Bien, les dejo el segundo capítulo. Espero que puedan dejar sus comentarios y decirme si les gusta o no. Si es bueno y no.
Me alegra decir que ya en el siguiente capítulo, hacen aparición algunos de los personajes que conocemos, en este solo se mencionan, como para dar un pié y no soltarlos a escena así como así.
Lo sé, soy minusciosa y molesta, pero... ¿No merezco un pequeño comentario? -:SnifSnif:-
Disclaimer: Hakuouki, no me pertenece en ningún sentido. No escribo para lucrar ni llevar mayor beneficio al de compartir ideas y parte de mi imaginación, creadora de la mayoría de situaciones y personajes fuera de los datos proporcionados por anime/juegos/historia verídica.
Capítulo II: El brote marchito sobre la escarcha.
Ideas. Toda idea que hubiese tenido o formulado antes de aquello, poco valían en la situación en la que se encontraba. Abrió los ojos un momento, notando sus propias manos aferradas al borde del barril de madera lleno de agua; más los debió cerrar de inmediato por el agua que le calló en la cabeza, algo fría. Se esforzó por no moverse demasiado, permaneciendo en la misma posición, tras sentir que había pasado el… primero de los baldes de agua. Inhaló con fuerza cuando el segundo calló sobre su cuerpo, pero lo hizo levemente tarde, haciendo que trague un poco del agua helada con que la estaba aseando. Tosiendo, sintió el agua resbalar desde la coronilla al mentón; entreabrió los ojos solo para recibir en medio de la cara una tela absorbente. La tomó con velocidad, alzándola sobre la cabeza, evitando humedecerla, pues pese a las casi 3 semanas que llevaba en la casa de los Fuuri, sabía que de mojarse esa, no tendría otra. Solo vio la nuca de una de las sirvientas del lugar mientras se alejaba, por la puerta trasera, dejándola sola alli.
Sosteniéndose del borde de la fuente de madera, bajó el rostro hasta sentir el agua, aún media tibia, mojarle la punta de la nariz. Sus hombros temblaron y cerró los ojos en el más profundo silencio, mientras sus lágrimas se mezclaban con el agua de su baño semanal. Se lo había dicho, debía acostumbrarse a vivir de ese modo. Era mejor que su casillita en el templo, era mejor que nada ¿Verdad? No supo cuánto tiempo estuvo en esa posición, cuando escuchó las puertas principales de la habitación correrse de forma suave.
- ¿Chizuru? – escuchó esa voz potente, como su fuera el arrullo para dormir a un ángel, en comparación a lo que oía en la casa que no fuese de parte de él. - ¿Estás bien? ¿Puedo verte? – cuestionó con aquella misma voz calma; Chizuru negó con la cabeza. Porque no, no estaba bien, y tampoco quería ser vista por él. - ¿Chizuru? – escuchó más cerca, haciéndola dar cuenta que el capitán se encontraba a solo un biombo de distancia de ella.
- ¡No se acerque! ¡Por favor! – pidió con desespero, cubriendo por inercia su busto, encogiéndose en el lugar.
El hombre, aún tras el biombo esperándola, se sorprendió por la reacción de la joven. ¿Tanto así defendía su privacidad al punto de recurrir al grito por ello? ¿Había sido así en el pasado? ¿A qué punto? Quien había ocupado su lugar en el pasado ¿La habría respetado? ¿O era la razón por la que ella gritaba para defenderse? Apretó los puños. Esperaba de todo corazón que la respuesta a esa última incógnita no fuese positiva, porque de lo contrario, buscaría al hombre sea donde fuese que estuviera y le haría pagar caro, muy caro el haber sido irrespetuoso con SU adorada Chizuru.
- Tranquila, por favor… - pidió con calma, hablando al dichoso biombo como si susurrase las palabras al oído de ella, embriagándose con su aroma de mujer y la suavidad de sus cabellos castaños. – No voy a pasar, pero te esperaré aquí ¿Te parece? – dijo, simplemente, esperando alguna respuesta.
