Seis meses. Seis largos meses sin actualizar. Podéis matarme si queréis, lo entiendo. Pero también espero que entendáis que he tenido demasiadas cosas en la cabeza, como para preocuparme de esta historia. Llevo con este capítulo desde agosto, y he de reconocer que no estoy contenta con el resultado. Pero mis últimos cinco meses no han sido los mejores. Me han dado demasiadas noticias malas que he tenido que asimilar, y todas de golpe. Aún sigo intentándolo y hasta donde tengo visto, no lo estoy consiguiendo. Que te mientan, está mal. Pero que se haya guardado la verdad durante siete años, siete largos años, y te destapen la verdad al mismo tiempo que te dicen que te van a desahuciar, esta peor. Con todas estas cosas en la cabeza, y sumada la reciente noticia de que tengo un problema en el corazón que me impide hacer deporte o cualquier actividad física que requiera esfuerzo, teniendo el baloncesto como estilo de vida, pues me da la impresión de que el destino las ha tomado conmigo y no quiere que siga adelante. Sin embargo, estoy haciendo un esfuerzo enorme y, aún con miles de problemas rondando mi cabeza, he conseguido terminar el capítulo.
No estoy demasiado contenta con él. Pero no he podido hacer más. Espero que os gusto y, de verdad, siento mucho este medio año sin actualizar pero simplemente no me veía con las fuerzas necesarias para hacerlo.
Muchas gracias a todos los que os disponéis a leer, cuando os he dejado mucho tiempo abandonados.
Capítulo ocho.
-Vaya, hoy la veo mucho más sonriente.
Asintió con la cabeza al oír las palabras del doctor y entrelazó su mano con la de Jane. Sin embargo, algunos miedos seguían allí y por eso estaba en aquella habitación.
-Supongo que lo estoy.
-¿Supone, o lo está?
Lisbon entrecerró los ojos, sabiendo que el doctor tomaría nota de su respuesta.
-Lo estoy, por ahora.
-Buena respuesta.
Oyó la risa de Ethan de fondo, mientras se sentaban en el sofá de siempre. Este les ofreció algo para beber y ambos aceptaron la propuesta; él un té, ella un vaso de agua.
-He de reconocer que ya duermo tranquila. Antes no pegaba ojo, pero ahora… -miró a Jane, quien le ofrecía una sonrisa.
-Eso es bueno. Parece que no pero la hace ir cogiendo más confianza a medida que pasan los días –tras traerles la bebida, se sentó también en su sillón. –Hoy, si la parece bien, hablaremos de otra cosa –observó las miradas de confusión de los dos que estaban frente a él –hablaremos de lo que la impulsó a venir a mi consulta; o mejor dicho, una de las cosas que la impulsó.
-No le entiendo.
-Tengo entendido que se pasó una noche entera en el hospital después de un lavado de estómago.
Lisbon cambió al completo su cara, poniéndose demasiado pálida.
-¿Le importa si voy al baño? –dijo y, antes de recibir contestación, se levantó del sofá en dirección a él.
-Lisbon… -Jane se levantó al verla, pero el doctor le frenó.
-No vaya, es mejor que esté unos minutos sola.
-Pero…
-Además, tengo que hablar con usted en privado –Patrick asintió con la cabeza, gesto que le indicó continuar - ¿Ha notado algún acercamiento por parte de Lisbon?
-¿A qué se refiere?
-Ustedes son pareja ¿verdad? O al menos lo eran antes de que ocurriera todo.
-No, bueno… la cosa es complicada pero se podría decir que sí. –no tardó en recordar la primera noche que pasaron juntos, justo antes de que Lisbon desapareciera.
-Entonces, ¿Ha intentado avanzar en su relación?
-Mire, hizo un gran esfuerzo aquella noche, no puedo pedirla más a menos que ella quiera y esté preparada. Me basta con saber que duerme tranquila a mi lado.
-Sé que ahora no lo ve así, pero juega un papel muy importante en esto. Teresa confía en usted, y debe aprovechar eso. Ni siquiera permite que su hermano se acerque, tan solo usted y es el único hombre que puede ayudarla.
-¿Y si la fuerzo? Eso es lo último que quiero.
