Me di la vuelta contra su pecho, mi toque encontrando su camino a través de su estómago, las líneas de su cuerpo, sus abdominales saltando bajo mis dedos mientras él exhalaba. Mi mano se movió más abajo, deslizándose bajo la sábana, un gruñido saliendo de su garganta cuando cerré mi mano a su alrededor, el grueso músculo despertando debajo de mi toque.
—No empieces a menos que quieras más.
—¿De eso? —bromeé—. Siempre quiero más. —Le di un último apretón y luego lo solté, arrastrando mi mano hasta su pecho, deseando unos minutos más de esto. Peeta estaba relajado, su intensidad moderada a un nivel que era adorable, sus ojos cerrados en este momento contra la almohada, los únicos movimientos el ascenso y caída de su pecho debajo
42 de mi mano.
Nos quedamos en silencio por un rato, los placeres del post-sexo aun extendiéndose hacia mis extremidades por la sinapsis de vez en cuando. Cerré mis ojos y reproduje el sexo. No entré en esta relación virgen. Había tenido mi cuota de amantes, siete u ocho si tenía que adivinar. Había tenido orgasmos. Unas extrañas noches donde había entrado en el lado más salvaje de las sábanas. Pero nunca había tenido sexo como el que había tenido con Peeta. Una sesión completa con un hombre donde la atención se centraba en una cosa: mi placer. Su orgasmo llegaba, siempre incluido, al final del acto, como un efecto secundario, no la meta. El objetivo de Peeta, siempre y cada vez, era dejarme saciada, cada posible orgasmo tiraba, tiraba, y tiraba de mi cuerpo con sus codiciosas manos, boca y pene.
Envolví mi pierna alrededor de él, jalándolo con más fuerza. Sentí que su mano me apretaba en respuesta.
—Dime sobre las mujeres de compañía. —No sé de dónde vino eso; salió de mis labios sin previo aviso.
Debajo de mí, sentí el cuerpo de Peeta tensarse un poco, su mano detuvo la exploración perezosa de mi piel que había comenzado.
—¿Qué oíste?
—De muchas, cientos. Que vinieron aquí, no a tu casa.
—Esto está más cerca de la oficina. Y… tengo demasiados objetos de valor en casa, mi trabajo, mi privacidad. Esto funcionaba mejor.
Apoyé mi barbilla en su pecho y observé su rostro, sus ojos azules fueron a los míos.
—¿Cientos? —pregunté. Frunció el ceño.
—No. Durante los últimos veinte años… —Se encogió de hombros—.
Probablemente ha habido quince.
Digerí el número. Por un lado, era más que el mío. Por otro, eran menos de lo que había esperado.
—Y… ¿por qué prostitutas?
Se sonrojó, algo que nunca había visto en él.
—Complacer a una mujer… es importante para mí. Quería que me enseñaran, una profesional.
—¿Qué te enseñaran?
Él movió un rizo de cabello de mi mejilla. Lo envolvió alrededor de su dedo antes de meterlo detrás de mi oreja.
43 —Era joven la primera vez. Diecisiete. Nunca había besado a una
chica antes, todo mi mundo prácticamente estuvo confinado al sótano. Quería salir, mis hormonas estaban volviéndose locas, pero Wiress y mis padres no querían que corriera por la ciudad y fuera por la primera chica que viera.
—¿Así que pediste una prostituta? —Empujé su costado, el movimiento causando que mis senos se movieran, sus ojos cayeron a ellos, una exhalación profunda salió de su pecho mientras se tomaba un momento, sus manos deslizándose por mi espalda y curvándose hacia adelante, tomando mis pechos con reverencia—. Peeta —dije, tratando de centrarlo mientras sacaba su concentración de mis senos—. Peeta — repetí—. ¿Tus padres contrataban prostitutas?
—No —murmuró, tratando de jalarme, su boca acercándose, besando mi cuello y tratando de hacer su camino más abajo—. Wiress me consiguió a Bridget McCullen, una muchacha de dieciocho años, directamente de las páginas de mis fantasías.
