Finalmente puedo publicar.
No tengo muchos comentarios, salvo, mencionar que la historia tiene un seguidor más. (YEY)
El capítulo es corto, espero terminar el capítulo nono para poder publicar el sexto pronto.
Disfruten.
Capítulo V: El reencuentro del espíritu del viento y la tierra.
- ¡Rápido, traigan vendas y agua tibia! – escucharon una voz desde adentro del cuarto, pero les fue impedido el paso por dos hombres enormes.
- ¡Necesito pasar! – dijo Fuuri pero los hombres negaron con la cabeza.
- La señorita Chizuru solo ha permitido a la ama de llaves y al joven espadachín que la trajo.- dijo y escucharon un grito agudo desde adentro. Había ajetreo y se escuchaba la voz de Saito llamando a la joven guerrera, al igual que Chizuru, diciendo que ya terminaría todo, dando indicaciones a cada segundo. Los minutos pasaban con lentitud desesperante y espesa. El señor de la casa, caminaba de un lado a otro, pasando por el mismo camino una y otra y otra vez. De izquierda a derecha. De derecha izquierda. Sentía el corazón palpitarle con más fuerza de la que nunca había sentido. ¿Y si ella estaba realmente grave? ¿Y si le sucedía algo? Escuchó otro grito en el aire y la voz del hombre de Hijikata gritar el nombre de su mano derecha. Volvió a avanzar hacia las puertas, necesitaba verla, que estuviese a salvo… ¡No podía confiar en nadie más que en sí mismo para mantenerla a salvo!
- Capitán, aguarde… ha de haber un motivo para que guarden en privado su atención. – dijo con voz severa el hombre, sabiendo que no había motivos turbios en el asunto. Pues estaba hablando de las dos personas en las que más confiaba en el mundo.
- Pero… ella está sufriendo. – dijo mirándolo con toda la fragilidad que tenía en ese momento, con toda la angustia con la que cargaba por el solo hecho de imaginarse culpable porque a ella, a su pequeña Kirimi, le sucediese lo que sea.
- No podría estar en mejores manos; sea paciente. – dijo con algo de rudeza, sorprendiéndose al lograr que el hombre afirmara con la cabeza, regresando a aquel casi irritante tic de caminar sobre los mismos dos metros lineales una y otra vez, sumiso ante él. Era algo de real relevancia para el capitán, un dato que le sería de mucha utilidad en el futuro. No supo realmente cuánto tiempo estuvieron a la guarda de que algo sucediera, pero el algún momento de la mañana tardía, la puerta corrediza se abrió lentamente. El ama de llaves estaba hecha un desastre, el peinado desacomodado, así como parte de sus ropas, que además de desprolijas estaban con manchas notorias de sangre.
- Señor… - la mujer se inclinó ante su jefe y el hombre quiso pasar. – Le ruego que aguarde un momento. – pidió con rostro serio y voz firme.
- Necesito verla, Oba… - dijo al hombre casi a punto de empujarla por ingresar al lugar.
- La están vistiendo, joven amo. – repuso con una calma hasta admirable la anciana, antes de reverenciar al otro hombre. - ¿Es conocido suyo el joven soldado que nos ayudó? – preguntó mirándolo fijamente; se le hacía conocido de algún lado. Lo notó afirmar solo una vez con la cabeza y le reverenció con profundidad. – Gracias a él hemos podido salvar a la joven Kirimi. Le estoy muy profundamente agradecida por su presencia. – se levantó y no alcanzó a decir más, antes de que la puerta se corriese nuevamente. Chizuru, algo pálida y con ojos vidriosos, fue tomada de los codos por Fuuri.
- ¿Cómo está? – preguntó con brusquedad el dueño de casa, mirándola, pero sin hacerlo realmente.
- Está bien, ahora estable. Puede verla si quier… - no pudo terminar que fue, literalmente, apartada de camino para que pudiese avanzar hacia el interior del cuarto. La castaña casi tropezó por el empujón torpe que había recibido. Casi. Un brazo firme la sostuvo y evitó que sufriera algún daño.
- ¿Te encuentras bien? – susurró el azabache a la joven que le miró con ojos inmensos al voltear el rostro.
