Bueno, pues capítulo diez de "A su merced". En verdad quería hacerlo más largo, pero esto es lo que ha salido. Como tampoco quería demorarme más en subirlo (vaya, 7 meses sin actualizar) pues aquí está. Prometo hacer más largo el siguiente, que será el penúltimo de esta historia. Muchas gracias a los que seguís leyendo mis historias a pesar de tener parones eternos. Muchas gracias.
Entro en la recta final del curso, por lo que no se cuando podré volver a actualizar. Espero no volver a tardar siete meses, pero tampoco puedo prometer nada.
Capítulo diez.
El reloj de muñeca marcaba las diez en el momento en el que introducía su llave en la cerradura de la puerta principal de su apartamento. Trató de hacer el menor ruido posible para evitar despertar a Jane en el caso de que siguiera dormido. Después de la noche movidita que habían pasado no la extrañaría, aunque el hombre seguía sufriendo de insomnio.
Echó un vistazo a la cocina, el comedor y el salón, que era lo que su vista llegaba a alcanzar ya que era un espacio abierto. Ni rastro de Patrick. Subió despacio las escaleras hasta su dormitorio. Para su sorpresa, la cama estaba vacía. Jane estaba en la ventana, con el antebrazo apoyado en la repisa, mirando hacia el horizonte. No parecía haberse percatado de su presencia, así que se acercó a él de la misma manera, evitando hacer ruido.
Le abrazó por detrás. Notó como su cuerpo se estremecía, probablemente del sobresalto al no esperarla. Pero pocos segundos después volvió a relajarse, permaneciendo inmóvil en la misma posición. Ella le abrazó más fuerte aún, luchando para que las lágrimas no llegaran a resbalar por sus mejillas. Pero no funcionó.
Supuso que habrían pasado unos diez minutos cuando el hombre se giró y la estrechó entre sus brazos. Antes de ello, y mientras él seguía mirando por la ventana, había colocado sus manos sobre las de ella para que no se fuese. Simplemente quería permanecer así, en silencio, los dos juntos.
Teresa apoyó la cabeza en su pecho –cubierto en esos instantes por la parte de arriba de un pijama- y se dio la libertad de cerrar los ojos. Les cerró y se relajó. No pensó en nada. Dejó su mente en blanco, disfrutando únicamente del momento. Inspiró despacio, reconociendo con facilidad la colonia que Jane se había echado la noche anterior, cuando iban a salir hacia el bar. Se sorprendió de que aún mantuviese el olor. Acompasó su respiración con la de él y sonrió cuando la depositó un beso en su cabello con delicadeza; con amor.
-Me asusté cuando desperté y no estabas a mi lado –susurró él.
-Yo… -pero no la dejó hablar.
-Pensé en salir a buscarte, me imaginaba lo peor. Pero luego decidí no hacerlo. Si te fuiste de aquí es porque no te sentías a gusto. Y la única razón para que no estés a gusto en tu propia casa soy yo. Si quieres que me vaya, si crees que estarás mejor sin mí, dímelo. No me voy a enfadar. Si no todo lo contrario. Si el que yo desaparezca te hará feliz, estaré encantado de hacerlo.
-Si desapareces, jamás volveré a ser feliz –dijo, separándose ligeramente de él para mirarle a los ojos. –Fui a ver a Ethan, para saber porque reaccioné así. Dice que, llegados a este punto, solo me queda un último paso por recorrer. El más difícil de todos. Y que para ello necesito ser completamente sincera contigo. No quiero decir que te haya mentido, sino que hay cosas que me guardé para mí misma que no debí hacer –explicó, cuando vio como fruncía el ceño.
-Adelante. Sabes que estaré a tu lado, Lisbon. Siempre voy a salvarte, tanto si quieres como si no –dijo, mostrando una sonrisa en su cara.
Ella repitió el gesto, rememorando en su cabeza la primera vez que Patrick la dijo aquella frase, cuando les encerraron en un contenedor y les abandonaron en el desierto.
-Luego hablaremos, pero ahora, vamos abajo. Te he traído el desayuno.
-No tengo hambre, la verdad.
-Puede que no, pero te entrará al probar el trozo de tarta. Está buenísima. –insistió, agarrando con firmeza de sus manos y tirando de él hacia las escaleras.
Observó su cuerpo mientras bajaban las escaleras. Teresa Lisbon siempre había sido una mujer fuerte, segura de sí misma. La muerte de su madre la destrozó por dentro, pero se vio obligada a seguir adelante para poder cuidar a sus hermanos. Incluso ante los abusos de su padre, hasta que este decidió quitarse la vida. Después de ello, Lisbon tuvo que hacerse cargo de sus tres hermanos cuando hasta ella seguía siendo una niña. Se vio obligada a madurar para que ellos no tuviesen que hacerlo, para que pudieran seguir disfrutando de su infancia.
Eso la hizo convertirse en una mujer extraordinaria. Todo el daño sufrido cuando era una niña la hizo llegar a ser quien era hoy. O al menos, quien era antes de que John el Rojo la tuviese a su merced.
-El té se ha quedado frío. ¿Quieres que te lo caliente un poco? –la oyó preguntar. Asintió con la cabeza a la vez que sacaba los pedazos de tarta de la bolsa.
Volvió a clavar su vista en ella cuando le dio la espalda para verter el té en una taza de cerámica y meterlo en el microondas.
Sonrió al ver como tenía que ponerse de puntillas para alcanzar un bote de azúcar de uno de los armarios.
