Me pasó lo peor. Se me fue internet y no pude guardar las correcciones que le hice al capítulo, por eso tardé más en actualizar. Pero, ya está, puedo subirlo finalmente.

Agradezco a una personita valiente. Se hizo llamar Lala... y fue el primer review de este fic. Te agradezco, en serio por eso, me animó a continuar escribiendo y a subir este capítulo. Te lo dedico a tí, Lala...

Ya no digo más, espero que lo disfruten...

Disclaimer: Hakuouki, no me pertenece en ningún sentido. No escribo para lucrar ni llevar mayor beneficio al de compartir ideas y parte de mi imaginación, creadora de la mayoría de situaciones y personajes fuera de los datos proporcionados por anime/juegos/historia verídica.


Capítulo IV: La corriente del río manchada de sangre.


Las horas pasaron veloces y en menos de lo que imaginó, ya el cielo comenzaba a aclarar. Abrió los ojos, habiendo quedado solo en una meditación durante las horas nocturnas. Tomó su espada y avanzó hasta la puerta. Inhaló, cerró los ojos, recordó una sonrisa en específico que le dio fuerzas y suspiró. Al abrir la puerta, notó cómo su colega ya le esperaba en silencio. Una leve afirmación fungió como saludo y avanzaron ambos en silencio, solo acompañados por los suspiros de las flores aún dormidas en ausencia del astro rey.

La noche había sido corta para Saito y lo notaba en la sombra que coloreaba sus párpados inferiores. Al querer decirle algo, respecto si se sentía bien o si deseaba descansar un poco más, escuchó a lo lejos un par de pasos. Ligeros y rápidos se acercaban. Se detuvo y miró sobre el hombro, notando que una persona corría con agilidad sobre la cima de los muros que rodeaban la mansión. Le observó junto con el otro espadachín, escondidos entre los rosales que rodeaban los caminos de los cuartos principales de la casa

Un par de pasos más torpes y una respiración agitada siguieron a la joven, a lo que notaron al mismo capitán Fuuri siguiendo al corredor.

- QUIERO UNA PIRUETA. – dijo en voz alta, como una indicación y quien corría en las alturas, obedeció de inmediato al lanzarse al borde interno de la muralla, dando dos vueltas sobre sí mismo antes de aterrizar, rodando dos veces en el suelo y continuando a la carrera hasta el dojo, que se observaba a la distancia. Fuuri avanzó con respiración agitada hasta donde estaba esperaba el primer llegado, quien daba pequeños saltitos en el lugar, en señal de victoria.

- Le dije que ganaría. – murmuró quitándose las telas de la cara, mostrando una sonriente Kirimi.

- ¿Cómo hiciste para aumentar tu velocidad? – preguntó procurando recuperarse lo más rápido; ¿Quedar mal? Ni ante su subordinada.

- No lo sé, solo quería ganar. – dijo dando varios botes en el lugar, uno más alto que el otro, al menos hasta que se acercó el hombre, mirándola serio. - ¿Qué? – murmuró observándolo hacia arriba.

- Estás mintiéndome. – dijo el hombre con rostro duro.

- ¿Sabe una cosa? Creo que últimamente está más paranoico que de costumbre. – dijo la joven antes de darle la espalda y avanzar hasta la entrada del dojo, donde abrió las puertas de par en par.

- Estás siendo totalmente desubicada, Kirimi. – dijo el hombre apretando los puños.

- Estoy siendo sincera. – especuló ella, mirándolo sobre el hombro, antes de ingresar al lugar. A Fuuri le temblaron las manos apretadas mientras la seguirla, sin pensar en cerrar las puertas.

- Mocosa insolente ¿Quién te crees para hablarme de ese modo? – dijo en voz alta y firme, ante la mujer que le hacía frente con rostro serio y ojos brillantes. Desafío, era lo que veía reflejado en aquellas esperaldas brillantes y firmes.

- ¿Realmente está preguntando eso? – entrecerró los ojos, justa e inmediatamente cerca del hombre, haciéndole frente con valentía. - ¿A mí? – alzó las cejas, como esperando que recapacitara en sus palabras. Aquello logró calmarlo en apariencias, cuando sus hombros se relajaron, a lo que simplemente alzo una mano… para voltearle el rostro de una bofetada que resonó en 4 pares de oídos.

- No quiero que vuelvas a ser así de insolente, niñata. – dijo tomándola del frente de la ropa que llevaba puesta, cuando la vio erguirse del impulso de su golpe, elevándola a su altura. – La única persona que puede juzgarme es Chizuru, solo de ella lo aceptaría. - siseó mirándola fijamente, con ojos que lanzaban chispas.

- No quiero que olvide quién ocupó ese lugar antes de la llegada de Chizuru. – dijo ella logrando apartar al hombre de un empujón, pudiendo apoyar los pies en tierra, alzando la frente con orgullo.

- ¿Anaby? - la sangre de cierta castaña se heló en su propio nombre.

- ¡Saito! – alzó las cejas retrocediendo un paso al escucharlo ya en el dojo. ¿Acaso… había escuchado algo de su discusión? Se mordió el labio inferior, mientras le reverenciaba a él y a su capitán, que avanzaban para saludarse con Kimawata. Se había puesto nerviosa de la nada.

- ¿Qué hacen tan temprano? – preguntó aún medio serio, aún con el ceño fruncido, pero al notorio esfuerzo de calmarse. Elloos no merecían su enojo.

