Ciaossu ~~
Desaparecida haciendo aparición (?) He estado algo perdida por los caminos de la vida, pero hoy dejé dos horas para escribirles solos a ustedes 3. Así que he aquí mi trabajo, espero que les guste. Nuevamente, no está demás agradecer todo su apoyo y comentarios! Me animan mucho n.n sigan así! :P
Obedientemente, Haru abandonó la casa de los Sawada y regresó a la suya, aún estaba intranquila, pero confiaba en que Hibari no la abandonaría. Consideró la idea de informar a Tsuna, después de todo era su madre, sin embargo alguien le llegó con el chisme primero.
No alcanzó a poner un pie dentro de su casa cuando su móvil ya estaba vibrando en su bolsillo.
—¡Haru! Dime que estas bien —era la voz de Tsuna.
A pesar de la crítica situación, una sonrisa se dibujó en sus labios al ver que el Décimo se preocupaba por ella.
—Haru está bien. Tsuna-san no tiene de qué preocuparse —aseguró.
—Que alivio... Haru, escucha bien, ya vamos en camino así que busca un lugar seguro donde esperarnos y mantente a salvo.
—Haru está en su casa, no saldrá de aquí.
—Iremos hacia allá.
Antes de dar por terminada la conversación, la joven se apresuró en hacer una pregunta más:
—¿No saben dónde puede estar?
—No.
Ese simple monosílabo iba cargado de tanto dolor y frustración, que ella decidió no insistir. Tsuna debía estar pasándolo aún peor.
Estaba demasiado preocupada como para concentrarse en una tarea concreta, intentó preparar la cena pero tras dos intentos fallidos decidió no seguir desperdiciando comida.
Las horas pasaban de forma lenta y agonizante, no estaba de ánimos para ver televisión o practicar su hobbie, la costurería; en vez de eso, dio mil vueltas en su recibidor, esperando tener señales de Nana o que los Vongola llegaran.
Comenzó un lento recuento en el que recordó cada momento vivido junto a los Vongola. El destino era un desgraciado, justo cuando creyó que no los volvería a ver, ahí estaba, esperando su regreso. No sabía si debía estar feliz o triste, sus sentimientos estaban divididos en ambos extremos.
Y mientras su mente vagaba entre recuerdos, a su mente llegó la imagen de una persona que corría tanto peligro como ella: Hana Kurokawa.
Cogió su móvil y rápidamente buscó el número de Hana. Marcó tres veces, no recibió ninguna respuesta.
Sus dedos perdieron fuerza, sus brazos cayeron, se sintió enferma y llena de miedo, su estómago se tornó blando y ácido, cada teoría que llegaba a su cabeza era más aterradora que la anterior. Algo le había pasado a Hana, en otra circunstancia habría pensado que quizás su teléfono se había descargado o simplemente no lo tenía cerca, por lo que no lo escuchó vibrar. Sin embargo todo era distinto ahora, las posibilidades apuntaban a las desgracias.
Quería ir a casa de Hana, aunque el peligro la aguardase ahí, aunque ir no le garantizaba nada, solo se encontraría con una innecesaria confirmación a sus sospechas. Pero no podía abandonar la casa, la próxima víctima era ella. Sus ordenes eran quedarse.
Y ocurrió algo extraño, su parte sensata le indicaba que debía ir con Hana y la insensata le pedía que esperara a los Vongola. Quizás porque era una locura quedarse en casa cuando una amiga la necesitaba. O simplemente ya había perdido del todo la cordura y no le quedaba un lado racional, solo dos partes, una más loca que la otra.
No, eso último no. Su razonamiento no la podía abandonar ahora, no cuando más lo necesitaba. Su cordura no podía ser tan traicionera.
Se sobresaltó cuando escuchó que alguien tocaba la puerta. Se asustó aún más cuando identificó el sonido de alguien entrando a la casa.
—¿Haru? —era la voz de su madre.
Por fin alguien de confianza llegaba.
—Aquí estoy mamá —intentó sonar tranquila, fallando al instante, pero sus padres hicieron caso omiso a su tono titubeante.
