Por fin actualización, gente. Díganle gracias al espacio y a Son-Gokú, porque pude subir algo más. Espero que les guste.
Capítulo VII: La sombra del pétalo encontrada bajo el árbol del invierno.
- ¡Vamos, que debemos comenzar desde temprano las rondas para vigilar la mansión! – indicó el capitán del escuadrón especial de Fuuri, a quien se le había encargado la protección de los invitados, por el susto de hacía algunos días atrás.- Kirimi…. No tan rápido… - Al ver una mancha marrón pasarle por enfrente solo tuvo que alzar la mano y sujetarla por las ropas, aquel muchacho alto y de mirada oscura, haciéndola detener de su avanzar presuroso hacia alguno de los puestos de seguridad. La sintió tironear y quejarse, antes de ceder al escape.
- ¿Qué quieres, Shion? – dijo molesta la joven, mirándolo sobre el hombro, con ceño fruncido.
- … ¿Segura que ya te encuentras bien? – preguntó el joven, soltándola, lo que le permitió que se acomodara la ropa. Lo miró algo confundida, mostrándolo en sus enormes ojos verdes.
- Claro que estoy bien. – sonrió, logrando incomodar de alguna forma al mayor, quien veía como un compañero fiel y valiente.- El capitán mismo indicó mi regreso a las labores. – dijo entusiasmada, a su modo, claro, por el hecho.
- ¿Sabes dónde está tu posición? – preguntó sin dejar de mirarla de forma fija, sus ojos, su cabello lacio, sus labios…
- Sí, debo ir al salón principal, en este preciso momento… - dijo girando el rostro para ver llegar a Saito a su lado. Shion notó cómo abría un poco más los ojos y su rostro se tensaba al querer esconder una sonrisa más amplia.- Estamos retrasados. –indicó al de mirada azulada, quien solo afirmó con la cabeza, antes de voltear a ver al que había tenido la atención de la chica antes.
- Buen día. – deseo el recién llegado, reverenciándole, antes de solo mirar a la joven, lo que sirvió para que se retirasen de inmediato.
- Nos vemos más tarde. – se despidió ella bastante informal, antes de seguir a un lado del otro, directo al salón principal, donde se serviría el desayuno. El joven que quedó atrás, solo los observó hasta desaparecer, tronó el cuello y avanzó a la que sería su propia posición, en la parte trasera de la casa. Había algo que no le gustaba de que fuesen tan juntos mientras caminaban, como el que sin palabras aquel sujeto hubiese movido a Kirimi. Luego hablaría con su capitán sobre el asunto.
Del otro lado de la casa, dos soldados estaban a punto de entrar por las puertas principales, para fungir como guardaespaldas de sus superiores. Pero claro, aún no lo hacían. Se habían detenido frente a las puertas de madera a platicar y era una… plática, justamente, tranquila, relajada, sin prisa. Sobre el descanso por la noche, ella comentó sobre un sueño que tuvo, él solo afirmó con la cabeza a las explicaciones de la fantasía que había tenido, dándole atención, respondiendo con simpleza pero sinceridad cuando ella le preguntó su bienestar y ánimo, su descanso y otro par más de trivialidades.
Tal vez le era agradable. Tal vez era el anhelo de poder volver a ver un compañero en aquella joven. Todos sus compañeros habían fallecido en aquella guerra, él era el único que había sobrevivido y aún pese a tantos años de guerra y soledad, continuaba siendo humano, continuaba encontrando agradables ciertas compañías, continuaba extrañando otras tantas.
- Será mejor que entremos, se oyen voces… - murmuró ella, sin escuchar respuesta como era ya costumbre, pero sí una suave guía en su hombro para hacerla entrar. Eran esas, las cosas que le hacían disfrutar de sus servicios a lado de un guerrero como Saito. Era respetuoso, era silencioso, era pacífico. "Y apuesto" Se mordió el labio inferior y alzó la mirada, buscando la postura intimidante que debía mostrar a los hombres del salón.
- Kirimi… - escuchó a su espalda, haciéndola dar un saltito, y al voltear… vaya sorpresa.
- Chizuru; capitán; capitán. – los recién llegados reverenciaron y observaron. El ambiente no era bueno. Desde los ojos vidriosos que Chizuru mostraba, pasando por el modo en el que Kimawata rodeaba los finos hombros de ella con algo de fuerza, terminando por la expresión seria de ojos enfurecidos que mostraba Hijikata.
- Kirimi, llévate a Chizuru. Que coma en el cuarto, pueden pasear por el jardín trasero todo lo que quieran, pero no se acerquen a esta zona. Los coyotes comienzan a acechar mi tesoro. – dijo sin importarle que se notase que hablaba del otro hombre presente.
- Por favor, Capitán… - volteó a verlo con aquella mirada suplicante que dejaba de rodillas al hombre.- Con Kirimi y Saito aquí, no hay nada por lo que temer. – insistió, por tercera vez.- Permítame disfrutar aunque sea el desayuno en compañía de todos. – ladeó la cabeza y bajó la mirada afligida. Y fue suficiente para su resistencia.
