Esto... no les aburro nada y dejo que lean en paz.

Y sí... a partir de aquí, empieza lo interesante...

Disclaimer: Hakuouki, no me pertenece en ningún sentido. No escribo para lucrar ni llevar mayor beneficio al de compartir ideas y parte de mi imaginación, creadora de la mayoría de situaciones y personajes fuera de los datos proporcionados por anime/juegos/historia verídica.


Capítulo III: El relámpago de la tormenta invernal en primavera.


- ¡Señorita Chizuru! ¡Por favor, despierte! – pidió alguien, con desesperación, moviéndole los hombros. Entre sueños y realidades despertó sobresaltada. ¿Qué podía suceder ahora? Alzó la mirada a la ventana levemente abierta y notó que estaba oscureciendo.

- ¡Es muy tarde! – dijo la castaña incorporándose con velocidad, pero mucha prudencia en recibir ayuda de su joven compañera; las últimas veces al incorporarse con brusquedad, los mareos eran demasiado fuertes y acaban por descomponerla cuando no los tomaba en consideración. - ¿Por qué no me despertaste antes, Kirimi? – preguntó comenzando a quitarse las ropas de dormir, mientras la miraba ir por su kimono nuevo.

- Lo lamento, estaba cambiándome y… tuve una distracción, lo siento mucho. – dijo la joven, ayudándola a vestirse con velocidad y precisión. Con confianza. Ya iban 10 días los contados que se conocían, y por parte de ambas, la amistad había surgido sin trabas y realmente con creces. A cada día podían sentir que confiaban más y más la una en la otra. La guardiana se acercó y le ayudó a colocar los brazos en las mangas, tomando los demás adornos, comenzando a prepararla entre comentarios suaves y risillas nerviosas. En menos de 10 minutos estuvo lista, incluso maquillada, pues Kirimi le ayudaba en todo cuanto podía, de manera precisa y perfecta. Avanzaban por el pasillo entre susurros presurosos, mientras una se encargaba de mantener la calma, y la otra de dejar espléndida a su señora.

- Apresúrese por favor. El capitán estaba… algo molesto por no verla en la bienvenida. – dijo la más joven de las dos, mordiéndose muy suavemente el labio inferior, controlando su respiración para no parecer acelerada.

- Tú tranquila, le diré que no me sentía muy bien… - dijo intentando calmarla.

- No sé cuánto provecho hacia mí podría tener el que le dijese eso… - dijo bajando la mirada, algo nerviosa. Al final negó con la cabeza mientras abría la puerta corrediza.- Mis disculpas por el retraso… - dijo ya echándose todas las culpas, mientras dejaba pasar a su señora, la cual con mirada gacha avanzó hasta la cabecera de la mesa, donde Fuuri la esperó de pie, ofreciéndole el asiento inmediatamente contiguo al suyo, a su derecha.

- Quiero presentarles a mi Chizuru, caballeros, ella es una luz en mi vida y la dulzura milagrosa que me alegra cada mañana… - presentó el hombre notándola perfectamente arreglada, como siempre; el kimono que le había mandado a hacer le sentaba de maravilla en la piel osada de su cuello. Notó el momento en el que alzaba la cabeza para afirmarle a él… y solo a él, sonreírle de forma queda, tal y como se lo había pedido con anterioridad. No quería que nadie más osara mirarla como él. Kimawata notó cómo Kirimi se colocaba a su espalda en la silla alta. Eso… la mirada furibunda de la guardaespaldas espantaba a más de uno que volteaba a verla. Había hecho bien en decirle a ella que fuese su guarda.

- Es un placer, caballeros… - dijo con voz suave, solo reverenciándoles, pero con mirada baja. El hombre en la cabecera de la mesa, sonrió de costado, escuchando los saludos respetuosos de los demás. Nada fuera de lo común.

- Bien, ahora procederé a brindarles el cronograma de actividades que se darán el día de maña-… - El capitán fue interrumpido en su hablar, cuando la puerta por la que habían entrado las dos únicas mujeres, se volvió a abrir. La expresión del hombre interrumpido se tornó en furia cuando se colocó de pie con brusquedad… hasta sentir la mano de Chizuru sobre una de las propias, apoyadas en la mesa. Lo calmó de un solo golpe, y alzó la mirada, notando que… quien entraba era… - Saitou… - dijo acercándose para recibirlo desde la puerta, simulando casi perfectamente su impulso grotesco. – Me alegro de que hayas llegado… ¿Y…? – comenzó cuando el hombre le reverenció, sin decir nada, ni sonreír, entregándole de inmediato una carta.

- Ha surgido un improvisto que ha retrasado mi llegada con una disculpa… - dijo el hombre avanzando un paso para poder entrar en la habitación.

- Oh… es extraño, pero adelante ¿Se encuentra bien usted? – preguntó el hombre haciéndolo pasar, dejándolo de pie en el asiento vacío que había frente a la mujer sentada; en la misma posición en la que se encontraba Kirimi.

