Tres años atrás
Pasé mis primeras dos décadas planeando, esperando el momento en que podría abandonar esta cultura. Tirar mi chaqueta de cardigan y mis modales y precipitarme de cabeza hacia la vida. Bailar bajo la luna. Fumar un cigarro. Dar un paseo en moto y enamorarme por una razón distinta a la posición social. Tuve románticas nociones de servir mesas, de hacer autostop a través de los Estados Unidos, de besar a un muchacho extraño, de sentir una oleada de posibilidades desconocidas. Odiaba cada centímetro de mi entorno y ansiaba escapar. Quería dejar las cenas formales, el desdén arraigado de los demás, y las cejas levantadas en juicio. Quería el felices para siempre que sucedía en las películas. Quería una familia que compartiera su día mientras comían en una mesa redonda. Quería tener la vida en un mundo donde las madres abrazaban a sus hijas cuando sufrían contusiones y las consolaban después de que sus primeras citas salían mal. Mi sueño tenía piernas, fantasías completamente desarrolladas, mi futuro era tan claro como mi pasado. El día de mi cumpleaños veinticinco, me sentiría libre. Llena de esperanza y de posibilidades. El primer día del resto de mi vida.
Sin embargo, cinco años más tarde, todavía estaba atascada. Había tenido un par de noches salvajes. Follado a unos desconocidos con callos en sus manos. Visitado un 7-Eleven y comprado un hot dog. Había ido a Tijuana el tiempo suficiente como para darme cuenta de que nunca volvería.
Entonces… como un ave migratoria, me permití tener un hogar en este mundo. Regresando sin siquiera darme cuenta. Cinco años más tarde y todavía estaba rodeada por la gente de mi juventud. Por los amigos que no eran amigos. Por las fiestas en las que todo el mundo sonreía pero que nadie se divertía. Donde la vida era una constante carrera de superar a los demás, y la reina del baile seguía siendo la perra que a nadie le agradaba pero a la que todo el mundo acudía como gusanos a la carne. Necesitaba escapar de esta vida, necesitaba encontrar algo diferente,
tenía que hacer mi propio camino, pero era difícil escapar del único mundo que había conocido siempre.
El hombre apareció en la puerta detrás de mí, con el sombrero de chofer en la mano, y me miró a los ojos en el espejo.
—Estaré en el frente, cuando esté lista para salir al evento, Srta. Everdeen.
—Gracias. Estaré afuera en poco.
Asintió, girándose para salir, y mis ojos volvieron al espejo. Ojos grises ligeramente delineados de un color chocolate de menta. Maquillaje suficiente para ocultar defectos, pero no más. Con clase, no vulgar. Mi madre me había entrenado bien. Miré fijamente mis ojos y traté de encontrar a la persona en ellos. El espejo mostraba a la mujer que había planteado ser. Con un vestido de diseñador que era sutil pero sofisticado. Un exterior pulido, desde mi cabello hasta mis talones. Miré mi cascarón y me pregunté por qué no podía romperlo. Esta noche era la gala primaria de recaudación de fondos para una organización que apreciaba mucho. Un evento importante que no me debía perder.
Tal vez mañana podría darle vuelta a una nueva página. Intentar de nuevo dejar el nido y vivir una auténtica y feliz vida. Apliqué una capa de brillo transparente sobre mi lápiz labial y evité mis ojos en el espejo.
—Peeta Mellark.
—Katniss Everdeen.
—Me gusta tu cabello.
—No soy una prostituta.
Su boca no cambió, pero sus ojos se calentaron.
—Puedo pasar por alto ese hecho.
Las cinco líneas de nuestra reunión, volvieron dos horas en la gala de recaudación de fondos. Poco romántico. Culpaba mi respuesta audaz al alcohol, dos copas de vino ya derribadas, mi auto-odio ligeramente tranquilizado por el merlot.
