Capítulo 9
Todos se quedaron atónitos al escuchar lo que dijo Gandalf.
"¿Eso quiere decir lo que yo creo?" –dijo Thranduil, al fin, pálido.
"Sí, mi señor, creo que sí."
"Si el oscuro es Galdor, el manyan blanco debe ser… Legolas –terminó Thranduil, mirando a su hijo-. Pero… pero, ¿a qué se refiere con lo de que… sentirá la muerte?"
Gandalf también miró a Legolas.
"Solo tu hijo puede responder esa pregunta."
Todos se centraron en el príncipe manyan, pero Legolas no levantó la vista y siguió mirando el libro abierto en manos de Gandalf.
"¿Legolas? –preguntó Thranduil-. ¿En qué piensas?"
Todavía evitando sus ojos, su hijo respondió:
"No creo que te guste lo que pienso."
"¿Y eso por qué?"
Encogiéndose de hombros, Legolas miró a los ojos preocupados de su padre.
"Después de escuchar la profecía solo me ha quedado más claro que soy el único que puede derrotar a Galdor, y nadie más. Ni siquiera el ejército, o Gandalf, ya que al ser uno de los últimos Maiar que quedan en la Tierra Media no puede enfrentarse a él."
Linden y el mago se miraron, sabiendo muy bien lo que Legolas quería decir. Thranduil entrecerró los ojos.
"Tenías razón, Legolas. Creo que no me gusta a dónde está yendo esta conversación."
"Padre, por favor, escucha –el príncipe sujetó el puño cerrado de su padre-. Sé que estás preocupado por mí, pero confía en mí. Todo saldrá bien, estoy destinado a vencer al manyan oscuro, es lo que ha dicho la profecía."
"¡Pero también dijo que sentirás la muerte! –el rey estaba tan asustado que levantó la voz-. ¡Dijo que vas a morir!"
"Pero viviré. También dijo eso, padre. Viviré –Legolas le apretó la mano-. Ten fe en mí. Solo deja que me enfrente a él, deja que le ponga fin a sus asesinatos de una vez por todas."
Thranduil se alejó de su hijo, negando con la cabeza.
"No, no puedo."
"Pero padre…"
"¡Maldita sea, Legolas! No ahora, ¿vale? –gritó el rey-. Debo pensar en todo esto. ¡No puedo enviar a mi hijo a hacerle frente a un manyan demente solo porque una profecía lo dijo! Por los Valar, necesito pensar."
Mordiéndose lo labios, Legolas bajó la mirada.
"No confías en mí."
Thranduil se dio la vuelta.
"No, Legolas, confío en ti –dijo-. En quien no confío es en mí mismo. No sé cómo, pero tienes el poder de hacer que me replantee mi juicio. La profecía dice que sentirás la muerte y eso es todo lo que está en mi mente ahora. Así que dame al menos esta noche para despejarme, por favor."
No era exactamente lo que Legolas quería escuchar, pero eso significaba que al menos su padre se lo estaba planteando. Se conformaría con eso por ahora.
"Muy bien, padre. Lo entiendo."
"Gracias –Thranduil se inclinó y besó la sien de su hijo-. Ahora vete con Linden a tu habitación. Nos vemos por la mañana."
"¿Quieres decir que sigo siendo tu prisionero?"
"Legolas" –dijo su padre en tono de advertencia.
"Lo siento, era broma –sonrió el príncipe. Luego se volvió hacia Linden-. Vamos, comandante. Tienes que asegurarte de que no me escape otra vez esta noche."
Poniendo los ojos en blanco, Linden sonrió. Tras inclinarse ante el rey y el mago, el comandante siguió al príncipe manyan, planeando sentarse al lado de su cama durante toda la noche. No confiaba plenamente en el astuto príncipe. ¿Quién sabe lo que podría intentar?
Cuando su hijo se marchó, Thranduil se sentó en su silla. Apoyó los codos en la mesa, puso la cabeza entre las manos y suspiró audiblemente. Aún de pie, Gandalf miró la cabeza inclinada del rey con simpatía.
"Se parece tanto a ti…"
El elfo se rio débilmente.
"La verdad es que sí. Terco. Exaltado. Desafiante. Como quieras llamarlo."
"También es valiente, inteligente y compasivo. Al igual que su padre –el mago se acercó al rey y le apretó el hombro-. Debe hacerte sentir orgulloso, mi señor."
