El potterverso pertenece a J. K. Rowling. Llevar la magia a Alemania, sus escuelas y sus personajes me pertenecen.
5 de noviembre del 2009. Casa de los Goldschmidt, Nuremberg.
Aquella semana no había clase, puesto que era la semana de otoño, por tanto los hermanos Lerman pasaban las mañanas en casa de los abuelos maternos. Normalmente sólo los gemelos se quedaban en casa de los abuelos durante los días lectivos, pues la madre de los retoño trabajaba, sin embargo con Strom allí cuidar a esos dos pequeñines era más fácil. Y más cuando los niños estaban aprendiendo a diferencia entre los pronombres "yo" y "tú". Heiner, el cuarto hermano, se encontraba en la guardería. Luego Strom iría a por él como en el horario habitual, pues Hella, la madre, no deseaba dejar a sus padres con tanto crío.
Tras haber estado detrás de ellos pues no dejaban de seguir a los abuelos, los gemelos se quedaron sentados en el sofá con el mayor de los hermanos viendo una serie de aventuras medieval. La serie contaba con el típico grupo de protagonistas con un guerrero, un arquero, un mago y un ladrón. Mientras la veía, Strom no podía dejar de pensar que en esas series siempre le parecía interesante todo lo que hacía la figura del mago o del hechicero. Era el que controlaba los rayos, el que curaba, el que con una varita o un bastón, el que podía volverse invisible, y siempre tenía un truco bajo la manga. Ser guerrero, arquero e incluso ladrón eran cosas que se podía aprender en su vida cotidiana. Cualquiera podía apuntarse a esgrima, arco y, bueno... robar.
Sin embargo, en su mundo los magos no existían. Hasta ahora. Y una vez que sabías que los magos existían esas series ya no eran tan guays, porque mientras que los magos de esas series sabían hacer cosas maravillosas y apenas, la mayoría, eran recién adolescentes, él iba a tener que ir a clases hasta que fuera mayor de edad.
Aunque claro, quizás es que en la Edad Media la magia era distinta y un adolescente mago estaba altamente capacitado para poder recorrer el mundo sólo salvándolo de... Oh...Cierto, había grandes cazas de brujas.
En aquellos días, aprovechando las fiestas y que la mayoría de sus amigos estaban de vacaciones fuera de la ciudad, él estaba recopilando de esas series que se tragaba mañana y tarde, aprovechando que a los gemelos les gustaba, pequeñas cosas que luego preguntarle a su maestra. Con suerte le podría decir si algunas de esas cosas eran posibles; hasta podría averiguar si es un futuro podía hacer rayos o volverse invisible.
El tema de las pociones ya no le interesaba tanto, a nivel de hacerle cuestiones a la maestra, puesto que era algo que ya había aprendido en clase. Cuando entrara en la escuela superior ya aprendería a hacer pociones, magia mucho más experimentada...
—¡'Trom!— La voz era de Wolfhard, que se tiró encima suya, cansado ya de no tener la atención de alguien, pues Adalbrecht se había quedado dormido todo lo largo que era sobre el sofá.
—¿Qué quieres, pequeño? ¿Tienes hambre?
—Pipi. —Mostró una amplia sonrisa que indicaba que no iba a aguantarse mucho.
—¿Por qué no me lo has dicho antes? —Rápidamente Strom cogió en brazos al pequeño Wolfhard y le llevó al baño. O lo intentó. — ¡Abuelo! ¡Date prisa! ¡Wolfhard quiere entrar!
— ¡Ya va, ya va!
En casa de sus abuelos siempre pasaba igual. O era el abuelo o era la abuela, pero el baño siempre estaba ocupado. Ojalá tuviera la habilidad para poder invocar un orinal. O hacer traer el que había en el baño. ¡Justo como estaba haciendo el mago de la televisión con aquella caja que serviría para preparar una trampa a los villanos!
Un grito de terror salió del baño, y el mayor de los hermanos pensó que su abuelo habría visto un insecto. Sin embargo cuando se abrió la puerta lo primero que se encontró fue con el orinal de los gemelos volando hasta llegar al pasillo, donde se colocó en el suelo. Wolfhard bajó de los brazos de Strom antes de ir a hacer sus necesidades, mientras este se quedaba mirando a su abuelo, a quien no le había dado tiempo ni colocarse el pantalón.
Quizás era hora de decir lo que era. Aunque por el momento era mejor soltar una risa nerviosa ante la situación que le tocaba vivir.
Una de las suertes de que los abuelos vivieran cerca de casa y de cualquier sitio de interés para niños era que Strom podía ir a recoger a su hermano pequeño de la guardería sin necesidad de que algunos de sus abuelos le acompañara, y es que las guarderías iban al margen del calendario escolar habitual.
