Pues aquí os traigo otro pequeño capítulo. Sí, se que es más corto que el anterior, pero decidí cortarlo ahí porque me parecía una parte interesante.
Espero que os guste
Un beso enorme, y que disfrutéis.
Capítulo tres.
Recostada sobre la cama, Teresa Lisbon miraba hacia la pared que había en frente de ella. Sus ojos empezaron a aguarse, y una pregunta empezó a rondar su cabeza.
¿Por qué tenía que pasarla esto?
Agarró con fuerza las sábanas que cubrían su cuerpo desnudo y, ahora, lleno de moratones y se tapó la cabeza, colocándose boca abajo sobre el colchón.
Enseguida su labio y su mejilla izquierda empezaron a protestar y tuvo que levantar ligeramente el rosto. Se rozó con la yema de los dedos el labio y sintió un dolor punzante. A su vez, repitió el mismo proceso con su mejilla y enseguida volvió a sentir dolor. Suspiró frustrada.
Al menos, Charlotte estaba bien.
Recogió el sujetador y su ropa interior del suelo y se los puso con cuidado, intentando no rozarse los moratones, lo que era casi una misión imposible.
Oyó como alguien llamaba a la puerta, pidiendo permiso para entrar. Un miedo la inundó, pensando que era él, y se apresuró a tomar la camisa que le había quitado a Jane dos meses atrás, cuando lo vio por última vez y colocársela para taparse con ella.
-Adelante –Susurró.
Pero para su sorpresa, no fue él quien entró, sino la joven Charlotte.
Cabizbaja, la rubia cruzó el umbral de la puerta y se acercó a la agente. No se atrevía a mirarla a la cara. No después de lo ocurrido por su culpa.
-Lo siento –musitó, con lágrimas corriendo por sus mejillas –No quería que pasara esto, no quería que te hiciera nada. Ni siquiera debía de estar escuchando… todo es culpa mía –rompió a llorar, acurrucándose en el suelo, agarrada a sus piernas.
Al verla así, frágil e indefensa, Lisbon se agachó y con delicadeza posó una mano sobre su hombro.
-No es culpa tuya así que no te tortures ¿vale? Además ya me lo avisó. Debí estar callada y no lo hice. La culpa es mía.
Agarró con delicadeza las manos de la chica, y la ayudó a levantarse, para luego abrazarla por inercia. Notó como Charlotte miraba sus heridas.
-Tú estás bien ¿no? Déjame ver tus muñecas, ¿te han hecho daño?
-No, simplemente me han marcado un poco, pero… -miró a ambos lados, queriéndose asegurar de que no las estaba escuchando –Tengo miedo. No sabía que era eso, no sabía que era así. Llevo conviviendo con un asesino en serie, al que he tratado como a mi padre, y quién mató a mi madre y me separó de mi verdadero padre.
-No tengas miedo. Te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para protegerte.
-¿Por qué haces esto? No creo que me hayas cogido tanto cariño en solo dos meses, como para acceder a… -se frenó de inmediato. Sabía los traumas que una mujer sufría después de una violación.
-Puedes decirlo, como para acceder a acostarme con él solo para qué no te hiciera nada –se rio con cierto toque sarcástico – Supongo que porque conozco a tu padre.
Se dirigió a la cama de nuevo, y se sentó en el extremo, haciendo un pequeño gesto a la rubia para que la acompañara.
-¿Le conoces? –preguntó, con una sonrisa en la cara.
-Sí, desde hace muchos años –Suspiró.
-Y estás enamorada de él ¿No es así?
Lisbon abrió los ojos por completo. Por lo visto, Charlotte había heredado bastantes cosas de su padre.
-Me temo que sí. ¿Cómo lo has sabido?
Charlotte se encogió de hombros.
- Has arriesgado tu vida por él, viniendo hasta aquí porque supongo que no habrás venido por trabajo – Teresa miró a la joven y recordó la conversación que tuvieron el primer día que se conocieron –sino que has accedido a hacer lo que él quiera, para mantenerme a mí a salvo –esperó unos segundos, para ver si la agente decía algo, pero no lo hizo. –Parece ser que conoces más tu de mi verdadera vida que yo, así que, por favor, cuéntame todo lo que sepas de mi padre, y de mí.
Lisbon pensó si sería buena idea contarla todo, pero ante la súplica de la chica, sonrió y empezó a contarle todo lo ocurrido desde que le conoció, incluido quien era ella, y que pintaba John el Rojo con todo ello.
