Comenzando con la travesía que le llevará por caminos nuevos. Espero que sea de su agrado.
Habrá algo de HijikataxChizuru... y SitoxOc como explica el resúmen. Si son impacientes, mal por ustedes, aún falta para que el romance pueda asomarse por estos lares.
Capítulo I: Brotando en invierno.
El año 1867 corría con velocidad por las calles de la cuidad de Kioto, la nueva era se respiraba en el aire, en las construcciones modernas y en las vestimentas occidentales que cada vez más ciudadanos portaban. El capitán Kimawata, Fuuri Kimawata, se despidió de las personas que celebraban aún el triunfo de las tropas del nuevo gobierno, de la victoria sobre la republica de Edo, y el nuevo sistema político que comenzaba a regirlos, un Imperio del Japón.
De acuerdo, volveré en cuanto asista a la reunión… - dijo ante las súplicas que las geishas exponían ante su retirada. Les sonrió, reverenció y salió de allí con calma, cerrando la puerta corrediza con reverencia. Incluso en el pasillo suspiró aliviado. Llevaba más de una hora queriendo salirse de allí. Detestaba ver a sus colegas de trabajo divertirse en base a los festejos de una guerra que habían dejado sangre y muerte por todo el país. Frunció el ceño. Pero él era un hombre de palabra, y había jurado luchar por el nuevo gobierno, dar todo por lo que su superior, creyó correcto, por lo que luchó; si, luchó al lado de la persona que más admiraba y respetaba en todo el mundo. Había batallado por defenderlo y por ser su apoyo, su mano derecha, su amigo. Negó con la cabeza, dándose cuenta que ya iba en medio de la calle casi completamente desierta. Suspiró y alzó la mirada al cielo, notando que comenzaban a formarse algunos nubarrones en el cielo oscuro de invierno. La primavera pronto llegaría, y con ella las lluvias que darían paso al crecimiento de las flores, a la hermosura y la paz de la época tranquila. Sonrió y cerró los ojos un momento, y sintió el arrebatador impulso de visitar… su tumba.
El templo estaba cerrado, lo sabía, era demasiado tarde, tal vez más que la medianoche cuando llegó al lugar. Y vio la campana colgando al medio de la soga que indicaba que no se debía pasar, pero… necesitaba hablar con él y decirle que todo estaba marchando como habían deseado que pase, que su triunfo era completo, que se venían tiempos mejores y mucho más prósperos. Que lo recordaba. Mirando a todos lados salteó la soga, sin hacer ruido con la campana, para no alertar a nadie de forma innecesaria. Iría, rezaría por él, y se marcharía a casa. Si, era un buen plan. Tomó prestado un pequeño balde con agua, en las cercanías del pozo y un par de flores blancas que crecían allí, un par de orquídeas de épocas frías. Caminó con calma por las escaleras que conducían a las tumbas de los caídos en la guerra… por la que celebraban todo ese par de vándalos vestidos de nobles. Gruñó. Sabía que no habría tenido que asistir a esa reunión, pues no compartía, para nada, los pensamientos egoístas y vanagloriosos de esas personas. 'Él' no se hubiese sentido cómodo, y por su forma de ser, simplemente se habría retirado como él mismo lo hizo, silencioso, discreto, educado… ¿Verdad? Negó con la cabeza y se detuvo un momento. No debía hacer caso a esas presiones que intentaba tener la culpa en su mente. Sus motivos habían sido claros. Seguir a su capitán hasta el último momento. Ayudarlo, incluso dar su vida por él... sin saber que sería todo lo contrario a fin de cuentas.
