OS/ Drable: Oscuridad.

Pareja: Ninguna.

Advertencia: ninguna.

Resumen: Ella tenía miedo a la oscuridad.


Oscuridad

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Miedos infantiles.

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Acurrucada en un rincón de la cama, intentó controlar la respiración. Escuchaba los pasos de sus padres en la parte de debajo de la casa. Sus risas y alguna broma que otra de su padre a su madre. Eso era cálido. Pero cuando sus progenitores se acostaban, era oscuridad lo que quedaba.

Consumida con el terror, apenas se atrevía a respirar. Encogida entre las sábanas y el peso del edredón. ¿O quizás era algo que quería ver bajo su sábana y por eso, sentía esa cantidad de peso y calor?

Tembló. Y no fue de frio.

Su madre, siempre tan preocupada por ella, se aseguraba de que su habitación estuviera siempre bien caldeada por si en algún momento se destapaba. Aunque en esos momentos no tenía intención de hacerlo.

Algo arañó su ventana. Sonaba escalofriante. Como un ser que quisiera entrar en su dormitorio rasgando el cristal y comérsela. Usando las sombras de los árboles como escaleras y meciéndolas para que el ruido avisara de su llegada.

Mordió la almohada con terror. Escuchó un ruido fuerte proveniente de su armario y que algo asomaba la cabeza. Sin pensarlo dos veces, chilló con todas sus fuerzas, cubriéndose con su poderosa sábana para cubrirse.

Las luces se encendieron, tragándose la oscuridad y su madre apareció por el umbral de la puerta, corriendo hasta su lado. Una vez segura de que era su madre, se lanzó contra sus brazos, temblando.

—¡Mamá, mamá! Es horrible. La oscuridad es horrible.

Gimoteo en su regazo mientras la mujer le daba palmaditas de alivio. Poco a poco, empezó a ver qué su árbol se movía con el viento. Que su colcha realmente era pesada y calentita y que había sido uno de sus zapatos que había caído en su armario, asomándose la punta y los cordones.

Casi sintió ganas de reír. Casi.

La oscuridad le daba miedo. Mucho. Tanto que suplicó a sus padres dormir con ellos.

—Ya eres grande, Sakuno —había protestado su padre.

Aún así, su madre la cargó en brazos hasta el dormitorio y colocándola entre ambos, la arropó. Ambos le dieron sonoros besos en la cabeza. Cerró los ojos y aunque la oscuridad continuaba en sus trece, ya no tenía tanto miedo con sus padres ahí.

¡Ay, si alguien le hubiera dicho alguna vez, que la oscuridad podía llegar a ser su cobija!

¡Fin!

03 de noviembre del 2016

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