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- … - La tensión era notable. Se podía sentir como una marea que se agitaba solo en un tumulto de pensamientos e intenciones. Pues Fuuri, no se sintió muy a gusto al encontrar a SU Kirimi, siendo acompañada por aquel soldado de Hijikata. ¿Por qué tenía esa irritante sensación de haber interrumpido algo? Incluso habiendo estado ella inconsciente en todo momento. Pero era la cercanía que observaba entre ambos. Y el modo en el que él le sostenía la mano, como si se conociesen, o peor aún, como si fuesen algo el uno del otro. Tal vez, una de las cosas que más le desagradaba de la situación, era que el donnadie aquel, ni siquiera volteó a verlo cuando ingresó en el lugar, solo se dedicó a mirar a la joven de cabello alborotado por las vendas que traía cubriéndole la frente, que de igual modo le rodeaban la cabeza entera. Pero no habría podido dar otra descripción, pues no se había fijado en nada más que en el modo en el que la mujer era observada. – Soldado, puede retirarse, ella quedará bajo mi cuidado. – dijo llegado un momento en el que se sintió más transparente que el aire mismo. Se ganó de inmediato una mirada de soslayo y una respuesta concreta.
- No le dejaré sola. Usted puede prescindir de la tarea, ya que no abandonaré mi puesto por nada en el mundo. – dijo alzando una mano para arroparla suavemente. Y lo haría, se quedaría allí hasta que ella despertase.
- No está en posición de otorgar o no permisos de permanencia. – dijo mirándolo con mayor intensidad. No quería que estuviese cerca de ella. No, algo le decía que no era bueno que permaneciesen juntos durante demasiado tiempo.
- Sí lo estoy, la anciana me ha pedido que la vigile mientras descansa, en caso de que necesitase algo o de que hubiese algún cambio, sea cual fuese, en mi deber el hecho de reconocerlo y atenderlo lo mejor y más rápido posible. – fue todo lo que dijo, antes de caer en silencio, sin voltear a verlo, sin soltar la mano flácida de la joven, sin dejar de escrutarla a ella sin descanso.
- Le puedo asegurar que su presencia es de lo menos necesaria en estos momentos. – dijo con acidez el hombre, pero no fue tomado en cuenta tampoco. Menos aun cuando Saito sintió una leve presión en sus manos juntas. – Así que será mejor que…
- ¿Anaby? – preguntó el espadachín, inclinándose sobre ella, dando aún mayor atención de la que ya estaba dando.
- … - La joven hizo una mueca incómoda y luego se quejó, alcanzándole solo eso para irregularizar su respiración. Entreabrió los ojos y apretó más la mano del joven. – S-Sai… to… - dijo de forma casi inentendible, mirando la nada misma, solo siendo consciente de sus recuerdos en exclusivo.
- Anaby… mantén la calma. Ya pasó. Ya no nos atacan. – repitió el de ojos celestes, antes de dar un suspiro aliviado. Ella había despertado, había vuelvo a ver aquellos ojos verdes una vez más, había escuchado decir su nombre de esa voz. Tomó con mayor firmeza la mano de ella, notando que en un movimiento suave lo buscó. Le sonrió de forma suave. – Intenta descansar. Deberás tener una recuperación intensa antes de poder siquiera osar en alzar un arma. – dijo a la joven la cual parpadeó de forma extendida. Al abrir de nuevo los ojos, su consciencia estaba más presente en el mirar verdoso.
- ¿Ya pasó? – susurró, mirándolo, esperando una respuesta.
- Sí, ya pasó. – le respondió con paciencia, sintiendo aún más alivio al verla sonreír con debilidad. La sintió moverse, soltando un quejido. – Mantente quieta, tu cuerpo debe recuperarse. – dijo haciéndola volver al reposo.
- Tengo sed. – dijo con un mohín. No le agradaba para nada el hecho de no poder moverse con libertad y sin dolor.
- Procura beber con cuidado… -escuchó que decía el espadachín, antes de sentir que le levantaba la cabeza, acercándole un recipiente con agua, permitiéndole beber con calma y lo suficiente para saciarla.
- Gracias, Saito… pero no era necesario. – dijo corriendo la mirada avergonzada de no poder ser autosuficiente en ese aspecto, notando que había otra persona allí. - ¡C-capitán! – abrió los ojos enormes y antes de que ninguno de los dos pudiese hacer algo se incorporó, quedando sentada, aguantando el dolor en un quejido.
- No puedes moverte con tanta naturalidad aún, Anaby… - escuchó que decía el de ojos azulados a lo que volteó a verlo, sin percatarse de que su cuerpo se movía por sí solo al perder el equilibrio. Alguien la sostuvo y la recostó, arropándola nuevamente. Su mente estaba hecha un caos y comenzaba a sentir dolor en varias específicas del cuerpo. Se quejó y cerró los ojos. El mareo también era desfavorable para ella en ese momento.
