¡YAHOI! Sí, he vuelto con otro oneshot de este maravilloso e inigualable videojuego el cual tengo unas ganas enormes de jugar en cuanto salga de esta prisión infernal en la que llevo 15 largos y tediosos días metida.

Espero que disfrutéis de la lectura.

Disclaimer: Firme Emblem: Path of Radiance y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Shouzou Kaga, Intelligent Systems y Nintendo. No sé qué porcentaje de propiedad intelectual tiene cada uno, así que mejor los nombro a los tres.


Gesta V

—¡A reunirse, tropas! ¡A formar!—El ruido y el relincho por parte de los caballos ahogó en parte el tintineo de las pesadas armaduras que portaban los soldados pertenecientes a la unidad montada del ejército de Crimea. En menos de un minuto algo más de un centenar de jinetes cerraban filas en medio del patio de armas del norte en el castillo de Melior, la capital.

Justo en ese momento el chambelán del palacio hizo su aparición, yendo hacia el capitán. Debió de ser un mensaje importante, puesto que el rostro curtido del hombre se tornó serio y grave de pronto. Les gritó que se irguieran y ellos así lo hicieron.

Dos segundos después aparecía el mismísimo rey en persona. Enseguida los soldados empezaron a murmurar, nerviosos. No era normal que el soberano apareciera sin previo aviso por los entrenamientos. ¿Habría ocurrido algo?

—Descansen. —Automáticamente los soldados bajaron las armas, pero no perdieron ni un ápice de la solemnidad que los caracterizaba en presencia de su rey. Ramon era, hasta el momento, el miembro de la familia real más respetado y querido por el pueblo, no solo por sus hombres. Cualquiera de los allí presentes habría dado gustoso la vida por él o por la reina, o incluso por el príncipe Renning, hermano de Ramon.

—Mi señor… —El capitán se había aproximado al hombre, quien se había dedicado los últimos minutos a evaluar a sus tropas—. Los soldados se preguntan…

—Silencio. —El hombre obedeció en el acto y calló, retirándose respetuosamente hacia atrás. Pasaron un par de minutos más antes de que el rey se decidiera a hablar—. Como algunos ya sabréis, hace poco que hemos iniciado un acercamiento a nuestro reino vecino: Galia. —Varios murmullos recorrieron la multitud—. Sé que no todos ven con buenos ojos esa incipiente amistad, ni mucho menos que entablemos tratados o rutas comerciales con ellos. Pero yo creo firmemente en que el mejor camino para que nuestro reino, nuestra sociedad, prospere, es incentivar la tolerancia y echar abajo la desconfianza. —Algunos escépticos levantaron las cejas, pero nadie se atrevió a cuestionar las palabras de su soberano—. Por ello el rey Caineghis y yo hemos tomado la decisión de llevar a cabo un entrenamiento conjunto entre nuestros ejércitos. Una especie de… intercambio: algunos de vosotros iréis para allí, mientras que algunos soldados del ejército de Galia vendrán aquí. Ambos creemos firmemente que un acercamiento entre nuestros pueblos sería altamente beneficioso para todos. —El rey Ramon hizo una pausa, como meditando lo que iba a decir a continuación.

«Me gustaría no tener que designar voluntarios forzosos. Sé que la gran mayoría de vosotros consideráis a los laguz como inferiores, cuando yo he comprobado en primera persona que algunos son mucho más inteligentes que los beorcs. —Los susurros y murmullos fueron subiendo de tono, tiñéndose poco a poco de indignación. El rey volvió a pedir silencio—. Es una oportunidad única. Pensadlo detenidamente. —Los caballeros del ejército crimeo se miraron entre sí, confusos. ¿En serio su líder les estaba insistiendo para que algunos se internaran en los agrestes bosques de Galia y convivieran durante unos meses con semejantes bestias?