-No lo haga. Vaya despacio, paso a paso. No digo que según salgan de mi consulta vayan a casa y se acuesten. Pero ¿qué tal si intenta besarla?
-Si fuera por mí, lo haría ahora mismo. Pero no quiero obligarla, no quiero presionarla y hacerla dar un paso hacia atrás.
-Todo lo que me está diciendo a mí, dígaselo a ella. Hazla saber que no vas a presionarla, ni harás nada que ella no quiera. Pero debes mover ficha, Patrick. Lo necesita.
-He estado pensando en lo que ha dicho Ethan –comenzó a hablar Lisbon, mientras partía una zanahoria en cachitos para echarla a la olla a rehogar. -¿Crees que debería llamar a mi hermano?
Jane terminó de colocar los vasos en la mesa y se acercó a ella para abrazarla por detrás.
-¿Quieres la verdad o la mentira? –preguntó, posando sus manos en su cadera.
-La verdad –respondió ella, girándose para quedar de frente.
-Sí. Es tu hermano y deberías recuperar la relación con él. Seguro que está deseando hablar contigo y saber que estas mejorando.
Una amplia sonrisa se mostró en los labios de Teresa. Labios que eran observados desde hace un buen rato por Jane, resistiéndose a hacer lo que tantas ganas tenía.
-Pero, ¿y si no sale bien? Llevo sin verle desde antes de que… -paró de repente, justo antes de decirlo –antes de que todo esto ocurriera. No quiero rechazarle.
-Ven aquí –susurró Jane, abrazándola con cariño. –Si no lo intentas, nunca lo lograrás. ¿Qué te parece si le invitamos a comer a él y a Annie este domingo?
Aprovechando la estatura, Lisbon apoyó su cabeza en su pecho, mientras que él colocó con suavidad su barbilla sobre el pelo de ella.
-Annie está de vacaciones con sus amigas.
-Pues solo Tommy, entonces.
La mujer suspiró, repitiendo las palabras del asesor. Llevaba meses sin ver a su hermano y le echaba muchísimo de menos; tanto a él, como a su sobrina. Pero tenía miedo. Su mayor enemigo desde lo que ocurrió y del que todavía no había logrado deshacerse. El olor a quemado procedente de la olla les hizo separarse y volver cada uno a sus tareas.
Una vez la cena estuvo lista, los dos se sentaron en la mesa y brindaron. Poco a poco, todo iba mejorando. Y con una pizca de esperanza, todavía mejorarían más ese domingo.
Subió las escaleras con rapidez, pero frenó en seco justo antes de entrar en la habitación. Respiró hondo y se adentró en la oscuridad. Prefirió no encender la luz y palpar a ciegas los muebles que había, en busca de su teléfono. Chocó contra una de las patas de la cama y soltó un pequeño grito. A pesar de pasar los años, su torpeza no había cambiado. Encontró sin mucha dificultad la mesa y rebuscó entre su bolso. Encontrado lo que buscaba, se dirigió hacia la luz de nuevo. Sin embargo, algo la hizo retroceder sobre sus pasos y, esta vez sí, encender la luz.
Abrió el armario y se encontró de golpe con varios pantalones de traje y un par de americanas, a conjunto. Sonrió y se agachó, localizando enseguida las camisas y los chalecos que terminaban el traje y dos corbatas que ponían la guinda. Hacía bastante que no veía a Jane vestido con su habitual vestimenta. Desde que comenzó a vivir en su casa –a raíz de todo lo ocurrido anteriormente- el hombre se había aficionado a pantalones vaqueros, sudaderas y jerséis. Pero eso sí, sus zapatos no cambiaban.
Apartó las camisas a un lado y se adentró en el armario. Ventajas de ser bajita se dijo a sí misma. Rebuscó entre las pilas de cajas de zapatos que tenía hasta encontrar una de ellas. Una especial. Se sentó en la cama, con las piernas entrelazadas y colocó la caja rectangular frente a ella. La abrió despacio, con los ojos cerrados; quizá intentando regresar atrás en el tiempo cuando solo tenía 10 años y comenzó a almacenar cosas de valor sentimental allí dentro, quizá arrepintiéndose de abrirla en el presente.