- Lo siento… mucho. – susurró antes de suspirar, procurando calmarse para poder conciliar el sueño. Si Saito estaba allí, podía dormir tranquila. Sí, confiaba en Saito para poder descansar bajo su cuidado. El hombre, alzó una mano con calma, y acomodó con cuidado un mechón del cabello desacomodado de la chica a quien le devía su integridad física en ese momento. Se lamentó que haya sido ella, y no él, quien sufría dolor en aquel momento. Cerró los ojos y mantuvo su mano en la frnete de la chica, como si solo por eso, pudiese hacerle sentir acompañada en su inconsciencia.
El silencio se apoderó de la escena, en la que parecía que un actor sobraba, incluso sin mediar palabra. Así mismo fue como Kimawata se colocó de pie, avanzando hacia la salida con hombros tensos. No podía creer semejante atrevimiento por parte las dos personas que dejaba atrás.
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- Hijikata… - fue lo único que dijo antes de impulsarse un solo paso para rodearlo con ambos brazos, lo más firme que podía. El hombre quedó realmente sorprendido, con ambos brazos separados del cuerpo. – Hijikata… - la voz temblorosa de la mujer frente a él le hacía sentir el deseo de consolarla a costa de lo que fuese. Apretó los puños, sin atreverse a realizar movimiento alguno. – Hijik-…. – aquella voz suave que susurraba su nombre en sueños, había escapado a la realidad, más se cortó antes de poder repetirlo por tercera vez. Un espasmo le movió los hombros y apretó más sus brazos alrededor de él. Tragó con dificultad. ¿Qué era ese nudo en la garganta, que parecía asfixiarlo al punto de lastimarlo? Antes de que pudiese detenerse a sí mismo, como si sus extremidades tuviesen consciencia propia, rodearon el frágil cuerpo de la fémina. No. La apretó contra sí con fuerza, pero no para lastimarla, eso nunca; jamás. Y se sorprendió al escucharse a sí mismo arrullando a la dama que sollozaba entre sus brazos. Que estaba de nuevo entre sus brazos. Hundió la nariz entre sus cabellos e inhaló con fuerza. Fue energía pura corriendo en sus venas desde aquel aroma a mujer que aún recordaba. Que había extrañado tanto. Porque incluso sin que él mismo se diese cuenta, Hijikata Toshiro necesitaba a Chizuru Yukimura. Su cuerpo necesitaba el de ella; sus sentimientos, necesitaban los de ella; su cordura por sobre todo, necesitaba de ese ser delicado y perfecto que comenzaba a calmarse sobre su regazo.
Y no dijo nada. Ni ella ni él. Las palabras sobraban y eran peligrosas en ese momento. Ambos lo sabían, eso no era algo correcto. Por lo que permitieron con todo gusto que solo sus respiraciones serpentearan a su rededor, simplemente ayudándoles a embeberse el uno del otro en mayor medida. Chizuru permitió qué aquellas manos enormes y fuertes, la mantuviesen presa en aquel refugio de todo, solo alimentándose del palpitar de un corazón que creyó muerto. Era y sería el sonido más precioso que jamás escucharía. Quería permanecer así la eternidad misma, presa en ese lugar que era suyo, suyo y de nadie más. Fue enorme la decepción al sentirse apartada con suavidad; volteó de inmediato a ver qué torrente de cosas pasaría por los ojos del hombre. Tenía el gesto duro, frío como la primera vez que lo vio en una tormenta de cerezos disfrazados de hielo y escarcha, acompañando el semblante de ese hombre poderoso. Parpadeó. Era tal como lo recordaba. Sonrió por y para él en aquel eterno segundo de reencuentro.
- He venido por ti, Chizuru. – susurró aquella voz grave, cargada de promesa y fidelidad. – Pero tienes que ser paciente, por favor… - escuchó que decía y luego… vacío. Él la había soltado, y había retrocedido una distancia prudente a una velocidad inhumana, pero fue perfectamente visible para ella, que no pudo quitarle los ojos de encima en ningún momento.
- ¿Chizuru? – escuchó una voz diferente y, algo aturdida, volteó a regañadientes, encontrándose con que era Fuuri quien le llamaba. Alzó las cejas, con algo de sorpresa, recordando de forma repentina el momento, lugar y situación en la que se encontraba. También debía responder al llamado.
- ¿Qué sucede? – preguntó parpadeando una vez más, procurando salir de aquel aletargo del que no quería salir realmente.
- Eso pregunto yo ¿Estás bien? No es seguro que andes sola por allí, menos aún si Kirimi no está para poder protegerte. – el hombre frunció el ceño y miró al azabache un poco más allá.- ¿Vio algo fuera de lo común, Capitán? – interrogó recordando de pronto que debía protegerla, y que la había dejado en soledad con el mirón aquel.
