¡Hola a todos! Bueno, pues aquí os traigo otro capítulo. A partir de ahora, prometo que las cosas irán mejorando poquito a poquito (aunque eso no quiere decir que siempre sea todo feliz, que todavía habrá algún que otro bache).
Me gustaría aclarar una cosa, para evitar futuras confusiones. Para separar cuando narro los pensamientos de uno de los personajes de los de otro, o para separar cuando hay cambios de tiempo, pongo una línea divisoria y la primera letra un poco más grande y en negrita. En un principio me limitaba a poner un espacio más, pero por lo visto la página se encarga de borrarlo automáticamente.
La canción que se menciona en este capítulo se llama "High" de Lighthouse. Si, lo sé, he nombrado tanto el título como el autor en el texto pero aún así lo pongo aquí. Me gustaría que leyeseis el capítulo con la canción de fondo, es muy bonita. También hay una parte en la que Jane "canta" los primeros versos de la canción. Mi intención era que lo que decía la canción influyera al leerlo por eso lo puse en español, para que todos lo entendieran. Pero en realidad la canción es en inglés, por si alguien decide no escucharla.
UN BESO Y GRACIAS DE ANTEMANO POR LEER.
(PD: por si a alguien le interesa, no, no gané el concurso. Pero tengo un razonamiento para ello. No gané porque soy tan buena que el jurado temía que les quitara el puesto. Y sí, tengo mucha autoestima.)
Capítulo seis.
Giró con delicadeza la ruleta y notó como la alta música invadía sus oídos. Sonrió para sus adentros y pasó su mano por el pelo para apartárselo de la cara. Dio otro trago de la botella que sujetaba y sintió su garganta quemar.
El alcohol la hacía olvidar y eso era justo lo que necesitaba. Olvidar todo. Su cabeza comenzaba a dar vueltas, sus pies se movían por la sala con bastante agilidad y su voz cantando la letra de la canción llenaba todos los huecos de la sala. Era un momento perfecto. Y más aún, ya que vestía su amplia camiseta azul con rayas naranjas y blancas en el borde y en las mangas, y su nombre junto al número 99 resaltaban en la espalda. Todo era perfecto.
Sentía que estaba sobre una nube, una preciosa y amplia nube donde ella flotaba sin preocuparse por nada. Sonrió y siguió bailando mientras se dirigía al cuarto de baño. Se miró en el espejo y se colocó el pelo con ambas manos, dejando antes la botella de alcohol sobre el retrete. Una vez contenta con su aspecto tiró ligeramente de uno de los extremos del espejo que se abrió dejando lugar a un pequeño pero espacioso armario. Miró detenidamente el contenido de este y cogió uno de los frascos sin preocuparse por lo que había en el interior.
Volvió a la sala principal del apartamento, no sin antes recoger la botella, y se acercó a la mesa que había junto al reproductor de música. Abrió el frasco y vertió todas las pastillas, observándolas intrigada. No sabía que eran, pero no la importaba.
Tomó una de ellas y la colocó en su palma de la mano. Blanca y verde. Refunfuñó. Si el blanco fuera negro, sería perfecta. Porque ella quería todo perfecto y esos colores eran sus favoritos. Se encogió de hombros sabiendo que no podía hacer nada e introdujo la pastilla en su boca para después, dar otro trago a la bebida y así facilitar el transcurso de la pastilla por su garganta.
Esperó unos minutos, pero la pastilla no hacía efecto. El reproductor de música decidió poner High, de Lighthouse y notó como lágrimas recorrían sus mejillas. Agarró con fuerza un puñado de pastillas y se acurrucó en una de las esquinas de la habitación. Una a una, fue tragándose todas con la ayuda del alcohol, mientras imágenes de su madre recorrían su mente. Aquella era su canción favorita. Y también la suya propia precisamente por eso, porque la recordaba a su madre.
Su vista comenzó a nublarse mientras las notas de la canción se introducían en su mente. Sentía que iba a explotar, su cabeza parecía un tambor. Cerró los ojos con fuerza e hizo un movimiento rápido con la cabeza, de un lado a otro intentando parar el dolor. Intentando olvidar. Oyó como alguien daba golpes a su puerta y poco después la abrían sin necesidad de forzar la cerradura. Enseguida supo quiénes eran y poco después lo afirmó al ver sus rostros. Su cuerpo daba espasmos, mientras el hombre que había a su lado la tendía con delicadeza en el suelo. Intentó alejarse, su cuerpo rehuía de él. Pero, sin darse cuenta, todo se volvió negro. Muy negro.