Unas horas antes…
Con un dolor de cabeza inigualable, se levantó de la cama y se puso la camisa de Jane por encima. Asomó la cabeza por la puerta y, al comprobar que no había nadie, salió en dirección al cuarto de baño.
Una vez allí, se colocó enfrente del espejo y se deshizo de la camisa. Tan solo su ropa interior y las decenas de moratones que tenía cubrían su cuerpo desnudo. Se pasó la mano por encima de cada uno de ellos, y recordó las tantas palizas que Haffner la había dado, cuando ella se negaba a hacer algo que él quería. Pero entre las palizas, y las amenazas que la hacía, alegando que iba a matar a Jane, siempre acababa desistiendo.
Apoyó sus manos con fuerza en el lavabo y apretó hasta sentir dolor. Suspiró frustrada y volvió a mirarse en el espejo. Por suerte, solo había recibido puñetazos en su cuerpo, y no en la cara.
Abrió el grifo a la vez que le giraba a la derecha del todo para que saliera el agua fría, y colocó sus manos en forma de cuenco bajo el chorro que salía. Se lanzó el agua a la cara y repitió el proceso varias veces, con la intención de dejar de llorar. Cada día que pasaba, se volvía más vulnerable y sabía que si seguía así, las cosas no iban a acabar bien.
Una vez satisfecha, puesto que su llanto había parado, salió del cuarto y se dirigió a su habitación. Buscó sus vaqueros y se los puso, sintiendo un poco de dolor debido al roce con los moratones, pero no se quejó, ni siquiera hizo una ligera mueca, ya estaba acostumbrada. Metió el extremo de la camisa por dentro del pantalón y abrochó el botón de este último.
Se acercó a la mesilla de noche que había próxima a la cama y miró el reloj del despertador. Las once y media. Charlotte estaría en la universidad. Estaba sola con Haffner.
Cuando la joven estaba presente, Ray se limitaba a tratarla con respeto, dado que la mentira que le había dado a la chica era que ella estaba allí por trabajo; pero cuando no estaba, recibía palizas, insultos o incluso amenazas. Y tenía miedo. Mucho miedo.
Respiró hondo y salió de la habitación. Con un poco de suerte, el hombre no estaría en casa. Se dirigió a la cocina, dispuesta a comer algo; cosa que no hacía muy a menudo desde que estaba allí encerrada. Sus piernas empezaron a temblar a medida que se acercaba a la sala, pero se obligó a sí misma a tranquilizarse.
Sonrió al comprobar que no estaba y, con un poco más de alegría, comenzó a prepararse su desayuno.
Ya sentada en la mesa, tomó el mando a distancia y puso las noticias. Su cara ocupó casi toda la pantalla mientras que varios titulares permanecían quietos, a la vez que la presentadora hablaba.
"Dos meses hacen ya, desde que la agente de la Brigada Criminal de California, Teresa Lisbon, desapareció sin dejar rastro. Varias fuentes aseguran que John el Rojo, asesino en serie al que llevaban persiguiendo desde muchos años y culpable de la muerte de la mujer e hija de uno de los conocidos de la mujer, tiene algo que ver. Los componentes de su equipo, los agentes Kimbal Cho, Wayne Rigsby y Grace Van Pelt se niegan a hablar con nosotros, mientras que el asesor de la brigada, Patrick Jane, sigue sin salir del ático del edificio, dónde se encerró al saber lo ocurrido.
Pocos son los avances que han hecho en la investigación durante este tiempo, alega Gale Bertram, director de la brigada, pero que no se darán por vencidos hasta que la encuentren.
Seguiremos informando desde la entrada del cuartel general del CBI, en cuanto tengamos noticias nuevas."
Un destelló apagó la tele, y a su vez todos los relojes y aparatos conectados a la corriente eléctrica se apagaron de golpe. Se había ido la luz. Soltó una leve carcajada, al pensar que el destino la había ahorrado tomar el mando de nuevo, pero una voz a su espalda la sorprendió.
-Buenos días Teresa, ¿Qué tal has dormido?
-Dado que estoy encerrada en este sitio, y he de obedecer a todo lo que dices porque si no recibo una paliza…No he dormido mal, gracias.
-Veo que tu cariño hacia mí aumenta cada día –Soltó una carcajada.
Lisbon apartó la mirada asqueada. Pero una mano la obligó a volver a su posición.