- Si, en breve ha de llegar, le rendiré sobre el informe apenas tenga oportunidad… - dijo y alzó la mirada a la joven sentada solo un segundo, para luego cerrar los ojos.

Chizuru parpadeó, sintiendo una cortina de lágrimas nublarle la vista. ¿Saitou? ¿Realmente era Saitou? Inhaló con cuidado y exhaló, sin quitarle los ojos de encima. Poco entendió o siquiera escuchó de lo que dijo el capitán Fuuri en su ensayado ensayo de bienvenida a la segunda comisión de los sobrevivientes, de los héroes. Solo podía observarlo de pie, frente a ella… a la prueba de que… estaba vivo, que uno de los de Shinsengumi vivía. Solo estuvo consciente del momento en el que él se retiraba, junto con los demás, menos ella, Kirimi y el capitán.

- Chizuru ¿Te sientes bien? – preguntó el hombre preocupado.

- Estuvo tensa durante casi toda la reuni-…

- Silencio – ordenó el varón inclinándose al lado de la castaña.- Dime ¿Quieres ir a descansar? Estaremos hasta tarde en la fiesta. Puedes retirarte por esta noche, luces algo pálida. – dijo acariciando su mejilla. Kirimi debió de correr la mirada al ver el modo en que Fuuri miraba a la joven. Simplemente… sin poder observar algo como aquello… de nuevo.

- No, estoy bien. – escuchó que decía su señora, lo que la hizo voltear a verla. En la comisión anterior, se había querido guardar de inmediato, pero… ¿Por qué…? ¿Por qué ese día justamente no?

- Entonces, Kirimi, cuídala bien. – casi ladró el hombre a la joven, antes de retirarse.- Te espero en el salón… - dijo antes de salir del cuarto, dejándolas solas.

- Señorita ¿Qué…?

- Kirimi, por favor, te lo ruego, déjame ir… - volteó a verla, derramando solo una lágrima, secándola con el dorso de su mano con cuidado de inmediato, para no arruinar el maquillaje. – Necesito ver a alguien allí… - dijo colocándose de pie, acomodando sus ropas, nerviosa.

- … - Kirimi realmente no entendió porque se había puesto así, ni tampoco porqué le pedía a ella el asistir o no a la fiesta, era decisión de la señora después de todo. Afirmó con la cabeza y le tendió el brazo, guiándola de inmediato donde se encontraban la mayoría de sargentos con algún recipiente con licor. La mayoría, por no decir todos, voltearon a verlas, mientras atravesaban el salón completo, donde Kirimi la dejó junto con Fuuri, para sorpresa de la castaña. ¿Por qué justo ese día la iba a dejar en vigilancia del mismísimo Kimawata? Con lo urgida que se sentía de poder librarse de la mano sobreprotectora del hombre. Observó cómo su guarda se alejaba con bastante agilidad de su lado, sin tropezar con nadie ni hacer algún desastre, como era su costumbre. La observó detenerse, intentando ver entre las cabezas de las personas más altas que ella, antes de que sonriese, avanzando a un punto determinado. Y Chizuru, pese a estar del brazo del anfitrión de la fiesta, a la vista de todos… quedó boquiabierta. Pues fue el mismo Saito Hajime quien le sonrió a su joven amiga, con una cordialidad que no recordaba en su rostro frívolo y serio. Los observó quedar cerca, tal vez demasiado incluso para encontrarse en una zona a la vista, frente a frente. Y notó que ella preguntaba, puesto que el hombre de cabellos violáceos negaba o afirmaba cada cierto segundo, respondiendo en palabras algunas veces, pues podía ver a la distancia sus labios pálidos hablarle a ella.

Y la verdad, le costó bastante asimilar, cuando él, en un movimiento bastante elegante, señaló a su espalda una mesa con aperitivos, retrocediendo solo un ínfimo paso con uno de los pies. La observó a su querida amiga son las mejillas rojas afirmar, dando un paso antes de notar que debía rodearlo para poder pasar de forma cómoda. Titubeó y alzó la mirada al hombre, quien continuaba escrutándola en silencio. Fue entonces cuando él dijo algo, que no pudo entender Chizuru, por la distancia entre ambos y el bullicio circundante, haciéndola a ella afirmar con la cabeza. Tragó de forma notoria y avanzó en línea recta por poco y frotando su hombro con el pecho de él cuando pasó a su frente, haciendo que hasta a la joven demonio se sonrojase a la distancia. Le pareció algo tan… íntimo entre ambos, aun así rodeados por todos esos hombres. Observó cuando llegaron a la mesa y ella le ofreció el servirle sake, bajando tanto la botella como su mirada cuando lo observó negar. Vaya, Saito era algo duro con ella después de todo. Más casi de inmediato, él le decía algo, inentendible para la señora, a lo que la joven sonrió y tomó una de las tazas y le sirvió una taza de té, la cual fue probada y aprobada de inmediato por él.

