Miraculous Ladybug - Lady Luck

Parte 2.

Ladybug: Silencio.

El sistema de seguridad de aquella casa no era fácil de burlar, pero de una forma u otra logré saltar el gran muro de piedra y colarme dentro. Lancé mi yoyó para agarrarme a la barandilla de una de las ventanas de la fachada principal, balanceándome para aterrizar sobre la cornisa que daba a una de las ventanas del segundo piso. La abrí sin mucha dificultad, (mucha seguridad pero luego las ventanas las tenían medio abiertas…) y me deslicé al interior, para luego darme cuenta de que estaba en la habitación de Adrien. ¿Por qué siempre acababa ahí?

Con un suspiro me dispuse a salir de la habitación para llegar al largo pasillo que me conduciría al resto de cuartos, cuando mis ojos no pudieron hacer otra cosa que observar con atención aquella sala. Sin saber por qué, deseaba que de repente Adrien entrara por esa puerta. Solo quería verle. Acabé por mirar la pantalla de su ordenador, la cual tenía de fondo de pantalla aquella foto de su madre. Era muy hermosa, y parecía que Adrien la había querido con todo su corazón. Debía haber sido una buena madre. El chico había sacado, sin duda, su belleza de ella. Sus brillantes ojos verdes, su pelo rubio, su encantadora sonrisa... No quería ni imaginar lo mal que debía haberlo pasado Adrien cuando se enteró de que había muerto. Solo pensarlo me partía el corazón. Había oído que su padre lo había llevado muy mal, tanto que se volvió más frío, más receloso de que su hijo saliera de casa, más… sobre protector. No podía culparle. Tras haber perdido a su esposa, no querría arriesgarse a perder a su único hijo también. Era lo único que le quedaba, al fin y al cabo. Sufrir una pérdida así, debió de provocarle un gran sentimiento de vacío y tristeza, por ello no podía hacer otra cosa que sentir algo de lástima hacia Gabriel. Apostaría lo que fuera a que si hubiera una forma de que su esposa volviera a la vida, haría lo que fuese para conseguirlo.

Me dirigí a la puerta y asegurándome de que no había nadie cerca, salí y comencé a buscar esa habitación cerrada a cal y canto, de la cual había hablado Adrien. Si hubiera podido moverme con total libertad lo habría tenido mucho más fácil, pero al menos sabía que Nathalie estaba con un ojo puesto en el rubio mientras este hacía esgrima, por lo que no iba a cruzármela en la casa. Pero, ¿dónde estaba Gabriel? Ah… De eso se trataba. Nunca sabíamos dónde se encontraba. Ni siquiera su propio hijo lo sabía. Parecía que usaba demasiado esa excusa de "estoy ocupado" o "tengo trabajo que hacer, así que no me molestes", tanto que Adrien había dejado de interesarse por el paradero de su padre. Pero a aquellas alturas, debía saber con certeza dónde demonios estaba, porque no sería precisamente agradable que me lo tropezase y tener que inventarme cualquier cosa para salir del aprieto.

Sin embargo, todo estaba en silencio, lo cual agradecía y odiaba al mismo tiempo, porque por una parte era bueno que, al menos por lo que parecía, no hubiera nadie en casa, pero por otra, ese condenado silencio me hacía estar tensa pues debía estar preparada para cualquier cosa. Pero, claro, eso a su vez provocaba que mi nivel de torpeza se multiplicara por mil debido a los nervios. Tragué saliva y caminé mirando a todas partes, temiendo que alguien apareciera de repente, y llegando al final del pasillo tras haber probado ya en varias puertas, fruncí el ceño.

Todas las puertas de la casa eran del mismo tipo, menos aquella. Era la habitación que daba a una de las torres laterales. Aquella puerta parecía más gruesa que las otras, como si fuera capaz de soportar una bomba y permanecer intacta ante la explosión. Un mal presentimiento comenzó a apoderarse de mí, y tratando de deshacer el nudo de mi garganta llevé la mano al pomo de la puerta.

Estaba cerrada con llave.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda pensando que podría ser esa la habitación que había mencionado el chico en el parque. Si eso coincidía… el resto de la historia debía ser cierto. ¿Era esa la sala donde estaban los akumas encerrados? ¿Gabriel Agreste era Hawkmoth?