En medio de aquel nerviosismo, una joven pelirroja acariciaba el cuello de su montura, pensativa. Siempre había tenido curiosidad por saber como eran los laguz, no los conocía más que a través de historias, canciones o cuentos con los que se asustaba a los niños a la hora de dormir. Además, entrenarse en un territorio hostil, desconocido, podría serle beneficioso para el futuro, así que ¿por qué no? No perdía nada.

Se irguió sobre su caballo y, cuadrando los hombros, obligó al animal a dar dos pasos.

—Me presento voluntaria, su majestad. —El rey pareció visiblemente complacido por su decisión. Se acercó a ella y la examinó durante unos minutos.

—¿Nombre y rango?

—Titania, su majestad, caballero del sexto regimiento. —Los rayos del sol arrancaron brillantes destellos a la abundante melena pelirroja que la chica llevaba recogida a la espalda en una elegante trenza. Su rostro blanco era la imagen misma de la determinación. El rey Ramon sonrió.

—Me complace su decisión, soldado Titania. —Tras un titubeo por parte de los demás soldados, un par más salieron de las filas, dando a conocer su decisión de unirse a aquella soldado de cabello rojo fuego. El soberano de Crimea amplió su sonrisa, contento.

—Han tomado una sabia decisión. Los que deseen seguir los pasos de estos inteligentes soldados que se lo comuniquen a su capitán correspondientes. Pueden seguir con el entrenamiento. Buenas tardes.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

El carro en el que iban no paraba de dar bandazos por los caminos de tierra. Llevaban un día de camino y apenas habían cruzado la frontera de Galia, aquella noche pararon a descansar en uno de los castillos que lindaban con el frondoso y extenso bosque que hacía de barrera natural contra posibles invasores. Era sumamente fácil perderse en aquel conjunto de árboles si no conocías bien el terreno.

De buenas a primeras los laguz felinos (como se denominaban a sí mismos) mostraron una abierta hostilidad teñida de profunda desconfianza y, por supuesto, resentimiento. Parecía que por sus venas todavía corriera la sangre de los antiguos esclavos laguz, maltratados por los beorcs.

Titania suspiró dando un sorbo a su sopa. Al menos la comida era caliente, se dijo. En su fuero interno había esperado poder entablar conversación con alguno de sus escoltas laguz, pero ninguno parecía dispuesto a dirigirles siquiera la palabra. No obstante los soldados crimeos se cuidaban muy mucho de hacer o decir algo inapropiado o que pudiera ofender a los súbditos del rey Caineghis. Estaban allí en representación no solo del rey Ramon, sino también de todo el país de Crimea. No podían dejar en mal lugar a su gente ni mucho menos a su soberano, a quién tanto respetaban y adoraban.

Cuando al fin divisaron el enorme castillo de la capital de Galia el alivio se reflejó en todos los rostros. Al fin podrían descansar y alimentarse como era debido, y también esperaban poder tener una conversación de verdad. Seguro que los habitantes del castillo, aunque fuera solo porque así lo había ordenado su rey, se mostrarían algo más amables y cooperativos.

Grande fue la sorpresa que recorrió a Titania cuando vio aparecer ante ellos a un enorme guerrero beorc. Su armadura dorada debía pesar una o dos toneladas por lo menos, por no hablar de la enorme hacha que colgaba de su espalda. El hombre los saludó con una afable sonrisa y, para su consternación, los laguz que allí había le dedicaron una reverencia.

—Bienvenidos, soldados de Crimea. Su majestad el rey Caineghis me ha pedido que os transmita sus más sinceras disculpas por no haber podido él mismo en persona a recibiros como es debido, pero ahora mismo se encuentra enfrascado con sus consejeros en asuntos de estado, así que me ha pedido que yo os haga de anfitrión y guía. —Les hizo un gesto para que lo siguieran. Titania fue la primera en hacerlo, con creciente curiosidad. Aquel hombre debía de ser muy importante, a juzgar por la confianza y la deferencia con la que lo trataban los demás laguz—. Os alojaréis en el ala este del castillo, las habitaciones ya están dispuestas. Como supongo querréis descansar, hemos mandado que os suban la cena a vuestros aposentos, para que podáis descansar bien esta noche. Mañana el rey os recibirá en el salón del trono para daros la bienvenida que os merecéis, y también empezaréis vuestro entrenamiento. —Y dicho esto el hombre llamado Greil desapareció haciendo ondear su capa carmesí, al tiempo que les deseaba las buenas noches.