Un sentimiento de calidez se posó en el pecho de la observadora y bajó la mirada. Realmente parecía que se llevaban bien. Los buscó con la mirada nuevamente y justo en el momento, ella rio de forma queda, cubriéndose con suavidad los labios usando el dorso de la mano, y Saito… la miraba como no recordaba haber visto que mirase a nadie. Y eso que estuvo viviendo años en compañía del Shinsengumi.

Una de las puertas se abrió y apareció un hombre saludado por varios, felicitado y siendo pedido para estrechar manos. Kirimi y Saito, ambos se acercaron a la persona y Saito la presentó, a lo que la joven recibió una respuesta corta pero educada. Y fue ella quien los guio donde estaban sus señores.

- Capitán Fuuri, ha llegado… - informó y el susodicho sonrió ampliamente tirando de la joven que lo acompañaba para que se encontrasen. Chizuru parpadeó, mirando al Kimawata, algo extrañada por la reacción del hombre, pues había sido brusco al moverla. Pudo seguirle el ritmo sin tropezar, al menos.

- Me alegro mucho que haya llegado, capitán… - dijo el hombre con una sonrisa inmensa, estrechando la mano pálida del recién llegado, liberando parcialmente a la joven, quien logró acomodarse levemente; giró el cuello para ver a quién se había ganado la atención del señor de la casa, sintiendo cómo el corazón, de un segundo a otro, en el preciso momento en el que vio, recordó... reconoció aquellos ojos, se detenía. - Lamento mucho su percance. Pero por verlo aquí se deduce que todo ha salido de maravilla para usted, siempre en pulcras condiciones. – Felicitó de forma algo sangrona al hombre, quien solo afirmó con la cabeza.- Permítame presentarle a alguien muy especial para mi… - rodeó los hombros de la mujer con un brazo y la hizo avanzar un paso, literalmente, mostrándola.-… ella es mi Chizuru. Chizuru, el capitán Hijikata. – dijo el hombre con una sonrisa orgullosa en sus facciones, quedando solo mirándola a ella, tan perfecta, tan hermosa. Chizuru sintió que el aire se volvía espeso a su alrededor y dentro de sus pulmones, impidiéndole respirar de modo correcto, cuando notó cómo esos ojos amatista la miraban de arriba a abajo, quemándola solo con esa mirada intensa, antes de que terminasen en su rostro. Chizuru no sentía las piernas ni las manos… ¿Dónde tenía cabeza siquiera? Quiso moverse hacer algo, gesticular lo que fuese frente a al hombre que la devoraba con esa mirada. Notó la arruga de su ceño fruncido aparecer de inmediato, estoica y notoria.

- Es un placer, señora Fuuri. – Indicó Toshio Hijikata reverenciándola, pero sin dejar de verla a aquellos ojos amarronados. La joven sintió que el pecho se le oprimía con una fuerza abrumante, al percatarse de que solo ella había notado el milisegundo en el que sus ojos pasaban de violeta a rojo intenso; de solo imaginar lo que él estaba imaginando, se sentía más y más al límite, límite que no había querido admitir, se encontraba, desde que había visto a Saito en la reunión.

- No soy la señora Fuuri, por favor, no confunda. – dijo inclinándose igual de formal que él, que el hombre que había hecho recordar a su corazón que solo le pertenecía y le pertenecería siempre a él. – Pero puede llamarme Chizuru Yukimura, capitán Hijikata. – dijo con mucha dificultad, logrando un esbozo de sonrisa tensa, la más horrible que sintió que dio nunca, puesto que tenía la necesidad de correr, de salir por la puerta corriendo, esconderse y llorar. O, y mejor aún, lanzarse a los brazos de ese hombre al que le pertenecía en cuerpo y alma.

- Es un gusto entonces, señorita Yukimura – susurró con voz grave el hombre, sin quitarle los ojos ardientes en llamas violáceas de encima, saludándose, ambos uno al otro, como dos perfectos y desconocidos extraños; al menos hasta que alguien se atravesó en su camino.

- ¿Desea algo de beber? ¿Algún aperitivo? El sushi está realmente delicioso. – dijo Kimawata, sonriendo de forma aún más falsa que la "señora" de la casa.

- Gracias ¿Cuál me recomienda? – preguntó el invitado, siendo guiado por el anfitrión; claro, lejos de la dama.

- Definitivamente las de atún aleta dorada… - dijo guiándolo con un ademán de la mano, volteando por medio segundo a ver a la guarda de la castaña, indicándole con una gesto de la cabeza, que se quedara con su señora. Kirimi se tensó y avanzó directamente hacia ella, dejando solo a Saito, quien se acercó de igual modo a su capitán, mirando de reojo a las únicas dos mujeres en toda la sala.