- Queremos entrenar, no pensamos que el dojo estaría ocupado tan temprano a decir verdad ¿Están hace mucho tiempo? Oímos algunas voces al acercarnos. – habló el capitán recién llegado, notando el modo en el que ella se calmaba al enterarse de que no habían oído nada. O al menos eso le hizo creer el hombre.

- No, la verdad. Solo estuvimos calentando. – dijo logrando dar una sonrisa de costado. - ¿Quieren unirse? No somos celosos con el lugar. – señaló el rededor con calma. – Kirimi, estira. – dijo firme acercándose a uno de los extremos del amplio lugar, donde había cómodos almohadones en los cuales meditar. – Tome asiento, capitán. – indicó a su igual, que alzó una ceja.

- ¿No entrenará usted también? – preguntó con calma y cortesía, más sin variar el tono y rostro serios de siempre.

- No lo creo necesario. – dijo con un tono suave pero que destilaba soberbia. – Si somos capitanes, por un motivo es. No es necesario ensuciarnos de sudor y tierra de nuevo, ya lo hemos hecho en nuestras épocas de juventud. – dijo y señaló el almohadón a su lado. Hijikata avanzó hasta el lugar indicado, sentado en pose seiza con tranquilidad, dejando a Saito y Kirimi en la distancia, quienes mantenían una batalla de miradas. La joven estaba nerviosa, mucho, pues la forma intensa en la que la miraba el guerrero, era... diferente. Parecía enfadado, pero no por eso con ella, el modo en el que había fruncido sus labios levemente le dio la idea de que quería decir algo, pero no lo hacía ¿Por qué?

- Saito, adáptate a ser un invitado. – indicó con calma, haciendo que separasen las miradas, el hombre afirmó.

- Kirimi, he dicho: estira. – bramó el hombre y la chica se acomodó, con los pies separados a la misma altura que sus hombros, antes de bajar el torso y los brazos, hasta lograr tocarse los pies sin dificultad, sin flexionar las rodillas. Saito la imitó, sin poder llegar tan abajo como ella. Los otros dos hombres observaron en silencio, mientras la joven cambiaba de posición, adelantando un pié y flexionando la rodilla que le acompañaba, retrocediendo el otro, para bajar su centro, estirando más partes de su cuerpo. Inhaló con fuerza y exhaló lentamente, con ojos semiabiertos. Bajó ambas manos a la altura del pie adelantado y lo hizo retroceder a la altura del de atrás, moviendo este a la altura donde se encontraban sus manos: donde había estado el otro pie. Volvió a exhalar e inhalar de forma controlada. Saito se la había quedado mirando, al igual que los otros dos varones. Bajó ambos pies a la altura de los retrasados, apoyando las manos con firmeza, tocando con el mentón su pecho, formó un triángulo con el suelo. Esperó contando en voz bajita.

- … ocho, nueve, diez. – Exhaló con brusquedad y elevando una primero por el impulso, acabó apoyando todo su peso en ambas manos, mientras sus dos piernas se estiraban una hacia su delantera, la otra hacia su trasera, buscando un equilibrio que consiguió en pocos segundos. Inhaló y exhaló, continuando el avance de forma controlada hacia atrás, hasta que su pie tocó el suelo de forma suave, siendo seguido por el otro que quedó aún más cerca de sus manos que el primero apoyado, formando un pronunciado arco con la espalda, antes de colocarse de pie de forma erguida al adelantar la cadera hacia el frente con una fuerza casi mínima. Cerró los ojos mientras estiraba cada uno de los brazos, en toda dirección posible.

- Saito, por favor, no te cohíbas, ella siempre hace eso antes de entrenar. – dijo el hombre con algo de gracia al ver al otro sorprendido por aquellas torsiones y formas extrañas que el cuerpo de la joven podía lograr. Saito simplemente afirmó con la cabeza antes de imitar con cuidado algunos de los movimientos con los brazos de ella, quien lo miró solo un momento, acercándosele de inmediato al notar algo.

- No, así no… - alzó ambas manos y lo acomodó de modo que no se lastimase. – Así no te harás daño. – murmuró sonriéndole levemente.- Pero debes recordar hacer el mismo movimiento al acabar el entrenamiento. – dijo antes de volver a su lugar.

- Hacia atrás, enfócate. – exigió el capitán viendo cómo se paraba con firmeza, antes de doblar su espalda en una curva, con el mentón en alto, esperando ver el suelo, apoyando las manos en el momento justo formando de nuevo el arco, antes de pasar una rodilla bien flexionada primero, estirando para dejar el pie y luego el otro, en movimientos suaves y calculados. Exhaló, antes de sentarse en el suelo, juntando las piernas estiradas frente a sí, tomándose los pies sin problema alguno, pegando su busto a sus muslos. Y allí quedó.

Saito procuraba seguirle el ritmo, pero simplemente había cosas que no podía hacer, menos aún con la delicadeza que presentaba ella al realizarlas, pareciendo que danzaba al alba que poco a poco iba convirtiendo en amanecer. Tras varios segundos, la mujer se incorporó de forma lenta, quedando sentada. Separó en un ángulo de 90 grados las piernas y bajó de frente hasta que el busto tocó esa vez el suelo. Saito quedó simplemente en el intento, sintiendo dolor en partes que nunca imaginó sentir al ejercitarse. Notó que ella volvía a separar las piernas aún más, a 180 grados, volviendo a apoyar el vientre en el suelo.