Apretó los puños y tragó grueso, sintiendo la molestia en su garganta, que no le dejaba en paz cada vez que lo recordaba, tanto feliz y pacífico antes de la guerra, como en ella, firme y valeroso frente a las tropas. Y como cada vez, sonreía en amargura al recordar, también las palabras que le había dicho desde que era un niño torpe y poco habilidoso. "Recuerda, Fuuri, los hombres debemos llorar… Si es por felicidad, que rebalse nuestro gozo a través de las lágrimas. Si es por pena, que se libere nuestro cuerpo de esos pesares. Si es por impotencia… desahoga tu corazón del tormento de una consciencia impura…"
Apretó cada músculo de su cuerpo y los hombros se le movieron, en un espasmo ahogado. Alzó la mirada cristalina al cielo, continuó avanzando, firme en medio de la oscuridad, como el estandarte que 'él' había defendido cada batalla. Siguió su camino espantando las sombras que parecían querer vencer la determinación del hombre compungido que atravesaba los terrenos del templo para poder 'visitarlo'. Y vio a lo lejos, la zona de las tumbas, que parecieron ser iluminadas por los dioses con la luna ante sus ojos oscuros. Inhaló. Aire húmedo, tierra fresca, flores. Comenzó a caminar para subir el último trecho, cuando de la nada notó una figura cerca de lugar. Se tensó, de forma diferente a como lo había hecho antes, esa vez, colocándose en guardia, ante la sospecha de que sea algún ladrón, o vagabundo intentando robar las ofrendas que se solían dejar a las personas. La sola idea le hizo enfurecer. Estuvo a punto de exclamar en contra de aquella persona, dando por sentado que sus intenciones no eran buenas, cuando notó frente a qué tumba estaba inclinado. Era la tumba de su capitán.
Separó los labios en su sorpresa. Creía haber sido el único sobreviviente de su compañía. Pero… él era otro colega. Otro sobreviviente. Otro respetuoso a su honorable capitán. Más su rostro no llegó a transformarse en un sonrisa ante esa efímera felicidad. Sus ojos se abrieron inmensos al ver, luego de haber dejado un rezo, con las palmas de las manos juntas frente al rostro, que el desconocido tomaba las dos ofrendas que habían allí, en la tumba de 'él'. Se le heló la sangre… que luego comenzó a calentarse cada vez más. ¿Había encontrado a un ladrón, que encima se animaba a robar la tumba de alguien como su capitán?
Sus ojos lanzaron chispas y se acercó a grandes zancadas, tomando con fuerza el mango de su espada, antes de que algo más sucediese. El muchacho se aceró con esas dos ofrendas a la tumba de otra persona, una tumba pequeña y poco alejada del centro principal del lugar de reposo de los más conocidos. Gritó en el lugar y se lanzó a correr, sin pensarlo, sin razonar en el momento de cólera que le invadía cada recóndito lugar de su ser.
- ¡TÚ! ¡LADRÓN INSOLENTE E IRRESPETUOSO, DEVUELVE LO QUE PERTENECE A MI CAPITÁN! – vociferó, sin estar consciente de que podría haber despertado a los monjes que descansaban mucho más lejos. Pero no cabía el control en él tras ver el deshonor que esa persona estaba dando a la tumba de su capitán. Desenfundó la espada con velocidad y arremetió sin pensarlo a la figura, que sorprendentemente, detuvo el ataque con una katana mucho más corta a las que usualmente se usaban. - ¿CÓMO TE ATREVES A DESHONRARLO DE ESE MODO? – gritó con impotencia, haciendo fuerza hasta lograr impulsar hacia atrás a su contrincante, solo con el empuje de su espada. La persona cayó de forma brusca al suelo y una voz aguda se quejó. Quedó quieto ante aquello. Notó que se quedaba en el suelo por uno segundos, para luego incorporarse, apuntándole con esa espada, sostenida por dos manos finas y blancas. Alzó la mirada, buscando algo, quién sabe qué, encontrándose con un par de ojos marrones, intensos, fuertes, pero cristalinos.
- ¡Eres tú el que ha deshonrado a mi capitán! – Su voz firme y la postura le recordaron a muchos de los enemigos que habían caído por las balas, pero que sabía que habrían triunfado si hubiesen peleado cuerpo a cuerpo. Y miró las ofrendas en el suelo. Un incienso de los monjes y una rama de cerezo en flor, rosa pálido. ¿Qué clase de ofrendas baratas eran esas para su capitán? Además… ¿Quién más, además de él, iban a visitar su tumba? Nadie. Solo él, y él no había dejado eso allí. Volvió la mirada al contrincante y miró sus manos, una aun sosteniendo la espada, cayendo en cuenta de su terrible exageración.