—Una prostituta —repetí, deslizándome más abajo, alejando mis pechos, la nueva posición dejando que sintiera exactamente lo mucho que mi cuerpo lo afectaba. Sonreí a pesar de mí misma.
Finalmente alzó la vista.
—Bueno, no sabía que era una prostituta. Wiress la hizo tocar mi puerta un día, cuando estaba solo en casa. La chica casi me arrastró desde el sótano hasta mi habitación. Me dio mi primera mamada y me hizo olvidar todo sobre computadoras por unos buenos tres minutos.
—¿No es… ilegal? Tenías diecisiete. ¡Ella es tu tía! Eso es espeluznante en tantas diferentes maneras que ni siquiera puedo nombrarlas todas.
Se echó a reír.
—Fue lo mejor que pudieron hacer por mí en ese momento. Y yo no quería salir de la casa, no quería… —Miró hacia abajo, ocupándose de subir nuestra sábana—. Entendía por qué ellos me mantenían cerca. Protegiéndome. No sabía lo que era una prostituta. Pensé que le gustaba, y apenas se había movido a las cercanías. Anduvo por ahí alrededor de dos años. Me llevó de niño a hombre. Entonces… se fue.
—¿Qué pasó?
Se encogió de hombros.
—¿Se mudó, consiguió a un novio? No lo sé. Me partió el corazón. Me encontraba seguro de que estábamos destinados a estar juntos, hasta que Wiress tuvo una corazonada y me lo contó todo. Cómo la chica estaba interesada en su pago, nada más. Cuánto debía concentrarme en lo bueno, en lo que había recibido de la relación. Estaba enojado. No hablé con ella durante días. Me había mudado para entonces, estaba viviendo aquí. Pasaron unos días, luego envió a una nueva chica. Entendí la prueba. No podría estar enojado con ella por darme algo que yo quería. Así podría apartarme de la chica, sabiendo que era una prostituta, o llevarla y aceptar la realidad de lo jodida que era mi vida. —Me miró—. Así que me la tiré. Y fue diferente que con Bridget. Entendí la dinámica, y pude controlar la situación. Así que me concentré en lo que quería: en mi capacidad de complacer a una mujer. Y pensé, que un día, me gustaría tener a una mujer que valiera la pena para utilizar esa habilidad.
Me quedé mirándolo. Parpadeé. Lo miré un poco más.
—Te das cuenta —dije lentamente—, que no deberías haber compartir todo esto conmigo. Ese es el material que se supone que debes mantener en secreto. Los esqueletos muestran tu vulnerabilidad.
Se rió, sus brazos envolviéndose alrededor de mí, y nos rodó otra vez hasta que estuvo encima, su pene aún seguía ahí, pidiendo atención.
—Entonces, ahí los tienes. Todos mis esqueletos. ¿Todavía me quieres?
—Mordisqueó un camino a lo largo de mi cuello, y me reí, estirando una mano hacia abajo y agarrando la parte de él de la que no podía tener suficiente.
—¿Esqueletos? —reflexioné—. Bueno, me gusta un buen hueso.
Gimió en mi cuello, moviéndose entre mi mano.
—Eso fue tan cursi. Me reí.
—¿Cursi bueno? Negó contra mis rizos.
—Cursi malo.
—Me gusta lo malo —le susurré, mi mano apretándose, sus caderas follando su pene en mi agarre.
—Dios, mujer. —Se inclinó hacia delante, extendiéndose a través de mi cuerpo y tirando de la manija de la mesita de noche, sus manos golpeando los artículos en su prisa—. No sé qué hacer contigo.
—¿En serio? —bromeé—. ¿No sabes qué hacer conmigo?
—Corrijo eso —rugió, levantándome lo suficiente como para cubrir su pene, sus manos agitándose ligeramente en su urgencia—. Sé exactamente qué hacer contigo.
Entonces estuvo de regreso encima, y su pene estaba dentro de mí, y me mostró exactamente lo que sus planes implicaban.
