AkuRoku, los pensamientos de Roxas se marcan en cursiva.
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CAPÍTULO 1
Creía que podría acostumbrase a formar parte de una existencia mayor. Creía que podría vivir y compartir la vida de otro, vivenciar sus experiencias, visionar sus recuerdos, experimentar sus emociones. Creía que estaba bien, que era correcto seguir el orden natural del mundo. Él nunca debería haber existido y ahora se hallaba en el lugar del que nació, el cuerpo y la mente del elegido de la llave.
Eran estas todas las cosas que Roxas creía mientras estaba reducido en algún lugar oscuro de la existencia de Sora. Allí las sensaciones eran un eco pálido de la realidad, los recuerdos llegaban a él como el rumor de las olas en un lugar alejado de la playa. Se negaba su existencia, y a cambio recibía retazos de la existencia de otro. Como una celda que posee un único ventanuco muy alejado del suelo, a través del cual solo puedes suponer si ha llegado el día o la noche, si llueve o nieva; pero no sabes nada del mundo exterior que te rodea y al cual no perteneces ya.
El tiempo pasaba y su cuerpo, de algún modo, crecía. Así como su deseo de una existencia plena, como antes. Para quien ha sido libre y dueño de su destino, una vida como aquella era un castigo mayor que desaparecer en la nada. Era igual que acercar el agua a la boca de un sediento lo suficiente para humedecerle los labios; pero sin dejarle saciar su sed.
Prefiero morir antes que vivir de esta manera.
Pero la muerte no es una opción cuando tu vida no te pertenece. Si es que se le puede llamar vida a una existencia confinada en una jaula de recuerdos ajenos y un cuerpo que no es tuyo. Roxas no podía morir, era solo una parte de un ser que se había vuelto independiente al ente original. Lo suficiente para no aceptar el regreso hacía su origen y formar de nuevo parte de ello.
Conseguir de nuevo la libertad, la individualidad, las riendas de su destino; era lo que más anhelaba en ese momento. Y era un deseo que lo llenaba de ira hacía el mundo en que estaba preso, de impotencia y ganas de gritar hasta quedarse sin voz, de rabia mal contenida que ansiaba destruir todo cuanto le rodeaba.
Tan intensas eran sus emociones, tan grande era el deseo de una existencia plena, tan dolorosos los recuerdos que lo ligaban al mundo; que poco a poco fueron escapando de su ser y se fueron colando en la existencia de Sora. Fue un proceso lento, como un veneno que contamina poco a poco el torrente sanguíneo, como el hielo que se desliza por los glaciares con suma lentitud hasta que un día se sucede el alud.
Y el alud llegó. Arrasando y destrozando a su paso recuerdos, vivencias, pruebas de una vida repartidas por el mundo. Tan poderoso era el deseo acumulado en años de reclusión, que Roxas apenas podía tener el control de sus propios sentimientos, fluyendo violentamente dentro del cuerpo Sora. El cual no tenía ya control absoluto sobre su persona.
–¡Roxas!
Ese grito le llegó débil como la voz de una criatura. Años hacía que nadie le dirigía la palabra, ya que años hacía que la persona que respondía a ese nombre no existía por si misma.
-¡¡Roxas!!
El grito sonó más fuerte y más asustado. Pero Roxas lo ignoró, mirando como su ira, su rabia, su odio, su soledad y su dolor habían formado un torrente que se escurría entre sus dedos, como si de un líquido denso y viscoso se tratara. Su olor se asimilaba al de la oscuridad; pero era mucho más picante. Los ojos le lloraban y las manos se le irritaban, demostrando cuan peligroso era y cuanto daño podía hacer.
-¡¡¡ROXAS!!!
Esta vez el volumen fue mayor, tan exagerado que se podía ver el miedo paseando por cada una de las letras que formaban su nombre. El dueño primero; el ente original; el poseedor de esa mente, ese cuerpo y esa existencia que ahora se tambaleaban bajo el peso de sus sentimientos; estaba allí.
Sora y Roxas estaban frente a frente por tercera vez en toda su vida, reunidos en algún punto oscuro del ser que los contenía a ambos, rodeados de esa presencia venenosa que era más poderosa que la oscuridad contra la que uno había luchado y él otro había pertenecido.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Sora con voz irregular.
–Creo... creo que he perdido el control de lo que siento.
Pero ambos sabía que no era del todo cierto. Aquello no era un accidente, sino una medida desesperada. Ese flujo contaminado parecía gritar el deseo de libertad, de vida. Era una solución cuando ya no había soluciones: si no podía escapar de la cárcel, la destruiría, aun a riesgo de quedar atrapado entre los escombros.
–¿Intentas destruirme? –la frase sonó tan extrañamente aguda que Roxas no pudo evitar reírse por debajo de la nariz.
–Intento vivir por mí mismo. Intento conseguir una existencia propia que no esté ligada a la tuya.
–¡Esta es tu existencia¡Yo soy tu existencia!
–¡Has demostrado poder vivir sin que yo formara parte de ti¡Has demostrado que ambos podemos existir en este mundo sin negar la vida del otro¡Pero a pesar de todo, creíste a un anciano loco que dijo lo contrario¡Aun cuando ya sabías que no era cierto!
La expresión de Roxas era tan fiera, el tono de su voz era tan furioso y su determinación tan fuerte; que nadie en su sano juicio hubiese osado a contradecirle. Sora miraba a su alter ego, capaz de exterminar una existencia mayor con la sola fuerza de su ira. Nunca hubiera imaginado que un incorpóreo pudiera dominar tal poder; un poder que provenía de los sentimientos de odio y angustia.
Pero Roxas era un incorpóreo muy raro. Vivía sin un sincorazón, mantenía su individualidad aun compartiendo la vida con su fuente de origen, manejaba el poder de la luz y de la oscuridad. Era un ser excepcional, y por ello merecía una existencia excepcional.
–¡Exijo volver a ser como antes¡Exijo mi propia existencia sin estar vinculado a ti! –rugió con una voz que se parecía a la de cierto pelirrojo que recordaba.
–Yo... yo no sé que puedo hacer para ayudarte... – vaciló Sora con la mirada gacha, demostrando por una vez que él también podía experimentar el respeto que infunda el miedo.
–Si no lo sabes, descúbrelo.
–Puede... puede que no exista.
–Entonces invéntate la manera.
–Roxas... ¡Roxas, eso que deseas es imposible!
–Nací en el momento en que decidiste abrir tu corazón a la oscuridad. Si funcionó una vez, puede que lo haga otra.
–¡Es no es seguro¡Sería un suicidio!
–Entonces te destruiré –la forma en que pronunció esa frase declaró quién era el que tenía el control de la situación.
–Si me destruyes, tú también desaparecerás. Al fin y al cabo, compartimos la misma existencia – le espetó Sora en tono desafiante.
–¡Muy bien! Pues entonces prefiero destruirnos a los dos antes que existir como una pequeña parte de ti. ¿Lo captas?
Una solución para lo que no se podía solucionar había llevado a una opción que no se podía escoger. A pesar de todo, allí estaba Roxas, destruyendo la existencia mayor en la que se había originado, exigiendo al elegido de la luz que abriera de nuevo su corazón a la oscuridad sin saber el resultado de tal ataque, tomando de nuevo el control de su vida con el reflejo del espíritu del fuego en sus ojos.
Con luz brillante, el valor y el deseo iluminaban el destino de Roxas. La existencia mayor se vio obligada a ceder ante ese incorpóreo que habitaba en una parte oscura y aislada de su ser.