Esas dudas quedarían respondidas con tan solo abrir aquella puerta, pero al mismo tiempo, tenía miedo de la posible respuesta.

-¿Ladybug…? -dijo una voz a mi espalda, haciendo que yo pegara un brinco. Había estado tan concentrada en esa dichosa puerta que ni siquiera lo había notado-. ¿Qué haces en mi casa? -Palidecí en cuestión de segundos, sintiendo cómo mi esperanza de vida expiraba con extrema facilidad, y lentamente me giré para ver de quién se trataba.

Chat Noir: Valor

Lo hice a sabiendas, lo juro. Eso de escaquearme de clase de esgrima no iba a traerme nada más que problemas, lo sabía, pero necesitaba encontrar respuestas y ordenar de una vez mi cabeza. La conversación con Plagg solo me había servido para pensar más en ello y que mi cerebro explotara definitivamente. Seguía creyendo que ese maldito kwami sabía algo más, pero aunque le pidiera que me lo contara, probablemente, me cambiaría de tema o tendría que sobornarle con toneladas de queso, lo que veía completamente innecesario pudiendo encontrar pruebas que probaran que mi padre no era Hawkmoth. O al menos, esperaba encontrarlas. Tenía que encontrarlas.

Por eso, volví a casa corriendo tan rápido que pensaba que se me caerían las piernas por el camino, pero tenía que dar esquinazo a Nathalie quien ya estaba en el coche buscándome, desquiciada. Recuperando el aliento que había perdido con la carrera, abrí la verja de la entrada y cuando llegué a la puerta principal, me mordí el labio. ¿Y si mi padre estaba en casa? ¿Y si me preguntaba por qué no estaba en esgrima? ¿Y si… a pesar de todo eso resultaba ser Hawkmoth? Agh. Cualquier cosa relacionada con mi padre me hacía recordar aquello. Iba a volverme a loco.

Abrí la puerta intentando no hacer ruido y ya dentro, comencé a subir a toda prisa las escaleras que me permitirían llegar a la segunda planta.

-¡Tío, déjame salir! ¡Que no me entero de nada! -exclamó Plagg desde el interior de mi mochila, mosqueado por los tumbos que le había hecho dar ahí dentro.

-Espera… Creo que hay alguien. Puede ser mi padre -murmuré, deteniéndome a mitad de las escaleras, tensando los músculos inconscientemente. Mi cabeza ya estaba empezando a idear alguna excusa decente cuando me di cuenta de que ese "alguien" no se había movido del sitio. Si hubiera sido mi padre habría salido a recibirme a la escalera, cabreado, porque obviamente Nathalie ya le habría contado lo de mi escapadita. Si no era mi padre… ¿quién estaba en casa? Entrecerré los ojos, y con cuidado terminé de subir las escaleras para esconderme tras una mesa colocada en un lado del pasillo y ver un reflejo rojo más allá.

Abrí la mochila, y tapándole la boca a Plagg le indiqué que guardara silencio. El kwami trató de quejarse pero yo ya estaba comenzando a distinguir las formas del intruso. O mejor dicho, de la intrusa.

Me puse en pie y caminé en silencio hacia ella, sin creer que realmente estuviera allí.

-¿Ladybug? -la miré confuso a más no poder. ¿Por qué estaba en mi casa? ¿Había ocurrido algo? Y si era así, ¿por qué no me había avisado? De todos modos, había un ambiente extraño… Algo grave ocurría, sin duda-. ¿Qué haces en mi casa? -le pregunté con un hilo de voz, temiendo lo peor. ¿Y si había descubierto que mi padre era Hawkmoth? No… No era eso… ¿verdad? De repente sentí mi corazón en un puño, deseando que fuera cualquier cosa menos eso. No sabía si podría soportarlo. Aún habiendo pensado en eso prácticamente todo el tiempo desde el otro día, no había querido pensar más allá por miedo a las posibles consecuencias. Pero siendo realista, ¿qué otra cosa podía ser? ¿Ladybug se moría por ver cómo tenía amueblada la casa? ¿Acaso venía buscando mi habitación para ver mi cajón de ropa interior? Lo dudaba mucho.

