Corrí por la arena, mis zapatillas chirriando con agua salada, el hundimiento de la arena bajo mis suelas era alentadora cuando sentí mis músculos responder, mi piernas subían y hacían tracción, saltando a la acción mientras iba por la playa, lo que aumentaba mi velocidad mientras mi casa entraba en visión, la línea de la meta a la vista. Jadeé cuando me detuve, mis manos tambaleantes en mis muslos, la quemadura de mi pecho coincidiendo con el grito de mis músculos, el alto nivel de endorfinas haciendo que valiera la pena. Me obligué a ponerme de pie, a moverme hacia adelante, mis músculos agradecidos por el ritmo pausado de mis pasos. Mis brazos se sacudieron, mis músculos se aflojaron mientras movía los hombros y cuello.

Más de tres kilómetros. Menos que ayer, pero más rápido. Miré el reloj, el cronómetro estaba congelado allí.

15:04. Lo borré, el tiempo regresó a la pantalla, y empecé mi camino cuesta arriba a la cubierta, donde un banco y una estación de ducha me esperaban. La mujer de pie en la puerta me detuvo en seco, su postura rígida me trajo de vuelta el recuerdo de cada directora que tuve en mis escuelas. Hice una pausa, mirándola con recelo, y luego continué mi movimiento hacia adelante.

—¿Hay algo con lo que la pueda ayudar? —Abrí la puerta, entrando en el mismo espacio que ella, preguntándome, mientras miraba al frente del lote, cómo había llegado hasta aquí. Éramos muy contrarias, mi piel mojada por el rocío del mar y sudor, un sujetador deportivo y una licra era lo único que cubría mi cuerpo. Ella llevaba al menos dos capas, medias de nylon cubiertas por un traje de pantalón, un jersey de cuello alto se asomaba por su chaqueta. Mis gotas de sudor versus a su collar de perlas. Mis salvajes rizos marrones apenas contenidos por una banda elástica, su peinado alto apenas temblando en el fuerte viento. Mi pecho todavía exhalaba mientras ella estaba de pie, erguida, con una fría mirada de desdén en sus facciones arrugadas. Fruncí el ceño ante la expresión. ¿Qué demonios le había hecho?

—Wiress Sharp. —Comenzó a estirar la mano, sus labios fruncidos, ojos barriéndome, pero luego lo pensó mejor, eligiendo asentir en su lugar, como si fuera la reina de Inglaterra, y le debiera hacer una reverencia.

—Katniss Everdeen¿Hay algo en lo que la pueda ayudar?

Mi mente estaba trabajando a toda marcha mientras repetía la pregunta sin respuesta. Wiress Sharp. CFO de BSX, los conglomerados digitales de Peeta. Ella era la encargada detrás del encargado, la que llevaba a cabo las conferencias de prensa, entrevistas, o reuniones. Era, más de lo que yo era consciente, muy inteligente, muy buena en los negocios, y muy ocupada. Lo que dejaba la pregunta de por qué estaba de pie en mi terraza, robé un vistazo a mi reloj… a las 1:12 de un lunes.

—Hablé con Peeta esta mañana. Mencionó su pequeña… —Resopló de una manera que tomé como desaprobación, sus rasgos arrugándose, una mirada irritada en una ráfaga de viento—… reunión de anoche. —Probablemente quería ser invitada a entrar. Sería la cosa educada de hacer, dado el sol elevándose sobre ella, el aire salado que sin duda estaba arruinando su traje Chanel. La dejé reposar allí, mi mente trabajando en asimilar sus palabras.

—¿Y?

—¿Puedo entrar? —Resopló, como si estuviera molesta con la pregunta, y contuve la sonrisa que quise dejar salir.

—Por supuesto. —Sonreí—. Ya estás en mi propiedad, bien podrías entrar a mi casa.

Me senté en el banco junto a la puerta de atrás. Desatando los cordones de mis zapatillas tan lentamente como podía, sintiendo su irritación crecer mientras desnudaba mis pies, luego los calcetines, y luego lavaba mis pies descalzos con la manguera y los secaba. Si no hubiera estado aquí, me habría desnudado. Metido en la ducha exterior. Lavado el sudor de mi cuerpo y disfrutado de una media hora de agua caliente, golpeándome y dándole masajes a mis cansados músculos. Entonces me habría envuelto en una toalla e ido al interior.