Una foto con ella sonriente, junto a una mujer más mayor pero con la que compartía muchos rasgos la dieron la bienvenida. Bienvenida acompañada de pequeñas lágrimas que caían por su rostro. Depositó la tapa a su derecha y sacó uno de los sobres que había. Volvió a sonreír al reconocer el remitente de la carta: Clara Argüello. Desdobló el papel que contenía y sus ojos comenzaron a seguir cada palabra. Aquella, para entonces chica y que con el paso de los años se convirtió en una mujer hermosa, fue su mejor amiga de la infancia, y con la que rompió todo contacto días después de la muerte de su madre, y de la caída en el alcohol de su padre.
-¿Tu madre? –preguntó una voz.
Se giró hacia ella.
-Sí.
Jane se acercó y se sentó en el borde de la cama. Tomó la foto de la que hablaba y observó a las dos mujeres.
-Nos parecíamos mucho –dijo Teresa con una voz triste.
El hombre colocó su brazo sobre sus hombros y la atrajo hacía él. Ella se recostó ligeramente.
-Era hermosa. Se ve que heredaste los genes.
Lisbon le miró y sonrió. Estaban tan cerca, tan pegados el uno al otro. El deseo de besarle pasó un momento por su cabeza. Sabía que él no pondría ninguna pega, pero sus miedos volvieron a encerrarla. Sin embargo, se resistió a separarse luchando con todas sus fuerzas contra aquel pánico que la aterraba día y noche.
-Se fue muy pronto –susurró. –Cada vez que pienso en todas las cosas que podríamos haber hecho, las veces que la necesitaba a mi lado y no estaba…
-No pienses eso ¿vale? Tienes que ver siempre el lado bueno de las cosas.
La mujer le miró, levantando una ceja.
-Ya sé que no soy el más indicado para decirlo, pero piensa que viviste más de diez años junto a ella. Y eso ya es de celebrar –explicó, rememorando en su cabeza a la pequeña Charlotte y sus cinco únicos años de vida que pasó junto a ella hasta que supo de su existencia unos meses atrás.
-Lo sé. Y el perderla tan pronto me ha hecho ser la persona que soy ahora, y la suerte de tenerte a mi lado –se sinceró.
Jane notó como su corazón se aceleraba. Necesitaba volver a sentir esos labios con los suyos; necesitaba poder acariciar su rostro, entrelazar sus manos con su pelo, posar sus manos en su cadera y comenzar un pequeño baile guiado por sus besos. Necesitaba tantas cosas de ella que llegó a la conclusión de que, a pesar de los baches que su vida le había puesto por delante, esta le había recompensado haciendo que la mujer que tenía en esos instantes de frente, se cruzara en su camino.
Las palabras del psicólogo inundaron su cabeza. Y pensó que este era el momento indicado; el momento perfecto.
-A menos que me pares, voy a besarte –susurró, sin quitar la vista de sus ojos.
Notó como la mujer se tensó al oírlo. Pero tenía que impulsarla a dar ese paso, o jamás conseguiría seguir progresando. Se fue acercando poco a poco, para darla tiempo a retirarse si era lo que necesitaba. Maldijo en su cabeza la idea cuando sintió las manos de la mujer sobre su pecho. Sin embargo, no hizo fuerza para separarle y una ligera sonrisa se mostró en sus labios. Estaba preparada, o al menos quería estarlo.
Permaneció con los ojos abiertos, hasta que ella les cerró.
Cuando sus labios se juntaron, sintió un escalofrío en su cuerpo. El momento en el que el asesino en serie la empotró contra la pared y la aprisionó volvió a su cabeza y sus ojos comenzaron a humedecerse. No quería volver a sentirlo, no quería pasar por ello otra vez. Y se enfurecía consigo misma porque todo había pasado ya, pero los recuerdos seguían allí presentes y eran demasiado duros.
Justo en el momento en el que iba a separarse, abrió los ojos en un impulso. Las lágrimas cayeron por sus mejillas, empapando a su vez las de él. No es Haffner se dijo; no es él. Es Jane. Entonces, cuando se hubo calmado ligeramente, comenzó a sentir el cariño y la delicadeza que se escondían tras esos labios. El amor y la fuerza que la transmitía ese hombre.