Había sido un idiota. En vez de pensar en soluciones para lo que se avecinaba, o hablarlo con Ladybug directamente para que me ayudara con ello, me había estado mintiendo a mí mismo intentando encontrar una buena excusa que sentenciara que aquello no era cierto. Quería proteger a mi padre, porque si tenía que enfrentarme a él no iba a estar preparado. Ya perdí a mi madre, no quería perderlo también a él. Pero era una realidad que debía afrontar tarde o temprano, por lo que lo mejor sería dejar de lado cualquier sentimentalismo y acabar con eso de una vez. Al fin y al cabo, si él era Hawkmoth, no iba a perdonarle por todo lo que había hecho. ¿Significaba eso que ya había perdido a mi padre?

Ladybug se giró hacia mí, con una expresión algo descompuesta. Cuando vio que era yo, casi se cayó al suelo del alivio, dejando escapar un suspiro y pasándose una mano por su flequillo peinándolo de forma nerviosa.

-Dios… Qué susto… -murmuró. Recuperándose del sobresalto me miró y pareció pensar qué decirme a continuación, pues su mirada fue desde la puerta junto a la que estaba hasta mí. Esa puerta otra vez. Así que sí se trataba de eso-. Adrien, no voy a mentirte. He venido para comprobar si tu padre es en realidad Hawkmoth o no.

-Claro que no puedes mentirme. Estás en mi casa, y te acabo de pillar con las manos en la masa -repuse avanzando hacia ella, colocándome junto a la puerta, apoyando una mano en ella-. ¿Pero por qué sospechas de él? -enarqué una ceja.

Pareció dudar un momento.

-Di con esta habitación cuando tú estabas aturdido el día de la fiesta… después de lo de Telekinekta -respondió agachando la mirada, tomando un respiro.

No sabía a ciencia cierta si estaba diciendo la verdad, pero supuse que tendría que creerla. No tenía motivo para mentirme sobre eso, ¿no? Ya tenía suficiente con desconfiar de mi padre, como para ahora hacerlo de ella. Respiré hondo y asentí, quedándome en silencio durante unos segundos observando el pomo de la puerta.

-¿No has entrado todavía? -pregunté, a lo que ella negó con la cabeza. Entonces dejé libre a Plagg, el cual había estado en silencio observando todo con sus grandes ojos verdes desde el bolsillo de mi camisa, realmente interesado. Carraspeé y con un movimiento de cabeza le señalé la puerta, indicándole que la abriera. Él suspiró y de nuevo la traspasó como si nada, al igual que hizo la última vez, y tras un par de segundos se oyó un click. Ya teníamos vía libre. Empujé la puerta ligeramente con la mano y dejé que la chica viera la escena con sus propios ojos. Plagg volvió conmigo, apoyándose en mi hombro con una expresión ensombrecida. Lo entendía bien, a mí también me ponía los pelos de punta ver tanto akuma junto, aunque se tratara de la forma purificada. Solo saber en qué podían transformarse y hacer con las personas me daba ganas de vomitar.

Ladybug dio un par de pasos entrando a la habitación. Contempló la nube de mariposas blancas con los ojos como platos, como si no quisiera perder ningún detalle y al mismo tiempo, estuviera aterrorizada. El ventanal estaba cerrado como de costumbre, así que la única luz que había era la que las mariposas proporcionaban con su blanco inmaculado, revoloteando entre ellas como si aquello solo fuera un juego para ellas. Tragué saliva y dejé caer el hombro en el marco de la puerta, con los ojos fijos en la chica, preguntándome en qué estaría pensando. Pero entonces, para mi sorpresa oí su voz.

-Tantos akumas… -dijo con un hilo de voz, abrazándose a sí misma. Se giró para mirarme con un semblante preocupado-. Adrien… ¿Qué deberíamos hacer con esto? Quiero decir... Si tu padre los tiene aquí debe ser por alguna razón -dijo rápidamente, para luego bajar la mirada y frotarse el brazo-. Una persona normal no tiene cientos de akumas encerrados en su casa… -murmuró dejando caer lo que yo ya había aceptado a regañadientes.

-Plagg… Transfórmame.