La lluvia caía incesante, sin embargo, no era una tormenta fuerte. Algunas gotas golpeaban el cristal lo que provocaba un sonoro ruido. Un sonido acompasado. Aprovechó ese sonido y, utilizando sus dotes de cuando era médium, se obligó a tranquilizarse. Miró a través de la ventana. Estaban en un sexto piso lo que le proporcionaba una amplia vista de los alrededores.
Pero ahora eso era lo que menos le importaba. Se acercó a la cama donde Lisbon descansaba, dormida plácidamente. O al menos eso le parecía a él, porque no mostraba ningún gesto contrario en su cara. Incluso se atrevería a decir que una ligera sonrisa se intentaba escapar de sus labios.
Suspiró, acercándose más a ella todavía. Se recostó ligeramente y acarició una de sus mejillas para después, depositar un beso en su frente.
Unos golpecitos le sacaron de sus pensamientos. Miró hacia la puerta, separándose de la mujer muy a su pesar. Por ella, una joven dejaba verse, armada con dos refrescos.
-No tenían té, así que te traje esto –susurró.
-Gracias cielo –susurró él también y se acercó a su hija. Tomó la lata que le correspondía y pasó uno de sus brazos por sus hombros para atraerla hacia su cuerpo. Charlotte agradeció el gesto y entrelazó sus manos detrás de la espalda de su padre. Éste, besó su cabeza.
-Deberías ir a casa. Mañana tienes clase.
-Ya, pero no creo que pueda dormir. Y mucho menos concentrarme mientras "el babas" nos da su discurso diario. Quiero estar aquí –sentenció y él no puso ninguna pega. Ya era mayorcita, podía hacer lo que quisiese -¿Qué te dijo el médico?
-La han hecho un lavado de estómago. Por suerte las pastillas que se tomó no eran muy fuertes.
-¿Y los espasmos que la daban cuando llegamos?
-Algunas de las pastillas ya la habían hecho efecto, otras no. Quien sabe cuántas se habrá tomado…
Suspiró de nuevo, esta vez acompañado por el de ella. Ambos miraban a la mujer con cara entristecida; ambos sintiéndose culpables. El hombre se deshizo del abrazo y acercó una de los sillones que había en la habitación hacia ellos. Por suerte, eran los únicos ocupantes y disponían de los tres sillones que había allí, dos de ellos con reposapiés. Charlotte se sentó en uno de ellos y Jane le tendió una manta. Volvió a besar su pelo y susurró:
-Descansa, necesitas dormir. Mañana te acercaré a la universidad, cuando la charla de "el babas" haya pasado –repitió las palabras que su hija dijo antes, colocando sus dedos en forma de comillas al decir el apodo con el que la joven llamaba a uno de sus profesores.
Charlotte se acurrucó en el sillón y cubrió todo su cuerpo con la manta. Sonrió al oír a su padre. Sabía que no iba a permitir que se perdiera muchas clases. Estaban en la recta final del curso y necesitaba asistir a clase para conseguir buenas notas, cosa que no la resultaba muy difícil.
-¿Te vas a quedar más rato despierto? –preguntó, cerrando los ojos.
-No creo que duerma nada en toda la noche –admitió, arrimándose de nuevo a la ventana.
-Buenas noches Papá.
-Buenas noches Charlotte –contestó él, sabiendo que su hija se había resistido a protestar respecto a la noche que le esperaba.
Ya había pasado un mes desde que las encontraron en aquel apartamento, abrazadas la una a la otra, mientras el cuerpo de Ray Haffner yacía sobre el suelo. Desde entonces, él se había encargado personalmente del cuidado de Lisbon, junto con la ayuda de Charlotte, dado que la mujer le evitaba muchas veces. Y no la criticaba por eso, sino todo lo contrario. La entendía y comprendía. Por eso permitía que su hija le ayudara, porque ella podía hacer cosas que él no podía, y más aún después de haber pasado por la tortura juntas.
Se sostuvo a dar un fuerte puñetazo sobre la repisa de la ventana para no despertar a Charlotte, quien había caído rápidamente en un profundo sueño. En su lugar, mordió uno de sus nudillos para descargar toda su ira y, cuando se quiso dar cuenta, pequeñas gotas de sangre brotaban de él.