- Señorita Chizuru… ¿Se encuentra bien? – preguntó, notándola… temblar. Rodeó por instinto los hombros de la mujer que… acabó por desvanecerse en sus brazos.- ¡Señorita! – alzó la voz sin poder evitarlo, tomándola sin dificultad en brazos estilo princesa, avanzó de inmediato hacia la salida, donde alguien se interpuso en su camino, procurando "ayudar". - ¡Apártese de inmediato! – rugió rodeándolo con habilidad y sin llegar a retrasarse, continuó hasta la salida.

- ¿Qué sucedió Kirimi? – preguntó el capitán Fuuri, habiéndola alcanzado, acompañándola en su avanzar presuroso.

- No lo sé, creo que… - miró que el capitán Hijikata, quien le seguía justo en el lado opuesto que su jefe. - … deben ser esos mareos de nuevo. – mintió mirando al frente. – La llevaré a un lugar dónde pueda descansar. – dijo antes de adentrarse en un pasillo.

- Saito, ve con ellas, por favor… - dijo el hombre de cabellos negros, a lo que su "subordinado" obedeció de inmediato, siguiendo a la de ojos verdes, perdiéndose en la oscuridad del pasillo. - ¿Capitán Fuuri? – preguntó notando que el hombre iba a retirarse también.- ¿Realmente se retirará, dejando a todos sus invitados tirados así nada más? – alzó una ceja, con una expresión leve pero sorprendentemente expresiva, mientras señalaba a los demás hombres en la sala, quienes se habían acercado a ver qué pasaba.

- Em… eso… no es cierto, claro que no, solo he quedado preocupado. – dijo algo nervioso, por las miradas de todas las personas allí. Él mismo cerró las puertas, no sin antes mirar una vez más por aquel pasillo donde había desaparecido esos dos con su… Chizuru.

- Caballeros, nada ha sucedido aquí, brindemos una vez más por nuestro triunfo… - dijo el hombre recién llegado, tomando aquel recipiente achatado para brindar y distender un poco el ambiente.

Kimawata solo lo observó desde las puertas. Ese bastardo, no conforme con haber mirado tan descarado a SU mujer frente a sus narices, ahora acataba la atención de la fiesta que había organizado ÉL. Apretó los puños, antes de tomar igual algo del sake, adentrándose en la ronda que habían formado Hijikata, con una broma algo extraña, recibida con creces, pues claro, ÉL era el anfitrión.

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- ¿Saito? ¿Qué…? – preguntó Kirimi al notar que le abría la puerta corrediza, no se había percatado de su presencia, preocupada y al pendiente de Chizuru.

- Déjame ayudarte… - murmuró mientras ella avanzaba hasta colocarla en su lecho, con cuidado sosteniéndole de los hombros, mientras retiraba toda ornamenta y adorno de su cabeza, antes de recostarla por completo.

- Mi capitán no permite a nadie más que a ambas aquí, Saito… - dijo realmente apenada, volteando a verlo, pues… debía desvestir a la inconsciente.

- El capitán Fuuri escuchó de mi compañía con ustedes y no ha puesto objeción alguna. – dijo sereno como siempre, algo extrañado por la insistencia de la joven a la que ya conocía desde hace mucho.

- Te pido por favor… que esperes afuera hasta que le quite el kimono… - señaló la salida. Saito avanzó de inmediato, comprendiendo en seguida. – Espera aquí, por favor… - pidió mientras cerraba la puerta corrediza, viéndolo afirmar solo una vez con la cabeza.

Una vez dentro, procuró hacerlo lo más veloz y bien que pudo, cada vez más preocupada, porque Chizuru no parecía querer reaccionar. Con cuidado desató los nudos que ella misma había hecho, dejando una a una las telas desprolijas a un costado, hasta lograr colocarle el atuendo para descansar. La observó un momento y acarició su mejilla, ya desmaquillada, antes de avanzar hasta la puerta.

- Ya puedes entrar… - murmuró, mirando un momento a los costados por el pasillo antes de apartarse para dejarle entrar con comodidad, verificando que solo la luna y las sombras fuesen sus testigos.

- No había nadie ¿Crees en serio que dejaría que alguien se les acerque? – alzó una ceja, avanzando solo un paso para colocarse frente a la joven de ojos verdes, cerrando sin siquiera mirar la puerta a su espalda.

- No, pero… bueno, es solo… mi c-capitán… - titubeó con mirada gacha, pues… claro, confiaba en Saito, pero debía obedecer al pie de la letra a su capitán.

- Quiero que confíes en mí, Anaby. – dijo el hombre inclinándose muy levemente, intentando buscar la mirada de la joven, quien tragó grueso y afirmó con la cabeza. - ¿Si, qué? – cuestionó, al no comprender aquello, habiendo tenido en el pasado algún error al intentar comprenderla con aquellos gestos poco explicativos.