En cuestión de segundos ya me había convertido en Chat Noir con una mirada mucho más fría, y una expresión resignada. Las cosas no iban a cambiar por mucho que yo quisiera, y menos si me quedaba de brazos cruzados. Era hora de que el espectáculo comenzara.

-Deberíamos liberarlas, ¿no crees? Al fin y al cabo, solo son akumas purificados, no harán ningún daño. Debemos hacerlo antes de que él llegue o si no…

Entonces me giré a la velocidad del rayo, desenfundando mi bastón sintiendo cómo mi corazón se aceleraba y mi respiración se alteraba. Ya era tarde.

Allí estaba él, irguiéndose con altanería y elegancia, con sus ojos azules mirándonos amenazantes, y una ceja enarcada, como si estuviera pidiendo explicaciones.

Nunca había odiado tanto a mi padre como en ese momento.

Tuve que apretar los dientes para no lanzarme sobre él y acribillarle a preguntas, obligándole a contarme la verdad. Sin embargo, me mantuve en una posición defensiva por si las moscas, con el ceño fruncido sin apartar los ojos de él. Debíamos impedir que entrara a la sala, o al menos, que no usara su Miraculous. Porque estaba claro que con todo eso ahí metido, debía tener uno que le transformara en Hawkmoth.

Pero entonces, entraba en un dilema moral: ser un buen hijo y confiar en que él no tenía ni idea de que todo eso estaba ahí metido, a pesar de haber visto aquel panorama, o por el contrario, simplemente dar por sentado que él era el villano que había estado intentando acabar con nosotros y París. Era extraño cómo en aquella situación, aún quería creer que todo era un error, pero mi cabeza me gritaba que no podía dejarme llevar. No podía arriesgarme a poner a Ladybug en peligro, y mucho menos, cuando el culpable de todos los males de nuestra ciudad era mi padre. Yo debía encargarme de eso.

Si tenía que enfrentarme a mi padre, y con ello, perderlo a él también por un buen mayor… lo haría. Por mucho que me doliese.

-La ciudad de la luz perdida-

En un lugar muy, muy lejano… Donde las miradas de los extraños no alcanzaban a ver aquella bonita ciudad… Un niño solía soñar con la libertad. Con la libertad de poder viajar, ver el mundo, escapar de la cárcel en la que vivía y se ahogaba irremediablemente. Así, una noche, cuando estaba mirando las estrellas que parecían faros en medio del mar de la oscuridad, velando por aquellos que osaban mirarlas, la vio.

¿Qué era eso?

Nunca había contemplado algo semejante. Era preciosa… Tan solo observarla fijamente le cegaba, haciéndole anhelar más deseosamente poder mirarla sin apartar la mirada. Ilusionado, una gran sonrisa apareció en su rostro. Corrió, y corrió, y corrió… Pero no pudo alcanzarla. Aquella luz seguía alejándose de él, frustrándolo, haciéndole sentir impotente, inútil, pequeño. ¿Qué podía hacer? Quería tocarla, quería verla de cerca. Quería saber a dónde iba. Pero temía quedarse ciego si seguía persiguiéndola de aquella forma, ignorando las lágrimas que surcaban sus mejillas violentamente advirtiéndole del peligro.

Él no podía acercarse a ella. No le estaba permitido hacerlo.

Pero no lo sabía.

Por favor, no me sigas… No puedes ir adonde voy… Tan solo te harás daño, le dijo la luz mientras seguía su camino.

Las estrellas trataron de ocultarla, de hacerse pasar por ella, pero no lo lograron. Eran muy diferentes, por lo que el niño se dio cuenta del engaño y las ignoró.

El aliento del niño, que ya había crecido en un guapo muchacho de cabellos dorados y ojos azules, producía vaho en el aire, cuando respiraba alteradamente debido a la gran carrera. Sin saberlo, habían pasado años desde que había estado persiguiendo aquella luz, que tanto había llamado su atención.

Y en algún momento había dejado de verla.

Se había quedado ciego.

Al darse cuenta de ello, de repente, cayó de rodillas al suelo, llorando a más no poder, emitiendo fuertes sollozos, sintiéndose desgraciado. Pues además de no haber podido alcanzar lo que había robado su corazón, ahora no podía verla. Ahora todo era oscuridad.