Una sensación de alivio la recorrió al saber que las dos personas que más amaba incondicionalmente estaban aquí, las únicas personas que nunca dejarían de amarla. Ahora que estaban en casa ellos también recibirían la protección de Vongola en cuanto Tsuna y el resto llegara.
Pero su felicidad duró poco, se arruinó con una simple frase.
—Hija, tenemos que hablar —ordenó el señor Miura.
La familia se sentó en el comedor, el ambiente serio y la tensión presente en el aire creaban una atmósfera nada agradable, más bien, insoportable.
—Haru, debemos irnos de Namimori —dijo el señor Miura con convicción.
—¡Hahi! ¿Por qué? —inquirió su hija.
—Ese niño, Sawada Tsunayoshi y su grupo se metió en problemas con la familia italiana, debemos irnos antes que descubran nuestra conexión con ellos. Nana Sawada ya lleva desaparecida por más de una semana.
—Compramos los pasajes para el próximo avión a Tokio, es una ciudad grande, no nos encontraran fácilmente. Ve a hacer tus maletas, hija, debemos estar en el aeropuerto dentro de una hora —concluyó la madre de Haru.
Sus ojos castaños se abrieron de par en par, Haru no podía creer lo que oía. No importaba que sus padres supieran del peligro, al fin y al cabo tarde o temprano lo sabrían, cuanto más antes mejor pues debían protegerse, pero jamás pensó que tomarían una decisión tan radical. ¿Acaso habían sufrido algún atentado?
—No se preocupen—dijo—. Tsuna-san viene en camino, él nos protegerá. No tienen que asustarse. Vongola es fuerte.
—Hija, creo que estas idealizando mucho a ese niño, es una mala influencia. La mafia es peligrosa, eres demasiado inocente y no te imaginas las atrocidades de las que son capaces. Son personas malas, las más malas que existen —habló la señora Miura.
—Mamá, eso no es cierto. Tsuna-san es un buen chico, es que no lo conoces, Haru sabe que él nos cuidará, pero debemos permanecer aquí.
—Haru, esto es peligroso. No podemos permanecer aquí—declaró su padre.
—Haru se quedará aquí y esperará a Tsuna-san y al resto.
—¡Haru! Entiende esto; no queremos verte sufrir, hija, como tus padres solo te deseamos lo mejor. Son mafiosos, ya entenderás, solo debes crecer un poco más para entender. Ahora lo mejor es irse—intentó convencerla la señora Miura.
La conversación estaba tomando un giro muy difícil. Sus padres no iban a cambiar su postura, nuevamente tendría que elegir. En ese momento le habría gustado poder resguardar a esas dos personas que tanto amaba, protegerlos como ellos lo habían hecho desde el día en que llegó al mundo, e incluso meses antes. Tuvo la suerte de nacer en una familia bien constituida, con dos padres que se esforzaban día a día para darle lo mejor, para que nada le faltara; eran el modelo perfecto, de esos que se muestran solo en la televisión.
Hoy, nuevamente querían protegerla, lo sabía, ellos no la estarían obligando a abandonar sus amigos si no pensaran que eso era lo mejor. No eran capaces de confiar en en los amigos mafiosos de Haru, pero eso también significaba que no eran capaces de confiar en su hija.
Quiso poder protegerlos, así como también deseaba poder hacer algo por Vongola. Ahí estaba de nuevo, esa frustración de sentirse un simple objeto, que si bien estaba cargada de un gran valor sentimental, se sentía completamente inútil. No era capaz de proteger nada.
Si se iba con sus padres y Tsuna no la encontraba al regresar, comenzaría a confundir las cosas; ni siquiera una nota era útil, cualquier persona podía escribir una nota, e incluso podían obligarla a grabar un mensaje diciendo que todo estaba bien. Si se quedaba y algo le ocurría a sus padres, ella no estaría ahí para intentar contactar a Tsuna, para hacer algo, cualquier cosa. Si los secuestraban tampoco habría motivos para mantenerlos vivos, con su muerte el pánico incrementaría y de paso, mandan una silenciosa advertencia.
Una familia. Solo una. Debía decidir. Y con esa decisión definiría quién era.
