¡YAHOI! Al fin he podido continuar esta tirada de oneshots. He estado perdida en el limbo, pero aquí vuelvo. Siempre vuelvo xDD.

Disclaimer: Fire Emblem: Path of Radiance y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Shouzou Kaga, Intelligent Systems y Nintendo. Como no sé qué porcentaje de propiedad tiene cada uno los nombro a los tres.


Gesta IV

¡Genial! ¡Absoluta y completamente genial! (Y que conste que estaba siendo irónica).

¿Quién le mandaba a ella alistarse en las filas del ejército de Crimea? Por una cantidad, claro está, los mercenarios no trabajaban gratis. Las cosas no podían irle peor: habían acabado apresándola junto a otros mercenarios contratados como ella por el ejército crimeo. A los soldados directamente se los habían cargado.

Suspiró con la espalda apoyada contra la pared de su oscura y húmeda celda. Al menos, se dijo, había tenido de momento. A algunos de los otros presos ya los habían torturado y humillado. A ella aún no le había llegado el turno, pero le llegaría. Oh, sí, estaba segura de que le llegaría.

Unos golpes en los barrote de las celdas vecinas llamó su atención. Pronto el carcelero apareció ante la suya, golpeando con su porra el metal que la mantenía encerrada en aquel lúgubre agujero.

—La cena—le dijo colando sin cuidado alguno un plato con un mendrugo de pan y una jarra de agua a medio llenar. Volvió a soltar otro suspiro y se acercó hasta coger el pan duro. Empezó a mordisquearlo lentamente para que le durara. Aunque no supiera a nada y estuviera más duro que una piedra era lo único que iba a papar hasta el día siguiente. Más le valía aprovecharlo.

Se dio cuenta de que el carcelero no se había ido, sino de que seguía de pie ante la puerta de su celda, mirándola con una asquerosa y retorcida sonrisa en su feo rostro.

—¿Qué miras?—soltó en tono irritado.

—Mañana te tocará el turno. No puedo esperar para oírte gritar y suplicar. —La mirada que le dedicó, recorriendo su cuerpo entero, la hizo estremecerse. Sintió las náuseas invadirla y unas crecientes ganas de vomitar. Dejó el pan de vuelta en la bandeja y se bebió de un trago el poco contenido de la jarra de agua. De pronto se le había quitado el apetito.

El carcelero desapareció al fin en su cubículo, dispuesto a echar una buena siesta nocturna en su silla. Miró con rabia para su espada, colgada de la cintura de aquel malnacido. Si pudiera hacerse con ella aquel mequetrefe seboso no sería rival para ella. Lo cortaría en pedazos antes de que pudiera abrir la boca para suplicar por su insignificante y miserable vida.

Levantó las rodillas y apoyó la cabeza en sus piernas, triste. Ella no quería esto, no quería que estallara la guerra. Nadie en Crimea lo quería. El rey loco de Daein había sido el que había iniciado aquella contienda sin sentido. Solo la Diosa sabía lo que pasaba por la cabeza de semejante chalado. Como mercenaria que era, había oído en sus viajes innumerables historias sobre la locura de Ashnard, a cada cual más fantástica, pero todo el mundo sabía que en todo cuento existía algo de verdad.

Cerró los ojos, intentando conciliar el sueño en vano. Los gemidos y lamentos de los demás presos se lo impedían. Ojalá el príncipe Renning no hubiese muerto. De no haber sido por esa desafortunada circunstancia…

Un sonido metálico la sacó de su inquieto duermevela. Estiró las piernas y echó el cuerpo hacia delante, con el corazón latiendo a cien por hora en su pecho. Aguzó el oído al máximo, esperanzada. ¿Acaso… acaso habían venido a rescatarlos? No lo creía pero de ser así… Se mordió el labio inferior, nerviosa, enfocando sus ojos en la puerta de madera que daba al interior de la fortaleza en la que los retenían a todos. El carcelero se despertó de un sobresalto cuando esta salió volando por los aires, haciendo bastante ruido.