- Kirimi, vigílala de cerca. – fue todo lo que dijo antes de ser llamado por un grupo de hombres ya mayores, dejó entre los brazos de la joven a Chizuru.- Usted, Hijikata, vendrá conmigo. – dijo algo cortante antes de retirarse.
- Lo siento, pero debo una conversación a mi colega. – Miraba de forma fija a Saito, quien asintió sin que nadie más lo notase.- Si me disculpa en breve estaré acompañándole. – le reverenció y sin esperar más avanzó junto con el otro a un lugar un poco más apartado. Los dos de rango menor solo intercambiaron una mirada de soslayo cuando se cruzaron y continuaron.
- ¿Chizuru…? Déjeme guiarla a para que tome asiento. – llamó Kirimi antes de guiarla la con suavidad, ayudándola a que la tome del brazo hasta una zona también más apartada.- ¿Puedo… enterarme de qué sucedió antes de que lleguen? – preguntaron los desentendidos casi al mismo tiempo. Kirimi sintió el agarre por parte de la otra incrementar en fuerza.
- El capitán se enfureció por encontrarme llegando aquí en compañía del capitán Hijikata y no la tuya. Tuve que rogarle porque me deje explicarle que tú estabas recibiendo instrucción para la vigilancia del día y por eso, de casualidad me crucé con él, quien amablemente me ofreció compañía y…
- … y … - Hijikata también vaciló en ese momento, pero fue más obvio para Saito que para Kirimi notar que había sucedido algo más que un encuentro casual; que incluso sospechaba, que de casual no poseía nada.- … al llegar aquí, volvió a tratarla de forma brusca, por lo que no pude aguantarlo y salí en su defensa. – apretó los puños, impotente, como la joven de ojos verdes del otro lado de la sala al enterarse de algo como aquello.
- Y fue el detonante. Me ordenó que no saliese de mi cuarto a menos que fuese en contigo y que si tú estabas ausente, no podría salir más.- bajó la cabeza con pesar, pues por mucho que le pesase, Fuuri sí había notado que algo había sucedido entre ella y el otro capitán mientras llegaban hasta allí. Tenía miedo del momento en el que quedasen a solas, pues sus reacciones no estaban siendo las delicadas y suaves del principio. Comenzaba a temer el acercamiento de sus manos y su ceño fruncido.
- Pero le ha permitido quedarse a desayunar con los demás. – indicó a forma de consuelo, acariciando con cuidado una de las manos con las que su señora se aferraba a su brazo.- Tranquila, Chizuru… - dijo hablando cada vez más en susurros, pues todos se acomodaban para que los sirvientes trajeran los desayunos.- … no dejaré que la historia se repita. Yo la protegeré. – dijo antes de dejarla sentada, acomodándose inmediatamente detrás de su izquierda. Chizuru no pudo ocultar la sorpresa en su rostro, visible para Hijikata y Saito, quienes se acomodaron a la derecha del cabecilla de grupo; por el contrario, Chizuru estaba a su izquierda, con los ojos abiertos enormes y expresión pensativa al mismo tiempo. "¿Repetirse la historia? ¿Qué historia? ¿Mí historia? ¿La historia de Kimawata conmigo?" No comprendía, y sentía que nadie le aclararía algo como aquello en ese segundo eterno de dudas. Miró frente suyo y debió controlarse por no sonreír a Hijikata, quien ocupaba un asiento a un lado de Kimawata al igual que ella, uno a derecha, ella a izquierda. Los invitados se acomodaron de inmediato al ver que el hospedador pasaba a su lugar.
- Les doy la bienvenida a todos los presentes en este día. Ya siendo el último de esta compañía, me es algo melancólico el pensar en su pronta partida, en la inevitable despedida, pero y como mi capitán decía: "El adiós no es solo un momento de despedida; es el momento en el que la promesa del reencuentro toma su lugar". Gracias, espero que disfruten la comida. – hizo una seña y las puertas se abrieron, dejando entrar a las sirvientas con las bandejas de comida. Saito notó el momento en el que Kirimi sonreía, conforme con lo que veía, al parecer aliviada de confirmar que en su ausencia las cosas habían sucedido del modo en el que procedían en el momento. Lo observó mientras dejaban el plato sobre Kimawata, y frente a Chizuru e Hijikata en segunda medida. Saito observó su propio plato frente a él y al volver la vista a ella, notó que hablaba con los labios con su señor. Los observó de forma repetida a ambos, viendo si podía deducir algo, pero no logró hacerlo, antes de ver cómo la castaña se proponía una retirada, murmurando algo a Chizuru, quien simplemente afirmó con la cabeza. Antes de colocarse de pie, lo miró a él directamente solo una vez.
- Capitán…
- Ve con cuidado, Saito. Aún hay cosas que no vemos. – fue todo lo que dijo el azabache, antes de ingerir una porción de arroz, habiendo cubierto su boca con el recipiente para no levantar sospechas. El guerrero se retiró sin más, notando que la joven lo esperaba en las afueras del salón.
- ¿Comiste algo? – le preguntó de inmediato, observándolo atenta, algo sorprendida al verlo negar con la cabeza.- Deberías. Pensé que traerías tus alimentos. – negó con la cabeza, antes de avanzar a una de las salidas. – Continúas imprudente en tu propia salud. – escuchó y suspiró, algo molesto por aquellas palabras.
