Ciossu ~

Ya sé, estoy publicando algo más lento ultimamente, pero la culpa la tiene el colegio y mis obligaciones! :) pero en estos días he estado un poco más creativa y he buscado momentos para escribir, especialmente desde que hace dos semanas comencé a publicar también en wattpad por recomendación de una amiga! Así que quienes quieran pasarse, he dejado el enlace en mi perfil :)

Les agradezco mucho por sus comentarios!


Haru se sentó en la plaza central de Namimori y observó a los niños ir y venir, muchos acompañados por uno de sus dos padres e incluso en algunos casos ambos estaban presentes. No sabía por qué quería torturarse con esa imagen, quizás solo era para recordar momentos felices junto a ellos, en vez de guardar en su memoria la última vez que los vio.

Solo estaba observando un lugar en el presente, mientras veía imágenes del pasado.

Gokudera lo había confirmado, ellos habían muerto en el misterioso incidente del avión. Las causas aún estaban siendo investigadas.

Había llorado bastante ya, había dejado a sus ojos completamente secos, pero en su mirada aún se veían las lágrimas y el sufrimiento, era un rostro pálido y enrojecido por el llanto, muy distinto a su habitual sonrojo de felicidad.

Una pequeña avecilla se paró en su hombre y canturreó su nombre, en un fallido intento por animarla. El amo del ave no tardó en acercarse a su lado.

—Esta es la segunda vez, hervívora —la recriminó Hibari.

Haru volteó el rostro en dirección al guardián de la nube, sin comprender a qué se refería.

—Es la segunda vez que abandonas la mansión sin la debida vigilancia y sin notificar tu salida.

—Es cierto... Haru lo olvidó.

A Hibari no le complació para nada su respuesta, ni siquiera el atentado al avión servía para que esa herbívora cayera en cuenta del peligro que corría. Ese modo de actuar solo le añadía preocupaciones a la nube, arruinando la poca tranquilidad que podía permitirse en una situación como la que afrontaba en esos momentos.

—Estás perturbando la paz, si no cambias de actitud serás mordida hasta la muerte —le advirtió.

Ella quiso defenderse, pero la alondra ya había dado media vuelta, solo quedaba Hibird a su lado.

—Que mal educado —murmuró Haru.

Miro al pequeño pajarito y de pronto ya no se sintió tan desolada, no culpaba a los Vongola por estar ocupados, pero por un momento fue como volver a Italia, a esos días donde era completamente inútil solo que esta vez tenía una opresión mucho más grande en el pecho.

Dino Cavallone esperaba a Kyoya un par de metros más a lo lejos, el guardián de la nube sencillamente pasó, ignorándolo, pero Cavallone no le permitió alejarse mucho.

—Eres muy evidente Kyoya—habló para detenerlo.

—No sé a qué te refieres—repuso la alondra.

—Aunque eres muy evidente, creo que Haru no se dará jamás cuenta si no se lo dices directamente.

—Deja de hacerme perder el tiempo.

Justo cuando Hibari se disponía a seguir su camino, nuevamente las palabras de Dino lo detuvieron.

—Quizás eres demasiado tímido para hacer una declaración ¿me equivoco, Kyoya? —no hubo respuesta alguna—. Ya veo, pero no te preocupes, como tu tutor es mi deber enseñarte.

Sin decir más, Cavallone se acercó a Haru, quien no se había movido ni un centímetro de su sitio, mientras le contaba a Hibird todas sus penas.

—Buenas tardes, querida Haru —saludó Dino.

—¡Hahi! Dino-san que susto le dio a Haru.

—Lamento haberte asustado.

El potro se acercó más a ella y comenzó su fingida declaración.

—Hay algo que he querido decirte desde hace mucho tiempo y lamento no haber tenido la oportunidad de habértelo dicho en Italia.

—¿Qué es, Dino-san?

—Verás Haru, tú sabes que la mafia y mis obligaciones ocupan gran parte de mi tiempo, tú entenderás que me gusta la disciplina, mantener la paz y todo eso, pero no significa que sea un hombre frío y sin sentimientos, aunque me esfuerce en demostrarlo.

—Dino-san, ¿se siente bien? Haru cree que puede estar sufriendo un trastorno de personalidad.

Eso arrancó una risa de Cavallone.

—La verdad Haru es que yo…

Antes que pudiera continuar, una tonfa se atizó en su cabeza, en un golpe frío, seco y duro.

—¡Hahi! Hibari-san, ¿¡pero qué es lo que acaba de hacer!? —gritó Haru.

—¡Auch! Eso dolió, Kyoya —dijo el agredido, sobándose la zona del impacto.

—Yo jamás diría algo tan herbívoro, maldito bronco —lo reprochó Hibari.

—Esta bien Kyoya, pero espero que hayas captado la idea.

Mientras Dino mantenía su imborrable sonrisa, Hibari ya se disponía a marcharse definitivamente antes de seguir presenciando tales estupideces. Ese bronco era más tonto de lo que había pensado, de seguro esa herbívora se tragaba todas sus palabras, armando un verdadero lío en su cabeza.

—Haru no entiende qué acaba de pasar —comentó Haru, con total confusión en su rostro.

—Lo sé, Haru. —respondió Dino.