Capítulo 7

Al día siguiente, Legolas se encontró con que estaba confinado al palacio por orden del rey. El príncipe manyan tenía al menos tres guardias siguiéndolo a todas partes, haciéndolo sentirse como un rehén en su propia casa. No se le permitía visitar el pueblo. El establo sí, pero no podía salir a pasear con su caballo. Tampoco podía ir a nadar al arroyo del patio trasero e incluso le habían puesto un guardia en el balcón de su habitación, ¡por los Valar!

Sabía que llegaban a esos extremos por su propia seguridad, ¿pero por qué tenían que quitarle su libertad completamente?

Echando humo e hirviendo de rabia, Legolas fue a la habitación de su hermano después de una fuerte discusión con Linden en la parte inferior de las escaleras. Habían encontrado más cadáveres en el bosque esa noche, obra de Galdor, sin duda, y el comandante le había prohibido hasta mirarlos.

Legolas había intentado razonar con él, diciéndole que necesitaba tocar los cuerpos para asegurarse de que estaban muertos, pero el comandante lo conocía demasiado bien y se dio cuenta al instante de lo que pretendía. Por eso le ordenó a varios guerreros que vigilaran los cuerpos y que no dejaran acercarse al príncipe. Legolas le suplicó y casi lo amenazó, pero Linden hizo oídos sordos.

"Lo siento, su alteza, pero la respuesta sigue siendo no" –había dicho.

"Tengo derecho a ver los cuerpos. Creo que si los toco puedo averiguar dónde se esconde Galdor."

"Eso es justo lo que temo –Linden miraba fijamente al príncipe-. Estoy seguro de que si lo haces irás tras él."

Se miraron el uno al otro durante un minuto entero, pero entonces, a sabiendas de que ni un Mumakil haría que Linden cambiara de opinión, Legolas se fue de allí, gruñendo de frustración. Con la cara de un rojo curioso, el príncipe manyan irrumpió en la habitación de Keldarion, haciendo que éste diera un salto del susto.

"¡No entréis! ¡Y dejad de seguirme! –le gritó Legolas a sus tres guardias, cerrándoles la puerta en las narices. Luego, dirigiéndose a su hermano, gruñó-. ¡No puedo creer que me hagan esto!"

Keldarion negó con la cabeza. Ya sospechaba lo que ocurría, pero preguntó de todas formas.

"¿Legolas? ¿Por qué estás tan enfadado?"

Sin responder, el príncipe más joven se arrojó sobre la cama al lado de su hermano y hundió la cara en una almohada para amortiguar un grito. Elevando las cejas, Keldarion se fijó en el extraño comportamiento de su hermano. Después de calmarse, Legolas apartó la mirada, se sentó y miró a Keldarion con tristeza.

"Me siento un prisionero en mi propia casa."

Suspirando, Keldarion soltó el libro que estaba leyendo y le apretó el hombro.

"Es por tu propia seguridad."

"Ya lo sé, pero… ¿un guardia en mi balcón? –los ojos de Legolas brillaron peligrosamente-. ¡Kel, hay un maldito guardia en mi maldito balcón! ¡Eso es demasiado! Además, ¿para qué? ¡Ni que fuera a saltar desde ahí y escaparme por los árboles!"

Keldarion lo miró, interrogante.

"¿No lo harías?"

Legolas desvió la mirada.

"¿Ha… hacer qué? –farfulló-. Kel, no soy tan estúpido."

"Claro –Keldarion no apartó la mirada de él-. No me puedes engañar, enano. Sé cómo funciona tu cerebro, si es que tienes uno."

Legolas entrecerró los ojos.

"¿Sabes qué? ¡Para alguien que está enfermo en cama tienes una boca muy saludable!"

Keldarion echó la cabeza hacia atrás y se rio.

"Confía en mí, Legolas, ya estoy mejor. Ya estoy bastante fuerte como para patearte el trasero si veo que hace falta."

Legolas frunció el ceño y cogió la muñeca de su hermano.

"Bueno. Tu pulso es más estable. Te estás mejorando."

"Lo sé, pero no puedo decir lo mismo de ti. ¿Qué te molesta? Estás como si tuvieras una piedra en el zapato."

