Muchas gracias a los que habéis dejado review. Es de agradecer, esforzarse por terminar un capítulo, intentar hacer que todo cuadre, y escribir lo mejor que puedes y encontrarte con que la gente se ha molestado en escribirte un comentario. Muchas gracias, de verdad.
Lo segundo, pues decir que espero que os guste.
¿Hasta el próximo capítulo!
Capítulo dos.
Bajó con rapidez las escaleras. Dio un pequeño salto para evitar caerse al suelo, cuando tropezó con la punta del zapato contra el suelo. Estaba alterado, y confuso a la vez.
No entendía el comportamiento de Lisbon. No entendía por qué, después de besarle, había echado a correr, por qué había huido.
Lo podría entender si él se hubiera negado. Si la hubiera rechazado. Pero hizo todo lo contrario, continuó el beso gustosamente, puesto que había deseado aquello desde la primera vez que la vio.
Rozó con la yema de los dedos sus labios, y aceleró el paso inconscientemente.
Tenía que encontrarla.
Miró hacia atrás un par de vez para comprobar que no la seguía o, que al menos, no estaba muy cerca.
Le vio salir del edificio y mirar hacia ambos lados, en un intento por encontrarla. Buscó con rapidez algún lugar para esconderse y decidió colarse entre dos edificios. El hueco era pequeño, pero esa era su ventaja. Ella también lo era.
Observó cómo preguntaba a cualquier persona que pasara delante de él, si la habían visto. Para su desgracia, uno de ellos asintió con la cabeza y señaló en su dirección. Fue entonces cuando agradeció haber tenido la repentina idea de coger una de las sudaderas que había colgadas en el perchero situado a la entrada del ascensor del CBI, aunque sintió un poco de pena por el propietario, dado que no la recuperaría.
Con dificultad, puesto que el hueco en el que estaba escondida no era muy grande, se puso la ropa y se colocó la capucha para cubrirse a cara. Procuró taparse bien el pelo, de forma que no la pudiera reconocer.
Una vez estuvo lista, depositó sus manos en el amplio bolsillo de la sudadera y salió de su escondite, no sin antes asegurarse que Jane no podría verla.
Caminó despacio, sin levantar sospechas, cabizbaja. Notó como las lágrimas volvían a brotar de sus ojos, pero esta vez no se molestó en pararlas. Dejó que corrieran por sus mejillas libres, puesto que ella ya no lo era.
Miró hacia atrás inconscientemente y le vio. O mejor dicho, les vio.
Jane seguía buscándola con la mirada mientras hablaba con Rigsby, Van Pelt y Cho, quienes habían bajado al verles a los dos salir corriendo. Supuso que les estaría contando lo ocurrido, omitiendo la parte del beso y en pocos minutos, los cuatro estarían buscándola. Por esa razón, apresuró el paso.
Podía escabullirse de uno, pero no de todos.
Cuando estuvo lo suficientemente lejos del cuartel de CBI, palpó sus bolsillos con la intención de coger el móvil y llamar a sus hermanos.
"Mierda" gruñó. No le tenía. Debió dejárselo en su despacho cuando entró a primera hora de la mañana. Pero si regresaba, corría el peligro de que la vieran, y entonces no sabría cómo actuar.
Aun así, decidió arriesgarse. No podía irse sin despedirse de Tommy y de Annie.
Regresó con cautela, buscando con la mirada a sus compañeros. Encontró a Jane, buscándola por una de las calles paralelas al cuartel. Aprovechó el momento y, con rapidez, entró en el edificio. Cuando estuvo montada en el ascensor, suspiró tranquila. No la había visto.
O al menos eso creía ella. El asesor había entrado en el edificio instantes después que Lisbon y subió por las escaleras, para llegar antes que el ascensor.
Cuando las puertas se abrieron, su primer instinto fue mirar hacia ambos lados. Volvió a suspirar y salió de él a paso firme, en dirección hacia su despacho. Empujó la puerta, la cual emitió el ruido característico al que ya tan acostumbrada estaba y dejó que se cerrara sola, mientras buscaba con desesperación su móvil. No se fijó en Jane, quién había entrado en el despacho, apenas unos segundos antes que ella.
