Nuevo capítulo.

Espero que os guste.

¡Besos desde España!


Capítulo siete.

Miró el llamativo reloj que había colocado a uno de los extremos del televisor, por décima vez aquella noche. Giró su cuerpo, ligeramente adormecido, para colocarse mirando al techo. Se quedó observando las estrellas que brillaban pegadas a él y sonrió al recordar cuando, años atrás, Tommy y ella decidieron ponerlas para que, la entonces pequeña Annie, durmiera tranquila. Volvió a mirar el reloj, con la esperanza de que los números avanzasen. Pero eso no ocurría. Eran las cuatro y media de la mañana y no podía conciliar el sueño.

En apenas unas horas, tenía cita con el psicólogo. Después del numerito que montó, con el cual acabó en el hospital, y al ver la cara de preocupación y culpabilidad en el rostro de Jane, decidió buscar ayuda. Ella misma sabía que había mejorado desde que la encontraron. Y que había mejorado mucho. Al principio repelía a cualquier hombre, incluso a las mujeres. No permitía que nadie se acercara a ella, exceptuando a Charlotte. Poco a poco, y al convivir con Patrick, quien decidió mudarse junto con Charlotte al apartamento de Lisbon para vigilarla, su relación fue mejorando. Primero unos leves roces, después unas caricias, mientras el asesor estaba atento a cada reacción que hacía. Todo ello logró hacer que la mujer superara en cierto modo sus miedos y le dejara acerarse más y más. Ahora, un mes después, y gracias a su fuerza de voluntad, permitía que Jane se acercara a ella, que la abrazara o que, incluso, la tomara de la mano.

Suspiró. Apartó las sábanas y, vestida únicamente con la camisa de Jane, aquella que le robó antes de quedarse a merced de Haffner, se dirigió a la cocina en busca de un café. Procuró no hacer mucho ruido. En vez de encender la cafetera, se conformó con abrir un armario y tomar un pequeño sobre en el que había escrito con letras mayúsculas: Café con Leche y azúcar, sabor suave. Sacó también una taza decorada por el exterior y el brik de leche de la cocina. Cuando tuvo la taza llena, se dirigió hacia el microondas para calentarla, pero enseguida se dio la vuelta y se agachó para sacar una pequeña cacerola. Si lo calentaba en el fuego, haría menos ruido. Ajustó el fuego y, con paso firme pero delicado, se dirigió a su dormitorio, dónde desde hacía un mes, Patrick Jane pasaba las noches.

Lisbon le ofreció su cuarto cuando llegaron. Se encargó de vaciar un par de cajones y de hacerle un hueco en su armario para que guardara su ropa. Ella se instaló en el cuarto reservado para su sobrina, en una cama pequeña. En un principio, él se negó alegando que era su apartamento y que se conformaría con el sofá pero, ante la insistencia de la agente, acabó aceptando.

Apoyó el costado derecho de su cuerpo en el marco de la puerta, quedando frente a la cama de matrimonio. Sobre ella, podía observar la maravillosa figura del hombre. Estaban a las puertas del verano y la temperatura era algo alta. Jane vestía sus boxers, junto a una camiseta de manga corta y cuello de pico. Gracias a los pequeños destellos de luz que venían de una de las farolas de la calle, pudo observar su rostro. Tenía el pelo ligeramente alborotado y unos hermosos rizos caían sobre su frente. Sonrió al ver la imagen y, tras cerciorarse de que el hombre seguía dormido, regresó a la cocina para tomarse su café. Con un poco de suerte, la leche ya estaría caliente y no tendría que esperar mucho más para disfrutar de la bebida.