- Yo confío en ti, Saito… - dijo alzando la mirada, encontrándose con la celeste de… ese guerrero fuerte y eficiente. Volvió a tragar, con algo de dificultad y corrió el rostro, notando el cuerpo inerte de su señora, lo que le hizo recordar su situación.

- ¿Sabes qué le pasó? – preguntó sin mostrar realmente su preocupación por la joven demonio, cuando ambos se acercaron, uno a cada lado de la recostada.

- … - El silencio por parte de la aludida, se le hizo extraño, usualmente podían conversar con facilidad, incluso siendo él una de las partes de la comunicación. Buscó su rostro, notando de paso, que le sostenía de la mano flácida con firmeza. - ¿Cómo conoces a mi señora, Saito? – alzó una mirada desconocida para el espadachín. Era fría y algo distante, intensa y calculadora. Y algo en su mente, le recordó el motivo por el cual la había acompañado desde el pueblo donde se encontraron hasta esa ciudad en la que residían por el momento; era inteligente, muchísimo. Algo torpe, con poco tacto, igual, pero no solo era veloz y hábil en el arte del combate, sino que también tenía una mente sumamente brillante, deductiva. – Desde que llegaste ella no dejó de mirarte, incluso al punto de que me hizo sentir… coraje, pensando que te codiciaba. Pero no… - negó también con la cabeza, bajando la mirada un momento. – Me… sentí asfixiada… cuando… cruzó miradas con el capitán Hijikata. – Y solo volvió a verlo a los ojos, pidiendo de forma clara una o más explicaciones. Necesitaba saberlas, para saber realmente, la medida de lo que le había pasado a su señora. Saito cerró los ojos e inhaló. ¿Se lo diría?

- Conozco a Chizuru Yukimura desde hace… años. Antes del desate definitivo con las fuerzas del nuevo gobierno, hubo un inconveniente con unos soldados… rebeldes dentro de nuestras filas. Ellos intentaron atacarla y la protegimos con quien en ese momento era uno de mis más fieles colegas. – soltó antes de abrir los ojos sin verla. – Ella fue metida en un debate sobre si mantenerla con vida entre los líderes de los escuadrones, nuestro capitán y subcapitán. Se decidió que quedara con vida, oculta como una prisionera y…

Estuvo fácil media hora explicándole la situación en detalle, pero sin datos cruciales como los rasetzus, los Demonios, y a qué bando pertenecían al desatar la guerra. Y el hecho de que ella por poco y parpadeara mientras él relataba con toda calma todo aquello cuanto sabía, pues realmente, debía confiar eso en ella como para contarle todas esas cosas, le indicó que a ella realmente le interesaba, por lo tanto, había prestado atención de forma profunda.

- Nos distanciamos antes de una de lás ultimas batallas, fue el último momento que los vi a ambos. – acabó por decir con mirada en el suelo, más no un semblante desalentado, ni humillado, todo lo contrario, no dejaba de verse en ningún momento como un guerrero verdadero. Kirimi Anaby quedó en completo silencio mirándolo fijamente, con un par de ojos… perdidos entre meditaciones y pensamientos alimentados por el vórtice de información que había recibido. – ¿Anaby? – murmuró cuando, al alzar la vista, notó cómo ella levantaba con lentitud una de sus manos blancuzcas, secando una repentina y húmeda lágrima del borde de sus ojos rasgados. – Dime que piensas… - murmuró, procurando aplacar el injustificado impulso de rodear la cama y acercársele, para que, tal vez, su presencia le hiciese sentir segura o… no estaba seguro, con Anaby existían muchas ocasiones en la cuales no existía seguridad alguna. Tal como en ese instante, mientras esperaba a que ella se calmara para poder obtener su respuesta, la cual intentaba a los gritos brindarle alguna ayuda para poder comprenderla, aunque no siempre funcionaba.

- No puedo creer… que Mi señora realmente tenga a personas tan especiales que deseen cuidarla. – Con rostro gacho, sorbió débilmente con la nariz, sin poder controlar su felicidad al saber que alguien como Saito Hajime velaba por su querida Chizuru. – Ella… si tiene posibilidad de escapar de Kimawata. – murmuró ya subiendo ambas manos sobre su corazón, pues el alivio era inmenso.

- ¿A qué te refieres? – preguntó el hombre, solo pudiendo observar a la distancia… cómo ella, guerrera hábil y temida, se quebraba como una niña pequeña frente a él. Frunció el ceño ligeramente al verla negar con la cabeza con debilidad. – Dime, Anaby, necesito saberlo. – dictó con aquella voz baja y sutil, pero potente y caladora a su propio modo.