- L-lo… Lo siento mucho… - enfundó el arma y con mirada baja, reverenció a la persona. – Son sinceras y profundas, he reaccionado al pensar que alguien le robaba a mi capitán. – dijo irguiéndose notando que la persona se había inclinado a recoger los objetos, con una rodilla en el suelo. Las manos delicadas y pálidas, tomaron con delicadeza el incienso, y con veneración las flores de cerezo.
- Yo también sentí eso al ver que alguien había robado los obsequios que he dejado a mi capitán. Estás disculpado. – dijo, pero sin voltear a verlo. Avanzó con reverencia y se arrodilló frente a la tumba que cuidaba. – Mi capitán hubiese dicho que los dejase, que él se encargaría de ellos, que esos obsequios no eran lo más importante. Que la presencia de la persona valía y marcaba la memoria del fallecido. – con extrema suavidad, dejó la rama de cerezos y en medio del semicírculo que tenía por forma la planta, acomodó el incienso. Tomó con calma dos piedritas a un costado y las golpeó una con otra de forma tan concentrada y eficiente, que las chispas formadas en la fricción lograron encender de inmediato el humeante trozo de madera. – Y yo deseo algo más que rememorarlo… - habló en un susurro y juntó las palmas frente a su rostro gacho, guardando el más respetuoso silencio. Fuuri observó la escena. Y se sintió avergonzado, pues conocía y reconocía que su Capitán hubiese estado en contra de tal reacción. Miró la tumba de su capitán y cerró los ojos, imitando la acción manual de su compañía. La afonía acompañó los minutos, mientras ambos devotos volcaban sus corazones en una súplica, en memoria de esas personas tan valiosas para cada uno de ellos. Y el capitán acabó primero, volteando a ver de inmediato a la persona silenciosa que había a su lado. Le observó un momento. Realmente joven, menudo, de manos delicadas, con vestimentas occidentales. Tenía el cabello largo, como en la era de Edo… ¿Acaso era un rebelde que quería perturbar la paz que tanto esfuerzo les había costado? No lo permitiría. Claro que no, pero esperaría a que acabase para interrogarle. Le observó abrir los ojos, en cámara lenta, y acariciar con la mayor delicadeza algunos de los capullos de las flores que había dejado. Notó que sonreía, elevando las comisuras de un par de labios llenos y rosados, suaves a la vista; pero, y al mismo tiempo, que esos ojos amarronados, bordeados de pestañas espesas y curvas, se teñían de una tristeza tan inmensa que parecía en cualquier momento rebalsar en forma de lágrimas.- Crecerá y será hermoso, fuerte, para ser admirado por todo el que tuviese la suerte de verlo. – susurró, acariciando esa ¿Plegaria? ¿Promesa? ¿Predicción? Con una voz tan dulce y cálida que pudo entibiar el aire helado alrededor de ambos por un segundo.
Y Fuuri calló en cuenta que tenía los labios separados mientras le miraba fijamente, cuando volteó a verle. Era… hermosa. Se incorporó, reverenció, le dio la espalda y comenzó a avanzar en forma opuesta al pueblo, sin vacilación y sin intención de nada más que desaparecer en la penumbra de esa noche de enero.
- Espera, por favor… - pidió el hombre dejado atrás, ganándose una mirada sobre el hombro y luego el frente de ella. - ¿Dónde vas? – preguntó la verdad curioso, ¿Dónde podía ir más que a la mitad del bosque si iba en esa dirección? ¿De noche? En un instante, tuvo sospechas de brujería y onis.
- A casa. Discúlpeme, es tarde y me ha agotado mucho el día. – Volvió a reverenciar y quiso voltearse.
- ¿Para allá? – reiteró, sin dejar que se marchara. – Es de noche, la cuidad está al otro lado… - dijo señalando con el pulgar sobre el hombro.
- Si, para allá. Y usted mismo lo dijo, es tarde. Demasiado para andar paseando y visitando tumbas a escondidas. Mis disculpas. – Volvió a reverenciarlo y le dio la espalda.
- ¡Déjeme acompañarla! – soltó, sin importarle lo imprudente, lo osado que podría ser. Era una dama, después de todo. Con solo ver esas delicadas facciones y suaves movimientos se podía saber. La vio tensarse en el momento. ¿Había dicho algo malo? – Sé que es osado de mi parte, pero…
- ¿Cómo lo supo?