Patrick limpió las lágrimas que caían de los ojos de la mujer y de los suyos propios. Y asombrado, notó como Teresa parecía deshacerse de los miedos y tomar las riendas del beso. En ese momento, él simplemente se dejó llevar sintiendo como las manos de ella recorrían todo su pecho hasta colocarse en su nuca.
Se separaron, ambos con una sonrisa. Enseguida volvieron a fundirse pero, esta vez, en un abrazo. Jane creyó oír un ligero gracias, y la apretó un pelín más hacia él. Besó su pelo y permanecieron en esa posición varios minutos más, disfrutando de las cercanía del otro.
Unos golpes en la puerta llamaron su atención. Se acercó a ella y posó su mano sobre el pomo, pero no la abrió. Respiró hondo un par de veces, con los ojos cerrados. Supuso que alguien bajaba las escaleras al oír los pequeños crujidos que hacían los tablones de madera. Se cercioró de que era Jane al sentir su cuerpo, abrazándola por detrás. Había llegado el momento.
Hizo un intento de abrir la puerta, pero su mano no respondía. Se había quedado paralizada. Notó la mano del hombre sobre la suya. Esta hacía una pequeña presión para lograr girar el picaporte.
Nada más abrirse la puerta, se encontraron con una amplia sonrisa proveniente del pequeño de los hermanos Lisbon. Teresa le respondió con otra sonrisa y le dejó pasar. Detectó enseguida uno de los particulares gestos de su hermano, cuando estaba nervioso: colocar la palma de la mano derecha en su nuca.
-Bueno y, ¿Qué tal te va todo? –preguntó la mujer, tratando de comenzar una conversación y librarse de aquella incomodidad.
-Bien. Ya tengo un trabajo decente.
Jane marchó hacia la cocina para terminar los últimos retoques a los aperitivos que habían preparado y vigilar la comida que había en el horno.
-¿Decente? ¿Cómo he de tomarme eso? –respondió, con una ligera risa.
-Pues decente de que tengo que ir siempre con traje, y trabajo en una oficina.
-¿Y a que ha venido ese cambio de opinión?
Ambos se dirigieron hacia el salón y se sentaron en uno de los sofás. Patrick, desde la cocina, observaba a los hermanos hablar.
Tommy se encogió de hombros.
-Annie empezará dentro de poco la universidad y con un trabajo cada tres meses, no podría pagarla.
La mujer le miró compasiva. Deseaba poder abrazarle. Pero… ¿Qué narices? Podía hacerlo. Era su hermano, él no la haría nada. Además, tras el gran paso que dio con Jane –aunque no el definitivo- se sentía más libre, con menos miedos.
Se levantaron del sofá ante la llamada de Jane, alegando que la comida ya estaba lista y que en breve comenzaría a servir. Tardó unos segundos en decidirse; segundos durante los cuales, imágenes de ellos dos de pequeños recorrieron su memoria.
Abrió la puerta y le encontró llorando. Al final tenía razón, sí había oído sollozos mientras estudiaba. Se acercó a él despacio y colocó una de sus manos sobre su hombro. El chico estaba encogido sobre la cama, con la cabeza entre las piernas.
-¿Qué ocurre? –preguntó casi en un susurro.
El niño levantó la cabeza y mostró a su hermana mayor su rostro.
-¿Quién te ha hecho eso? –dijo, solo que está vez mostraba enfado.
El pequeño negó con la cabeza. No quería contárselo, o volverían otra vez a por él.
-Contéstame, dime quién te lo ha hecho –rozó con cuidado el ojo amoratado de su hermano. –No voy a permitir que te dejen hecho un cuadro.
Vio al chico sonreír ligeramente.
-Ha sido Jake ¿Verdad?
Negó con la cabeza, justo antes de susurrar:
-Fue su hermano.
-¡Eh! ¡Jacob! ¿A dónde crees que vas? –gritó.
Tanto el aludido, como toda la gente de alrededor se giraron hacia ella.
Jacob la sacaba un año, y era una cabeza más alto; sin añadir a la cuadrilla que tenía por amigos, aún más altos que él.
Los cinco chicos se acercaron a ella y el resto de alumnos que había en aquella zona del patio les rodearon.
-Pues iba a las pistas de fútbol, a menos que me lo impidas –contestó con tono burlón.