- Gracias, Capitán Fuuri… - su dulce voz, le hizo dar más coraje al solo imaginarla siendo perturbada en cualquier sentido.
Y en su impaciencia por verla esperó, silencioso, irónicamente paciente, solo pudiendo imaginar aquello que pasaba tras aquel biombo al que, incluso, daba la espalda. Desde hacía un tiempo, lo único que ocupaba la mente del hombre era aquella joven. Tan bella, tan pura y tan frágil. Pero fuerte, decidida y firme al mismo tiempo. Y él solo quería… mantenerla cerca, mantenerla allí cerca para él. Solo para él. Deseaba sentir su perfume cada segundo que pudiese, ver sus delicadas muñecas cuando se remangaba las telas de los kimonos hermosos que le había conseguido cuando le servía té. Quería, además… abrigarla en las noches y observarla a la luz de la luna, descubrir qué sabor tendría su piel lechosa y perfecta, sentir las curvas de tan precioso cuerpo sobre el suyo, quería hacerla suya en una noche de pura pasión y entrega, donde escucharía finalmente, de sus labios de alabastro y cereza, aquellas dos palabras que…
- ¿Capitán?
- ¡CHIZURU! – completamente fuera de lugar al haber sido sacado de sus fantasías, por suerte personales, miró con ojos inmensos a la joven en el más hermoso kimono. Rojo y blanco, con una franja amarilla como faja, las figuras florales, danzantes en la tela, acariciaban su cuerpo de maneta tortuosa para cualquier espectador, en especial para Fuuri.
- ¿Se encuentra bien? Lamento mucho haberlo asustado… - murmuró con voz queda, sin mirarlo a los ojos.
- No, por favor, solo me he sobresaltado un poco… - intentó restarle importancia al asunto, sin poder quitarle los ojos de encima.
- De acuerdo… - concordó y quedó en silencio, solo observando las mangas de aquel precioso y caro kimono.
- Acompáñame, por favor, Chizuru, hay algo que quiero mostrarte… - dijo el hombre, ofreciéndole el brazo con cordialidad. La vio sonreír ligeramente, quién sabe en qué pensamientos, mientras aceptaba la oferta, a lo que la guio fuera del cuarto de baños.
Avanzaron por el pasillo en calma y silencio. Tranquilo para una, incómodo para el otro. ¿Acaso ya no había algo de lo que pudiesen hablar? ¿Qué sería entonces del resto de sus vidas de convivencia? Y reaccionó ante aquel pensamiento; ¿Vivencias unidas de por vida? El corazón le dio un brinco y sintió las mejillas calientes. Era… tan cálida la sola idea de poder pasar al lado de aquella joven el resto de su vida. Poder acariciar su vientre cuando ella le diese un hijo… o tal vez tres… o diez. Poder contarle ambos a sus hijos, las historias de su capitán, y enseñarles juntos a agradecen a los hijos en la tumba del capitán que se había sacrificado por su padre, por una nueva nación en la que podían vivir de forma tranquila y segura, habiendo eliminado a las personas que deseaban una… "república". Verla con los cabellos cada vez más blancos y con piel más frágil aún, sirviéndole el té y acompañándolo en los paseos y en las reuniones que tendría como reconocido y honorable capitán…
- ¿Capitán? ¿Capitán?
Parpadeó. Aquellos ojos de sándalo y verano le observaron atentos, queriendo llamar su atención… sin saber que a lo único que daba atención eran a ellos. Y no lo aguantó. Tomándola del codo, la colocó más cerca de sí y se inclinó, sin dejar de verla a los ojos. Separó los labios y, en aquel arrebatador impulso, probó la dulzura de los de ella.
Silencio. Estática. Cortamente eterna. Pureza y dulzura. Resignación y amargura.