- ¿Perdón? – preguntó de inmediato a la interrogante, con una actitud mucho más suave frente a ella.
- Que… ¿Cómo… supo que soy mujer? – preguntó ella, mostrando ese par de ojos afligidos, a punto de brotar en lágrimas cual manantial primaveral. No. Eso estaba mal. Ella… no debía mostrar su rostro con tal expresión.
- Porque… - la observó detenidamente. Y lo pensó de nuevo. Era bellísima. - … tal belleza solo podría pertenecer a un ser angelical si no fuese de usted. – soltó de un tirón, avanzando un paso firme hacia ella.
- … - El silencio por parte de la halagada no supo decirle cómo había sido recibido el comentario, el piropo.
- Déjeme, dulce dama, acompañarla hasta su hogar, sea donde fuese que esté, no podría quedar tranquilo de no haberla dejado sana y salva en el lugar donde descansaría de su agotado día… - Las palabras salían de sus labios como si un poeta viviese en su garganta, usando su lengua para escribir para ella. Pero… era inevitable.
- Debo… agradecer por los cumplidos… - dijo de pronto, juntando aquellas manos pequeñas frente a su cuerpo. Y Fuuri la notó sonrojada, lo que le dijo que no había sido tomado a menos.- … pero de igual modo, desistir de su oferta. – murmuró y con una reverencia veloz, hizo su retirada.-
- Bella dama… por favor… - dijo al verla retirarse por las escaleras, contentándose al notar que había sido escuchado, cuando ella detuvo el paso. - … debo… volver a verle. No de noche, no de este modo, no con esta primera impresión. – se acercó dos pasos, sintiendo que si la dejaba ir… jamás volvería a ver esos ojos profundos y preciosos. – Le ruego una segunda oportunidad, permítame verla en otra ocasión, permítame disfrutar de su compañía de nuevo… - dijo mirándola en lo alto de las escaleras, alumbrada por la luna que, rebelde a los nubarrones, se asomó para poder apreciar a la bella criatura.
- Jamás abandono el templo. Pero ruego del mismo modo a usted, que jamás confunda mis intenciones… - dijo seria y finalmente, desapareció junto con la luz de luna.
Fuuri regresó de inmediato a su cuarto esa noche. Pues el día siguiente, volvería a visitar a su Capitán. Claro que sí… y se gloriaría visitando aquel ángel de ojos café.
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- Realmente… lamento la interrupción… - dijo el hombre al ver que uno de los mojes salía de la habitación de la joven. Frunció el ceño. No lo sentía, para nada. ¿Qué demonios hacía ese tipo… EN LA HABITACIÓN DE ELLA? - ¿Y Chizuru? – por poco le ladró al anciano que dejó sobre la mesa de la pequeña cabaña una fuente con agua y un trapo.
- Está adentro… no despertó muy bien… Anoche ya no quiso cenar como corresponde. – comentó el hombre, ignorando la hostilidad primera del invitado ya recurrente.
- ¿Qué? ¿Tiene fiebre? ¿Mareos de nuevo? ¿Está inconsciente o ya agonizando? – Fuuri intentó pasar del hombre hacia el cuarto, pero el anciano se lo impidió, colocando con cuidado su brazo frente al "intruso".
- Tranquilo, capitán… - rio con aquella voz rasposa; era tan exagerado, pero enternecedor, porque se preocupaba por ella. – Acaba de quedar dormida… lo más prudente es que tanto usted como yo mismo, salgamos afuera. – le indicó la salida de forma tranquila.
- ¿Puedo… verla? – preguntó ya mucho más tranquilo, el anciano ese siempre lograba calmarlo. – Por favor… no sé si pueda quedarme hasta que despierte. – dijo reverenciándole con profundidad.
- De… acuerdo. Pero despacio. – llevó uno de sus dedos arrugados a sus labios y le mostró la cortina de cuentas que servía de división a la realmente pequeña casita. Fuuri se acercó y vio su cabello desparramado entre las sábanas, y cómo el bulto de su cuerpo se inflaba y desinflaba, en una respiración calma y profunda. Sonrió. Estaba bien. – Capitán… se lo ruego, dejémosle descansar… - habló en susurros el abuelo a su espalda. La miró de nuevo y se retiró junto con el anciano. – Espere un momento por favor… - pidió y salió en silencio pero veloz de la cabañita, entrando de inmediato con una canasta con… varias cosas. Se notaban comida, y una botella de cerámica con algún jarabe. Una bolsita con la palabra "té" inscrita a la vista y… un ramo de flores. – Dejaré esto aquí… - dijo y le indicó la salida al otro hombre, educado.