Miró a su alrededor. Los amigos se habían apartado y fundido con el círculo que les observaban. Clavó su mirada en Jacob. Esté le devolvió el gesto sin mostrar apenas una pizca de arrepentimiento. El rostro magullado de su hermano voló hasta su mente, y casi sin percatarse, asestó un potente y certero golpe en el estómago del chico.
Jacob, quien no se esperaba aquello, colocó ambas manos sobre su barriga y la miró con rabia. Fue hacia ella con velocidad, dispuesto a defenderse y a hacerla lamentar su puñetazo. Pero ocurrió todo lo contrario, la joven esquivó el golpe sin mucho esfuerzo y volvió a propinarle más golpes. Uno tras otro, mientras la rabia se apoderaba de ella.
-Debería darte vergüenza haber dado una paliza a un niño cuatro años menor que tú. –le escupió, aun enfadada. –Más te vale no volver a tocarle un pelo ¿me oyes? Ni uno. –sentenció. Y tras arrearle una última patada, Teresa Lisbon se marchó del lugar, no sin antes tomar su mochila del suelo, dirigiéndose al aula de mates y comenzar su cuarta clase del día.
-¿Qué piensas?
La voz de su hermano la hizo volver a la realidad. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, igual al que sintió aquella vez cuando vio su rostro. Le miró a los ojos y, sin pensarlo mucho más, se lanzó a sus brazos.
-Te he echado mucho de menos –susurró él, apretándola ligeramente.
-Yo también –respondió feliz.
Sonrió, recordando a su madre y su canción favorita. Aquella que Jane cantó los primeros versos cuando estaba en el hospital y creía que ella seguía dormida. Todo estaba mejorando. Poco a poco, pero mejoraba.
Admiró el cuerpo de la mujer mientras esta se dirigía al baño. Se había levantado de la mesa durante el postre, disculpándose. No se percató de que Tommy le miraba con una sonrisa pícara en la cara. Gesto que cambió cuando, al desaparecer Teresa por las escaleras, volvió a mirarle.
-Sé qué es difícil aguantar, pero ten paciencia. Por favor –le pidió.
Jane, ligeramente avergonzado, agachó la cabeza.
-No te preocupes por eso. Llevo así varios años, no me pasará nada por estar otros tantos.
-¿Sabes? –Dijo, aprovechando que ella no estaba.- No te lo tomes a mal, pero cuando te conocí hace un par de años, no daba con lo que hizo que Teresa se fijara en ti. Es decir, no sé si serás atractivo o no, porque me van más las mujeres –ambos hombres rieron –pero me parecías algo…
-¿Arrogante, despreciable o engreído? –Ante la cara de extrañeza de Tommy, explicó – Son los adjetivos que más suelen usar para describirme.
-Dejémoslo en especial. Me pareciste especial.
Jane sonrió.
-Ni falta hace que decir, que el que enseñaras a mi hija a robar carteras no te dio muchos puntos a favor.
-En mi defensa diré que fue ella quien me lo pidió.
Volvieron a reír.
-Pero veía que tratabas a mi hermana de diferente manera que a los demás. Y al final puede que no me disgustaras tanto. –Se tomó una pausa, que usó para dar un trago de vino. –Cuando me dijeron que había desaparecido, perdí los papeles. Te culpaba de todo y hasta creo que juré que te mataría en cuanto te viese, a Cho o a Rigsby.
-Yo soy el primero que me culpo a mí mismo.
-Pues no lo hagas. Sí, es verdad que si no te hubieras cruzado por su camino, puede que no la hubiera pasado esto. Pero la haces feliz, y con eso me basta. La conozco, y sé que ella no te culpa y yo, ya dejé de hacerlo. Así que, no lo hagas tú tampoco. Olvídate del resto y céntrate en ayudarla a superar todo esto. Eres el único que puede hacerlo.
Observó cómo los dos hombres se levantaban de la mesa y se abrazaban. Sonrió, sintiendo una extraña paz en su interior. Su hermano la conocía demasiado bien. Lágrimas comenzaron a luchar por salir de sus ojos y ella no opuso resistencia. Aquella escena entre los dos hombres a los que más quería sacó su lado más sensible y volvió a cerciorarse de que muy pronto, volvería a ser ella. Y lo haría por ellos.