Thranduil levantó la cabeza y miró a su amigo.
"Me produce tanto orgullo como dolores de cabeza."
Los dos se rieron ante eso. Sonriendo, Thranduil añadió:
"Amo a mis dos hijos, Gandalf. Me dan alegría y también me producen dolor. Y pensar que tengo que dejar que uno de ellos se enfrente a este… este horrible monstruo… -se pasó una mano por la cara con cansancio-. Valar. No… no puedo pensar en este momento. Gandalf, ¿qué debo hacer?"
Con una sonrisa amable, el mago se acercó más hasta que sus ojos se encontraron.
"Haz lo que siempre haces, Thranduil. Sigue a tu corazón. Esa es siempre la mejor solución."
"Bueno, mi corazón me dice que encierre a Legolas y Keldarion en una caja hasta que los problemas se hayan ido. ¡Pero no creo que a esos dos chicos les guste!"
La carcajada de Gandalf resonó por la habitación.
"Entonces te sugiero una buena noche de sueño, mi amigo. Esa fue sin duda la peor idea que he oído de ti."
Thranduil sonrió con tristeza y se levantó.
"Creo que tienes razón. Me retiraré ahora."
Pero antes de que el rey saliera de la habitación, Gandalf le dio el viejo libro.
"Aquí está el legado de tus hijos. Dáselo. O mejor, escóndelo de ellos, sobre todo de Legolas."
Thranduil arqueó las cejas mientras cogía el libro.
"¿Qué crees que Legolas podría hacer con esto?"
"Meterse en más problemas –dijo Gandalf, riéndose entre dientes-. Sé que todavía no domina la lengua Silvana, así que tenemos que ocultarle este libro hasta que la aprenda correctamente. No queremos que malinterprete las profecías."
"¿Por qué lo dices?"
"Un grupo de hombrecitos capturará al príncipe de oro, pero solo uno de ellos capturará el gran corazón del príncipe" –leyó Gandalf con calma.
"¿Hombrecitos? –Thranduil palideció-. ¿Habla de los enanos?"
"Eso creo."
"¿Los enanos capturarán a Legolas? –el rey empezó a perder el control-. ¿Por qué? ¡Tenemos que detenerlos!"
Gandalf frunció el ceño con desaprobación.
"Thranduil, ¿qué crees que haría Legolas si se enterara de esta profecía?"
"¡Que actuaría irracionalmente! Tomaría su arco y sus flechas e irrumpiría en el bosque en busca de esos enanos y… -Thranduil se detuvo y miró al mago con timidez-. Pues sí. Se metería en problemas antes de tiempo."
Mirando el libro, el rey reflexionó.
"Ocultaré este libro hasta que esté seguro de que Legolas está preparado para leerlo. ¿Pero qué quería decir con que un enano capturará el corazón de Legolas? No lo entiendo."
Acompañando a Thranduil hasta el pasillo, Gandalf dijo:
"Lo sabrás con el tiempo, mi señor. Todo a su tiempo."
Cuando Legolas se despertó a la mañana siguiente, casi se cayó de la cama del susto. El comandante Linden estaba sentado al lado de su cama, mirándolo fijamente. Legolas gimió.
"¿Qué? ¿Sigues aquí?"
Linden se rio entre dientes.
"Solo vine para ver si te habías despertado, su alteza."
Eso era cierto. La noche anterior, el comandante se había quedado en la habitación de Legolas hasta que estuvo seguro de que estaba dormido. Ahora había dos guardias en su balcón y cuatro en el pasillo delante de su puerta. Gracias a su última aventura, en lugar de libertad, el príncipe manyan se había ganado a los mejores vigilantes.
Le está bien empleado, pensó Linden, aguantándose la risa.
Frunciendo el ceño, Legolas se dio la vuelta y apartó las mantas.
"No necesito una niñera" –se quejó, yendo hacia el cuenco de agua que estaba en un aparador al otro lado de la habitación.
"Claro que no –Linden lo seguía de cerca mientras el príncipe se acicalaba-. Pero no te hará daño que tome precauciones adicionales. Estás lleno de sorpresas, mi príncipe. Alguien tiene que estar preparado."
Legolas bufó. Estiró la mano a ciegas para coger una toalla y secarse la cara, pero Linden se la pasó rápidamente.