- ¿Qué me dices de ti? – preguntó escéptico, antes de tener frente a sus ojos un paquete envuelto en telas.
- Recogí mis onigiri y el dumpling al vapor de la señorita Chizuru, ella tendrá mis odango, no tiene mucho apetito por las mañanas. – sonrió contenta al parecer.
- ¿Para qué nos hemos retirado? – preguntó de pronto, haciendo recordar de repente a la joven el motivo de aquello.
- Mi capitán me ha informado que debe recaudar información por los ataques que ha habido a la casa en los últimos días.- dijo con calma, pero seriedad, en su modo "trabajo". Saito lo conocía muy bien.
- Así es. Nosotros hemos podido conseguir realmente poca información al respecto, pero…
- ¿Cómo? ¿Ya comenzaron sin mí? – preguntó al parecer sin estar conforme con aquello.
- Sí, hemos comenzado pero no obtuvimos información de relevancia. – aclaró de nuevo, pues no había sido nada grata la mirada que le dedicó la castaña, mezcla de decepción y algo de enojo. – Te… - pensó con velocidad cómo contrarrestar el ánimo de ella, la necesitaba lo mejor posible para ese trabajo.- Te esperé, a que recuperaras, para así poder comenzar de forma seria los dos… juntos. – acotó, volviendo a caer en aquello que su capitán le había aconsejado hacer para poder ganarse la confianza de la jovencita, método que no estaba muy cómodo en utilizar.
- Vaya… no pensé que me tomarías realmente como un igual a ti, Saito, pero… te agradezco mucho la consideración. – volteó a verlo, con un brillo en los ojos y dos mejillas rosadas. Solo pudo articular algo similar a una afirmación mientras volvía la vista al frente en su avanzar. Honestamente, esa era una de las cosas que menos le había agradado hacer a pedido u orden de sus superiores; porque verla a ella desde ese ángulo, con aquella sonrisa contenta y con mirada baja, le hacía pesar la consciencia de forma intensa, y cada vez parecía hacerle peor. Porque estaba enamorando a una jovencita por la que él no sentía nada. Porque ella era una compañera de trabajo, una colega confiable, la cual no necesitaba de algo como aquello. No merecía tener que pasar por algo como eso; tal vez era eso lo que le dejaba aquel sabor amargo cada vez que lograba acercarse de cualquier forma a ella. - …ito? ¿Estás escuchándome? – preguntó molesta, mirándolo fijamente, disgustada por la falta de interés por parte del mayor.
- Sí, comencemos de inmediato… - fue lo que dijo, haciéndola sonreír de nuevo de esa forma, la que Hajime, al parecer, aún ni notaba que disfrutaba.
- De acuerdo, pero avisaré que abandonaré el puesto dentro del salón. – dijo antes de salir al exterior donde los patios traseros; se colocó al frente del hombre.- ¿Me aguardarías un momento? – le preguntó. No entendió porqué le causó tanta satisfacción el hecho en sí, que le preguntase, casi como pidiendo permiso para retirarse, pero no alcanzó a decir nada que alguien interrumpió su felicidad.
- ¡Kirimi! ¿Dónde vas? – era el mismo sujeto que la había retenido más temprano.
- ¡Justo iba a buscarte, Shion! – le sonrió con ganas, mientras lo esperaba. – Tenemos un encargo por parte del capitán, abandonaré mi posición asignada. – Dijo señalando con el pulgar al espadachín que esperaba en silencio, escrutando al recién llegado con intensidad.
- ¿Solo… los dos? – la pregunta escapó sin que en realidad lo hiciese adrede, era simple curiosidad, que de "simple" no tenía nada en absoluto.
- Sí, es… información clasificada. – la seriedad, la Anaby en modo "trabajo" se mostraba nuevamente, a lo que el tal "Shion" no les pudo rebatir nada. Vaya, al parecer, él también sabía de ese estado de la castaña.
- De acuerdo. Cuídate. – dijo mirándola fijamente, antes de alzar una mano para acariciar de forma sutil su cabello largo en el movimiento que hizo cuando volteó a ver al espadachín. Saito había notado el gesto y pudo frenar el impulso de golpearle la mano para así evitar que la toque. Y se dio cuenta que tenía que comenzar a controlar esa clase de pensamientos, cada vez más recurrentes. Debía ser el cargo de consciencia por lo que estaba haciendo con ella lo que lo impulsaba pensar y querer actuar de esas formas.
- Nos vemos. – dijo ya sin mirarlo, atreviéndose a tomar a Saito del brazo para tirarlo con confianza. "Demasiada confianza" opinó mentalmente el soldado, viéndolos desaparecer cuando salieron a la calle. Vigilaría de cerca a aquel espadachín, nunca creyó que fueran gente de fiar, en realidad. Menos aún para confiarle a Kirimi.
- ¿Y bien? – indagó el de cabellos azulados, dejándose guiar sin problemas.
- Tenemos que ir hasta la zona roja.- dijo alzando levemente el rostro, para hablarle de cerca, más pareciendo un secreto.
- ¿Y eso por…? – endureció levemente el ceño, sin dejar de sentir que había vivido algo similar a eso antes.