Acepté la mano que él extendió, estrechándola con firmeza mientras estudiaba al hombre, su nombre al instante reconocido tan pronto como había salido de sus magníficos labios. Había —de alguna manera inofensiva—, acechado a este hombre desde que me involucré con la Juventud sin Hogar de América.
Peeta Mellark. Genio. Multimillonario. Filántropo.
Él tenía incluso una mejor apariencia de la que me imaginaba, la imagen en miniatura utilizada en los comunicados de prensa apenas mostraba sus fracciones. Ciertamente no le hacían ninguna justicia a este hombre, su aspecto era digno de una portada de GQ. Pero su intensidad, eso fue lo que realmente me sorprendió. Me miró como si yo fuera un problema, y buscara en mi alma una solución. También parecía excesivamente contento por mi cabello, sus ojos con frecuencia dejando los míos para mirar las hebras erráticas.
Puedo pasar por alto ese hecho. Me reí de la respuesta, el sonido parecía contento, su propia boca se crispó un poco. No en una sonrisa, pero cerca. Para mí, una sonrisa significaba emoción enmascarada, era un cambio refrescante.
—Es un placer conocerte. Soy un gran fan de tu trabajo con JSHA. —Jóvenes sin Hogar de América era el único vestigio de la dolorosa crianza de caridad a la que mi madre me empujó a una edad temprana, una que terminó atrapando mi corazón y no lo dejó ir.
Cualquier insinuación de una sonrisa desapareció.
—Yo no diría que es trabajo. Mi oficina firma un cheque. Nada más se hace.
—Los fondos significan mucho. —Decir fondos a su contribución era restarle importancia. El año pasado yo personalmente había donado medio millón de dólares, seis por ciento de las donaciones anuales. Su cheque cubría noventa y dos por ciento. Era suficiente para hacerlo presidente honorario de la Junta, aunque nunca había mostrado su rostro en las instalaciones ni en las reuniones de la misma. Habíamos oído, discutido libremente con un café y donas rancias, los rumores en torno a nuestro presidente. Beth Horton, una madre de siete hijos con una lengua afilada, cuyo rostro tenía una expresión adusta permanente, a menos que compartiera una pieza interesante de chismes, había traído escoltas para mí.
—Ha habido cientos —confió ella en una reunión de junta del año pasado, esparciendo todo el polvo de su dona en su boca mientras yo observaba de cerca, tan interesada en la perspectiva de que se asfixiara como estaba en la discusión sobre la vida sexual de Mellark—. El hermano de mi chofer es portero en su apartamento del centro y dice que las chicas aparecen a todas horas. Chicas guapas, pero claramente prostitutas. Nunca se va con ellas, y solo se quedan por unas horas. —Asiento, medio creyendo las palabras. Eso explicaría por qué nunca había sido fotografiado con una mujer. El hombre parecía no tener citas, un hecho que volvía locas a las mujeres de San Francisco y se había desatado rumores ocasionales de homosexualidad. Los rumores nunca iban demasiado lejos… demasiadas mujeres se habían encontrado con el
hombre, trabajado para el hombre, disuadidas por él. Me gustaba la idea de las prostitutas, del hombre desatando el santo infierno en una mujer de la noche en la intimidad de su hogar.
Los fondos significan mucho. Él no respondió al comentario, y se quedó colgando entre nosotros. Tomé un sorbo de champán.
—Estoy sorprendida de verte aquí.
—¿Por qué? —El enfoque láser de este hombre era desconcertante. Cuando te miraba, no había vacilación, sin duda iba a escuchar tus palabras y a procesarlas en consecuencia. Traté de relajarme, la presión de una respuesta inteligente era alta, el conocimiento de que estaba en presencia de alguien brillante pesaba en mí. Nunca había sido una mujer que encontrara sexy la inteligencia, cuatro años en el festín nerd que estaba Stanford curaba a cualquier mujer de esa errónea idea. Pero este hombre… tal vez no era su inteligencia. Tal vez era la combinación de inteligencia con confianza e intriga, mezclada en un vaso Martini y las miradas intercambiadas.