-Sabes lo mucho que odio que hagas eso. ¿De verdad quieres que empiece de nuevo? –Señaló su brazo, donde un moratón se veía sin necesidad de fijarse. –Eso está mucho mejor –Susurró al verla sonreír.
Durante sus dos meses allí, había acabado aprendiendo a la fuerza muchas cosas que al final, de alguna forma u otra, la protegían de posteriores incidentes. Como lo era sonreír, cuando la estaba mirando.
Pero había muchas cosas que seguían rondando su mente, y necesitaba saberlas.
-¿Por qué?
-¿Por qué, qué?
-¿Por qué la has mentido todos estos años? ¿No hubiera sido mejor que la contaras la verdad?
-Creo que serás capaz de contestarte a ti misma esa pregunta.
-Pues yo creo que no –Sabía las consecuencias que tenía enfrentarse a él, plantarle cara, y enseguida notó como la levantaba con fuerza de la silla y la empujaba contra la pared, para después utilizarla para aprisionarla entre ella y su cuerpo. A su vez, notó un fuerte dolor en su mejilla izquierda, y en su labio. Acababa de abofetearla, rompiéndola el labio.
-¿Crees de verdad, que nuestra querida Charlotte habría entendido que maté a su madre sin piedad y fingí su propia muerte para torturar a su padre, quien se burló de mí en un programa de televisión, y que mato a mucha más gente solo por diversión, mientras que el iluso de su padre intenta encontrarme, y que cada día que pasa desiste poco a poco, al saber que me llevé a lo único que le quedaba en esta vida? ¿De verdad lo crees, Teresa? –Había colocado una de sus manos en el cuello de la mujer, a la vez que llevaba la otra mano a su cara, para acariciar con dulzura su mejilla herida.
Pero ocurrió lo inesperado. Una voz rota musitó unas palabras, mientras Lisbon cerraba los ojos, sabiendo lo que se la iba a venir encima.
-¿Es eso cierto? ¿Mataste a mi madre y simulaste mi muerte, para separarme de mi verdadero padre? ¡¿Eres…eres un asesino?!
Charlotte acababa de entrar por la puerta de la cocina, cuando observó la escena que tenía delante. Su hasta ahora padre tenía agarrada a Lisbon contra la pared, pero lo peor de todo fue oír la conversación, en la cual, el hombre que tenía enfrente admitía un montón de cosas, que ella ni siquiera imaginaba. Su voz sonaba rota, angustiada, y echó a correr hacia la calle en cuanto recapacitó. Tenía enfrente al asesino enserie, conocido como John el Rojo, que mató a su madre y torturó psicologicamente a su padre, y con el que había convivido casi toda su vida.
-¡No! ¡Suéltame!
Lisbon oía gritar a la joven desde la cocina. En cuanto echó a correr, Haffner salió tras ella y supuso que la habría cogido. Intentó levantarse pero la era inútil. Apenas tenía fuerzas y eso, sumado a que casi no podía respirar por la mano que había tenido colocada en su garganta hasta hace apenas unos segundos, no se lo facilitaba.
Les vio entrar por la puerta. Él cargaba con ella con sus brazos, a la vez que tapaba su boca para evitar los chillidos. La dejó en el suelo cuando cruzaron la puerta y la cerró con llave, apresurándose a sacar el arma de su funda, que tenía agarrada en el cinturón del traje.
-Ni se te ocurra –La apuntó con ella, y Charlotte se estremeció, dejando caer al suelo las llaves que había sacado de su bolsillo derecho –y tú… todo esto es por tu culpa. Te dije que estuvieras callada. ¡Te lo dije! –gritó, estaba perdiendo los nervios.
-En realidad, has sido tú quien lo ha dicho –musitó, todavía sin fuerzas.
-¿De verdad quieres seguir? ¡Eh! ¿Quieres que acabe contigo? O mejor aún, ¿Qué acabe con ella –señaló a la joven – y con su padre? Así morirá la familia al completo, y tú serás responsable.
-No, por favor –pidió, levantándose del suelo a duras penas –prometo hacer todo lo que quieras. Absolutamente todo. Pero no les hagas nada, no la hagas nada.
Volvió a sentir de golpe la pared contra su espalda, pero esta vez estaba acompañado de una presión sobre sus labios, y unas leves caricias en su entrepierna.
-Todo lo que quiera –Dijo con la voz ronca. Se acercó a Charlotte y la tomó de la mano.
La acercó a uno de los radiadores y la esposó a él, para después tomar de nuevo a Lisbon y guiarla hacia su dormitorio.