El abuelo había insistido en ir con él, pero el mayor de los hermanos había respondido que estaba a un par de meses de cumplir los siete años, algo que no era del todo cierto, pues había cumplido los seis en agosto; por no hablar de que siempre iba a recogerle sólo y que no podía dejar a la abuela a cargo de dos enanos revoltosos.
Los abuelos finalmente le dejaron porque la guardería estaba a dos calles de casa y era una zona pequeña en la que todos se conocían y, por tanto, también conocían a los niños.
Una de las fortunas de ir, como niño, a la guardería era poder relacionarte con compañeros de tu misma edad antes de entrar a la escuela. El propio Strom había conocido a sus mejores amigos en esos años; de modo que también los profesores que daban clases allí le conocían.
— ¿Disfrutando de la semana de vacaciones, Strom? —Frau Batenhorst, la profesora del grupo en el que él estaba, se encontraba en la puerta.
— ¡Sí! ¡Ya era hora! — Le gustaban las clases, y más sus clases, pero… ¿a quién no le gustaba disfrutar de las fiestas? — ¿Está mi hermano listo?
—Creo que sí. Iré a buscarlo.
Por norma general, era raro que un niño tan pequeño como Strom recogiese a su hermano, pero en el centro conocían las circunstancias de los Lerman. El padre de familia, Frederich Lerman, había fallecido en un accidente de tráfico apenas dos meses después de que Hella diera a luz a los gemelos, haciendo que la mujer tuviera que ponerse a trabajar pronto para sacar a esos cuatro niños adelante; eso, sumado a que conocían lo maduro que era Strom para la edad que tenía hacía que la guardería hiciera la vista gorda y permitiera que se llevara a pequeño Heiner, el cual aquel día, como en lo que llevaba de semana, salía del aula y caminaba por el pasillo de morros, justo como había salido de casa.
— ¿Todavía estás así?
— ¡Yo también quería ir a casa de los abuelos!
—Ahora vamos a casa de los abuelos.
— ¡No! ¡Antes!
Strom suspiró, su hermano había cogido aquella mañana un berrinche, algo que se había convertido en algo habitual en esa semana sólo porque Strom no tenía clase y él tampoco quería.
—Anda, vamos. —Cogió de la mano al pequeño antes de despedirse con una mano de las docentes. — ¿Vas a estar todo el camino de enfadado? —Preguntó cuando llevaban ya andado un buen tramo.
— ¿Qué hay de comida?
— Se dice "para comer". —Corrigió en un primer momento Strom antes de responder. —No lo sé.
—Pues vaya.
Una cosa era ir agarrado de la mano de mamá, y otra hacerlo de la mano de tu hermano mayor. Y eso era algo que Heiner sabía.
Tenía la típica rebeldía de "ya soy mayor, ya puedo ir sólo", pero a la vez con Strom no le salía soltarse. Igual es que no le veía tan mayor como a su madre.
— ¿Sabes que los abuelos ya se han enterado que soy… ya sabes?
—Mago.
— ¡No lo digas aquí!
Su hermano todavía tenía que controlar esa verborrea, por fortuna todavía no le habían dicho nada en el jardín de infantes de que Heiner iba diciendo ciertas cosas.
— ¿Qué ha pasado?
—El abuelo vio volar el orinal de los gemelos.
Por ser el hermano mediano Heiner se sentía en una prioritaria posición, era cuidado por Strom, que era un buen hermano mayor, no era que hubiera conocido a más hermanos mayores, pero… Y por otro lado, podía reírse de sus hermanos pequeños por no saber hacer cosas básicas que él ya sabía como era ir al baño, como si hace dos días, prácticamente, no hubiera sido él quien había estado usando el orinal.
— ¿El abuelo se asustó?
—Un poco, su cara fue bastante curiosa. Luego vino la abuela. Les he contado un poco, pero están esperando a que llegue mamá.
— ¿Se han enfadado?
—No lo sé.
En la mentalidad infantil de Strom existía el pequeño temor de que sus abuelos le quisieran ahora menos a causa de su naturaleza mágica. ¡Vamos! Que era ahora un rarito.
Lo bueno es que tras eso ya podía llevarse a casa de los abuelos sus deberes para la clase de competencias mágicas. Tenía que leer un libro muy básico acerca de las diversos tipos de magias que existía y hacer un resumen de estas. No era muy complicado sino fuera porque a veces el libro hacía trastadas y escondía palabras; entonces tenía que acariciar las esquinas superiores de las páginas.
Era la primera vez que Strom se enfrentaba a un libro de magos y para magos, y desde luego no se parecía en nada a los que él mismo había visto en los dibujos animados.
Una vez conocía la simplicidad de los libros de magos en la televisión, consideraba los reales muchos más divertidos.
— ¿Entonces no te van a dar postre? ¿Me puedo comer el tuyo?