Me encogí de hombros. Tomé otro sorbo de coraje líquido. Deseando algo más fuerte que champán. Al darme cuenta de que se había acercado más, tuve el impulso natural de inclinarme hacia él y olerlo. De probar las aguas colocando mis manos en sus solapas y tirar de su esmoquin. ¿Mantendría su contacto visual? ¿Retrocedería? ¿O me arrastraría a algún lugar privado y me follaría hasta dejarme sin sentido? Mi imprudente confianza vaciló ante la presencia de este hombre.
Tragué. Intenté traer mi mente de nuevo a la conversación.
—Nunca has ido al campus. O asistido a una reunión de la junta. Supuse que la recaudación de fondos de primavera también te la saltarías.
—Beetee Yand está en la lista de invitados. Estoy esperando hablar con él. Ha estado evitando mis llamadas.
—Ahhh… —Me acerqué. Bajé la voz—: Así que esta es una emboscada.
—Ese era el plan. Una conspiradora ayudaría. —Me levantó las cejas juguetonamente, y cada hueso femenino en mi cuerpo puso atención.
Sí, definitivamente no era gay. Podía entender por qué sus empleadas se apresuraban a defender a este hombre. Había pasado dos minutos en su presencia y mi cuerpo había alcanzado nueve escalas de excitación. Tragué. Puse una expresión improvisada en mi rostro.
—¿Qué tienes en mente?
Él no necesitaba una conspiradora. Era uno de los hombres más ricos del mundo. Tan poderoso como Bill Gates, en términos de la comunidad tecnológica. Pero jugamos bien nuestro papel. Coqueteando sobre las bandejas de queso y susurrando sobre el champán. Sosteniendo sonrisas conspirativas cuando Yand fue acorralado —conmigo a un lado, con Peeta en el otro. Dejé que su conversación despegara, luego me alejé. Retirándome al otro lado de la habitación, donde Glimmer Malcomson, una blanca rubia con copas doble D, me abordó, lamiéndose pastel de cangrejo de los dedos y buceando en una larga historia de sus compras de primavera en la ciudad. Asentí educadamente mientras mi mente vagaba, mi decisión de vivir una vida diferente se fortalecía con cada lamida poco femenina de sus dedos. Le di una mirada a Peeta, viendo su profunda concentración mientras asentía hacia Yand.
Dentro de mí, había una chispa de deseo, un tirón que me sorprendió. Ciertamente esperaba respetar al hombre, era imposible no respetar a un hombre cuya inteligencia duplicaba la mía, cuyas donaciones anuales eran la sangre que mantenía la mitad de los corazones de las organizaciones benéficas de la ciudad latiendo; pero en mis expectativas, cuando había imaginado conocer al hombre solitario, no pensé que le agradaría.
Razón #1: Él era increíblemente rico, había vivido ese estilo de vida desde que era adolescente, se esperaba de él y lisonjeaba de eso todos los días de su vida adulta. Era una receta comprobada para un tarado.
Razón #2: Él era increíblemente inteligente. Habría esperado que su ego coincidiera con su cerebro, creando un pomposo, arrogante nerd. Uno que esperara sumisión en forma de adoración. Uno que abiertamente expusiera hechos sin interés mientras miraba mis pechos.
Era todo lo que no me esperaba. Muy confiado. Sin pretensiones. Guapo. Intenso interés.
Él apartó la mirada de Yand por un momento, sus ojos fueron a los míos, y todo se detuvo cuando nuestras miradas se encontraron. Sus ojos rompieron el contacto, y lo vi extender una mano, realizando un movimiento superficial y luego se giró, desestimando a Yand con una sonrisa cortés, sus piernas guiándolo en mi dirección. Una vez más, nuestros ojos se encontraron, y quise apartar la mirada, pero no pude. Solo podía verlo mientras caminaba por la habitación con pasos suaves hasta que estuvo frente a mí, una sonrisa apareciendo en sus ojos cuando hice mi mejor esfuerzo para no desmayarme.