Hijikata la observaba bastante perplejo. ¿Era humano realizar aquellos movimientos sin dañar el cuerpo? Al parecer… sí. Y esa joven era totalmente capaz de hacerlos. Kirimi volvió a quedar sentada, antes de levantarse y mover con ligereza las piernas. Adelantó una y la otra la llevó hacia atrás, más y más, sin doblar las rodillas, hasta que ya no pudo hacerlo más, pues el suelo y sus piernas extendidas una en cada dirección, eran la misma línea horizontal. Apoyó las manos y con cuidado volvió a quedar de pie, imitando su acción anterior, pero intercambiando su izquierda por derecha y derecha por izquierda. Se incorporó nuevamente y se sentó con reverencia frente a su capitán.

- He acabado.- dijo con suavidad, y una cara relajada, con mirada baja.

- Bien ¿Qué quieres practicar el día de hoy? – preguntó el hombre, viendo sobre la cabeza gacha de ella, notando cómo Saito también esperaba por indicaciones.

- Quería… más de batalla cuerpo a cuerpo. – dijo decidida.

- De acuerdo, pero… ¿Cómo estás con armas de fuego? – indagó el hombre, aún sin mirarla.

- Supongo que bien, procuro y triunfo el dar en blancos alejados y en movimiento. – dijo con seriedad, sin alzar la vista tampoco.

- Bien ¿Y con las blancas? – preguntó aún serio con la joven.

- Sabe que no me agradan las armas blancas. – dijo ella y su rostro, levemente sudado, se angustió.

- De acuerdo, ya que está Saito aquí, practicarás tu manejo de armas blancas. – dijo el hombre y la chica suspiró. No quería atacar a Saito.

- ¿Puedo usar las que no poseen filo? – murmuró inclinándose al pedirlo.

- Si sigues así, no cumplirás tu deber con honor Kirimi. – dijo el hombre, pero soltó un suspiro. – De acuerdo. – accedió, pues no sería bien visto si la mano derecha de uno de sus capitanes invitados, era herido por su subordinada en un entrenamiento.

- Gracias. – dijo ella con una sonrisa antes de avanzar hasta uno de los armarios que había tras los capitanes. No necesitaba atacar a Saito

- Usaré una espada de madera, si no le molesta, capitán. – dijo el zurdo y avanzó al lugar donde las había visto cuando ella había abierto la pequeña puerta que las guardaba.

- Está bien. – dijo con voz firme, pues realmente, en ese momento, solo se encontraba para observar, por pedido de su colega. Y lo primero que observó era que Saito no quería dañar a esa joven.

- Mira, esta creo que tiene el mismo largo que tu espada. – dijo ofreciéndosela mientras rebuscaba en el casillero.

- ¿Qué usarás hoy? – preguntó Fuuri, sin voltear a verla.

- ¿Desea que use una en especial? – preguntó e Hijikata notó que el hombre sonreía.

- La flexible. – dijo impregnando aquella mueca de malicia.

- ¿Qué…? – abrió los ojos inmensos y miro a quien había aceptado su sugerencia, arrepintiéndose de inmediato de haber dejado la chance de que el mayor escogiese pro ella. – P-pero…

- No quiero ningún pero. – dijo severo y la joven se mordió el labio inferior, antes de tomar de ambas manos a Saito, para su sorpresa, fuera de la vista de los superiores.

- Lo siento mucho. – dijo en un susurro casi inaudible incluso para él quien la tenía enfrente, mirándolo a los ojos con ¿qué era lo que esos ojos verdes querían decir en ese momento?. La joven tomó una caja, antes de avanzar a la vista de los capitanes. A un costado abrió la caja mientras su oponente se colocaba frente a su maestro, y sacó un artefacto extraño. Era una soga levemente deprimida horizontalmente, con varios trozos de madera tallada a lo largo de la misma. Era una especie de látigo con zonas duras. Hijikata se puso nervioso ¿Qué clase de mujer maneja ese tipo de "arma"? ¿Era realmente un arma aquello?

- ¿Desea colocar algún tipo de regla, Capitán Hijikata? – preguntó mirándolo a un costado.

- Supongo que no, pueden comenzar. – dio su afirmación y notó que Saito estaba tan extrañado como él, tal vez aún más; lo que le pareció raro, puesto que supuestamente era Saito quien conocía a la joven.

- Quiero que sea una pelea justa. Saito, lo advierto por ella, suele usar técnicas bastante fuera de lo común, si temes en algún momento, danos una señal para detener la batalla. – dijo y se sintió levemente ofendido. Estaba peleando con una mujer y ¿era él el advertido? Tomó con firmeza su katana de madera, preparándose. Observó como ella vacilaba, realmente insegura. - ¿Alguna duda Kirimi? – murmuró el hombre a lo que ella los observó aún algo contraída.

- No, ninguna. – dijo y estiró el lienzo, pisando el extremo suelto con su pie izquierdo, aquella que tenía adelantada, empuñándola como si fuera una katana, por el mango opuesto.

- ¿Listos? – observó a ambos concentrados y tras alzar la mano, la bajó con firmeza.- Ahora. – dijo con fuerza, haciendo que Saito avance a la carrera con velocidad, solo sabiendo que debía hacer, sin saber realmente, lo que haría ella. Hijikata notó como el extremo del arma flexible, el que tenía pisado, salía disparado hacia el atrás de la joven cuando comenzó a avanzar en la carrera… pero, que por la flexibilidad del mismo y por el tirón que dio con las manos que sostenían un mango firme, esa misma punta regresó su recorrido, pareciendo que le daría en la espalda a la joven, quien esquivó con maestría el impacto, dejando el camino libre a la soga para acercarse a la punta del arma de Saito; con el movimiento también había logrado esquivar el ataque del mismo y al alzar una de las manos con el mango de su propia arma, logró hacerla quedar firmemente enredada en la punta de la espada sin filo. Y realizó dos movimientos más con la soga, logrando golpear en el rostro al de cabellos violáceos y el hombro, cuando calló ya a su espalda por el impulso de su propia carrera y desvío.