- Venga, siéntese un momento… - le invitó a la banca que había allí, bajo un cerezo que aún no florecía pese a la cercanía de la primavera. El hombre afirmó con la cabeza y se sentó a su lado alzando la vista para admirar el alrededor cada vez más florecido.
- ¿Es hermoso, verdad? – preguntó el hombre, escondiendo las manos en las mangas de sus ropajes anchos.
- Realmente hermoso… - coincidió pasando la vista por todas esas flores… encontrando unos narcisos preciosos cerca del límite del claro. Sonrió algo decepcionado de sí mismo, pues había pensado que por fin podría regalarle alguna flor que no tuviese ya en aquel precioso jardín.
- No importa cuánto lo intentes… todas las flores conocidas crecen en estos jardines. Solo una, parece no satisfecha con las sonrisas y cuidados que Chizuru le brinda desde que llegó aquí. – Miró hacia arriba, a las ramas aún vacías del cerezo. – No entiendo porque aún no florece…
- Han florecido algunas… pero ella las corta y las va a dejar a… esa tumba… - dijo el capitán con la mirada fija en el suelo.
- Si, lo sé… - lo miró de soslayo y miró alrededor. – Dígame, joven… ¿Desde hace cuánto conoce a la jovencita Chizuru? – preguntó el anciano.
- D-desde… hace 5 semanas… - respondió de inmediato, pero no por ello seguro ¿A qué iban esas preguntas?
- Chizuru hace 6 semanas que vive aquí en el templo. Pidió de inmediato una tumba a la cual dejar ofrendas y pidió también un lugar donde vivir… pero no en contacto con la gente… - le contó el anciano, dejando sorprendido y ansioso de más al joven.
- ¿Por qué? – murmuró mirándolo a un costado.
- No lo sé. Pero ella, su salud… ha estado empeorando en el último tiempo. – dijo cerrando los ojos un momento.- Se ha negado a ver doctores y come poco, regurgitando la mayoría de lo que ingiere. – agregó. – Y la verdad nos preocupa su salud. Es una niña buena y de corazón amable. – negó con la cabeza una vez. Fuuri le observó, quedando serio un momento, volviendo la vista al hermoso jardín. No dijo nada, no se le ocurría decir nada, pero la preocupación… era un sabor amargo que se depositó bajo su lengua. No era realmente para saborear, pero estaba allí, presente, sin poder confirmar dentro de su boca. Tragó grueso.- Y usted, Capitán, sé que comparte mi inquietud, como la inquietud de los demás que habitan el templo. – El anciano movió el cuello para poder verlo a los ojos. – Hemos decidido, pedirle el favor, de que se lleve a Chizuru más al centro de la cuidad. – pidió el anciano, haciendo que el otro abra sus ojos como platos.
- ¿Cómo? – susurró realmente incrédulo ante las palabras del sabio.
- Lo mismo que escuchó, Capitán. – Afirmó con la cabeza, volviendo la vista al frente.- Ella no puede seguir lejos de la cuidad, negándose a recibir ayuda, negándose a vivir con quien la cuida. – Acotó con calma.
- Usted, ustedes la cuidan, yo lo he visto… - dijo Fuuri, algo… fuera de lugar por ese petitorio.
- Es usted quien le ha provisto de medicinas, de comida, de ropas, de mantas extra, de té y demás cosas que, seamos sinceros, ella se las merece más que muchos otros que no han hecho ni harán nunca mérito para obtenerlas. – habló aún con ese aire solemne.
- P-pero… yo no podría…
- Claro que si… Llévela con usted. Ella será más feliz y estará mejor cuidada si vive a su lado. – animó el anciano.
- Ella… no creo que sea feliz conmigo… - suspiró el más alto de los dos, con sus ropas de capitán.