¿Qué podría hacer ahora? Ni siquiera quería seguir viviendo sin ella. Había quedado prendado totalmente por su belleza, por su amable y dulce voz. Había sido feliz tan solo con poder verla desde atrás, tratando alcanzarla. Pero ahora que la había perdido, se sentía tan solo.

Te advertí de que no me siguieras, Gabriel… Yo, ya no estoy a tu alcance… Por favor, no trates de encontrarme…, le pidió la luz, acariciando su rostro, haciéndole sentir todavía más vacío cuando se apartó de él. Con su roce, su vista volvió para comprobar que ella ya se había ido.

Trató de llamarla, de detenerla, de hacer que se quedara junto a él un poco más, pero todo fue inútil. La luz se marchó, dejándolo llorando, encogido sobre sí mismo, lamentándose por su desdicha.

Fue entonces cuando decidió que haría lo que fuera por traerla de vuelta junto a él, por poder verla de nuevo.

Fue entonces cuando la oscuridad se apoderó de él…

… cuando trataba de alcanzar aquella bella luz.

Ladybug: Bicolor.

Allí estaba. Esa mirada tan fría como el hielo, que hacía que un sudor frío me recorriera la espalda provocándome un escalofrío. Tragué saliva e intenté permanecer de una pieza, no sin antes echar una rápida mirada a Adrien, bueno, a Chat Noir, sin saber cómo iba a reaccionar este ante la presencia de su padre. No podía saber qué podía estar pasando por la cabeza del rubio en ese momento, pero sí sabía que se encontraba en una situación difícil.

Clavé mi mirada en los ojos de Gabriel Agreste, frunciendo el ceño levemente, poniéndome en guardia, al igual que Chat.

-¿Se puede saber qué demonios hacéis en mi casa? -preguntó tajantemente, estrechando los ojos con perspicacia al ver donde estábamos husmeando. Entonces sus ojos adquirieron un leve brillo que, a mi parecer, demostraba que no le hacía mucha gracia que estuviéramos allí. O al menos, cerca de aquella habitación precisamente.

No le culpaba. Yo también me pondría de los nervios si alguien se colara en mi casa, para ver todos mis akumas. Era lógico.

Chat Noir se irguió, dispuesto a hacerle frente, con una expresión desafiante, alzando la barbilla. ¿Qué trataba de hacer? No estaría pensando en enfrentarse a él abiertamente... ¿Verdad? A pesar de temer que algo realmente malo pasara, como ya me decía mi instinto, aguardé a que él me diera una señal. Algo que me indicara lo que decía hacer, sabiendo así su decisión con respecto a su padre.

-¿Qué es lo que tiene ahí dentro, Señor Agreste? -se llevó una mano a la cadera, en actitud arrogante, pero de alguna forma, fría. Se le veía bastante dolido… Nunca le había visto actuar de esa manera con su padre- ¿Acaso es usted aficionado a cazar… mariposas? -preguntó con retintín, diciendo con algo más de lentitud la última palabra.

La ceja del peliblanco se alzó peligrosamente ante la osadía de mi compañero, y por la tensión de su mandíbula, pude denotar que estaba apretando los dientes, colmado de indignación. Le miró desde arriba, todo lo alto que era, con una mueca de desagrado y con porte amenazador avanzó hacia nosotros.

Entonces mi corazón comenzó a latir apresuradamente, advirtiéndome de donde me metía. Siempre había creído que el miedo era algo malo, algo que simplemente te entorpecía para conseguir lo que realmente querías. Pero realmente, por muy estúpido e irónico que parezca, es lo que te hace estar alerta del peligro, y lo que delimita tu valor y determinación. Cuando dejas de tener miedo, te superas a ti mismo. Pero también corres el riesgo de perderte.

Tal vez Chat ya se había abandonado, ya no tenía ni un ápice de aprensión en sus ojos. Pero yo no tenía intención de dejar que lo hiciera, si él perdía los estribos, si actuaba sin pensar, corría peligro. Por ello, yo me aseguraría de que todo se mantuviera bajo control. Sobre todo cuando tantos akumas se cernían sobre nosotros, sin saber realmente hasta donde podía llegar el poder de Hawkmoth.