- ¡Listo! – acabó el duelo Fuuri y sorprendió a los visitantes.- Felicitaciones, Kirimi. – dijo con sorna.

- ¿Cómo ha sido eso? Saito aún se encuentra de pie. – indicó Hijikata sin haber comprendido porqué había parado el duelo, pues Saito se había girado y habría podido arremeter contra ella.

- Fueron tres bajas para Saito, capitán – indicó alzando las cejas, haciéndose el desentendido.

- Capitán, ellos no conocen el arma. – dijo la joven, mordiéndose el labio inferior.- Debería mostrarla para que sepan qué es lo que hubiese pasado. – dijo mirándolo para pedir permiso. El hombre vaciló pero acabó cediendo. Kirimi se acercó a la caja de la que había sacado aquel lienzo extrañamente ornamentado, para tomar un mango de espada común, tirando para sacar de un solo tirón una cadena fija al mismo. De cada eslabón, se encontraban los laterales de los mismo, achatados y afilados, como pequeñas cuchillas formando la cadena. Ambos hombres miraron el arma con sorpresa, notando que había hecho cortes en el suelo de madera del dojo nada más de sacarla de su estuche. – Es por eso que… bueno. Fueron tres fallos. – miró a Saito, quien en ese momento reconoció el sentimiento en los ojos de ella: angustia. – Se inmoviliza la espada al trabar el extremo… - lo señaló, mostrando una punta totalmente semicircular y afilada. - … t-te hubiese lastimado el rostro… - dijo con voz baja.- … y te hubiese desgarrado el hombro por completo. – susurró, muriendo de solo imaginarlo, sin dejar de mirarlo… avergonzada, también había vergüenza en aquel fluir de naturaleza que eran sus ojos.

- El duelo ha sido justo. – dijo cuasi como una sentenciaante lo escépticos que habían quedado los dos visitantes.

- No lo ha sido, no presenté el arma como corresponde… - dijo la muchacha, mirándolo con ceño fruncido, siendo interrumpida.

- En una batalla real, es imprescindible tomar por sorpresa al enemigo. – bajó el rostro mirándola con furia. ¿Aún osaba el ponerlo bajo tela de juicio?

- Pero no es una batalla real; es un entrenamiento entre colegas. – dijo elevando mínimamente la comisura de sus labios, sin dejar de mirarlo con firmeza. Desafío, era lo que sentía Fuuri de esa mirada verdosa y no le agradaba en lo más mínimo.

- El entrenamiento debe ser exactamente una imitación de la realidad. En una batalla real, Saito te hubiera asesinado sin dudarlo en un segundo. – dijo logrando lo que quería, la inseguridad de Kirimi, una vez que caía en ella, era difícil sacarla de allí.

- E-eso… - bajó la mirada. - … lo sé. – dijo mostrando la meditación y la forma en la que pensaba, por medio de la mueca confundida que afloró en su rostro. ¿Saito en verdad era capaz de hacerle eso?

- ¿Entonces? ¿Por qué me discutes? – dijo con más calma el hombre, soberbio ante la debilidad de la chica.

- Eh… - los ojitos de la joven se movieron de un lado a otro, buscando o intentado recordar porqué había ido en contra del pensamiento de su capitán.

- ¿Ves? Ahora sé niña buena y quiero que des 30 vueltas a la mansión. – dijo sonriendo malicioso, satisfecho al verla elevar el rostro de forma repentina, con expresión sorprendida. – Como castigo por tu insolencia. – sentenció y la joven bajó el rostro, apretando el mango de su arma con fuerza, antes de alzarla, moviendo la mano de una forma para nada al azar, haciendo que el espanto de arma vuele con precisión, hasta clavarse a pocos centímetros del cuerpo de su capitán la cuchilla del extremo suelto de la espada flexible. Se podían observar varios cortes alrededor del hombre en la madera, sin haberse visto cuándo exactamente habían sido hechos. La chica inclinó su torso hasta reverenciar a los presentes, enrollando con maestría y velocidad el... arma grotesca que manejaba. Avanzó hasta la salida sin decir otra cosa, con rostro de hielo y mirada de trueno. Kimawata simplemente volteó a ver al otro capitán quien mantenía la vista fija en el frente, estoico y ajeno a lo que había sucedido, lo que le irritó en cierta forma ¿Acaso había ignorado su forma de mando firme y capaz? Miró a Saito, quien observaba por donde salía la jovencilla enfurecida y es que el espadachín no había visto nunca tan furiosa a la joven.

- Serán cincuenta vueltas en total. – dijo en voz alta y la joven volvió a empuñar el arma, alzándola de forma amenazante, pasando a cortar las puertas del dojo, destrozándolas con un gruñido de por medio, antes de desaparecer de la vista.- Lamento esto, pero se deberá suspender el entrenamiento. – dijo colocándose de pie, como si nada hubiera pasado en realidad. Notó que ambos hombres no hicieron ni el mínimo esfuerzo en seguirlo.

- ¿No aclarará las cosas con su subordinada? – preguntó el otro capitán sin siquiera voltear a verlo.