Aquella primera noche en el castillo le pareció a Titania algo irreal. Nunca había salido antes de Crimea. El único viaje que había hecho había sido el de uno de los barrios humildes de Melior hasta el castillo, donde se había alistado en el ejército del rey. Poco a poco había ido escalando puestos gracias a su habilidad con el hacha, la lanza y, desde luego, su buen hacer con los caballos y el montar. No era por presumir, pero era un excelente amazona.

Suspiró arrebujándose en las mantas de su nuevo hogar. Al menos los trataban bien, pensó ella. La mayoría ya se imaginaban siendo asesinados nada más poner un pie en Galia. Les había aliviado considerablemente el que aquel hombre, Greil, viniera a hacerles de anfitrión. Seguramente había sido idea del rey Caineghis. Los que habían tenido la suerte de conocerlo decían que era una persona, por demás, juiciosa e inteligente.

Cerró los ojos y decidió intentar conciliar el sueño. En los días venideros ya vería como se desarrollaban los acontecimientos. Tenía mucha curiosidad por saber como sería su nueva vida en los espesos a la par que hermosos bosques de Galia.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

A la mañana siguiente ella y sus compañeros se encontraban desayunando visiblemente incómodos en el comedor del castillo. Los laguz que por allí andaban no paraban de lanzarles miradas, ya fueran curiosas, amenazadoras o de puro odio y resentimiento. Tampoco faltaban los murmullos y susurros. Titania se empezaba a dar cuenta de que la creciente tensión, la cual se podía cortar perfectamente con un cuchillo, poco afilado, podía estallar en cualquier momento.

¡Oh, Diosa, danos paciencia! Rezaba la pelirroja en su fuero interno mientras bebía de su cuenco de leche. No beneficiaría a nadie si ahora estallaba una reyerta entre los soldados crimeos y los laguz. Se suponía que estaban allí para estrechar lazos, no para romperlos.

Como si sus oraciones fueran escuchadas, por la puerta del comedor entró Greil, el hombre que los había recibido a su llegada el día anterior. Los rumores se apagaron enseguida y cada uno volvió a lo suyo. Titania dio gracias al cielo. Greil los saludó y les dijo que en cuanto acabaran de desayunar debían presentarse en el salón del trono. Titania y sus compañeros asintieron. Y no tardaron mucho en cumplir la petición.

Pronto se encontraban en la enorme estancia donde el rey despachaba sus asuntos más urgentes con sus súbditos.

—No creo que haga falta que os diga esto… —se volvieron a mirar a Greil, quien había borrado su jovial sonrisa y ahora se mostraba serio—, pero ni se os ocurra ser groseros. El rey Caineghis puede ser tan benevolente como duro. Procurad no hacerlo enfadar. —Algunos hombres rieron disimuladamente, seguramente pensando que qué se podía esperar de unas bestias semihumanas. Titania resopló, molesta con sus compatriotas. Por el momento no había visto que aquellos laguz fueran tan diferentes de los humanos.

Un laguz vestido algo más ceremoniosamente que los demás hizo su aparición por una puerta lateral. Les echó un vistazo y luego fue a colocarse junto a Greil, el único humano en la sala aparte de ellos.