- Espionaje. – contestó ella con una suave sonrisa antes de continuar la marcha sin volver a decir nada. Algo le decía al espadachín que no terminarían aquel día.
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Permaneció con mirada gacha durante todo el desayuno, sintiendo la mirada de cierto posesivo sobre sí de forma casi intimidante. Era mucha la impotencia que sentía. Porque no podía levantar la mirada, para verlo a él. Y no es que estuviese desesperada, pero… No, esperen. Sí estaba desesperada. Más ¿Cómo no estarlo de verlo de nuevo, vivo, tras haberlo dejado muerto bajo la lluvia de pétalos que le regalaba aquel cerezo? ¿Cómo no estarlo, de haber sentido revivir los sentimientos que tenía por él, cuando él le había demostrado que aún sentía lo mismo por ella? ¿Cómo no entrar en desesperación, cuando lo único que quería era eliminar esos tortuosos metros que los separaban, para no tener jamás que volver a alejarse de él, permaneciendo siempre, perfectamente a su lado? Tragó con una ligera dificultad y detuvo el autómata que sus manos hacía al llevar el arroz a sus labios. Quería que sentir esos brazos rodeándola de nuevo; quería perderse en su mirada violácea mil y un veces en un solo segundo; quería sonreírle a él, y verlo sonreír de forma sincera, no cómo estaba sonriendo allí a todos aquellos hombres horribles con los que tenía que fingir; quería preguntarle los cómo, porqué, cuándo, cuáles que querían ser respondidos, y no sabía cómo estaba calmando dentro suyo; quería regresar a aquel entonces, donde Hijikata la observaba y ella sentía que nada ni nadie podía lastimarla, porque él la protegía. Apretó los labios y bajó su cuenco con arroz. No tenía apetito, ni lo tendría hasta saber algunas de las cosas que estaban pasando. Él había dicho que venía por ella, pero ¿Por qué no había hecho nada en todos esos días? ¿Algo estaba mal? ¿Qué? Quería calmarse, porque su cuerpo continuaba débil, no podría tolerar tanto peso dentro de sí misma. Cerró los ojos un momento, sintiendo un nudo en la garganta.
- ¿Qué sucede, Chizuru? – escuchó a su lado la voz de Kimawata.
- Tengo… - no alcanzó a decir más que dos personas más, no supo quienes la guiaron para salir del salón. No supo quienes, pero la llevaron de inmediato a un lugar apartado, donde pudo… devolver todo lo que había alcanzado a comer en el desayuno. Alguien, no supo quién, le limpió el mentón del que pendía un hilo de saliva espesa. Se sentía horrible. Espantoso era aquello y lamentaba profundamente no tener a Kirimi a su lado. Todas las veces anteriores, o al menos desde que Fuuri le había asignado protegerla, ella había estado allí para cuidarla, para hacerla sentirse acompañada en momentos como ese, en los que su salud dejaba ver que algo no se encontraba del todo bien en ella. Y sentía, que en cualquier momento, alguien se daría cuenta. Sea quien fuese, alzaría la voz y en realidad, temía mucho siquiera pensar en lo que sería la reacción de Kimawata de enterarse. No. Desde lo más profundo de su corazón, sintió la necesidad de no pasar por ello. Pues el hombre la había aceptado en su casa, le había dado un lugar cómodo en el cual vivir, ropa (más cara de lo que jamás vistió), comidas y lujos que sobrapasaban por mucho el hecho de cubrir sus necesidades básicas.
- ¿Señorita Yukimura? – escuchó y parpadeó, notando que su visión se centraba en el suelo de tierra. Vaya, al parecer, pensar así de profundo le servía para quitarse el mareo, porque de la nada, en aquel instante se volvió a sentir bien, recompuesta, estable. Alzó la cabeza, para observar a un joven que había visto hablando con Fuuri en más de una ocasión. - ¿Se encuentra bien? – preguntó con una sonrisa amable y mirada preocupada en los ojos oscuros.
- Sí. Me siento… mucho mejor.- concluyó incorporándose levemente, pudiendo colocarse de pie con ayuda del muchacho.
- Vaya, me ha asustado mucho. ¿Qué iba a decirle a Kirimi cuando volviese, si algo le llegaba a suceder? – bromeó, rascándose la nuca con desprolijidad.
- ¿Conoces… a Kirimi? – alzó las cejas y se mostró sorprendida.
- Claro que sí. Hemos vivido bajo el cuidado del capitán desde mucho antes de la restauración. – contentó con ánimo el joven, dirigiéndola a que se siente sobre el suelo de madera; temía que volviese a desvanecerse u otra cosa si la dejaba mucho tiempo parada.
- ¿Cuánto viene siendo eso? – preguntó realmente curiosa; y ella pensaba que era la única con quien trataba su amiga.
- La verdad… - el chico lo pensó un momento, alzando la vista la cielo de mediodía que comenzaba a entibiar solo un poco más el aire helado por el creciente avance del invierno bajo el sol.- … ella estaba aquí cuando yo llegué. – volteó a verla, con una sonrisa melancólica. – Y ya era como la conoció usted. – rió levemente, recordando la mañana que la había conocido.