-¿Buscas esto? –Preguntó, con una sonrisa en la cara. Se había colocado justo delante de la puerta, para bloquearla el paso si intentaba volver a escapar.
-¡Mierda Jane! No me pegues esos sustos –Gruñó ella, sin saber muy bien como continuar la conversación –Devuélvemele –Exigió, tratando de robarle el aparato de las manos. Pero él tenía buenos reflejos.
-Antes, creo que me debes una explicación.
-¿Qué diablos…? –Dijo Rigsby sin terminar la pregunta, al ver a su jefa y al asesor subir las escaleras que dirigían al ático.
-¿Cuándo ha subido? Yo no la había visto –Intervino esta vez Van Pelt.
-En fin, dejémosles. Jane estaba muy alterado cuando nos ha contado que Lisbon había echado a correr. Supongo que tendrán que hablar, sobre algo importante –Cho dio su punto de vista, y los tres se dirigieron a sus respectivas mesas del despacho diáfano.
Nada más cruzar el umbral, oyó como Jane cerraba la puerta de golpe y, para su desgracia, la bloqueaba con un candado.
Estaba dispuesto a encerrarse con ella días, hasta que le contara todo.
El rubio se acercó a la mesa que había frente a las ventanas y se apoyó en ella, cruzando sus piernas, a la espera de que la morena hablara.
Él no iba a empezar la conversación.
-Jane, por favor. Devuélveme el móvil y déjame salir –Pidió.
-No. No hasta que me cuentas porque saliste corriendo.
-Eso no te importa.
-¡Pues claro que me importa! –Gritó, asustando en cierto modo a la mujer –Lisbon, sabes que puedes confiar en mí. ¿Qué ocurre?
-No ocurre nada. Es solo que… no sabía cómo reaccionarías –Se sinceró, o al menos lo hizo un poco. Si, era cierto que tenía miedo de la reacción del asesor, pero no podía contarle la verdadera razón.
-Teresa, no me mientas. No a mí. Hay algo más gordo que te ha impulsado a hacerlo.
-¿A hacer qué? ¿Besarte, o echar a correr? –Le preguntó, desafiándole. Estaba harta de su comportamiento.
-¡Besarme! ¡Y luego echar a correr! –Gritó de nuevo, perdiendo los papeles –Y no me vengas que con que temías por mi reacción, porque sabes desde hace tiempo cuales son mis sentimientos por ti.
-¿Qué sabía cuáles eran tus sentimientos por mí? ¡Oh venga ya! –Puestos a que habían empezado a sincerarse, por primera vez en más de diez años, decidió decirle todo lo que pensaba, aun sabiendo que eso le dolería –Jane, estas atrapado en el asesinato de tu mujer y tu hija. Llevas encerrado ahí desde que ocurrió. Te recibimos con los brazos abiertos, porque sabíamos que necesitabas ayuda. Y maldita sea mi corazón que me hizo enamorarme de ti. Pero tú siempre te has mostrando frío y distante, no confiabas en nosotros, ni siquiera confías ahora. ¿Y pretendes que supiera tus sentimientos por mí? ¿Cómo, por arte de magia? ¿O leyéndote la mente? Porque tú podrás, pero yo no –Le miró a los ojos y notó como una lágrima empezaba a resbalar por su mejilla.
Patrick, quien había escuchado todo con atención, se mantuvo inmóvil en el sitio. La ojiverde, al ver que el hombre no iba a decir nada, tomó su móvil de la mesa, dónde Jane le había dejado y extendió ligeramente la mano para que el asesor le diera las llaves del candado.
Pero este la agarró de la cintura y la atrajo hacia él, hasta quedar a pocos centímetros el uno del otro de tal forma que sus alientos se entremezclaban.
-Lo siento. Siento haber sido tan irracional, tan cerrado, tan escéptico. Es cierto que estoy atrapado en el asesinato de mi mujer y de mi hija, tú sabes mejor que nadie lo culpable que me siento de ello, pero aun así llevas razón. Debí confiar en vosotros. Pero créeme cuando digo que en la única por la que pondría mi mano en el fuego es por ti Teresa. Haría cualquier cosa por ti –Aquella era una declaración a lo más puro Patrick Jane. No había ningún te quiero, pero ella había comprendido el significado oculto de aquellas palabras.