Se maldijo a si mismo por aceptar esa misma mañana lo que la mujer le pidió. Pero Lisbon parecía mucho más tranquila, como si hubiera superado en cierto modo lo que la había ocurrido. Así que accedió a llevarla a su apartamento y no estar todo el día pendiente de ella. Aunque en mayor parte era su hija quien lo hacía y no él, por razones obvias. Y agradeció a su vez, que Charlotte insistiera en hacerla una visita por la noche, para comprobar que todo iba bien. Sino, quien sabe lo que hubiera podido ocurrirla.
Metió la mano en su bolsillo derecho del pantalón del traje y sacó su llavero. Separó la llave del apartamento de Teresa y la besó. Por suerte, hacía ya unas semanas, se le ocurrió hacer una copia por si algún día necesitaba usarla. Aun así, tampoco le hubiera sido necesaria. Habría derribado la puerta en caso de urgencia.
Respiró hondo, sintiendo un nudo en su garganta. Sin embargo, un ritmo apareció de repente en su cabeza, y sin evitarlo, comenzó a tatarear la canción que estaba sonando en el apartamento de Lisbon cuando entraron, tan solo unas horas antes.
-Cuando estés a punto de llorar recuerda, algún día todo esto pasará. Un día vamos a llegar muy alto.
A medida que cantaba la canción, en apenas un susurro para no despertarlas, las palabras se grababan en su cabeza y sonreía. Esa canción, esas palabras, le daban fuerzas. Porque era exactamente por lo que estaban pasando.
-Aunque ahora está todo más oscuro que en diciembre, nuestro futuro tiene un color diferente. Un día vamos a llegar muy alto…
Escuchaba sin necesidad de prestar atención la conversación que Jane mantenía con los médicos. En ese momento, habría agradecido tener a Charlotte a su lado, para darla fuerzas. Pero sabía que no servían de nada. Querían que viera a un psicólogo, y no la extrañaba que pensaran eso, después del numerito que montó anoche. Tan solo recordaba ciertas partes y esperaba no recordar las demás, si eran peores que esas. Cabizbaja, intentaba mentalizarse así misma que ir al psicólogo la ayudaría a superarlo, que era justo lo que quería. Pero tenía miedo. Miedo de que fuera igual que el último al que asistió, miedo a que se acercara a ella, miedo a que abusara de ella. Miedo a que las cosas acabaran peores que como estaban ahora.
Sintió los pasos que se acercaban a ella pero no se atrevió a levantar la vista. Sentía vergüenza de sí misma por su comportamiento aquella noche. Era incapaz de mirarles a la cara. Patrick se acuclilló enfrente, apoyando una de sus manos en el suelo para mantener el equilibrio. Ella desvió la vista a un lado, para evitar encontrarse con su mirada. Pero una mano se lo impidió, colocando de nuevo su cara frente a la de él.
-No pasa nada ¿vale?
Jane había agarrado con dulzura su barbilla para obligarla a mirarle. Una oleada de sentimientos recorrió su cuerpo. Unos de amor por el hombre que tenía a su lado, otros de miedo pensando que él también se aprovecharía de ella. Sin embargo, los primeros cada vez eran más fuertes con él, pero no con otros hombres.
-¡Pues claro que pasa! –gritó, apartando con fuerza la mano. Toda la gente de alrededor se les quedó mirando, asustados por el grito de la mujer –yo… yo… -susurró.
Rompió a llorar. Jane la obligó a levantarse y la acurrucó entre sus brazos, mientras intentaba calmarla con palabras tranquilizadoras en su oído.
Con el paso de los días, la relación entre Jane y ella había mejorado considerablemente. Ya no le repelía, ni le mantenía a varios metros de distancia. Durante los primeros días sí que lo hizo, y él aguantó paciente. Poco a poco, superó sus miedos interiores y permitió el contacto con el hombre, pero solo hasta cierto punto. Solo podía soportar que la abrazara, o que la tomara de la mano. Nada más. Porque eso era lo que Haffner no había hecho. Nunca la había abrazado con cariño, ni tomado su mano con dulzura como lo hacía Jane y se alegró por ello porque si no, las cosas ahora irían mucho peor.
Notó como una mano se entrelazaba con la suya. Levantó la vista y le miró a los ojos. Le sonreía, de esa manera que la derretía el corazón. Y es que a pesar de haber pasado por un trauma como ese, su amor por Patrick Jane no había disminuido una sola décima. Es más, había aumentado.
-Vamos a casa –dijo él, con suavidad. La abrazó otra vez y ella apoyó su cabeza en su pecho.
-Vamos a casa –repitió ella con una sonrisa en la cara.
Por mucho que la costara, había tomado una decisión. Iría al psicólogo. Pero no por ella misma, sino por él. Porque le amaba.
