Hace tanto que no actualizo... cosas de estudios.
Espero que les guste, y gracias a Guest... al invitado por el Review.
Capítulo VI: La mariposa que vuela atada al hilo de acero.
El silencio era acogedor esa vez. Había tres luces encendidas en el cuarto y solo se escuchaba el escaso movimiento que se necesitaba para llevar el pato del plato a la boca. Estaba delicioso, y se podía notar en la forma constante de ingesta. Era poco decir que sus miradas se encontraron más de una vez, pero en silencio y tranquilidad, volvían a su tarea del momento. Era realmente agradable poder compartir momentos como ese.
- Disculpen… - escucharon y voltearon a la misma dirección, ambos apresurándose en masticar para dar señales positivas.
- Adelante. – él fue el primero en acabar, dejando su plato aún con porción a un lado al ver a su capitán ingresar al lugar.
- Gracias. – dijo, notando de inmediato una sonrisa acompañada de un par de ojos verdes, en un semblante calmo que compartía con su colega. – Lamento interrumpirles. – dijo reverenciando.
- No se preocupe, Capitán, casi acabábamos. – dijo ella de inmediato, acomodando un poco las ropas de cama, indicándole con un gesto que podía tomar asiento donde mejor le pareciese. Hijikata sonrió levemente. Era asombroso con la facilidad que esa joven se había ganado no solo su confianza, si no su respeto por la heroica forma que tuvo de defender a Saito. Había que ver el caso de éste último, a quien la vergüenza y la culpa, impedían alejarse por mucho tiempo de ella, que día a día se recuperaba mejor.
- ¿Cómo has amanecido el día de hoy? – preguntó con calma.
- Mucho mejor, yo… - se refrenó de contar alago que tal vez no le haría gracia al hombre que se sentaba justo del otro lado de la cama. Cerró los labios y le miró de reojo.
- ¿Qué hiciste antes de que llegase hoy? – dudó el de ojos celestes, quizá temeroso de lo que podría escuchar a continuación.
- Bueno… pues… - tragó grueso; se ponía nerviosa si sentía la impaciencia de él en el aire.- Pude ver el amanecer desde el pasillo. – confesó con mirada baja. – Siento que estos días han sido una eternidad sin poder observar el saludo del sol en la mañana y hoy pude moverme por mí misma sin dolor, y sin despertar a mi señora, para poder apreciarlo.- apretó las manos, una de ellas vendada, antes de notar que el mayor de los tres sonreía, al parecer divertido. Ladeó la cabeza mirándolo, dejando sin problemas los elementos con restos de comida a un lado.
- No podrías quedarte quieta ni aunque quisieras. – murmuró, escuchando un suspiro del otro espadachín.
- Creo que… no. – afirmó sincera, pues no mentía. No le gustaba hacerlo. - Siento que debo recuperarme para poder seguir en mi labor. – alzó el rostro determinada. – Así que ya lo he pensado… - y volteó a ver a Saito, quien le devolvió la mirada, solo esperando a que concluyese.- En 5 días más, comenzaré a entrenar de nuevo. – dijo con voz grave, logrando tensar al otro.
- Ya hemos hablado de esto. – negó con la cabeza, cerrando los ojos. Era terca; tal vez demasiado.- Hoy se cumplen solo 3 días desde el incidente, no puedes hacer nada hasta recuperarte por completo. – dijo frunciendo el ceño a volver a mirarla.
- Y, miren quién lo dice. No eres el de mayor moralidad para hablar de esto, Saito. – dijo entrecerrando los ojos.
- Eso fue diferente. Debíamos llegar a la cuidad en dos días si queríamos cumplir con las órdenes. Era necesario que nos movilizáramos. – se defendió.
- Podríamos haber llegado en un solo día de haber alquilado un caballo. Y lo sabes. De soberbio que no quisiste que lo alquilase con mi dinero. – volvió a atacar, sin alzar la voz, más utilizando el arma más letal que puede existir: las palabras.
- Yo no tenía para un caballo. – dijo mirándola con fijeza.
- Pero yo sí, y no quisiste. Me humillé al suplicarte y aun así menospreciaste mi ayuda y mi sacrificio al tener que suplicarle a un enfermo por su propio bien. – La culpa comenzaba a pesarle de cierto modo, pero pensó de inmediato en cómo retrucar.
- Si lo sabes ¿Por qué no haces caso de tus propios instintos y esperas por tu mejoría? – dijo alzando una ceja.