Su padre y hermano iban silenciosos frente al niño que sostenía un juguete tallado entre sus manos aún un poco torpes. Escuchaba de fondo la conversación de los dos, sin prestarles atención, al menos hasta que escuchó su nombre. Alzó los ojitos brillantes, notando que se detenían y que murmuraban. Murmuraban su nombre y algo de una deuda. Recordó la sonrisa de su padre y luego que le guiaba de la mano hacia el interior de una casa tan grande, que el pequeño juraría que se trataba de un castillo como en los cuentos que su madre le relataba cada noche. Los recibieron dos personas. Uno era algo viejo, de mirada seria, pero no fría, quien habló directamente con su padre cosas en un tono tan bajo que no lo entendió. No entender las cosas lo asustaba. Buscó a su rededor y se topó con alguien más joven que el viejo. Pero aún así era adulto, sonreía y de pronto lo miró. La sonrisa se borró de su cara y frunció el ceño. El pequeño se asustó aún más, antes de sentir que su padre lo tiraba levemente para abrazarlo. Lo miró, notando que lloraba, pero no alcanzó a preguntar qué sucedía. El adulto joven lo apartó de su padre. Él también lloraba, si notarlo mientras eran apartados uno de otro en aquel momento. El hombre joven lo llevó a la parte trasera de la casa, donde intentó hacer de todo para calmarlo, pero nada surgía efecto. Fue hasta que llamó a alguien, haciendo que una niña apareciese con un palillo con dango de colores. Se acercó al niño y le ofreció del dulce. El pequeño sorbió por la nariz y recibió el palillo comiendo uno de inmediato. En su casa nunca tenían suficiente dinero como para comprar ese tipo de cosas, y si le ofrecían, aceptaba sin dudarlo. Se sintió más tranquilo y más aún cuando sintió que aquella niñita le daba suaves palmaditas al hombro. Volteó a verla notando una sonrisa preciosa y un par de ojos verdes, que le quitaron el odango para salir corriendo. Ante el estupor del niño, se sacó la lengua y partió a la carrera, riendo con ganas. El niño no hizo más que seguirla. Ella se había llevado dos cosas ese día: el dango y su corazón.
Suspiró ante aquella memoria, para voltear a mirar a la bella señorita que esperaba algo más, al parecer, en aquella mirada curiosa. Le sonrió levemente, notando que sus mejillas iban recuperando el color rosáceo, al igual que sus labios, antes azulados por las fuertes arcadas que le atacaron.
- ¿Sabes… cómo fue que ella llegó hasta aquí? – preguntó sin poder ocultar su deseo por saber.
- No sé si deba decírselo… - se rascó la mejilla con algo de nervios. - … pero lo cierto es que a ella la dieron sus padres por una deuda con el capitán del capitán Fuuri. – relató sin poder evitar el mirar alrededor, pues… era un mandato el que tenían de no hablar sobre el pasado de nadie, menos aun de Anaby Kirimi, pues ella estaba involucrada hasta la mella en asuntos del antiguo y nuevo gobierno, en listas de buscados y aclamados entre ambos bandos. Y, aunque quisiera contar sobre ella, era realmente poco lo que sabía a comparación de lo que había vivido. Pues, según el testamento y el diario de vida del honorable capitán WASHITO, se le debía más respeto a ella que al mismísimo capitán Fuuri, pero… eso no podía siquiera osar en mencionarlo, ya que era algo que se había enterado al andar husmeando en la habitación de su capitán actual. Era algo que sabía él no debería saber y que cada vez le pesaba más en la consciencia. Pero, como buen espía y fiel guerrero, podía mantener uno que otro secreto. Así le costase, descontentar a aquella preciosa jovencita que lo miraba esperando a que continuase. – Eso es todo lo que sé. – mintió, rascándose la nuca, dando aquella imagen algo despistada y torpe que debía guardar para con los demás. Ella subió los hombros al inhalar, bajándolos con desánimo al exhalar; no, aquel chico no le daría información buena. No había sabido hablarle sobre Kirimi ¿Qué podría decirle sobre el ataque y lo que estaba sucediendo? Apretó las manos en un pliegue de la falda de su kimono; si estuviese con Hijikata, estaría segura de que él le contaría todo cuando pasase; bueno, al menos la mayoría de las cosas, y las que no, se tenía confianza en haber podido sacársela de algún modo.
- Bueno. – sonó mucho más abatida de lo que estaba, y eso pareció incomodar al joven. "Algún modo"... – Supongo que no es posible, entonces, conocer mucho acerca de por qué es tan reservada, porqué debe continuar saliendo a hacer investigaciones y porqué sabe asesinar. – soltó todo el rollo aquel, recién inventado, subiendo una mano a su propio pecho, fingiendo pena. – Solamente quería saber si podía ayudarla a… - ¿Qué decir…? ¿Qué decir…? - …
- Señorita, usted le está ayudando mucho. – dijo él apresurado, al notarla de aquel modo, se inclinó frente a ella, como había visto hacía con Kimawata y alzó el rostro para verla directamente a los ojos. – Usted no sabe cómo ha cambiado a Kirimi en el tiempo que lleva protegiéndola; ella a vuelvo a hacer cosas que no hacía desde su desaparición. – "¿Desaparición…? ¿Cuándo? ¿Por qué?" – Ella ha vuelto a sonreír, y más importante aún, ha vuelto a reír como cuando niña. – "¿Ella no reía…? ¿Por qué?" – Solo ella y el capitán WASHETO saben la razón, pero puedo asegurarle que gracias a usted, ella ha podido mejorar. – expresó con fervor. Chizuru se sorprendió un poco, al darse cuenta que estaba notando el interés que tenía aquel joven en su amiga.