- Para nada, se le ve cansada, eso es todo. Ha de haber sido una batalla tremenda la que lidiaron. ¿Verdad? – se dirigió nuevamente distante a la castaña, más mirando al interior del cuarto, notando sangre por las paredes, golpes en el suelo y desorden en general. – Parece que una guerra ha sucedido en unos pocos minutos. – alzó una ceja ante el silencio circundante, volteando a ver aquellos ojos de roble y cacao una vez más. Chizuru solo con verlo alzar ínfimamente las cejas, comprendió.
- Fue una lucha terrible sin dudas. – respondió con voz calma, sin saber de dónde estaba pudiendo sacar esa fachada.- No quería que se descubran las heridas, aún no sé porque, por lo que tuvimos que hacerlo a la fuerza, rasgando algunas de las prendas. – le sostuvo la mirada y mantuvo el gesto sereno.
- ¿Fueron muchas las heridas? – volvió a preguntar.
- Seis en total, bastante profundas, pero con reposo suficiente estará recuperada en quince días. Es una mujer fuerte. Mucho. – dijo con cortesía. – Lo que me preocupan son las zonas moradas en su cuerpo. ¿Qué fue lo que sucedió? – fue su turno de preguntar, con una mirada firme, que no dejaba dudas a que obtendría una respuesta confortante.
- Les atacaron a ambos. Ella por defender la espalda de mi colega ha terminado como está ahora. – respondió el hombre de inmediato. Solo eran ellos dos hablando en ese momento.
- No puede ser… ¿Eran muchos? – se cubrió los labios, con gesto sincero de preocupación. ¿Por qué eran atacados? La época de paz era lo que más se había esperado en las guerras.
- Eran varios, pero fueron eliminados todos con eficiencia. No se preocupe, señorita Yukimura. – dijo sin haber despegado ni por un segundo la mirada de sus ojos.
- No lo hago, en realidad. Confío en que los valientes saben realizar su labor. – afirmó con la cabeza y sonrió, antes de sentir un leve tirón de su brazo. Al verlo, se dio cuenta que Kimawata había estado pintado durante todo el tiempo que habían conversado.
- Chizuru, ve al comedor, espérame allí, por favor. – dijo al hombre, a todas luces queriendo alejarla de Hijikata.
- Capitán, preferiría quedarme a acomodar el cuarto y luego descansar un poco. Ha sido verdaderamente agotador este momento. – lo miró un momento a los ojos, haciendo que el dueño de casa concediese sin dudas el petitorio.
- De acuerdo; mandaré traerte el almuerzo aquí. – dijo y la vio afirmar.
- Por favor, que acerquen también para los dos soldados. – dijo a modo de recordatorio, haciéndolo recordar que… a solo una puerta de su amada estaría aquel soldado.
- ¿Te quedarás sola con… ese… hombre? – preguntó, haciendo que cierto azabache apretase los puños con fuerza. Ese hombre, con su falta de tacto, estaba insultando no solo a su mano derecha y más grande amigo, si no a la mujer que ocupaba todo lo ancho y amplio de su corazón.
- Le aseguro que Saito es de plena y grande confianza. – dijo de inmediato, con la frente en alto y la mirada aguda. Ese hombre no le gustaba. Para nada.
- ¿Cómo puedo confiarle algo tan valioso como lo es esta mujer? – dijo mirándolo a él, en todas las de llevarle la contra.
- Él está cuidando a Kirimi, Capitán. – dijo la mujer y ambos la miraron. – Se portó muy respetuoso con ella, conmigo y con Oba mientras la curación procedía. – habló convincente.- Yo confío en él, por lo que no habrá problemas. – dijo ella con una suave sonrisa en el rostro. ¿Desde cuándo Chizuru podía sonar tan segura y firme al hablar? Eso era extraño para el anfitrión.
- D-de… de acuerdo. – dijo al final y miró al otro hombre, encontrándolo con la mirada fija en sí mismo.
- ¿Ya podemos pasar al comedor? Honestamente, tiene gente muy bien capacitada en su cocina, Capitán. – dijo invitándolo con un ademán de la mano, demostrando que la espera había sido no muy bien realizada. Ambos se dispusieron a la retirada, avanzando por el pasillo tras reverenciar a la dama. Ella les miró entrar a uno primero por el pasillo principal, más el segundo, volteó por un instante, deletreando dos palabras que acabaron por hinchar el pecho de la joven demonio, antes de perder de vista aquellos ojos violáceos.
- "Te amo"…
Bien, espero que les haya gustado.
Repito, yo no tengo más comentarios que hacer. ¿Ustedes? Apreciaría sus comentarios y críticas.
Gracias.
Ayiw.