El hombre le sonrió, cuando se alejó de aquel suave y bello beso. Sentía el corazón palpitarle con velocidad en el pecho. La observó y suspiró. Acarició su rostro, observando los labios de ella, apretados ligeramente; sus mejillas, ligeramente sonrojadas; sus ojos brillando de más. Era tan hermosa. Le devolvió el espacio personal y continuó avanzando, guiándola junto con él, a su lado y en ningún otro lugar que a su lado.
Y con aquella felicidad completa, no pudo notar que la joven a su lado limpió una lágrima angustiada, en silencio y con simulo, antes de que entrasen en el comedor, dónde los sirvientes les esperaban con una abundante cena. Al llegar su maestro, todos saludaron y se retiraron, en un sepulcral silencio. El mismo que venía acompañando a la… "pareja".
- Chizuru, sírveme un poco de licor, por favor… - pidió el hombre, con rostro amable y sonrisa simulada, notando para su satisfacción que la joven obedecía sin vacilar, colocándose de pie de enfrente de su porción de comida… que notó algo escasa. Se sentó con reverencia y suavidad a su lado, tomando la botellita para servirle el líquido fermentado de arroz. – Gracias… - murmuró pretendiendo buscar sus ojos, creyendo ver algo extrañado esos ojitos amarronados. - ¿Sucede algo? – preguntó y la vio sonreír… diferente.
- No sucede nada, pero no tengo mucha hambre hoy… ¿Puedo evitar los alimentos por esta noche? – preguntó con voz baja y algo temblorosa.
- Pero… Chizuru, no es la primera vez que no quieres cenar ¿Acaso te sientes mal? ¿Quieres que busque al doctor? – preguntó sintiendo un vuelco en el estómago de solo pensar que ella tendría una recaída.-
- No, no… está bien, Capitán. Solo que no deseo el comer a estas horas. Se ha hecho muy tarde… - dijo volviendo a tomar la botella, a lo que el hombre tomó el recibiente casi chato, donde la joven sirvió de nuevo un poco del licor.
- Tienes razón… Tal vez yo tampoco deba cenar hoy. – dijo mirándola, como pidiéndole consejo a ella para ver qué hacer.
- Usted debe comer, por favor, no sienta pena por mi falta de apetito en las noches… - dijo elevando lo mínimo las comisuras de los labios.
- ¿Segura? Me resultará extraño comer si tú no lo haces… - dijo el hombre, mirando apetente su comida. Pescado y ootori, junto con una porción de arroz un donbling.
- Solo comeré un poco de arroz… - dijo la joven dejando un último sorbo de la bebida alcohólica y volviendo a su lugar. – Gracias por la comida… - murmuró y se llevó un poquito de arroz blanco a la boca, agradeciendo internamente el hecho de poder mantenerse en silencio. Así lo prefería.
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El joven, infiltrado como un sirviente más, escuchó la escasa conversación en el salón comedor. Era todo lo que tenía para hacer allí, por lo que se apresuró a no tener ni testigos ni soplones, antes de avanzar hasta la zona de los parques de la mansión, por detrás del Dojo, donde era mucho más fácil salir sin ser detectado. Su misión estaba cumplida: ubicar a la Demonio.
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- Chizuru… necesito contarte algo… - dijo el hombre, habiendo dejado ya sus platos y cuencos vacíos, permitiéndose un sorbo más de Sake.- Mañana, llegarán al Dojo, varios de los sobrevivientes de la guerra. Vienen aquí para poder ser reconocidos, en un festival donde se conmemorarán a los caídos de nuestras filas… - dijo mirándola fijamente, pese a que ella no parecía tener intención de alzar la mirada. Y Fuuri estaba serio, realmente serio. – Son todos hombres, grandes y desconocidos para mí, por lo que… te pido que tengas mucho cuidado a partir de mañana en la mañana. No me gustaría que alguien más se fijara en ti siquiera… - le sonrió y alzó el rostro de la castaña con dos dedos algo torpes ya. – Eres tan bella que no me sorprendería que tengas más de un admirador a partir de mañana… - le miró con ojos… intensos. Voraces. Y Chizuru, muy en el fondo, temió a esa mirada… pues solo un hombre en el pasado había sido capaz de mirarla con ese… hambre.