Un bostezo matutino le obligó a entrecerrar los ojos. Agitó un poco su pelo con la mano y se retiró los mechones que caían sobre su frente, fracasando en el intento de que no volvieran a caerse. Paso a paso, llegó a la cocina y allí, una sonrisa se formó en su cara. Lisbon dormía, tumbada sobre el sofá del salón contiguo al comedor. Depositó un ligero beso sobre su frente y se dirigió a la cocina a prepararse el desayuno. Sopesó la idea de tomarla en sus brazos y llevarla a la cama para que durmiera mejor, pero enseguida la rechazó. Si la levantaba, igual se despertaba y no volvería a dormirse. Hoy les esperaba un día movido, y necesitaba estar descansada. Además, las ojeras seguían presentes en sus ojos, signo inequívoco de que seguía sin poder conciliar el sueño.

Se tomó el té tranquilo, a pequeños sorbitos y con grandes pausas entre ellos durante las cuales se dedicaba a admirar el rostro de la mujer. Recuerdos del día que las encontraron llegaron a su cabeza por arte de magia y, un sentimiento de culpa que ya había experimentado mucho antes, invadió su ser. A su vez, empezó a visualizar imágenes de su primera noche juntos y sus labios volvieron a curvarse hacia arriba. Deseó que todo estuviera bien, que nada hubiera ocurrido y que su vida continuase a partir de la mañana siguiente, cuando despertó y se encontró solo, en el ático, sin su camisa. Pero deseó que la amenaza de John el Rojo no existiera y que al despertar, lo primero que vería fuese la sonriente cara de Teresa, a pocos centímetros de él.

Una dulce voz le sacó de sus pensamientos. Charlotte se acercaba a él, cargada con una mochila en la espalda y una carpeta de la mano. Le besó en la mejilla.

-Ya me voy –susurró para no despertar a la mujer del sofá –he quedado para desayunar con Jake y Elisa.

-Vale cariño. Si necesitas algo, me avisas. Igual, cuando vuelvas no estaremos en casa. ¿Llevas las llaves?

-Sí, las llevo. Y lo mismo te digo, si necesitáis cualquier cosa, llamadme –volvió a besar su mejilla y desapareció tras la puerta del apartamento.

Sabía que su hija estaba intentando olvidar todo; su cara lo mostraba cada mañana. Sin embargo, estaba dispuesta a recordarlo y ayudar en todo lo que fuera necesario para ayudar a Teresa. Volvió a sonreír de nuevo al pensar lo parecidas que era las dos mujeres más importantes de su vida. Eran sensibles, hermosas, con el mismo carácter y con una grandiosa fuerza de voluntad propia, capaz de hacer lo que fuese para ayudar a otra persona.

Dio el último trago al té y se levantó de la butaca. Guardó su taza y la que Lisbon había utilizado unas horas antes en el lavavajillas y se dirigió a su habitación con el fin de recoger un poco la casa. Acababa de comenzar un día agitado.


Soltó el aire lentamente. Tragó saliva y agarró con fuerza la mano de su acompañante, quien no se esperaba aquel gesto. Colocó su otra mano sobre el manillar y le giró para adentrarse en la sala donde tendría que revivir la experiencia traumática que había sufrido. Donde tendría que sacar a relucir sus mayores temores.

Lo primero que llamó su atención fue las hermosas vistas que había justo enfrente de ella. Un enorme ventanal que hacía las veces de pared les daba la bienvenida. Sintió un ligero apretón en su mano izquierda y entonces, se aseguró así misma que lo conseguiría. Costará lo que la costase, volvería a ser ella.

-Bonitas las vistas ¿verdad? –preguntó un hombre que apareció de repente.

Ambos se giraron en la dirección de donde venía la voz y notó como su cuerpo se tensaba. Ya no podía echarse atrás.

-Si –contestó Jane, ante el silencio de ella.

-Adelante, sentaos. No os quedéis ahí de pie.

El hombre mayor, de unos 60 años, con una reluciente calva y con facciones en su cara que le hacían más simpático, les señalaba hacia el amplio sofá. Vio como giraba su sillón para enfocarle hacia el sofá, en vez de hacia el típico sillón que hay en todas las consultas.