—¡Su majestad, el ilustre rey Caineghis de Galia!—Titania no pudo evitar que su corazón comenzara a latir apresuradamente. ¡Iba a ver al mismísimo rey de los laguz felinos en persona! Clavó la vista en la puerta lateral… Y por ella entró el hombre más grande y más melenudo que jamás había visto. Claro que el aspecto asilvestrado que presentaba solo ayudaba a aumentar su presencia y la fuerza que parecía emanar; Titania sintió un escalofrío recorrerla cuando el soberano, colocado delante de su trono frente a ellos, paseó su mirada por cada uno de los rostros beorcs que tenía ante sí. Una leve y fugaz sonrisa surcó su rostro. Nunca había tenido tantos invitados extranjeros en su reino, a excepción de Greil. Y él era una gran, gran excepción. La excepción que confirma la regla.

Caineghis se sentó con majestuosidad en el trono real, e hizo un gesto para que el ambiente se distendiera un tanto.

—En primer lugar quiero agradeceros el que estéis aquí. Significa mucho para Galia este primer acercamiento, aunque supongo que eso ya lo sabéis. —Pausa—. Espero que vuestra estancia en mi castillo sea de vuestro agrado, y también que aprendáis algo de nosotros. Sinceramente creo que los laguz tienen tanto que aprender de los beorcs como los beorcs de los laguz. Lo creo con todo mi corazón. —Su voz era majestuosa, ronca, grave y, sobre todo, autoritaria. Titania pensó que, dentro de todo, era una voz bastante… normal—. Lo siguiente que me gustaría comprobar es vuestro nivel como soldados y guerreros. Greil ¿podrías hacernos el favor de dar una pequeña clase introductoria?—El aludido sonrió y, haciendo un gesto con la cabeza, se puso en medio del salón del trono, levantando su hacha para dejarla caer contra el suelo con el filo hacia abajo, mirando a los crimeos con una sonrisa.

—Mi lema es que la práctica hace al maestro ¿algún voluntario?—Los soldados se lanzaron miradas, entre desconcertados y temerosos. Greil parecía terriblemente amenazador con aquella pose, tan seguro de sí mismo. Pero siempre hay alguien que peca de ingenuo, y esta vez fue la impulsividad de Titania la que la hizo pagar el pato.

—Yo misma. —La pelirroja dio un paso adelante, segura de sí misma. Nunca le habían amedrentado los retos, por ser mujer había tenido que luchar mucho para llegar a donde estaba en el ejército de Crimea. Y pensó que aquella era una buena oportunidad para probarse a sí misma. Greil tenía pinta de mercenario, de uno experimentado, además. Tal vez pudiera aprender algo útil de él o, incluso, vencerlo.

—De acuerdo—cabeceó el hombre de la capa carmesí—. ¿Qué arma prefieres?—preguntó. Titania señaló con la cabeza el hacha.

—Un hacha. —Greil alzó las cejas, algo sorprendido. Pero se encogió de hombros y ordenó a un sirviente que trajera una de la armería del castillo. El laguz no tardó en volver con una pesada hacha de plata que Titania cogió, dándole las gracias. La blandió ante ella e hizo un par de movimientos fluidos, probándola. Asintió para sí y se colocó frente a su adversario, en guardia. Greil hizo lo propio frente a ella, sujetando su enorme arma con las dos manos. Y el duelo empezó.

Al principio no parecía más que una mera danza donde ambos contrincantes bailaban al ritmo del otro, fintando y haciendo chocar sus filos una y otra vez, sin descanso.

Pero pronto Titania se dio cuenta de que Greil solo estaba jugando con ella, como un gato con un ratón antes de zampárselo con toda la tranquilidad del mundo. Y se enfureció. Sus golpes se volvieron más duros y fuertes y sus movimientos más tensos. Greil esbozó una sonrisa. Aquella impetuosa muchacha era fuerte y decidida. Sus ojos echaban chispas y se notaba que era orgullosa. Sonrió para sí. Hacía tiempo que no topaba con alguien tan prometedor. Pero ya era hora de acabar con ello. Cuando Titania fintó hacia un lado Greil levantó su hacha y, con una pequeña floritura que ejecutó sin apenas esfuerzo, la desarmó: golpeó su mano con el canto del hacha, haciendo que gritara de dolor y que soltara al tiempo su arma, la cual cayó al suelo con estrépito, alterando la atmósfera solemne que parecía haberse adueñado de la sala.