- Porque tú fuiste orgulloso. ¿no puedo serlo yo también, como tú? Somos iguales, Hajime. – repuso satisfecha por su respuesta.
- Disculpen. Me retiro antes de que suceda algo más incomodador. – dijo el azabache, colocándose de pie, haciéndoles notar a los guerreros que la distancia entre ambos había menguado de forma notoria, pero sin que se pudiesen dar cuenta en el momento. Ella se apartó corriendo el rostro.
- No es necesario. Lamento mucho esta escena. – dijo con mirada baja, pero frente en alto.
- No es necesario. Me trae cierta nostalgia el escucharles. – dijo mirando al de cabellos violáceos, haciéndole cerrar los ojos, buscando calma para sobrellevar otro día más. – Solo era eso, ver cómo habían amanecido ambos. – dijo con esa seriedad tan característica de Toshiro, pero con el rostro relajado. Miró al varón, quien le devolvió la mirada, sin poder comprender el porqué de aquella ¿picardía? en la mirada de su superior.
- Capitán ¿Puedo preguntarle sobre…? – comenzó la joven, sin acabar la pregunta, antes de recibir un asentimiento. Sonrió y volvió a señalarle el espacio a su lado.- ¿Cómo estuvieron las reuniones de hoy? – fue lo primero y lo que venía preguntando cada día a esa hora en la cual tenía visita.
- Bien, más tranquilas que ayer, claro hoy el público era completamente masculino. – dijo de inmediato lo que sabía que quería saber ella. Kirimi suspiró aliviada.
- ¿Fue servido el salmón rosado? – preguntó queriendo saber de ese mundo externo el cual sentía hacía siglos no podía salir a explorar.
- Claro, estaba realmente delicioso ¿Cómo es que cada día sabes el menú que se presentó? – preguntó con tranquilidad.
- Porque fui yo quien lo organizó. – Sonrió con un brillo entusiasta en la mirada.- Me alegra saber que alguien como usted disfruta de mi esfuerzo. – dijo cerrando los ojos un momento. Hijikata la observó fijamente mientras encogía los hombros suavemente en una carcajada casi muda. Saito había tenido razón: se parecía mucho a Chizuru en muchos gestos que poseía.
- ¿Existe algo que no puedas hacer? – bromeó con la joven quien soltó un bufido, volteando a ver a su compañero constante esos días.
- Existe un enorme imposible para mí: Convencerlo de que me siento bien. - le miró afligida a lo que el aludido no hizo nada más que ponerse de pie. - ¿Saito? – dijo extrañada, pues se había acostumbrado a tenerlo a toda hora a su lado.
- Iré a preparar té. Es bueno para tu mente y el relajo de tu cuerpo. – fue todo lo que dijo antes de dirigirse en silencio a la salida, dejando la corrediza cerrada. La joven bajó la mirada un momento, apretando las manos de forma firme.
- Debes calmarte. – aconsejó el hombre de guerra al notarla algo alterada.- No debes preocuparte por su comportamiento. Saito es así, y siempre ha sido de este modo. – repuso mirándola afable. Ella afirmó con la cabeza, aún sin verlo.
- Eso… lo sé. –afirmó con la cabeza de igual modo.- He podido conocerle como no he podido conocer a ningún otro guerrero. Es… un ejemplo para mí, y no disfruto discutiéndole, pero… -abrió los ojos, mirándolo.- … cuando se pone tan terco en ciertas cosas… - se mordió el labio inferior, frunciendo el ceño.
- Cálmate, no le hará bien a tú salud. – dijo el hombre, pretendiendo mantenerla tranquila hasta la llegada del otro.
- Solo quiero que sienta lo que yo sentí en el momento en el que hizo caso omiso de los consejos que quise darle cuando la situación estaba invertida en ambos. – dijo con una mirada firme. – Muchos de los conocimientos se aprenden solo a través de la experiencia, que la mayoría de las veces resulta ser dolorosa. Bueno… le haré sufrir por un bien mayor. – afirmó con la cabeza, como si por decírselo al azabache, estuviese exenta de toda culpa. El hombre sonrió; no era la primera vez que veía una mirada como esa. No. Solo una vez antes había visto ese brillo en un par de ojos, pero le estaba siendo suficiente como para poder reconocer el trasfondo en esos ojos verdes.