- Capitán, yo…
- Es por eso… - la interrumpió sin importarle hacerlo, sin encontrar realmente algo malo a hacerlo.- … que te quiero presentar a alguien… - alzó la mirada cuando las puertas corredizas se abrieron, mostrando una figura menuda y de cabellos oscuros. – Ella es Kirimi… y será tu guardaespaldas a partir de mañana mismo. – dictó y Chizuru notó como ella se inclinaba, en dirección de él primero y luego hacia ella.
- Buenas noches… - dijo ella sin alzar el rostro y la castaña no supo qué hacer más que…
- Buenas noches, Kirimi. – dijo y la chica alzó el rostro, mostrando un par de ojos verdes, más verdes que el bosque de noche o una un campo al crepúsculo.
- Comenzarás tus labores temprano en la mañana. Vé a descansar, necesitarás todo tu ímpetu para cumplir esta labor… - dijo él, la joven les hizo una reverencia y cerró la puerta de nuevo. Solo se escucharon los pasos alejarse por el pasillo.
- No es necesario…
- Si lo es. No quiero que nadie te haga nada. – dijo él, sirviéndose él mismo un poco más del fermento.
- Pero…
- Nada de peros. Vete a dormir, necesitas descansar… - le sonrió y la joven se retiró, sin poder dar opinión ni tener palabra en el asunto. Al abrir la puerta corrediza y quedar sola en el pasillo, metida hasta lo más profundo de sus propios pensamientos, no notó que alguien comenzaba a seguirla… al menos hasta que la llamó.
- ¿Señorita Chizuru? – preguntó la jovencilla, asomándose sobre el hombro de la castaña, quien había quedado estática ante la mención de su nombre de la nada, pues no se había percatado de la presencia de la otra. – Lo siento… - dijo reverenciándola con profundidad, haciendo que su cabello oscuro se deslizase desde su hombro hacia abajo.
- No, discúlpame tú… no te he notado. – dijo la joven algo nerviosa por el hecho de no haberla sentido. En todo el tiempo que llevaba sola, había aprendido a sentir el rededor de forma especial; gracias a las meditaciones con los monjes en el templo y el hermoso lugar en el que vivía, había aprendido a poder ver más allá de lo que se ve con los ojos… de un humano. La observó colocarse de nuevo en posición erguida y notó que prácticamente se miraban a los ojos. Tenían casi la misma altura. El rostro de ella era aún más redondeado que el de Chizuru y su cabello, solo un poco más claro, ocultándose la diferencia en la penumbra del pasillo.
- Prometo anunciarme la próxima vez… - Le sonrió levemente y señaló el pasillo, en la dirección en la que la joven demonio había estado avanzando antes del pequeño susto. - ¿Puedo escoltarla hasta su cuarto? – preguntó con una suave sonrisa en el rostro aniñado.- El Capitán quiere que le acompañe donde sea que fuere, más que nada, lugares donde sería mal visto si es él quien está a su lado… - informó la joven, algo entusiasta a los ojos de la demonio, pero esas palabras, la dejaron algo inquieta… ¿Dónde fuese mal visto? ¿A su lado? Las dudas surgieron de inmediato, mientras meditaba en aquellas cosas que estaba viviendo día a día en la casa del Capitán Kimawata.
Antes de darse cuenta, sentía a la jovencilla desenredándole el cabello con un peine fino de madera tallada, pintado con colores brillantes y delicados. Lo había recibido como presente al segundo día de su instancia en la mansión, así como otras cosas: un espejo, adornos y juegos de té… y ahora tenía un guardaespaldas que encima le cepillaba el cabello.