—Suficiente—dijo Caineghis. Titania miró para Greil de reojo. Hizo una reverencia en dirección al soberano y volvió a su sitio en la fila entre sus compañeros de Crimea, quienes ahora estaban aún más nerviosos si cabe—. Mañana empezaréis vuestro entrenamiento. Greil ¿me acompañas a la cena? Quisiera hablar contigo.

—Por supuesto, su majestad. —Y el rey y el humano desaparecieron por una de las puertas laterales del salón del trono. Titania se frotó la mano. Ya estaba por irse también, sumida en sus pensamientos, cuando una mujer laguz se le acercó con una caja y un paño.

—Frótate esto. Impedirá que se inflame la zona. —Titania cogió la caja y la abrió, dentro había un ungüento.

—Gracias. —La mujer torció el gesto pero hizo un movimiento de cabeza. Luego Titania también se retiró. Una buena noche de sueño la ayudaría a pensar sobre lo que había ocurrido en aquel salón del trono.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Al día siguiente Titania y sus compañeros se habían integrado en la rutina normal de entrenamiento de los soldados laguz. A diferencia de los beorcs, los laguz no usaban armaduras ni armas, tan solo pequeñas dagas o cuchillos que más bien utilizaban a modo de herramientas. Sus únicas protecciones contra los enemigos eran ropas de cuero o simple tela. Y sus ejercicios para entrenar consistían en pruebas de velocidad, rastreo o seguimiento, así como caza y vigilancia. Era algo a lo que los soldados de Crimea no estaban para nada acostumbrados.

Así que allí estaban, arrastrándose por el suelo, sudorosos e incómodos sin el reconfortante peso de sus armas y armaduras, sintiéndose ridículos ante las risas de los demás soldados laguz, que se burlaban de su torpeza. No obstante aquellas risas cesaron pronto, algo que los hizo levantar la cabeza, viendo avanzar a Greil hacia ellos, saludando con una sonrisa a los laguz, quienes lo saludaban a él con igual entusiasmo.

Greil llegó a su altura y se dirigió hacia ella, haciéndole un gesto para que lo siguiera. Desconcertada, Titania obedeció. Salieron del castillo por uno de los muros laterales, dirigiéndose hacia un grupo de lo que parecían ser granjas y unas casas, en la linde de un bosquecillo.

—El pueblo está al otro lado de la espesura—dijo Greil, respondiendo así a la pregunta que se estaba formulando en su mente—. Era más fácil que el castillo tuviera sus propios suministros que hacer atravesar todos los días la maleza a un grupo de caravanas. Lo que sobra los granjeros lo pueden llevar a vender en día de mercado, almacenarlo para épocas de escasez o consumirlo ellos y sus familias.

—Eso es muy…. generoso. —Greil soltó una risotada.

—No era eso lo que estabas pensando. —El hombre guio a Titania hacia una casa ni muy grande ni muy pequeña, cuya valla y jardín delantero parecían bien cuidados. Tenía un pequeño cobertizo y un corral cubierto con algunos animales, así como un mini establo con un caballo. Greil se dirigió a la parte trasera del cobertizo, donde se descolgó el hacha de la espalda para ponerla allí, medio escondida entre unos sacos de arpillera—. Ahora verás por qué.

—Yo no… —Greil le sonrió y le hizo gestos para que lo siguiera. Fueron hacia la puerta principal, la cual el mercenario abrió. Titania pudo atisbar antes de entrar un fuego encendido en una pequeña chimenea al fondo de la habitación, una mesa de madera con un par de sillas, unas estanterías de madera con diversos utensilios de cocina y, en una esquina, una cuna de madera, al lado de la cual había sentada una hermosa mujer de pelo azulado, quién jugaba con un niño pequeño en su regazo al tiempo que acunaba con el pie la cunita donde dormitaba un bebé de lacios cabellos castaños.

