Bueno, pues aquí está el capitulo once de "A su merced", que será el penúltimo de esta historia. Esta vez solo he tardado tres meses en actualizar, cosa que me sorprende. No solo por mi parones indefinidos, sino porque quería que este capítulo quedara perfecto. No ha llegado a mis altas expectativas, pero estoy bastante conforme con él a pesar de ser algo corto. Espero que disfrutéis de él tanto como yo lo he hecho escribiéndolo.

Un beso enorme, y muchas gracias por seguir ahí.


Capítulo once.

Se quedó atónito al oírla decir eso. Cuando la contó que se había ido ella sola a ver a Ethan, supuso que tardarían meses en lograr dar el paso definitivo; pero a él no le importaba. Tampoco le importaba si no lograba darlo nunca. Lo único que quería era que ella volviese a ser feliz; con o sin él. Por eso tomó la decisión de marcharse y desaparecer si eso provocaba que ella recuperase su vida anterior. Esa vida por la que tanto tuvo que luchar, y que gracias a él se fue al traste.

Imitó su gesto nada más ver como Teresa se levantaba de la mesa. Se sorprendió al notar los brazos de ella alrededor de su cuello, y pocos segundos después, sus labios sobre los suyos; y por supuesto, no opuso resistencia.

Pero, cuando oyó esas dos palabras, se quedó bloqueado. Se volvía a repetir lo mismo que hacía apenas unas horas. No quería que ella volviese a intentarlo solo por satisfacerle. No quería que se sintiese obligada a nada, y así se lo demostró.

-Escucha, no hay prisa. Tenemos todo el tiempo del mundo. No me importa si tardas semanas, meses o años. Lo único que me importa es que tú seas feliz. –Susurró, tomando su cara entre sus manos para así deshacer el beso.

Ella sonrió. La vio confiada, decidida. Mucho más que la otra vez. Por eso decidió volver a besarla.

-Esta vez serás tú el que lleve el control, y según hagas, yo te diré que puedes seguir haciendo y que debes parar. ¿Vale? –propuso ella, a lo que él asintió con energía. –Ethan me dijo que debía decirte que cosas hizo Haffner para que así tú no las hicieras, y yo no recordara aquellos dias. No sé si funcionará, pero no perdemos nada en intentarlo.

Enseguida supo que se murió de vergüenza al contarle eso. Teresa era una persona muy reservada, e incluso hablar con él sobre su actividad sexual la causaba cierto pudor. Aunque, si se paraba a pensarlo, tampoco le sorprendía. Solo se habían acostado una vez, en el ático de la brigada, aquel fatídico día en que todo cambió; en el que él pasó de sentir una felicidad extrema, a la desesperación en persona. Es cierto que confiaba en ella más que en cualquier otra persona, y que probablemente ella hiciese lo mismo, pero tampoco habían tenido tiempo de explorarse el uno al otro.

La miró por última vez a los ojos, fijamente, para asegurarse de que estaba dispuesta. Después, volvió a besarla, despacio, con cuidado, como si sus labios estuvieran hechos de porcelana y temiese romperlos.

Se le había ocurrido una idea al rememorar su primera y única vez hasta el momento. Y era repetirla, tal cual ocurrió ese día. Incluso si Haffner había repetido algún gesto, estaba seguro de que ella le recordaría antes a él que al asesino en serie; porque estaba seguro de que Teresa lo había deseado tanto o incluso más que él.

Por eso, en vez de ir hacia el dormitorio, la dijo que cogiese su chaqueta, y que le esperase unos minutos en lo que se cambiaba de ropa.

Subió a la habitación con rapidez, y rebuscó entre los cajones en busca de alguno de sus trajes. La última vez que los vio, estaban en el fondo del armario, pero Lisbon había tenido la genial idea de guardarlos en algún sitio del que él no era consciente.

Tampoco tardo demasiado en encontrarlos, y se vistió con rapidez. Tomo su reloj de la mesilla, y abrió el cajón de la mesilla para coger el candando con el que cerraba la puerta del ático. Estuvo a punto de tirarlo meses atrás, cuando dejó de servirle; pero no se atrevió a hacerlo, y ahora lo agradeció.

Se guardó el candado en el bolso interior de la americana y bajó las escaleras a la vez que se abrochaba los botones del chaleco. Recibió la mirada confusa de Teresa, quién esperaba junto a la puerta, al verle vestido otra vez con sus antes habituales trajes de tres piezas. Él se limitó a sonreír y, mientras empujaba con una de sus manos la espalda de ella, abrió la puerta del apartamento y la hizo salir.

-¿A dónde vamos? –preguntó ella, aún muy confusa.

-A un sitio que te será muy familiar. –se limitó a responder él, con una amplia sonrisa en la cara.


Volvió a mirarle con desconcierto cuando entraron en el aparcamiento de la brigada. No entendía nada de lo que estaba pasando, pero él había mantenido la sonrisa en la cara durante todo el camino. Decidió no pensarlo más, y dejarse llevar por Jane. Después de todo, ella misma le había dicho que sería él quien llevase el control. Además, la confianza que tenía depositada en Patrick era inmensa, y estaba completamente segura de que no haría nada que pudiese provocarla entrar en pánico y volverse a encerrar.

Se bajó del coche a la vez que Jane sacaba la llave del salpicadero. Aunque nunca se lo diría, siempre había adorado su Citroen DS 21. Era un coche peculiar, que encajaba perfectamente con la personalidad tan peculiar de él. Esos pensamientos la provocaron una sonrisa en la cara, que se ensanchó aún más cuando Patrick la tomo de la mano y echó a correr junto a ella hacia el edificio.