- Te llamas Kirimi ¿Cierto? – preguntó la señora a la que debía acostumbrarse a llamar… ¿Guardiana? No, procuraría llamarla por su nombre.
- Si, señora…
- Dime Chizuru, por favor – pidió con calma, con ambas manos sobre sus rodillas.
- El capitán me ha dicho que le llame señora... – indicó la joven.
- El capitán no está aquí… - murmuró la joven, mirándola sobre el hombro, sonriendo con algo similar a complicidad, pues eso buscaba tener con la jovencilla.
- B-bueno, eso… es muy discutible. – dijo la joven algo incómoda, retomando la tarea de poder cepillarle el cabello sedoso y suave, de a quién debía brindar sus servicios de forma inmediata y eficaz.
- Vamos, de seguro tenemos hasta la misma edad… - dijo volteándose en el lugar, de modo que ambas quedaron de frente. La miró a los ojos, notándolos de un verde sumamente profundo. – Dime… ¿Cuántos años tienes? – preguntó, procurando entrar en confianza con la que, aún era una desconocida para ella.
- Y-yo… no puedo revelar mi información personal, señora… - dijo con mirada baja, apenada de estar en una situación así.
- Puedo ver que tu cabello es muy suave… - dijo, probando a ver si elogiándola conseguía que ella quitase del momento ese aire de tensión tan extraño en su propio cuarto.
- … Gracias. Procuro cuidarlo mucho… - y sonrió, mostrando un par de hoyuelos que sorprendieron a la joven demonio.
- ¿Y cómo lo haces? Mi cabello no podría lucir nunca como el tuyo, comparte tu secreto conmigo, Kirimi… - pidió en una actitud más femenina de lo que jamás había recordado nunca, pues ni siquiera con Senhime pudo comportarse con tanta naturalidad.
- B-bueno… pues lo lavo tras cada entrenamiento, para que no luzca opaco… - comenzó mirando a la joven frente suyo, que, si era honesta, realmente parecía de su misma edad. La sonrisa que le dedicaba era cálida y le brindaba una calma que no había sentido hacía mucho.-… y suelo humectarlo a veces con huevos de aves… - dijo en un susurro, inclinándose ligeramente hacia adelante, como quien, realmente cuenta un secreto. La otra abrió los ojos inmensos.
- ¿Y cómo se supone que funciona? – preguntó en el mismo tono, tal vez aún más bajo que el empleado por la de cabellos oscuros.
- No lo sé, pero eso lo mantiene así… - dijo con mirada brillante.- También… lo cepillo mucho, y le doy masajes con aceites del occidente; se consiguen en el pueblo vecino. – Y sonrió mostrando un frasquito de vidrio, con un contenido rosado-rojizo que hizo que Chizuru abriera los ojos inmensos. Pues el tamaño del envase y el color del contenido, le recordaron al elixir que había llevado a la muerte a su querido y amado… - ¿Señora Chizuru? – preguntó la chica, sacándola de sus pensamientos. - ¿Está bien? – cuestionó, pues no había dejado de notarla algo perdida y…. melancólica, mucho, al punto de reflejar tristeza en sus facciones.
- S-si… no te preocupes, estoy bien… - dijo, pero… esa sonrisa no era la misma que antes le había mostrado.
- Cuando se sienta mal, por favor, acuda a mi… - pidió de la nada la trabajadora, tomándola a la otra de las manos, para su sorpresa, pero no desagrado.- Me haría muy feliz el poder compartir tiempo con usted, de este modo, claro y si a usted no le molesta… - acotó.
- Claro que no, todo lo contrario. – indicó devolviendo el agarre en sus manos. Ella se veía alguien confiable, y si trabajaba para Fuuri, de seguro era alguien que valía la pena, pues el capitán no aceptaría a nadie en su casa, que no sintiese que valiese la pena.