"Definitivamente puedo decir que amas tu trabajo, ¿verdad, Linden? –su voz sonaba amortiguada por la toalla, pero cuando el comandante no respondió, el príncipe apartó la tela para mirarlo. La cara de Linden se había ensombrecido y el corazón de Legolas dio un vuelco-. ¿Qu… qué es, Linden? ¿Ha ocurrido algo?"
El comandante suspiró y sonrió forzadamente.
"No sé cómo decirte esto, pero tengo que advertírtelo antes de que bajes. El rey quería contártelo él mismo, pero la gente lo necesita ahora y…"
"¡Linden! –Legolas lo sujetó por los brazos, frenético-. Solo dime qué pasó."
"Galdor volvió a atacar ayer por la noche –explicó, sin saber a dónde mirar-. Más personas han muerto. Una masacre."
El terror llenaba al príncipe manyan.
"¿Cu… cuántos?"
Cuando el comandante vaciló, Legolas sujetó el cuello de la túnica de Linden.
"¡Maldita sea, Linden! ¿Cuántos?"
"Sesenta vidas, su alteza, más o menos."
Aturdido, Legolas lo soltó y se tambaleó varios pasos hacia atrás. ¿Sesenta? ¿En una sola noche?
"¿Su alteza?" –preocupado, Linden se acercó para estabilizarlo.
"¿Dónde has dicho que está mi padre?" –preguntó Legolas, aturdido.
"En el patio, consolando a la gente –respondió Linden-. Llevan viniendo desde el amanecer en busca de refugio. Tu padre está haciendo todo lo posible para calmar sus miedos y controlar el…"
Pero Legolas no siguió escuchando. Aún con la ropa de dormir, se puso unos zapatos y salió corriendo de la habitación, con el pelo largo desordenado ondeando tras él como una bandera de oro.
Linden corrió hacia la puerta, justo a tiempo para ver a los cuatro guardias corriendo detrás del príncipe manyan. El comandante suspiró.
"Me encanta mi trabajo, Legolas. Pero me duele verte sufrir."
"¡Padre!"
Thranduil se detuvo a media frase. Se apartó del oficial con el que estaba hablando y vio a su hijo corriendo por las escaleras del patio.
"¿Legolas? –el rey frunció el ceño al ver cómo iba vestido. Legolas llevaba todavía la ropa de dormir, que era una camisa fina y un par de pantalones sueltos. También tenía el pelo suelto y sin trenzar-. ¿Acabas de levantarte?"
Ignorando la pregunta de su padre, Legolas se quedó mirando la multitud de gente que había en el patio. Algunos lloraban y otros seguían en estado de shock. No comprendían del todo lo que estaba pasando, solo sabían que sus familiares habían muerto a manos de un horrible monstruo. Los guardias del rey se encargaban de ellos, dirigiendo a los elfos asustados hacia el palacio. También vio a Gandalf ayudando con la multitud. Pero no había señal de los cadáveres.
"¿Dónde están los muertos?" –preguntó el príncipe, buscándolos frenéticamente.
"Están fuera de aquí, en un grupo de casas a media legua de aquí –respondió Thranduil-. Solo consiguió volver un miembro de la patrulla nocturna para darnos la noticia. La gente vino poco después, temiendo por sus vidas. Galdor ha invadido sus hogares."
Horrorizado, Legolas miró a su padre a los ojos.
"¿Está tan cerca?"
Thranduil asintió con seriedad.
"No tardará mucho en llegar hasta aquí, así que te sugiero que entres de nuevo y permanezcas fuera de la vista."
Legolas palideció.
"Pero… ¿cómo puedo hacer eso? Nuestra gente…"
"Legolas, por favor –Thranduil lo sujetó por los hombros-. Galdor vendrá a por ti, lo mejor es no ponérselo en bandeja."
"¿Quieres que me esconda? –preguntó Legolas con incredulidad-. ¿Qué bien haría eso?"
Thranduil miró a Linden cuando el comandante llegó hasta el príncipe.
"Basta de hablar, Legolas –dijo el rey con severidad-. Vete adentro con Linden."
"¡Deja de decirme eso! –dijo el príncipe entre dientes, separándose de su padre y mirando al comandante-. ¡No soy un niño, así que no me trates como uno!"
Al darse cuenta de su error, Thranduil intentó remediar el daño.
"Claro que no eres un niño, Legolas. Pero eres muy preciado para mí, para todos nosotros. Haría cualquier cosa para retrasar lo inevitable, y para eso tienes que esconderte. No salgas hasta que…"
"¿Hasta cuándo? ¿Hasta que todos estén muertos?"