- Ella será feliz con usted, eso puedo asegurarlo. – continuó en su idea. – Y es que… tenemos miedo de que por permanecer aquí, ella pueda empeorar en ese estado en el que está…
- Pero ella podría empeorar al vivir bajo mi techo. ¿Cómo podría vivir sabiendo que… si ella empeora… no pude hacer nada por ayudarla? –preguntó apretando los puños con fuerza. Era eso lo que le impedía poder ofrecerle más, como una casa verdadera, como un trabajo, tal vez…e incluso, un hombro en el cual llorar y acurrucarse cuando y cuanto quisiera.
- Estamos en las mismas, joven… Usted, en este momento, es esa ayuda, esa posibilidad, esa salida que puede tener ella… Si empeorase aquí, no podríamos ayudarla. En ningún sentido. Y si fuésemos a por un médico… éste podría tardar demasiado. – inhaló con fuerza y exhaló con lentitud.
- P-pero…
- Si usted se la lleva, ella tendría esa, como muchas otras oportunidades para vivir en caso de… emporar. – sentenció en mayor. Dejando sin argumentos, sin palabras y sin opción al joven capitán.
- A penas despierte… le ofreceré asilo en mi hogar. – afirmó con la cabeza, y el anciano afirmó, aliviado y agradecido, colocándose de pie.
- Apuesto a que no tarda en despertar y yo tengo que volver con los demás. Gracias, Joven Fuuri, ha dejado en paz el corazón de este anciano. – le sonrió, mostrando sus arrugas y el desgaste de los años con el que cargaba. – Pero una cosa más… - le dio la espalda y comenzó a alejarse. – Ella no necesita asilo… necesita un hogar… un verdadero hogar. – Y sin más desapareció entre el mar de flores.
Lo dejó solo con sus pensamientos y las miles de flores. Y en los minutos que permaneció allí, podría haber dejado un secreto o inquietud en cada una de las inflorescencias que le rodeaban. Suspiró de forma leve, pensando que aquel suspiro sería un secreto más para dejarle al hermoso jardín… Pero estaba bastante lejos de la realidad.
- Capitán Fuuri… - la suave y adormilada voz proveniente de la cabaña lo hizo quedar de pie, sobresaltado en menos de un instante.
- ¡Señorita Chizuru! – dijo en claro estado de alerta, pues hasta empuñó el mango de la espada que colgaba en su cintura, sin llegar a desenvainarla.
- Le ruego que se tranquilice… ¿Y el monje? – preguntó la joven mirando alrededor, solo encontrando la vista del hombre y el magnífico florecer circundante.
- Se ha retirado hace un momento. – informó acercándose a la joven envuelta en una bata, con cabello suelto y algo pálida. Era una musa, estuviese como estuviese. Su musa.
- Me… me pareció escuchar su voz entre sueños… - comentó tomando un mechón de cabello que le caía sobre el hombro, desenredándolo con los dedos. Se había levantado lo antes posible al escucharlo, para evitar preocuparlo aún más, sabía lo mucho que el anciano estaba a su pendiente. Y ya había recibido un techo de su parte, no quería abusar de la hospitalidad al tener que ser cuidada. No, no quería seguir ensuciando su honor propio y el de… "él". De alguna u otra forma, debía llevar ese honor de la forma más digna y orgullosa. Tragó con dificultad, sin poder controlarse aún lo suficiente como para apaciguar la angustia queriendo escapar de ella en forma de llanto. Lo… extrañaba.
Y el capitán Fuuri, sin poder dejar de observar a quien se había transformado en la luz de sus ojos, en su motivo para despertar y agradecer a Dios cada mañana, en la flor más hermosa y de pétalos más delicados que había conocido nunca… la cual deseaba proteger, incluso, si ello le llevase su vida, se acongojó junto con la joven, pero sin compartir el motivo por el cual la veía sumida en la tristeza nuevamente. Y recordó dos promesas que había hecha. La primera y más reciente, al monje. Comprometía el cómo le verían en aquel tiempo, tenía una reputación que guardar. Y la segunda, marcada en su brazo derecho, en la misma forma y lugar que lo había tenido su capitán. Parecieron quemar sobre su piel pese a los años que habían transcurrido desde que se había marcado el brazo con aquel tatuaje.