- Gracias, mi señora. – Le sonrió realmente agradecida, antes de colocarse de pié tras reverenciarla. – Mis disculpas, debo dejarla descansar. – se apartó y dejó en su correspondiente lugar lo que había utilizado, avanzando hasta la puerta opuesta a la que daba a la puerta. – Que descanse. – pidió y antes de marcharse se detuvo al escuchar su nombre de nuevo.
- ¿Dónde… dormirás? – preguntó algo extrañada.
- En su habitación contigua… - dijo y se retiró de inmediato.
Chizuru, quedó bastante sorprendida por el dato. ¿Tanto así quería cuidarla Fuuri, como para ponerle prácticamente un guardián en su puerta? Se acomodó mejor en las mantas y cerró los ojos, de espaldas, mirando el techo del amplio lugar que era su cuarto. Muchas veces, no sabía cómo sentirse respecto de las atenciones que tenía el capitán con ella, es decir… no era nadie para él como para recibir ese tipo de tratos de su parte. Él tenía un interés en ella, eso era obvio y no lo pasaba por alto; pero ella no correspondía a tal… atracción, pues desde el primer momento le había pedido que no confundiese sus intenciones. ¿Qué más podía pretender ese hombre de ella?
Además ¿Cómo haría… con el pasar del tiempo? ¿Qué dirían los de la casa al verla cambiar de ese modo? La tildaría de prostituta por haber conocido al capitán antes de contraer matrimonio… o podrían adivinar que no era fruto del capitán. Bostezó con fuerza, vaya que terminaba agotada esos días; entre las tensiones de tener que lidiar con los sirvientes falsos del capitán y sonreírle con falsedad al dueño de casa… era mucho para ella; sentía en lo más profundo de su ser un deseo de que todo ello, acabase, que tuviese un fin. Próximo de ser posible. Pero Chizuru lo sabía con todo el uso de su razonamiento, todo ello, recién comenzaba y las cosas, no acabarían bien con ella dentro de esa casa. Pero…
Fue cerrando casi sin darse cuenta los ojos amarronados, teñidos de amargura y cedrón, acabando por quedar dormida con ambas manos sobre su vientre, soñando con mundos ideales, con soldados gloriosos y con amores eternos.
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- Gracias Kirimi… - murmuró la joven, cuando le abrió las puertas para regresar de la cena de bienvenida para todos esos hombres de guerra.
- No agradezca, pero… - la miró dubitativa, mientras la sentía aferrada a su brazo, guiándola por el pasillo silencioso y desierto, en comparación con el salón que habían dejado atrás, lleno de hombres mayores, con aires de grandeza y pensamientos despectivos respecto de personas a quienes la joven demonio había querido con toda la fuerza de su corazón.- … señorita ¿Se siente bien? – preguntó cuándo entraron en el cuarto de Chizuru.
- Si… estoy bien. – Mintió, sabiendo que ella no le creería pero, sabiendo cómo distraerla de insistirle.- Dime… ¿Lo has vuelto a ver? ¿Ha venido hoy? ¿Quién era? – preguntó mirándola fijamente a los ojos, notando con satisfacción cómo ella se inquietaba.
- B-bueno, yo…. No, no lo he visto, pero si…. Porque nos cruzamos cuando fui a comprar las telas para sus kimonos, pero no, hoy en la noche no… - y pareció desilusionada por la sola idea.- … no lo he visto desde hace varios días… - murmuró con mirada baja, sentada ya frente a su señora, con las manos en puño sobre sus propias rodillas.
- Kirimi, mantente tranquila, ya podrás verle nuevamente. – Dijo estirando una de sus manos para poder tomar una de las de ella, notándola vendada.- ¿Sucedió algo… mientras no estuvimos juntas? – preguntó alarmada por la idea de que ella hubiese sido atacada o algo por el estilo. Ya la apreciaba como su más cercana amiga.