-Teresa Lisbon, si no me equivoco.

Sabía que el doctor intentaba entablar una conversación, y que ella se relajara.

-En persona –contestó ella, con una sonrisa fingida en la cara. Volvió a notar un pequeño apretón en su mano y agradeció haber venido con Jane. Aunque sabía que tarde o temprano, desearía no haberlo hecho.

-Bueno, yo soy el Doctor Ross, pero pueden llamarme Ethan. El Doctor Ross era mi padre –esperó unos segundos y cuando observó la afirmación por parte de ambos continuó –Antes de nada, quiero que sepa que es libre de marcharse de aquí cuando quiera. Si en algún momento se siente presionada, o no quiere continuar, simplemente dígalo y pararemos la sesión hasta el próximo día, o hasta siempre. Eso lo decidirá usted.

Suspiró con fuerza mientras asentía con la cabeza. Jane acariciaba su mano con ternura, intentando transmitirla fuerzas.

Atento a ese gesto, Ethan anotó varias cosas en su agenta.

-Bueno, y ahora, ¿nos presentas? –preguntó, mirando a Jane.

-Él es Patrick Jane –contestó, algo aturdida por la pregunta.

-Y, ¿desde cuándo se conocen?

-Hará unos once años, más o menos.

-¿Cómo se conocieron?

El Doctor comprobó lo que suponía. La mujer estaba completamente volcada en su compañero. Tanto que, poco a poco, se fue relajando con las preguntas triviales de Ethan. Jane la miraba de vez en cuando y ella le sonreía. Gesto que también apuntó.

-Veo que usted ha sido bastante insoportable –comentó, cuando Lisbon hubo terminado su relato sobre Jane. Este rio algo sonrojado.

-Qué le voy a hacer –respondió alegre, al ver la pequeña sonrisa que luchaba por salir del rostro de ella.

Tras unos minutos en silencio, el Doctor continuó:

-Ahora, cuénteme. ¿Por qué está aquí?

Pasaron varios minutos en silencio de nuevo, hasta que Teresa se decidió a hablar. Pero antes de ello, clavó sus ojos en los de Jane, pidiéndole permiso con la mirada. Su mujer aparecería de por medio y sabía lo mucho que sufría cada vez que lo recordaba.

-¿Empiezo por el principio? –preguntó ella, con una pizca de ironía. Si lo hacía, les llevaría más de una sesión. Ante el asentimiento del hombre, apoyó su cabeza en el hombro de Jane. Él, pasó un brazo por encima de sus hombros. Respiró hondo, y las palabras empezaron a salir de su boca, como si tuvieran vida propia. Y así ocurrió durante casi media hora, hasta que llegó el momento clave. Un nudo se posicionó en su garganta.

-Continúe –la animó.

-Hasta que me dio dos opciones. Acostarme con él, o ver como mataba a Charlotte y a Jane.

Tras decir esas palabras, se separó de Jane, apoyó sus pies en el suelo y se tapó la cara con las manos. Pero no solo por sí misma, si no por lo culpable que le haría sentir al asesor. Ethan, al oír toda la historia, miró a Patrick. Estaba con la mandíbula apretada, tenía los puños blancos de la presión que estaba haciendo y sus ojos estaban bañados en lágrimas que se secaba rápidamente en cuanto caían por su mejilla.

-Y usted escogió la primera –apuntó a decir, estando seguro de la respuesta.

-No podía hacer otra cosa –levantó la vista para mirar al Doctor.

Jane abrió la boca para protestar. Pero enseguida volvió a cerrarla. Dijera lo que dijera, no arreglaría las cosas ahora.

-¿Qué es lo que pretende con estas sesiones?

-Volver a ser yo. Poder acercarme a mis compañeros de trabajo, sin sentir que ellos también van a abusar de mí. Poder pasear por la calle tranquila, sin el miedo. Poder recobrar mi relación de antes con Jane. Recuperar mi vida.