- No siento que sea tanto; yo solo quise que confiemos una en la otra. – dijo con humildad, algo avergonzada en verdad.
- Sea lo que sea que esté haciendo… continúe así, por favor… - bajó la cabeza, en señal de humillación.- … y tal vez, podamos volver a tener a la Kirimi de antaño. – suplicó con el corazón, quedando en silencio. Chizuru lo sintió, sintió la forma en la que él deseaba algo que había tenido, deseaba a alguien a quien había conocido y que, por razones desconocidas, se volvían otras de una noche a otra. El corazón se le encogió con fuerza y un par de ojos violáceos aparecieron en su memoria, llenándola de una tristeza efímera.
- Me esforzaré por ayudar a Kimiri en todo cuanto pueda. – le sonrió con ternura, haciendo que el joven alce el rostro, mostrando esperanza en sus ojos oscuros. Se vio a sí misma también en esa mirada.
- Muchas gracias, señorita. – volvió a inclinar el rostro; en ese momento, se arrepintió de haber sido de los sirvientes que hablaron mal a las espaldas de la joven en su llegada. Y claro, una joven sin pasado, que llegó un día sin más ni más a refugiarse en las comodidades de su señor, al cual tenía comiendo de la palma de su mano, conociendo la fama y el prestigio que el apellido Kimawata ¿Cómo no pensar mal de aquella chica? Con esa belleza, y la edad que aparentaba su serenidad, era sospechoso pensar que no había sido desposada aún. Pero se había equivocado, él así como los demás. Pero al menos él ya se había dado cuenta.
- Dime ¿Sabes en dónde está ella ahora? – preguntó alzando la vista, por si de casualidad la veía por los alrededores.
- Sí, sé que ha salido, pero no dónde fueron. – informó con seriedad.
- ¿Fueron? ¿Con quién ha salido? – alzó las cejas, sorprendida.
- Con… - frunció el ceño.- El soldado del capitán…
- … Hijikata. – concluyó la joven, bajando la mirada con pesar.
- ¿Algo malo ocurre? – preguntó, pues al parecer, a ella no le agradaba tampoco la idea de que salieran juntos; sintió que ella le agradaba un poco más en aquel momento.
- No, está todo bien. – le sonrió y sintió un piquete en la nuca. Alguien la estaba mirando. Pero por alguna razón, no volteó a ver de quién se trataba. Porque, no supo el motivo, pudo reconocer que no se trataba de alguien conocido; no, algo le decía que no debía voltear bajo ninguna circunstancia. Su cuerpo entró en tensión y recordó, de forma fugaz, el temor que experimentó las veces que tuvo algún encuentro con Kazama. Sus pupilas se contrajeron levemente; ese demonio estaba muerto, bien muerto, ella misma lo había visto, el momento en el que se había enfrentado con Hijikata, el cual había salido triunfal, antes de su… ¿muerte? Una idea abrumadora le asaltó la mente. Si Hijikata estaba vivo, tras haberlo visto muerto, entre sus propios brazos… ¿Cuánta era la posibilidad de que Kazama estuviese con vida de igual modo? ¿Cómo era que podría haber revivido? Frenó de inmediato al caer en cuenta de que no sabía el motivo por el cual Hijikata estaba con vida.
- ¿Está segura…? – murmuró mirándola sin entender el porqué de repente se ponía así de tensa.
- … - Eran demasiadas dudas, demasiado que no sabía y que necesitaba saber para poder aclarar su mente. Porque todas las personas que le importaban estaban involucradas en aquello.
- ¿Señorita? – se colocó de pie al notar que ella apretaba los puños con fuerza, al punto de dejar sus delicadas manos blancas. Le preocupó demasiado el verla así, más para su alivio, dos figuras hicieron acto de presencia allí.
- ¿Chizuru? – preguntó Fuuri, acercándose preocupado por el poco reaccionar de ella. Hijikata, tan solo de verla, supo que estaba asustada. ¿De qué…? Contuvo la respiración por dos segundos, cerró los ojos y se concentró. Un aroma particular sintió cuando una suave brisa se detuvo; escuchó la rugosidad de un tronco siendo rozada. Abrió los ojos y pudo notar a la perfección, que una sombra se movía en la periferia. Estaban siendo observados. Chizuru estaba siendo observada.
- Capitán, creo que debería entrarla. – dijo lo más tranquilo que pudo. Poco en realidad, sin quererlo su voz salió como un siseo gélido. Pero no podía controlarse; alguien estaba vigilando a Chizuru y él se encargaría de averiguar quién era y qué quería con su Chizuru. El otro afirmó y la tomó de los hombros, haciéndola reaccionar levemente.