Su ocurrencia hizo que una débil sonrisa apareciera en los labios de Legolas.

"¿Una piedra, eh? Me gustaría que se tratara de algo tan simple."

"Vamos, dime. ¿Qué ha pasado?"

Y entonces Legolas le habló sobre los cadáveres y Linden. Al ver cómo se le ponía la cara roja mientras se explicaba, Keldarion se dio cuenta de lo enfadado que estaba al ver su plan de detener a Galdor frustrado. Sabiendo lo obstinado que podía ser Legolas, Keldarion rezó para que a Gandalf se le ocurriera pronto un buen plan, o su hermano podría tomar cartas en el asunto.

Gandalf no se había ido del Bosque Negro. El mago estaba confinado en la biblioteca del palacio, leyendo viejos libros y buscando información sobre los manyan. Sabía que había una forma para detener a Galdor y quería encontrarla para detenerlo antes de que se volviera demasiado poderoso. Tenía que averiguar cómo derrotar al manyan oscuro para siempre.

"¡Hey, Kel! ¿Me estás escuchando?"

Keldarion salió de su ensimismamiento.

"Solo hacen su trabajo, Legolas. Déjalos."

"¿Pero cómo, si ni siquiera tengo tiempo para estar a solas?"

Exasperado, Keldarion puso los ojos en blanco. ¡A veces le daban ganas de asfixiar a su hermano pequeño!

"Mira, enano, hazle caso a los demás, ¿de acuerdo? ¿Recuerdas aquella vez cuando te rebelaste igual que ahora y nuestro 'querido' primo se las arregló para secuestrarte?"

Legolas frunció el ceño ante la mención de Dior, su primo muerto que había intentado asesinar a toda la familia real.

"Ya sé lo que quieres decir, Kel. No hace falta que me lo recuerdes."

"¡Claro que tengo que recordártelo! ¡Fue por tu terquedad que te metiste en problemas! Si me hubieras hecho caso y hubieras llevado cuatro guardias y no solo dos… ¡Maldición! Si solo te hubieras quedado en casa…"

"¡Vale! ¡Vale! ¡Lo he entendido! –Legolas levantó las manos, se puso en pie y empezó a dar vueltas por la habitación-. Está bien, dejaré de quejarme."

"Bien –dijo Keldarion-. Ahora quédate tranquilo todo el tiempo que puedas."

Entonces alguien tocó en la puerta. Aún caminando, Legolas miró hacia allí y gritó.

"¿QUÉ?"

"Traemos la cena, su alteza" –se oyó la tímida respuesta desde el exterior.

Molesto por la interrupción, Legolas abrió la puerta y los criados entraron con bandejas llenas de comida y una jarra de vino. La habitación se quedó en silencio mucho rato, excepto por el sonido de los platos y la cubertería que los criados colocaban en la mesa de noche. Cuando se fueron, Legolas cerró firmemente la puerta tras ellos. Keldarion negó con la cabeza.

"¿Era necesario que te comportaras así?"

"No quiero que nadie irrumpa aquí, y menos los guardias. Es el único lugar en el que puedo estar tranquilo" –respondió el príncipe más joven, volviendo hacia la cama. Dividió la cena en dos y colocó la bandeja de comida en el regazo de Keldarion. Tras tomar un sorbo de vino cada uno, los hermanos comieron en silencio.

Cuando terminaron el pudin de limón, la tarta de manzana y la jarra de vino, Legolas sugirió que jugaran una partida de ajedrez. Keldarion bostezó, somnoliento al tener el estómago lleno.

"No puedo pensar muy bien ahora mismo" –señaló, parpadeando con rapidez para mantenerse despierto.

Riéndose, Legolas sacó el tablero de ajedrez de la cómoda de Keldarion y lo puso sobre la cama entre ambos.

"¡Bien, entonces esta es mi oportunidad para ganarte! –exclamó mientras colocaba las piezas-. Nunca me has dejado."

A pesar de su letargo, Keldarion sonrió.

"¡Nunca, enano! Nunca serás capaz de vencerme. Volveré a ganar."

"Ya veremos –resopló Legolas-. Juegas con las blancas. Mueve, hermano."

Y el juego comenzó.