Juntaron sus bocas, dejándose llevar. Se relajaron, se estremecieron juntos, y se desahogaron de todo lo que llevaban guardándose durante muchos años.
Él la apretó más, mientras ella entrelazaba sus manos detrás de su cuello, entreteniéndose con sus rizos. Ambos empezaron a moverse, como si de un baile se tratase, hacia la pequeña cama que había construido el asesor con el paso del tiempo. Era pequeña, algo incómoda, pero no les importaba. No ahora, que habían dado el paso.
Cuando las piernas de Lisbon se toparon con el borde de la cama, esta le tomó de la camisa y empezó a desabrochar los botones. Pero unas manos la detuvieron.
-¿Segura que quieres hacer esto? –La preguntó. Tenía la voz ronca por el deseo y la excitación. Sin embargo, tomó las manos de la mujer y la paró, para asegurarse de que ella también lo quería, que ella también le deseaba.
Sin embargo, no recibió palabras como contestación, sino un prolongado beso durante el cual, ambos se despojaron de sus ropas hasta quedar casi desnudos.
Sabían que después de aquello, no volverían a verse igual. No serían capaces de mirarse a los ojos sin recordar lo que en pocos segundos iba a ocurrir. Patrick se tomó su tiempo para tumbarla sobre el acolchado y colocarse encima de ella con suavidad. Recostó su propio peso sobre sus codos, que estaban apoyados en ambos lados de la almohada y empezó a recorrer el cuello de la mujer con besos. Besos que iban dejando su rastro por donde pasaban.
Fue entonces cuando se percató de la cicatriz que tenía la mujer entre sus dos pechos. Una cicatriz de un disparo. Y entre el estómago y el vientre tenía muchas cicatrices más. Diminutas, casi invisibles. Invisibles para gente normal, pero no para él. No para Patrick Jane.
La miró, preguntándola con los ojos. Ella se limitó a atrapas sus labios, intentando evitar esa conversación. No quería hablar de ello. O al menos, no ahora.
El asesor captó la indirecta rápidamente, y coló una de sus manos entre la espalda de la mujer y el colchón. Volvió a mirarla a los ojos, pero esta vez pidiéndola permiso para desabrochar el cierre de la prenda. Teresa le sonrió y llevo una de sus manos junto a la de Jane, y le ayudó a desabrocharlo, para comenzar a romper de una vez por todas, el muro que les separaba. Para fundirse en uno solo.
Descansaba la cabeza sobre el pecho de él, a la vez que subía y bajaba poco a poco debido a su respiración. Pensó en lo que acababa de ocurrir y sus mejillas se sonrojaron, mientras se repetía una y otra vez que aquella había sido la mejor despedida que podía tener. Mucho mejor de lo que ella hubiera planteado. Y desde luego, hacer el amor con Patrick Jane era algo increíble. Nada comparado con la cantidad de fantasías que había tenido con él, y que nunca admitiría haber tenido.
Pero su sonrisa desapareció enseguida al recordar que en pocas horas sería esclava de un asesino en serie. Intentó borrar aquel pensamiento de su mente, con la intención de aprovechar las últimas horas libres que la quedaban y enseguida sus hermanos invadieron su mente. Tenía que despedirse de ellos. Y quería hacerlo con calma. Sin embargo, irse de allí le suponía un reto, y más aún si su acompañante seguía despierto puesto que le preguntaría hasta que al final se lo sonsacara.
-Fue mi padre –Soltó de repente, sin saber muy bien por qué. Si era la última vez que iba a verle, quería serle sincero y demostrarle que confiaba en él, puesto que sería la primera persona que iba a saberlo, a excepción de sus hermanos –La cicatriz del pecho, y las otras que viste antes…
-No tienes que contármelo si no quieres –Susurró él, sabiendo que Lisbon odiaba hablar sobre esos temas. A decir verdad, no recordaba si alguna vez lo había hecho.