Que lo peor que te pudiera pasar si tus abuelos se enfadaban contigo fuera que te quedases sin postre era algo que al joven le hizo gracia mientras revolvía el cabello de su hermano, el cual ya había que cortar, pues comenzaba a taparle los ojos.
—Ni lo intentes, enano. —Respondió, y el piso donde vivían los abuelos entró en el campo visual de los dos niños.
Cuando el Sol ya había caído, Hella llegó a casa de sus padres para encontrarse con la gran sorpresa.
Mientras Strom y Heiner se quedaban en el salón cuidando de los gemelos, los abuelos y la madre se metieron en la cocina y cerraron la puerta tras ellos.
El temor del mayor de los hermanos era palpable, mientras leía un cuento infantil a sus hermanos. Hasta Heiner que conocía muy bien la historia se había sentado en la alfombra y posiblemente era el que le miraba más atento.
Al otro lado de la puerta, la conversación que Hella tenía que haber tenido el mes pasado, cuando se enteró de que su hijo era lo que era, se estaba llevando a cabo en aquel momento.
—Entonces… ¿Es verdad? —Su madre, Brünhilde Goldschmidt, hizo la primera pregunta.
—Sí, al parecer no hay dudas. Hay… Hay hasta clases propias para él, con una maestra muy simpática.
— ¿Dadas por...? —Caspar Goldschmid, su padre, tomó el relevo sin saber muy bien como enfrentarse a esas cosas. No había ningún manual para el abuelo de un nieto mago.
—Magos. No hay que verlo raro. —Aunque a ella misma se le hacía todo muy raro. Como si todo fuera una enorme broma. —Cuanto antes nos acostumbremos será mejor para Strom, y en especial para sus hermanos, que tienen que verlo como algo normal.
Después de la reunión con la, ahora, tutora de su hijo, Hella había tenido otra, cuando ya lo había meditado todo para pedirle consejo sobre cómo educar a su hijo y cómo tratar con todo aquello. Más que nada no quería que su hijo se sintiera excluido.
— ¿Y desde cuándo lo sabes? —De nuevo hablaba su madre.
—Desde el mes pasado. La tutora me llamó. Al principio me costó mucho, pero no hay duda.
—No, si ya lo sé. Cuando nos lo dijo, aunque el pobre intentó inventarse alguna excusa, y recordé ese orinal volar, a mí también se me despejaron todas las dudas.
—Una de las primeras cosas que les enseñan es que no pueden contar lo que son al resto de… bueno, nosotros. En su jerga al parecer se dice Hexeleer.
— ¿Hexe… leer? —Ambos abuelos repitieron aquel término con cierta extrañeza.
No era para menos, aquello en un primer momento parecía ser una palabra compuesta por dos términos un tanto peculiares, pero bastante significativos en ese momento. Por un lado estaba Hexe, que provenía del término Hexe, "mago", o siguiendo la misma raíz estaba Hexerei, "magia"; mientras que "leer" significaba literalmente "vacío". "Vacíos de magia" podía ser un buen nombre para ellos.
Al día siguiente...
—Entonces… esto es un libro para magos?
Strom volvió a casa de sus abuelos al día siguiente junto a sus gemelos. Y esta vez se había llevado dicho libro para la asignatura de Competencias mágicas que su abuelo ahora estaba mirando con curiosidad mientras el muchacho intentaba continuar con sus deberes, los cuales llevaba por la mitad.
—Sí, Frau Reuter lo sacó de la biblioteca; el lunes tengo que llevarlo para que pueda devolverlo.
—Parece un libro normal y corriente.
—No, mira. —Le apartó el libro y señaló esa palabra que había desaparecido en mitad de la página.
El abuelo miró con atención aquel hueco. Había visto varios en páginas anteriores, mas había pensado que era huecos para completar, como parte de esos deberes que tenía Strom.
—El libro es travieso, —continuó el niño, —y a veces oculta palabras. Tienes que acariciar la esquina superior.
Sino hubiera tenido tal charla con su hija la noche anterior, Caspar hubiera pensado que su nieto era víctima de una broma, o en su defecto que le quería gastar a él una. Sin embargo, intuía que aquello era cierto, por lo que acabó haciéndole caso.
Con ciertas dudas e interés a partes iguales, acercó el pulgar a la esquina de la hoja y comenzó a acariciarla.
— ¡Au! —Sin embargo no obtuvo el efecto deseado. — Creo que me ha mordido.
—Eso quiere decir que has sido un bruto. Mira. —Acostumbrado a hacer eso, Strom realizó el mismo gesto, mientras el abuelo se masajeaba el dedo. Obviamente no le iba a decir la de veces que el libro le había mordisqueado a él sus propios dedos.
Poco a poco comenzó a aparecer dichas palabras desaparecidas. Vale. Caspar intentó no parecer muy sorprendido, pues había que dar normalidad a todo aquello por el bien del nieto. Aun así no era fácil cuando un libro acababa de morderle el pulgar.