—Hola, querido.

—Elena… —La pareja se saludó con un beso, haciendo sentir algo incómoda a Titania. El pequeño la miraba con curiosidad desde los brazos de su madre—. ¡Hola, Ike! ¿Has cuidado de mamá y de Mist mientras no estaba?—El niño rio feliz en cuanto su padre lo levantó en el aire.

—¿Y quién es nuestra invitada?—Titania se revolvió. No sabía muy bien para qué Greil la había llevado hasta allí.

—Esta es Titania, soldado de Crimea. Ha venido para el intercambio.

—¡Encantada! ¿Sabes? Ya era hora de que me trajeras una amiga para conversar. Quédate un poco con los niños. —Elena se levantó y enganchó su brazo con el de Titania, llevándola de nuevo hacia el exterior—. En realidad fui yo la que le dijo que te invitara. Creo que fue un poco grosero de su parte herirte la mano. ¿Te encuentras bien? Puede llegar a ser muy bruto. —Titania negó.

—No tiene importancia. Solo fue un pequeño rasguño.

—Aun así no debería haber tratado de esa forma a una dama. Menudo caballero que tengo por marido. —Titania sonrió, cada vez más a gusto y relajada en compañía de Elena—. Aunque no es el único motivo. Sé que te sonará raro, pero estaba desesperada por tener una amiga, compañía femenina. El rey Caineghis y Greil, bueno…

—La entiendo.

—Trátame de tú, por favor.

—¿Y las mujeres laguz?—Se le ocurrió preguntar a la pelirroja. Elena hizo una mueca de desolación.

—No se fían de mí. Son educadas y corteses, amables, pero no me quieren excesivamente cerca. No sé si porque me temen, me repudian o me odian. Supongo que los años de esclavitud no han pasado en vano por ellos.

—Lamento oír eso.

—¡Pero bueno, cuéntame algo de ti! ¿Y cómo van las cosas por los reinos humanos? ¡Hace siglos que no nos llegan noticias!—Y así ambas mujeres se enfrascaron en una amena y agradable conversación.

Aquella noche Greil y Elena suplicaron a Titania que se quedara a cenar y ella aceptó de buen grado. Y a esa noche siguieron muchas más. La amistad entre la familia y la soldado crimea pelirroja de trenza fue en aumento. Poco a poco Titania fue sintiéndose una más del núcleo familiar. Incluso llegó a entrenar con Greil a solas más de una vez, hasta que este la tomó oficialmente bajo su tutela, como una especie de pupila. A pesar de que poco o nada le quedaba por enseñarle, comprendió el hombre. Titania era una guerrera fiera y muy capaz, no carente de principios y de moral, y eso, se dijo Greil, era algo muy valioso en un soldado. Tal vez, y solo tal vez, podría confiarle a esa chica pelirroja parte de su secreto.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Titania se percató de que la agradable velada se estaba volviendo cada vez más tensa. Ike y Mist ya estaban dormidos hacía rato, y los adultos habían alargado un poco la cena con unas deliciosas tazas de té y unas galletas que Elena había horneado. No obstante la pareja se miraba nerviosa, como sopesando si decir algo o no.

—¿Qué ocurre?—preguntó al fin, dejando su taza sobre la mesa de madera. Greil y Elena se miraron una vez más y asintieron, había llegado el momento. No había nadie mejor que Titania para que guardara silencio, y ellos necesitaban desesperadamente compartir la pesada carga que llevaban sobre sus hombros con alguien.