- ¿Qué…? – intentó decir algo, pero pudo sentirlo nuevamente, estaba bajo la mira de alguien. Sus ojos de café y mirra se dirigieron al par de ojos violetas que chispearon en carmín antes de voltearse, huyendo de la atención de los otros dos.
- Entre con Kimawata. Ahora. – le ordenó comenzando a caminar hacia la zona trasera de la casa, donde se encontraba la cocina y los baños. La joven sintió que el estómago se le encogía con fuerza al verlo partir. ¿Qué haría? ¿Acaso se había dado cuenta de lo que ella? No pudo decir más que Kimawata la tomó de la cintura para meterla de un solo tirón dentro de su cuarto.
- ¡P-pero…! – intentó decir lo que sea, pero el hombre la miró serio.
- Algo está pasando, algo que no puedo entender, pero si él dice que debemos entrar, debemos confiar en Hijikata. – Tomó el mentón a la joven con el índice, permitiéndose ver el brillo que sus ojos reflejaban; con el pulgar acarició su mejilla tersa y cálida, antes de soltar un suspiro. – No he conocido hombre más firme, valiente y confiable que mi capitán, pero el capitán Hijikata es lo más cercano a él que he conocido en demasiado tiempo. – le admitió con un matiz de ilusión en sus rasgos firmes y maduros. Chizuru supo que eso no era casualidad. Tal vez por el momento de tensión anterior, la adrenalina corriendo aún por sus venas o que estaba comenzando a darse cuenta que el mundo se puede ver de forma desconfiada, sin confiar en lo que realmente parece, pero se dio cuenta que las forma en la que estaba trabajando Hijikata era esa: ganándose la confianza de Fuuri. "¿Hasta qué punto? ¿Por qué él? ¿Por qué ahora? ¿Para qué?" La mente de ella era un completo caos, pero no pudo decir ni hacer nada para librarse del peso de las dudas, que sintió una suave presión sobre sus labios. Abrió los ojos enormes, y se apartó levemente, sin querer parecer incómoda con el contacto, pero tampoco mostrando que aquello le había agradado.
- Estoy… preocupada. – murmuró corriendo la mirada y el rostro, escuchando una risa entre dientes.
- No deberías, confío en Hijikata en este momento, más de lo que confío en cualquiera de los hombres que han pisado la casa en esta última temporada. – lo sintió moverse y al voltear con sutileza el rostro, notó que se había incorporado. – Pero comprendo que te hayas asustado, Chizuru. – Volteó a verla solo cuando abrió la puerta corrediza. – Han estado pasando demasiadas cosas extrañas en esta mansión como para que te sientas segura aquí conmigo ¿Verdad? – guardó silencio, buscando el reflejo que sus ojos mostraban incluso en la penumbra. – Me aseguraré de que este vuelva a ser un lugar seguro para ti, Chizuru. – afirmó con mirada decidida, antes de salir, cerrar y alejarse al trote, sus pasos resonaron en el suelo de madera mientras llamaba a sus hombres para que le siguieran. Sintió irrefrenable el impulso de limpiarse los labios, sí, justo sobre la zona que él había tocado con su boca. No quería sentirlo nunca más tan cerca, no quería sentir un beso de aquel hombre en toda su vida. El único hombre al que quería besar, era Hijikata Toshizo.
- … Hijikata. – murmuró encogiéndose en el lugar, recordando que él había ido tras… lo que sea que había estado observándola. Se mordió le labio inferior, mientras decidía qué hacer en ese momento. La curiosidad le era casi insoportable por saber qué o, mejor dicho, quién era aquel observador desconocido que había logrado sentir de forma tan intensa. De solo recordarlo, sintió como si un copo de nieve recorriese su espalda, desde la nuca hasta su cintura. Cerró los ojos y, trató de centrarse para poder quitarse esa sensación injustificada; ella estaba a salvo allí, Hijikata había ido tras el intruso y ella no tenía por qué estar así de paralizada ante el miedo de que alguien la estaba observando…
- … - Una risa entre dientes hizo que sus nervios se volviesen de acero. Sus pupilas se contrajeron y su corazón le dolió de tan rápido que comenzó a latir de un solo segundo a otro. El aire la sofocó y solo podía permanecer estática allí, sabiendo que lo que sea que la había estado observando estaba detrás de ella, en la misma habitación. ¿Cómo había entrado? Ella no escuchó absolutamente nada y Fuuri se había marchado hacía realmente poco. ¿Cómo…? ¿Quién…? - … vaya, vaya… había escuchado que era hermosa, señorita, pero los rumores no se comparan al placer de conocerla en persona. – era una voz adulta, un hombre, delineaba cada letra de forma que paladeaba cada palabra antes y mientras las decía. Chizuru se concentró e intentó moverse. Pero sentía que no podía mover ni una sola parte de su cuerpo. – Yo que usted no intento moverme demasiado; sus instintos le dictan bien. Si dejo que voltee, deberé asesinarla. – de nuevo aquella risa, le hizo poner los pelos de punta. ¿Qué quería? – Le suplico que se calme, no he venido a amenazar ni tampoco a causar daño, claro, a menos de que sea una completa necesidad. – aclaró de forma cordial. – Señorita Chizuru Yukimura, vengo a entregar un mensaje de parte de los Terratenientes, para el capitán Hijikata Toshizo. – Se enderezó en el lugar, al pendiente de lo que diría.- Me dijeron que informe que tiene que seguir en la corriente del río, las riveras pueden soportarlo. Pero la lluvia, también puede aparecer en verano. – recitó y volvió a reír. – Espero que le entregue el mensaje lo más pronto posible. – Se hizo un silencio, mientras ella intentaba memorizar aquello que le había pedido que dijese. – Solo una cosita, señorita, es… una pregunta… - concluyó con voz, al parecer algo curiosa.- … ¿Por qué aceptó ser la mujer de Kimawata Fuuri?