Sus ojos se abrieron como platos al ver aparecer a un soldado, más concretamente a un infante pesado, portando una lanza en su mano derecha. Tras él un arquero saltó ágilmente desde su espalda y con una destreza nunca vista antes por ella abatió al carcelero antes de que pudiera dar la voz de alarma. Detrás de aquellos dos curiosos personajes apareció un tercer hombre, más grande, fuerte y robusto que, incluso, el soldado que se encontraba delante. Sus ojos duros se pasearon por toda la estancia, haciendo muecas de rabia cada vez que su mirar se posaba en alguno de sus compañeros presos moribundos o ya muertos… hasta que al fin se posaron en ella.

—Shinon—dijo. El arquero refunfuñó algo, acercándose al carcelero muerto. Le arrebató las llaves del cinturón y se las lanzó al hombre grande. Este se dirigió a su celda y abrió la puerta, haciéndose a un lado al instante, como invitándola a salir. Ella lo miró unos segundos con desconfianza.

—¿Quiénes sois?—preguntó, poniéndose en pie, lista para luchar por su vida de ser necesario. No estaba dispuesta a morir allí.

—Simples mercenarios. Oímos que aquí retenían a soldados crimeos nos acercamos a comprobarlo. No creímos que quedara nadie vivo dado el tiempo transcurrido desde la captura pero… —La miró y sonrió. Aquella sonrisa terminó por derribar todas sus defensas. Un hombre que sonreía con tanta sinceridad no podía ser malo.

—Gracias… —dijo, saliendo al fin de la celda. Sus tripas rugieron y enseguida se avergonzó. El hombre soltó una carcajada que resonó en todo el sótano. Sus dos compañeros se miraron entre sí y menearon la cabeza. Aquello debía de ser normal, dedujo.

—Ten. —Con asombro, vio como el hombre sacaba del morral un bocadillo de pan con queso. No pudo resistirse: casi se lo arrebató de las manos y lo devoró en cuestión de minutos, sin apenas respirar. Cuando acabó se limpió las migas y los restos de queso de los labios y de sus ropas.

—Gracias otra vez.

—No hay de qué. —El hombre se acercó al cubículo del carcelero, pasando por encima del cuerpo de este, y fijando su vista en las numerosas espadas, hachas, lanzas, arcos… que estaban allí colgados—. ¿Algo de esto es tuyo?—Ella asintió y caminó hasta el hombre. Se puso a su lado y alargó el brazo para coger un par de espadas: una de hierro y una delgada—. Así que eres una mercenaria.

—Evidente es—dijo con una sonrisa, ajustándose las vainas al cinturón de su túnica. Se sentía mucho mejor ahora que volvía a sentir el tranquilizador y familiar peso de sus armas.

—Y una espadachina experimentada por los callos de tus manos. —Ella asintió, mirándolo de frente.

—Os doy las gracias por rescatarme señor… —Se detuvo, esperando a que el desconocido le dijera su nombre.

—Greil. Me llamo Greil

—Pues muchas gracias, señor Greil. —El hombre asintió—. Me gustaría agradeceros vuestra amabilidad. ¿Cómo podría devolveros el favor?

—No es necesario.

—Por favor—insistió—. No me quedaré tranquila hasta haber saldado la deuda que tengo con vos. No es mi estilo deberle cosas a la gente. —Greil no pudo evitar reír ante el tono firme de la muchacha.

—¿Cómo te llamas, jovencita?

—Mia.

—Muy bien, Mia, si tantas ganas tienes de devolverme el favor, te ruego que vayas al castillo que queda a unas leguas de aquí y ayudes a mi hijo. Intuyo que se habrá metido en la boca del lobo sin saberlo. —Mia asintió, conforme.

—Lo protegeré con mi propia vida de ser necesario. Lo juro. —Greil volvió a reír.

—Esperemos que no haya que llegar a tanto. —Mia sonrió a su vez y tras unas breves palabras de despedida salió corriendo en la dirección indicada por Greil.

Nunca imaginaría la grandiosa aventura que correría en compañía de Ike, ni que la compañía de mercenarios de Greil llegaría a ser su familia.

Su primera y verdadera familia.

Fin Gesta IV


¡Jo, jo, jo! Aquí he vuelto con otra mini-historia de uno de mis personajes favoritos de la saga. Espero de verdad que la hayáis disfrutado.

¡Muchísimas gracias por su review a: YoakeYoru!

*A favor de la campaña con voz y voto, porque dar a follow y favoritos y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí. Acosadores no.

Gracias

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.