Thranduil lo miró con tristeza.
"Legolas…"
"¿Y tú, padre? ¿No vas a entrar?"
"Mi gente me necesita aquí."
Pero yo también te necesito, quiso decir Legolas. En vez de eso, preguntó:
"¿Qué hay de lo que dijiste anoche?"
Thranduil sonrió ligeramente.
"Sé lo que dije anoche. Creo en la profecía, Legolas, de verdad que sí. Pero tienes que quedarte adentro. Te lo ruego otra vez, hijo. Quédate adentro. Me sentiré mejor sabiendo que estás a salvo."
Con los ojos llorosos, Legolas se lanzó a los brazos del rey.
"Ten cuidado, padre."
Riéndose suavemente, Thranduil asintió.
"Lo haré. Todo el ejército me estará vigilando."
Pero el ejército no evitará que Galdor te mate, pensó Legolas mientras se separaba de su padre a regañadientes. Entonces se dio la vuelta y volvió a entrar en el palacio. Linden se quedó al lado de su rey, y Thranduil lo miró de soslayo. Antes de que el rey pudiera hablar, Linden habló.
"Me necesitas más que Legolas, mi señor. Vigilaré tu espalda."
Thranduil no respondió, pero su amplia sonrisa mostró su gratitud.
Legolas, por su parte, no sabía a dónde ir. Caminó sin rumbo por el vestíbulo, hasta que al final entró en la gran sala de recepción en la que se habían refugiado las personas. Todo era un caos. Sin preocuparse por la incomodidad del duro suelo de mármol, la gente se había sentado en él, reconfortándose unos a otros. Las damas seguían llorando junto a sus maridos y los criados iban de un lado para otro, con bebidas y otras cosas.
Legolas se paseó entre ellos, consolándolos como podía, pero no encontraba palabras adecuadas para apaciguar su miedo. Por una vez, al ver el estado en el que se encontraban los demás, el príncipe perdió los nervios. Estaba abrumado al ver el dolor reflejado en sus caras.
A punto de perder el control, se precipitó hacia el exterior de la sala y corrió por las escaleras, pero no fue a su habitación, sino a la de Keldarion. Sin tocar, entró y cerró la puerta tras él.
Keldarion estaba sentado en el borde de su cama, equipado para la batalla y afilando su espada, pero detuvo lo que estaba haciendo cuando Legolas entró. Su hermano respiraba con dificultad y estaba pálido, pero Keldarion lo ignoró y todavía en silencio siguió con lo suyo.
Legolas respiró hondo varias veces, esperando a que su corazón se desacelerara. Un momento después, sin saber qué hacer o decir, fue a buscar el tablero de ajedrez y lo puso sobre la cama de su hermano.
"Um… ¿qué tal si acabamos la partida de anoche?" –preguntó, esperanzado.
"¿La partida? –Keldarion lo fulminó con la mirada-. ¡Gracias a esa partida tengo un maldito guardia en mi maldito balcón!"
Legolas se encogió y miró dicho balcón. Y sí, allí había un guardia en alerta total. Sin saber qué decir, se volvió otra vez hacia su hermano. Keldarion seguía con su espada, preparándose para la lucha. Conteniendo su miseria, Legolas recogió el tablero de ajedrez y volvió a ponerlo donde estaba. Entonces, sin decir nada más, se dio la vuelta y salió de la habitación en silencio.
Suspirando, Keldarion se detuvo. Soltó la piedra de afilar, sintiéndose el peor idiota del mundo. Entonces se levantó de la cama, cogió el tablero de ajedrez y salió de la habitación.
"¿A dónde fue mi hermano?" –le preguntó al guardia que estaba por fuera.
"Por allí, su alteza –señaló-. Creo que volvió a su habitación."
Tras darle las gracias, Keldarion empezó a caminar hacia la habitación de Legolas, con el tablero de ajedrez bajo el brazo. Cuatro guardias estaban de pie delante de la puerta de su hermano.
"¿Mi hermano está dentro?"
Los guardias se lo confirmaron. Tras tocar en la puerta, Keldarion entró, pero, para su asombro, no vio ninguna señal de su hermano menor. La cama estaba vacía, al igual que el asiento de la ventana y la silla del escritorio. Legolas no podía haber salido por el balcón, pues los dos guardias seguían allí vigilando y le dijeron que no había salido. Así que Legolas seguía adentro.