-Yo era pequeña, y mis hermanos lo eran más todavía –Continuó ella, ignorándole –Pero como hermana mayor sentía una gran responsabilidad. Con la muerte de mi madre, mi padre se volvió loco. Perdió el control. Un día llegué a casa del colegio. Llamé a Tommy y no contestaba. Oí un grito, venía de la habitación de mis padres. Subí rápido y me le encontré, quemándole con un cigarro. Me metí entre los dos y saqué a Tommy de ahí. Mi padre se quedó encerrado en su habitación mientras yo le curaba las heridas. Volví a la habitación de mi padre poco después y, en cuanto entré, me agarró el cuello con una de sus manos y me empujó contra la pared. Me estaba ahogando, a la vez que colocaba la punta del cigarro sobre mi piel. Yo intentaba soltarme pero no podía, tenía mucha más fuerza que yo –Su respiración se agitó a medida que contaba la historia. Era un recuerdo doloroso. Patrick lo sintió, y la aferró con sus brazos, intentado calmarla –No sé cómo reuní las fuerzas y le di una patada. Me soltó y arrojó el cigarro con fuerza contra el suelo. Yo estaba tirada en el suelo, intentando volver a respirar cuando oí un sonido y sentí un fuerte dolor en el pecho, segundos después volví a oír otro. Mi padre me había disparado y después se había pegado un tiro en la cabeza.
El hombre abrió los ojos al oírlo. Le había tomado por sorpresa. Sabía que el padre de Lisbon se había suicidado, pero nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad de que lo hubiera hecho delante de ella. Como no sabía que decir, la estrechó de nuevo entre sus brazos y depositó un ligero beso sobre su pelo. Lisbon sonrió para sí misma al notarlo y se rozó con las yemas de los dedos la cicatriz.
Miró por última vez aquel rostro que la provocaba tantas sonrisas, y de nuevo lo hizo. La sacó una de las pocas sonrisas que su cara reflejaría. Se abrochó el botón del vaquero y subió con delicadeza la pequeña cremallera. Después, empezó a abotonar su camisa y recogió del suelo la de él. Quería llevarse algo suyo, para tenerlo como recuerdo, para, de alguna forma, darle las fuerzas necesarias para aguantar. Se agitó ligeramente el pelo y se acercó a la cama improvisada donde descansaba Jane, aún dormido profundamente.
Se le veía feliz, tranquilo, en paz. Por primera vez en muchos años.
Le besó en los labios, intentando no despertarle y, tras mirarle por última vez, tomó la llave que abría el candado y salió del ático, no sin antes recoger su móvil también.
Bajó las escaleras con rapidez. Vio a sus compañeros en sus respectivas mesas, matando el tiempo como podían. Por suerte, no habían tenido ningun caso nuevo ese día, y había podido aprovecharle para despedirse.
-Bueno, ya me voy. Mucha suerte con todo. Os echaré de menos –no pudo evitar despedirse de ellos por última vez.
Sin esperar una contestación por su parte, comenzó a caminar de nuevo hacia el ascensor. Oyó a Van Pelt llamarla, y las palabras que compartían Cho y Rigsby respecto a su extraño comportamiento, pero las ignoro. Entró en el ascensor y pulsó el botón que llevaba a la planta baja, mientras tomaba su móvil y marcaba el número de su hermano.
Pero para su desgracia, no fue la verdadera voz de su hermano quien la habló, sino el contestador automático. Colgó de inmediato, frustrada. ¿Por qué todo tenía que salirla mal? Pero enseguida volvió a marcarle. Quería despedirse de él, aunque fuese por un mensaje.
Abrió la puerta de su apartamento, sabiendo que su vida había llegado a su fin. Notó su móvil vibrar, por quinceava vez desde que se había marchado de las oficinas del CBI. Lo sacó de su bolsillo y comprobó que era Jane. Se resistió a contestar y musitó un ligero "hago esto para salvarte". Tiró las llaves encima del mueble que había en la entrada y cerró la puerta con la pierna. Se acercó a oscuras al interruptor y con un pequeño toque, el apartamento de iluminó por completo, dejándola ver al hombre que había sentado en su sofá.