- No. – Reiteró la joven, alzando la mirada de ojos rojos y levemente hinchados. – No es algo que necesites saber realmente. – Y… sonrió. Sonrió mientras intentaba no llorar. Saito lo supo desde ese preciso momento, ella ocultaba algo realmente grande, pues la vez anterior que la había visto así, había sido cuando la descubrió observando un dibujo del capitán Fuuri a escondidas, de noche, frente a un incienso encendido con una rosa borgoña como ofrenda, en aquel pueblo donde se había conocido. Era algo de importancia y sentimental para ella. Y no supo porque, sintió un leve piquete en la nuca al notar que nuevamente era ese hombre el que causaba que ella llorase.

- Limpia tus lágrimas. – indicó, tendiéndole un trozo de tela suave y absorbente, con bordes bordados en color negro, contrastando con el fondo blanco. Ella alzó la vista y tomó el ofrecimiento, secándose con cuidado la cara; Chizuru podía despertar en cualquier momento y no deseaba perturbarla, no de nuevo.

- Gracias… - murmuró observando el pañuelo, dudando si devolverlo sucio o…

- Quédatelo. – habló, meditando si era conveniente quedarse más tiempo. Suponía que la fiesta estaría ya terminando y los invitados pasarían a sus invitaciones y aquel que no lo eran, serían echados para sus retornos a casa.

- … - Anaby simplemente afirmó con la cabeza, retornando las manos a su regazo, donde sostuvo la tela suave con ambas. De manera leve, acarició la tela. – Gracias… - dijo con voz baja, sin darse cuenta que la mente de él estaba sumamente acelerada, buscando alguna forma de… sacarle información.

- ¿Puedo verte esta noche? – dijo de pronto, haciéndola alzar el rostro de forma rápida; sus ojos se encontraron de inmediato, unos sorprendidos y los otros indiferentes.

- ¿Por qué? – murmuró bajando el rostro, pero no la mirada. Él notó que sus ojos se agrandaban cuando hacía ello, haciéndola ver más pequeña.

- Quiero hablar contigo. – respondió de inmediato.

- Estamos hablando ahora. – dijo, dejando notarse incómoda. Por lo que cambió de estrategia, pues necesitaba ganarse su confianza. Ahora, que sus capitanes ya se habían encontrado, con mucha urgencia.

- Ahora nos puede descubrir cualquiera de nuestros capitanes, y ella podría despertar en cualquier momento. – indagó sin apartar su mirada azulada de los ojos de ella, verde oscuro, que se abrieron ligeramente de más, sorprendida por aquella respuesta.

- ¿Dónde nos veríamos de ser el caso? – indagó, aún desconfiada, frunciendo más el ceño.

- En el Dojo, allí es un lugar apartado y… - se arrepintió de haber dicho eso, cuando notó que su mirada pasaba de la desconfianza a la inquietud por sus palabras mal escogidas.-... quiero que me ayudes a entrenar. – concluyó, tomándose de la primer cosa que se le cruzó por la mente, sin demostrar en ningún momento nervios ni nada más que su semblante relajado a la joven, quien parpadeó, mostrando su debate interno ante aquello.

- ¿Qué podría enseñar yo a un guerrero como tú? – indagó, realmente sin llegar a entender el porqué de sus palabras.

- Sabes cosas que yo no sé.

- Pero tú sabes mucho…

- Mucho es lo que me falta por aprender.

- Aprendemos técnicas solo una vez en la vida, no podemos colocar más té a una taza al ras.

- No conoces la profundidad de lo que almacena mi información.

- No sabes como yo entreno.

- Me adaptaré.

- Por alguna razón entreno sola, Saito.

- ¿Por qué entrenas sola, Anaby?

- Porque nadie lo hace como yo lo hago. Ni yo puedo seguir el ritmo a otros, ni otros pueden seguir mi ritmo.

- Enséñame a seguir tu ritmo, confío en poder aprenderlo.

- ¿Por qué insistes tanto? – frunció el ceño, apretando los puños, ya más que sospechosa ante la actitud insistente del otro.

- ¿Por qué te colocas a la defensiva?

- Tengo miedo de que me veas luchando. – dijo en voz alta, firme, con una mirada fría.

- Te he visto luchar en otras ocas-…

- Pero no es lo mismo cuando entreno, Saito. – Dijo casi desesperada, con ojos nuevamente brillantes.

- Debes acostumbrarte a mi presencia. – dictó con calma colocándose de pie, reverenciándola.- Estaré a la medianoche en el Dojo. – dijo y dejó la invitación en el aire, sin obtener respuesta concreta, pero sintiendo seguridad de que ella asistiría.

Kirimi lo observó salir del cuarto sin voltear atrás, lo que la enojó casi el punto de la furia. Sintió sus ojos arder y apretó aún más los puños, antes de notar que la joven recostada se quejaba, apretando los ojos.

- ¿Señorita Chizuru? – dijo tomándole de la mano, acercándose intentando comprender lo que murmuraba entre realidades y sueños.