Una hora después, seguían en ello. Apoyado en las almohadas, Keldarion daba cabezazos mientras esperaba su turno. Sin embargo, Legolas estaba totalmente alerta, mirando el tablero de ajedrez con la frente arrugada.

Aun estando tan cansado, Keldarion seguía siendo mejor en el juego. Legolas no encontraba forma de derrotar a su hermano, pues el rey de Keldarion siempre estaba bien protegido, mientras que su reina aparecía de repente en lugares extraños para hacer de cebo. Legolas estuvo a punto de caer en la trampa dos veces.

Tenía que admitir que era imposible para él ganarle a su hermano en ajedrez. Entonces miró a Keldarion, que roncaba suavemente, y sonrió con astucia.

Pero puedo vencerle en otras cosas, pensó el príncipe más joven.

"Hey, Kel" –lo llamó.

Keldarion ni siquiera se movió. Legolas se acercó y lo sacudió.

"Kel, despierta, es tu turno."

Parpadeando, somnoliento, Keldarion levantó un poco la cabeza para mirar el tablero. Luego se dejó caer otra vez sobre las almohadas.

"No. Te toca a ti."

Un poco más confiado, Legolas dijo.

"Pareces cansado, hermano. ¿Qué tal si seguimos por la mañana?"

Su hermano mayor murmuró algo incoherente, ya medio dormido. Sonriendo, Legolas cogió el tablero con cuidado y lo colocó sobre la mesa que estaba al otro lado de la habitación. Después fue otra vez hasta Keldarion y lo cubrió con la manta.

"Que duermas bien, hermano" –susurró Legolas, tocándole el hombro suavemente.

Tras asegurarse de que su hermano se había sumido en el olvido, el príncipe manyan se dirigió al balcón. Abrió las puertas en silencio y las atravesó. Afortunadamente allí no había guardias, así que cerró las puertas sin hacer ruido y fue de puntillas hasta la balaustrada. Sus agudos ojos buscaban un árbol adecuado en la oscuridad.

¡Ah, ahí está!

Legolas miró por encima del hombro brevemente, sintiéndose culpable por dejar así a Keldarion. Pero tenía que hacerlo, por el bien de todos. Sin ninguna duda, Galdor vendría a por él. Si lo que había escuchado sobre el terrible poder del manyan oscuro era cierto, ningún ejército podría ocultar o protegerlo, así que antes de que se perdieran más almas, Legolas decidió enfrentarse a su némesis.

El único objetivo de Galdor era el príncipe manyan, ni siquiera Gandalf. En el momento en que tocó los cadáveres, Legolas supo de lo que Galdor era capaz. Vio el horror que le había causado a su gente, en el pasado y en el presente. Había sentido la creciente masa de energía oscura echar raíces en los bosques del reino de su padre. Pero nada de eso fue suficiente para intimidarlo. En todo caso solo sirvió para que se decidiera a acabar con Galdor.

Con un suave suspiro y sabiendo que su familia lo mataría si lo pillaban, Legolas dio un gran salto y aterrizó ágilmente en la rama más cercana de un abedul. Sin pausa, se abrió paso a través del laberinto de ramas, abriéndose camino en el bosque. No sabía dónde estaba Galdor actualmente, pero estaba seguro de que el otro manyan lo encontraría. Solo tenía que esperar. Ya se le ocurriría qué hacer cuando lo viera cara a cara, porque ahora mismo no tenía ni idea de cómo derrotarlo. Ya le llegaría la inspiración cuando las cosas se pusieran feas. Se rio al pensar eso, pero luego se quedó en silencio cuando se dio cuenta de que podía estarse dirigiendo a su propio fin. Se encogió de hombros para abandonar el sombrío pensamiento y se concentró en mantener el equilibrio, pero entonces estuvo a punto de tropezar con una rama cuando una alta figura apareció de repente, bloqueándole el paso.

"¿Vas a alguna parte, alteza?"

Encogiéndose por dentro, Legolas levantó la vista. El elfo de cabellos oscuros tenía los brazos cruzados sobre el pecho, con los ojos brillando peligrosamente mientras miraba al príncipe fugitivo. Tímidamente, Legolas consiguió decir:

"Uh… hola, Linden."