- Se… señorita Chizuru… - dijo sacando todo el valor de hombre que pudiera existir. – Realmente le conozco desde hace poco; usted sabe que agradezco la oportunidad que tuve de poder conocerla, de poder aprender de usted, de poder sonreírle, y hacer que me sonriera… - dijo colocándose justo frente a ella, mirándola fijamente a esos ojos de canela y otoño.- Y es por eso mismo… porque quiero seguir cuidándola, quiero seguir aprendiendo de usted, y quiero que continúe dándome el valor de vivir como hombre día tras día… que le suplico, porque me acompañe a morar en mi hogar. – reverenció todo lo que pudo, sin llegar a romper el espacio personal de ella. Porque no… no deseaba asustarla. Mantenía los ojos cerrados, aún en reverencia esperando a que ella respondiese, negase o afirmase a su propuesta. Pero lo que escuchó no fue exactamente la dulce voz de ella, fueron más bien sus pasos, alejándose al ingresar a la casillita. Alzó primero el rostro, notando la silueta de la joven desaparecer por el marco de la estrecha vivienda. "Oh… no. NO, NO ¡NO!" Aulló en su fuero interno, mientras daba pasos dubitativos hacia la entrada de lugarcito. Entre los borrones en la mirada, logró ubicarla en el extremo opuesto de la choza, dándole la espalda, pero se notaba su respiración algo alterada. - ¿Chizuru? – susurró, notando como sus hombros se encogían al escuchar su propio nombre. ¿Qué había hecho?
- C-capitán… - dijo con voz quebrada, la cual intentaba sonar clara. - … - guardó silencio ante otro espasmo provocado por el llanto. ¿Por qué? ¿Por qué seguía sucediendo eso? ¿Por qué la vida se empecinaba en que avance, dejando atrás toda una vida, experiencias, personas y, específicamente a la que… amaba? Tragó con dificultad y alzó el rostro, buscando dejar de humedecer a ese extremo sus ojos. – Capitán, debo decirle, que todo esto… absolutamente todo esto, lo creo muy repentino… - comenzó a excusarse.
- Eso lo sé. – resonó a sus espaldas y el corazón le vio un brinco.- Y es por eso mismo que quiero hacerlo de modo correcto, Chizuru. – insistió el hombre, notándose en el tono de voz la desesperación con la que cargaba.
- Capitán, no lo comprende, yo estoy enferma, no podría llegar a su hogar pretendiendo una estadía temporal de este modo, no quiero causarle molestias ni a usted ni a los de su casa… - optó por aquello, pues era una de las principales razones de ella… para no acceder.
- Es mi principal prioridad, Chizuru… - nuevamente la vio encogerse cuando le nombró.- Quiero cuidarle… debo cuidarle. Es mi deber. No puedo darle la espalda si me necesita… - "No te necesito, no a ti…" resonó en la mente de la joven demonio.- y le aseguro que no será inconveniente, puedo hacer los preparativos y antes del anochecer estaría en una casa cómoda y amplia, resguardada del frío y con una porción inmensa de comida… - continuó el hombre, sin despegar la mirada de ella.
- ¿Es… - se congeló al escucharlo en aquel instante. – es esa… la denigrante impresión que le estoy dando? – volteó en el lugar, mostrando la tristeza de sus lágrimas, así como la ofensa en sus ojos. - ¿Le estoy dando lástima? – preguntó a penas y pudiendo articular de modo correcto.
- ¡No, no es eso! Claro que no, Chizuru… - dijo de inmediato, intentando de algún modo, componer aquel error dado en la más completa y pura ignorancia, pudiendo observar solo durante medio segundo sus ojos rojos por el llanto, antes de ser apartado de nuevo al tener la vista solo de su nuca.
- Capitán… entiéndame. Si usted a llegar a esa conclusión, los demás lo harán de igual modo, y no podría vivir sabiendo que se habla de ese modo de mí. – negó con la cabeza, haciendo danzar sus cabellos largos, que cobijaban sus hombros delgados y delicados.