- De acuerdo, pero procura que no se altere demasiado. – dijo escuchando que llamaban a la puerta.
- Adelante. – dijo la joven notando a Saito ingresar con un varias tazas de té en una bandeja, seguido de Chizuru y Fuuri. – Señores. – dijo alzando las cejas.
- Mantén la calma… - dijo la recién llegada, sentándose de inmediato a un lado de la joven, sosteniéndole ambas manos con firmeza. - ¿Cómo te has sentido hoy? – preguntó sonriéndole, procurando no sentir una potente mirada sobre sí en ese preciso momento.
- Bien, muy bien. Excelente. – dijo de forma alegre, correspondiendo el gesto, mirándola contenta. – Le he extrañado mucho… - susurró decayendo los hombros solo un poco.
- No te preocupes, estoy bien. – dijo la mujer vestida con un kimono caro y precioso. Observó a su amiga negar con la cabeza.
- No es esa mi inquietud, Señorita. – negó con la cabeza.- Hay quienes le están protegiendo, eso lo sé y confío en que son fuertes. – dijo la joven, confundiendo a su señora.- Solo digo que la he echado de menos. – Se encogió de hombros con soltura, sonriendo.
- Oh… Kirimi… - se enterneció y negó con la cabeza.- También te he extrañado a mi lado, pero aguardo con paciencia Tu salud está sobre cualquier otra cosa en este momento. – dijo sonriente, antes de notar una mirada diferente en ella. Era esa que usaba cuando quería decir algo que no podía decir en el momento. Y la situación se tornó dificultosa para la demonio, pues sabía que no podría tener un momento a solas con la joven por los 3 hombres que le rodeaban a la una o a la otra desde hacía ya 3 días. – Mantén la calma, pronto pasará todo esto… - la consoló con levedad.
- ¿En cuántos días sientes que podrías retomar tus servicios, Kirimi? – preguntó el dueño de casa, mirando tal vez más atento que de costumbre a la herida.
- En cinco dí-…
- Diez más, mínimo. – interrumpió el de ojos azulados, cruzado de brazos al lado opuesto que Chizuru, respecto de la menor.
- Saito, no lo entiendes. Debo volver a mis tareas. Puedo volver en tres días , incluso, si me lo propongo. – dijo volteando a verlo, algo angustiada de no poder razonar con el varón. Hijikata sonrió levemente al verlo negar con la cabeza, estoico e inamovible. Le recordaba a alguien ese comportamiento sobreprotector.
- Bueno, Toshizo… si tu hombre dice que necesita de esa cantidad de días, supongo que puedo confiar en él. – dijo algo inseguro el otro, pues en esos cortos días, había formado un lazo de confianza con aquellos dos hombres.
- Por supuesto. Saito es hombre al que se le otorga confianza ciega. – dijo con espalda recta, luchando por que sus ojos no se desviasen hacia la castaña de ojos caoba.
- ¡P-pero…! – alzó las cejas y recibió cuatro miradas algo reprobatorias. Bajó del todo la cabeza y quedó estática, con ambas manos en puño, apoyadas sobre los cobertores.
- Vamos, Kirimi. Tampoco es tanta la espera. – procuró animarla su jefe.
- Las comidas son sabrosas. – dijo por su parte Hijikata; la verdad que la veía con algo de pena.
- Y la compañía no te es desagradable ¿Verdad? – preguntó la mujer, haciendo que Hajime voltease a verla, y que Anaby apretase más los puños.
- En este momento, digan lo que digan, sea quien fuese de ustedes, me sonará a lástima y sinsentido. – fue todo lo que dijo. Chizuru se mordió el labio inferior.
- ¿Kirim-…?
- ¿Podrían hacer el favor de dejarme sola? – murmuró sin alzar aún la cabeza. Hijikata, quien la observaba fijamente, fue el primero en colocarse de pie, mirando a Saito para que imitase. Más el espadachín, dudó si dejar ese puesto, por un momento.
- Por favor, Kirimi… - insistió la protegida.
- Se lo suplico, señora.