Enseguida nos apresuramos a cerrarle el paso a la sala, bloqueándole la entrada, yo ya preparada con mi yoyó en la mano, y el chico con su bastón. Pero me preguntaba si eso sería suficiente para tratar con él.

Probablemente no.

Para nuestra sorpresa, una sonrisilla relajada apareció en el rostro del Señor Agreste, mientras se llevaba una mano hacia la corbata, ajustándola, como si no ocurriera nada. Pero cuando estreché mis ojos, para fijarme más, se había colocado una especie de broche en ella. Tenía cuatro alas, como de insecto, alrededor de una perla de color morado. En cierto sentido parecía…

-Oh, sí, cazar mariposas puede que sea bastante… entretenido. Aunque yo no comparto ese hobby, joven -su sonrisa se ensanchó de una forma que me inquietó, para luego añadir- Yo… prefiero cazar otras cosas… -murmuró dejando la frase incompleta, caminando hacia la puerta.

El rubio y yo nos miramos de soslayo, tensos, sin saber a qué se refería exactamente, pero él seguía avanzando hacia nosotros, por lo que ya no había nada más que pensar. No podíamos dudar más.

¿Qué más queríamos? ¿Qué nos hiciera señales de humo?

El Señor Agreste se abrió paso entre nosotros, que estábamos tiesos como estatuas sin saber cómo reaccionar ante aquello. Era cierto que nuestras cabezas decían ¡A por él! pero llevarlo a término era otro cantar. Realmente, era algo desconcertante.

Así, él apoyó la mano en el picaporte de la puerta, entrando sin ningún reparo a aquella habitación impregnada del blanco resplandor de las mariposas, que revoloteaban por todas partes, incansables. Tan solo siendo capaces de verle la espalda, oímos su voz de nuevo, cuando él alzó sus brazos dirigiéndose a los seres voladores que se arremolinaban su alrededor en un baile macabro.

-… como a cierta mariquita, y a cierto gato -completó con voz ronca.

Todo se había descubierto. Para nuestra fortuna… o para nuestra desgracia.

Los akumas se reunieron sobre el Señor Agreste cubriéndolo totalmente, haciendo que en mi interior Tikki me gritara que era él. Él era Hawkmoth, en sus manos estaba el Miraculous de Nooroo, el que podía controlar los akumas a voluntad. O mejor dicho, estaba en su corbata, en aquel broche en el que mis ojos ya habían reparado. Tal vez Chat también se hubiera dado cuenta de eso, aunque no era algo que pudiera saber por su expresión, pues estaba descompuesta. Incluso parecía algo más pálido de lo normal.

El Señor Agreste… No. Hawkmoth se volvió hacia nosotros para mirarnos a través de su máscara, ahora inútil, al ser tan amable de revelarnos su identidad sin oponer resistencia. A pesar de que ya habíamos reunido suficientes pruebas, aquel espectáculo era sobrecogedor. Una vez él se había transformado en Hawkmoth, los akumas se separaron de su cuerpo, volando de nuevo por la sala como si su función hubiera terminado. Sus ojos habían tomado un tono violáceo, y sus ropas ahora moradas, y el bastón que sujetaba con su mano derecha, me parecían algo peligroso. Todo él lo parecía. De hecho lo era. Nosotros sabíamos de lo que era capaz, lo habíamos visto actuar, akumatizando a las personas delante de nuestros ojos. Una parte de mí estaba aterrorizada, pero otra creía que no podía hacernos nada, que éramos intocables, ya que con ambos allí, Chat Noir y yo, no podía hacer nada contra los habitantes de París. Y tampoco contra nosotros. Porque su único poder era akumatizar, ¿no? No… No podía hacer nada más. ¿Verdad?

-¿Sabéis, jovencitos? Podría denunciaros por allanamiento de morada… -habló haciendo un movimiento elegante con aquel bastón, sin apartar su mirada de nosotros, a la vez que el gran ventanal de la sala se abría, dándonos de lleno con su luz.

-¿Y qué hace la policía a los villanos que encierran cientos de akumas en su casa? -pregunté yo, frunciendo el ceño, balanceando mi yoyó, echando un vistazo a los alrededores. Estaba en desventaja. No había nada para sujetarme con mi yoyó y tomar impulso, ni siquiera para escondernos y protegernos. Éramos nosotros contra él. Dos contra uno. Y aún así, parecía que nos lo iba a poner difícil con aquella actitud que desprendía tanta soberbia.