- Hiji-… no… yo… -jikata… - negó con más brusquedad con la cabeza, apretando la mano de su guardiana.- … perdón… yo aún-… no… TE AMO… - abrió los ojos y logró darse un buen golpe al incorporarse precipitada de quién sabe qué pesadilla. Sostuvo su frente con ambas manos y se encorvó sobre sí misma. Se sentía peor que antes de desmayar. - ¿K-Kirimi? – murmuró y sintió una mano sobre el hombro. Abrió un ojo, notándola a su lado, cubriéndose uno de los ojos con la mano.

- La lastimé, lo siento. – murmuró con el ojo descubierto mirándola, lagrimoso.

- Fue mi culpa, Kirimi, no te disculpes, perdóname tú a mi… - dijo, negó con la cabeza, intentando dejar de sentirse mareada pero, acabó de espaldas en su lecho nuevamente. Escuchó algo, en el estupor del dolor. Un par de pasos se acercaban a su cuarto, seguido de dos voces masculinas. – Oh, no… es Fuuri. – se quejó en voz alta, sin poder ocultar su desagrado ante el hombre, de quien se escuchó una carcajada en el pasillo.

- Cierre los ojos, señorita, finja su descanso. – murmuró en un susurro la joven, antes de acercarse a la puerta de su cuarto. – Se retirará si la cree dormida… - dijo abriendo con cuidado y cerrando de igual modo, aun cubriendo con una mano una de sus orbes verdes. Chizuru afirmó con la cabeza y se relajó, procurando calmar su respiración, cerrando los ojos de forma suave, ocultando sus labios con los cobertores, temiendo que en su nerviosismo, le tiemblen o los mueva de forma notoria.

- Entonces, le deseo buena noche… nos veremos mañana, en el desayuno, Teniente. – dijo con voz firme. Chizuru escuchó los pasos alejándose por el pasillo, de un solo varón y cómo, luego, con un sigilo irónico a la altura de la conversación anterior, se abría la puerta la puerta del cuarto.

La respiración de la joven era lo único que se escuchaba en el aire y lo hizo suspirar aliviado. Se notaba que estaba teniendo un muy buen descansar. La observó a distancia y se adentró dos pasos, cerrando la puerta tras de sí. Fuuri rodeó la cama con sigilo y abrió la puerta de la habitación de Kirimi, notándola recostada, boca abajo, tal dormida como su señora. Al parecer se había resuelto el desvanecimiento de forma rápida, lo que les permitió relajarse de forma rápida. Cerró la puerta tras verificar que la guardiana estaba "dormida", acercándose hasta sentarse a un lado de quien sentía de su absoluta propiedad. Alzó una mano y Chizuru debió de controlar de forma intensa su reacción a un leve suspiro, cuando sintió que una mano inmensa acariciaba su mejilla. Intentaba ser delicada y demostrar cariño, mientras subía y bajaba desde su mandíbula hasta su pómulo. ¿Tanto sentir tenía el capitán Fuuri por ella al punto de hacer algo como aquello? Se sintió afligida por el hecho de que ese hombre sintiese de esa forma para con ella, quien no le correspondía de forma que se lo mereciese, se sintió mal por amar a un hombre al que creía muerto, el cual esa misma noche había visto más vivo que nunca, frente a ella, hablándole como si fuese una extraña. Eso había sido lo más doloroso, el hecho de verlo a él tan indiferente. Tan distante. ¿No había querido acercarse y tocarle, como ella deseó? ¿Abrazarla? ¿Besarla? El hecho de no ver la misma desesperación que ella sentía por él, en él, había sido sin lugar a dudas lo más doloroso de todo. No supo cuándo el capitán había abandonado el cuarto, solo escuchó los pasos alejándose, antes de que abriera los ojos.

Se incorporó en la cama y apretó los labios. ¿Por qué? ¿Por qué él no le había reaccionado de otra forma? ¿Acaso ya… ya no sentía lo mismo que había dicho que sentía? ¿Acaso se habían distanciado durante tanto tiempo que la potencia de los sentimientos que compartían había desaparecido? ¿Por qué?

Alguien la tomó de la mano y alzó la mirada cristalina, dejando rebalsar un hilo cristalino de cada uno de sus grandes ojos.

- K-Kirimi… - susurró, buscando algo en ella, en su nombre, en la forma en la que se aferró a la joven para llorar de forma desesperada. Enterró su rostro en el la curva del hombro de ella y solo pudo dejarse consolar, mientras evidenciaba lo mucho que había sido lastimada esa noche.

Con manos suaves y comprensivas, Anaby acarició los cabellos sueltos de la mayor, guardando silencio ante el desconsuelo de alguien que se había ganado su cariño de forma veloz. Se aferraron con fuerza la una a la otra sintiendo que no estaban solas si se mantenían juntas, que si una caía, la otra podría ayudarle al levantarse. Que aquello que las unía era más que un vínculo como Cuidadora-Cuidada. La amistad que las unía era mucho más grande incluso de lo que ellas mismas podían imaginar, y que, con el tiempo, se fortalecería hasta niveles impensables. Quien sabe, tal vez y era la misma necesidad de tener alguiena quien querer y quien las quiera, que se encontraron ambas para quererse mutuamente.