Chizuru alzó las cejas. Estaba molesta. No la había llamado de ese modo desde aquella primera vez en su primera noche juntas. Afligió el gesto y se colocó de pie, siendo guiada por Kimawata hacia la salida. Las puertas fueron cerradas. La mujer del kimono llevó ambas manos hasta el pecho y suspiró con debilidad. Los otros tres la observaron un momento, antes de la retirada silenciosa pro parte de los dos visitantes. Nunca procuraban estar los 3 en presencia, hablando de Fuuri, Chizuru e Hijikata. La tortura que suponía para para los dos últimos, solo era superada por la incomodidad del primero cuando se producía algún encuentro entre esos dos; la verdad era que deseaba la recuperación de Kirimi más que ningún otro. En ella podía confiar la protección de Chizuru sin preocupaciones, y es que en esos días, le había supuesto una carga bastante pesada el hecho de tener que estar al cuidado constante de su joven amada.
- Tranquila, Chizuru. Ya verás cómo en una par de horas ya se le pasa. – dijo acariciándole una mejilla. Ella se apartó sin brusquedad.
- Lo sé. Pero aún me es doloroso el hecho de que nos haya hablado así. – dijo mirándolo hacia arriba, con los orbes cristalinos. Kimawata tuvo que controlarse, porque de no estar herida, hubiese sido castigo severo para su pupila por dejar a Chizuru de ese modo.
- No te preocupes. Ella es así. Y no conoces su peor faceta. Mejor es así. – le sonrió de forma que procuró ser tranquilizadora. Poco surtió del efecto esperado, más acabó por afirmar con la cabeza.
- De acuerdo. – dijo y avanzaron juntos por el cuarto de la joven, para llegar al pasillo, encontrándose con los otros dos varones, al parecer, esperándolos.
- Capitán, si nos lo permite, existen algunos asuntos que desearíamos discutir con usted. – dijo con aquella formalidad que recordaba del vice-capitán del Shinsengumi. Ocultó su sonrisa, al bajar el rostro con una expresión que no notó sonrojada.
- ¿Ahora? – dijo pensando si tenía o no algo que hacer en ese momento.
- Lo más pronto posible, sería de mayor conveniencia para todos. – dijo Hajime, haciendo notar que él era parte de la asamblea.
- De acuerdo. Chizuru, quédate en tu cuarto; si puedes en la habitación de Kirimi, mejor aún. – dijo sin voltear a verla.
- Pero… aún es temprano como para quédame dentro. – dijo notando que el sol daba sus últimos suspiros, en colores rojizos y naranjos enmarcados por los contornos de montañas y casas.
- Chizuru… - la miró un momento, con mirada fija. - … por favor. – dijo bastante duro, haciéndola bajar la mirada y afirmar con la cabeza.
- Buenas noches. – dijo casi sin voz, adentrándose de inmediato presurosa a su cuarto, sin querer causar más problemas; sin querer pasar otra humillación.
- Ahora sí, caballeros. Síganme por favor.- dijo comenzando a avanzar primero por el pasillo, sin notar la tensión en ambos varones por la escena anterior.
- … - Ninguno de los dos dijo otra palabra; le siguieron en silencio sepulcral, procurando calmar sus corazones de la impotencia de no poder defender a una amiga y amada de tal absurda humillación. Caminaron por un pasillo largo, notando que el cuarto quedaba justo en el fondo, por las dos puertas caras y preciosas que precedieron el cuarto más precioso y costoso que habían visto jamás aquellos soldados de humilde procedencias. Telas caras colgaban de varios pies; la cama ocupaba un espacio central en el lugar, todo era de la mejor calidad, colores preciosos, estandartes y poemas en varias zonas.
- Lamento mucho haberlos traído a mis aposentos más personales, pero con la casa llena de extraños, no es confiable conversar en un lugar que no sea este. – dijo algo más serio, dirigiéndoles a una zona donde una mesa y 4 sillas daban lugar a un ambiente de estudio para el capitán.- Tomen asiento, es tarde y debemos descansar de modo correcto. – dijo a su modo "que sea rápido". Hijikata tocó con simulo la pierna de Saito bajo la mesa. Debía ser preciso y poco certero.
- He averiguado un poco sobre el ataque. Al parecer fue organizado por un grupo desconocido por el momento, pero que se reúnen de forma reglar en el distrito rojo. Son hombre de poder e influencia, pero a quienes se preguntó, no han podido referenciar nombre o viviendas, dojos o familias, solo se conoce su riqueza y sus rostros. – fue todo lo que dijo. Kimawata los observaba impasible.
- Bueno, no es mucha la información en realidad. – dijo frunciendo el ceño. ¿Solo por eso le habían apartado de Chizuru?