Desde un principio se había considerado a sí mismo una versión actual de Sherlock Holmes. Era capaz de averiguar cosas de la gente con solo echarles un vistazo rápido. Puso esa técnica en práctica desde muy pequeño y, con el paso del tiempo, la fue perfeccionando. Supo que lo dominaba cuando, pasada la adolescencia, fue capaz de leer como un libro abierto a su mujer. Recordó que llevaba en sus manos un ejemplar de Estudio en Escarlata de Sir Arthur Conan Doyle cuando, sin querer, se chocó con Angela. La pidió perdón y comenzó con su juego. Años más tarde agradeció haberlo hecho, porque de no ser así, no estaría casado ni tendría una hija preciosa.
Sin embargo, con Teresa ocurrió justo lo contrario. Solía fingir que sabía todo sobre ella, o que podía averiguarlo fácilmente. Pero había algo que le era indescifrable, y la mujer no hacía más que sorprenderle día tras día. Eso es lo que le atrajo de ella cuando dejó de sentir que era solo una compañera.
Y allí estaba, volviéndole a sorprender. Estaba destrozada, había pasado por cosas infernales, y seguía sonriendo. A él le costó mucho volver a hacerlo tras la muerte de su mujer, y la supuesta muerte de su hija. Incluso se atrevería a decir que no volvió a mostrar un mínimo gesto de alegría hasta que no conoció a Lisbon.
-¿Sabes? –comenzó a hablar tras permanecer varios minutos en silencio. Ella se giró tras sacar del microondas la taza. –Incluso después de tantos años, sigues siendo un misterio para mí.
-Oh, venga ya –respondió ella, sonriendo a la vez que le dejaba la taza de té en la mesa frente a él.
-Lo digo enserio. Muchas veces finjo que se lo que piensas, pero no es verdad. A Rigsby si puedo leerle la mente –torció la cabeza hacia un lado, añadiendo un poco de gracia a la seria conversación. –Pero a ti, me es imposible.
-¿Y aquella vez que supiste que había pasado la noche de Acción de Gracias sola, cuando te dije que iba a casa de mi hermano?
-Tu hermano me llamó. Quería saber si estabas bien, porque habías rechazado su invitación por primera vez en 15 años.
-¿Me hiciste creer que podías saber lo que pensaba todo este tiempo?
-Ya deberías de saber que los adivinos no existen, Teresa –dijo él, con una sonrisa burlesca, pero adorable al mismo tiempo.
Ella le dio un golpe en el hombro como respuesta mientras negaba con la cabeza y mostraba una gran sonrisa; quizá la misma que él, pero sin el tono burlesco.
-Gracias –susurró ella cuando se volvió a hacer el silencio. –Por no perder la esperanza cuando estaba desaparecida. Por no abandonarme cuando aparecí, y por cuidarme todo este tiempo a pesar de mi comportamiento.
Patrick permaneció callado durante algo más de medio minuto, mirándola, sin saber muy bien que contestar. No tenía por qué darle las gracias, sino todo lo contario. Debía dárselas él a ella por haberle salvado la vida, y la de su hija. Por haberse arriesgado, por haber aceptado estar a merced de un asesino en serie, sabiendo cuales podrían haber sido las consecuencias, para evitar que John el Rojo fuese a por él.
En vez de reprocharla, decidió serle sincero y admitir algo que jamás habría hecho.
-Sí que perdí la esperanza. Cuando ya llevabas dos meses desaparecida, yo… yo pensé que ya estarías muerta. John el Rojo jamás había dejado tanto tiempo vivo a un rehén. Pensé que había vuelto a perder lo más importante de mi vida, y no solo eso. Había perdido lo único que me mantenía en pie. –dejó de hablar debido al nudo que se formó en su garganta. Luchó para evitar que las lágrimas salieran de sus ojos, pero fue en vano. Ella se dio cuenta, y le agarró la mano por encima de la mesa. –Después de que mi mujer y mi hija murieran, perdí la cabeza. Necesité ayuda psicológica como ya sabes, y no creía poder recuperarme. Cuando me dieron el alta en el psiquiátrico, me prometí a mí mismo que jamás volvería a rendirme; que buscaría a John el Rojo, y cobraría mi venganza, costara lo que me costase. Sin embargo, un día apareciste tú. Lo creas o no, hubo días en los que pensé en tirar la toalla, pero tú me lo impedías. Aparecías de repente en el ático, o me llamabas por teléfono. Inconscientemente me hacías seguir adelante. Así que soy yo el que te debe agradecer que no perdieras la paciencia conmigo todos estos años, a pesar de mi comportamiento burlesco y muchas veces miserable. Porque sin ti, dudo que estuviese aquí ahora.
Teresa tuvo que memorizar cada palabra para repetírsela en su mente. No lo había dicho directamente, pero lo había dado a entender. Y es que, si otra persona le hubiera insinuada que habría sido capaz de suicidarse, no se lo hubiera creído; pero Patrick Jane era capaz de cualquier cosa. Sin embargo, le asombraba que el hombre hubiese sido capaz de sincerarse con ella de ese modo, y de admitir que, de no ser por ello, lo habría hecho.
Se levantó de la mesa, y obligó a Jane a hacerlo también. Le rodeó el cuello con los brazos y se puso de puntillas para besar sus labios. Después, le abrazó con fuerza y susurró en su oído, por última y definitiva vez, las dos palabras clave. Ahora sí que estaba segura.
-Estoy preparada.