—Haru entiende que sus padres quieran protegerla, por que somos familia... El problema es que… Vongola también es familia de Haru, y Haru no puede abandonarlos, aunque a veces ella no ayude mucho, siempre habrá alguna forma de colaborar, porque dentro de una familia cada miembro cuenta. Por eso Haru confía en Vongola.
—Ellos no vendrán, Haru. Ellos son mafiosos.
—Vongola volvió a Namimori desde el momento en que Haru aterrizó aquí. Por que ella es una Vongola... Mamá, papá; pertenezco a la mafia. Haru es una mafiosa ~desu.
Con esas palabras, los padres de Haru se dieron cuenta que ya era tarde, habían perdido a su hija, si querían huir de la mafia debían alejarse de ella también.
Nunca más volverían a verse.
La joven castaña subió a su cuarto y se encerró ahí, ahora solo tenía una familia.
Tuvo tiempo de martirizarse interiormente, esta ya no era su casa, pertenecía a un matrimonio que perdió a su hija y huyó de Namimori, dejando todo atrás, comenzó a sentirse extraña incluso en su propio cuarto. Ese era el cuarto de la hija de aquel matrimonio, no el de una niña mafiosa.
Los había dejado ir, y sufría a cada segundo por ello. Ella esperaba el día en que pudiera agradecer a sus padres todo lo que habían hecho, mostrarles que incluso los tiempos difíciles valieron la pena, le habría gustado que la vieran obtener su título, sentir su orgullo, trabajar, presentarles un yerno, unos nietos... una familia como la suya era motivo de envidia para algunos niños con tristes realidades y acababa de destrozar todo.
¿Había sido la decisión correcta? Tsuna no la amaba, el cariño que podía recibir de él jamás se compararía al amor que podía recibir de unos padres. Incluso cuando en ambos casos se trata de una familia.
Y ahí estaba, en vez de preocuparse por su seguridad, se preguntaba si alguna vez volvería a recibir tanto amor. Repeliendo el impulso de correr al aeropuerto y por fin olvidar todo, tal y como se había propuesto. ¿Por qué se había quedado?
Las dudas eran cada vez más potentes, cuando tomó su decisión estaba completamente segura, pero cada vez confiaba menos.
—Herbívora, te dije que si alguien perturbaba la paz me informaras —dijo una conocida voz.
Haru se incorporó, y enjugó sus lagrimas, no había escuchado a Hibari entrar.
—Eso fue lo que hizo Haru —repuso.
El guardián de la nube le dirigía una de sus típicas miradas frías, a juego con las tonfas que sostenía amenazantemente.
—Perturbaron la paz aquí, el cuarto de tus padres está desordenado.
Agradeció que Hibari usara la palabra: desordenado. En realidad, esa habitación era un caos, ellos habían tomado sus cosas rápidamente para abandonar la casa lo más pronto posible. Aunque tuvieron la consideración de dejar todo tal cual en el resto de las habitaciones, dejando indirectamente el control de todo a su hija.
También fue un detalle no hacer comentarios respecto al deplorable estado que ella misma tenía.
Pero ahora un nuevo sentimiento de esperanza se abría en su pecho, porque Hibari estaba ahí.
Su familia había llegado.
—Haru esta bien, sus padres debieron irse con urgencia, eso es todo.
El guardián de la nube guardó sus tonfas, no confiaba del todo en ese testimonio, pero era suficiente para él.
—Levántate y sígueme —ordenó.
—¿Vamos a ver a Tsuna-san? —inquirió Haru.
—Ese herbívoro aún no ha llegado —Hibari apretó la mandíbula, le molestaba ver a Haru tan preocupada por ese débil niño.
—¡Hahi! ¿Y cómo es que Hibari-san está aquí?
Bajaron la escalera y llegaron al primer piso, no llevaron nada consigo, salieron a la calle sin siquiera cerrar con llave la casa que alguna vez perteneció a una familia unida. Todo había desaparecido.
—Preguntas mucho —reclamó el guardián de la nube.
—Haru solo quiere saber.
—Tu herbívoro ya está en camino, si es eso lo que deseas saber.
Ella sonrió, dejando a un lado la tristeza y el peso de su corazón.
—Haru agradece que Hibari-san llegara pronto.
El agradecimiento no recibió respuesta, de todas formas no era necesaria.