—Titania, sé que nos conocemos desde hace apenas unos meses, pero me gustaría que supieras que te has vuelto como una hija más para nosotros. —Titania se ruborizó ante las palabras de su anfitriona. En su interior se sintió algo mal al pensar en los sentimientos que de a poco habían ido creciendo en su corazón, pero desechó rápidamente esos pensamientos. No era correcto. No estaba bien—. Por ello nos gustaría confiarte una cosa, algo importante.

—Elena y yo esperamos que puedas guardarnos el secreto. —Titania asintió, algo confusa por la gravedad que de pronto parecía haberse adueñado de la situación.

—Lo juro—dijo sin ocurrírsele nada mejor. Greil esbozó una sonrisa y Elena apretó la mano de su esposo, para acto seguido llevarse las manos al cuello del vestido y sacar del interior del mismo una larga cadena que sostenía lo que parecía un pesado medallón de cobre, o quizás era oro. Titania enseguida quedó fascinada por aquella pieza de joyería, y no sabría decir realmente por qué, porque tampoco es que llamara mucho la atención. No era fina ni estaba delicadamente tallada, ni siquiera debidamente ornamentada. No era el trabajo de un joyero experimentado. Inconscientemente alargó la mano para tocarlo, pero Greil se lo impidió agarrando su muñeca antes siquiera de que llegara a levantar la mano.

—Ni se te ocurra tocarlo o rozarlo siquiera. No puedes. No debes. —El tono de orden la hizo despertar como de un sueño. Parpadeó, confundida, mirándose la mano como si no se acordara de lo que iba a hacer.

—Yo…

—Este medallón es peligroso, Titania. Mi mujer y, por alguna extraña razón, mi hija pequeña—dirigió una breve mirada a la cunita de madera, donde la bebé dormía plácidamente—son las únicas capaces de llevar este medallón sin sufrir las terribles consecuencias. Yo he visto de lo que es capaz. —Titania lo miró con extrañeza.

—Nunca he oído hablar de algo así… —Greil suspiró al notar su escepticismo. Era algo de esperar, se dijo.

—Yo tampoco hasta que lo tuve ante mí. Titania, hablo muy en serio. Si te lo hemos mostrado es porque necesitamos confiar en ti, confiamos en que, llegado el caso, puedas protegerlo. Sé que eres una mujer valiente, honesta y de palabra. Necesito que te hagas cargo de mi familia si…

—¡Greil!—La exclamación de Elena los sobresaltó a todos—. ¡Te prohíbo que digas esas cosas! No va a ocurrir nada, te lo aseguro. El medallón está a salvo conmigo. —Titania lo pensó un momento. Aquel matrimonio no tenía ningún motivo para mentirle. Habían sido sumamente amables con ella, la habían ayudado a integrarse con los laguz, habían sido como la familia que nunca había tenido. Aquellos niños, Ike y Mist, eran como sus hermanos pequeños, sería capaz de dar su vida para protegerlos.

—Os lo prometo… Te lo prometo, Greil. Cuidaré de Elena y los niños si algo malo llegara a ocurrir.

—¡No va a pasar nada! Pesimistas, estoy rodeada de pesimistas. —El comentario de la mujer logró relajar un tanto el ambiente, haciendo que soltaran una risa floja. Pero una promesa había sido sellada aquella noche.

Y Titania no tardaría en tener que cumplirla, a pesar del dolor que en aquellos momentos ahogaba su corazón.

Fin Gesta V


Bueno, vale bien, me ha quedado algo... raro. Lo cierto es que no acaba de gustarme, pero no se me ocurría nada mejor y tenía ganas de escribir sobre como Titania y Greil pudieron haberse conocido. Espero no haber metido mucho la pata y que os haya gustado.

¡Muchísimas gracias por su review a: YoakeYoru!

*A favor de la campaña con voz y voto: porque dar a follow y fav. sin dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí. Acosadores no.

Gracias.

No tengo mucho más que decir. Solo que a ver si no tardo taaaaanto con el siguiente oneshot. Tengo en mente ya tres personajes más. A ver por cuál me decido xDD.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.