-¿Por qué haces esto? -inquirió el gato, totalmente serio, cerrando su agarre con más fuerza alrededor del bastón.

Hawkmoth se limitó a mirarle en silencio, tal vez tratando de descubrir quien había tras la máscara, curioso por aquel sincero sentimiento de rabia y desconcierto. Al ver que no le contestaba, el muchacho volvió a preguntar lo mismo, incrementando el volumen, dejando salir aquellas mismas palabras a través de un rugido.

-¿POR QUÉ HACES ESTO? ¿Por qué demonios… haces algo así? -apretó los dientes, para contener su impotencia.

Quería ir junto a él, abrazarle y decirle que juntos podríamos salir de esa, que podríamos derrotarle… Pero dudaba que esas fueran las palabras que él quisiese oír en aquel momento. Puede que, lo único que él quisiera fuera recuperar a su padre, poder seguir viendo a Hawkmoth, y al hombre que lo había criado como dos personas completamente diferentes. Pero eso ya no era posible.

Respiré hondo, y poco a poco fui deslizándome, tratando de no hacer ruido, intentando llegar hasta la espalda de Hawkmoth. Si lo cogía desprevenido, podríamos tener una oportunidad cuando yo usara mi Lucky Charm, además podríamos atacarle desde dos direcciones.

-¿Por qué preguntas? -repitió el villano, agachando la mirada. Había algo de dolor y amargura en su voz, algo que me hizo dudar un momento.

¿Podría tener una razón de peso para hacer todo eso? Quiere algo más. Algo que solo nuestros Miraculous pueden darle. ¿Pero el qué? había dicho Adrien en el parque mientras hablaba del tema con Plagg. En ese caso, podía tener razón. Sin embargo, ¿qué podía haber en el mundo que deseara tanto y que solo pudiera obtener usando nuestros Miraculous? Debía ser algo que solo la magia podía conseguir… El Señor Agreste… No. Él… Él quería algo que ya no estaba en este mundo. Algo que ya no podía tener, algo que había perdido para siempre. Entonces, lo comprendí.

-¿No sabéis qué es lo que mueve al hombre, niños? ¿Cuál es el sentimiento que ha llevado a la perdición a esta necia e ingenua humanidad? -nos cuestionó, con una mirada perdida. Era como si ya no pudiera sentir nada, como si estuviera vacío por dentro. Sin embargo, su voz expresaba dolor, soledad, aquella inmensa tristeza…

Chat Noir y yo guardamos silencio un momento. Yo sin saber si realmente había una respuesta correcta a eso, o si debía responder. Chat, por el contrario, sí contestó con un hilo de voz, aún sin haberse movido un centímetro de donde se encontraba junto a la puerta.

-¿La ambición?

Hawkmoth negó con la cabeza levemente, emitiendo una pequeña risa que sonaba algo forzada incluso.

-Más que eso, joven -hizo una pausa, tras haber respirado hondo, devolviéndole ahora la mirada al rubio, ahora observándole con un aire más amable. Eso hizo que se me pusieran los pelos de punta- El amor. El amor ha provocado en el hombre durante miles y miles de años, tantas cosas… Entre ellas sentimientos o deseos oscuros. O a veces, la propia muerte. Es irónico, ¿no creéis? Que algo tan puro, tan admirable, tan liberador, pueda llevarte a hacer cosas horribles de las que puedes llegar a avergonzarte o con las que puedes odiarte a ti mismo terriblemente. El amor… es peligroso. Es un arma de doble filo… Que puede apuñalarte incontables veces en las entrañas y robártelo todo. Dejarte vacío… -su voz se perdió en el eco que la habitación producía, haciendo que sus palabras llegaran a mis oídos como si quisieran llegar a lo más profundo de mi ser para sacudirme y confundirme.

-El amor no es algo malo… ¡No comprendes el amor cuando dices semejantes cosas! -escupió Chat, avanzando por fin hacia él, extendiendo su bastón, preparándose para lo que se avecinaba.