Y entonces Keldarion sintió la presencia de su hermano. Miró hacia el alto techo y sonrió cuando vio sus pies delgados colgando de una viga.
Debería haberlo sabido. Keldarion negó con la cabeza. A parte de la alta secuoya del jardín, este era el otro sitio favorito de Legolas para ocultarse cuando estaba de mal humor. Le gustaba subirse ahí cuando no quería que nadie presenciara su ira o su dolor.
Suspirando, Keldarion dejó el tablero de ajedrez sobre la cama de Legolas y luego dio un salto. Se subió sobre la cómoda, trepó por la pared y luego se dejó caer ágilmente sobre la ancha viga al lado de su hermano.
"¿Legolas?" –lo llamó, precavido. No podía ver la cara de su hermano, oculto en las sombras. Cuando el elfo más joven no respondió, Keldarion extendió la mano, lo sujetó de un hombro y le dio la vuelta con suavidad.
"¿Puedes mirarme, por favor?"
Legolas obedeció y se enfrentó a él. Keldarion sintió una punzada de dolor al ver sus ojos rojos e hinchados. Claramente había llorado.
"Oh, Legolas, lo siento tanto…"
El príncipe manyan sacudió la cabeza.
"No, soy yo… el que lo siente. No debería haber hecho lo de anoche. Me aproveché de tu cansancio para escaparme, fui un insensible. Comprendo tu enfado."
Apretándole el hombro, Keldarion dijo:
"Y yo entiendo lo que te motivó a hacer eso. Yo habría hecho lo mismo si estuviera en tu lugar."
Legolas levantó la mirada.
"¿En serio?"
Keldarion asintió.
"Creo que sí. Quiero detener a Galdor, no podemos dejar que juegue con nuestras vidas."
"Él… mató a tanta gente… -dijo Legolas, con la voz quebrada-. Tienen miedo."
"Lo sé. Estaba abajo cuando llegaron."
"Es mi culpa. Esto no habría pasado si Galdor me hubiera encontrado primero."
"¡No! ¡No digas eso! –exclamó Keldarion, mirándolo directamente a los ojos-. Galdor es el malo aquí, no tú. ¿Por qué tienes que cargar con toda la culpa? Eres tan inocente como todos. Tú no pediste ser un manyan, Legolas, no puedes evitar lo que eres."
Su hermano más joven se quedó un rato en silencio hasta que dijo:
"¿Sabes lo de la profecía?"
"Sí. Padre me lo contó esta mañana."
"Dice que voy a derrotar a Galdor. ¿Tú lo crees?"
Pensativo, Keldarion pasó un brazo por los hombros de Legolas y lo atrajo hacia él.
"No estoy seguro. Pero creo que eres más fuerte que él. Ni con el poder que pueda tener podrá aplastar tu espíritu."
Abrazando a su hermano, Legolas expresó lo que llevaba conteniendo todo el día.
"Kel… puede que suene patético, pero… tengo miedo."
"Yo también, hermano. Yo también –despeinándolo, Keldarion dijo-. Vamos. Bajemos de aquí ya –cuando su hermano vaciló, añadió-. Creo que tenemos una partida por terminar. Es tu turno."
Sonriendo con timidez, Legolas asintió.
"Está bien, juguemos al ajedrez. ¿Vas a dejarme ganar?"
Keldarion resopló.
"Claro que no."
Los dos príncipes bajaron del techo y se sentaron en la cama de Legolas, con el tablero de ajedrez entre ellos. No les tomó mucho tiempo para quedar inmersos en el juego, tanto que cuando se escuchó un gran trueno, los dos se asustaron tanto que dieron un grito.
"¡Hijo de un huargo! –maldijo Keldarion, llevándose una mano al pecho-. ¡Ese trueno me asustó!"
Palideciendo, Legolas fue hasta la ventana y miró al exterior. El cielo se había oscurecido. El sol estaba oculto tras unas enormes nubes negras y el viento era más fuerte de lo normal.
"Va a llover."
Keldarion también se puso en pie y fue hasta su hermano, frunciendo el ceño.
"Va a ser una lluvia muy fuerte."
Y entonces escucharon fuertes gritos que venían de la entrada principal del palacio. Legolas lo supo al instante, pues sus sentidos manyan se lo advertían. Horrorizado, se giró hacia su hermano, susurrando.
"Está aquí."
