Tabla: Nocturna.

One-shot: Estrella.

Pareja: Sakuno- ¿?

Advertencias: Ooc

Resumen: Cuando una persona te eclipsa puede convertirse en tu estrella de la buena suerte o… en una desgracia.

Aun cuando sabía que era imposible, él sostuvo su mirada al encontrarse en medio de la calle. Una cualquiera y con el destino a algún sitio que todavía no recordaba. Oh, sí: clases de repaso. No era una estudiante aplicada, por ello necesitaba recuperación extra escolar. Y aunque la relación del encuentro con su tarea por hacer era vergonzosa, no podía evitar querer quedarse ahí, plantada en medio de toda ese gente que circulaba sin preocupaciones o sin darse cuenta exactamente de qué sucedía. Solo era ella consciente de lo que verdaderamente estaba sucediendo.

Los odios dejaron de escuchar cualquier cosa y su vista se sensibilizó hasta el punto de aumentar su visión. Desviando su atención de los ojos a los labios, esperando que se movieran, deseándolo. Y que casualmente, su nombre saliera de ellos.

Él continuó caminando hacia ella, con las manos dentro de sus bolsillos, sin distraerse en su mirada y sin demostrar torpeza. Seguro de sí mismo. Y a ella la estaba eclipsando tan abiertamente que si ahora mismo hubiera caído una estrella sobre su cocotera ni se habría enterado. Porque para estrellas, él.

Cuando se detuvo a su lado era ya el más no poder. Sintió que en su pecho se ahogaba un grito de felicidad y que casi le costó controlar las lágrimas cuando se volvió hacia él, encontrándose con su mirada y… sí, una de aquellas desarmadoras sonrisas que tanto la cautivaban.

—Deberías de estar en casa— le susurró, pausada y tranquilamente—. Anochece antes.

—No… no puedo— se escuchar contestar. Él arqueó una ceja, girando su cuerpo contra ella. El aroma a colonia endulzó el aire—. Tengo que… estudiar.

Vale, debía de pensar que era una empollona sin cuidado. Quizás, este fuera el momento de irse corriendo. Pero antes de que pudiera si quiera mover un solo pie, él la había sujetado del cuello. Su gran manaza cálida y áspera, pero suave y protectora. Se inclinó hacia ella.

—Te acompañaré y esperaré— indicó— no te separes de mí.

Asintiendo, notando como el agarre en la parte trasera de su cuello se libraba suavemente, descendiendo la mano hasta la cintura, pegándola contra él. No comprendía exactamente por qué, pero eso sentía tremendamente… bien, seguro y protector. Sintió deseos de poder decírselo. Pero no podía. Era imposible. Él estaba haciendo eso como un favor, nada más, ¿verdad?

Sin embargo, cuando él cumplió su promesa sintió un gran alivio recorriéndole el cuerpo. Ese día había anochecido antes de tiempo, engullendo la luz solar por la nocturna. Las estrellas brillaban en el cielo, pero solo había una capaz de eclipsarla por completo: Él.

Volvió a sonreírle y tenderle la mano cuando sus ojos se posaron sobre ella.

—Vamos a casa— dijo con amabilidad.

Ella asintió, siguiéndole. Si tenía que aprovechar este momento, lo haría. La mano de él era cálida, grande y abarcaba por completo la suya. Delicado pese a ser un hombre. Se encargaba de mantenerla siempre un paso delante de él que no tardaba en romper gracias a sus largas piernas.

Desgraciadamente, la llegada a su casa fue mucho más corta de lo que esperaba. Cuando la puerta de hierro se encontró ante sus ojos, deseo que no supiera donde vivía para poder caminar más tiempo a su lado. Sin embargo, él tosió, inclinándose hacia la puerta y la empujó. Caballerosamente, la empujó hasta el interior. Cuando sus ojos volvieron a encontrarse, había una extraña tristeza en sus ojos.

—Voy a besarte— anunció.

Y cumplió lo dicho. La boca suave, de sabor a canela y Coca-Cola. Un beso cálido, triste y capaz de hacerla volar por el aire. Y mientras ella todavía saboreaba el sabor, la ternura y la decisión de su primer besó, él se marchó. Los hombros caídos, las manos dentro de los bolsillos y una mueca de tristeza en su rostro.

Por el amor de Dios, ¿tan desagradable había sido? ¿Tan horrible? Una furia ofendida comenzó a crecer dentro de ella. ¡Si no le quería que no lo hubiera hecho!

Furiosa consigo misma por tener vanas esperanzas, se encerró en su casa, echó la llave y se acostó únicamente para sollozar.

Al día siguiente, despertó con un mensaje en el móvil.

La estrella de tus ojos ha perecido.

Días más tarde, se encontraría llorando ante la tumba. Él, únicamente la había buscado para despedirse. Y en el cielo, una estrella menos comenzaba brillar.

--

Nota: No usen esta historia para inspirarse. Piensen ustedes. Gracias.