- Es bastante en realidad, ya que gracias a eso, pude conseguir la información sobre los días a los que acuden regularmente. – dijo Hijikata, logrando sacar una mirada asombrada por parte del otro.
- Entonces ¿Qué más averiguaron? – preguntó, inclinándose ligeramente sobre la mesa, interesado en aquello que podrían decirle.
- Por desgracia, solo eso hemos podido conseguir en estos tres días.- dijo Hajime, cerrando los ojos, con aquella calma que parecía alterar más aún al dueño de casa. - … - Abrió los ojos y observó al hombre del lado opuesto de la mesa, de forma fija y estoica. Fuuri no comprendió a que se debía aquella mirada sobre él por parte del menor, por lo que volteó a ver a Hijikata.
- Capitán, todos estamos agotados por el día de hoy. ¿Podría no retrasar más esta reunión y compartir la información que ha recaudado? – djio de frente Hijikata, pues era cierto; Saito necesitaba dormir.
- ¿Información? – repitió el hombre y negó con la cabeza.- Yo no tengo información. Mi espía está herida y hasta que no se recupere, me estoy viendo obligado a no poder colaborar. – dijo cerrando los ojos, sin mutarse en nada por la poca colaboración de su parte. Tampoco pudo notar la mirada molesta por parte del zurdo. – En cuanto ella se recupere, no podré hacer nada, por lo que, con toda confianza, dejo esta investigación en sus manos hasta el momento en el que Anaby vuelva a sus labores. – dijo y abrió los ojos, notando el asentimiento por parte del azabache.
- Si eso es todo, mis disculpas – se colocó de pie, siendo seguido de inmediato por su mano derecha. – ha sido un día muy largo para todos; debemos descansar, tengo el presentimiento que más pronto de lo que pensamos podrían atacar nuevamente. – dijo con más tranquilidad que la que sintió Kimawata al escuchar aquello.
- Pero… ¿Por qué dice eso? ¿Por qué alguien querría atacarnos? – frunció el ceño, no entendiendo muy bien a qué se debían las palabras del mayor.
- Hay varias razones que podrían ser lo suficiente válidas para algunas personas, además, hay que considerar que su hogar está lleno de hombres de guerra, una guerra que se ciñe como fantasma sobre nosotros. – dijo con mirada dura.- Aún estamos y estaremos mucho tiempo bajo su sombra; recuerde capitán, los hombres mueren, son los ideales los que son eternos. – dijo nada más encaminándose hacia la salida, con espalda recta, con aquella presencia que podía derrumbar al más duro.
- Aún no comprendo porque alguien querría atacarnos, pero… - se interrumpió solo, al escuchar un grito agudo de la parte norte de la mansión. Era la zona de los cuartos de…
- ¡Anaby! – dijo Saito al salir a la carrera por el pasillo hacia la zona que habían abandonado hacía ya varios minutos, preparándose para desenvainar de un segundo a otro; escuchaba de cerca los pasos de su capitán, pues el otro hombre se había quedado atrás, al parecer, sin poder seguirles el ritmo en la carrera. Giraron con velocidad para encontrarse con el pasillo de las habitaciones de las damas. Notaron de inmediato a los intrusos y que ambas mujeres eran retenidas por separado. Una se movía con desesperación, siendo retenida por tres varones y la segunda era cargada sin mucha brusquedad por otro de los hombres. Toda charla se vio interrumpida con la llegada de los dos guerreros, quienes de inmediato atacaron al verlas prisioneras.
- ¡Hijikata! – gritó Chizuru al notar que era él quien había acudido primero, junto con Saito, quien observaba fijamente cómo atacar a quienes mantenían prisionera a la joven guardaespaldas, que se retorcía intentando forcejear para liberarse.
- ¡Chizuru! – aulló el capitán demonio, sin poder controlarlo. Una tibieza se depositó en sus ojos, así mismo sintió como si agua recorriese su cabellera por completo. Y mostró su verdadera forma, su verdadera fuerza. En dos pasos imposibles de ver para cualquier humano, avanzó en línea recta para cortar casi el dos a uno de quienes amenazaban… a SU Chizuru. Los atacantes apenas podían dar crédito a los que sus ojos observaron, porque parecía una sombra que apareció y desapareció de lugar para acabar con uno de sus colegas.