El otro ni se inmutó, tan solo le miró, compadeciéndose de él por no entender el significado de sus palabras, girando el bastón en su mano. En ese momento yo ya casi me había colocado a su espalda, aprovechando la pequeña charla que mi compañero estaba teniendo con él, haciéndome ganar tiempo. Tragué saliva, y aún caminando de puntillas, con los nervios desquiciados, rezando a los cielos porque no me pillara, llegué hasta el punto en el que cerraba el círculo. Pero algo iba mal. Algo iba condenadamente mal. Mi respiración se detuvo al darme cuenta de ello. Estaba demasiado relajado, como si lo tuviera todo bajo control, como si… como si ya hubiera ganado.

-No sé quién es más ingenuo aquí… Si tú por no comprenderme… -antes de terminar la frase se giró hacia mí con la rapidez del trueno, para cerrar su puño alrededor de mi garganta, estrangulándome con fuerza. Pude escuchar la voz del gato llamándome, horrorizado ante tal escena, así como el ruido de sus pasos cuando trataba de acercarse a mí, para socorrerme. Sin embargo, de repente se detuvo, cuando aquella risa salió de la garganta de mi captor. Hawkmoth me alzó en el aire, sin soltarme, y se volvió de nuevo hacia Chat Noir, conmigo en sus manos, exhibiéndome como si fuera un trofeo o un animal que acababa de cazar- … o tu querida doncella de puntos negros por creerme un imbécil -añadió riendo todavía, apretando su agarre, impidiéndome respirar. Me retorcí todo lo que pude, tratando de zafarme de él, pero con la falta de oxígeno apenas podía pensar con claridad o buscar una salida. Cuanto más me revolvía más me cansaba, y mi aliento se esfumaba, por lo que decidí rendirme, y me centré en su mano, buscando alguna obertura en la que hacer fuerza y lograr, de ese modo, escapar. Pero él no tenía intención de dejarme marchar tan fácilmente.

-Suéltala -le ordenó el chico, con voz tranquila blandiendo su bastón. Su pecho subía y bajaba, agitado. Parecía que quería mantenerse calmado, a pesar de que en su interior probablemente su sangre estaba hirviendo de rabia. Se estaba conteniendo- No voy a repetírtelo otra vez.

-¿Huh? No esperaba que fuera tan fácil hacerme con uno de vuestros MiraculousLadybug, me has decepcionado -dijo mirándome a los ojos, con una expresión burlona. Tras eso, volvió a dirigirse a Chat, aún con aquel semblante socarrón y desafiante- Apuesto cualquier cosa a que te mueres por saber quién hay bajo esta linda máscara de mariquita, Chat Noir… ¿Me equivoco?

Cerré los ojos con fuerza, intentando sobreponerme, pero era imposible, no podía respirar, mis pulmones me gritaban, me suplicaban que les diera oxígeno. Pero mi cabeza ya comenzaba a dar vueltas, y mi vista ya se había nublado, por ello había cerrado los ojos precisamente. Entonces, escuché lo que Hawkmoth acababa de decir. No. No podía… ¡No! ¡No de esa forma! Ya había decidido mostrarle mi identidad, era cierto, pero quería explicarle por qué no se lo había dicho el otro día en su casa, quería disculparme con él por haber salido corriendo, quería… quería hacerlo por mí misma. La mera idea de que el propio Hawkmoth descubriera mi rostro ante Chat, ante Adrien, en aquella situación me desesperaba y me aterrorizaba. No podía permitirlo, pero mi fuerza me abandonaba poco a poco. Dejé caer los brazos a ambos lados de mi cuerpo, incapaz de forzar su agarre para deshacerme de él, y me maldecía a mí misma por haber sido tan ingenua. No debía haberle subestimado, debía haber permanecido junto a Chat Noir, debía… debía haberle dicho cómo me sentía, debía haberme sincerado con él. Debía haberle dicho quien era. Debía haberle dicho que estaba enamorada de él. Pero en cambio, solo fui capaz de dejarme llevar por los gritos del rubio y el precipitado sonido de sus pisadas, dirigiéndose hacia Hawkmoth como una exhalación.

Ahora el color negro y blanco se cernían sobre mí, por el resplandor de los akumas a mí alrededor, y la oscuridad que ahora me engullía sin remedio.