- ¿Aclarar qué? Me ha sido irrespetuosa, y recibe su castigo. – dijo colocándose serio. E Hijikata a penas y podía dar cabida a su calma. Ese hombre era…

- Con permiso de mi capitán, acompañaré a Anaby en su castigo. – dijo Saito un poco más apartado, viendo las puertas destrozadas por las que había salido.

- Es su castigo, no seas altruista al querer compartirlo. – dijo el dueño del dojo, mirándolo serio.

- Era mi deber el averiguar de las armas de mi enemigo, en caso de ser una lucha real, para mi defensa y su muerte. Es en parte culpa mía su castigo. Así que como guerrero sufriré lo que ella tenga que sufrir. – dijo reverenciándoles antes de salir, no sin antes dar una mirada de advertencia a su propio capitán.

- Vaya, no creí que tu mano derecha sería así de necio, Hijikata. – dijo sorprendido, antes de voltear a ver al aludido, colocándose de pie.

- Mi mano derecha es un hombre de respeto y honor, por favor, no le insulte de ese modo. Le debe respeto, tal como él lo ha respetado en todo momento. – dijo defendiendo el nombre de su colega, de su compañero y de uno de sus hombres de más confianza. Y acabó por darle una leve sonrisa amable, a lo que Fuuri se mostró confundido, pues pensó que eso lograría ponerlo en guardia. - ¿Servirán los aperitivos ahora? He de admitir que se me antoja un poco de dango esta mañana. – dijo con calma, invitándole a acompañarle. El hombre parpadeó solo una vez, antes de acompañarle. Pues no se había imaginado tal reacción por parte de él.

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Su respiración estaba agitada. Los músculos le ardían. La cabeza le palpitaba. Pero a pesar de todo eso, seguía en pie, corriendo como si no le afectase en lo más mínimo, junto a aquella grácil guerrera que avanzaba a su lado. Sentía como las ropas se le pegaban de forma incomoda a cada parte del cuerpo, ya dificultándole el avanzar a cada paso. De haber estado en soledad, se habría detenido tres vueltas atrás, no solía exigir tanto a su cuerpo.

La joven, por su parte, trotaba a un ritmo regular, sin poder evitar el jadeo que era cada una de sus respiraciones. Las personas los miraban extrañados, aunque a ambos se les daba bien el ignorarles, por lo que continuaron vuelta tras vuelta, sin decir palabra alguna. Aunque hubiesen querido hablar, no habrían podido. Ambos tenían muy en claro el número de vueltas que llevaban a la mansión de Kimawata, pero eso solo les hacía persistir, pues debía una cumplir con su castigo, el otro, con su palabra.

Y justamente en la vuelta número 30, ella se detuvo, debiendo sostenerse de una de las paredes que rodeaba al palacio. Él la imitó sin estar consciente de que era la excusa perfecta para dar descanso a su agotado cuerpo; reposó las manos sobre las rodillas, procurando asimilar su respiración agitada.

- Ana… by… - la llamó en cuanto pudo pronunciar una sílaba al menos, abriendo solo un ojo para verla sentada en el suelo, apoyada contra la pared para no acabar en el suelo por completo. Se acercó con esfuerzo por dar los pasos de forma firme y la miró sin poder inclinarse ni hacer más que quedar de pie.

- ¿Por... qué… lo… hiciste? – dijo sin siquiera abrir los ojos, sentía que todo le daba vueltas.

- Porque… mi culpa… yo… - no podía conectar dos cosas en su mente para poder decirlas de forma clara y precisa, lo que le hizo sentirse frustrado.

- No… tenías que… hacerlo. – negó con la cabeza, de forma lenta, lo que aun así le provocó náuseas. – Mal… dición.- dijo abriendo los ojos, notando que solo sentía que se movía su rededor si mantenía los ojos cerrados. Miró al hombre, notando el momento en el que se desplomaba a su lado. Suspiró, secando con la mano el sudor que el corría por la frente y los contornos de la cara. Estaba hecha un asco.

- ¿Estás… bien? – escuchó volteando a ver un Saito empapado de sudor, pero más calmado, con mejillas rojas por el agite verdadero por el que había pasado, que le devolvía la mirada.

- Si, gracias ¿Cómo estás tú? - dijo también logrando componerse con lentitud. Le sonrió y negó con la cabeza.- De verdad que haces cosas que no debes… - volvió a quitar algo de transpiración de una de sus mejillas.

- ¿Y eso según quién? – preguntó sin poder evitar que sus ojos sigan una gota sobre la otra mejilla de ella, que se deslizó con lentitud desde su mandíbula por su cuello hasta perderse en el borde de la camiseta de ella. Parpadeó.

- Según yo, eso es claro… - con dificultad se colocó de pié y le tendió la mano. – Ven. – susurró con un brillo cómplice en los ojos verdes.

- ¿Dónde vamos? – indagó tomando la mano de ella, pero incorporándose sin hacerla realizar fuerza alguna.

- A asearnos, no creo que quieras que te sientan así de apestoso. – arrugó la nariz levemente y comenzó a guiarle al tirar suavemente de sus manos juntas, todo a hurtadillas, dirigiéndolo al bosque que comenzaba solo a pocas cuadras de allí, hacia el norte.

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- ¿Estás segura que podemos estar aquí? – preguntó mirando alrededor, agradeciendo el tener su arma. Algo le decía que no estaban haciendo lo correcto al ir a aquel lugar; además ¿Por qué los dos solos?