- ¡Es un demonio! – gritó más de uno, a lo que el de cabellos blancuzcos aprovechó y atacó de forma mortal a uno de los que retenían a la herida hacía pocos días. Calló al suelo con brusquedad al golpear al que la sostenía casi por completo y rodó una vez sobre sí misma, para tomar algo del suelo, colocándose de pie de inmediato.
- ¡Abajo! – escucharon la voz aguda de la joven y Saito se inclinó de inmediato, abriendo bien los ojos, para notar una veta exacta por la cual atacar tras el ataque de su compañera. Hijikata, habiendo liberado a la joven castaña, la tomó entre sus brazos, protector, antes de imitar la acción de su gran amigo. Lo notó, el momento exacto en el que la cadena filosa hería de mucha gravedad a varios de los presentes, que de inmediato comenzaron a anunciar la retirada.
- ¡No dejes que escapen, Kirimi! – escucharon los dos varones la voz del dueño de la casa… y cómo una sombra obediente trepaba el árbol que adornaba el jardín trasero, acortando camino para asaltarlos desde las alturas en la calle.
- ¡Déjela, Capitán, ella aún está herida! – dijo de inmediato Hijikata, notando que la joven se lanzaba como por un acantilado, solo por cumplir con su trabajo para encerrar a los hombres que ya corrían por la calle que rodeaba la casa.
- ¡No dejes que sigan con vida habiendo manchado el nombre de nuestro hogar! – animó aún más a la joven que una vez en la cima del cerco de material que rodeaba la casona, se lanzó al otro lado.
- ¡Capitán, no incentive a su soldado a convertirse en asesino! – bramó nuevamente Hijikata, sin poder creer cuando volvió a escuchar la voz del hombre aullar su mandato.
- ¡Los quiero a todos muertos! – bramó a lo que se escucharon varios gritos rompiendo la quietud del aire. Chizuru solo se aferró con fuerza a los brazos de Hijikata. ¿Qué… había sucedido con Kirimi?
- … - No dijo más, solo aferró con más fuerza a la joven asustada entre sus brazos.- ¡Saito! – ordenó sin decir palabra alguna, antes de que el hombre saliese por las puertas, quedándose estático, aún a la vista de las personas que lentamente, alarmadas y algo somnolientas, se congregaban para salvatar sus curiosidades de tal escándalo nocturno. Notando dónde se dirigía la atención de los primeros presentes, se sumaban más y más ojos curiosos, que notaron cómo aquel hombre desaparecía del campo de vista por la puerta de entrada, dando lugar a la quietud que les faltó para continuar soñando.
- ¿Capitán? ¿Todo está en orden? – preguntó uno de sus invitados, sumamente consternado ante la escena inesperada en su visita.
- Por supuesto, mis guardias se han encargado de los revoltosos esta noche. Vuelvan a sus habitaciones que la situación ya se encuentra bajo control. – sonrió y señaló el camino, haciendo que todos volviesen a sus cuartos. Todos menos los ya sabidos.
- Capitán ¿Por qué lo ha hecho? – preguntó Hijikata, frunciendo el ceño, aún sin soltar a la mujer, quien parecía no objetar ante el agarre firme a su alrededor, escondiendo el rostro en el varonil torso del mayor.
- ¿Hacer qué? – preguntó de inmediato, realmente sin entender a qué se debía el enojo por parte de su igual.
- Fomentar el asesinato de esas personas. – señaló con fuerza el lugar donde había desaparecido Saito, por las puertas principales. - ¿Acaso no pensó en la posibilidad de que sean inocentes al simple mandato de algún sátrapa con rencores absurdos? – gruñó, controlándose por no mostrar de nuevo su verdadera forma, ya bien oculta. El hombre pareció pensarlo un momento, acabando por negar con la cabeza.
- Capitán, debe entenderlo, ellos procuraron atacar a mi Chizuru, no les hubiese perdonado en una vida completa. – dijo frunciendo el ceño, antes de abrir los ojos enormes. - ¿Chizuru? – avanzó veloz hasta la entrada de su cuarto, notándolo vacío.- ¡CHIZURU? – gritó con una desesperación nacida en solo un segundo, antes de notarla, tan pequeña y frágil, entre los brazos de… otro hombre. –Chizuru, ven aquí de inmediato. – ordenó sin escrúpulos a la joven, señalando el suelo bajo sus pies con el dedo índice. La vio a ella… temblar, de forma muy notoria mientras volteaba a verlo. Más cuando sus miradas se cruzaron, ella volvió a recurrir al refugio que le suponía el azabache, en ese momento. - ¿Chizur…?