- Bueno… en realidad fue… esto pasó el día de sus telas… - dijo alzando la mirada. – Volvía ya en la hora última del crepúsculo, y para acortar camino, tomé el atajo entre las casas de prostitutas… y bueno, me miraron algunos ebrios y… quisieron arrastrarme a una de las casas, pensando que me estaba robando algo.- dijo contándolo con detalle… pero Chizuru, lo supo, supo que aquellos hombres no habían querido acusarla por robo… había pretendido tomarla.
- ¿Cómo fue que…? Kirimi, lograste escapar ¿Verdad? – casi se horrorizó la mujer de solo imaginarlo.
- Si, en realidad… fue él quien me ayudó… - dijo la joven sonriendo con aquella ilusión característica en los ojos de una jovencita. – Yo solo estaba forcejeando, porque tengo prohibido el atacar en vías públicas de día… y aun no llegaba la noche. Y él apareció de la nada y… - Chizuru la observaba con ternura, tan inocente que hasta un sonrojo se posó en sus mejillas.-… rodeó mis hombros con su brazo… - susurró y sonrió algo ida.- … él me abrazó y me apartó de ellos… - Cerró los ojos y apretó la mano de su señora.- Desde ese día no lo he vuelto a ver, no ha venido más al Dojo, estaba preocupada, pero me dijo que estaría bien, que pronto volvería… Él… - abrió los ojos, mostrando la ilusión que eso le causaba.-… Él lo prometió, Chizuru… - Estaba tan embelesada hablando sobre él que hasta había olvidado llamarle con el honorífico.
- Este es un hecho que confirma lo que te he dicho antes… Él no te es indiferente. – dijo sonriéndole con confianza, pareciendo contagiarse del entusiasmo que mostraron los ojos verdes de la joven armada frente a sí.
- Son muy bonitas sus palabras… pero… aun así no creo que… bueno, eso. – dijo colocándose de pie, avanzando hasta la espalda de la mujer, comenzando a desarmarle el bello peinado por el que había sido admirada toda la velada hasta su retiro.
- Eso es una modestia falsa, Kirimi… - le reprochó su señora, sonriendo mientras se retiraba el maquillaje con un pañuelo blanco de los labios y los ojos.
- Señora, usted no conoce mi… por qué… yo no soy… y usted es… hermosa. – dijo y la mayor quedó estática un momento, mientras sentía como su cabello caía como cascada a los costados de su cuello. – Yo no soy, por lo que no puedo llamarlo modestia. La modestia aparece solo cuando se posee una virtud junto con la humildad. Yo no tengo siquiera la virtud. – escuchó y la mujer frunció el ceño.
- ¿Quién… te lastimó, Kirimi? - preguntó con coraje, de que alguien, quien sea, fuese capaz de menospreciarla al punto de dejarle esa inseguridad en sí misma.
- No quiero hablar de eso, por favor… - murmuró y le desató las cintas atadas en su cintura, dejándolas velozmente dobladas a un costado, prolija. - … buenas noches, si me solicita, solo llámame… - la reverenció con rostro gacho, sin dejar ver sus ojos.
Más Chizuru, lo supo, pues tras vestirse y acomodarse para dormir, pudo escuchar una respiración irregular en la noche. Un llanto ahogado en soledad, y tristeza. La joven se acomodó y procuró dormir, cuando el silencio le arrulló, cuando el llanto de su amiga se había acabado en brazos de Morfeo.
- Perdóname, Kirimi… prometo no volver a preguntarte algo que te haga sufrir… - murmuró ya más dormida que despierta, acabando por entregarse al descanso nocturno, sintiendo dolor propio por el que sufría su única... amiga.
Bueno...
Espero que les haya gustado. Espero que dejen sus comentarios, sugerencias y demás.
Un cariño para los lectores y hasta pronto.
Ayiw.
PD: si me fallan los datos de fechas y demás... sepan disculpar a una novata en historia Nipona. Hago lo que puedo con lo que consigo en datos.