Abrió los ojos, sin haberse dado cuenta de cuánto tiempo había pasado. Chizuru reposaba pacífica a su lado, aferrándose a su ropa. Sonrió al acomodar un mechón de cabello castaño de ella, antes de incorporarse con sumo cuidado, pretendiendo no despertarla, ni siquiera perturbarla en lo que, sabía, era un descanso necesitado por ella. La abrigó y avanzó hasta su cuarto, pero antes de abrir la puerta, recordó algo que le hizo detenerse.

Alguien la estaba esperando en ese momento, esperando para entrenar. Tras meditarlo pocos segundos, volteó en el lugar, acabando por abrir la puerta que daba al pasillo exterior. Colocándose una bufanda grande alrededor del cuello, corrió hasta divisar el Dojo a lo lejos. Con respiración alterada abrió de forma brusca las puertas, notando dos figuras al fondo del lugar.

- Saito, si eres tú, por favor, déjate ver, respóndeme… - dijo de inmediato, procurando hablar de forma corrida, sin poder hacerlo como deseaba.

- Soy Saito, por favor cálmate… - dijo avanzando hasta dejarse iluminar por una de las luces externas. La joven sintió alivio de inmediato, pero aún le dio desconfianza el hecho de que estuviese acompañado.

- ¿Quién…? – susurró sin acercarse, desconfiada en todas las letras.

- Tranquila, es mi capitán… - dijo cuándo el otro hombre avanzó de igual modo que el zurdo, mostrándose ante la joven.

- Buenas noches, Anaby… - dijo el hombre reverenciándola con respeto, con una voz grave y profunda. Kirimi lo respetó tan solo escuchándolo, tal como cuando Saito los había presentado, esa misma noche.

- Buenas noches, Capitán… - dijo bajando la cabeza suavemente sin despegar los ojos de el de ojos violáceos. EL silencio se extendió durante algunos segundos, hasta que el hombre alzó una ceja, escéptico ante el escrutinio de la menor.

- ¿Anaby? ¿Quieres que comencemos? – preguntó Saito, habiéndola observado en todo momento mientras miraba a Hijikata.

- ¿Eh? No. – Negó con la cabeza de igual modo, retrocediendo un paso para reverenciarles. – Lo lamento mucho, pero no puedo entrenar con ustedes esta noche. – se mantuvo inclinada mientras hablaba, también esperando una respuesta.

- Anaby, habíamos conversado sobre esto, no es necesario temer a algo que…

- Mañana antes del alba estaré calentando para mi entrenamiento. – dijo incorporándose mirándoles segura, con una sutil nota de disculpa en sus ojos verduzcos. – Esta noche debo acompañar a mi señora. – sentenció, pues era cierto y había sido la mejor excusa verdadera a la que había podido acceder.

- ¿Cómo se encuentra ella? – preguntó con voz grave el capitán y la joven afirmó.

- Lloró, lloró como no le había oído llorar nunca. – murmuró bajando la mirada al recordar la tristeza impresa en cada lágrima de Chizuru.

- ¿Ha llorado otras veces? – preguntó sin lograr ocultar del todo su interés el superior.

- Sí, pero nunca como esta noche. – negó con la cabeza de nuevo. – Capitán, le suplico que aprenda a mantener sus distancias con mi señora. – dijo dejando a ambos hombres sorprendidos ante aquellas palabras.- Usted, su presencia le hacen daño, y estoy a su lado para protegerle de todo mal, de cualquier cosa que ose perturbarle. – su mirada ganó firmeza y los reverenció de nuevo, en señal de despedida.- Aprenda por favor, a ver las distancias necesarias y las innecesarias. – dijo antes de desear buenas noches, y retirarse dejando las puertas abiertas, invitándolos a dejar pronto el dojo.

El silencio que se formó tras la partida de la joven, solo fue interrumpido por un suave bufido por parte del hombre de repentinos ojos rojos.

- Tenías razón. Se parecen. – coincidió comenzando a avanzar de inmediato a la salida.

- Pero de igual modo son demasiado diferentes. Chizuru con dificultad haría frente a un hombre armado, Anaby… - quedó en silencio por un segundo. - … mañana al amanecer, verá a lo que me refiero. – dijo cerrando los ojos un momento.

- Solo tendré paciencia hasta mañana al alba, de lo contrario, ella junto con su capitán caerán…


Okay...

Espero de verdad que se de agrado para quienes lean. Y espero... ¿Algún review, tal vez?

Ayiw.

PD: Subiré una vez por mes los capítulos cuando comience las clases. Ya saben como es la vida universitaria.