Volvía a observar las estrellas pegadas en el techo. Pensó en el día que había tenido, mientras las palabras del Doctor flotaban en su cabeza. "Si lo tiene todo claro, solo hace falta ejecutarlo" "Aunque no lo crea, ha avanzado mucho. Es la primera mujer que he visto en mis 30 años como psicólogo, que después de una situación como la que ha pasado usted es capaz de acercarse a un hombre" "He podido comprobar que tiene una fuerza de voluntad enorme. Lo único que tiene que conseguir es sacarla a luz" "Intente acercarse más a su compañero. Sé que es difícil, y que tardará en surgir efecto. Pero inténtelo"

Inténtalo, susurró una voz en su cabeza. Vamos, inténtalo. Ahora era la voz de su madre, quien la hablaba. Sonrió al recordarla y se sorprendió de que su cabeza pudiera recrearla, después de estar tantos años sin escucharla.

Decidida, se levantó de la cama. Colocó las ropas hacia adelante y salió de la habitación con cuidado de no hacer ruido. Charlotte dormía justo en la sala de al lado. Una vez cruzado el amplio pasillo, se paró frente a la puerta del dormitorio en el que Jane dormía. Respiró hondo, abrió la puerta, y cruzó el umbral. Tras cerciorarse de que seguía dormido, cerró con delicadeza la puerta y se acercó al borde de la cama que estaba libre. Se quedó allí de pie, durante varios segundos, admirando a su compañero; al hombre que haría cualquier cosa por ella. Sonrió a la vez que se recogía el pelo en un lado y apartó las sábanas que cubrían ese lado de la cama. Se metió dentro y se acurrucó en uno de los extremos mientras oía la respiración acompasada de Patrick, a su espalda. Cerró los ojos sintiéndose aliviada. Pero cuando se disponía a dormir, un brazo rodeó su cintura y un cuerpo se pegó a su espalda. Su respiración comenzó a acelerarse a la vez que notaba el aliento de Jane sobre su nuca. Así pasaron varios minutos, hasta que comprobó que estaba profundamente dormido. Entonces, se obligó a tranquilizarse. Poco a poco, su cuerpo se calmó y su respiración iba a la par que la de él. Sonrió al sentirse victoriosa y entrelazó una de sus manos junto a la de Jane, que reposaba sobre su vientre. Y así, cayó pocos minutos después, en los brazos de Morfeo.

Por su parte, Jane se concentraba en hacerse el dormido. A pesar de ser capaz de controlar sus sentimientos fácilmente, deseó poder levantarse de la cama y comenzar a saltar de la alegría al notar como Lisbon entrelazaba su mano con la suya.

Justo cuando iban a abandonar la consulta del Doctor, este le pidió que entrara solo. Le dijo que poco a poco, Lisbon se iría abriendo y que debía ser paciente y esperar. Que no podía forzarla. Pero si podría darla un empujón. Le avisó que debía estar atento a cada reacción de la mujer, y que si esta se tensaba o se mostraba reacia que la dejara un espacio prudente.

Cuando la vio entrar en su habitación, sonrió ligeramente. Pero enseguida la borró de su cara al oír los ligeros pasos que se acercaban a la cama. Se hizo el dormido y acompasó su respiración, obligándose a cerrar los ojos. Poco después, notó como la cama se hundía ligeramente en un lado y un cuerpo, a mayores del suyo, invadía el colchón. Volvió a sonreír y esperó unos minutos sin moverse. Después, se acercó a ella y la rodeó con uno de sus brazos. Notó como el cuerpo de la mujer se tensaba ante su contacto, y como su respiración se aceleraba. El tiempo pasaba y ella seguía igual, así que se decidió a despertarse de repente, y disculparse por lo ocurrido. Pero entonces, una mano se entrelazó con la suya, y la respiración de ella se calmaba milagrosamente.

Volvió a sonreír.