Su presencia detuvo la conversación. Dándome cuenta del silencio, miré a Glimmer.
—Discúlpame, por favor —murmuré, aprovechando la oportunidad para huir. Peeta sacó mi silla, asintiendo cortésmente a mis compañeros de mesa, cuyos ojos vigilantes siguieron cada movimiento, un círculo de buitres listos para su siguiente comida. Juntos, con su mano guiando el camino, nos escapamos hacia las puertas traseras.
—Gracias por tu ayuda con Yand —dijo en voz baja, su cabeza agachada un poco hacia mí.
—Gracias por salvarme de esas mujeres —le susurré, sonriendo amablemente mientras pasaba a Nora Bishop, una mujer que estaba bastante segura había pasado la mayor parte de los años noventa acostándose con mi padre en su escritorio.
Eran doce pasos para llegar a las puertas. Doce pasos durante los cuales me di cuenta de lo mucho que deseaba a este hombre. Pensé en las historias de las prostitutas, entonces el calor de su mano se movió, de regreso a mi codo, suave pero apremiante. Controlado y con cortesía. Y quería más. Necesitaba más. Entonces nuestros cuerpos estuvieron fuera y solos en el balcón, la cálida noche de verano trayendo una suave brisa que olía a mar y a verano. Allí, con su mano izquierda en mi codo, tuve la oportunidad de tener un momento de pensamiento claro.
Apoyé mis codos en el borde del áspero balcón, el corte de concreto era reconfortante contra la ridícula gala de riqueza. Todo esto un espectáculo. Pasábamos todo el año recaudando fondos para los niños que lloraban con la perspectiva de zapatillas nuevas, entonces desembolsábamos cien mil dólares en una fiesta. Me volví y miré las ventanas de cuerpo entero que se alzaban tres pisos y que mostraban la entera producción en toda su falsa gloria. Entonces miré a Peeta, atractiva elegancia entubada en traje negro, una imagen que pertenecía a este mundo junto con un hombre que yo sentía estaba por encima de él.
—¿Valió la pena? —Hice una seña a la fiesta y lo miré, su perfil fuerte, sus ojos en el horizonte, la luz parpadeante de las antorchas iluminando su rostro con sombras dramáticas—. ¿Lidiar con estos buitres por la oportunidad de hablar con Yand?
—Valió la pena en cuanto te vi. —Palabras suaves. Impacto dramático.
Sonriendo, me moví hacia la delgada cornisa, una que me permitía inclinarme por el balcón y poner mi rostro de lleno en el viento.
—No me conoces, Peeta. —Ni siquiera me conozco a mí misma.
—No, no lo hago —dijo las palabras suavemente, como si el concepto no fuera importante.
Me volteé y lo miré. Vi el conjunto calmado de sus facciones. Estaba tranquilo, sin inmutarse. Como si mi atracción por él no fuera importante, ya sea debido a la confianza o porque no le importaba si alguna vez nos veíamos de nuevo. La confianza fue la opción que preferí; la otra era un problema. Estaba acostumbrada a la negación, a perder, a la idea de ser descartada por ser difícil de comprender. No sabía quién era yo misma, lo que quería, pero sabía de lo que era capaz. No tenía nada más que autoconfianza. Me tragué una extraña semilla de inseguridad.
—Vamos a salir de aquí.
Con eso volteó su cabeza. Con las manos en sus bolsillos, se acercó lo suficiente como para que oliera su colonia, un perfume caro que me hizo pensar en yates y cigarros.
—¿A dónde quieres ir?
Inclinándome, cerré mis ojos contra la brisa del mar, y exhalé.
—Lejos de aquí.