- No, pero siempre vengo aquí, usualmente de noche, pero… necesito esto. – dijo a las espaldas del hombre, quien no dejaba de observar el rededor, con desconfianza.

- Es un lugar muy apartado. – murmuró, volteando a verla… abriendo los ojos enormes al notar que se quitaba parte de las ropas que llevaba. Tenía abierta la camisa blanca, mostrando las vendas que cubrían su busto, y traía un par de pantaloncillos cortos occidentales, que impedían que sus partes más íntimas se descubriesen, no así sus piernas, finas pero firmes de piel lechosa. Quedó mudo.

- Vamos, desvístete rápido.- dijo sin voltear a verlo, con un ademán despreocupado con la mano dirigido a él, totalmente naturalizada con aquello, mientras se soltaba el cabello con dificultad por lo sudado y sucio que estaba.

- ¿Perdón? – alcanzó a decir, alzando levemente las cejas, sin despegar sus ojos de ella, cuando aflojó uno de los extremos de la venda que le cubría el busto; no podía dejar de mirarla.

- Vamos, rápido… tú por la izquierda, yo por la derecha. – indicó y avanzó desenvolviendo la tela que le rodeaba el torzo, hasta quedar fuera de la vista del varón al introducirse entre el follaje de las ramas bajas del árbol. Parpadeó y soltó el aire que no se dio cuenta había retenido ¿Qué había sido eso? Dirigió la mirada donde Anaby le había indicado, escuchando repentinamente un… correr de agua. Alzó ambas cejas, notando un espacio entre las frondosas ramas del árbol inmenso que les rodeaba por completo, donde se veía algo de agua fluir. – El río Tairio. – dijo recordando una de las bifurcaciones que tenía la cuenca del gran río que rodeaba aquella ciudad. Comenzó a retirarse con cuidado y algo de desconfianza la ropa mojada que traía. Quedó con poca ropa realmente, avanzando hasta que los pies estuvieron frescos bajo el agua. Suspiró, era muy relajante. Se inclinó y con un trozo de tela, comenzó a asear su cuerpo, de forma tranquila, relajada, como no sucedía desde hacía mucho. Podía escuchar una voz ya familiar entonar una melodía que se le hacía conocida, sin poder recordar de dónde la recordaba, más sintiendo que lentamente, iba relajando su mente, sus pensamientos. Al sentirse satisfecho, se vistió de nuevo. No traía para secarse, ni para cambiar las ropas, pero era eso mejor a nada.

- ¿Saito? – escuchó cuando ajustaba de nuevo sus espadas a su diestra. - ¿Regresamos? – preguntó la joven,asomando con la cara limpia y el cabello húmedo pero sin sudor.

- Sí.- indicó con tranquilidad, sonriéndole suavemente. Caminaron en silencio, avanzando hacia la zona céntrica del lugar.

- Te dije que era un lugar tranquilo, suelo venir bastante seguido. – dijo alzando la mirada, notando que cuando se cruzaon con gente, ya no volteaba a verles, todo lo contrario, eran invisibles para los demás nuevamente.

- ¿Vas sola? Puede ser arriesgado.- dijo mirándola de reojo, pensado lo que diría acontinuación.- ¿Qué hubieras hecho si alguien te encontraba? – preguntó volteando el rostro para mirarla. Ella también lo hizo, colocando su índice sobre sus labios.

- Es sencillo, los habría destrozado con mi arma. – dio una suave palmada a su brutal arma, la cual colgaba a un costado del cuerpo de la chica, con el mango exactamente a cómo se vería una espada normal. El varón guardó silencio antes de afirmar con la cabeza. No. Había algo que no le agradaba del todo al saber que ella empuñaba esas armas para quitarle la vida a alguien. Que sus manos no estaban del todo limpias. Las de él, un hombre que pasaba a pasos rápidos los años de su juventud, habiendo vivido tantas cosas a lo largo de su vida, era normal que estuviesen sucias, manchadas tal vez hasta siempre. Pero no las de una joven como ella.

- No te habría permitido hacerlo. – dijo mirando al frente con expresión fría, notando que tomaban el camino para dirigirse a la casona de Fuuri.

- ¿Pero por qué? – alzó ambas cejas, sin haberle entendido mucho aquello.- Si ellos me atacan, debo defenderme, no quedar indefensa. ¿Por qué permitiría yo que tú me impidieses defenderme? – indagó mientras pasaban entre los puestos comerciales de la zona.

- Yo no me refería a eso. – dijo cerrando los ojos solo un breve instante. Al regresar la vista, notó una tienda con bonitos peines tallados en madera, hueso y algunos labrados en metales, eran preciosos.

- ¿Entonces? Saito, no logro entenderte. – dijo algo frustrada, notando que se había detenido varios metros atrás.- ¿Saito? – murmuró, siguiendo el recorrido de la mirada azulada. - ¡Mira! Son muy bonitos. – abrió los ojos enormes, dejando brillar sus ojos de verano y bosques fértiles. Se acercó presurosa, habiéndose ganado la atención, una peineta color blanco, con algunas pequeñas motas azules y verdes en una de sus caras. Era precioso y muy delicado, de madera pintado de forma perfecta. Simplemente quedó observándolo, en silencio, de forma fija.

- ¿Te ha gustado? – preguntó la obviedad, sonriendo de forma inconsciente, a aquel brillo en los ojos de ella.

- Es muy… bonito. – dijo alzando una mano, antes de ser interceptada por alguien.