Así que, la nueva Katniss retuvo algunos pocos modales. Me sequé mis pies hasta que quedaron completamente secos y abrí la puerta.

Recogí dos botellas de agua de la nevera, deslicé una sobre la isla hacia Wiress, quien inspeccionó la botella antes de sentarse. No dijo nada mientras la miraba y yo bebía la mía hasta su última gota antes de limpiarme la boca con el dorso de mi mano.

Silencio. Era seguro como el infierno que yo no iba a decir nada. Ella era la invitada sorpresa del día. La que estaba muy ocupada, la que tenía cosas que hacer, la mujer importante. Yo podría estar aquí toda la semana sin estar afectada en lo más mínimo.

Se aclaró su garganta, el sonido apestaba a tomar té y comer bollos, pero conocía su pasado. Había leído un artículo en la revista Glamour que la promocionaba como una de las mujeres más poderosas de Silicon Valley. No era una sangre azul. No fue educada incluso correctamente. Asistió a la universidad comunitaria. Trabajó como maestra de cuarto grado hasta 1997, cuando su sobrino, un ya reconocido Peeta Mellark, construyó una computadora en su sótano. Una computadora que hizo ver a las últimas tendencias de creación de IBM como un tazón de gelatina. Un equipo que hizo que sus padres dejaran todos los planes de futuro e invirtieran sus ahorros en el Equipo Peeta. Él era joven. Tenía once. Necesitaba un acompañante. Así que la tía Wiress dejó su trabajo y se enganchó en el vagón de Peeta. Vivió de cupones de alimentos y de sus ahorros en una habitación de invitados en la casa de Peeta durante dos años. Entonces ella negoció su primer acuerdo y todos los Mellark trasladaron los decimales de su cuenta bancaria siete lugares hacia la derecha.

—Me gustaría que te mantuvieras alejada de Peeta.

Guauu. No era lo que esperaba. Casi había esperado que sacara un libro de citas y anotara nuestra boda mientras que el calendario de verano estuviera disponible. Tragué una bocanada de agua antes de hablar.

—¿Discúlpeme?

—Peeta no necesita la distracción de una relación en este momento. —Permaneció en su lugar, de pie en el piso de mi cocina, recta, con un palo firmemente atravesado en algún lugar de su trasero.

¿Sabía que él se acostaba con prostitutas?

—Esa parece una decisión que Peeta debe tomar. —Me incliné en el mostrador, encontrándome con sus ojos quietos. Estás en mi casa. Retrocede—. Que yo sepa no tiene once años ya.

Sus ojos parpadearon, como si la información que había compartido fuera secreto, como si no fuera algo conocido por cualquier persona dispuesta a desprenderse de $3.99. Su mandíbula se tensó.

—No asumas que lo conoces o a mí, solo porque hiciste una búsqueda en Internet. Él no está construido para una relación, no tiene tiempo para ti. Vine aquí, de mujer a mujer, a pedirte que te mantengas alejada.

—Y yo te digo, de mujer a mujer, que no es de tu incumbencia. — Cualquier interés que hubiera tenido en Peeta se estaba cuadruplicando

con cada palabra que salía de la boca de esta mujer. Había sonreído y obedecido por veinticinco años. No estaba a punto de ser puesta en mi lugar por esta maestra de escuela.

Se movió, buscó en su bolso Hermes color crema, el cual yo tenía en verde. Una risa burbujeó en mi garganta cuando vi lo que sacó de su mano.

—¿Tratarás de sobornarme para permanecer lejos de él? —Su mano se congeló con mi risa, ojos duros balanceándose entre mí y el clic de su lapicero—. Pasamos una noche juntos. No está pensando en proponerme matrimonio.

—Es mejor prevenir que lamentar —dijo con frialdad—. Además, en este punto, no existen emociones involucradas. Alejarse debe ser, en tu caso, una brisa. Eres una chica inteligente. Estoy segura de que tomarás una decisión inteligente. —Firmó un cheque que ya había llenado, arrancándolo con la sutileza de una hiena, luego lo empujó hacia mí, como si fuera a quemar sus dedos si lo mantenía por más tiempo en su toque.