Montaron en el ascensor, y el asesor presionó el botón correspondiente al último piso. Pensó en qué podrían hacer allí, y lo único que se imaginó fue ver a sus amigos. Pero no cuadraba mucho con la última conversación que habían tenido antes de salir de casa.

Justo antes de que se abrieran las puertas, Jane se posicionó justo en frente y en el mismo momento en que estas se empezaron a mover, el hombre hizo un movimiento con los brazos, siguiéndolas, lo que provocó que volviera a sonreír. A veces se comportaba como un niño pequeño. Un niño pequeño muy adorable.

Volvió a tomar su mano. Ella se dejó hacer. Había decidido que se dejaría llevar por él, fuese a donde fuese. Vio como sacaba la cabeza del ascensor con cuidado, tratando de no ser visto. Estaba tan inmersa en mirarle, que se sorprendió cuando tiró con fuerza de su brazo, haciéndola subir con rapidez las escaleras hacia el ático.

Fue en ese instante cuando comprendió lo que Patrick había planeado. Se había asegurado de que nadie les viera dirigirse hacia el ático, donde nada más cruzar ambos el umbral de la puerta, la cerró de golpe y colocó el candado. Después, guardó la llave en el bolsillo del chaleco y se apoyó sobre la mesa, de brazos cruzados.

-Ya se lo que te propones –dijo, mirándole a los ojos con una sonrisa en la cara.

Extendió sus brazos para rodearle el cuello, pero él la frenó.

-Quedamos en que sería yo quién llevase las riendas. Además, tú estás enfada porque te quité esto, y me pides que te de la llave –dijo, mientras sacaba de su bolsillo el móvil de ella y se lo mostraba.

-¿Cuándo me lo has quitado? –preguntó atónita. Ni siquiera lo había notado.

-Eso me ofende –teatralizó. –Como si no me conocieras ya.

Se tomó un par de minutos para pensar que fue lo que hizo justo después de que él se cruzara de brazos y dejase su móvil en la mesa. Al igual que Patrick, había memorizado cada segundo de aquel momento, para poder recordarlo toda la vida. Enseguida cayó en la cuenta; por eso, tomó el móvil de la mesa, y extendió la mano para que él le diese la llave del candado. La única diferencia con aquella vez, fue que en esta, ambos lucían una sonrisa en la cara.

Jane no tardó en tomarla de la cadera y acercarla a él. Se quedaron a escasos centímetros el uno del otro. Ella esperaba que la besara, pero el hombre pronunció unas palabras. Las mismas que ese día.

- Créeme cuando digo que en la única por la que pondría mi mano en el fuego es por ti Teresa. Haría cualquier cosa por ti. –Y es que, ese "haría cualquier cosa por ti" había cobrado mucha más fuerza con el paso de los meses.

Después de eso, Patrick la besó. Juntó sus labios con la misma delicadeza que hizo justo antes de salir de casa. Poco a poco, la velocidad del beso incrementó, pero la dulzura con la que lo hacían no desapareció en ningún momento.

-Ahora sí que puedes poner tus brazos alrededor de mi cuello –dijo entre besos, lo que provocó que ella se riese.

Se separaron durante un minuto para coger aire, durante el cual ella aprovecho para darle las gracias. Un "gracias" que fue callado rápidamente por otro beso.

Empezaron a moverse despacio hacia la cama. Él la iba empujando poco a poco mientras que ella se dejaba mover.

Se sorprendió al notar el borde de la cama en la parte trasera de sus piernas mucho antes de lo que recordaba. Interrumpió el beso para girar la cabeza. Tal y como suponía, el asesor había cambiado la cama.

-Bueno, después de que desaparecieras me encerré aquí. Por lo que reformé ligeramente las cosas. –dio una especie de manotazo en el aire, para quitarle hierro al asunto.

Volvió a sentir los labios de él sobre los suyos. Recordó que entonces, ella comenzó a desabrocharle la camisa, y así hizo. Comenzó con el chaleco, y continuó con la camisa; la chaqueta había quedado en el suelo un rato atrás. Él hizo similar, hasta que ambos se quedaron casi desnudos.

-La última vez te pregunté si estabas segura de esto. –susurró sobre su oído con voz ronca de deseo. Sin embargo, su voz aún denotaba preocupación. –Ahora te pregunto, ¿Estás preparada?

Ella volvió a responderle con un largo beso, lleno de cariño. Notó como las manos de Jane se colocaban sobre su cintura y la levantaban con bastante soltura. La recostó con mucho cuidado sobre la cama y se tumbó sobre ella, sosteniendo gran parte de su peso en los antebrazos que había apoyado en la cama entre la cabeza de ella.

En lugar de sentir los labios del hombre sobre los suyos, notó como besaba su cuello. Como iba recorriendo este con besos, y como poco a poco bajaba hacia sus pechos. Pero esta vez, no se puso nerviosa, no sintió su corazón acelerarse estrepitosamente, no comenzó a recordar a Haffner, sino al propio Jane. Recordó el día en que por fin dejaron de verse como simples compañeros, y tuvieron el valor de decírselo el uno al otro. Recordó uno de los momentos más felices de su vida, y se aferró a él con uñas y dientes.

Tomó la cara de Patrick entre sus manos, y le besó. Lo deshizo para sonreírle, y volvió a juntar sus bocas. Acarició con delicadeza su torso y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió libre. Libre de toda atadura, libre de cualquier pensamiento amargo.

Lograron derribar el muro que les separaba, otra vez. Volvieron a fundirse en uno solo, otra vez. Y esta vez, estaba segura de que sería para siempre.