- Veo que le ha gustado esta peineta, señorita.- dijo el dueño del local. – Tiene una historia muy interesante con él. Una legenda.- dijo haciendo que la joven separe los labios, mostrando todo lo verde de su ser en una impaciencia clara.- Cuenta la historia, que este peine perteneció a una princesa en el pasado. – dijo jugando con el tono de voz, para darle más dramatismo, para entretener un poco más a la hermosa joven. – Cuenta que una hermosa princesa, codiciada por muchos, solo anhelada su libertad; claro, su libertad para amar a quien solo ella lo desease, poder viajar donde ella desease, poder vivir como ella quisiese. Pero su padre, siempre sujeto a las reglas y las tradiciones, no se lo permitió, y la mantuvo encerrada durante la mayor parte de su vida. – movía las manos, creando un ambiente realmente misterioso al relato, que no solo era escuchado por los dos primeros, varias personas se les habían sumado, interesados por tal cuento.- Resultó que un día, prepararon a la princesa con las mejores telas, las más finas y hermosas, y los más bellos y delicados adornos, entre los cuales se encontraba esta peineta. – la tomó y la alzó para el público.- La preparaban para un matrimonio arreglado con un príncipe de tierras lejanas, el cual siempre estaba acompañado por un sirviente. – alzó el dedo índice, y miró varias de las caras que lo rodeaban, cada vez era más.- En el estupor por ser atada a un hombre que jamás había visto, y al cual su corazón salvaje nunca podría amar, la princesa decidió huir. Pero siendo entorpecida por sus ropas, no fue lo suficientemente veloz, y acabó encontrada por el sirviente del príncipe. – alzó la mirada al cielo, al parecer, recordando.- Y entre ambos, fue amor a primera vista. – miró a la joven de ojos verdes, quien sonreía ilusionada por lo que escuchaba. – El sirviente, viendo la tristeza en la bella dama… le ofreció algo que nunca se le hubiese pasado por la mente. Le ofreció protección y su vida completa… si huía con él antes de la boda. La princesa, cegada por el amor y su deseo de libertad, accedió, prometiéndole su cuerpo y vida, también, a él. – La cara del hombre se ensombreció levemente. – Pero no todas las historias tienen final feliz… - negó con la cabeza.-… fueron encontrados en el pueblo vecino. Tras una noche como prisioneros, donde se juraron amor eterno, ambos fueron retirados. El sirviente, para morir decapitado por el mismo príncipe, quien con lágrimas en los ojos, abandonó toda una vida de confianza con él, tal como el sirviente había hecho al escapar con su prometida. Y la princesa… fue encerrada nuevamente, pero para nunca volver a salir. Dicen… que tras varios años del suceso, una noche sin luna en invierno, escucharon risas en la habitación de la princesa… y luego nada. – con ambas manos extendidas, barrió el aire frente a él, dando aún más énfasis a sus palabras.- Cuando abrieron la puerta, solo encontraron la peineta de la princesa sobre el marco de la ventana abierta, más no encontraron huellas sobre la nieve que rodeaba la casa. – bajó el tono, dejando un aire sumamente intenso en todos.- Dicen que el espíritu del sirviente fue a buscarla, para cumplir con su palabra al haberle jurado amor eterno, y que cada doncella que desea un amor eterno, debe recibir de su amado esta peineta.- dijo finalmente, recibiendo aplausos por la fantástica historia. - Usted señorita, ¿Tiene algún amor que desea fuese eterno? – preguntó con calma el vendedor, notando que toda alegría e ilusión en el rostro de ella se borraban de inmediato.

- N-no. Mi amor es un amor… no correspondido.- dijo franca y acabó por sonreír.- No todos estamos destinados a la felicidad en esta vida.- dijo reverenciándole, agradeció por la historia y se retiró… seguida de cerca por un silencioso y reflexivo Saito. Había tantas piezas sobre el tablero que era aquella joven, y continuaban apareciendo las sombras de más de aquellas piezas que la conformaban, pero solo eso, las sombras indicando que había más por conocer, pero sin mostrar su forma o valor. Y entre aquellas ideas... pudo notar que alguien los seguía.

- ¿Anaby? – murmuró de pronto, tomándola del brazo, para acercarla a sí de forma brusca, sacándola de quién sabe qué cavilaciones.

- ¿S-SAITO? – preguntó habiendo caído sobre su pecho, alzando el rotro mirándolo con ojos inmensos y mejillas calientes ¿Qué le pasaba?

- ¡Cuidado! – dijo envolviéndola con ambos brazos y moviéndose de lugar, alcanzando a esquivar en el momento justo un ataque. Recuperó el equilibrio de forma rápida, sintiendo una necesidad vital el confirmaer que ella estuviese bien, pero fue ella, quien esa vez lo empujó, esquivando otro ataque por la espalda.

- ¿Qué pasa? – murmuró y descolgó su arma, colocándose espalda con espalda con su colega; solo podía contar 6 de los que tenía a la vista, pero sabía que los rodeaban por completo. Debían ser alrededor de 10. Tal vez 12.

- No lo sé, pero si nos atacaron, no creo que podamos razonar con ellos. – alcanzó a decir antes de que uno de aquellos sujetos le atacase de forma directa. Esquivó con precisión y contraatacó de forma perfecta acertando un corte justo bajo las costillas del sujeto. Aquello fue detonante para que varios se lanzacen al ataque.

