromear –John se levantó a echarle un vistazo al bebé, mientras Sherlock comenzaba de nuevo a juguetear con su móvil.

Y se acabó la tensión entre ellos, tan rápida como se había provocado.

Ah, paz. Pensó John, reflexionando sobre él. Así era, al fin y al cabo ¿no? El gran genio que no sabía, ni tenía ningún interés en saber que la tierra giraba alrededor del sol. Y no de él. Tan ajeno a las cosas reales de la vida real, fuera del espectro del crimen y el castigo. Tan inmerso en la lógica, que desde luego no regía este mundo. Eso pensaba John, hasta coger en brazos al bebé que acababa de despertarse. De nuevo a su mundo estático, platónico. De vuelta a 221B Baker Street.

Eso pensaba, hasta que al girarse, vio que tras el sofá de Sherlock estaba la cuna.

Vuela sin tener alas.
Corre como si hubiera de temer.
Espero que no te distraigas.
Sherlock, ¿qué es?


He hecho un poco de trampa porque este y el siguiente estaban casi escritos. Pero bueno, ya escribiré el resto.

Un besito hasta la próxima.