-Eres bastante puntual. Eso me gusta –se levantó y se acercó a ella –Me he tomado la libertad de hacer una pequeña maleta por ti. Supuse que llegarías tarde y no podemos perder mucho tiempo.
-¿A dónde vamos? –se atrevió a preguntar, algo asqueada al pensar que alguien había husmeado entre su ropa interior.
-A mi casa. Seguro que la encantará –sonrió fríamente, y agarró a la agente del brazo, para sacarla fuera.
-¿Puedo coger una cosa antes de irnos? –no quería marcharse sin tenerlo. Era lo único que tenía en su apartamento que tuviera algo de valor sentimental para ella.
-Claro. Pero date prisa.
Entró con decisión en la casa. Era bastante bonita; demasiado, para vivir sólo un hombre. La entrada era amplia, luminosa, con varios cuadros colgados de las paredes y una enorme puerta a la derecha, la que supuso que guardaba un perchero. Apenas dio cinco pasos, cuando se encontró con el salón/comedor. También era grande, y muy bien amueblado. Una pequeña isla lo dividía de la cocina, en la cual había varios taburetes. Observó el lugar con detenimiento, percatándose de varios objetos que no cuadraban con su personalidad. Varios esmaltes de uñas descansaban sobre la mesa de cristal del salón, junto a una especia de bloc abierto por un hermoso dibujo. Mientras que en la cocina, todos los cacharros estaban ordenados. Algo que no solía ocurrir cuando un hombre se encargaba de la casa.
El ruido de los pasos del hombre la sacó de sus pensamientos. Le siguió y subieron unas escaleras que daban a un largo pasillo que tenía puertas a ambos lados. Le recorrieron prácticamente entero y entraron en penúltima puerta que había a la izquierda.
-A partir de ahora, está será tu habitación. Me voy para que puedas colocar tus cosas y acomodarte. Si necesitas algo, avísame –dijo, con la intención de abandonar a Lisbon y salir de la habitación. Pero una voz le interrumpió y llamó su atención.
-Papá, ¿Has visto mis lápices de colores? Les he estado buscando y no los encuentro –dijo una joven, asomando la cabeza por la puerta –Oh vaya, tenemos visita. Siento haber interrumpido.
La mujer era dulce. Tenía la cabeza redonda y era algo pálida. Pero lo que comenzó a activar las sospechas de Lisbon fueron los hermosos rizos rubios que tenía y sus ojos azules. Exactamente iguales a los de Jane.
-No te preocupes Charlotte. Te presento a Teresa Lisbon. Se quedará con nosotros un tiempo, espero que no te importe.
-Encantada de conocerte. Yo soy Charlotte Haffner. Su hija. ¿Estás aquí por trabajo? –Preguntó curiosa.
-Si claro, supongo que sí –Contestó Teresa, aun conmocionada por lo que estaba ocurriendo -¿Puedo hacerte una pregunta?
-Claro.
-¿Cuántos años tienes? –La preguntó. Quería confirmar lo que se temía que ya sabía, saber si estaba en lo cierto.
-Acabo de cumplir dieciocho. ¿Por qué? –Contestó la joven, sin entender la pregunta.
-Nada, curiosidad –Un nudo se formó en su estómago. Tenía razón.
-Cariño, creo que están en mi despacho. Si no recuerdo mal los dejaste ahí el otro día –Interrumpió él.
-¡Es cierto! –Exclamó la rubia, y marchó en busca de sus lápices.
Ray Haffner se acercó a la agente, despacio. Se quedó a pocos centímetros de ella y susurró:
-Veo que has sacado tus propias conclusiones. Y he de admitir que has sido muy lista y que llevas razón. Soy cruel, pero no tanto como para matar a una criatura de cinco años. En su lugar, me las apañé para hacerlo parecer y me la llevé. El efecto ha sido el mismo que si la hubiera matado. Patrick ha sufrido lo mismo, y yo he ganado una preciosa hija. ¿No es genial? –Sonrió –Por cierto, evidentemente, ella no lo sabe. Así que no te conviene mencionar el tema.
Y tras esas palabras, John el Rojo abandonó la sala.
Pero lo peor de todo era que ella tenía razón. Acababa de tener delante a la hija de Patrick Jane.