- ¡Saito, agáchate! – vociferó su voz aguda y solo obedeció, recordando el arma que portaba. Y pudo ver el momento exacto en el que la cadena filosa volaba en círculo con ella como centro, cortando todo cuanto tuviese en su camino. - ¡IÁH! – gritó al hacer girar la cadena sobre su propio eje, logrando inducir aún más daños en los enemigos. Y el hombre atacó nuevamente a aquellos quienes habían retrocedido por el dolor infligido ante los cortes en sus rostros o cuerpos.

- … - Atravesó el pecho de uno en pocos segundos, pasando al siguiente de inmediato, logrando contener el ataque de uno de los que aún tenían fuerzas de luchar.

- ¡Saito! – escuchó de pronto, notando a Hijikata y Fuuri correr hacia ambos.

- ¡Saito, abajo! – volvió a decir Anaby, y su arma latigueó con fuerza, logrando enredarse en uno de los cuellos, destrozándolo por completo. Removió el arma y logró liberarla, direccionándola de inmediato a la cabeza de uno de los enemigos, quien había intentado atacar a Saito. El hombre lo notó y de inmediato tomó la ventaja sobre otros de los que pretendían atacarlo a él. Dos cortes y tres estocadas. Cinco hombres muertos. Sintió un movimiento detrás suyo y cuando quizo voltear para atacar, notó que sería demasiado tarde, saldría lastimado, más algo que escuchó hizo que se le congele la sangre. Fue el fuerte quejido que sintió detrás suyo. Volteó y solo notó cómo la sangre corría desde el brazo de Anaby hasta el suelo. Había detenido el ataque. Sintió que todo ocurría a un ritmo lento, mientras cada parte de su cuerpo se llenaba de ira.

- ¡Déjala! – escuchó que alguien decía haciendo retroceder al hombre que la había lastimado; era Hijikata.

- ¡Kirimi! – gritó Fuuri, desenvainando, pero no alcanzó a utilizar el filo, pues Saito, en un movimiento más veloz y certero, atravesó justo el corazón del único vivo que quedaba con la espada sucia de la sangre de la mujer. Lo dejó caer y limpió su arma de un movimiento brusco, procurando calmar esa oleada de enojo que se había apoderado de él, antes de avanzar directamente a la joven, guardando la espada. Sentía que no podía respirar.

- ¿Te encuentras bien? ¿Es muy profundo? – preguntó apresurado, descubriendo el brazo de la joven al rajar las telas de la camisa; el brotar del líquido venía de más arriba. El hombro. El pecho se le oprimió con fuerza.

- N-no lo sé… - murmuró ella con debilidad, haciendo que sienta aún más coraje del idiota que la había lastimado. - Me duele… mucho. – dijo y al alzar la cabeza, el varón notó que su rostro estaba surcado por varios hilos gruesos de sangre. La impotencia lo golpeó una fuerza brutal, pero no hacia el hombre ya muerto en el suelo.

- Anaby… ¿Qué…? – abrió los ojos inmensos, interrumpiéndose solo al notar cómo ella se desvanecía en el lugar. La sostuvo con firmeza, cuidando de no hacer movimientos bruscos con su cabeza, guardándola contra su pecho; notó que la humedad de la sangre pasaba sus propias ropas y llegaba a su propia piel en varias zonas.

- ¡Rápido, llévala al dojo, y busca a Oba! – indicó Hijikata al notar que ella no estaba consciente. Saito se apresuró con la mujer en brazos. No era impontencia contra otros... era contra sí mismo que sentía la furia crecer a cada segundo.

Los dos capitanes observaron la escena. Ese tipo de hechos no sucedía desde que la gran guerra había concluido. ¿Por qué entonces habían sido atacados?

- ¿Cree que sea algo de lo que preocuparse? – murmuró Kimawata con rostro serio. Preocupado.

- Pueden haber sido partidarios del antiguo gobierno, me he cruzado con varios grupos de guerrilleros aún en pensamiento de venganza por sus ideales.- dijo el aludido, con rostro serio. – Quédese aquí, iré a buscar a algunos hombres que se encarguen de ellos.- dijo el de ojos violetas antes de voltearse y retirarse apresurado. Fuuri observó con detenimiento los rostros de los muertos… pudiendo reconocer a más de uno. ¿Por qué los atacaban? ¿Acaso había hecho algo para obrar SU traición? Suspiró. No sentía que estuviese traicionando a nadie. Suspiró de nuevo, escuchando a los hombres llegar de inmediato.

- Encárguense de los cuerpos. – dijo antes de retirarse de inmediato, recordando de forma súbita que su mano derecha había sido herida hacía poco. Trotó hasta adentrarse en las puertas de su hogar, que solo estaba a poco más de 30 metros de distancia. ¿Tan cerca había ocurrido el ataque? No podía dejar de sentirse demasiado intranquilo con todo aquello.


Okay...

Aquí les dejo este capítulo. Aviso que ya comencé las clases. ¡YEY! No, no es sarcasmo...

¿Saben una cosa...? Si no recibo reviews, no continuaré subiendo la historia. Puede sonar a capricho, pero pónganse en mi lugar. Escribo y quiero compartir, entonces expongo subiendo lo que escribo. El único medio de saber si es leído es através de los comentarios... y no recibo ninguno. En mi percepción, eso es la prueba congruente e irrefutable de que leen lo que he querido compartir. ¿Captan?

Siento... o al menos sentía que nadie me leía. Por ello agradecía a quien, me atrevo a decir "valientemente", me dejó el primer comentario.

Sin más me despido.

Ayiw.

PD: Me... me puse en duda si es realmente buena la hisoria como para que nadie comente. No sé. Y no es que me gsute pensarlo demasiado... porque si no, me bajoneo en serio.