- Eso es si se atreven a decir una sola cosa de usted a sus espaldas. Chizuru, le aseguro que no permitiré que se hable de usted de ese modo que ha planteado. Y no solo lo aseguro en una promesa en su defensa, sino porque… usted es un ángel, nadie podría osar hablar en chismes sobre una dama, menos aún de un ángel como usted. – aseguró acercándose un solo paso a ella. Sus palabras olían a verdad; su súplica, sabía a devoción. Pero aun así, eran insípidas para la mujer que se negaba a dejar atrás algo que le había costado tanto. Tanto esfuerzo, tiempo y sacrificio. Amor.
- Yo… y-yo… - Se cubrió el rostro con ambas manos al colapsar. Sus hombros se sacudieron con violencia, dejando sin saber qué hacer al pobre capitán, quien aún esperaba una respuesta… positiva por parte de ella. – No puedo… - Solo esas dos palabras precoces le dejaron clavado en el lugar, donde había planeado acercarse a consolarla. ¿No… podía? ¿O no quería? - … olvidarlo, tan sencillamente. – negó de nuevo, disipando muchas de las dudas de él, pero formulando incógnitas de forma desmesurada, que cubrieron y superaron a las anteriores. – No puedo aceptar su ayuda, Capitán. – La vio abrazarse a sí misma.- Sería como aceptarle a usted… pero… ¿Cómo puedo aceptar a otra persona… cuando aún mora alguien específico en mi corazón? – Sus manos pequeñas se aferraron con firmeza a su propia ropa, pues dolía. Mucho.
- … - Y Kimawata quedó estupefacto ante aquello que no había sabido, hasta ese preciso momento. Un hombre. Otro hombre en la vida de ella. ¿Sería a partir de allí un sustituto? ¿Un reemplazo a ese hombre por el que ella… estaba llorando? Apretó los puños. - ¿Tanto… es el dolor con el que has cargado? – murmuró, conmovido hasta lo último de aquella joven. Ella no respondió, no lo hizo y no lo haría. Responder a su pregunta, sería como admitir lo mucho que aún amaba a Hijikata. Su silencio, irónico, clamando a gritos por soledad y que se aparte, logró lo contrario.
Kimawata se acercó a paso firma hasta su lado y alzó ambos brazos, para y sin previo aviso, y en contra a todo aquello que dictaba su crianza, abrazarla. Y la acomodó de forma considerada, dejándola reposar la cabeza en su pecho, atreviéndose a posar una de sus manos en su estrecha cintura, acercándola a él, pretendiendo ser un pilar para ella, una firmeza en la cual apoyarse, un hombro en el cual desahogarse, y así mismo, que le diese el consuelo que necesitase. Fuuri quería ocupar el puesto de quien sea que estuvo antes que él a un lado de la joven que lloraba a mares en su uniforme.
- Tranquila… todo estará bien. Quiero protegerte a ti más que a nadie…
Y el capitán no supo en realidad porqué el vigor del llanto pareció aumentar en ella en aquel instante, solo la abrazó con firmeza, sin saber que aquello era una exteriorización de la impotencia porque, Chizuru… ya no podía más, había mostrado su bandera blanca. Se había rendido a los caprichos de la vida, manipulado por el destino, para borrar al hombre al que amaba.
Bueno...
Les escribo a los lectores fantasmas que... no leen la historia (Okno)
Escribo a quien desee leer la historia, avisando que soy algo extraña en mis historias, no faltan los dramas, como en este capítulo, el romance, la traición y muuucho de eso que a los lectores nos gusta... ese misterio y aquel "no-sé-qué" que nos deja comiendo las uñas hasta el capítulo siguiente.
Es un fic que vengo escribiendo durante casi todo el año... los últimos 6 meses del 2014 masomenos. Los estudios me limitan demasiado los tiempos, por ello ha ido lenta la producción.
No prometo que seguiré con regularidad hasta el fin de los tiempos(?). Solamente digo que subiré, completaré las historias. Crean o no las historias que están inconclusas en mi perfil, ya se encuentran acabadas en papel y lápiz o en máquina de escribir o en cuadernos de notas. Pero no me gusta pasarlas a la computadora.
Como esta la inicié en medio digital, no tendré ese problema.
Habiéndoles aburrido un poco, y ya suficiente por un día, me despido.
Saludos y espero sus reviews... En serio, quiero reviews, me vale nada el jodido números de Reviews, me encanta poder responderles y conversar...
Ayiw...