- ¿No se da cuenta, hombre? – Hijikata negó con la cabeza, antes de alzar una mano, acariciando los cabellos de la mujer. – Le ha asustado… ¿Verdad? – se inclinó para hablarle más de cerca, pero ella no se apartó ni un solo milímetro, solo afirmó con la cabeza.
- … - La consciencia golpeó como un martillo de plomo al otro, quien se acercó a los otros dos con lentitud. - ¿Chizuru? – murmuró con cuidado, haciéndola encoger aún aferrada con ambos brazos al otro. "NO… no por favor, Chizuru". – Lo siento mucho, no tenía ni idea de que… te causaría esta impresión… - procuraba excusarse, sin saber qué decir realmente o qué hacer, pues… Chizuru estaba asustada por su culpa.- Discúlpame, Chizuru, por favor… - procuró suplicar el hombre, antes de que dos figuras se presentasen en la escena.
- Capitán.- murmuró Saito, sosteniendo a la chica quien, bañada en sangre, no soltaba aún semi inconsciente, su brutal arma.
- ¿Cómo se encuentra ella? – preguntó de inmediato, haciendo que los ojos color chocolate de ella se muestren en la penumbra, preocupados.
- Bien… creo. Al parecer no ha recibido lesiones graves. – dijo sin mirar al otro hombre. No podía mirarlo y mantenerse quieto tras lo que había sucedido. Avanzó sin mediar palabra a la zona trasera, mirando de reojo, un par de mejillas rojas entre las ropas de su superior… Se sorprendió ¿Acaso Hijikata había enloquecido reteniendo de ese modo a Chizuru frente a Kimawata? Bueno, no tenía suficiente mente para ocuparse de eso igual, ya tenía bastante con ocuparse de la joven sucia que arrastraba hacia el pozo.
- ¿Señorita? – murmuró el de ojos violáceos antes de apartar a la joven con suavidad usando solo una mano. La vio cubrirse parte del rostro con la manga de su pijama; se le partió el alma al verla así.
- L-lo… lo lamento, Capitán. – murmuró antes de salir pintando sin siquiera ver al otro, hasta su cuarto, cerrando de inmediato la corrediza. Kimawata procuró ir tras ella, antes de sentir una mano sobre el hombro, era el mismo Hijikata.
- Yo que usted no le insistiría, no esta noche. Deje que el descanso sosiegue sus emociones. – aconsejó, sorprendiéndose nuevamente de que el hombre afirmase con la cabeza.- Le sugiero que vaya descansar usted también. – dijo y antes de mover la cabeza en un sí, el hombre miró por dónde se habían marchado… "las manos derechas" respectivamente.
- Pero… quiero ver cómo está ella. – dijo, haciendo caso a aquella pequeña chispa de preocupación que por lo general ignoraba cuando ella estaba así, cuando la enviaba a luchar por y para él.
- Iremos, pero luego necesita descansar, este día y más aún esta noche ha sido en especial largos para todos, y nadie quiere que su anfitrión tenga un mal descansar. – dijo con aquella seriedad habitual, tan típica y poco cambiante.
- De acuerdo. – Accedió como un niño pequeño al cual su padre ordena, el que obedece sin escrúpulos ni quejas. Ambos avanzaron en silencio, antes de cruzarse con varios de los guardias de la mansión. – Vayan a limpiar el frente, antes del amanecer quiero despejada la zona para no alarmar a los invitados. – dijo con firmeza, pero pareciendo bastante perdido dentro de sí mismo.
- Sí, capitán.- dijeron los cabecillas de grupo, antes de partir; sabían que tendrían bastante trabajo esa noche.
- Por aquí… - indicó cuando les vio llegar una de las sirvientas de la casa, haciéndoles pasar a la zona donde estaban los baños.
- ¡No, déjame…! – escucharon la voz de la joven a lo que ambos avanzaron más a prisa, llegando a un lugar iluminado. Ella estaba sentada sobre una mesa, con ambos brazos rodeándose el torso, mirando fijamente al otro.
- Tienes que dejar que vean si han empeorado tus heridas. – dijo inmutable el espadachín, desistiendo de acercarse por el momento.- No lo haré yo, lo harán las encargadas… pero no debes asustarlas. – dijo antes de escuchar la llegada de los otros dos; volteó y reverenció a su superior.