- … Solo pretendía vivir aquí sin ninguna clase de relación cercana a él. Lo hablé con él, se lo dije, pero no hizo caso de mis palabras. – dijo incómoda.
- … - él volvía a reír, pero de forma diferente, era una risa ácida. - ¿Se da cuenta de la ridiculez que acaba de decirme? ¿Pretende que yo crea algo como eso?
- Es la verdad, no hay nada que yo pretenda hacer que crea usted. – dijo ella con voz firme, una que no sabía de dónde sacaba realmente.
- Si, señorita, tal vez esas fueron sus intenciones, no puedo ni podría saberlo con certeza nunca. – Algo se movió y, al estar completamente atenta a él, Chizuru pudo escuchar unos pasos que podía confundir con la marcha de una hormiga. – Pero ¿No ha pensado que esa excusa barata podría no ser suficiente para el capitán Hijikata? De hecho, no será suficiente. – el tatami se abrió, y lo percibió solo por una brisa fresca que le acarició la nuca, al descubierto por el tocado que llevaba en el cabello. – Le sugiero que vaya pensando algo mejor que decirle a él. Porque esa palabrería barata, no servirá para consolar el dolor que está sintiendo al verla al lado de otro hombre. – No supo cómo, pero supo que no sonreía al decir aquellas últimas palabras, que se clavaron cual daga en su pecho. Tragó con dificultad, mientras escuchaba que el silencio a su alrededor daba un suspiro, anunciando que ya se encontraba en soledad.
Apretó los ojos con cada vez más fuerza, sintiendo cómo la expresión se le transformaba totalmente mientras intentaba soportar todo aquello. Se mordió con fuerza el labio inferior, apretó las manos en puños y se encogió sobre sí misma, sintiendo que todo aquello estaba perjudicándola a un nivel superior. Negó con la cabeza. No, debía calmarse, las consecuencias si seguía descuidándose de ese modo, serían terribles. Y estaba cansada que las personas a su alrededor, fuesen perjudicadas por las consecuencias de sus decisiones.
- Chizuru… - escuchó y volteó para encontrarse a Hijikata inclinándose a su lado, con ojos preocupados y respiración agitada.
"CLICK"
Reaccionó impulsándose hacia él, tendiendo los brazos directamente hacia su cuello. Una inhalación por sorpresa se escuchó, antes de que ambos cayesen. Ella sobre él, aferrada a su cuello con firmeza. Él cerró los ojos, aferrándose a ella con firmeza. Cada vez le costaba más permanecer alejado de Chizuru. Verla y no poder tocarla, no poder sonreírle, escucharla sin poder siquiera hablarle, estaba comenzando a ser realmente difícil para él. Abrió ligeramente los ojos, al darse cuenta que estaba demasiado cómodo allí. No podía permitirse otro error como el de aquella mañana. No, era poner en riesgo a Chizuru. Pero… sentía que la necesitaba así de cerca. Cerró los ojos una vez más, permitiéndose disfrutarla en silencio. Su cuerpo era pequeño, cálido, curvo. Pero lo que más lo satisfacía, lo que más hacía brotar la felicidad de su pecho, era sentir cómo ella se aferraba a él, buscando un refugio, buscaba protección en él. Tanto que había sufrido el pensar que ella lo había sustituido, era solo una cosa por necesidad, y él lo sabía, podía comprenderlo... o aprendería a hacerlo. Lo que no pensó es que hubiese pasado tan rápido. Ella lo había creído muerto hacía poco más de dos meses y ¿ya estaba buscando alguna ayuda? Se detuvo un momento, de todo pensamiento ¿Habría alguna otra razón por la que ella se apresuró en buscar protección? Se distanció lo mínimo para buscar sus hermosos ojos amarronados, queriendo preguntarle, cuando sintió que ella presionaba sus labios contra los de él. Abrió de más los ojos, notando que ella los cerraba. Sentía la urgencia, la necesidad en ella y… no se pudo contener.
Con un suave gruñido de por medio, la tomó de la nuca y la cintura, besándola con la misma fuerza con la que soportaba cada día durante aquella estadía. El alivio comenzó a invadirlo, dejándolo tranquilo mientras la mantenía allí, cercana, solo para él.
Bueno, como siempre, esperaré por sus comentarios. Me alegro que haya personas que disfruten de esta historia.
Les dejo un cariño y solo eso, pues no acompaño el comprometerme a subir cada cierto tiempo, pues soy pésima para cumplir con la actualización de mis historias.
Saludos.
Ayiw.