No lo vi; mantuve mi mirada fija en su rostro hasta que me miró con exasperación, nuestros ojos encontrándose sobre la isla de granito.

—Agradezco la visita, pero creo que es hora de que te vayas.

—Es por tu propio bien, cariño. No querrás a Peeta. Es un bien dañado. —El ácido de sus palabras fue dicho con una pizca de afecto, la sutileza no minimizó la verdad en sus ojos. Ella lo creía. Dejó el cheque. Empujándolo hacia adelante con su lapicero.

—No necesito tu dinero.

—Un millón de dólares no le hacen daño a nadie, querida.

Dejé caer mis ojos al cheque, sorprendida de ver su nombre en la parte superior. Un millón de dólares. Para mí, era como una casa de vacaciones extra. Tal vez un condominio en Colorado. Nada de eso cambiaría mi vida. Pero seguía siendo una importante cantidad de dinero. Especialmente para ser dada de baja de su cuenta personal.

—¿Vale un millón de dólares que siga soltero? ¿O es a mí a quien le tiene tanto desdén personal?

Ese destello de color gris apareció de nuevo. Una tormenta tropical de emociones en esta pequeña mujer.

—Confíe en mí. Quiero lo mejor para Peeta. Y para ti.

Aparté el cheque.

—No gracias. Y eso no tiene nada que ver con Peeta. No seré comprada por cualquier cosa.

Se rió entre dientes, el sonido nada jovial. En su lugar, raspó largas, muertas uñas por mi columna, reduciéndome, en un apretón de sus cuerdas vocales, a una niña que se comportó mal.

—Oh, lo fácil que es para una niña rica tomar el terreno moral. Me imagino, que si hubieras tenido que trabajar un día en tu vida, reaccionarías de manera diferente. Si fuera el dinero con el que construiste esta casa. Con el que compraste tu vista frente al mar.

La miré fijamente, tragándome palabras de réplica que en realidad no tenían ninguna sustancia. Estaba en lo cierto.

Eso no significaba que iba a dejarla estar aquí, en mi maldita casa, y hacerme sentir culpable por ello. Vi como rompía el cheque por la mitad. Dejando que las piezas se dispersaran en el mostrador.

—Bien. ¿No quieres mi dinero? ¿Qué pasa con JSHA?

Mis dedos se cerraron sobre el mostrador, todo cambió en la cocina en aquel momento. No lo haría. No podía.

—¿Qué con eso?

—El año pasado BSX donó… —Movió su mirada alrededor de la cocina, como si hubiera matemáticas complejas que realizar en algún rincón de su mente.

—Siete millones y medio de dólares. —Encontré mi voz saliendo de mi garganta sin invitación. No lo haría.

—Siete punto seis —me corrigió, su voz dura—. Dirijo nuestro equipo de contribuciones caritativas, junto con otros doce departamentos en BSX. Apártate, o no haré la donación de este año.

Mi mundo se volvió un poco más pequeño. Las donaciones se debían hacer el siguiente mes. Esperábamos de BSX ocho millones, lo que, además de los gastos normales, pagaría la deuda existente de tres casas nuevas que pusimos en construcción el año pasado. Sin esa donación, la organización tendría que cubrir ambas hipotecas por un año completo. Una tarea imposible. Y, sinceramente, mis habilidades para recaudar fondos… no podrían compensar ese déficit. De ninguna manera. Apenas pude conseguir los dos millones de dólares que había logrado el año pasado. Tragué. Mirando a esta mala mujer que de repente sostenía una casa llena en su tonto juego. Una casa llena de niños sin hogar.

—Malditamente lárgate de mi casa.

Y así comenzó mi relación con Wiress.

Siglas para International Business Machines, en español algo como máquina de negocios.

Siglas inglesas de Chief Financial Officer, Gerente de Finanzas.

Hola! Les traigo un nuevo capitulo. Espero que lo disfruten. No olviden de dejar sus comentarios y tal vez la semana que viene actualice mis dos historias propias, mientras tanto disfruten de esta adaptación y "Besar a un Angel". Besitos.