- ¿Cómo se encuentra? – indagó el hombre, adivinando sin mucha dificultad lo que sucedía. Pero era necesario que alguien lo dijese en voz alta.
- No quiere que le revisen las heridas. – dijo el hombre, volteando a verla correr el rostro.
- No necesito la revisión, estoy bien, capitán. – dijo ella a su propio superior, mirándolo con seriedad. El hombre afirmó una vez con la cabeza.
- Yo le revisaré. – dijo pues… vaya, nunca habían tenido el problema de la preocupación por parte de extraños en su casa.
- No ha dejado que nadie se acerque. – eso lo incluía a él, era obvio, lo que le hacía sentir extrañamente molesto, cosa que Saito no dio cuenta de inmediato.
- No tengo problemas que él me revise. – dijo de inmediato ella. Bajando la mirada, quitó aquella posición a la defensiva que no había abandonado desde que habían pretendido verle los vendajes. Saito la miró de forma fija, sin saber porque sintió el reflejo, fuerte y al mismo tiempo absurdo, de impedir que eso ocurra. Pero solo esperó a que Hijikata se retirase para hacerlo él, sin antes observar al interior del lugar, notando como ella lo observaba, antes de correr la mirada cuando se conectaron sus ojos. La puerta se cerró.
- ¿Te encuentras bien? – preguntó el mayor, notando que el otro se encontraba en un silencio más denso del que habitualmente le rodeaba.
- Sí. – fue todo lo que dijo antes de retroceder un par de pasos, para aguardar a la sombra de la luz de luna que ofrecía un sauce que adornaba el jardín lateral de la casa. La espera se hizo larga, más larga de lo que imaginó que se le haría, pero y aún no sabía a qué atribuir aquella sensación de no tener que dejar en soledad a Anaby con aquel hombre. Apretó los puños; ella nunca le había contado acerca de ese tipo de tratos por parte de su capitán, nunca. Siempre parecía estar normal, no era seria, pero tampoco era de las que reía sin decoro y mucho menos sonreía a todo quien se le cruzase por el frente. Si era honesto, no le agradaba aquel sujeto, para nada; no tenía ni vergüenza, ni decoro, ni mucho menos consideración para con su soldado. Ni siquiera ponía en consideración el hecho de que fuese una mujer quien ponía los lomos para recibir las piedras que le lanzaban a él, era ella quien se ensuciaba las manos por él y era ella, quien hacía todo el trabajo que se suponía debía realizar aquel hombre, como su trabajo como capitán dictaba que debía hacer. No, no le agradaba para nada. Abrió los ojos, sin notar en qué momento los había cerrado, tal vez queriendo descansar la vista o tal vez ya dejándose vencer por el cansancio, pero ambos salían de aquel espacio privado. La miró a ella, quien tenía las mejillas rojas y la mirada gacha; volteó a verlo a él, quien mantenía un semblante serio, pero no tan serio; las comisuras de sus labios se alzaban ligeramente, casi de forma imperceptible. Algo había sucedido.
- ¿Cómo se encuentra? – preguntó el capitán, notando que ninguno parecía dispuesto a hablar por sí solo.
- Se encuentra… en perfectas condiciones, he de decir. – volteó a verla e hizo solo una seña con la mano; la joven afirmó con la cabeza y les reverenció, antes de retirarse, volteando solo un segundo a mirar de reojo a Saito. Los tres esperaron en silencio su retirada. – Mañana podrá comenzar con sus labores; confíe en mí cuando le digo que ella se encuentra en casi perfectas condiciones. – afirmó con la cabeza y sin decir más, se retiró, pues ninguno de los otros dos se dispuso a una conversación y estaba agotado.
- ¿Capitán? – solo pudo pronunciar su nombre sin perder los estribos; no podía permitir que alguien como él quebrase con su calma. No podía permitirse el ser así de débil frente a un oponente tan poco digno.
- No podemos hacer nada, mañana le cuidaremos a ella de cerca y veremos cómo avanza. Aunque creo que tiene razón… Saito. – dijo con tono meditabundo, antes de suspirar.- El alba nos dará respuestas, por ahora… descansa, por favor, hay mucho por lo cual meditar en estos días. – dijo surgiendo una duda realmente importante en su mente, pero… decidió no prestarle atención por el momento, sin permitirse, tampoco, el olvidar ese tipo de ideas.-
Sin otro particular.
Ayiw.
